TE VEO

CAPÍTULO 4

Candy estaba en su descanso que aprovechó para ir a comer algo a la cafetería. Apenas llevaba una semana trabajando con Anthony y ya había notado todos sus cambios. Por desgracia ya no era aquel chico dulce del que ella aun siendo una niña se enamoró.

Anthony era un muchacho serio, un poco frío y hasta distante; pero Candy no perdía la esperanza de recuperar al verdadero y derribar el muro que este hombre nuevo tenía a causa de un odio que ella misma desconocía.

Terminó su descanso y regresó a la habitación de Anthony para el habitual chequeo. Cuando llegó a la puerta encontró al doctor que le atendía y entraron juntos.

— Sólo vine a informarle que en una semana será dado de alta. — Dijo el médico. Candy se quedó paralizada al escuchar esto. —Su recuperación ha sido rápida en estos últimos días y no habrá ningún problema en que regrese a su casa con su familia.

— Muchas gracias por la buena noticia doctor. Agradeció sinceramente el paciente. Y ... lo de mí vista... ¿Hay alguna nueva esperanza? —Preguntó después de unos segundos.

— Como su médico es mi deber decirle la verdad. —Hizo una pausa para tomar aire. —Aun no podemos hacer nada. La pérdida de su vista fue a causa del accidente que sufrió. Lo recibió su cabeza y por lo tanto su cerebro y éste es todavía un misterio, por así decirlo, para saber cómo reacciona.

— Eso es un no.— Dijo Anthony cabizbajo.

— Pero como un hombre de fe solo le puedo decir que crea en los milagros.

— Gracias doctor. —Sonrió Anthony aun triste. —¿Ya avisó a mi padre? —Preguntó después.

— Sí. Se lo comuniqué hoy por la mañana y dijo que vendrá lo más rápido posible.

—¿Hoy?

— Por lo que me dijo, sí.

— De acuerdo. —Hizo una pausa pensativo—. Doctor… ¿Aun son necesarios los calmantes que me ponen a cada hora? —Preguntó fatigado.

— No. De hecho esta fue la última dosis. Enfermera por favor encárguese de eso. — Ordenó el médico.

— ¡Rosalie está aquí! — Exclamó Anthony sorprendido.

— Sí señor. — Dijo la enfermera.

— No la oí entrar. —Sonrió y Candy hizo lo mismo aunque Anthony no lo viera.

— Lo dejo en buenas manos. Vendré por la noche a revisarlo. —Dijo el médico saliendo.

— Rosalie… —La llamó Anthony.

— ¿si?

— Quiero... Suspiró. En primer lugar, agradecerle por su trabajo de todos estos días y en segunda... Disculparme por como la traté cuando se presentó.

Candy hizo una gran seña de sorpresa y contempló el rostro de Anthony.

— Disculpas aceptadas. — Dijo después de unos segundos de silencio. — Entiendo perfectamente que el cambio lo molestó. Usted ya estaba acostumbrado a la anterior enfermera y...

— No fue por eso. — La interrumpió Anthony. — Es solo que cuando usted llegó con todo ese optimismo y alegría. — Dudó un momento en si continuaba o no. — Me molestó su actitud. —Dijo al fin.

— No entiendo… ¿Por qué? — Preguntó Candy.

—Llámeme loco si quiere, pero su actitud me recordó a alguien a quien quise mucho. Era una chica llena de vida y esperanza. Ella hizo de mi vida una más feliz. — La sonrisa que se había dibujado en su rostro cambio por una llena de pesar.

En ese momento un mar de sensaciones atacaron a Candy. ¿Sería tal vez ella esa persona? —¿Cómo se llama ella? Se arriesgó a cuestionar.

— No importa el nombre. —Sonrió con pesar y cambió el rumbo de la conversación. —Solo quería decirle eso. Que me disculpara por mi tonta actitud y que espero que cuando yo me vaya usted siga haciendo tan bien su trabajo con sus otros pacientes.

