Capítulo 24: Una visita que quiere fiesta.

—¡Dulce o travesura!

—O se largan o les echo al Rottweiler —dijo Loung con voz aburrida. Los roncos ladridos provenientes del interior de la casa respaldaron su propuesta, e hicieron correr a los mocosos junto a sus calabazas y sus rollos de papel higiénico.

—¡Qué cruel! —rió una voz familiar, y Loung pudo ver a Mei caminando en su dirección.

—Es la única forma de mantener lejos a esas pequeñas pestes.

—Ah, claro, y como tu rottweiler es tan malvado y real…

—Cállate, la idea es que no se enteren.

La chica rió nuevamente, cubriéndose la boca con las manos, y sólo entonces Loung se percató del sombrero de bruja que sostenía… y de su atuendo en general.

—¿Disfraz?

—¡Sip! ¿A que no está genial este vestido?

—Mmm… omitiré mis comentarios al respecto.

—¡Oye!

—Por cierto, no es como que me importe, pero, ¿no estás algo grande para ir a pedir dulces? —Por toda respuesta, recibió un sombrerazo y una expresión divertida en la cara de Mei.

—Tonto, no voy a ir a pedir dulces, ¡es porque voy a una fiesta!

—Ah, una fiesta. Entonces, ¿qué haces aquí?… Espera. Oh, no…

—Oh, sí~

—No, no, no. No. Mei, vete de aquí ahora mismo.

—No quiero~

Loung cerró la puerta de un portazo, pero Mei fue más rápida y alcanzó a bloquearla con un pie. Volvió a abrirla, sujetándole por el brazo y tratando de sacarlo a tirones de la casa. Loung se aferró como pudo del marco, negándose a siquiera pisar el exterior de su propiedad.

—¡Venga, no seas aburrido! ¡Sólo es por una noche!

—Ni lo sueñes. Antes muerto que afuera.

—¡Ay, vamos, por favor! No seas exagerado. No te va a hacer mal salir un rato y socializar con gente de verdad. Y no me vengas con que chatear por Facebook es "socializar".

—Pero sí lo es-

—Blá, blá, blá. No pienso escucharte. Hoy vas a salir de esta prisión voluntaria a la que llamas casa y te vas a divertir. Sí. Divertir.

La expresión de Loung parecía más cercana a la de alguien sentenciado a muerte, que la de alguien que se iba a divertir. Sin embargo, cuando a Mei se le metía una idea en la cabeza, no había quien pudiera convencerla de hacer lo contrario. Suspiró, dejándose arrastrar por la chica y preguntándose en qué clase de lugar se llevaría a cabo su "tortura".


.

Ruido. Había mucho ruido. La estridente música retumbaba por todo el ambiente de la discoteca, y Loung la sintió golpearle en la cara apenas entró al recinto. Se cubrió las orejas instintivamente, mientras Mei parecía buscar a alguien con la mirada. De repente, fue nuevamente jalado a otro sitio de la discoteca.

—¡Yong Soo! ¡Hey! ¡Aquí! —gritó Mei. Un joven volteó de inmediato, iluminándosele el rostro apenas vio a la chica.

—¡Mei! ¡Cuánto tiempo!

El tipo ese, que iba con un traje que parecía mezcla de hombre lobo y momia, se abrió paso a codazos hasta donde estaban ellos, abrazando con efusividad a su amiga. Mei rió, palmeándole la espalda y celebrándole las gracias. Entonces, reparó en la presencia de Loung.

—¿Y éste quién es, Mei? ¿Tu novio?

—Pfff, ¡claro que no! Este es el ermitaño antisocial del que te hablé el otro día. Long, él es Yong Soo. Un compañero de la Facultad.

—Compañero, amigo de juergas y confidente. Un gusto ponerle cara al chico del que Mei tanto habla.

—¡No hablo tanto de él!

—Eso es lo que tú crees.

Se enfrascaron en una discusión boba, en la que Yong Soo insistía que el 85% de las veces que Mei le hablaba, era para contarle cosas acerca de "ese chico tan serio que nunca sale de casa", y Mei insistía que Loung no era tan importante como para hablar todo el día sobre su persona. Loung, en tanto, les miró aburrido un rato. No tenía intenciones de detener una pelea tan absurda, ni mucho menos acabar involucrado en ella. Miró a su alrededor buscando algo de beber para al menos aprovechar la salida, descubriendo la barra libre unos metros más allá. Abrirse paso entre la gente era toda una odisea, pero después de un par de empujones pareció captar el truco para deslizarse entre tantos cuerpos apretados que se movían al ritmo de una melodía pegajosa.

Sin embargo, no alcanzó a llegar a su objetivo. Cuando apenas le faltaban un par de metros, unos brazos le rodearon por el cuello, y un familiar aroma a manzanas pasadas llegó hasta su nariz. Loung tragó saliva, teniendo miedo de voltear la cabeza.

—¿Yao…?