Je, mil disculpas por el mega atraso, es que la tarea me noqueó y no me dejaba hacer nada, pero no se preocupen, pienso no tardar para actualizar el fic, lo haré lo más pronto posible. ¡Mil gracias por sus comentarios! ¡Saludos!

Nota: Conforme se desarrolle el fic se harán atando cabos.

Nota 2: No me linchen por mis explicaciones de alquimia, hago lo mejor que puedo.

Hora de la verdad (Capt 2)

- Sólo una vez más, sólo una Victoria…tú puedes, yo sé que puedo.- murmuraba la de ojos rubio mientras sostenía un bate y se encontraba apunto de batear

Lucía como chico. Vestía una gabardina muy corriente por encima de su vestido y llevaba puesta una gorra que evitaba ver su larga y dorada cabellera; traía el cabello totalmente recogido. Se encontraba rodeada nuevamente de varones, pero esta vez éstos pertenecían a una clase social por debajo de la suya.

El niño pitcher lanzó la pelota con fuerza, pero justo a tiempo Victoria pudo darle un gran batazo hasta lanzar la pelota al otro extremo de la calle. Ella con alegría corrió a primera, a segunda y a tercera base, logrando que su equipo fuera el ganador. No se hizo de esperar y en seguida fue acompañada de una gran horda de niños que gustosos le felicitaban. Al momento de finalizar el juego, el reloj de la ciudad anunció con sus campanas las doce del día. Victoria, asustada por la hora, salió corriendo a gran velocidad tras despedirse fugazmente de sus amigos, luego cruzó calles hasta toparse con el campo abierto.

Su casa quedaba en la colina, pero a pesar de la gran distancia que había de la ciudad alemana hasta por fueras de ésta, atravesó a gran rapidez el campo abierto a y todos los árboles que le seguían. Largo fue el trayecto que pasó, pero por fin llegó a su hogar en donde la esperaban.

Entró por la parte trasera tratando de pasar desapercibida. Cruzaba la cocina cuando oyó que la llamaban.

- ¡Señorita Victoria!- gritó un poco molesta una criada a espaldas de la traviesa niña.

- ¿Si, Camila?- volteó a verla con una gran sonrisa.

La criada miró enojada la forzada expresión; frenéticamente actuó tomando de la mano a la supuesta astuta, arrastrándola por las escaleras.

- ¡Es tarde! ¡Le dije que se quedara en su habitación! ¡Pero no! ¡Tenía que salir a jugar! ¡Tan sólo mírese!- exclamó al verla de reojo y encontrarla muy sucia y descuidada.

- ¡Es mi cumpleaños! ¡No entiendo porque me prohíben divertirme!- justificó su desobediencia.

- ¡Precisamente por ello! ¡Los invitados pronto llegarán y usted no está lista!- dijo de nuevo la mujer siguiendo arrastrando a la niña que rebeldemente se rehusaba a seguirle.

De mala gana la criada arrastró a Victoria hasta el baño. Una tina de agua tibia ya estaba lista para recibirla.

Rato después, la sucia niña que poco antes jugaba con sus amigos se había vuelto en una adorable chiquilla de vestido blanco.

- No me gusta el vestido.- se quejó Victoria mirándose en el espejo, prefiriendo estar de andrajosa con su gabardina y gorra, y ciertamente en compañía de sus amigos.

- Para mí que te queda bien.- dijo Edward entrando a la habitación para su sorpresa.

Miró con una sonrisa a su padre mientras él le devolvía el gesto. Curioso luego éste se acercó a la ventana, se asomó por ella y observó a través del cristal que en el exterior un hombre castaño recién llegaba y bajaba de un auto.

- Parece que ya llegó tu tío.- comentó virando a ver a su hija.

Aquella dibujó una gran sonrisa y bajó a toda prisa a recibir a los primeros invitados. Un chico de unos trece años se acercaba a la casa acompañado de Alphonse.

- ¡Tío Alphonse!- sonrió Vic al acercarse al adulto y darle un gran abrazo.

- Muchas felicidades, Victoria.- la saludó muy feliz.

- ¿Y tú no me vas a felicitar, Joseph?- preguntó la niña tratando de llamar la atención de su primo que, como la mayoría del tiempo, se hallaba muy serio e indiferente.

- ¡Vaya! ¡Once años y ya no eres distraída!- se burló un poco el castaño después la llamada de atención, a lo que su prima puso mal gesto.

Se acercó pronto a Victoria y le revolvió el cabello provocando que molestara un poco más, pero al punto ella sonrío, recordando que esa era la forma fría en la que Joseph demostraba afecto. Ambos, se dirigieron a la casa.

Edward se quedó atrás con Alphonse, quien miraba con tristeza a Joseph encaminándose a la casa junto con su sobrina.