Candy estaba al borde de las lágrimas y a punto de decirle a Anthony quién era ella. Estaba a punto de decirle que ella era Candy. La chica llorona a la que él consoló más de una vez. Que ella era la chica de la que le había hablado. Estuvo a punto de decirle que ella nunca lo había olvidado. Que no había día o noche que ella no lo recordara y se culpara de su supuesta muerte. Dio un paso hacia la cama a punto de tocarlo cuando la puerta se abrió y ella volteó a ver de quién se trataba.

—¡Anthony! —Exclamó el recién llegado. Un hombre alto, fuerte. Con algunas canas en el cabello y un rostro que demostraba todo el cariño que sentía por su hijo.

—¡Papá! —Dijo Anthony esbozando una gran sonrisa. El caballero se acercó y abrazó a su hijo con tanta fuerza que casi lo deja sin aliento de no ser porque Anthony pidió un poco de espacio.

— Perdona hijo. Es que estoy tan emocionado que no he tenido cuidado. —Se disculpó.

— Descuida papá. Yo también estoy emocionado. El doctor acaba de decirme que me dará de alta muy pronto.

— Sí hijo y volveremos a casa.

—¿Cómo está John? —Preguntó el muchacho.

— Está bien: esperando a que lleguemos.

— Creo que tendrá que esperar un poco más. Inglaterra no está a quince minutos de Chicago.

—¡Inglaterra! —Exclamó Candy sorprendida metiéndose en la conversación.

— Así es Rosalie, yo vivo en Inglaterra con mi padre y mi hermano. —Aclaró el muchacho. — Papá, déjame presentarte a Rosalie. Ella ha sido mi enfermera en los últimos días.

— Mucho gusto señorita. Le agradezco todo lo que ha hecho por mi hijo. Sinceramente lo veo mejor que otras veces. Antes estaba pálido y ahora mírelo. —Sonrió y señaló a su hijo que efectivamente había recuperado el color de natural de su rostro.

— Un placer conocerlo señor Brower. Su hijo es un muy buen paciente. —Dijo la enfermera y Anthony se asombró. Después de lo grosero que había sido decía que era un buen paciente. Sin duda se parecía mucho a ella. A ella, dónde estaría ella. Sería feliz.

— Sin duda alguna. —Sonrió el padre.

— Los dejo a solas. —Dijo la enfermera. —Con permiso. Y salió de la habitación.

—Linda joven. —Afirmó el capitán cuando estuvieron solos.

—¿Cómo es? — Pregunto Anthony. —Físicamente.

— Pues no muy alta, delgada, pero se nota que es fuerte. Tiene cabello Rubio y... No se Anthony. No la vi bien.

— Bueno, gracias... Por nada. —Le reprochó su vaga descripción de la enfermera, pero ahora al menos podría imaginar cómo era.

—¿Te gusta? — Cuestionó su padre.

—¡Claro que no! Dios, ella es mi enfermera. Cómo podría gustarme. —Negó en repetidas ocasiones la cabeza intentando convencer a su padre y tal vez a él.

— Sí… bueno, lo que digas hijo. Ahora regresó, iré a ver todo lo necesario para que te puedas ir. —El padre se levantó de la silla que había tomado y le dio a Anthony una palmada en el hombro.

— Papá… —Anthony lo detuvo. —¿Has sabido algo de ellos?

— ¿Quiénes?

— Los Andley.

— No Anthony, y es mejor así. —El señor Brower salió muy serio de la habitación dejando a su hijo recordando muchas cosas desde el día en que había despertado de ese accidente…

Después de una semana Anthony comenzó a tener reacciones. Una tarde mientras una enfermera lo revisaba comenzó a moverse entre las sábanas de la cama.

— ¿Qué pasó? —Fue lo primero que se preguntó tocándose la cabeza aun sin abrir los ojos.

— No se inquiete joven. —Lo calmó la enfermera haciendo su trabajo. En ese preciso momento entraron el médico y el padre del muchacho.

— ¡Anthony! —Exclamó su padre aliviado por ver a su hijo consciente. Él y el doctor se acercaron.

