¡Mil gracias por comentar! Ojala y más se animen a leer el fic, muchas gracias a quienes se tomaron la molestia de leerlo.
Nota: Si extrañaron a los personajes de FMA, no se pierdan el próximo capt ¡Recuerden que nada es predecible!
La razón (Capt 4)
La mañana era fresca, los rayos de luz entraban por el ventanal y se oía con claridad a los pájaros trinar. Con las sábanas aún cubriéndole, Victoria estaba recargada en su cama, aparentemente había despertado temprano. Se encontraba muy pensativa mirando por la ventana, los rayos de sol penetraban con intensidad y se posaban en su rostro, recordaba con desánimo todo lo que le dijeron su padre y su tío a ella y a Joseph la noche anterior.
Muy preocupada bajó la cabeza frunciendo el ceño. El pensar que su padre le había ocultado algo tan importante como su pasado la tenía agobiada, pero más el hecho de pensar que existía otro mundo. Lo que vio la noche de la transmutación de la caja musical le bastó para creerle todo a su padre.
Respiró hondo y bajó de la cama. No se había puesto los zapatos cuando escuchó que alguien llamó a la puerta.
- ¿Estás despierta?- preguntó Edward asomándose un poco por detrás de ésta.
- Sí.- respondió con voz inocente.
- Mira.- dijo trayendo en manos un zapatillas rojas, provocando que en seguida Victoria se extrañara por los zapatos.- Pruébatelos.- sonrió un poco.
Dejó los zapatos en el suelo para que la niña se acercara y se los probara.
- ¿Pero papá, no crees que estoy muy joven para usar zapatillas?
- Ya veremos qué tanto.- contestó Edward sonriendo y viendo que Victoria, a pesar de lo que dijo, se acomodaba para probarse las zapatillas.
Se puso los zapatos, pero al momento de querer caminar con ellos puestos cayó al suelo, aunque los zapatos seguían fijos en el mismo lugar donde su padre los dejó.
Se sorprendió por lo que pasó, que sin más, quiso levantar las zapatillas para ver cuál era el problema. Intentó levantarlas, pero tampoco pudo.
- ¡Pesan mucho!- exclamó rindiéndose después de tratar de alzarlas.
Edward río.
- Las he hecho para que entrenes con ellas puestas.
- ¿Entrenar?- preguntó sin entender.
- Ahora que sabes la verdad de nuestro pasado, será mejor que te prepares para lo que viene.- comentó como si se tratase de un juego.
- ¿Lo que viene?- preguntó la pequeña rubia muy confundida.
- Vístete, te estaré esperando abajo.- sin borrar su misteriosa sonrisa le guiñó un ojo.
- P-pero...- tartamudeó asustada y preocupada.
- Por cierto, no olvides llevar tus zapatos...puestos.- recalcó saliendo de la habitación.
- ¡¿Qué?!- exclamó muy sufrida por lo último.
Mucho tiempo después, bajó las escaleras a duras penas con las zapatillas puestas.
Ed notó que se encontraba cansada y jadeando.
- Esto va a ser más difícil de lo que pensé.- suspiró llevándose una mano a la cabeza y haciendo una mueca de caso perdido.
Vic lo miraba muy asustada.
- ¿Me puedo quitar las zapatillas?- preguntó apunto de llorar porque ya no soportaba los pies.
- ¿Ah? Pero si tienes que acostumbrarte a ellas.
- ¡¿Pero por qué?!- gritó con grandes lágrimas en los ojos.
- El peso que tienen las zapatillas es para que desarrolles fuerza. Son zapatillas para que puedas mantener el equilibrio con tanto peso, si logras controlar todo esto conseguirás habilidad para desplazarte y serás muy ágil.- le explicó Ed.
- ¿Papá, a qué viene todo esto?- inquirió todavía sin entender, él aún no le explicaba del todo.
Edward guardó un momento de silencio y bajó la cabeza por un costado.
- Tendrás que ir al mundo de donde provengo.- dijo muy serio con un dejo de tristeza, alzando la vista hacia ella.
La dulce niña se quedó callada, mirando a su padre.
- Escucha Victoria.- dijo aquel con el mismo semblante serio.- Haz heredado un don que puede traer cosas buenas y...muchas, muy malas.- mencionó recordando todo lo que pasó por recuperar a su hermano, sumando la reciente situación de Victoria.- Si permaneces aquí...- una profunda tristeza lo invadió, por lo que no pudo continuar.
Había enfrentado muchas cosas, pero en ese momento Edward aún no tenía el valor para decirle a su propia hija que su salud se deterioraba. Intentó decírselo el día en que él y Al hablaron con ella y Joseph, pero, creyó no estar preparado, lo que le más le dolía, era que muy en el fondo jamás estaría dispuesto a decirle.
- ¿Si permanezco aquí qué pasa papá?- preguntó Vic ante su breve interrupción.
- Si permaneces aquí... no podrás desarrollar el don que tienes, además, la alquimia es muy impredecible, no sabemos si lo que pasó aquella noche pudiera repetirse hasta llegar a empeorar.- dijo Edward como último recurso que podía usar, no le mentía a Victoria con lo que dijo, pero de nuevo le ocultaba algo sumamente importante.
