TE VEO

CAPÍTULO 3

—Candy, el señor y el joven Brower no quieren saber nada de su familia por lo que no vas a poder atenderlo. — Dijo con voz seria y fría.

— ¡No! Por favor. No sé los motivos que tengan para odiar a los Andley, pero por favor déjeme estar cerca de él.

— No puedo hacer eso. Si el padre del Joven se entera sería capaz de cerrar el hospital.

— No podría hacer eso...

— Por desgracia sí. El señor Brower tiene el poder suficiente, casi tanto como el de tu familia. —Aclaró la anciana enfermera.

— Por favor, Mary Jane, déjeme estar cerca de Anthony. Él... Él no sabrá quién soy yo. — Al decir esto la voz casi se le quebró. — Anthony no sabrá que una Andley está a su lado.

— No puedo hacer eso. ¡Entiende! —repitió desesperada.

— Deme una oportunidad. Si los Brower nos odian es por algo y tengo que saber el motivo y por qué nos dijeron que estaba muerto.

Candy suplicó por mucho tiempo, le contó a su maestra todo lo que había vivido al lado de Anthony, sobre el accidente y su supuesta muerte.

— Sólo unos días y si no logro nada lo dejaré en paz— dijo después de muchas súplicas.

La mujer de piedra, Mary Jane se conmovió ante todo lo que dijo Candy y aunque sabía que lo que iba a hacer no le dejaría nada bueno...

— Sólo unos días. — Dijo dando un profundo suspiro.

— Gracias Mary Jane. Gracias. —Expresó limpiándose las lágrimas.

— Sólo recuerda que no le dirás tu nombre.

— No lo haré y de ahora en adelante seré...— Pensó por unos segundos— Rosalie White.

— Muy bien enfermera Rosalie la llevaré a su lugar de trabajo. — asintió la mujer sin saber por qué aceptaba ayudar a Candy.

— Gracias. —Dijo Candy abrazando a la enfermera.

Regresaron a la habitación y encontraron a Anthony sentado en la cama con unos dados en la mano que Lucy le había regalado para calmar sus nervios.

— Señor Brower, aquí está su nueva enfermera. La señorita Rosalie White. —Anthony hizo un movimiento identificando el sonido.

— Buenas tardes. — Saludó la enfermera con su alegre voz de siempre.

— Buenas tardes. —Respondió un poco incómodo.

— Los dejo. — Mary Jane salió de la habitación nerviosa sin saber si lo que había hecho estaba bien o mal.

— Mi nombre es Rosalie White y seré su enfermera. —Reafirmó Candy.

— Eso ya me quedó claro. —Candy se quedó fría ante la seriedad del joven que más de una vez vio sonreír y escuchado su pasiva y tranquilizante voz.

— También quiero decirle que haré lo mejor que pueda mi trabajo para que se recupere pronto. —Continuó con optimismo.

— Lo dudo, pero agradezco la intención.

— ¿Puedo comenzar con mi trabajo?—Preguntó sintiendo un poco de desesperación. Anthony se encogió de hombros y la enfermera se acercó a tomar su presión.

— ¿Qué pasó hace un rato? ¿Por qué tanto alboroto en urgencias? —Preguntó Anthony con voz menos cortante y fría.

— Hubo un choque entre un camión de pasajeros y uno de carga.

— ¿Muy grave?

— Sí, hubo muchos heridos.

— ¿Hubo muertos?

— Uno; por desgracia no alcanzó a llegar al hospital y murió instantáneamente. —Anthony hizo una mueca demostrando pena por la muerte del desconocido y ante esto Candy se sintió un poco aliviada al notar que el corazón de Anthony seguía siendo el mismo.

— Su presión está bien. Le gustaría estirar in poco las piernas. — Preguntó con su feliz voz.

— No — Fue la tajante respuesta.

— Un poco de ejercicio no estaría mal.

— ¡Dije que no!— replicó Anthony.

— Está bien. Entonces vuelvo en un rato. —Dijo caminando hacia la puerta.

— Espere. — Dijo Anthony y la enfermera se detuvo en seco. — ¿Cómo dijo que se llama?

— Rosalie.

