Nota 1: sí, si quieren critíquenme al respecto. Soy una autora muuuuuuuuy tardada y estoy consiente de que ustedes no se merecen eso u.uU y aunque trato de no ser tardada siempre me distraigo con algo o alguien n/n (jeje) Mil disculpas y espero hacer algo al respecto n.n

Nota 2: ¡Al fin! empiezan las revelaciones, me gusta decir que un revelicapt, no puedo decir que es la revelación que todos esperan, pero a partir de ahora se irá poniendo más emocionante la trama.

El autor de la desgracia (Capt 11)

Una intensa melodía resonaba en la gran mansión. Decorados espléndidos disfrazaban el salón que lucía magníficamente elegante. Todos miraban con atención al violinista que impactaba con su soltura. Cerraba los ojos en muestra de pasión y regodeo, su bien peinada cabellera rubia dejaba soltar uno que otro mechón al concluir la más nítida de sus notas.

Dulce y delicada era la jovencita que se encontraba en primera fila disfrutando el espectáculo. No era bella, no obstante irradiaba simpatía. Sonreía alegre y gustosa con las manos inquietas al ver a tan apuesto chico como centro de atención, quien robaba miradas y suspiros, sin embargo, a ella le robaba el corazón.

Finalmente concluyó la melodía dando lugar a los aplausos que se escucharon de inmediato.

El violinista, de unos veinte años aproximadamente, se puso de pie levantando la mirada, su dorada mirada. Afilado era su rostro y aunque su gesto parecía serio por naturaleza, no pudo evitar sonreír discretamente al notar tanta admiración por su talento.

- Demiand.- susurraron su nombre y él inmediatamente miró a quien se atrevió a pronunciarlo.

- Diana.- respondió al cruzar la mirada con su amada.

Para él, ella era hermosa con su rara belleza que siempre admiraba al encontrarla en primera fila entre sus espectadores.

En cada presentación los dos se contemplaban mutuamente, como el par de enamorados que eran en secreto; no se atrevían a confesárselo el uno al otro a pesar de que sus sentimientos eran acertados.

Demiand tomó su violín y se acercó apresurado a Diana, cuando fue sorprendido por su madre.

- Felicidades, hijo.- le dijo gustosa su recia madre quien vestía elegantes tonos oscuros.

- Gracias…madre.- miró apenado hacia un costado.

Inmediatamente retomó su atención hacia Diana. Pero ella ya no estaba. La buscó entre el gentío de invitados y sólo encontró al padre de ella, tan goloso como siempre, llevándose a escondidas los últimos bocadillos de la bandeja del buffet.

Un poco decepcionado salió a los jardines de la mansión. Ahí varias jovencitas le flirtearon con la mirada, después se acercaron a hacerle plática, y él, coqueto como siempre, respondió tan galán y presumido.

- ¿Qué les puedo decir señoritas? Yo sólo puedo imitar la belleza de la música, pero nunca seré capaz de imitar la belleza que irradia cada una.- dijo con voz varonil. Sus acompañantes se mostraron alagadas.

En medio de tantas adulaciones divisó en una banca del majestuoso jardín a una chica que se encontraba sentada, dando la espalda hacia él.

- Con permiso.- en seguida se despidió sin perder de vista la silueta.

Se acercó sigiloso todavía sin borrar esa cara de don Juan.

- Siempre tan coqueto…- suspiró Diana.

- Sabes que no lo puedo evitar.- río para sí encogiendo los hombros.

La acompañó un rato observando el estrellado cielo nocturno.

- ¿Lo terminaste?- le preguntó curiosa Diana, culminando con el silencio.

- Sólo uno Diana. Sólo un tomo más y nunca más volveré a saber de alquimia.- respondió opacando su entusiasmo.

- Hohenheim se sentirá orgulloso.- sonrió la chica.

A Demiand no le agradó el comentario respecto a su padre. Como siempre, éste se había ausentado a sus recitales con el pretexto de que nunca hallaba tiempo para asistir. Sólo Demiand sabía la verdadera razón, todo se resumía en rechazo, como el que él sentía hacia la alquimia y a su insistente padre.

Un tomo más y acabaría con su tortura.

"Desde que tengo memoria, siempre he conocido esa extraña ciencia llamada alquimia. Y desde siempre, nunca me ha convencido."

