White Claudia
{Rust-Colored Egg}
Shaoran jugó con la lengua sobre borde afilado de sus propios dientes, en un acto que se podía calificar de forma fácil como nerviosismo.
Estaba al filo del sillón de fina piel marrón, viéndose visiblemente incómodo, pero actuando lo suficientemente tranquilo para ocultarlo a cierto grado.
Había demasiada gente aquella noche y le desubicaba estar entre tantos de sus iguales en un mismo lugar. No era sorpresa entonces, que todo oliese a tabaco caro, que se escuchara el chocar enérgico de vasos en brindis o el sonido de risas prepotentes en todos lados.
Aun así, aun estando acostumbrado a todo aquello con el estilo de vida que llevaba, le ponía de un horrible humor. Quizá se debía a que había imbéciles igual de poderosos que él, pero considerablemente más estúpidos que estaban respirando el mismo aire, implicando que dicha estupidez estaba cerca de su persona en un radio de treinta pies o que había demasiadas caras que no le eran familiares, significando que estaba en la presencia de una cantidad considerable de nouveau riche y aquello le daba sarpullido de solo contemplarlo.
Era un old money, después de todo.
Igual y la combinación de ambos era la respuesta.
Le exasperaba mucho la idiotez de las personas y, desgraciadamente no había nada más peligroso que un imbécil con poder. Claro, estaban también los que no eran imbéciles, sino viejos zorros. Gente con la que él estaba más familiarizado, pero que no dejaba de ser una alta amenaza tampoco.
Era por ello que estaba intranquilo.
Entre los pervenu y el gentry, todos reunidos en un mismo lugar y con sed de lo mismo, con sus eventuales estupideces y sus sucios trucos, era nada más una receta para el desastre. Empezando porque era una orquesta convocada directamente del infierno para restarle calma a sus acciones y que se veía idiota al borde de la silla, esperando que algo pasara, en una posición defensiva.
Y tenía porque estarlo.
Si bien era una reunión social amistosa, no era para relajarse en lo más mínimo.
Al igual que las ranas de exóticos colores y cómo estos indicaban peligro en un aviso de no acercarse, la cordial reunión que no estaba en vísperas de desatar la tercera guerra mundial estaba llena de sutiles mensajes para dar a entender a otros que tan devastador era pretender meterse con ellos.
Un extraño desfile de excentricidades que también servía como indicativo de la opulencia de la que disponían.
Por ello, Shaoran esta vestido con un traje de fina gamuza negra, con una camisa prístina blanca y una corbata de seda roja, como el más oscuro rubí, que lo hacía ver como un Tigrillo degollado. Se había peinado, lo que nunca hacía, hacia atrás. Los calcetines le combinaban con el traje, valiéndose del mismo color que éste, y los zapatos de piel italiana negra brillaban bajo las luces de los reflectores de cada asiento, de lo lustrados que estaban.
Con su forma delgada, que tenía la cantidad de músculos necesarios en su lugar, Shaoran tenía pinta de ser el abogado del diablo con su aura imponente.
Incluso traía entre manos un The Red and The Black, la bebida visiblemente roja y fría, como si estuviera desangrándose, alejándose de sus gustos más dulces, utilizando el color y el sabido sabor de ésta para dejar en claro su posición.
Pero nunca se sabía. Podía haber una cadena de acciones que desataran el caos en cualquier momento y Shaoran, con la pierna vibrando de arriba abajo, todavía al borde de la silla y mordiendo el agitador de la bebida como lo hacía con el filtro de los cigarrillos, parecía un lobo que estaba listo para saltarle a la yugular a alguien y desmembrarlo.
Miró brevemente a su acompañante, sentada en su propia fina silla, el tapiz cosido con hilos de seda verde, con una sonrisa conocedora.
Regresó a ver a la audiencia, cada quién en lo suyo y ciertamente demasiado al tanto de lo de los demás, pasando la lengua por los dientes y la punta del agitador que ya había mordido hasta el cansancio en tan poco tiempo.
Sintió una delgada mano escurrírsele por la pierna, llegándole hasta la rodilla para dar un pequeño apretón suave.
-Tranquilo, Xiaolang.-le dijo ésta, sin dejar de ver a la audiencia con ese gesto que le decía que estaba disfrutando mucho de todo aquello.