— Muy bien Rosalie. ¿Puede abrir la ventana?

— En seguida. — Dijo haciendo lo que le pedían. — ¿Mejor?— preguntó después de atorar las cortinas para que no se cerraran.

— Sí, gracias.

Anthony desde su habitación tomó un rosario y comenzó a rezar por los heridos del accidente, porque pronto recuperara la vista que aunque había vivido años de esa manera no perdía las esperanzas y por alguna razón había crecido más el deseo de volver a ver a su padre, sus rosas y la fotografía de su madre. Su madre, víctima de la maldad y ambición de los Andley.

Candy salió del cuarto con emociones y sentimientos encontrados. Estaba feliz y confundida ante lo que había pasado minutos antes. Se había enterado que Anthony, su Anthony el joven por el que lloró tantos días y tantas noches estaba vivo y eso era una maravillosa noticia ya que en más de una ocasión había soñado con que eso sucediera. Pero también se sentía engañada, porque si Anthony estuvo vivo en todo ese tiempo habían creado esa gran mentira de que había perdido la vida en el accidente y una pregunta asaltó su mente. ¿Albert lo sabría?

Albert había viajado a Escocia, tenía poco tiempo que se había presentado ante la sociedad y era momento que no sólo la gente del continente americano lo conociera, debía presentarse en Inglaterra, Escocia, Francia e Italia donde su familia tenía negocios.

Su primera parada fue Escocia, donde era de suma importancia su presencia. Estuvo ahí unos días conociendo las propiedades y los negocios con asesoría de George y otros asistentes.

Una tarde, después de dar un paseo por los terrenos se encerró en el despacho de la mansión que años atrás la señora Elroy había mandado a construir. En las paredes estaban las pinturas de los últimos miembros de la familia Andley; sus padres, una hermosa mujer de cabello rubio como el de él y su hermana, ojos azules que transmitían esa paz que solo él, hasta donde todos sabían, conservaba. Su padre, era un hombre elegante, rubio también. Al lado de esa pintura estaba la de Rosemary, su querida hermana, estaba sentada en la banca de un jardín lleno de rosas de varios colores; sin duda era una dama elegante, fina y bondadosa. Junto a esa imagen había un hueco, un hueco que debería estar ocupando la fotografía de Albert, pero debido al anonimato de todos esos años habría sido riesgoso mostrar la imagen del joven líder de la familia. Después venía la imagen de un par de jóvenes, ambos de cabello castaño y ojos marrones, Stear y Archie eran los siguientes en aparecer y junto a ellos una foto de los padres de estos y justo en frente del escritorio se encontraba la imagen de un joven, casi un niño de cabello rubio y esos ojos azules que trasmitían esa paz creída extinta. La imagen de Anthony, en el mismo jardín que su madre estaba frente a los ojos de Albert.

— Qué diferentes habrían sido las cosas si estuvieras aquí. —Murmuró Albert con un dejo de melancolía y tristeza. — No me imagino cómo está tu padre, hace tantos años que no lo veo, mucho antes de que tú partieras. La última vez fue… cuando Rosemary fue sepultada y después de eso no supe más de él, ni de ti.

— Albert, ya todo está listo para partir a Londres. —Dijo George entrando al despacho.

— Ya voy. —Dijo algo distraído dando una última mirada a los retratos familiares.

Esto había ocurrido tan solo un día antes de que Candy se llevara la sorpresa de su vida, Anthony estaba vivo.

El primer día de trabajo transcurrió sin ningún problema, como Candy había dicho, un par de horas después había regresado a la recamara de su paciente con una bandeja con comida. Casi en silencio Anthony terminó con sus alimentos.

— ¿Lleva mucho tiempo aquí? —Preguntó la enfermera.

— Dos meses. —Respondió serio y un poco desesperado ante la quinta o sexta pregunta de su nueva enfermera.

— ¿Por qué llegó aquí?

— Un accidente. —Respondió de la misma manera. La verdad era que Candy se estaba riendo, sabía hacer preguntas y utilizar un tono especial para desesperar a la gente y no es que quisiera hacer enojar a Anthony, sino que necesitaba comenzar a ganarse su confianza ya que si no lograba nada Mary Jane la cambiaría de puesto.