- Si me quedo, podría pasarme algo, ¿Verdad?- preguntó Victoria muy triste.
- S-si.- respondió Ed tratando de que su hija no notara que en realidad, ése algo, ya le estaba sucediendo.
Victoria guardó silencio por largo tiempo.
- Lo intentaré.- dijo finalmente una vez de reflexionar.
Su padre alegró.
- Bien, entonces empecemos con el entrenamiento.- se preparó para lo mejor.- Ah, por cierto, ya no irás a la escuela.- sencillamente quitó toda prioridad al estudio.
- ¿Ya no?- preguntó la chiquilla sorprendida por la noticia.
- No, ahora te dedicarás a estudiar eso.- le señaló una gran pila de libros que estaban en la mesa del comedor.
Por lo visto, Ed no había olvidado la esencia de la alquimia, por ello había plasmado todo lo que sabía en libretas de apuntes y muchas hojas sueltas.
- Ah...yo creí que por fin me olvidaría de estudiar.- se lamentó Vic que ya empezaba a emocionarse por la ausencia absoluta del estudio.
- ¿No me digas que creíste que te dejaría andar de vaga?- dijo Edward un poco sarcástico, Victoria bajó la cabeza un tanto molesta.- Lleva todos los libros y apuntes a tu habitación, necesitarás tenerlos cerca.- recalcó.
- ¿Me puedo quitar las zapatillas?- pidió permiso para quitarse los incómodos zapatos.
- Será mejor que dejes de preguntar eso.- se mostró serio por la arrogancia de su hija.
- ¡Pero si acabo de bajar con ellas puestas!
- Y bajarás con ellas puestas el tiempo que sea necesario.- dijo apartándose de su presencia para que ella cumpliese con lo que le había dicho.
Salió a la terraza de la casa, le había costado mentirle a Victoria. Era por eso que prefirió desahogar con la soledad lo que estaba por iniciar. El principio no era lo que le aterraba, sino el posible final de un futuro marcado.
"Esto, es sólo el principio" se lamentó recordando que por un momento creyó llegar al final de sus inquietudes, pero esto, sólo era el comienzo de algo nuevo.
Pasó el tiempo y en la escuela de Victoria se hicieron notables sus ausencias. Durante ese lapso, ella se dedicaba en tiempo completo y en estricto horario, a lo que su padre le exigía. Le había costado acostumbrarse a las tareas que en un principio Edward le asignaba. Tareas, que consistían en trabajos o labores prácticos que desarrollarían disciplina en la niña mimada.
Largas fueron las noches de desvelo, todo para que al día siguiente le mostrara a su padre que había progresado en esa extraña ciencia llamada alquimia, si bien su padre era hábil para el aprendizaje, a Victoria le costaba el doble de esfuerzo. Círculos que no comprendía y símbolos desconocidos se volvieron parte de su vida, más no de la práctica.
Todo ese tiempo tenía como único calzado las zapatillas rojas, que por ninguna razón debía quitarse. Aún no se acostumbraba a ellas, pero estaba conciente de que por cada día que intentara quitárselas, al menos en pensamiento, resultaría mucho más difícil al querer después andar con ellas.
Por otro lado, Edward se esforzaba por ir en contra del tiempo, sabía que era muy valioso y que si no se apresuraba con el entrenamiento sería demasiado tarde. Desde el comienzo, Lily no se sentía segura de lo que su esposo pretendía lograr con su hija, pero después de haber hablado Ed con ella, le había hecho saber que aquella forma, que aún no le revelaban por completo a Victoria, era la única alternativa de mantenerla con vida.
Las tareas llegaron a un punto en donde Edward requería la ayuda de su hermano Al para poder entrenar a Victoria.
- Intenta golpearme.- le pidió por sorpresa Ed, acompañado de Al, el día en que las rutinas cambiaron por completo.
- ¿Golpearte?- preguntó Victoria creyendo que era broma de su padre.
Edward le miró de frente con una sonrisa retadora.
- ¡Como quieras! Luego no vengas con tus berrinches de que un monstruo se apareció en tu cuarto.- fingió y exageró.
- ¿U-UN MONSTRUO?- preguntó aterrada.
- Hermano...- murmuró Al sabiendo lo que se traía Ed.
- ¡Sí! Un monstruo.- continuó haciendo caso omiso a la pequeña regañiza.- Si no aprendes a defenderte vendrán los monstruos por ti.- le mintió a Victoria, quien inmediatamente se tragó todo lo que dijo.
No dudó, apretó los puños y se lanzo contra él. Por supuesto que Ed, sin el menor esfuerzo esquivó el golpe. Se traía una sonrisa que Victoria nunca le había visto, una sonrisa retadora y a la vez burlona que exigía más potencial, y a la vez, le provocaba coraje. Intentó golpearlo de nuevo, pero otra vez falló, y las siguientes cincuenta veces también.