Renombrados eran sus progenitores. De pequeño no era raro que quien lo conociera esperara que al crecer se convirtiese en un gran alquimista, todo gracias a que sus padres eran expertos en la complicada ciencia.

Hohenheim de la luz y Dante eran sus padres.

Varias veces bajó la cabeza mormurando:

- No seré un gran alquimista…- se decía inocente.- seré un gran violinista.- sonreía.

"Me han impartido desde pequeño sus bases, leyes y por demás, todo lo que una persona, con anhelos de alquimista, quisiera o necesitara saber"

Sabía todo de alquimia. Absolutamente todo. Claro estaba, contaba con los mejores maestros. Envidiado era por poseer una familia tan poderosa, eminente, conocedora y sobresaliente, sin mencionar que vivía rodeado de fortuna y fama.

Le envidiaban sobre todo, porque se rumoreaba, que, de descubrir sus investigadores padres algún secreto referente a la alquimia, seguramente sólo a él serían capaces de revelárselo. Definitivamente era un chico con suerte, aunque él a veces no lo consideraba así.

"Mi capacidad de aprendizaje impresiona a mi padre, aunque sé que no puede evitar desilusionarse al notar que nada de eso me apasiona"

Confesó sus anhelos y rechazó lo que le ofrecían. Quería ser violinista, le apasionaban las notas musicales ya que las consideraba creación del hombre y no de la alquimia. Su madre Dante lo apoyó indiferente, su padre no negó, aunque, respondió obstinado al verlo apartarse de la alquimia.

Por respeto y silenciosa tregua, Demiand accedió a aprender de alquimia siempre y cuando no le negaran lo que quería.

Tenía el talento de un alquimista, pero sus ambiciones y sueños pertenecían a la música.

"Mi padre insiste en que algo bueno he de obtener de ella pero no puedo apartarme el vago sentimiento de que será todo lo contrario"

Conocía demasiado la alquimia que llegó a temerle. Es verdad, sabía de todo, lo suficiente para evitar cualquier error, pero también sabía cuán impredecible podía resultar dicha ciencia. Temía arriesgarse demasiado con ella, además, no quería que se convirtiese en una de sus inquietudes.

"…sólo quiero una vida tranquila sin explicaciones"

Hohenheim jamás dejó atrás sus constante insistencias, mucho menos su terquedad al creer que su hijo algún día querría convertirse en alquimista nacional.

Demiand era un joven de mirada indiferente e intrigante, no se sabía con certeza lo que pasaba por su cabeza, sólo su misteriosa y coqueta sonrisa era suficiente para revelar una afirmación.

Era popular entre las jovencitas, su inteligencia y galanía causaba furor a donde fuese.

Conoció a Diana desde adolescente, empezaron como amigos, y, sin darse cuenta, terminaron como un par de enamorados.

Se conocieron pues Hohenheim, con los años, logró formar un grupo de seis individuos que le ayudaban con sus investigaciones referentes a la misteriosa piedra del elixir, la cual no apartaba de sus pensamientos, la famosa piedra filosofal.

Diana era hija de uno de los seis individuos. Huérfana desde niña acompañaba a su padre a sus reuniones.

Al principio Demiand creyó encontrar en tan simple niña una sencilla amistad, pero terminó encontrando mucho más que eso. Supo encontrar la belleza en tan delicada chica.

A menudo se le veía al joven ayudando a su padre, sino fuese por la experiencia, se podría decir que casi estaba al nivel de Hohenheim y Dante.

Se le había impartido que la ley del intercambio equivalente era aplicable a la vida misma, lo que más tarde lo llevó a la teoría de que todo tenía un precio.

Demiand creía que hasta nuestros más profundos deseos, como obtener un pedazo de piedra roja, se podía obtener, sólo bastaba encontrar el precio.

"Una vez escuché: todo en esta vida tiene solución, menos la muerte, y pensé, el problema es encontrar dicha solución".

A escondidas de su padre, se dedicó a buscar alguna forma en donde no se requiriera de sacrificios ajenos, sino de sacrificios propios para encontrar el precio de que lo que se desea. Quería saber qué tan costoso era obtener un anhelo, talvez, porque él no tenía alguno.

Siempre se distinguió por ese carácter retador, impulsivo e interesante.