No le respondió.
Soló bufó algo cabreado. No comprendía cómo podía mirársele tan a gusto. O quizás sí.
Le gustaban las emociones fuertes. Le gustaba la adrenalina y el poder del cual contaba.
A veces se preguntaba cómo ella había acabado en todo esto. Con esa cara tranquila, que denotaba amabilidad, y el estilo formal, genuino, con el cual se dirigía a todos.
No era algo que vieses a menudo dentro de estos lares.
La velada era de gala, aunque se podía ser casual. Nadie iba a poner peros de igual forma.
De todos modos, si los demás llevaban sus mejores ropas, lo más probable es que no quisieras quedarte atrás.
Ella, por otro lado, se veía igual que todos los días, salvó una enigmática sombra gris que centelleaba con la luz sobre sus párpados. Estaba lejos de verse informal, de hecho se veía igual de imponente que siempre. Sin embargo, Shaoran, que la veía en lo mismo todo el tiempo, se había hecho a la idea a que lo tomaba como su uniforme de trabajo, así que le restaba cualquier reacción esperada, siendo que todos a sus alrededores se veían como en la alfombra roja para el Oscar.
Era una mujer, ¿no?
¿No debía sentirse emocionada por una velada así y vestirse con más glamour? ¿Con vestidos o estúpidamente pomposos o tan simples como una cortina que fuera la envidia de quien le pusiera los ojos encima?
No entendía con frecuencia a las mujeres.
No era tan borde para unirles en una sola masa y quejarse con un niño porque no entendía que cada uno es un individuo por sí solo y no una masa amorfa con las mismas cualidades, pero el contraste en mucha de la simpleza de los hombres con la actitud errática de muchas mujeres, lo tomaba por sorpresa a menudo.
Igual y no le gustaba eso.
Quién sabe.
Sabía que era bonita y tenía este aire de perversidad grabado en lo atrayente de sus rasgos.
Ojos bonitos y grandes de color café, tan bonito que se asemejaba a caoba, y que se delineaba con un esmero sorprendente. La forma que lo hacía y con la forma que se atendía las pestañas –que una vez se enteró que se levantaba dos horas más temprano que el resto de la gente sensible para separárselas a mano con aguja-, le daba este aire innatural de dollfie.
Una pequeña nariz como un botón, una boca que se veía completamente besable, con sus rastros de coral y de sonrojo de manzana, pómulos definidos y la piel de una muñeca.
Nunca se la había tirado y aun así sabía que tenía una seductora figura. Con un buen par de senos bien proporcionados, que Shaoran pensaba que podían caber entre sus manos equilibradamente sin que nada sobrara o faltase, y entrepiernas jugosas, que seguramente eran capaces de sofocarte si estabas probando las mieles de su cuerpo y no te dabas cuenta al estar igual de ido que ella, estaba definitivamente hecha para amar y ser amada.
Su cabello era castaño, con cabellos muy finos –que sabía de primera mano que se enredaban más de lo que le pasa a la gente normal- como cabellos de ángel. Lo utilizaba suelto, le llegaba a los hombros. Lacio, tenía tanto volumen que parecía la melena de un león, y le sacaba partido con creces, luciendo eróticamente revuelto, como si hubiese terminado un polvo salvaje y hubiera optado por salir así.
Usaba un excepcionalmente hermoso qipao de color verde. Aunque, la abertura del vestido en la pierna izquierda no se detenía a la rodilla, seguía hasta más arriba de la cadera, haciendo una muestra de erotismo puro. No era muy difícil darse cuenta que no usaba bragas, así que todo el mundo podía ofrecer una mirada, en casos discreta, el resto vulgar e insistente, a la piel suave, más que el resto de su cuerpo, de la V de sus caderas.
A ella no le importaba, honestamente.
Shaoran no era ajeno al conocimiento de que algunas mujeres usaban sus atributos a su favor, más que para flirtear, como un arma poderosa contra el adversario.
Ella no era la excepción.
