Capítulo 13: Un Jiang Shi domesticado.

—¿No vas a comer esta noche?

—No. Lo de anoche fue más que suficiente.

Kiku se quedó mirando la nuca de Yao, preguntándose cómo era posible que un monstruo de esa clase pudiera volverse tan dócil. No era cosa sólo del pergamino, para nada. Había sido toda una odisea evitar sus ataques los primeros días, y en más de una oportunidad tuvo que amenazarlo con el exorcismo para que se quedara tranquilo. Por eso, esta paz se le hacía tan extraña ahora que la había alcanzado. Ese silencio, mientras Yao se dedicaba pacientemente a contar granos de arroz glutinoso entre sus dedos, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada a un lado. El poder estar sentado junto a él, mirando fijamente su nuca sin que le valiera un zarpazo para que se alejara. Tocó su cabello, una acción impensable meses atrás, y hundió sus dedos entre las lisas hebras.

Sabía que estaba haciendo algo prohibido. Sabía que los otros monjes, si se enteraran de lo que había hecho, le mirarían con repudio y negarían con la cabeza, rechazándole, excluyéndole. Sabía que se metería en problemas. Pero había una razón para enfrentarse a ese riesgo. Sólo necesitaba un Jiang Shi que se sometiera por completo a su voluntad.

Y, por lo visto, eso ya estaba sucediendo.