- ¿Te rindes?- preguntó Ed riendo.
- ¡No!- gritó Vic jadeando de cansancio y rabia.
Por un momento, Edward vio el reflejo de sí mismo en esos ojos dorados que su hija le había heredado. Veía el reflejo de coraje por haberse burlado de ella, cosa que también le irritaba a él cuando le retaban. Lo que no sabía Ed, es que del mismo modo en el que él se esforzó por seguir adelante y recuperar lo antes perdido, ella se esforzaba por no perder lo más valioso que tenía.
Sometió a Victoria a varios ejercicios de acondicionamiento físico, con ayuda de su hermano le hacían hacer entrenamientos similares a los que ellos tuvieron una vez de pequeños con su maestra Izumi, sin la misma rigidez pero sí con burlas para motivar a Victoria; como a Ed, era lo que más le enfadaba.
Lamentablemente al poco tiempo del cambio de rutina, la enfermedad de Victoria volvió a presentarse, talmente como había previsto el médico de una enfermedad cíclica.
Decayó en cama, pero como era de esperarse, volvió a recuperar su delicada salud, sólo para hacer saber, que en menos de lo esperado, aumentaban las posibilidades de que se marchara para siempre de éste y de cualquier otro mundo.
- ¡Si le sigues exigiendo más acabarás pronto con ella!- le replicó un día Lily a Ed por los arduos días de entrenamiento de Victoria.
- ¡Lily es la única forma en que podremos mantenerla con vida!- trató de hacerla entrar en razón.
- Edward...- pronunció Lily con lágrimas en los ojos.- Si se va, nunca volveremos a saber de ella.- le recordó según lo que había entendido, creyendo que era la única a quien le importaba demás.
- Lo sé...- pronunció Ed bajando la cabeza y dándole la espalda a su bella esposa.
- Ed...- alcanzó a decirle Lily sin cesar sus lágrimas, abrazándolo por la espalda.
- Ahora entiendo...- murmuró.- ahora entiendo porqué mi madre nunca nos dijo a mí y a Alphonse que su salud decaía...ahora sé que no es fácil ocultarle algo a quien más amas.- terminó bajando la mirada, Lily se aferró más a él.
Luego Ed alzó la vista muy firme y determinante, similar al gesto que puso cuando se propuso recuperar a su hermano.
- Mi madre murió antes de tiempo. No voy a permitir que suceda lo mismo con Victoria, aún...si costara no volverla a ver.- dijo y Lily se apartó de él, percatándose de cierto abatimiento en sus ojos dorados.
Esa noche, Edward estaba en la colina contemplando el estrellado cielo. De pronto, escuchó una voz infantil que le llamaba.
- Papá, mamá dijo que querías hablar conmigo.- se presentó Victoria muy afable tratando de verle la cara.
Suspiró, se preparó para decirle la verdad a Victoria. Viró a verla, pero al ver su dulce rostro que todavía permanecía angelical, le invadió una profunda desolación, preguntándose si alguna vez volvería a verlo tan inocente y puro, sin marcas de ahogo o desgracia. Pero las marcas ya habían comenzado a plasmarse.
Se agachó para abrazarla, entretanto, Victoria no comprendía el inesperado gesto de su padre.
- Victoria, tú...- expuso mientras la abrazaba y no veía su rostro. "No importa, mientras tú estés a mi lado todo estará bien" recordó en ese preciso momento las tiernas palabras que una vez Victoria le dijo de pequeña, y con más razón deseó que el tiempo no transcurriera, porque talvez, ya no habría próxima vez como para repetir la entrañable escena.
- No lo tienes que decir papá.- escuchó Ed de su pequeña hija, cuya voz se escuchaba de lo más natural.- Tú puedes decirlo...pero yo, puedo sentirlo.- finalmente dijo la niña dejándolo absorto.
Todo ese tiempo Victoria sabía que agonizaba cuando Lily y Ed en algún momento creyeron que ella lo tomaría como alguna enfermedad sin relación, ya que luego se recuperaba. Pero no fue así, Victoria sentía cómo cada día su cuerpo se debilitaba gradualmente. El deseo de vivir de la niña rubia se había vuelto su principal razón para seguir adelante y no darse por vencida, eso, era lo más valioso para ella, y también para su familia.
Edward sintió como el corazón se le desgarraba. Hubiese preferido cientos de veces que le pasara aquella desdicha a él, más no a su hija.
Una cálida lágrima sintió Victoria que cayó en su hombro mientras su padre la abrazaba con más fuerza. Ella, sólo se mantenía indiferente y recia, quería llorar pero sabía que sería más doloroso. Prefirió guardarse sus lágrimas para llenarse de fuerza y valor para no darse por vencida, tal y como su padre, el día de la muerte de su madre Trisha, se guardó sus lágrimas.
La verdad, era que Victoria viajaría al mundo original de los hermanos Elric para lograr el equilibrio entre nuestro mundo y el mundo de la alquimia, con la noticia de que muy poco probable, volverían a saber de ella.
Ése día, estaba más cerca de lo que esperaban…
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