Con más frecuencia de la necesaria, Shaoran le había visto abrir conscientemente el vestido con un ligero movimiento de pierna durante las negociaciones. Quizá no era ella de escotes pronunciados, pero le funcionaba. Uno creería que una táctica, tan vieja como el tiempo mismo, no iría a rendir frutos en hombres que se sabían todas las mañas sucias por saber, en aras de sobrevivir en un mundo como éste.
Aquello demostraba qué tan primitivo era el hombre como para dejar que la simple muestra de piel de una fémina dejara influenciar sus acciones y, peor aún, que fuera una reacción inconsciente.
A Shaoran le recordó a aquella vez que había leído que las esposas de los yakuzas en Japón hacían algo similar.
Mujeres que no le temían a nada, igual de imponentes que sus esposos, solían mostrar de vez en cuando lo puro y suave de una entrepierna, que se deslizaba de entre los usuales kimonos negros formales que usaban, todo para hacerse desear por los subordinados del esposo.
Y ella no estaba lejos de aquello.
Una mujer seria y decidida que no le temía a nada. Por el contrario, instaba miedo cuando lo veía necesario.
Quizás nada más le faltaba el marido yakuza para convertirse en la perfecta gokutsuma, aunque si deseaba hacer su propia mafia con mano de hierro, Shaoran sabía que era más que capaz.
El vestido tenía otra abertura del otro lado, pero esta llegaba a un cuarto de la pierna. Le daba un extraño balance al conjunto que usaba.
Para combinar con el resto del atuendo, traía unas zapatillas rojas, de charol.
Usaba medias negras con bordes de encaje que le llegaban a media pierna, y que se quedaban mágicamente ahí siempre, sin la necesidad de ligeros. Con el contoneo de su cuerpo cada vez que se movía, la tersa piel pálida de sus piernas era visible, haciendo gala del contraste de las medias que usaba. Todo un acto de glamour erótico.
Traía muchas alhajas doradas en las muñecas que repiqueteaban cada vez que se movía.
Con esa imagen, que no cambiaba nunca, se había hecho de su propia leyenda.
No muchos tenían, ni el ánimo ni la ocurrencia de verle al rostro abiertamente, y el chasquido de sus zapatillas ya era un sonido que provocaba miedo entre los más valientes.
Torció el gesto, malhumorado.
Su paciencia se hacía nula.
Él y ella estaban en una subasta, clandestina.
Para "conocedores".
Ésta en específico se realizaba cada año y era la que marcaba pauta para otros eventos y otras subastas importantes. Era famosa por traer cosas de alto valor que no había esperanza de encontrar si quiera en otras subastas o en el mercado negro.
Se lucían con un acto de excentricidad y opulencia, primero haciendo invitaciones abiertas a cada invitado presente. El recinto donde estaban, era una cornucopia de placeres y vicios, que si Shaoran no estuviera tan inquieto, podría disfrutar a diestra y siniestra.
Sin embargo su amarga predisposición por su forma de pensar lo hacía a sus ojos todo vulgar, a pesar de que en la vida diaria se involucraba las mismas acciones.
Era como una sala de ópera, remodelada dónde cada lugar parecía un palco construido en el suelo, dónde finas butacas, sillones y sillas se acomodaban dentro para cada invitado, personalizado para la cantidad de invitados que ellos traían a su vez.
Como Shaoran nada más estaba con ella, un set de dos sillas de madera negra barnizada con los mullidos tapices hilados de seda de colores habían sido puestos para ellos, con una alta mesita para poner las bebidas que fuesen a disfrutar o las botanas que fueran a degustar.
Sobre cada palco había una estridente luz proveniente de un reflector, para remarcar a cada invitado.
Había camareras en paños menores, con lo que parecían los modelos de este año, temática de animales salvajes. Vestidas como chiitas, cebras, antílopes o guepardos se pasaban de aquí para allá, algunas veces uniéndose a ciertos invitados en juegos chocarreros o eróticos dentro de los palcos.
Había iniciado hacía un tanto, pero en este momento los objetos a subastar nada más atraían a unos cuantos que los buscaban, así que no había mucho movimiento.
Vio gente llegar, escabulléndose como quién entra tarde a la puesta de una película en un cinema, apenas uniéndose a la subasta.
Instantáneamente reconoció a Sakura, que aparentemente tenía la misma mentalidad que su acompañante porque traía ese horrendo vestido que siempre le vía puesto.
