TE VEO
CAPÍTULO 8
Candy regresó a la mansión Brower después de un par de horas de hablar con Albert y negarse rotundamente a ir hablar en ese momento con la abuela Elroy.
—no creo que pueda verla en este momento Albert— decía la joven— tengo muchas ideas en la cabeza y hablar con ella sobre Anthony me confundirían más.
—está bien Candy, no te obligaré. Pero algún día lo harás— respetó Albert la decisión.
Cuando se despidieron Albert la abrazó con fuerza y le dijo al oído —gracias por estar aquí— la enfermera solo le sonrió y asintió con la cabeza para después volver con los Brower.
—¿Dónde estaba? —preguntó John al ser el primero en verla cruzar la puerta.
—eh... Yo... Salí a caminar—dijo nerviosa.
—¿Sola? —preguntó John
—sí—mintió ella.
—¡Vamos! Diga la verdad. Vi cuando doblaba la esquina en compañía de alguien— dicho esto Candy se puso aún más nerviosa. No sabía que responder al momento, pero con la cabeza fría pudo decir:
—sí, salí con alguien—inhaló profundo y dijo—con mi hermano—John entrecerró los ojos—llegó hace un par de días a Londres, y salí con él—respondió.
—¿Con quién? —escuchó una segunda voz que salía de la sala. Anthony se había levantado de su lugar al escuchar la voz de su enfermera.
—¿Su hermano? —exclamó John algo sorprendido.
—¿Esta aquí? —preguntó Anthony de la misma manera.
—así es, llego hace poco—respondió Candy tranquila de que creyeran su mentira. Aunque ella detestaba hacer esto ya que iba en contra de sus principios, pero en ese caso ya no había vuelta atrás. Había comenzado la mentira de Rosalie y tendría que continuarla hasta que Anthony se recuperara y descubriera todo lo que había pasado con la madre de este.
—¿Por qué no lo recibió aquí? Sabe que puede hacerlo—agregó Anthony.
—gracias, pero él quería mostrarme algo y debíamos salir.
—de acuerdo, pero cuando quiera puede invitarlo será bien recibido y será un gusto conocerlo.
—muchas gracias. Tal vez la próxima vez—dijo Candy con una sonrisa dirigida al Rubio.
John los dejó a solas alegando que debía estudiar y fue directo a su habitación.
—me dijeron que habló con mi padre—dijo Anthony apoyando su mano en una mesa.
—así es.
—¿se puede saber sobre qué? —preguntó curioso.
—de la esposa del capitán, de su madre— Anthony levantó las cejas sorprendido. Su padre no hablaba con nadie sobre el tema por el dolor que le causaba, pero con Rosalie lo había hecho y una vez más ahí estaba otra similitud entre su enfermera y Candy.
—me acompaña a la biblioteca por favor—pidió Anthony y Candy aceptó tomando el brazo de él para guiarlo. Entraron en la estancia y fueron a sentarse al sofá que había; uno al lado de otro. —mi madre era una mujer excepcional—expresó después de un fuerte suspiro.
—me lo imagino con solo conocerlo a usted.
—¿Hasta cuándo dejará de hablarme de usted? Apuesto qué tenemos la misma edad—se dibujó en su rostro una sonrisa y Candy también sonrió.
—cuándo USTED también lo haga—dijo divertida haciendo énfasis en la segunda palabra.
—comenzaremos hoy Rosalie.
—muy bien Anthony— dijo la joven divertida.
—lo ves, no fue tan difícil. Ahora sí, de qué hablaron mi padre y tú—volvió a preguntar.
—de tu madre y su familia—la sonrisa que había permanecido en el rostro de Anthony se eliminó por un momento. —de la familia Andley y lo que...
