Gracias por los Reviews, los favs y los follows, espero que este capítulo les guste. Este es por lejos el capítulo más difícil de escribir de cualquier historia que haya escrito antes...

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Capítulo 8:

Byakuya Kuchiki no era un hombre que tomara decisiones impulsivamente. Todos sus movimientos estaban fríamente calculados, planificando cada una de sus acciones, sopesando las consecuencias de cada uno de sus actos. Contemplado aún la misiva que había recibido por la tarde de mano de Urahara, no sabía cómo actuar.

Su hermana… su esposa, había sido imprudente… pero no podía culparla. Sabía que aquello ocurriría tarde o temprano, sabía que la incorporación de Kurosaki al Gotei no había sido azarosa, ni menos carente de segundas intenciones. Y también sabía bien el efecto que ese mocoso tenía sobre ella. Podía volverla la persona más impulsiva e irresponsable, capaz de saltarse cada una de las reglas.

En otra situación hubiera hecho oídos sordos y simplemente dejar que aquello pasara bajo sus narices, sin darle mayor importancia. ¿Qué importancia podía tener un amorío entre dos muchachos jóvenes? Muchas cosas habían pasado entre ellos como para que no decantase ni tomara su curso natural, porque entre Ichigo y Rukia era inevitable… Y sabía que se arriesgaba al dejarla sola con ese mocoso rondándola, pero quizás la decisión de marcharse era una salida fácil, era dejarle el camino libre para que él terminara por detonar la bomba que se venía cargando hace un par de meses: el matrimonio era insostenible, al menos mientras Kurosaki estuviera en la vida de Rukia.

Se puso de pie, dejó la misiva dentro de un basurero en aquella calle de la ciudad rodeado de humanos que no podían leer su tribulación. Se dirigió a la tienda de Urahara, necesitaba salir de allí sin llamar la atención de la división 12. Debía resolver este problema sin entrometer a más gente, lo haría como se habían resuelto todas las cosas entre los nobles, con discreción.

Cuando llegó a su mansión Nanami le abrió la puerta sin encubrir su sorpresa, algo en el rostro del sirviente le reafirmaba lo que declaraba la misiva, la culpa y el terror se leía, lo sudaba y hedía como la peste.

-La mansión Omaeda se ha abierto para los oficiales del Gotei, procura trasladar las pertenencias de nuestros huéspedes a la brevedad. –ordenó al tiempo que el muchacho iba en busca de otros sirvientes para obedecer y actuar en cosa de minutos.

Caminó sin rumbo fijo por los pasillos, no sabía por dónde comenzar, pero sabía de sobra que los encontraría. Al alcanzar los jardines, pudo distinguir a ambos muchachos dándole la espalda junto al estanque. Los escuchó reír y un sentimiento se acalló en su garganta. Recordaba aquello, había pasado tanto tiempo desde que se sentía así… o quizás no tanto. Pensó en Aimi, en Hisana…

Rukia sonreía ampliamente, Ichigo era muy gracioso cuando se lo proponía y mientras contaba sus desventuras con su superior, no podía sino burlarse de él siendo mandoneado por aquel desagradable sujeto calvo y odioso. Ichigo bufaba y le recalcaba que pronto podría acceder a un mejor puesto y se vengaría de ese viejo.

-Aun no entiendo porqué decidiste incorporarte en esa división, todos sabemos que es un completo desastre… de no ser por la teniente Ise nada andaría bien en ese lugar –soltó una carcajada.

-Fue estratégico, así tampoco nadie se daría por enterado de mi absoluta carencia de habilidades administrativas –reflexionó un segundo –Pero no contaba con el calvo de mierda ese.

-Admite que no lo planificaste y fue totalmente impulsivo.

-¿Qué sabes tú?

-Simplemente lo sé porque te conozco.

-¿Ah sí? –ella asintió -¿Y en qué estoy pensando ahora?

-En que no sabes cómo hacer que me calle y besarme –le respondió risueña.