— ¿Cómo te sientes muchacho? —Preguntó el médico comenzando a revisar sus signos vitales.

Anthony entonces abrió los ojos, creyó que iba a ver a su padre que sorpresivamente estaba ahí, hasta donde Anthony recordaba su padre estaba de viaje. Abrió los ojos, pero… no había nada. Nada que pudiera distinguir, sólo obscuridad. Cerró los ojos y los volvió a abrir, el resultado fue, nada. Se frotó los ojos, agitó la cabeza creyendo que era un mal sueño pero nada sucedía. Si era un sueño era uno muy extraño ya que no podía despertar y si era la realidad qué pasaba con su vista.

— ¡papá! ¡no puedo ver! —Dijo angustiado.

— ¿Qué? —Exclamó el capitán acercándose al igual que el doctor. El ultimo tomó la cabeza del paciente entre sus manos y revisó sus pupilas.

— ¿Qué pasa? —Preguntó su padre angustiado. —¡responde!

— La caída fue muy fuerte, es un milagro que esté vivo. Fue lo único que pudo decir. Vincent, tu hijo perdió la vista a causa del golpe en la cabeza.

Dos personas escucharon eso y ambas sintieron que iban a caer a un abismo. El padre negaba bruscamente con la cabeza, negándose a creer el diagnostico. El hijo quería entender que había sucedido, si él estaba ciego entonces…

— ¿Dónde está Candy? —Preguntó exaltado a punto de levantarse de la cama de no ser porque fue detenido por el doctor. —¡Candy! ¿está bien?

— Calma hijo, calma…

— Papá, ¿dónde está ella?, ¿dónde están todos?

— Tienes que tranquilizarte o tendré que aplicarte un sedante. —Intervino el doctor.

— Escúchalo Anthony, tranquilízate. —Con mucho esfuerzo, Anthony hizo lo que le pedían y contuvo sus impulsos de querer salir y buscar como le fuera posible a Candy. Después de revisarlo la enfermera y el médico salieron dejando solos a padre e hijo.

— Papá, dime por favor… ¿qué pasó? —Suplicó intentando no quedarse dormido.

— Caíste del caballo que montabas y te golpeaste muy fuerte la cabeza, de no ser porque el doctor actúo rápido… —se le quebró la voz y no pudo continuar.

— Estaría muerto, —finalizó Anthony. —¿Qué pasó con Candy? ¿ella está bien? —Preguntó temiendo lo peor.

— No lo sé hijo, en cuanto estuviste estable te saqué de la casa de los Andley, no sé de quién me hablas.

— Candy papá, la chica que iba conmigo, ella estuvo conmigo todo el tiempo durante la cacería, ella… espera, por qué me sacaste de la casa. ¿Dónde está la abuela?, ¿dónde están mis primos? —Comenzó a alterarse y sus manos a temblar.

— Cálmate Anthony, te voy a explicar todo, pero primero debes descansar. Y yo, buscaré una manera de que recuperes la vista. —El señor Brower abrazó a su hijo y este se aferró a los brazos de su padre y sin poder evitarlo más las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. —Estarás bien hijo, no te preocupes. —Besó su frente y esperó a que se durmiera.

La siguiente cosa que Anthony recordaba era a su padre diciéndole cosas terribles sobre la familia Andley y cómo habían destruido la vida de su madre.

— Entonces… mamá no estaba enferma. —Dijo entre lágrimas. —Ellos… ellos la mataron… pero, por qué… por qué si ella era parte de esa familia… por qué

— No lo sé Anthony, lo único que sé es que tú no debes estar cerca de ellos, de ningún Andley ¿me entiendes?

— ¿y Candy?

— Ella ya no debe preocuparte, ninguno de ellos.

— Pero papá, ella no… ella fue adoptada… y si le hicieron eso a mi madre qué le podrán hacer a ella. Papá búscala y aléjala de ellos por favor. —Suplicó el joven.

— No Anthony, no lo haré. —Sentenció serio. —Lo único que haré será mantenerte alejado de esa familia.