—lo que hicieron a mi madre ¿no? —dijo en un tono áspero. — te dijo todo lo malo que son todos los Andley. Pero te aseguro que no es así. Al menos no los Andley que yo conocí. ¿Recuerdas que te conté sobre mis primos? Stear y Archie, eran como mis hermanos, éramos muy unidos, tal como lo somos John y yo. Los tres queríamos mucho a Candy— y ahí estaba, por primera vez había dicho su nombre frente a ella, a Rosalie. — Candy ha sido la persona más fuerte y valiente que he conocido. Ella tuvo una infancia difícil pero siempre tenía una sonrisa y el deseo de ayudar a quien lo necesitara —el rostro de Anthony dibujó una sonrisa y Candy quedó muda ante estas primeras palabras—mis primos y yo prometimos cuidarle siempre y cada uno lo hacía casi con devoción. Ella era amable con los tres siempre, pero Stear y Archie me molestaban diciendo que ella me prefería a mí.
—así era—pensó Candy emocionada en extremo— tú siempre me demostrabas tu cariño de una manera diferente y tierna y... Te ganaste mi corazón desde la primera vez que nos vimos.
—ella y tú tienen muchas cosas en común. — agregó Anthony esbozando una sonrisa.
—¿cómo era ella? —preguntó Candy a media voz.
—ella era un ángel, un verdadero ángel. A ella—vaciló un momento, pero continuó— a ella la quise como a nadie. Pero no hablemos de eso, no es muy galante hablar de una mujer frente a otra de la manera en que lo hago— cambió por completo el tema— solo quiero que sepa que si mi familia, los Andley hicieron algo malo en contra de mi madre conmigo fueron muy buenos y no podría reprocharles nada ya que no tengo pruebas de todo lo que mi padre ha dicho.
De esta conversación pasó una semana en la que Candy se las ingenió muy bien para poder salir a hablar con Albert, quien había interrogado a la abuela Elroy la misma tarde en la que encontró a Candy en casa de la familia Brower.
—dime todo sobre mi hermana por favor— pidió Albert a su tía aún alterado por la noticia que acababa de recibir.
—¿todo? A qué te refieres— preguntó extrañada la anciana.
—a su enfermedad. A su fortuna. A tu relación con ella.
— no sé qué más quieres saber su enfermedad. Lo sabes todo; cuando fue detectada ya no podíamos hacer mucho— respondió Elroy con el ceño fruncido— de su fortuna; me extraña tu pregunta así que dime qué quieres saber exactamente. — Elroy hablaba serena, sin perder la tranquilidad y seriedad que la caracterizaba como a una mujer fría e inquebrantable.
—¿qué pasó con esa fortuna que mis padres nos dejaron aparte de todo lo que tiene la familia? — fue directo y Elroy arrugó más la frente.
—mientras ella era menor de edad ese dinero estuvo bajo mi supervisión sin tocar un solo centavo, al igual que la tuya. Cuando fue mayor ella fue libre de hacer y deshacer a su parecer; después nació Anthony y tiempo después cuando enfermó hizo que ese dinero pasara a manos de su hijo cuando fuera mayor.
—a ti no te pareció eso— dijo más afirmando que cuestionando.
—¿qué? — preguntó Elroy extrañada por el tono empleado por su nieto. —¿de dónde sacas esa idea?
—contesta— Albert la retó con la mirada y la mujer sintió como sí la abofetearan.
—era el dinero de Rosemary y yo no tenía motivo para meterme en sus asuntos. Ella decidió dejarle desde ese momento todo a Anthony. Yo... Yo aún no sabía nada de su enfermedad y me pareció precipitada su decisión. Cuando me dijo lo que pensaba hacer le dije que lo reconsiderara, que se podía hacer más grande esa fortuna y así Anthony tendría una mejor vida. Discutimos sobre eso, pero ella ya había hecho todo y era imposible mover un solo centavo de todo ese dinero y propiedades.
—¿qué tan grave fue tu discusión con ella?
—no tanto. Recuerdo que se molestó aquella tarde y como siempre fue al jardín a calmarse, jugó con Anthony por largo rato hasta que lo llevó a tomar una siesta y después Zara llegó a visitarla. Ellas eran muy unidas. —dijo con cierta nostalgia la abuela
—¡Zara! —exclamó Albert empuñando las manos.