- ¿Aún no…

- No, aún no.- contestó Al opacando con desánimo la misteriosa pregunta de su hermano.

Al poco rato en la casa, en cuyo interior se podía notar un espléndido decorado de acuerdo a la ocasión, estaban los invitados y por supuesto Victoria como centro de atención. Todos reían al lado de la niña que muy sonriente aceptaba las muestras de felicitación que le ofrecían, mientras su madre apartada de la gente la veía con tanto afecto.

También Edward observaba a Victoria. Se encontraba con un grupo de hombres con los cuales aparentemente hablaba, pero Edward sólo tenía ojos para su pequeña Victoria, tal vez, porque gozaba de verla tan feliz, recordando que a su edad él ya tenía varias preocupaciones que indudablemente marcaron su vida. Hubiera deseado sonreír de tal forma, solamente Victoria era capaz de compartirle ésa felicidad después de tanto tiempo.

- ¿Piensas dárselo ahora?– preguntó Alphonse al notar a su hermano contemplando a Victoria.

Edward lo miró, le sonrió y después se apartó de él comenzando a acercarse a la rubia niña, no sin antes pasar por un mueble en donde se encontraba un regalo apartado de la mesa principal, en la cual, se hallaban los demás obsequios.

- Felicidades, Victoria.- dijo al estar frente a la niña que lo miró inocente y a la vez sorprendida. Se abrió con una gran sonrisa en lo que todos los que estaban al lado de ella también se mostraron sorprendidos; Ed no había dado previo aviso sobre la entrega del obsequio.

Vic tomó el presente. Era un especie de caja cubierta de papel blanco para envolver, que por encima tenía una cinta roja; su color favorito. Abrió el obsequio y todos los que la rodeaban se sorprendieron aún más al ver que sacaba de la caja de cartón un hermoso cofre con torniquete de oro y detalles de plata.

Inmediatamente giró el torno de la caja musical, el artilugio abrió su tapa para dejar ver que en su interior giraba una figurilla de bailarina de ballet al compás de una bella melodía que reinó por instantes las paredes de aquel salón.

La melodía sonaba tan triste pero a la vez tan alegre, pronto inundó de especial gozo el corazón de todos los invitados. Victoria quedó inmóvil al escuchar la tan corta pero penetrante canción que recordó lo que en secreto le agradaba hacer: mirar el insondable cielo azul y perderse en la lejanía. No obstante, al recordar tan encantadoras escenas, recordó también una pregunta que revelaría la sensación más profunda de su ser.

- Victoria ¿Qué tanto miras el cielo?- preguntó Joseph con el ceño fruncido al ver a su prima otra vez perdida en la inmersa profundidad azulada.

Ambos, se encontraban recostados en la pradera.

- Joseph…- dijo la pequeña sin mirar, en aquel entonces al niño.- ¿Nunca te has preguntado que hay más allá del cielo?

- ¿Qué quieres decir?- preguntó su primo al sentarse de inmediato.

- No lo sé, es sólo que…

- ¿Qué cosa Victoria? No me digas que de nuevo empezarás con tus cosas raras.- dijo poco interesado y sin darse cuenta que la niña que estaba junto a él se había retirado cautelosamente.

- …a veces pienso que no pertenezco aquí.- terminó murmurando Victoria dando la espalda al marcharse.

Regresando a donde estaba, ahí en el salón, la misma pregunta de siempre la envolvió de nuevo. ¿Por qué? ¿Por qué siento que no pertenezco aquí? ¿Acaso es… una gran puerta apareció en sus recuerdos, la cual veía constantemente en sueños y siempre llamaba su nombre…la puerta?

Volvió en sí después de finalizada la melodía. Alzó la vista y se percató que su padre ya no estaba a su lado, sino, al lado de Joseph con quien parecía estar hablando, aunque a Joseph no se le veía muy contento cuando Ed le hablaba.

Bajó la vista muy decepcionada. Había otra cosa que también le inquietaba.

Ya de noche, cuando todos los invitados se habían retirado, deambulaba por la gran casa con la pijama puesta. Todavía triste por la escena de su padre y Joseph, se asomó en el estudio de Edward, ahí él preparaba sus clases rodeado de estantes de libros y varios apuntes.

- Victoria.- sonrió éste al verla, pero al notar su decepcionado rostro, frunció preocupado el entrecejo.- ¿Sucede algo?

- No, no es nada….- murmuró, como si se arrepintiese de haberlo interrumpido.

- Sabes que puedes decírmelo.- insistió Edward con una apacible sonrisa.

