¡Je mil gracias por sus reviews!, bueno pues éste capt es para no opacar a Joseph quien también es importante para el desarrollo del fic. Y sí, la razón de Victoria con eso de bla, bla diferentes mundos, fue una idea que se me ocurrió al ver la serie (mejor y más bella con protagonistas que valen oro XD) de FMA, me aficioné tanto que fue lo primero que pensé cuando vi la peli y después las ovas en donde Ed tenía descendencia en éste mundo.
¡Gracias por su apoyo!
Un pasado que permanece grabado (Capt 3)
Era el año de 1930.
En un comedor, una mujer de cabellos rojizos les servía de comer a pequeños niños, que por lo visto, eran de escasos recursos. Ella amable y dulcemente les servía alimento mientras los pequeños gustosos recibían las obras de caridad de tan encantadora mujer.
En una puerta media abierta, espiaba un pequeño niño de cabellos castaños y ojos miel todo lo que sucedía en la cocina, y muy inocente observaba a su madre cuyo reflejo de monja aún permanecía en su rostro.
- Joseph.- dijo la bella mujer al notar al pequeño de seis años que se escondía detrás de la puerta.- ¿Porqué no vienes a acompañarnos?- lo invitó con una leve y tierna sonrisa.
Así, era como Joseph recordaba a su madre en sueños, antes y después de que la tragedia sucediera.
Estefanía antes de contraer matrimonio con Alphonse Elric, era una monja que gozaba de ayudar a los más necesitados, especialmente si se trataba de niños. Como se había acostumbrado a su rutina caritativa, no era raro observar a la dulce mujer ayudando a pequeños huérfanos en plenos roles de madre.
Un día, el pequeño Joseph vio a su madre partir. Ella le dijo que pronto regresaría y que sólo iría a ayudar a unos infantes en un albergue cercano.
- Mamá, llévame contigo.- pidió el niño antes de que su madre partiera.
La madre lo miró y antes de salir por la puerta le dijo unas tiernas palabras que permanecerían grabadas en su mente, perpetuamente.
- Te llevo aquí siempre.- le dijo señalando en el pecho el lugar del corazón.
Y ésa fue la última vez que Joseph vio a su madre estable.
Cuando Estefanía regresó su salud empezó a decaer hasta que le detectaron pulmonía, una fatal enfermedad, de la cual, en aquel entonces, ya existía cura: la penicilina.
Le empezaron a suministrar inyecciones que debían ser constantes para que la enfermedad pudiera combatirse. Alphonse, como buen hombre y esposo, se encargaba de que las cosas fueran tal cual para que su esposa Estefanía pronto volviese a recuperar su salud.
Una noche de lluvia, el frío y la humedad propició que la pelirroja mujer decayera de nuevo en la enfermedad, muy a pesar de que ya se estaba recuperando. La lluvia fue tan intensa que provocó la ausencia de la energía eléctrica, por lo que resultó imposible contactar con un hospital cercano.
Encendieron velas por toda la casa y cuando Alphonse buscaba el medicamento que le habían recetado a Estefanía, se topó con el cajón, donde debía estar toda la medicina, completamente vacío.
A altas horas de la noche y con tal clima, casi improbable era encontrar alguna farmacia abierta o un doctor disponible.
La enfermedad se había agravado. Tanto, que la mujer contrajo fiebre.
Alphonse al ver a su esposa tan grave, recordó tristes escenas de su infancia en las que su madre, también tendida en una cama, perecía ante sus ojos. Y le invadió más el corazón tal tristeza al ver que su pequeño hijo de seis años, que ahora se hallaba junto a Estefanía, había despertado por los constantes tosidos de ella, tal y como él de pequeño se hallaba a lado de su madre Trisha el día de su muerte.
- Alphonse.- murmuró decadente su esposa extendiendo una mano para que él se acercara.
- No.- apretó los puños- ¡No empieces con tus despedidas Estefanía!- gritó en un arranque de coraje. Joseph miró asustado a su padre por lo que acababa de gritar.
- Alphonse...no creo que lo que tengo sea pulmonía, y tú lo sabes.- dijo Estefanía mirando a Al de tal forma que las sospechas que ambos tenían desde hace mucho tiempo parecían ciertas. De haber sido pulmonía, Estefanía ya habría sanado desde las primeras semanas de inyecciones, llevaban tiempo con el tratamiento, de hecho, le seguían suministrando inyecciones más allá de lo que el doctor esperaba. Su enfermedad parecía cíclica a pesar del constante medicamento, razón por lo que rápido se agotaba éste.
Alphonse bajó la cabeza.
- Quédate.- susurró Estefanía, lo suficientemente fuerte para que él oyera lo que pedía.
El joven hombre de cabellos castaños con los ojos brillando negó rotundamente con la cabeza.
– Regresaré con el medicamento.- salió de inmediato de la habitación.
Desesperado, salió de la casa en busca de ayuda médica. Mientras tanto, Joseph se quedó con su madre, quien no podía persuadir la angustia, pero que en cierta forma, comprendía a su esposo por las desgracias que había pasado de pequeño.
- No te preocupes, pronto regresará tu padre.- le decía apagada a su angustiado hijo, que al oír sus palabras sonrío levemente.