—ellas tenían la misma edad, crecieron prácticamente juntas. — siguió hablando la mujer, pero estas últimas palabras Albert las escuchó a lo lejos al dejarse caer en un sillón de la estancia.
—Albert ¿estás bien? — preguntó la abuela angustiada—¡Albert!
—ha sido suficiente— murmuró con coraje levantándose de su lugar para salir y hablar con George dejando a Elroy aún más confundida por las preguntas.
Llevándose una mano al pecho se sentó en el lugar que minutos antes había utilizado su sobrino— ¿qué ha pasado?— se repetía la pregunta una y otra vez mientras su mente la llevaba a Lakewood varios años atrás, justamente a aquel día en que había discutido con su sobrina y, aunque Elroy no había estado presente en la conversación que habían tenido Rosemary y Zara ella sabía que algo había ocurrido en la relación que tenían, ya que desde aquel día Rosemary evitaba lo mejor que podía a su prima y ésta cada día insistía más en verla:
—¿qué ha pasado? — preguntó Elroy a Zara una tarde en que tuvo un momento a solas.
—Rosemary está molesta conmigo por lo que le dije la otra tarde sobre su herencia tía— respondió la joven Zara.
—¿qué le dijiste?
—que debía hacer crecer esa fortuna por el bien de su hijo; le dije que siguiera el consejo que usted le daba.
—muy sensato de tu parte— reconoció la tía.
—gracias, pero Rosemary no lo vio de esa manera; se molestó mucho conmigo y me gritó que nadie toaría ese dinero solo Anthony. No sé qué le pasa tía y la verdad me preocupa. Ya no es la misma de antes— expresó con una voz llena de preocupación que hizo pensar a Elroy que Zara estaba verdaderamente preocupada por su prima lo cual la llevaba también a pensar que la quería demasiado y eso para la anciana valía mucho.
—lo sé y yo tampoco entiendo lo que le pasa, pero creo que lo mejor será que dejemos que ella haga lo que mejor cree; a fin de cuentas, es su dinero y no quiero que haya disgustos en la familia por eso.
—cuánta razón tiene tía— dijo Zara efusiva tomando las manos de Elroy entre las suyas.
Los días siguientes como ya se dijo Candy se las arreglaba para salir a ver a Albert y decirle cómo estaba su sobrino.
—¿cómo está él? —preguntó en una de esas charlas en un parque de Londres.
—mejor cada día, está muy entusiasmado y optimista con la operación que se le practicará dentro de poco tiempo.
—¿y tú?
—él está bien y yo también lo estoy—fue la sincera respuesta que dio la enfermera— ¿has sabido algo de…? —no terminó la pregunta, pero Albert sabía que se refería al asunto de la muerte de su hermana.
—la abuela niega todo lo que me dijiste. Ella adoraba a mi hermana, eso lo recuerdo, aunque yo era un niño y tal vez era fácil engañarme, pero también he hablado con George y con uno de los tantos doctores que atendió a mi hermana, es inglés y no me fue difícil encontrarlo— dijo apoyando los codos en sus rodillas recordando a otro inglés importante en la vida de Candy— ¿sabes? hace poco vi a Terry— dijo volteando a ver la reacción de Candy que no hizo más que abrir los ojos sorprendida.
—¿cómo está? —preguntó aclarándose la garganta.
—trabajando mucho. Él, está por casarse con Susana.
—ya era hora— dijo después de segundos o tal vez minutos de silencio para procesar la información— cumple su promesa de cuidar de ella y eso me alegra— dijo sonriendo de medio lado y asintiendo con la cabeza.
—¿estás segura de ello? Candy, la verdad es que yo no quería decírtelo, pero nunca te he ocultado las cosas, bueno nunca te dije quién era yo en realidad, pero— también sonrió al escuchar sus palabras.
— Albert, Terry y yo nos separamos por una razón, por Susana. Él tiene un compromiso con ella y lo correcto es que lo cumpla sino el sacrificio que hicimos no habrá valido de nada y eso sería peor ¿no te parece? — argumentó convencida de sus palabras ya que desde hacía tiempo que ella había llegado a esa conclusión.
