Disclaimer: La serie de HBO: Juego de Tronos no me pertenece, ni tampoco lo hace la novela "Canción de hielo y fuego" del estadounidense George R. R. Martin.


The Queen of Ice and Fire

Capítulo 2:

Mhysa


Jaime estaba sentado frente a un hombre vestido como un maestre, quitando los vendajes sucios e inútiles desde el muñón en la punta de su brazo. Él se encogió ligeramente al posar la vista en el lugar donde habia estado su mano derecha. El hombre observó cuidadosamente la herida, sin mostrar ninguna emoción cuando sumergió un cuchillo en la piel horrorosa, causando que el león se encogiera dolorosamente.

— ¿Moriré? —Jaime preguntó débilmente.

—No, pero la corrupción se esparció, temo que debe ser cortada. La forma más segura seria cortar todo el brazo—Sugirió el hombre.

—Asi usted morirá—Jaime practicamente le gruño como un león—. No eres un maestre. ¿Dónde está su cadena?

—La Ciudadela me la quitó, hallaron algunos de mis experimentos… atrevidos—El hombre volteó para alcanzar un par de pinzas de metal—. Puedo dejar el antebrazo, dejar el corte en su codo…

—No necesito mi mano para matarlo—La mano izquierda de Jaime habia salido disparada a la garganta del hombre, sorprendiéndose a sí mismo por su fuerza en tales condiciones. Miró fríamente al anciano frente a él.

—Puedo cortar la carne podrida y tratar de cortar la corrupción con vino hirviendo.

Jaime asintió lentamente, estando de acuerdo con la sugerencia. Dejó que sus ojos vagaran por el piso con más frecuencia ahora, ignorando las risas de todos aquellos que se habian burlado de su condición. Él no se vería como un animal agonizante para ellos. Él seguía siendo uno de los mejores espadachines en Poniente. Su nombre continuaba inspirando miedo en los hombres.

—Necesitara leche de amapola.

—No—Jaime no se atrevía a permitir que lo pusieran a dormir; el hombre podría cortar su brazo sin importar lo que él deseaba—. Sin leche de amapola.

—Será doloroso—El hombre estaba sorprendido.

—Gritare.

—Muy doloroso.

—Gritare muy fuerte.

El hombre asintió mientras le ataba el brazo al reposabrazos de la silla con un cinturón de cuero. Jaime gritó muy fuerte cuando el hombre habia comenzado a retirar la piel y carne muerte con un cuchillo afilado. El olor de los trapos sucios que habian sido el muñón ayudo a ocultar el aroma repugnante del pus en la herida.

Nada le pudo ayudar cuando el hombre cortó la carne podrida al interior del brazo. Jaime volvió a gritar con más fuerza que antes y golpeó la mesa cercana con el puño una y otra vez sin descanso. No pudo evitar caer en la dulce inconsciencia del dolor cuando el hombre habia vertido vino hirviendo en lo que quedaba del muñón.

Cuando despertó, el hombre estaba cociendo la piel en la punta de su brazo.

—Ha hecho esto antes—murmuró Jaime, débilmente.

—No soy ajeno a los mutilamientos—El hombre respondió con misterio—. ¿Quién es tu dragoncito? —preguntó mientras continuaba cosiendo la piel junta, aunque el león apenas lograba mantener un ojo abierto—. La llamabas sin parar, le suplicabas que te perdonara—Jaime abrió los ojos ante eso, sorprendido de si mismo—. Le decías que la amabas.

—Ella es mi esposa—Él respondió en voz baja, frunciendo el ceño con tristeza ante Hermione—. Es la mujer más terca, grosera y salvaje que haya existido. Pero la más hermosa, por desgracia… es una Targaryen.

—La Madre de Dragones—El hombre arrastró las palabras mientras retrocedía por instinto—. La Emperatriz de Invierno y Regente del Verano, al menos asi es como la llaman ahora—tragó saliva con nerviosismo ante la mirada del Lannister sobre él.

— ¿Quiénes?

