Esperanzas tardías


III

La luz colorea de naranja los objetos y las calles. Apresuro mi paso, este sector de la Londres muggle es muy transitada y no podré Aparecerme hasta encontrar un lugar menos concurrido.

Es algo difícil avanzar con el vestido que llevo puesto, las garras de dragón se enredan en las ropas de los transeúntes. Algunos son razonables y esperan con paciencia a que las desprenda de su traje. Pero los hay más inquietos, como un joven que tropezó conmigo y desgarró su camisa en su prisa por liberarse.

Cuando por fin llego a casa, Rolf pinta con los niños el último muro blanco que nos queda. Los saludo con un gran abrazo que me colorea mi cuerpo con un arcoriris.

—¿Es mi carta a Hogwarts? ¡Lys, mira, carta! —Dice Lorcan tras tomar un papel de mi sombrero de búho. Con él en la mano, sale corriendo a su habitación seguido de Lysander.

—¿Qué es eso, niños? —Pregunto divertida. Los persigo hasta su cuarto donde contemplan el papel con adoración.

—¿La lees por nosotros, mami? —Me pide uno de mis gemelos.

Recibo el pergamino de sus manos azules, es una nota apresurada de una letra que no reconozco. Sólo puedo rescatar algunas frases entre la pintura azul.

(…) novia de Malfoy. Siento que sea a través de esta nota pero no pueden vernos juntos.

(…) ataque, no puedo revelar muchos detalles pero debes sacarlo de allí. Scor está ciego, no quiere (…)

No le cuentes a nadie.

A.S.P.

La nota tiembla en mis manos. Miro a mis hijos y corro a encerrarme en mi cuarto. Mi cadena de amigos me saluda desde todas las paredes, fue lo primero que pintamos cuando nos mudamos a esta casa.

Me dirijo a mi armario, reviso los bolsillos de todas mis túnicas, las arrojo lejos tras no hallar lo que deseo. Quisiera conjurar un Accio pero el objeto en cuestión no responde al hechizo, Draco lo diseñó así.

He descartado casi todas mis túnicas y sigo sin encontrarlo. Temo haberlo perdido, quizá en una de mis caminatas sonámbulas.

Cierro los ojos e intento tranquilizarme, los pensamientos confluyen mejor en una mente serena. Recuerdo que volví a utilizar el reloj una vez salí de Hogwarts. Sabía que el amor había sido una locura más, como volar en thestrals o zambullirme en el Lago en invierno. Pero la prueba final reposaba en el pequeño objeto.

Ese día tomé el artefacto de plata, levanté su tapa grabada con una luna y miré con atención las manecillas del reloj. No andaban, se habían detenido con mis preocupaciones, lágrimas y dolores. Su egoísmo dejó de preocuparme, la tortura acababa.

Pero ahora, buscando de nuevo el objeto, me pregunto si va a funcionar. Respiro profundamente, sé que hay otros caminos para hallar a Draco. Pero de nada sirve llegar a él y advertirle de su peligro sin poseer una prueba, la nota manchada sólo le provocará risas. Será el reloj en plena marcha la muestra de que un nuevo ataque se va a cernir sobre él.

—¿Luna? ¿Te sientes bien? Los niños dicen que te asustó algo —indaga Rolf del otro lado de la puerta.

—¡Estoy bien! Luego te explico. —Mi voz se quiebra de los nervios.

¿Y si es una broma? ¿Y si no lo es y no llego a tiempo?

—¿Segura? —pregunta Rolf, preocupado.

No lo escucho. Mi mente se ha detenido en mi último pensamiento. Tiempo. Si el reloj funciona de nuevo, su tictac puede guiarme hacia él.

—¡Segura, Rolf! Necesito hacer algo —le indico a mi esposo tras escuchar más golpes y gritos en la puerta.

Una vez en silencio, utilizo unas orejas extensivas y escucho con atención. Pequeños ruidos se vuelven gigantes y me toma unos minutos aprender a diferenciarlos. Mientras tanto, el sol desciende por la ventana de mi habitación como una muda advertencia.

Gateo por la estancia. Persigo un sonido, es apenas un murmullo que resulta ser una doxy. Escucho otro ruido amortiguado, constante y marcado por un compás conocido. Lo persigo, busco cerca de mi cama hasta llegar a mi nochero. Encima de él, tan visible como si colgara en mi pecho, encuentro finalmente mi reloj de bolsillo.

En cuanto levanto su tapa, las manecillas giran más rápido en sentido contrario, pronto son invisibles a mis ojos. En su lugar una imagen se proyecta, ya no es el Bosque Prohibido, un callejón solitario en Hogsmade o algún café en el Londres muggle. Es un salón lleno de luces y risas, personas y bebidas.

‹‹Vuelvo en seguida››, susurro a mi familia, como si en verdad pudiera escucharme. Cierro mis ojos, proyecto en mi mente la imagen que he visto y giro sobre mi propio cuerpo hasta Desaparecer.