—¿aun sientes algo por él? — preguntó.
—creo que nunca podría dejar de hacerlo, él fue muy importante en mi vida y decir que lo he olvidado o que no lo quiero sería ilógico, pero no lo quiero de la manera en que piensas; mi corazón ya cerró ese ciclo y ahora es uno de los mejores recuerdos que tengo de mi vida.
—no sabes cuánto te admiro Candy— dijo Albert dándole un fraternal abrazo— eres la persona más fuerte que conozco— Candy le sonrió y correspondió a su abrazo y siguieron hablando de Anthony largo y tendido.
—ha cambiado tanto— dijo Candy— parece otro Anthony, pero a la vez sigue siendo el mismo caballero de Lakewood del que…— detuvo sus palabras casi a tiempo, pero Albert supo a qué se refería.
—del que te enamoraste— sugirió y Candy asintió sonrojándose, aunque después frunció el ceño—¿qué pasa?
—cuando sepa quién soy me odiará—dijo con tristeza— cuando sepa que le mentí, que les mentí a todos me odiará y tendrá razón.
—¡por supuesto que no! — exclamó Albert— él no puede odiarte después de todo lo que has hecho por él, estoy seguro que Anthony valorará más todo este tiempo que has estado a su lado que el hecho que no le dijeras tu nombre.
—no lo sé Albert, no lo sé, pero no quiero arriesgarme; y lo mejor será que…—respiró profundo— que me vaya antes de que pueda ver nuevamente. Así no me odiará, no odiará a Rosalie— dijo con gran pesar.
—nunca has huido de los problemas Candy, pero si esa es tu decisión sabes que te apoyo, aunque creo que deberías pensarlo mejor. ¿Crees que Anthony, el hombre gentil y noble que conoces sea capaz de albergar un sentimiento tan terrible como el odio? – Candy negó con la cabeza y se quedó meditando las palabras dichas por Albert y después de diez minutos más Candy decidió volver a casa de los Brower y Albert a atender algunos asuntos que tenía.
Candy entró a la mansión y notó un gran silencio, como si nadie estuviera en la casa hasta que se encontró con una mucama y preguntó si había alguien. –el capitán salió y no volverá hasta las seis, el joven John está en la universidad y el joven Anthony está en su habitación. Apenas despertó de su siesta—informó la mujer.
—gracias—dijo Candy dirigiéndose a las escaleras para ver a Anthony a quien encontró sentado frente a la ventana de su habitación. —¿puedo pasar? —preguntó ella entreabriendo la puerta.
—claro—respondió él con una sonrisa.
—¿cómo te sientes? — volvió a cuestionar.
—bien; relajado—dijo casi para sí mismo al momento en que el mayordomo entraba también en la habitación.
—tiene visita Anthony—dijo después de aclararse la garganta y llamar la atención de ambos. —la señorita Diane está en la sala.
—bajo en seguida—dijo Anthony poniéndose de pie— Rosalie podrías ir con ella y hacerle compañía mientras bajo. Tengo que cambiarme.
—de acuerdo—dijo sintiendo un tirón en el estómago.
Rosalie bajó las escaleras seguida del mayordomo y entró en la sala donde Diane sentada en un cómodo sillón tomaba una taza de té.
—buenas tardes— saludó la enfermera con una sonrisa
—¡Rosalie! Qué tal— exclamó Diane levantándose para dar un inesperado y efusivo abrazo a Candy—que bueno que te veo a solas— dijo en voz baja.
—el joven Brower ya viene—dijo la enfermera aún más extrañada.
—espero que tarde un poco porque hay algo que quiero decirte. O mejor dicho preguntarte— ambas se sentaron en el sillón que minutos antes solo ocupaba Diane.
—¿sobre qué? — preguntó nerviosa.
Diane respiró profundo y colocó las manos en su regazo—primero debo decirte que te vi en el parque acompañada de un caballero muy apuesto debo admitir y escuché algo sobre un viejo amor. — Candy llevó su nerviosa mirada hasta sus manos. —¿lo amaste mucho? —preguntó con cierta timidez y la enfermera asintió confundida por lo directo de la pregunta.