—Todos en los Siete Reinos. No todos los días aparece alguien con el poder de sumir al mundo en un invierno o un verano eterno.


Los parpados de la joven Targaryen revolotearon con suavidad, y se removió en el lecho con descontento por el sueño que habia tenido con Jaime. Sus sueños extraños habian desaparecido desde que habia dejado Poniente, pero ahora regresaban de manera tan repentina para mostrárselo a él.

No le interesaba lo que le sucediera, al menos de eso intentaba convencerse a sí misma. Él la habia dejado y habia escogido a Cersei sobre ella. Esos sueños solo intentaban engañarla para caer como una idiota ante el león, pero no lo permitiría. Además, Jaime era demasiado arrogante y orgulloso como para permitir estar en tales condiciones, con una mano arrancada en unas ruinas sucias y mugrosas con un hombre extraño.

—No te esfuerces—La voz de Daenerys la sacó de sus cavilaciones, y Hermione gimió dolorosamente al sentarse.

— ¿Qué pasó? —Ella preguntó en voz baja, tirando de sus rizos pegajosos por el sudor hacia atrás para sentir la frescura del aire otra vez contra su piel—. ¿Dónde está mi hijo? —su cabeza giró en todas direcciones con frenesí, recordando de manera repentina el parto veloz que habia sufrido.

—Hermione… —Su tía bajo la voz mientras la tomaba de la mano, sus ojos conectándose con los de ella con gravedad.

El corazón de la joven se heló y caliente del continente se tornó frio y amenazador.

— ¡¿Dónde está mi hijo?!—La Portadora de Tormentas gritó, y un rayo cayó con tanta fuerza que estremeció la tierra. Ella abrió la boca al verlos, y casi se desplomó en la cama otra vez.

Missandei acababa de entrar a la tienda con dos bebés en sus brazos, poco despues, Ser Barristan se le unió con otro. Ella le dio una mirada a su tía con la boca abierta, y esta asintió con la cabeza. Habia pensado que llevaba solo a un bebé, pero al ver a los tres pequeños con pequeños cabellos plateados supo que estaba completamente equivocada.

—Son los trillizos de la Tormenta—Daenerys le sonrió con cierta tristeza, seguramente pensando en cómo hubiese sido su hijo perdido ante las artimañas de una bruja.

—Ahora entiendo porque pateaba tan fuerte—Hermione murmuró con asombro. Sus ojos se ampliaron cuando su fiel Ser Barristan depósito a uno en sus brazos, y el bebé abrió sus ojos de color púrpura para ella.

—Él es Aemon—El caballero murmuró mientras ella contenía los deseos de llorar ahí mismo. Permitió que uno de sus dedos le acariciara la mejilla, y su hijo lo atrapó con fuerza mientras se disponía a dormir otra vez.

—Como el Caballero Dragón—La joven respondió levantado la mirada, sus ojos completamente vidriosos por la emoción y el amor de tener a esa pequeña persona descansando en su pecho.

—Dos niños y una niña—Daenerys declaró con una sonrisa, y una pequeña lagrima se deslizó por la mejilla de la joven bruja—. Un dragón de tres cabezas.

—Visenya—Hermione susurró con la vista fija en su hija, su pequeña niña con los ojos tan verdes como los de su padre—. Rhaegar.


Hermione suspiró suavemente mientras permanecía a horcajadas de Rhaenyra corriendo para encontrar a los oficiales de los Inmaculados. Despues de reunir las fuerzas suficientes como para ponerse de pie por sí misma habia ordenado a su ejército escoger un lider de entre sus filas, y estaba en camino para que le dieran su resolución.

Daenerys y Missandei cabalgaban tras de ella con más lentitud en sus caballos, y ella palmeó el cuello de su loba con una sonrisa de orgullo. A sus ojos, un huargo era mil veces mejor que un caballo; eran más agiles, fuertes y mortales que los equinos, ademas, mientras corrían, podían arrancarle la cabeza a cuantos hombres desearan con sus poderosos y gigantescos dientes.

Le habia encargado a Ser Barristan la protección de sus hijos. En nadie más confiaba tanto como para permitirle protegerlos.

