Rukia Kuchiki
Capítulo 4
Los primeros rayos de sol comenzaron a invadir la habitación, ya hace un espacio de tiempo que venía escuchando el gorjeo de los pajarillos aún cuando el amanecer distaba en hacer presencia. Dichos cantos solían preceder su despertar, de un sueño que hace tiempo no venía siendo reparador ni continuo. Pronto las campanadas indicarían que el desayuno estaba listo para ser servido en el comedor principal.
"Tanta pompa si únicamente seré yo quien irá a desayunar" pensó la morena muchacha abriendo los ojos para dejar su mirada perdida en el cielo del cuarto.
Se incorporó en la cama y descubrió sus piernas, pasó las manos por ellas como parte de un ritual diario, reconociéndose antes de levantarse finalmente. Se levantó sin prisa estirándose al tener los pies sobre el suelo, caminó pesadamente hacia el armario y abrió la puerta.
"¿Cuál de todos estos bellos kimonos vestiré hoy?" se preguntó con un dejo de sorna en sus pensamientos pasando las manos revisando cada una de sus ropas colgadas prolijamente.
Las campanadas invadieron el silencio del amanecer, debía apresurarse. Volvió a revisar su armario.
"¿El verde quizás?" lo sacó del colgador y lo observó con detención "No" volvió a dejarlo en su lugar para repasar los kimonos nuevamente "El rosa" sacó la ropa y la miró haciendo una mueca de inconformidad "Tampoco… ¿Desde cuándo pienso tanto qué me pondré?" Tomó un kimono marrón y lo dejó sobre la cama decidiéndose.
No era algo inusual que Rukia pensara en su vestimenta, si bien era un soldado, un shinigami, no dejaba de ser una chica. Pero aquella mañana era diferente, no estaba completamente sola, aunque su conciente no se percatara de ello. Debía verse adecuada por si en algún instante se topaba con su residente, ante todo era la mujer de uno de los hombres más influyentes en la Sociedad de Almas.
Y para cuando terminó aquel pensamiento en su mente, estaba completamente vestida, viéndose ante el espejo, mientras terminaba de recogerse el cabello y colocaba la última peineta en su peinado. Perfectamente ataviada, pero con aquel rictus inmovible de sus labios. Tomó una de las flores rosas del florero que siempre estaba perfectamente dispuesto en aquella mesita junto al espejo, la calzó entre sus cabellos y se observó una última vez.
Escuchó unos pasos acercarse, se detuvieron frente a su puerta. Se volteó a observar la madera, sus ojos fijos en la manilla. No supo porqué, pero su corazón se detuvo. Su respiración contenida por el tiempo que el silencio duró antes que aquellas pisadas retomaran su rumbo y se perdieran por el pasillo. Por acto reflejo se dirigió hacia la puerta, tomó el pomo entre las manos y giró, su cabeza se asomó al pasillo en la dirección en que aquellos pasos se perdieran al tiempo que unas habitaciones más allá se escuchara el retumbrar de un cerrar de puerta.
-No… no puede ser… -murmuró la morena negando con la cabeza. –Será mejor que me apresure para desayunar.
Y tomando los costados de su kimono para alzarlo un poco dejando a la vista parte de sus piernas que los blancos calcetines no cubrían, aceleró el paso al comedor por los pasillos, desacelerando cuando sentía que alguien se aproximaba a su camino y tomando velocidad cuando se sabía sola en aquella enorme mansión.
Dobló hacia el comedor donde en la puerta la esperaba el joven Nanami con su actitud alegre y siempre dispuesto a escucharla, aun cuando ella no le dedicara más que un escueto…
-Buenos días, Nanami –dijo entrando en la habitación.
-Buenos días, Kuchiki-sama –respondió siguiéndola hacia el sitio que siempre ocupaba en la mesa, tomó la jarra de agua caliente y esperó que la morena dispusiera unas hojas de té en su taza. -¿Pasó buena noche? –vertió el agua dentro de la taza.
Rukia guardó silencio viendo las hojas subir al nivel del agua.
-Nanami… -interrumpió su silencio sin desviar la vista del té -¿Ha llegado ya el huésped?
-Así es, señora –respondió con voz algo intrigante, Rukia detectó aquel sonsonete en la voz del muchacho y volteó a verlo –Se disculpó por no poder presentarse esta mañana ante la señora del Honorable Byakuya Kuchiki, pidió que se excusase por tamaña muestra de ingratitud, pero quería estar presentable para su digna señora.