—¿por qué me pregunta todo esto? — cuestionó la enfermera.
—porque eso quiere decir que tú sabes del amor y sabes lo que se siente no poder estar con la persona que amas. —dijo bajando la mirada hasta sus manos con una actitud llena de dolor.
Estas palabras fueron una fuerte declaración para Candy. Diane estaba enamorada de alguien y no podía ser correspondida. Pero quién era él. Esta pregunta tuvo una respuesta inmediata que Candy creyó correcta. Diane amaba a Anthony.
—pero supongo que él sí que te amaba ¿no? —Candy asintió confundida creando en su mente una trágica historia de amor no correspondido. —qué suerte—sonrió con pesar—¿por qué se separaron? Si se puede saber.
—tuvimos que hacerlo.
—¿por qué?
—porque él tenía una deuda de honor— Diane abrió los ojos llenos de sorpresa—no hablo de ese honor—sonrió Candy divertida por la expresión de la joven—él es actor de teatro, muy bueno y talentoso. Una de sus compañeras de tablas se enamoró de él y le salvó la vida cuando unas luces del teatro en el que ensayaban iban a caerle encima. De no ser por ella probablemente él estaría muerto.
—se quedó con ella por agradecimiento—balbuceó Diane confundida.
—era lo menos que podía hacer.
—pero sacrificó el amor que ustedes se tenían— dijo con palabras atropelladas.
—sí, porque así tenía que ser. Tal vez él y yo no debemos estar juntos y por eso siempre pasa algo que nos separe—la voz de Candy comenzó a apagarse poco a poco hasta convertirse en un murmullo mientras una lágrima indiscreta recorría su mejilla.
—lo siento, no quise hacerte sentir mal, en verdad. —se disculpó acercándose a Candy.
—descuide. Estoy bien—cambio súbitamente su expresión y preguntó—¿quién es la persona de la que está enamorada?
—bueno, yo—se puso nerviosa al escuchar algo llevó su mirada a la puerta—¡John! Hola—saludó con una enorme sonrisa.
—hola Diane—se acercó y como todo un caballero besó la mano de las jóvenes en señal de saludo.
—hola John— saludó Diane nerviosa y en ese momento el corazón de Candy se tranquilizó al descubrir quién era la persona que ocupaba el corazón de la mujer que inconscientemente creyó su rival.
Anthony salió de su habitación y con calma bajó las escaleras hasta llegar al corredor por el que se entraba a la sala segundos antes que su hermano y, aunque pudo haber entrado e interrumpir la conversación se detuvo al escuchar las palabras de Rosalie. –Ama a alguien— pensó con cierto pesar— lamento que no pueda ser feliz— se dijo teniendo un extraño sentimiento entre tristeza, pena y decepción. Cuando escuchó la voz de su hermano, quien no lo había visto entró también a la sala para reunirse con Diane, John y Rosalie.
La charla que tuvieron fue demasiado simple y después de un rato Diane se despidió de los tres y volvió a su casa relajada por haber podido decirle a alguien el amor que sentía, aunque no la persona.
—voy a la biblioteca, necesito estudiar— dijo John dejando a enfermera y paciente a solas después de la despedida de Diane.
—saldré a tomar un poco de aire— habló también Anthony levantándose de su asiento— ¿me acompañas Rosalie? — pidió a la joven y esta con gusto aceptó. Anthony ofreció su brazo a Rosalie como gesto de caballerosidad y también para que lo guiara en el camino, que, aunque él conocía a la perfección su casa Rosalie se empeñaba en ayudarlo en todo lo que le fuera posible. Salieron al jardín y Anthony inhaló el fresco aire de la tarde.
—veo que te llevas mejor con Diane— dijo Anthony una vez que estuvieron solos.
—sí, supongo— respondió Rosalie encogiéndose de hombros. — ¿sabías que está enamorada? — preguntó ella y Anthony enarcó una ceja.
—no lo sabía pero me alegro.
—¿sabes de quién?