Él le devolvió el gesto al tiempo que se acercaba a ella.

-Eres adivina, enana –le susurró a contralabios.

Byakuya frunció el ceño al observar la confirmación de la misiva. Aunque realmente no lo necesitaba, quería verlo con sus propios ojos. Y por un instante sintió la inmensa culpabilidad de lo que lo que sucedería a continuación. Alguna vez él amó con esa intensidad, alguna vez se permitió abrir su corazón… y lo sintió por ellos dos, esto le dolía tanto a él como a ellos.

-Rukia –dijo en monotono.

Aquella voz. La muchacha se volteó al igual que Ichigo. Rukia sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza. El terror la invadió al tiempo que se daba cuenta que era el fin, se acabó. Su bello sueño se caía al suelo. Y quiso ser fiel a su palabra de enfrentarlo, pero al verlo frente a ella con ese rictus severo y su actitud altiva le hizo encarar la realidad: nunca podría contravenirlo.

-Ichigo –susurró Rukia –Vete.

El pelinaranja se puso de pie y dio un par de pasos para acortar la distancia con Byakuya.

-Esta farsa se acabó, Byakuya –le dijo amenazante –No voy a rendirme ni seguir permitiendo esto. De mala manera te has enterado, pero ya te imaginarás que no voy a dar paso atrás.

Byakuya se volteó.

-Te espero en mi despacho Rukia. Tienen cinco minutos. –hizo una pausa –Dejaré que te marches Kurosaki, no necesito escándalos.

-¡Una mierda, Byakuya! ¡No dejaré a Rukia nunca!

El moreno se volteó.

-Lo tengo claro. Tienen cinco minutos –repitió aunque no era su estilo, casi lo conmovía la actitud del muchacho –Luego hablaré con Rukia, te agradecería que te marcharas sin hacer escándalo ni actuar como un ryoka.

Se perdió por el pasillo.

-Haz lo que dice –dijo Rukia volteándose hacia Ichigo –Creo que puedo manejarlo, tu presencia solo lo indispondrá más.

-No quiero dejarte sola…

-No pasará nada, ya lo has visto. Parece que se lo tomó bien –sonrió inocente. Las esperanzas volvían a apoderarla. -¿No ves que no ha reaccionado mal? Quizás está buscando la mejor manera de liberarnos de este compromiso.

Ichigo la miró en silencio. ¿Y si tenía razón? Byakuya no se veía enfadado, sino templado como siempre. Aunque ello tampoco era buen predictor. Y es sabido que el amor cubre todo de rosa y la concepción de la realidad se vuelve confusa y demasiado positiva…

-De acuerdo.

-Hablaré con él –reafirmó la morena –Y sé que no es tu estilo, pero hasta ahora has sabido llevar las cosas por el camino más cuerdo, no perdamos lo avanzado. –pidió –Nos vemos más tarde… ¿a las 8, en el claro?

Ichigo asintió y, de pronto, se sintió tranquilo y esperanzado en que finalmente habían logrado vencer de una manera pacífica.

Rukia ingresó al despacho de su es… hermano. Cerró la puerta con suavidad y se sentó frente a él mientras que él mantenía los ojos cerrados, ambos codos sobre la mesa y sus manos entrelazadas a la altura de la boca. El silencio se mantuvo varios minutos, en los cuales Rukia notaba como sus manos se enterraban con mayor fuerza en la tela de su kimono.

-Has sido irresponsable e imprudente –dijo finamente el moreno manteniendo los ojos cerrados en la misma posición, bajó las manos al escritorio. –Tu conducta ha llegado a mis oídos y tan solo tuve que volver para observar tu obsceno comportamiento con ese mocoso. En mi propia casa.

Rukia tomó aire profundamente, con una mezcla de decisión y esperanza. No parecía molesto, se repetía en su mente; la dejaría marchar, la dejaría irse con Ichigo. La volvería a llamar hermana y todo sería como hace dos meses.