En secreto, a cada individuo del grupo de investigadores de su padre lo definió con un pecado capital, no encontró mejor forma para definirlos. Sólo compartían un pecado en común: la avaricia.

Empezó con un diario y terminó con viarios libros.

Al observar a los seis individuos todos los días en la sala o en el laboratorio de Hohenheim, empezó a escribir acerca de su teoría en base a cada uno. Al resultar secreto, decidió que sería mejor hacer un título para cada pecado que estuviese relacionado con uno de los seis individuos, definiendo, explicando y recopilando todo lo que sabía de sacrificios, para que al llegar al último tomo, que resultaría continuo a los demás, por fin revelase lo que se necesita para obtener lo que se quiere.

Seis individuos y siete pecados, faltaba uno por definir…

Una noche, recostado en su cama, se encontraba reflexivo al no poder encontrar a alguien que definiera el pecado restante. De no encontrarlo, todo lo anterior escrito resultaría basura al no llegar a una conclusión.

xXx

- Es mercurio.- explicó cuando Diana, en una de sus visitas al laboratorio de su padre, se encontraba curiosa al notar el líquido.- Es peligroso.- le advirtió.

- No deberías exponerte a experimentos con él.- mencionó preocupada.

- No lo hago con frecuencia.- dijo para calmarla.

En cierta forma, ambos sabían a lo que se exponía al experimentar.

Largos ratos pasaron los dos juntos, y Demiand creyó encontrar el anhelo que necesitaba. No lo conseguiría con la alquimia, sino con una llana petición matrimonial. Pero antes, deseaba concluir lo que empezó.

Comenzó a escribir sin tener como referencia el pecado que le faltaba.

- ¿Ya terminaste?- preguntó una vez Diana mientras le servía el té de hierbas que cada tarde le preparaba.

- Sólo falta un poco.- le dijo con una sonrisa.

La tarde que finalmente concluyó con los siete tomos, se sintió satisfecho a pesar de no definir con alguien el pecado que le faltaba, pero estaba tan contento que apretó con fuerza la sortija que pronto le entregaría a Diana.

Bajó al laboratorio de su padre por uno libros que olvidó. Ahí se topó inesperadamente con su amada.

- Diana… ¿Qué haces aquí?- preguntó confundido, y aún más, al notar que llevaba en brazos todo lo que él había escrito.

- Noto que te faltó un pecado...- le dijo al tiempo que ojeaba el último libro.

Demiand sintió un nudo en la garganta.

- Envidia.- pronunció ella cambiando su amable rostro por el que realmente le correspondía.

- No…- negó al verla tan diferente.

- No me digas que… de verdad me amabas.- bromeó graciosa.- ¡Vamos Demiand! Yo lo único que buscaba de ti era esto.- señaló los libros.-. Siempre quise ser la mejor alquimista, pero debo admitir que no tengo el talento. En cambio tú, lo tienes todo para ser el mejor alquimista de todos los tiempos, y al verte desperdiciándolo todo, llegué a odiarte…a envidiarte. Mi padre se sentirá orgulloso cuando le muestre lo que he escrito.

El chico cayó de rodillas y dejó rodar por el suelo la sortija que sostenía. Estaba destrozado. Diana se acercó a él llevándose los libros en brazos.

- Espero que hayas disfrutado tus tasitas de té…con mercurio.- le dijo maliciosa en lo que él rabiaba impotente ante su mirada fría.

Antes de irse, coqueta y divertida se acercó todavía más a Demiand, lo tomó del mentón y pronunció unas palabras que trascenderían en el chico, aún después de la muerte.

- Las cosas no son lo que aparentan.- susurró con una sonrisa burlesca que más tarde él imitaría.

A partir de ese fatídico día, Dante empezó a ver que con el paso de los días su hijo se aminoraba.

Sin saberse la razón de la ausencia de Diana en la gran mansión, era de preverse esa actitud recia e indiferente por parte de Demiand, pero en aspecto, se veía realmente enfermizo.

La madre del chico empezó a sospechar.

"Las cosas no son lo que aparentan"

Resonaban en su cabeza una y otra vez las palabras de Diana. Sumergido en la oscuridad de su habitación Demiand también llegó a odiarla. Y no sólo a ella, sino también a la alquimia; la creía la raíz de todos sus males.