—no. Y no creo que sea buena idea que me digas lo que ella te ha confesado.
—ella no me ha dicho nada. No directamente así que te podría decir mis sospechas ¿no?— dijo con voz picara y Anthony sonrió dispuesto a escuchar.—ella está enamorada de tu hermano—dijo de golpe.
—¿de John?— preguntó sorprendido— ¿estás segura de eso?
—si no es de él de quien está enamorada es de ti— dijo bajando el tono de voz.— y eso sería demasiado para mí— dijo para sí.
—así que de John eh— se cruzó de brazos y meditó lo que escuchaba.— nos conocemos desde hace mucho tiempo y nunca lo había notado aunque ahora que lo dices tal vez tengas razón.
—¿John está enamorado de alguien más?— preguntó Rosalie— Diane dice que él no se da cuenta de lo que ella siente y tal vez sea porque está interesado en otra persona.
—no. John es muy despistado en ese tipo de cosas pero que yo sepa no está enamorado de nadie.
—¿y tú?— dijo ella sin pensar— lo siento no quise...
—tal vez— respondió esbozando una sonrisa— ¿tú lo estás?— preguntó también y una extraña tensión se formó en el ambiente.
—puede ser— dijo mirándolo de perfil mientras ambos se sumergían en sus pensamientos y en un profundo silencio— será mejor que entremos. La tarde comienza a enfriar.
—sí. Vamos— aceptó aclarándose la garganta.
Los días seguían pasando y la operación estaba cada vez más cerca y todos la esperaban llenos de pánico y esperanza.
—Rosalie, ¿me puedes ayudar con esta caja? — dijo Anthony una mañana en su habitación
—claro— dijo la enfermera ayudando a mover una enorme caja de madera cerrada con llave—¡cuánto pesa! — exclamó pudieron sacar del armario en que estaba.
—sí, ahora lo recuerdo— sonrió Anthony metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón para sacar una pequeña llave dorada que por supuesto abría la caja.
—¿qué hay ahí? — preguntó Rosalie curiosa.
—ahora verás— contestó con una sonrisa abriendo la caja que estaba llena de libros, pequeñas cajas y una que otra tela fina pero maltratada por el tiempo— eran cosas de mi madre, las he tenido siempre conmigo.
—¿siempre?
—sí, incluso en Lakewood las tenía— contestó tomando una cajita para sacar algunas joyas que alguna vez Candy vio.
—¿cómo las conseguiste si nunca regresaste allá?
—mi padre pidió que me las regresaran después del accidente en que perdí la vista. Pero no toquemos ese tema, mejor dime qué ves— dijo emocionado.
—mmm, libros, telas, cajas, aquí hay una fotografía— dijo metiendo la mano en la caja— creo que son tus padres y tú de bebé— dijo emocionada también.
—quisiera volver a ver eso— expresó con nostalgia.
—lo harás— lo reconfortó la rubia colocando su mano en el hombro de él.
—dime qué más hay.
Candy rebuscó en la caja y sacó unos cuantos pañuelos finos con las iniciales R.A. y W.A.A.— Albert— pensó Candy sonriendo— encontró más fotografías de los abuelos de Anthony, de su madre cuando era pequeña y de Albert— aquí hay algo más… un diario y dice en la cubierta Rosemary Andley.
—el diario de mamá— murmuró Anthony— después de la operación será lo primero que leeré, aunque no sé si esté bien hacerlo, después de todo es un diario.
—sería una forma de estar más cerca de ella y no creo que a tu mamá le moleste que lo hagas.
—tienes razón— meditó el muchacho y después de varios segundos preguntó—¿te puedo pedir un favor?
—el que quieras— dijo ella con voz entusiasta.
—¿podrías leerlo tú también? Me hubiera gustado que conocieras a mi madre.
—lo haré Anthony— aceptó tomando por inercia la mano del joven— y gracias por confiarme algo tan delicado y personal como esto.
—confío en ti Rosalie— dijo Anthony tomando la mano de Candy con las suyas para llevarla hasta sus labios y depositar un beso.