— Pero papá…

— Nada de peros, olvídate ya de ellos.

— ¿Qué harás para alejarme de mi familia? —Preguntó con rabia al no poder ayudar a Candy.

— Anthony, entiende que ellos son malos y que te pueden hacer mucho daño por favor, olvida que son tu familia ya que ellos no conocen el significado de esa palabra.

— ¿Qué harás? —Volvió a preguntar sin querer escuchar las últimas palabras.

— Nos iremos lejos y ninguno de ellos podrá encontrarte.

— Papá… ¿estás seguro de todo lo que me has dicho de ellos? ¿Quién te dijo todo eso? ¿cómo lo sabes?

— Alguien que los conoce bien me lo ha dicho todo.

— ¿Quién?

— No importa quién.

Una semana pasó y Anthony aún se negaba a creer lo que le había dicho su padre. Estaba ya en una casa de la ciudad con una enfermera para atenderlo y su padre que intentaba no alejarse de su hijo. Solo una mañana lo hizo y fue antes de que Anthony despertara. Fue esa mañana en que había ido a recoger a John de la estación de trenes.

— ¡Tío! —El muchacho corrió a abrazarlo con los ojos llenos de lágrimas

— John. —Dijo recibiéndolo con los ojos abiertos. —¿estás bien? —El muchacho asintió separándose de él.

— Los perdí a los dos… a mi papá y a mi mamá.

— Calma John, me tienes a mí ahora, no dejaré que nada te pase, se lo prometí a mi hermano cuando tú naciste y a tu madre cuando tu padre murió. Ven aquí. —Lo abrazó de nuevo y regresó con el chico a la casa en que Anthony, ya despierto, se preguntaba dónde se había metido su padre.

— Debo saber de Candy, debo al menos advertirle que se aleje de ellos, que regrese al Hogar de Pony. —Pensaba mientras desayunaba. —Pero, ¿cómo hacerlo sin que mi padre lo sepa?, ¿cómo?

— Buenos días, Anthony. —Saludó su padre con alegre voz, una voz que utilizaba ya muy frecuentemente.

— Buenos días, papá. ¿Dónde estabas?

— Fui a la estación de trenes de la ciudad a recoger a alguien.

— ¿A quién? —Preguntó extrañado.

— A tu hermano.

— ¿Mi qué? —Exclamó confundido.

— Ven aquí, John— llamó al muchacho de la misma edad que su hijo. —John, él es mi hijo Anthony, tu primo, tu hermano desde ahora. —John se acercó a su tío con un poco de temor y timidez.

— Papá, no entiendo nada. —Dijo Anthony.

— Anthony ¿recuerdas a tu tío Brian? —Preguntó y él solo asintió. —¿recuerdas que murió hace algunos años y que tenía un hijo de la misma edad que tú? —Anthony volvió a asentir. Bueno, pues, lamentablemente su esposa murió hace unos meses también. Y tú y yo somos lo único que John tiene.

— Entiendo. —Dijo Anthony moviendo la cabeza en señal afirmativa. —¿John? —Lo llamó y el muchacho se sorprendió al notar que su primo era ciego. —Lamento mucho lo que le pasó a tus padres, pero nos tienes a mi padre y a mí que, aunque yo sé que no es lo mismo somos tu familia y estaremos contigo siempre. —Anthony se levantó de su lugar y dio algunos pasos con las manos en frente pasa saber si no había nada estorbándole. —Su padre tomó a John de la mano y se acercaron a Anthony que primero abrazó a su padre y éste a John. Éste último lloró lo que no había podido llorar en todo esos días en que estuvo esperando saber qué iba a pasar con él después de quedarse solo ya que con la muerte de su madre había estado en casa de unos amigos de su familia pero eso no era suficiente; él debía estar con su verdadera familia que después de unos días de intentar e intentar habían localizado al señor Brower y éste había arreglado tomar la tutela de su sobrino John. En ese abrazo John encontró consuelo y una familia que como Anthony había dicho estaría con él siempre.