Victoria perdió el aliento por unos instantes, para luego ver a su padre y su encantadora sonrisa que parecía comprenderla. Al igual notó que en aquel hombre de cabellera dorada difícilmente parecían pasarle los años, y de haberlo conocido al menos en fotos de años atrás, se habría percatado con más razón que sólo sus facciones se habían endurecido un poco. Pero las fotografías de su padre y su tío de jóvenes, al preguntar por ellas, siempre había alguien para justificar su ausencia con una extraña pérdida.

- Papá, a veces siento que te hubiese gustado tener un varón.- confesó muy triste después de observarlo detenidamente.

- ¿Un varón?- preguntó él sin comprender.

- Si, un varón por hijo, como mi tío Alphonse que tiene a Joseph… un varón con el que pudieras jugar, llevar a todos lados y…- las lágrimas se le salían recordando que una vez de pequeña pedía jugar con unos niños, quienes le negaron su participación por ser mujer.

- Lo dices por Joseph…- Edward bajó sensato la mirada recordando veces en las que se pasaba tiempo con Joseph y sin intención alguna hacía a un lado a Victoria.

- No, no es por él, sino por mí. Estoy segura que de no ser niña te pasarías más tiempo conmigo y me hablarías más de ti, de tu pasado, porque a veces percibo que no quieres hablar conmigo, como si me ocultaras algo…

En ese momento recordó que desde temprana edad se asomaba a escondidas a la habitación de sus padres y veía constantemente a Edward parado frente a la ventana, contemplando nostálgicamente el ocaso sobre la colina mientras deslizaba con tristeza la mano izquierda sobre la derecha.

- ….. ¿Es porque soy niña, verdad?- preguntó volviendo a su inquietud.

Edward escuchaba a su hija y conmemoró la ausencia de su padre, y se preguntó si sus ausencias, en cierto modo, eran similares a las de su Hohenheim; sabiendo de él pero sintiéndolo tan lejos y distante, y ocultando al mismo tiempo un gran secreto referente a la alquimia y a su pasado.

Miró a Victoria con cálidos ojos.

- No Victoria, no es por eso, sólo no quiero confundirte… pero algún día tendré que decírtelo.- dijo con una sonrisa a secas, luego se le acercó en lo que ella secaba tiernamente sus lágrimas.- Te quiero Victoria, tal y como eres, empezando por el hecho de ser mi hija. Yo jamás te haría daño.- alzó su mentón para que lo mirara a los ojos y así creyera en sus palabras. Al ocultarle su pasado lo hacía con las mínimas intenciones de lastimarla.

- Buenas noches papá.- le dio un gran abrazo.- Sólo espero que ese día llegue pronto.- dijo antes de marcharse a su habitación.

Ya en su alcoba, tomó la caja musical que le habían regalado, se acostó en su cama y colocó en su regazo el artefacto. Todavía un poco triste giró del torno para escuchar la dulce melodía y de tal forma arrullarse con sus notas. Al poco rato cayó rendida en un profundo sueño, dejando la caja musical acomodada en su cobijo con las manos reposando suavemente sobre ésta.

Edward había bajado a la sala, estando ahí se encontró con Lily y Alphonse. Lily estaba sentada en un sofá y Alphonse se encontraba de pie platicando frente a ella.

- Edward.- saludó Lily a la presencia de su esposo, asomándose por un costado del sofá cuyo respaldo se encontraba justo frente a él.- Estábamos hablando del día de hoy.- dijo con una dulce sonrisa.

La contempló Ed con gran afecto. El verla sonreír le recordaba demasiado a su amiga de infancia Winry, por el gran parecido que tenían, asegurándose que Winry debía lucir muy similar a Lily tras el paso de los años.

- Me dio gusto que vinieras Al.- se dirigió Edward a su hermano ulteriormente de ver a su esposa.

Alphonse posó la vista en el suelo y sonrío muy débilmente. Seguidamente, al entenderlo, Edward también desvió la mirada por un costado.

- Intenté hablar con él...- dijo muy serio.

- No tiene caso, el jamás me perdonará.- interrumpió Al con los ojos opacos.

Hubo un breve momento de silencio en la sala. Edward y Lily compartían la tristeza de Al rebajando la mirada austeramente.

De pronto, un grito ensordecedor se escuchó provenir del segundo piso.

- ¡Victoria!- gritó Ed después de quedar por un instante congelado al reconocer la voz. Rápidamente subió las escaleras.

Cuando abrió la puerta de la habitación de Victoria, se encontró con una escena que lo dejó pasmado: su hija gritaba y lloraba en la cama; una especie de masa en forma de espiral de color dorado y plata, que se extendía hasta el techo, se perdía junto con las manos de ella. La caja de música había sido transmutada perdiendo su forma original, fusionándose consecuentemente con las manos de Victoria.