Rukia enarcó una ceja.
-¿Algo que no me estés contando, Nanami? –preguntó sospechando de la actitud algo divertida que mostraba el joven sirviente de la familia.
-¿Qué quiere saber, Kuchiki-sama? –respondió con otra pregunta.
La morena volvió su vista al té.
-Supongo que ya tendré la oportunidad de encontrarme con tan honorable soldado que tanto honra a mi esposo…
Nanami caminaba hacia la puerta corredera que daba hacia el jardín, la abrió para que Rukia disfrutara de la vista. Los árboles de cerezos en flor daban un aire mágico a aquel espacio, cubriendo el ambiente del aire primaveral.
-Ya comienza a hacer calor –comentó Rukia viendo a los cerezos –Las flores comienzan a caer, ya ha durado mucho la temporada de Sakura…
-Ya sabe lo que dicen en los campos, Kuchiki-sama –Nanami se volteaba hacia ella –En cuanto el tiempo de Sakura termina comienzan a aparecer los primeros frutos de primavera… Las fresas. -Rukia alzó la mirada brevemente. –Que tenga un buen día, señora.
Sin más y con una reverencia su silueta se perdió por la puerta.
Rukia se quedó pensativa aún con la vista puesta en los cerezos y las flores que habían cubierto todo el césped del jardín. Quizás la temporada no había durado más de la cuenta, tal vez era ella que contaba los días de manera lenta. Desvió la vista a sus manos sobre su elegante kimono y repasó la tela con los dedos. Nunca pensó poder tener algo tan hermoso cuando vivía en el Rukongai, de eso mucho tiempo. Debía estar agradecida, o eso se decía cada vez que su fortaleza comenzaba a flaquear… y desde que Ichigo había hecho ingreso en su casa hace unos días su convicción parecía desmoronarse.
-Nunca debí permitir que esto sucediese –frunció el ceño y retiró rápidamente sus manos de la tela para pasarlas al cabello, con un rápido movimiento soltó la peineta y la flor que adornaba su tocado cayó al piso. –No soy ninguna señora elegante, soy una shinigami y desde ahora voy a empezar a comportarme como tal…
Sacudió sus manos y pudo notar el anillo, ese anillo que era la seña de su actual prisión. Negó suavemente con la cabeza. No podía hacerle eso a Nii-sama… a Byakuya. Recogió la flor y la dejó sobre una rama de un cerezo con delicadeza.
-Ahora soy una shinigami elegante –se conformó con una sonrisa divertida, al menos lo primero podía serlo aún.
Sintió unos pasos tras ella y se volteó. Una mujer de edad la observaba, Rukia realizó una profunda reverencia.
-Obaa-sama –su voz fue como un susurro.
-Rukia –respondió la mujer –¿Tendrás un segundo para una mujer vieja?
La morena asintió y tocó la campana junto a la puerta para llamar al criado.
Al menos hoy no tendría que estar corriendo con el papeleo. Un grupo de estudiantes de la academia habían sido dejados a su cargo luego que su superior se ausentara tras un conveniente problema digestivo. Se sonrió malévolo y agradeció las siempre ocurrentes ideas de Ganju.
-Mocosos –llamó a los estudiantes y el bullicioso grupo lo quedó observando con cierto asombro o admiración.
Ichigo pudo ver el efecto que tenía en ellos y se sintió bastante alagado, un poco de ego no le venía mal a nadie, sobre todo después de pasar siendo vilipendiado por su superior durante días.
-En parejas, tomen sus katanas de entrenamiento. Quiero un enfrentamiento limpio.
Los jóvenes asintieron y comenzaron el entrenamiento. Ichigo se paseaba entre ellos, sin fijarse realmente en lo que realizaban, simplemente su mente viajaba bastante lejos recordando sus primeros entrenamientos… y con ello llegaba inevitablemente hasta Rukia.
Nunca había estado tan preocupado ni tan atado de manos. ¡Vamos que tenía un plan! Ese era un comienzo, pero como todos sus planes siempre tenían comienzo y un final esperable… era el desarrollo el que se le liaba. Había logrado ingresar al Gotei 13 y estaba instalado donde Kuchiki, hasta ahí perfecto. ¿Y ahora qué? No era una pregunta retórica, claramente, no sabía qué rayos hacer.