La semana que vino a esa fue para hacer los trámites correspondientes para que tanto Anthony cono John pudieran viajar. En esos días los dos muchachos que tenían el dolor de la perdida en común habían hecho una estrecha relación y de un momento a otro decidieron llamarse y tratarse como hermanos, y como hermanos que ya eran John no tuvo más opción que llamar a su tío papá.

— John, necesito un favor. —Le dijo Anthony una vez que estuvieron solos después de la partida del capitán.

— ¿qué pasa Anthony?

— Necesito que vayas a ver a unas personas, pero mi padre no debe saber que fuiste.

— Muy bien, a dónde debo ir. —Preguntó extrañado por la encomienda. Anthony le explicó cómo llegar a Lakewood y a la casa a la que debía llegar. —¿crees que me dé tiempo de regresar antes que el capitán? —Lo llamó como también solía hacerlo.

— Sí, él no llegara hasta eso de las diez de la noche, tiene que ver no sé qué tantas cosas para el viaje a Inglaterra.

— Está bien. ¿Y por quién dices que debo preguntar?

— Por la señorita Candice White Andley, si la ves dile que debe alejarse de los Andley por su propia seguridad, no le digas que te envió yo.

— ¿y si me pregunta?

— Tienes razón, ella es una chica lista y lo hará… dile que eres un amigo que… que Albert envió. —Sonrió al recordar el nombre del misterioso amigo de Candy.

— Que Albert me envió, de acuerdo. Entonces me voy. —Se despidió John.

— Solo a ella le puedes decir eso, si alguien más te pregunta o si no la encuentras no digas nada. —Especificó Anthony.

— Descuida, solo se lo diré a ella.

John salió de la casa sin ser visto por las pocas personas que trabajaban en la casa. El chofer estaba con el señor Brower, las sirvientas en la cocina y la enfermera de Anthony estaba arreglando sus cosas para marcharse ese mismo día.

Las horas que vinieron fueron de suma importancia para Anthony, pero también de angustia al pensar en cómo estaría Candy y en cómo estaría llevando su desaparición ya que Anthony no sabía que toda la familia Andley lo creía muerto.

— Buen día, disculpe, la señorita Candice White Andley. —Preguntó John cuando llegó a la casa que Anthony le describió a la perfección. Pero preguntó a la persona menos indicada, una jovencita pelirroja.

— Ella ya no está aquí y ya no es una Andley, la cobarde huyó como sabe que es la responsable de la muerte de Anthony prefirió irse de una buena vez y fue mucho mejor y dejará de traer desgracias a esta familia.

— De acuerdo… —dijo John con el ceño fruncido creyendo que la joven era muy dramática. —Gracias. —Se despidió y dio media vuelta.

— ¡Espera! ¿Quién eres? —Preguntó Eliza después de su monologo y ver que no había causado nada en el desconocido muchacho.

— Nadie. —Dijo este siguiendo su camino de regreso a Anthony.

John llegó corriendo a la casa pensando que estaba muerto y que su padre le daría un buen regaño por salir de la casa.

—¿Qué pasó? ¿La viste? —Preguntó Anthony al escuchar como su puerta se abría y cerraba con brusquedad.

—No, no la vi, pero una muchacha, algo extraña me dijo que ella se había ido y que ya no era de la familia o algo así.

—¿Seguro?

—Sí, bueno eso fue lo que me dijo…

—¿Cómo era la persona que te dijo eso?

—Pues pelirroja, con cabello largo como rizado, pero no natural. Estaba en la puerta de la casa, creo que iba de salida.

—¿Altanera? — Sugirió Anthony.

—Con exageración. — Repuso John.

—Era Eliza sin duda, pero ella siempre sabe lo que pasa con Candy, aunque no quiera así que lo que dijo es verdad. Murmuró Anthony.

—¿Qué tanto dices? Preguntó John.

—Nada, yo me entiendo. Gracias John, no sé cómo agradecerte lo que hoy has hecho.

—Descuida, para eso somos los hermanos. —Le sonrió y Anthony recordó a sus otros hermanos, Stear y Archie.

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