Capítulo 15: Un dueño de casa sin ganas de hacer nada.

Loung había amanecido enfermo. Miró el termómetro otra vez, frunciendo el ceño. Fiebre. Genial. No tenía ánimos de levantarse al baño siquiera. Le dolía la cabeza, le dolía la garganta, ¡joder, le dolía todo el maldito cuerpo! Sentía molestias incluso en órganos que no sabía que existían. Bufó, enrollándose con las mantas sobre su costado. Si al menos Yao supiera lo que era una aspirina...

Y hablando de Yao, éste estaba de pie al lado de su cama, sin entender qué estaba pasando. ¿Por qué no se levantaba? Si el sol había salido hace bastante…

—¿Te… te encuentras bien, Long?

—No, para nada. Me siento fatal. —Yao ahogó una exclamación de espanto.

—¿Fatal? ¿Te duele el estómago? ¿Estás vomitando? ¿Sangrando de alguna parte? ¿Qué color de piel tienes? ¿Temperatura? —Una mano gélida le rozó la frente antes de apartarse con brusquedad—. ¡Estás ardiendo! ¡Te traeré unos paños húmedos...!

—No, no… Sólo quiero dormir, Yao —suspiró apenas, sujetándose las sienes—. ¿Podrías quedarte en silencio? Tus preguntas me están mareando.

—No te oyes bien, ¿necesitas que haga algo por ti? ¿Masajes? ¿Cataplasmas? ¿Alguna infusión? Soy bueno identificando plantas medicinales…

—Sólo cállate, ¿sí? Estoy cansado. Voy a dormir y cuando despierte estaré mejor, es todo.

—¿Seguro que te pondrás bien? ¿No necesitas nada de nada?

—Ugh, ya te dije que no. Sólo déjame dormir, ¿quieres?

—Pero…

—Quiero. Dormir. Déjame. Dormir.

—… ¿Un té, tal vez?

—Está bien, tráeme un maldito té. Pero después te largas y me dejas tranquilo, ¿vale?

—Vale.

Yao salió de la habitación de Loung, arrastrando los pies y tocando con una mano el sitio donde el pergamino se adhería a su frente. Quemaba. Eso no era una buena señal.

Aunque no tenía la más remota idea de qué podía significar.