-Tengo dos opciones –continuó –Repudiarte como esposa y con ello dejarte a tu suerte, admitir mi fracaso y afrontar la decisión del clan respecto a ti. No quiero pensar en ello…

Rukia sonrió ampliamente. Él la quería, la protegería.

-Y la segunda opción –abrió los ojos para mirarla fijamente–Es matar al Kurosaki por honor.

La morena lo supo, esa era la opción. La mirada de su esposo era fría y la atravesaba como su zanpakuto. Un nudo subió por su garganta y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Negó con la cabeza.

-Te lo suplico –se hundió en el piso en postura de petición cuan humilde como podía –No le hagas nada, he sido yo la del error… Debí negarme, debí ser fiel a nuestro compromiso. Ichigo no tiene la culpa de esto.

-Tienes razón –dijo Byakuya tranquilamente, la morena levantó la cabeza –Ni tú ni él son culpables. El culpable de esto he sido yo.

Se puso de pie mientras Rukia lo seguía con la mirada.

-Es mi culpa no haber consumado este matrimonio, a partir de mañana serás mi esposa… con todo lo que ello implica. Es lo que me has obligado a determinar.

Caminó fuera de la estancia y cerró la puerta. Rukia se quedó de piedra sintiendo como un temblor se apoderaba de ella, se incorporó para quedar sentada sobre sus rodillas. Bajó vista a sus manos enterradas en su kimono, temblaba tan ligero. Su respiración era entrecortada y el corazón parecía estársele dividiendo en dos.

Nanami entró en la estancia para verla abrazarse a sí misma y gritar tan fuerte como para que todo el Seireitei la escuchara. Claro que nadie, nadie podría ayudarla esta vez. Ni siquiera Ichigo.

Las diez menos cuarto ella estaba en el claro. La noche había caído, un frío la recorría, pero el temblor que la invadía no era por el viento. La decisión estaba tomada, no lo vería morir por su culpa. Ahora dolería como si fuese la mismísima muerte, pero el tiempo todo lo curaba. Es tan corto el amor y tan largo el olvido había leído alguna vez en alguna de las novelas de Isshin… O quizás lo había escuchado en alguna canción del aparato de Yuzu que mantenía en la cocina.

Escuchó pisadas tras de ella y apretó las manos a sus costado. Debía ser fuerte.

-Rukia…

Ella no se volteó.

-Lo siento –dijo con firmeza sin mirarlo, su vista al frente, aquella mueca había vuelto a aparecer en sus labios. Esa que hace semanas no aparecía, reemplazada por una amplia sonrisa. –No he tenido otra opción…

Ichigo pestañeó un par de veces incrédulo. ¿Acaso?

-¿Me estás cortando? –preguntó sintiendo que aquellas palabras no podían ser reales. Jamás se pensó siquiera diciéndolas. Ella jamás lo dejaría, ni él a ella… jamás.

-¿No te has dado cuenta que esto ha sido una completa equivocación? Hemos arruinado nuestra amistad… aún estamos a tiempo para recuperarla. –se volteó finalmente, su rostro marcado por las lágrimas –Hagamos como que nada de esto ocurrió jamás.

-¿Qué te ha dicho ese infeliz? Entiende que no hay nada ni nadie que pueda hacerme retroceder. Yo nunca voy a darme por vencido. –la tomó por los brazos, ella desvió la mirada –Mírame… Rukia.

Ella se soltó bruscamente.

-Byakuya no me ha dicho nada, he sido yo la que al verlo me he dado cuenta de lo ingenua e infantil que he sido. ¿Yo? ¿Una shinigami con un humano? O un medio humano… -se corrigió –Aun cuando estuviera libre de Byakuya jamás podríamos estar juntos en este mundo y marcharme no está ni estará jamás en mis planes. Lo que tengo con mi esposo es justamente lo que necesito… y no necesito una distracción como tú…

-No sientes lo que dices.