Sonreía y se le veía jovial, acompañada de otra joven, esta de una hermosa apariencia, con piel blanca y cabello negro largo.
¿Así que venía a estas subastas también?
No era como si fuese una sorprendente ocurrencia, era la heredera de los Amamiya, pero a Shaoran no se le hacía que Sakura fuera del mismo tipo de gente ahí presente, incluyéndole.
La vio pedir algo, que le fue traído inmediatamente. Por la claridad del vaso y sus antecedentes, tenía que ser Kirschwasser. Se relamió los labios porque él extrañaba beber Midori en vez de algo que sabía a pimienta. Su acompañante no pidió nada. Se conformó con ver a Sakura mientras bebía, con una adoración que le estaba empezando a dar miedo.
Salió entonces, lo que habían venido a buscar.
-Damas, caballeros, nuestro siguiente artículo es algo que muchos de usted han venido buscando desde hace años.-dijo el hombre.-No ha sido en lo absoluto fácil dar con él, pero lo hemos logrado.
Salió una joven, ahora con un pequeño traje de satín que dejaba muy poco a la imaginación, sosteniendo una caja de cristal con forro rojo en el fondo.
-¡Aquí está, sin más preámbulo, El Rapier del Dragón del Océano!-
Hubo un gran clamor entre la multitud. Shaoran pudo incluso escuchar el sonido de gritos de euforia por parte de algunos. Una mítica espada que muchos han perseguido, no solo por propósitos de coleccionista, desde hace generaciones, estaba ahí, puesta a la venta para quién quisiera poseerla. Shaoran había tenido que sobornar a algunos para saber los artículos subastados, para saber si los rumores que habían llegado a sus oídos eran ciertos y que no se les escapara de las manos.
Las subastas no se hicieron esperar.
Ni siquiera se le dio tiempo al que auspiciaba el evento de anunciar con cuánto se abría la subasta.
Iba a decirle algo a la mujer a su lado para que comenzara a ofertar, pero vio que ya tenía las dos paletas, la suya y la de él, alzadas, haciendo la segunda y la tercera oferta de la subasta.
La estrategia era ofertar hasta el límite de dinero permitido por la organización, y sí se excedía, lamentablemente desistir.
-Sé que no debo decirles, porque sería redundante teniendo en cuenta que todos ustedes son conocedores. Sin embargo, esta es una fina espada hecha del fantástico material Escudo, con un balance envidiable. Maravillosa, con un agarre fenomenal, fue creada por la difunta Presea, la gran Pharle, al igual que sus espadas hermanas, La Espada del Viento del Fénix y La Espada de la Luz de León. Reforjada por su hermana Sierra, tras Las Guerras Esmeralda, esta espada es una obra de arte que nadie puede dejar pasar la oportunidad de poseerla.-habló con gran orgullo el hombre.-Sí, sí, escucho un 100.000 del caballero del fondo…
La mirada de Shaoran se desvió por un breve instante, a uno de los costados de la sala, dónde tuvo la oportunidad de ver a otro invitado llegar tarde, un hombre que para su absoluta desgracia conocía muy bien. Con cabello platinado con reflejos lilas, se sentó en el lugar que suponía él, era el que le habían reservado. Amargó el gesto cabreado.
¿Y ese imbécil qué hacía ahí?
No era de subastas, ni siquiera de salir a la gran mayoría de eventos sociales.
Shaoran se ahorró un hilo de palabras soeces, de pataleos y berrinches, cuando sus pensamientos hicieron un sprint olímpico, deteniéndose en seco en el momento que tuvo la oportunidad de ver una suave melena azul revolverse delicadamente a su lado, sin poder ver más.
Ese cabello que podía reconocerlo en cualquier parte, incluso ciego.
Se le desencajaron los ojos y el estómago se le revolvió por la bilis. Apretó los puños.
Finalmente había conseguido que la lengua le sangrara por pasarse por el borde afilado de los dientes.
Observó cómo los recién llegados no perdían tiempo alguno y empezaban a ofertar rápidamente.
Ah, así que eso era.
Y así con el mismo efecto del océano, una ola de amargura y frialdad le bañó por completo, quitándole de encima los insufribles efectos del nerviosismo e intranquilidad.
