Esperanzas tardías
II
Las luces de colores danzan al ritmo de una música fuerte, juguetona, atrevida. Las diferentes tonalidades parecen otorgarle máscaras a todos los concurrentes. Las risas alcanzan un volumen más fuerte que la música, nadie parece muy cuerdo esta noche.
Busco a Draco entre sus compañeros de trabajo, el whisky de fuego les impide darme pistas de su paradero. La preocupación late en mi pecho, mi mente repite que es una sospecha irracional.
Por fin lo diviso a lo lejos, habla en un rincón apartado con una chica rubia. Su vestido estrafalario me recuerda a alguien que conocí en Hogwarts. Mientras camino hacia ellos, intento leer los labios de Draco, luce tenso. Cuando los alcanzo confirmo de quién se trata, pero Luna da un respingo, balbucea una excusa y abandona el salón. Examino a mi esposo con expresión interrogativa, su rostro confundido me vuelve a preocupar.
—¿La espanté? Quería saludarla —le grito, el ruido del lugar me obliga a ello.
—Tenía prisa —me responde en mi oído, también a gritos.
Le pido con señas que busquemos un sitio más silencioso. Creo que me entiende, tomo su mano y lo guío instintivamente hacia una salida. Cruzamos varios corredores del Ministerio, encontramos gente con bebidas, algunas parejas que prefieren los rincones oscuros. Pero otras, como un par de muchachos de ropas blancas, sólo buscan un espacio para conversar.
Encuentro un corredor vacío, miro a Draco, él me sonríe aunque de un modo algo retorcido, fingido.
—¿Te preocupa algo?
—¡No! Digo, nada… sólo… me siento como un adolescente haciendo esto—replica. Lo noto ansioso, incómodo, como si quisiera cambiar de tema a cualquier costa.
—No confías en mí —le señalo, afligida. Él baja la mirada—. No confías en nadie —sentencio.
Él rodea mi cintura con sus brazos, intenta besar mi cuello. Lo aparto de inmediato, molesta. La fiesta llega hasta nosotros a lo lejos, es un ruido tan fuerte que parece una explosión.
De repente me quiero ir de aquí, me Desaparecería en este mismo corredor, si pudiera.
—Me voy a casa —murmuro.
—¡Buena idea! ¿Te parece si te adelantas? Debo discutir algo con unos compañeros.
La decepción se lee en mis ojos pero él parece ignorarlo, de nuevo está ocurriendo.
Estoy por responderle cuando alguien grita mi nombre del otro lado del corredor. Giro mi rostro y reconozco a la parejita de blanco que encontramos en los pasillos. Corren hacia nosotros y agitan los brazos. No puedo definir qué está sucediendo, de repente han lanzado un hechizo y me encuentro desarmada. Draco desenvaina su varita pero su reacción es lenta y también acaba indefenso.
Grito a mis opresores, intento zafarme de las cuerdas que han conjurado. Escucho uno, dos, tres obliviate. Me remuevo desesperada, a sabiendas de que no podré desatarme.
La música se ha detenido. Oigo murmullos, pasos que se alejan, gritos distantes.
Otros pasos se aproximan, no alcanzo a vislumbrar de quién se trata. Las cuerdas me aprietan más fuerte, comienza a faltarme aire y expulso una tos que hace arder mi garganta.
Unos ojos grises se cruzan de imprevisto con los míos. El miedo le gana a la alegría, observo la varita en su mano y me pregunto si ya desarmó a los demás.
Le pido que huya en susurros. Se arrodilla a mi lado. No ha soltado su varita, acerca su rostro y puedo contar las líneas de sangre que se dibujan en su iris. Lo miro confundida, él niega con la cabeza y comienza a pronunciar la maldición. Sólo alcanzo a asimilar lo que sucede en el último segundo.
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