-Kurosaki-san –una chica lo llamaba pasando una de sus manos por frente los ojos de su entrenador.
Ichigo parpareó y miró a la chica, los otros estudiantes rieron por lo bajo ante su evidente distracción.
-¿Qué?
-¿Puedo ir al baño? –preguntó la muchacha con cara de angustia.
-Pues, claro, ve… -la chica salió corriendo -¡Vas a tener que controlar tu vejiga niña, en las batallas no hay pausas! –agregó logrando que algunos oficiales que pasaban a la distancia lo observaran curiosos -¿O ustedes van al baño en plena batalla, ah? –les dijo bastante en serio, los oficiales lo ignoraron. –Estirados.
Los estudiantes volvieron a lo suyo, mientras Ichigo ahora pensaba en otro estirado, Byakuya Kuchiki. ¿Qué rayos se le había metido a ese idiota en la cabeza cuando desposó a Rukia? Está bien, seguro lo pensó bastante y no vio escapatoria. ¿Pero no se daba cuenta en cómo complicaba las cosas? O quizás realmente así lo quería… no, eso era seguro. ¿Quién era él para saber qué era lo que realmente quería Byakuya? Era un sujeto indescifrable, misterioso y odioso. Pero era un tipo correcto… y hacía lo correcto.
¿Correcto? ¿Desposar a su hermana adoptiva? Eso no era lo correcto, lo correcto hubiera sido que se buscara otra esposa y dejara a Rukia hacer su vida a su gusto. Quizás si la familia le daba algo de tiempo a la morena ella misma hubiera encontrado alguien con quien traspasar el apellido a la siguiente generación. Eso hubiera sido más lógico, ¿verdad? Pero, claro, qué tiempo iba e interés iba a tener Rukia en buscarse un novio si tenía menos afectividad que un molusco. Para ella su relación con los hombres era fingirse la inocente para luego golpearlos en el rostro con toda la fuerza que tuviera… se sonrió. Rukia no era de las que se enamoraba de un hombre, ella estaba enamorada de su trabajo, de su vida en el Gotei 13, de su zampakuto, de todo lo que significaba ser shinigami.
Se preguntaba si además de su adoración por Kaien Shiba hubo alguna vez algún otro hombre que la distrajera de sus deberes. Nunca se lo había preguntado, porque nunca le pareció un tema interesante quizás. Para él Rukia era como un chico con senos, unos bastante pequeños por cierto. ¡Momento! ¿En qué minuto pasamos a pensar en los senos de Rukia? Negó con la cabeza sacudiendo fuera tal pensamiento. Rukia era un ser asexuado para él, era simplemente Rukia. Nunca se había detenido a pensar en ella como una chica, de hecho nunca pensó que ella alguna vez se casaría, simplemente nunca había pensado en eso. Y quizás por eso mismo le afectó tanto saberlo, además de esa manera tan chocante, en una situación así.
Sin saberlo había cobrado un rictus severo, sus dientes se apretaban con fuerza y los colores le habían subido al rostro notoriamente. Nuevamente ese nudo en la garganta, le descomponía demasiado siquiera volver a recordar ese momento. Quizás porque le guardaba mucho afecto, porque era su amiga, porque no quería verla sufrir… quizás por todo ello se sentía tan impotente y frustrado… sí, era por ello que esa vez no había podido sino llorar como un crío. Era impotencia, era frustración, era ira.
Miró a su alrededor y un par de chicos lo observaba curiosos.
-¿Qué? –les gritó y los chicos volvieron a lo propio.
Debía concentrarse en esta tarde, vería a Rukia en su casa. Esta vez debía ser diferente, no debía mostrarse desesperado como hace días. De esa manera nunca podría darle a ella la fortaleza de enfrentarse a la familia… o de huir si no encontraba una mejor salida a todo esto. Él no podía ser un problema más para ella, él debía ayudarla a resolver el problema. Para eso están los amigos.
La conversación con la abuela de Byakuya solo había logrado ponerla más nerviosa de lo que ya se encontraba. No había caído en cuenta en lo importante que era su comportamiento ahora que estarían alojando a uno de los oficiales del Gotei en la mansión. Incluso pensó por un momento unírsele a Byakuya en su misión en el mundo humano y dejar que ese oficial se quedara plenamente a gusto en casa.