Tomó un lápiz y dónde escribir, con odio y eterno rencor empezó a trazar perfectos círculos de transmutación. Cuando se dio cuenta había trazado siete círculos diferentes, que en conjunto, formaban uno mayor.

Se puso de pie y observó su obra.

- Pecadores son los que usan esta ciencia…y pecados serán.- se dijo sin razón aparente.

Terminó correctamente el tomo que le faltaba, ahora, ya contaba con el último pecado a definir. A pesar de ya haber escrito uno similar, éste era diferente, había modificado ideas al darse cuenta de algunos detalles que le abrieron los ojos.

Sabía que le quedaban pocos días de vida, pero decidió morir solo, solo porque era el único que sabía de su desgracia.

Tristes notas resonaron en la gran mansión.

La servidumbre se detuvo curiosa a escuchar. Era nuevo para ellos escuchar algo tan desolador proviniendo de la habitación del joven violinista.

Con los pocos rayos de luz que penetraban en su habitación, se cubrió el rostro con sus finos cabellos, tocaba su violín para transmitir su lúgubre tristeza y odio.

De pronto, se cortó la melodía.

Estaba agonizando.

- Hijo…- susurró aterrado Hohenheim al sostener a Demiand en brazos después de hallarlo tumbado en el piso.

- Padre…- tosió empapado de sudor e hirviendo en fiebre.

- ¡¿Qué te sucede?!- le preguntó exigente.

- Diana…me ha envenenado con mercurio.- dijo al notar que estaba tendido en el suelo con su violín arrojado a un costado de él.

Hohenheim exasperó, sabía que ya nada se podía hacer.

- Júrame…- pidió el doliente con voz pausada.- que no intentarás traerme de vuelta.

Amaba la vida, pero odiaba tanto a la alquimia que no quería regresar a nombre de ella, estaba al tanto de que su padre sería capaz de todo para verlo de nuevo, y de ser así, resultaría otro experimento a nombre de éste. Definitivamente no quería regresar en esas circunstancias.

El hombre miró a su hijo y encontró en él unos ojos suplicantes pero también recios y severos.

- Lo juro.- respondió.

- Tan parecidos…- susurró Demiand en un hilo de voz, haciéndose ver por el parecido físico de su padre.- pero a la vez, tan diferentes.- sonrió vacilante.

Una vez más palpitó su corazón. En el martirio, se detuvo.

Hohenheim sollozó mientras sostenía el inerte cuerpo de su amado hijo.

Días más tarde, frente a la tumba, Dante ocultaba la furia por la partida de Demiand. Era lo único que la mantenía unido a Hohenheim, además, fue el fruto de lo que una vez compartió con él.

Sabía quién era la culpable.

xXx

Sangre esparcida se veía en el piso de una elegante casa.

Una dama de negro caminaba por el lugar, indiferente, cuidando de no ensuciar sus finas botas. Se detuvo al encontrar arrojado a sus pies el cuerpo sin vida de una jovencita. La examinó por un momento a la vez que contemplaba su vestido manchado de rojo.

- No puedo creer cómo es que mi hijo se fijó en tan simple basura.- dijo como si todavía la escuchara.

Miró hacia la ventana de la habitación y en una mesa encontró los siete libros que le costaron la vida a Demiand.

Los tomó y bajó al primer piso, ahí la esperaban dos hombres que aguardaban su llegada ulteriormente de que ella examinara su buen trabajo.

- No le hagan nada al padre.- pidió insensible. El hombre aún no llegaba a la casa.- sufrirá más por la pérdida de su hija.- dijo dándole un último vistazo al montaje de sangre.

Por otro lado, Hohenheim no podía evitar quitarse de la mente la posibilidad de volver a ver a su hijo. No dormía pensando en su juramento. Hasta que llegó a la errada conclusión, que de verlo de nuevo, Demiand acabaría agradeciéndole por el acto.

Ciego a lo que juró planeó una transmutación humana. Pero necesitaba pagar por el alma de su hijo.

En su mente aparecieron los nombres de seis individuos.

Los reunió haciéndoles creer que por fin había encontrado la forma de cumplir sus anhelos. Les mintió al pedirles que formaran un círculo y que cada uno pensara en su anhelo en lo que él pedía en nombre de su deseo que el sueño de todos ellos se hiciera realidad.