-Claro que sí –acortó las distancias y lo golpeó en el pecho con ambos puños -¿Quién te crees tú para pensar que sabes lo que pienso? –volvió a golpearlo –Un estúpido niñato arrogante –otra vez lo golpeó pero se volvía más débil, más temblorosa –Solo buscas confundirme, y me haces pensar que tengo otra opción. ¿Qué opción tengo salvo continuar con esto?

Un último débil golpe atestó contra su pecho y la abrazó con fuerza. La morena se recargó contra su cuerpo y se largó a llorar. Él no lo sabía, pero lágrimas habían corrido por sus mejillas al escucharla atacarlo. Claro que él no le creía, pero las palabras le habían herido de igual manera. De alguna manera sabía que la decisión estaba tomada y quizás por eso dejó de jugar al fuerte y se unió a ella… la desesperanza era un sentimiento que jamás pensó sentir junto a ella.

Aimi esperaba en el café, ya eran las 9. Suspiró pesadamente. Miró su móvil para darse cuenta que nadie la había llamado ni enviado un mensaje. La había plantado. Quiso pensar que tuvo una emergencia, incluso llegó a pensar que había tenido un accidente.

Una llamada entraba.

-Mako-chan –respondió a su amiga. –Me ha plantado…

-Ese maldito –la escuchó gruñir al otro lado de la línea. -¿Dónde estás? Pasaré por ti y nos iremos por unos tragos… y prometo escucharte atentamente.

Aimi cerró los ojos y suspiró.

-Gracias, Mako…

-De nada, para eso están las amigas.

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Tiritaba sentada en la cama. No podía llorar, el nudo en la garganta le impedía respirar. Todos sus sentidos parecían estar despiertos al mismo tiempo. Podía oler las flores sobre su tocador, sentir el contacto de sus ropas contra la piel, el gusto amargo en su boca, la luz que se colaba por la ventana iluminando levemente la penumbra, escuchar cada crujir de la madera.

La puerta se abrió, ella pegó un respingo y sus ojos reflejaban el terror que sentía dentro, la silueta de su esposo ingresó a su habitación.

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-¿Y dejaste sin más que él ganara? –preguntó Kuukaku mirando al destrozado pelinaranja sin un ápice de compasión. –Te desconozco.

Ichigo la miró fijamente.

-¿Eres acaso un cobarde llorón que se deja vencer únicamente porque la chica que sabes que te corresponde te rechaza? ¡Si lo hizo es porque tenía que hacerlo, no porque quisiese! Menudo héroe.

-¿Y qué quieres que haga?

Ganju chasqueó la lengua.

-Obviamente… -Ichigo se volteó a verlo –Matar a Byakuya Kuchiki, ¿no?

-Rukia no me lo perdonaría…

Kuukaku suspiró.

-Un duelo por honor… no tienes que matarlo precisamente. Solo vencerlo… -la morena miró al muchacho –¡Saca tu trasero del suelo, toma tu zanpakuto y anda por esa chica! Este no es el momento para venirse abajo, si ella pudiera te lo diría… que pelearas por lo que quieres, que no te dejes vencer, que tú no eres así.

El pelinaranja sonrió por lo bajo.

-Ella lo diría mucho mejor.

Kuukaku le devolvió la sonrisa con malicia.

-Ve por ella…

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El subteniente Moronori se paseaba intranquilo por el cuartel seguido de Takeshi Iwata.

-Solo sé que volvió por la tarde –dijo el joven –Mandó que nos trasladaran a la mansión Omaeda, ni siquiera pude ingresar.

-¿Y Kurosaki?

-Sus cosas estaban donde Omaeda, pero no lo he visto en todo el día.

El subteniente asintió y le indicó al muchacho que volviera a la ronda. Se sentó en su escritorio al tiempo que una grácil figura se hacía presente en el despacho. El hombre alzó la cabeza para encontrarse con su sobrina, Honoka Moronori.