- Prométeme que tú no te irás.- le suplicó aquel con sus lúcidos ojos dorados.
Ella simplemente le sonrió.
Entretanto, en las calles, bajo la lluvia y el espesor de la noche, Alphonse buscaba inútilmente una farmacia abierta. Tocó puertas y más puertas sin obtener respuesta.
Cuando finalmente logró obtener el medicamento por sus constantes insistencias de no rendirse, llegó a casa, sólo para percatarse que todo su esfuerzo había sido en vano.
La mujer que tanto amó, porque le traía vagos recuerdos de su madre por el cariño que emanaba, y que le había dado años de felicidad con su hijo, fruto del amor de ambos, yacía muerta en la cama.
- Ella...ella sabía que no regresarías.- tartamudeó el pequeño Joseph, lágrimas le brotaban.
Alphonse, cuyos ojos reflejaban un profundo dolor, también se llenó de lágrimas.
- Joseph...- trató de acercarse a su hijo para persuadir el dolor.
- ¡No te me acerques!- gritó el niño lleno de rabia, dejando a Al sorprendido.- ¡Te odio! ¡No debiste dejarnos solos! ¡Ella...sólo quería que...que te quedaras!- siguió gritando, luego bajó la cabeza aún con lágrimas en los ojos.- Te estuvo esperando.- murmuró débilmente.
Se había llenado de rencor hacia su padre; lo había dejado solo cuando su madre más lo necesitaba, porque en sus últimos momentos de vida se mantuvo triste por la retirada de Al, provocando que él se sintiera impotente de no poder hacer nada al respecto.
El menor de los hermanos Elric se quedó de pie observando con intensa tristeza a Joseph. En su hijo podía ver el reflejo de su hermano Edward odiando a su padre Hohenheim. Las razones eran poco diferentes pero con el mismo sentimiento de rencor y precisamente por la ausencia de ambos padres en momentos críticos.
Pasaron los años y Joseph nunca más volvió a ser el mismo. Se volvió un chico cerrado y completamente ajeno a su padre, vivía con él porque no le quedaba de otra, al menos eso decían sus constantes rechazos hacia éste.
De haber estado en el mundo de donde provenía Al, seguramente Joseph habría cometido el mismo error de tratar de resucitar a su madre. Alphonse cargó con la culpa de su falta preguntándose porqué su hijo no tenía el valor de perdonarlo, así como él perdonó a Hohenheim, que a pesar de su ausencia de años le seguía considerando su padre.
Edward, que comprendía mucho más a Joseph, trataba de ser más cercano a él para que algún día pudiese perdonar a su hermano, aunque por experiencia propia, sabía que no era nada fácil.
Nunca se comparó la situación similar de Joseph con la de Ed y Al, ellos también habían pasado por la pérdida de su figura materna, pero nunca profundizaron en el tema diciendo solamente que ésta había muerto cuando apenas eran unos niños, sin mencionar razones ni causas y por lo tanto evitando preguntas.
Sin embargo, a pesar de la ayuda de su tío, Joseph seguía recio y cerrado con todos. La única persona que lograba apaciguarle el alma de vez en cuando, era Victoria, tal vez, por la inocencia que irradiaba de nunca antes haberle pasado alguna tragedia que lamentar.
Así transcurrieron los años tratando de llenar el vació de Joseph. No fue hasta aquella noche, la noche que Victoria creyó pesadilla, cuando surgieron intrigas hacia su padre.
- Quiero saber cómo supiste qué hacer junto con mi tío aquella noche.- le exigió una tarde muy reciente al día que se refería.
- Pronto lo sabrás.- objetó Alphonse. Esperaba una llamada sentado en un sillón.
- ¿Cuándo?- preguntó molesto.
En eso, sonó el teléfono de la casa.
Alphonse contestó. Después de escuchar lo que le decían del otro lado de la línea, le respondió a su hijo.
- Ahora.
Al poco rato Joseph llegó junto con su padre a casa de sus tíos. En la sala se encontró con Victoria, ya estable, sentada en la sala, y a su tío Ed de pie frente a ella.
Joseph también se quedó de pie sin entender lo que estaba por suceder. Alphonse se acercó a su hermano e hicieron una seña aprobando lo que estaban a punto de decir.
- Nosotros también fuimos jóvenes una vez.- rió Edward dirigiéndose a su sobrino e hija. - Sólo que no contamos con la misma suerte que ustedes.- dijo con voz serena al momento de mostrar su brazo derecho y arrancarle lo que parecía ser su propia piel, dejando ver un brazo derecho completamente metálico.
Victoria se quedó estupefacta y Joseph estaba escéptico.
- Hace mucho tiempo, cuando nosotros éramos pequeños...- empezó contando Alphonse recordando el pasado que siempre compartió con su hermano, y que ahora, él y Edward estaban a punto de compartirles a sus hijos.
La armadura y el joven alquimista habían regresado, puesto que ahora tenían una familia esperándolos, esperándolos para escuchar después de tantos años el pasado que les ocultaron, que relataba todo por lo que habían pasado para volver a estar juntos los dos hermanos en cuerpo y alma, y en un mismo mundo.
Continuará….
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