Los seis hombres, incluyendo al padre de Diana que se encontraba desesperado por también volver a ver a su asesinada hija, se reunieron observando lo que Hohenheim prosiguiera a hacer.

De pronto, apareció trayendo en brazos el cuerpo de Demiand.

Con las manos sucias de tierra por haber profanado su tumba, todos le miraban aterrados cuando él se acercó al centro.

Un gran círculo de transmutación se iluminó bajo los pies de los hombres. Fueron incapaces de moverse, algo los atraía al suelo y les impedía moverse.

- ¡Hohenheim!- le gritaron desesperados al hombre que caminaba hacia el centro e ignoraba todo comentario.

Los ojos de éste se veían fijos y perdidos, y al mismo tiempo, tristes y seguros.

Llegó al centro y dejó reposar en el suelo el cuerpo sin vida. Cortó su mano derecha y con la sangre que brotó dibujó un círculo de transmutación en la frente de su hijo.

Una melodía resonó por el oscuro desván. La misma melodía que interpretó Demiand en sus últimos momentos de vida. Pareciera que había previsto lo que le esperaba posteriormente de su muerte. No habían mejores notas que ambientaran tan triste momento.

- Yo te entrego…seis vidas a cambio de la vida de mi hijo.- pronunció finalmente Hohenheim y los seis hombres fueron arrastrados hacia el interior de la puerta por seres oscuros.

Reinó la oscuridad.

- ¡Eres un idiota!- lo abofeteó Dante al encontrarlo de rodillas ante su reciente obra.

Los ojos de la mujer mostraban ira y desprecio. Incrédula miró hacia un rincón oscuro y pudo ver una gran masa de viseras que parecía tener vida.

- Si traes a los muertos, también traerás desgracias.- susurró asumiendo quedarse con el resultado de la transmutación humana fallida.

El primer homúnculo había nacido.

Dante lo cuidó sabiendo que nunca sustituiría a su hijo. Hohenheim se separó de ella y negó rotundamente a la criatura que obtuvo en su intento fallido.

El nuevo ser fue cambiando poco a poco. Dante había descubierto que ofreciéndole piedra roja obtenía una forma más humana, mejorando notablemente con el tiempo.

Tanto mejoró que llegó a tener conciencia.

- ¡Éstos sueños! Éstos recuerdos…ésta vida, no es mía…- gritaba desesperado con los ojos desorbitados y llevándose ambas manos a la cabeza.

Era otro, pero tenía algunos recuerdos sobre la vida de Demiand.

Dante lo consolaba.

- ¿Sabes quién tiene la culpa de tu desgracia?- le decía acariciándole su despeinada cabellera.- Hohenheim.- pronunciaba vengativa todas las noches.

Quería que el producto del error de su esposo lo odiara a muerte, por lo que hizo y por le que le hizo a ella. Lo tenía todo planeado.

- Él…- musitó el homúnculo.- juró que no lo haría.- recordó.

- ¿Lo ves? Nos ha abandonado. Te abandonó a ti y a mí también.

Una noche el homúnculo dejó de lamentarse.

- Él…- pronunció entre dientes apartando sus manos de la cabeza.- ¡Él es el culpable de todo esto!- gritó lleno de dolor y furia.

En su mente aparecieron pequeños fragmentos de la vida de Demiand, desde pequeño hasta el día de su muerte. En aquellos recuerdos era mimado respecto a la alquimia por su testarudo padre.

- La alquimia no era la raíz de todos lo males….- refunfuñó.- era él… ¡Hohenheim!

La mujer sonrió gustosa. Había alimentado al homúnculo lo suficiente de odio.

Sentado en la cama y gruñendo de rencor, miró hacia al tocador de la habitación en donde estaba.

- Ésta cara…- dijo mirando su reflejo y casi arrancándose la piel, debido a que al verse veía a Hohenheim.- ¡La odio!- gritó y dejó notar su habilidad de poder cambiar de apariencia.

Ahora su cabellera era larga y de verde oscuro que cubría un poco sus ojos violetas, permitiendo sobresalir su pálida piel cubierta por ropas oscuras. Tenía un símbolo de ouroboros en la parte exterior de su pierna izquierda.

- Ahora ya nadie me envidiará.- sonrió imitando la sonrisa de Diana, recordándola.