Pronto llegaron Alphonse y Lily detrás de Edward mirando atónitos lo que sucedía. En ese momento Joseph salió de su habitación debido a tanto alboroto, y al asomarse a la alcoba de su prima quedó boquiabierto. Su tía se llevó ambas manos a la boca del espanto.

Ed y Al instantáneamente cambiaron sus rostros para actuar con rapidez.

- ¡Victoria!- le gritó Ed a la infante que no dejaba de gritar y llorar.- ¡Necesito que te calmes!- pidió muy determinante.

- ¡No puedo!- sollozó ella.

- ¡Sólo así todo podrá volver a su forma original!- gritó Alphonse.

- Pero…- hipó de nuevo Vic.

Edward y Alphonse no dijeron más para no presionarla. La niña con dificultad se calmó y todo volvió a su estado correspondiente. Posteriormente corrió a los brazos de su madre y lloró desconsoladamente.

Joseph estaba incrédulo, pero miraba atentamente a su padre y a su tío que para él habían actuado sospechosamente de inmediato.

Edward se quedó de pie mirando con extrañeza a Victoria, ella seguía llorando abrazando con fuerza a Lily. Alphonse observaba la habitación reflexionando lo que había ocurrido.

Instantes después, Victoria cortó su llanto y se desfalleció en los brazos de su madre.

Los días siguientes estaba muy enferma. Presentaba fuertes calenturas y toda clase de malestar. El doctor la estuvo examinando varios días hasta que llegó a la conclusión de que su enfermedad era cíclica. En ese tiempo Edward se la pasaba encerrado en su estudio tratando de descifrar todo lo que ocurrió aquella noche y el porqué de la alquimia en un mundo en donde se suponía era nula.

Cuando Lily y Edward recibieron la noticia por parte del doctor, les explicaron que la enfermedad, que se presentaba como fiebre, seguiría afectando a Victoria en periodos cortos, y que por largos la mantendría estable, sin embargo, el malestar regresaría aún más grave que las anteriores veces hasta causarle la muerte. Al ser una enfermedad impredecible, era casi imposible de tratar, por lo que sólo podía controlarse.

Edward estaba más turbado que antes, pero había encontrado la razón de lo que ocurrió aquella noche.

- Es la ley de los estados equivalentes.- dijo una tarde Alphonse a espaldas de su hermano. Éste se encontraba parado frente a un ventanal.

- Así es Al.- señaló Ed con una mirada muy firme que no se le veía en años.- Victoria no pertenece a éste mundo. Cuando tú y yo vinimos a éste mundo nuestros alternos fallecieron antes de nuestra llegada, pues dos cuerpos no pueden ocupar al mismo tiempo el mismo espacio. Seguramente existe otra Victoria en cualquier parte del mundo que habitamos, tú y yo hemos hecho un cambio equivalente: la vida de nuestros alternos a cambio de la nuestra, pero al no pertenecer originalmente aquí, Victoria como primogénita tampoco lo es…como dicen, el hijo lleva el pecado del padre. La naturaleza lo sabe y por ello busca eliminar a Victoria. El uso de alquimia ésa noche es una advertencia del desequilibrio que existe entre nuestro mundo y éste. Seguramente Joseph también se enfrentará a lo mismo.- terminó de explicar atrayendo la atención de Alphonse.

- Hermano… ¿Qué piensas hacer?- preguntó preocupado.

- Aún no estoy seguro, pero no voy a permitir que Victoria muera.- dijo con voz seria e invariable.

Una mañana Victoria despertó en su cama, y muy débilmente notó que su padre estaba a sentado a su lado. Le sonrío agotada.

- Victoria…- pronunció Edward con voz liosa mirando la caja musical que ahora se encontraba en una mesa junto a su cama.- ¿Recuerdas que de pequeña te contaba las aventuras de un niño que podía transformar cosas y que viajaba acompañado de una gran armadura?

- Sí papá, pero… ¿Por qué me preguntas eso?- preguntó confundida.

- Yo soy aquél niño y tu tío era esa armadura.- la miró sesudamente.

- Papá.- rió apenas Victoria.- Ya no soy una pequeña, no tienes que fingir que es real.- le dijo sonriendo apaciguadamente.

- No son mentiras…es tan real como lo sucedió hace varios días.

- ¿A-aquella noche?- preguntó con terror recordando lo que sucedió, luego miró aún más confundida y alterada a su padre.

- Es tiempo de hablar.- opacadamente dijo Edward ante los ojos suspensos de Victoria.

- Yo…creí que era una pesadilla.- tristemente ella bajó la mirada al confundir lo sucedido con algo fantasioso.

Yo sigo creyendo que lo es pensó el una vez alquimista de acero observando a su hija que agonizaba lenta y gradualmente ante sus ojos.

Continuará….


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