No había pensado en cómo la familia se tomaría el hecho que otro hombre que no fuera Byakuya paseara por los pasillos como el dueño de todo ello y con ella metida al medio. Era, por decir lo bajo, indecoroso y expuesto. Pero si fuera realmente tan tremendo Byakuya jamás lo hubiese permitido… ¡Estaba hecha un lío!
-Hey, qué cara traes –dijo Rangiku Matsumoto ingresando en el cuartel del escuadrón 13 -¿Mala noche? –Rukia se alzó de hombros –Me imagino, sola en esa enorme mansión sin tu esposo… mínimo un desvelo de preocupación.
-No es eso –le sonrió pensativa. –Solo estaba pensando…
-Pensar mucho no hace bien, ¿lo sabías Kuchiki-san? –se sentó frente a ella –Puedes confiar en mí –le dijo seriamente –Nos conocemos hace bastante y bien sé lo prudente que eres… y sobre todo que no eres de contar tus cosas. Pero, todos necesitamos desahogarnos a veces.
Rukia la observaba en silencio. Era prudente sí, reservada también. Pero quizás sí necesitaba hablar con alguien.
-Estoy algo liada con esto de tener que compartir mi residencia con un oficial –confesó –Sé que si Byakuya lo considerara una afrenta no me hubiera dejado en esta situación, pero… no sé. No es que crea que ese hombre sea un degenerado o un fulano cualquiera…
-Desconfiar es lógico, querida –le dijo con una sonrisa –Después de todo eres una Kuchiki, te debes "al qué dirán"-dejó escapar sin menor tacto –En todo caso, no es como que no conozcas a quien se queda en tu casa, es lógico que si fuera cualquiera tu esposo se hubiera opuesto, pero dado que es Kurosaki…
Rukia abrió los ojos por un segundo. Rangiku la quedó mirando.
-¿No lo sabías? –preguntó la mujer –Claramente no lo sabías, qué pregunta idiota. –se respondió.
-Cuando Byakuya se entere va a arder el Sereitei –suspiró la morena.
-Bueno, no es como que se estimen, ¿cierto? –comentó la mujer y Rukia negó con la cabeza. –Sobre todo con eso que solían salir, ¿no es raro alojar en casa de tu esposo a tu ex?
Rukia entornó los ojos, acá íbamos nuevamente con la vieja canciocita.
-Ichigo y yo no somos más que amigos –dijo mirando a una risueña Rangiku –Es en serio.
-Lástima –suspiró la teniente –Yo tuviera tu edad y me lo hubiera comido con papas fritas, tiene algo sexy –agregó con cierta golosería.
-¿No tiene cosas importantes que hacer, Teniente Matsumoto? –preguntó Rukia algo molesta.
Rangiku se puso de pie y le dirigió una última mirada antes de dirigirse a la puerta.
-Si Kurosaki está aquí es por algo Kuchiki-san… No creo que haya sido por el mero afán de cazar Hollows el resto de su vida. –tomó aire profundamente –A veces la mejor manera de hacer las cosas es la incorrecta, hubiera querido que alguien me dijera eso cuando pude equivocarme acertadamente.
-Teniente…
-Una última cosa Kuchiki-san… ¿Realmente nunca has visto a Ichigo de esa manera? –observó a Rukia mirarla en silencio. –Claro que no… De otro modo jamás hubieses consentido desposar a tu hermano.
Salió del cuartel. Si Kami estaba de su parte no recibiría represalias, fue imprudente, audaz y muy directa. Pero pudo ver el efecto que tuvieron sus palabras en Rukia cuando su pálido rostro dejó paso a un rosa brillante en sus mejillas. A veces sólo se necesitaba plantar la semilla de la duda.
Rukia se quedó mirando en dirección a donde Rangiku había partido. ¿Ver a Ichigo cómo? ¿Cómo lo veía Inoue? Para ella Ichigo no era más que un amigo, un muy buen amigo. Y quizás sí, en algún momento, confundió sus sentimientos hacia él. Sí, en un comienzo… fue inevitable, le recordaba tanto a Kaien-dono, tanto… Pero fue un chispazo, algo de un momento. Ya después las cosas cambiaron tan rápido que no se detuvo a pensar en qué fue de ese sentimiento tan fugaz. Después de todo no era de Ichigo a quien pertenecía ello, era el recuerdo de Kaien-dono. Con Ichigo las cosas eran diferentes, eran amigos, eran cercanos, más cercanos de lo que alguna vez lo fue con su superior. Fueron consolidando una amistad que superaba mil veces el nivel de confianza y apego que sintió por el teniente. Era muy diferente. Ella solo había amado una vez y así seguiría siendo, porque no podría resistir perder otra vez. Y para no perder, la regla principal era no tenerlo de comienzo.