— Ya veo. —Dijo seria. — ¿me puedo llevar la charola?

— Sí. —Respondió Anthony colocando la servilleta sobre esta. —Y le agradecería que no preguntara tantas cosas sobre mí, es más si pudiera no hablar sería perfecto.

— Lo intentaré señor, aunque no le prometo nada, suelo hablar demasiado. —Anthony resopló e ignoró el comentario. —Me retiro. —Dicho esto Candy salió de la habitación dejando a Anthony pensativo.

— No sé por qué me recuerda a Candy. Me pregunto qué habrá sido de ella. Tal vez esté casada y se haya olvidado ya de todos los Andley y de mí. —Pensó con tristeza. —A pesar de todos estos años no puedo creer que se haya ido, sólo así, no puedo creer que haya abandonado a su familia, aunque creo que fue lo mejor, sino quién sabe qué cosas le pudieron haber hecho todos ellos.

El viaje a Londres fue prácticamente corto y en un abrir y cerrar de ojos Albert y su mano derecha, George, ya estaban instalados en un hotel de la ciudad. Albert dejó sus cosas sobre una mesa de la habitación y se asomó por la ventana, esa ciudad le traía tan buenos recuerdos.

— No te desaparezcas mucho tiempo. — Interrumpió George sus pensamientos.

— ¿Qué?

— Sé que quieres salir y andar por esos lugares que tanto te gustan de Londres, sólo te pido que no tardes mucho, a las ocho tienes una reunión con un socio.

— No tardaré. —Dijo Albert sonriendo como un niño que ha recibido permiso para salir a jugar— tomó su chamarra y bajó a las calles de Londres que aún conocía perfectamente. Caminó por media hora sin rumbo fijo hasta que llegó a una zona residencial que si bien nunca había visitado conocía perfectamente la dirección. Sin dudar mucho tocó el timbre de una elegante mansión que estaba a mitad de la cuadra e instantes después un mayordomo aparecía para abrirle las puertas.

— ¿Qué desea señor?— preguntó amablemente.

— Busco al capitán Brower. —Respondió con firmeza.

— Lo siento, pero el señor no está en estos momentos en la ciudad, ¿quién lo busca?— Preguntó.

— ¿A dónde fue esta vez?— Albert evadió la pregunta con otra.

— El señor está con su hijo en América desde hace seis meses.

— ¿su hijo? — repitió Albert confundido.

— Sí, el señor Anthony lo acompaña en su viaje.

— Esteban, ¿quién es este señor?—Preguntó un joven de la misma edad que Candy, cabello castaño y ojos color café que había aparecido por el jardín.

— Buscan al capitán Brower, señor— Respondió el mayordomo.

— Dile que pase y deje su recado.

— Señor, si gusta pasar y decirme qué se le ofrece yo me comunicaré con el capitán inmediatamente, señor… señor. —Habló el mayordomo intentando volver al desconocido a la realidad.

— Yo… yo, volveré después, gracias. —Dijo Albert dando media vuelta para seguir su camino.

— ¡Su nombre por favor! —Casi gritó Esteban, pero fue tarde ya que Albert había abordado al primer taxi que había encontrado.

— ¿Conocías a ese hombre? —Se acercó el joven.

— No señor, nunca lo había visto.

— Qué raro, papá casi nunca recibe visitas.

— Tal vez sea un viejo amigo. —Fue la idea del mayordomo.

— Sí, puede ser, si regresa lo sabremos. Ahora ven y ayúdame con el jardín que si no queda perfecto Anthony me mandará una carta diciéndome hasta de lo que puedo morir.

— Ya voy señor. —Sonrió el mayordomo siguiendo al joven Joseph Brower, el hijo menor de la familia del capitán Brower.

"El señor Anthony lo acompaña en su viaje" esas palabras quedaron resonando en la mente de Albert. "debe haber un error y el mayordomo se confundió, tal vez me dio otro nombre porque… no sé, tal vez Vincent volvió a casarse y tiene un hijo, pero no, no puede llamarse Anthony igual que mi sobrino, no" pensaba mientras el coche lo llevaba de regreso al hotel.