Aunque la odiaba intensamente, acabó imitando varias características de ella.

- A partir de ahora…seré Envy.- dijo alzando el rostro. Dante sonrió gozosa.

Después de Envy seis homúnculos más surgieron. Cada uno con nombre de pecado capital, con actitudes que los hacían acreedores de sus nombres. Daba la impresión de que el pecado obtenido talvez se veía familiarizado con su otra vida, pero más bien era el pecado con el que menos se relacionaron.

Dante guardó los libros de su hijo. Extrañamente Envy no recordaba nada de dichos libros, era un secreto que Demiand se había llevado a la tumba. La mujer leyó el contenido de los libros y se dio cuenta de cuán valiosos eran, incluyendo el final tomo siete que encontró en la habitación de su marchado hijo. El tomo siete, que Diana había robado junto con los demás, decidió eliminarlo por completo dejando el verdadero tomo correspondiente.

No se le ocurrió mejor idea que darle un nombre, de los seis difuntos hombres, a cada libro.

Así lo hizo a excepción del último, del cual optó por dejarle el verdadero autor, es decir, Demiand. Separó los círculos de transmutación para cada tomo y se encargó de dispersarlos por varios lugares, de tal manera que fuesen difíciles de encontrar.

Confundió la historia para que sólo aquel que lograra reunir los siete libros supiera la verdad. La persona que se plantara dicha meta, creería que los sueños de los seis hombres se cumplieron, lo que le daría esperanzas de poder cumplir el suyo, resultaría mentira al descubrir la verdad pero, si era fiel, sus esperanzas deberían seguir en pie después de conseguir los siete libros que, probablemente, cumplirían lo que deseara. Era un precio que Dante consideraba justo.

"Las cosas no son lo que aparentan"

Pequeña frase que llevó siempre Envy en su mente al momento de disfrazarse para imitar a uno, ocultando sus intenciones y quién realmente era, como una vez lo hizo Diana con Demiand para finalmente poder acabar con él.

Como un mito se fueron difundiendo aquellas sabias palabras hasta llegar al cuartel general para luego convertirse en parte de su sustento.

Vincent Dreud, a quien antes conocieron Joseph y Ely, fue el individuo que se hacía pasar en un principio por el autor del primer tomo. Una vez que lo conocieron, confesó ser tan sólo el transcriptor, alegando que el autor original le había pedido que no revelase su nombre.

Sucede que Hohenheim, una vez de enterarse de la existencia de los libros, se dio cuenta de que a pesar de no resultar la alquimia una ciencia de preferencia para su hijo, éste buscó la forma de complacerlo. Aunque no le tenía afecto a la alquimia, le tenía afecto a su padre.

Concluyó en que todo fue en vano. Ese afecto había partido para siempre junto con su verdadero hijo. Decidió buscar los libros que Dante había dispersado, sólo logró dar con uno que rescató entre las cenizas de un gran incendio. Lo escribió de nuevo y esta vez a su nombre, afligido también se consideraba pecador. Más tarde, se lo entregó a Vincent Dreud para que hiciera una copia, pero a nombre de él. El primer tomo que Hohenheim había rescatado permanecía perdido. Optó por esconderlo él mismo porque había información faltante en la trascripción de Vincent. Tan sólo una frase diferenciaba al tomo de Hohenheim con el trascrito, la frase que concluía con todo lo escrito por Demiand, la frase clave que descifraba el significado de un sacrificio con la puerta de la verdad.

Hohenheim de la luz vagó de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo lamentando su gran error. No se arrepentía de haber abandonado a Dante. Efectivamente, Demiand era lo único que lo mantenía unido a ella dándose cuenta de lo perversa y malvada que era, lo único que compartían en común era el hecho de poseer cuerpos que no les pertenecían.

Aproximadamente, más de cuatrocientos años pasaron desde que Hohenheim intentó resucitar a su hijo.

Fue en aquel entonces, que después de muchos años de vagar sin rumbo, que conoció a Trisha Elric, el amor de su vida y futura madre de sus hijos Edward y Alphonse, a quienes más tarde Envy aborrecería.

Nadie imaginó que en vida, las palabras plasmadas en libros de Envy y una vez Demiand, podrían ser la única solución para el regreso de su sobrina Victoria.

Y así lo sería…


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