Y ella no tenía esos sentimientos por Ichigo.
El gong que anunciaba la cena en la mansión llenó cada rincón. Rukia se encontraba hace un par de minutos sentada a la mesa esperando con la mirada fija hacia la entrada del comedor. Casi podía sentir el corazón salírsele en cada latido por la boca.
"No perdería nunca más"
Ichigo caminaba por el pasillo a paso calmado pero firme, silbaba una canción que había escuchado en alguna de las rondas.
"Los amigos están para ayudarse a salir de los problemas"
Nanami ingresó en el comedor y dejó una bandeja sobre la mesa, Rukia le indicó con una mano que ella descubriría la bandeja, que podía retirarse.
"Nunca había pensado en él de esa manera, excepto al comienzo…"
Se detuvo frente a la puerta y tomó el canto con una mano.
"Tiene más menos sensibilidad que un molusco"
La puerta se descorrió y ambos se miraron un segundo. Rukia sonrió y negó con la cabeza. Ichigo se sentó frente a ella sin decir palabra.
-Nii-sama va a matarte…
-Nii-sama puede patearse su estirado culo si quiere –respondió con sorna -¿Qué hay de cenar?
-¿No vas a darme una explicación?
-¿De qué?
-Del porqué estás acá, por ejemplo…
-Se quemó parte del Go…
-Eso lo sé –repuso ella sin perder la calma.
Ichigo la miró a los ojos.
-Dije que te iba a salvar de ésta y lo haré. Solo dame algo de tiempo…
-¿Por qué estás acá Ichigo? No es necesario que me cuides cuando Nii… Byakuya –se corrigió –no se encuentra en casa.
-No escuchaste lo que te dije.
-Quizás no quiero escucharlo.
-Entonces no interrumpas mi cena –sentenció el muchacho bajando la vista a la bandeja. –Si no vas a aportar con la causa, al menos déjame comer en paz… Kuchiki-sama
-No me llames así. –su voz era una súplica. –No tú.
-¿Por qué no? Si ahora así han de llamarte todos, ¿no?
-Eres muy cruel, idiota –gruñó, pero no contraatacó. Ichigo tenía razón.
El muchacho la miró de reojo mientras comía, aunque en realidad había perdido todo apetito o quizás nunca lo tuvo. Solo quería verla, pero verla bien. Y así estaba cuando recién ingresó, pero tenía que meter la pata. No tenía que cargarla contra ella, sino hacer todo lo contrario. Recordarle lo que tenía antes de la estúpida decisión de Byakuya.
-Tienes razón, Rukia –dijo finalmente, la chica lo miró sacando la vista del plato –No mencionemos a tu hermano –ella sonrió ampliamente –Porque durante este tiempo, él será solo eso, el odioso estirado de tu hermano. Y mientras yo esté acá no quiero ver nada que nos recuerde que ya no eres una enana solterona y vieja. Quítate esa mierda de alianza. –Rukia miró su mano –Que te la quites digo.
-No… no puedo.
-Claro que puedes –golpeó la mesa –Anda déjala acá.
Rukia se llevó los dedos a la alianza para retirarla.
-No puedo…
-Rukia no seas idiota y hazlo de una puta vez. Es simbólico, ya te la pondrás otra vez cuando llegue el estirado, si no es que puedo rescatarte de este embrollo antes.
-Ichigo…
-¿Qué?
-Realmente no puedo está trabada…
La cena terminó en uno de los baños de la mansión Kuchiki con una Rukia con las manos enjabonadas y un Ichigo tratando de girar esa maldita alianza y arrancarla del dedo de su amiga sin arrancar el dedo de la mano. Por fuera del baño una anciana pasaba frunciendo el ceño al escuchar las risas y gritos de la joven Rukia y ese joven oficial.
-La señora debería estar en sus aposentos –dijo Nanami a la mujer.
La anciana se volteó hacia el mozo y su mirada lo traspasó. El joven se retiró rápidamente.