-Mi padre dice que hablará contigo, tío. He intercedido por ti… dice que está dispuesto a olvidar la afrenta y reinvindicar tu deuda de honor. Kuchiki-sama solo sabrá agradecerte y no se interpondrá en el consejo de clanes, lo sé.

El subteniente la miró de reojo. Demasiado joven para tanta intriga.

-Siento que he vendido mi alma…

-Lo has hecho, pero a buen precio –le sonrió saliendo de la estancia.

Takeshi Iwata permanecía estático junto a la puerta alcanzado a perderse por el pasillo al tiempo que la estudiante de la academia tomaba rumbo contrario sin percatarse de la presencia del joven shinigami.

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Rukia se puso de pie por inercia, la mirada cacha, las rodillas temblando. Su respiración se volvía más entrecortada a medida que Byakuya se le acercaba para quedar frente a ella. El corazón le golpeaba con fuerza el pecho y sentía que en cualquier momento podría desmayarse… incluso lo prefería, no estar consciente… estar muy lejos de ese lugar.

-Por favor… -dejó escapar entre sus labios suavemente, tan suave como la brisa que sentía recorrerle el cuerpo.

El moreno no respondió. ¿De verdad lo haría? Estaba dispuesto a mancillar a esa muchacha frente a él. Sabía que le rogaría, pero que no se opondría.

La tomó por los brazos y ella sintió que las piernas comenzaban a fallarle, solo soltó una especie de hipo, un sobresalto. Cerró los ojos, no quería estar ahí cuando aquello sucediese, repasaba en su mente aquellos besos robados, las veces que se recostaban en la hierba solo a reír y burlarse el uno de la otra… esos golpes juguetones. La forma en que la tomaba entre sus brazos con esa mezcla de calidez y nerviosismo. Las conversaciones hasta el amanecer entre caricias, las veces que los pilló el alba dormidos sobre la cama… Ichigo jamás llegó a siquiera tocarla indecorosamente. Y deseó que lo hubiera hecho.

Sintió las manos de su esposo recorrer sus brazos, sus antebrazos y tomarla de las manos. Un tacto suave pero seguro. Lo sentía respirar cerca de ella, podía sentir su vista sobre ella, su presencia era aún más intimidante de lo que alguna vez lo fue. Un suspiro tembloroso salió entre sus labios.

-No –murmuró suavemente negando con la cabeza.

Pero sabía que la palabra de un Kuchiki no daba pie atrás. Tantas veces había temido a este momento, pero amparada en lo mucho que Byakuya honraba a su esposa se creía salvada. Pensaba que el afecto que él le tenía podía detenerlo… Él acortó las distancias. La muchacha tembló y negó nuevamente con la cabeza al tiempo que un par de lágrimas corrían por sus mejillas.

Un ruido seco invadió la estancia, Rukia vio caer a su esposo de rodillas aun sosteniendo sus manos.

-Perdóname… -le dijo con la vista al suelo. –Esto está mal… no puedo… todo ha estado mal desde un comienzo, perdóname…

Las caretas se habían caído. Él no era el altivo Byakuya Kuchiki, era simplemente un hermano forzado a dañar a su hermana contra su voluntad. No había ley que pudiera contra los afectos, aun cuando él no fuera de expresarlos. Entonces ella sintió lástima por él.

Se arrodilló frente a él y el moreno alzó la vista.

-Nii-sama –le dijo suavemente –No hay nada que perdonar… No puedo siquiera imaginar lo difícil que ha sido para ti. Solo tratabas de hacer lo correcto, no has hecho nada malo.

El moreno la miró con tranquilidad, podía no ser noble, tratar de serlo… pero esa manera de perdonar no era más que de una chica sencilla.

-¿Acaso no te das cuenta de lo que estuve a punto de hacer?

-Pero no lo hiciste –sonrió –Gracias. Solo… -tomó aire profundamente y apretó las manos de su hermano –Déjame ir… déjame ir con Ichigo.

El moreno soltó las manos de la chica.