-Sigue ofertando.-le ordenó.-Oferta más alto.
-Xiaolang, pronto llegaremos al tope de nuestro presupuesto. Ya no tenemos más dinero.-decía, tratando de competir con la enérgica a competencia dificultosamente, en vista de la carencia de crédito.
-Sigue ofertando.-reiteró, con voz muerta.
-¿No me oíste?-cualquier otra persona se hubiera hecho hacia atrás de tan solo oír un tono de voz que nada más era guardado para las pesadillas de quien la conocían. Ella no. Ella no estaba para sus mierdas infantiles.-No hay más dinero.
Levantando una ceja, Shaoran sacó su cartera de piel, obteniendo una tarjeta de la que algunos murmuraban y otros tantos, muy escasos habían tenido la suerte de verle, pero que su acompañante ni siquiera había visto en persona.
Y para quién ella era, aquello era sumamente extraño.
-Ten.-le dijo, dándole su tarjeta de crédito Master Card Dubai First Royale.-Usa lo que sea necesario.
Ella rodó los ojos.
-¿Lo que sea?- se cercioró.
-¿No dije eso?-dijo, irritado.
Sin verse afectada, levantó otra vez la paleta.
Shaoran lo último que escuchó fue que gritó "45 millones" tras una conmoción de la cual continuaron muchas más ofertas.
Se la pasó el resto del tiempo demasiado emputado por la presencia de ese hombre de cabello platino con la suave mano de su acompañante agarrada de su brazo, Sakura y su amiga olvidadas completamente para ese momento.
No les quitaba los ojos de encima. Podía sentir la bilis en la boca jugarle junto a la saliva que ya le sabía amarga.
Estuvo consciente de un gran clamor alrededor suyo.
Una serie de gritos, como en una disputa, y cómo el rostro de ese puto imbécil le miraba a ella con un aire de disculpa. Nada más pudo ver esa mano que se le colgaba del brazo, apretándole a favor de darle apoyo.
No les iba a dar el puto gusto.
Levantándose porque había ganado la subasta, la mujer que venía con Shaoran volteó a verle para que fueran ambos a recoger la espada, sin encontrar ya a nadie a su lado.
La mujer entró a su departamento, gemidos irguiéndose en el ambiente.
Sin inmutarse en lo absoluto, suspiró cansada de toda la faena. Dejó sobre la mesa de cristal del comedor la espada, que había cargado todo el trayecto sobre un hombro, como una vil cháchara cualquiera.
Se descalzó las zapatillas, aventándolas en algún rincón sin ninguna contemplación y caminó hasta el cuarto, de dónde los sonidos provenían.
Ahí se encontró a Shaoran, cogiéndose agresivamente a una hermosa chiquilla de piel blanca y cabello negro azulado sobre su cama. Era demasiado joven y era claro que ésta era su primera experiencia sexual, por la forma tan particular en la que se comportaba.
Se sentó en el sillón de una persona, a escasos centímetros de ellos, para quitarse las medias.
La chiquilla en la cama se había dado cuenta de su presencia y no dejaba de verla de reojo, cada vez que Shaoran cambiaba de posición, con una mirada de confusión y espanto. Shaoran estaba demasiado ido como para siquiera reconocer su existencia ahí.
Era hatefuck.
Sabía de cómo cogía Shaoran. Pese a lo imbécil que era en la cama, haciendo pendejadas como creampies sorpresas o metiéndola completa a la primera oportunidad y otras mierdas semejantes, había cierto nivel de contención de su parte.
Para este momento, la hermosa niña entre su cama estaba pasándosela horriblemente. Shaoran estaba desatado y de un horrendo humor. Se podía ver el completo odio que le encarnaba el rostro al momento de embestir.
La piel de su pareja estaba llena de mordiscos intencionados a sangrar, pellizcos en áreas blandas del cuerpo que se estaban tornando violáceos y sus pequeños pechos estaban mallugados, con moretones vino de lo rudo y completamente agresivo que se la estaba follando.
Además de que, era analmente.
Shaoran no era partidario de montárselo por el culo.
Tomando la punta de la media en su dedo gordo, le preguntó mientras tiraba de ahí para quitársela como el envoltorio de un dulce.
-¿Cogiéndote menores ahora?-
Se dio cuenta que Shaoran no había estado al tanto de su presencia ahí hasta que abrió la boca.
-Hoy cumple los 18.
Sus acciones se vieron menos rudas. Al parecer, que ella hubiera estado ahí funcionó como un hilo que tiraba de su consciencia y empezaba a entrar en razón.
No era muy difícil preguntarse por qué estaba así.
Solo había muy pocas veces que Shaoran se mostraba así de destructivo.
Lo único que pudo intuir era que ella había estado en la subasta.
-Qué caballeroso tú.-les espetó estirando los dedos del pie, relajándolos.- ¿De menos sabes su nombre?
-Kotoko.-dijo, y la chiquilla se arqueó por la cruel embestida que le arremetió.
Era bonita.
Tenía unos ojos cenizos, casi violeta.
El cabello lo traía en dos largas coletas que se esparcía de forma preciosa sobre la cama.
Tomó la otra punta de la media y se la quitó.
-¿Ya te vas?-le preguntó Shaoran, aun montándoselo con Kotoko.
-Ya terminé mi trabajo aquí, ¿o no?- se levantó del sillón, aventando las medias sobre este.
Comenzó a caminar al armario que Shaoran tenía a lado de su cama.-Por cierto, tu espada está en la mesa. A tu madre no le va agradar tus impulsos de compras.
-No me interesa.-le escuchó gruñir y a la niña llorar.
Hubo un silencio.
Shaoran seguía jodiéndose a la pobre chica que se había encontrado entre un punto de la subasta a acá. Ella solo se preguntaba cuánto podía durar un hombre cogiendo. Al menos que no llegara al orgasmo. ¿Sería?
-Oye-le habló.- ¿Tienes bragas?
Escuchó una risa por parte de Shaoran.
-Revisa en el cajón superior.-
Acercándose al mueble que doblaba como tocador dentro del armario, abrió el primer cajón de éste, encontrándolo lleno de bonitas bragas dobladas, unas con estampados preciosos y otros de lindo encaje.
Parecían nuevas.
Existían preguntas del porqué Shaoran tenía un cajón exclusivo de bragas de mujer, pero a estas alturas ya no le interesaba saber la razón.
Se puso a hurgarlas, buscando un bonito estampado y un bonito color para usar.
-¿En cuánto terminó la subasta?-inquirió.
-¿De verdad quieres saber? Sugiero que mejor esperes tu próximo estado de cuenta. Ahí estará el deducible.-
Shaoran rechistó.
Escuchó de nuevo un gemido hondo y adolorido de parte de la niña, en el mismo momento en que encontró unas encantadoras bragas de color cían con un arcoíris en la parte de atrás y un sol y unas nubes en la parte de adelante.
Se las puso, subiéndose el quipao, arremangándolo.
Ya con las bragas puestas, comenzó a buscar ropa entre las cantidades absurdas de ropa que tenía Shaoran en su armario.
-¿Qué buscas?-jadeó.
-¿Crees que Meiling se moleste si tomo algo de su ropa prestada?- La ropa de Meiling siempre terminaba en clóset de Shaoran por alguna razón, aun cuando él no la ponía ahí.
-No realmente. Incluso, si la traes lavada antes de que se dé cuenta, habrá menos problema aún.-
Shaoran escuchó como movía y movía los ganchos de ropa sobre el tubo de metal sobre el cual estaban.
Aún estaba muy encabronado por lo de la subasta, pero algo de su interrupción mientras se cogía a la chiquilla le habían cortado el rollo.
Ahora la tenía sentada en su regazo, cargándola de las piernas para penetrarla, siendo más considerado con ella aunque todavía siendo el hijo de puta habitual que era.
Era pequeña, así que se sentía espectacular.
Cada vez que se contraía, Shaoran bramaba como toro.
Se había olvidado de los placeres de tener el culo como su altar predilecto, pero estaba todavía embriagado por la adrenalina de venirse dentro de una virgen, de forma sorpresiva, fingiendo que la había inseminado con solo eso.
Teniéndola encima, además de que la penetración era más profunda aún, la presión que le ejercía en la verga le volvía loco.
La otra salía del clóset, ya vestida.
Era un cambio totalmente diferente.
Traía una blusa blanca de manga corta, con un holgado suéter rosa pálido encima que estaba abierto. Una falda negra larga le cubría hasta tres tercios de la rodilla, traía calcetas blancas largas y unas botas para escalar de color crema con las agujetas desabrochadas.
Cualquiera que le viese se echaría una risa porque nadie le iba a creer que era así como realmente se vestía.
No había señal del erotismo por ningún lado. Toda la ropa escondía bien cada uno de sus atributos. Las piernas, las caderas prominentes, el busto perfecto que le cabría bien en dos manos.
-Te ves bien.-le dijo mientras pasaba el índice de una mano insistentemente por el clítoris de la chiquilla y esta se retorcía en espasmos tratando de quitarle la mano de ahí, mientras que la otra masajeaba un pezón.
Le regaló una cálida sonrisa, complacida con el halago.
-Así que tienes una cita.-continuó Shaoran.
Ella se sentó de nueva cuenta en el sillón, con un cepillo en mano para comenzarse a peinar.
-Sí.-le dijo con una sonrisa orgullosa.-
-¿Y por eso te vistes así? ¿Para él?
-Me veo bien, ¿no es así?-le guiñó un ojo.- Además… no quiero que él sepa que hago con el tiempo que no estoy a su lado. Entre más lejos de eso, mejor.
-Mmmm…-
Shaoran la dejó por un momento, con algunos pensamientos de si en realidad le entristecía llevar esa supuesta doble vida, y se concentró en lo que estaba a la vuelta de la esquina.
Depositó a Kotoko en la cama, abriéndola por completo de piernas, para embestirla con todo lo que podía. Ella por su parte, se puso a gritar y gritar, de algo que Shaoran ya no sabía si era placer o dolor.
Tuvo un espasmo repentino, su verga hinchada comenzaba a venirse dentro de ella, mientras se relamía los labios y ella abría los ojos muy grande con la extraña sensación de sentir semen caliente llenándole.
Sacando el miembro, un hilillo de lefa les conectó por un instante.
Separándose el cabello, la mujer en el sillón podía ver con qué fascinación Shaoran estaba expectante de admirar su trabajo.
La chiquilla, que estaba exhausta, se movió levemente para acomodarse y Shaoran pudo ver el precioso creampie que le había dejado, escurriéndosele entre las piernas.
Con sorpresa pudo ver que el color era rosado, una combinación clara entre el blanco del semen y de la sangre de semejante cogida brutal que Shaoran le había puesto.
Lejos de mirarse afligido, estaba más dichoso de lo normal.
-Y pensar que no era ella…-se mofó como quien no quiere la cosa, mientras se separaba un lado del cabello en tres gajos.
Shaoran hizo como que no le escuchó, optando por ver la cantidad de semen que salía, manchando sus sábanas.
-Y él, ¿sospecha?-le siguió la plática previa.
-¿Por qué habría de hacerlo? Es un hombre normal que no tiene ni la menor idea de nada.-se escuchó a la defensiva.
Terminando una trenza, cerrándola con un moño negro, empezó a tejerse la del otro lado.
-Es decir, él también trabaja. Tampoco le cruzaría la cabeza esto siquiera con la cantidad de cosas que tiene que hacer.-
-¿Y estás bien con eso?-
-Mientras me adore, no tengo problema.-dijo terminando la otra trenza.
Se levantó del sillón y se metió de nuevo al armario para sacar ahora un sombrero negro pequeño y ponérselo encima.
-Bueno, traeré esto en cuanto pueda.-le dijo, refiriéndose a la ropa que traía puesta.-Vendré por mis cosas después.
-Espero que te diviertas, Chiharu.-
Ella solo sonrió, antes de salir por la puerta.
¡Hola!
Gracias por leer el nuevo capítulo de White Claudia.
Este fue un tanto divergente.
Se volvió un capítulo de muchas cosillas, pero la principal fue la introducción de Chiharu.
¿Qué les pareció?
No se preocupen, para la próxima tendremos más de las interacciones de Shaoran y Sakura.
Recuerden, ¡un review y un vaso de agua no se le niega a nadie!
¡Gracias otra vez!