La Madre de Dragones desmontó a la loba a las orillas de un pequeño rio, donde la joven de piel oscura la esperaba con las manos en el regazo. Parecía tan débil y sumisa, pero despues de todo, habia sido criada como una esclava con la orden de hablar solamente si se lo pedían y para obedecer cualquier orden, aun si comprometía con ello su integridad.

— ¿Son ellos? —Hermione preguntó con asombro. Cada hombre frente a ella parecía ser tan joven que no lograba creer que ellos eran asesinos maestros en combate. Respiraban tan suavemente, como si tuviesen miedo de ofenderla por verlos vivir.

—Sí, Majestad. Los oficiales.

No escogieron esta vida—Hermione comenzó con firmeza, levantando la cabeza mientras la brisa le mecía el cabello—. Pero ahora son hombres libres. Libres de tomar sus decisiones. ¿Han seleccionado a su lider de entre uno de ustedes?

Los Inmaculados se movieron a un lado con sus lanzas al ristre, dejando un camino en la fila del medio para actuar como una guardia de honor. Un joven avanzó hacia ella, y se quitó el casco cuando ella se lo ordenó con gentileza. Él lucia tan joven y delgado, como si no hubiese comido correctamente en toda su vida. Sus ojos marrones le recordaron a su dulce Jon. Esos ojos habia sido moldeados con la muerte y el horror.

¿Cuál es tu nombre? —Hermione preguntó con cautela, casi pudiendo ver a su otra mitad en el joven frente a ella.

Gusano Gris.

— ¿Gusano Gris? —Daenerys repitió con horror mientras volteaba hacia Missandei.

—A los niños Inmaculados se les da nombre cuando los cortan. Gusano Gris. Mosca Roja. Rata Negra. Nombres que les recuerdan lo que son, alimañas.

De ahora en adelanta escogerán su propio nombre. Les dirán a sus soldados que hagan lo mismo. Descarten su nombre de esclavo. Escojan los nombres que sus padres les dieron, o cualquier otro. Un nombre que los haga sentirse orgullosos—Hermione declaró con los puños apretados mientras observaba a los oficiales frente a ella. Acabaría con esa injusticia. Les daría a sus hijos un mundo donde pudiesen crecer seguros y en paz y con seguridad

Gusano Gris me da orgullo. Es un nombre con suerte. El nombre con el que este nació esta maldito. El nombre que tenía cuando fue tomado como esclavo. Pero Gusano Gris es el nombre que este tenía cuando Hermione Magicborn lo libero.

La Portadora de Tormentas tragó saliva mientras su mirada temblaba. Jamás habia imaginado que alguien pudiese decir algo asi de ella con tanta convicción y seguridad. Pero al ver a los demás oficiales unirse a las palabras de su lider, ella suspiró para darse fuerzas.

No los decepcionaría.

El mundo no sería el mismo despues de que ella pasara por él.

Se convertiría en la Rompedora de Cadenas.


Hermione caminó estoicamente tras Ser Jorah mientras observaba la ciudad amurallada a la distancia desde una colina árida. Movió suavemente la falda de su vestido rojo para permitirse más movilidad. Aun le dolía la parte inferior del cuerpo por el parto, pero no podía permitirse estar acostada tanto tiempo. Tenía un ejército que dirigir y no les daría a sus soldados la impresión de que seguían a una mujer débil.

—Yunkai, la Ciudad Amarilla—El oso declaró al seguir su mirada. Ella se posicionó erguidamente sobre una roca, admirando la ciudad que le recordaba un poco a Desembarco del Rey.

—Los yunkis tienen esclavos, no soldados—Ser Barristan añadió a su lado—. Podemos derrotarlos.

—Tal vez en el campo, pero no nos enfrentaran ahí—Ser Jorah replicó, y la joven rodó los ojos ligeramente al estar presente en otra pelea entre los caballeros de su Guardia Real—. Tienen provisiones, paciencia y grandes muros. Si son listos se esconderán y acabaran con nosotros, hombre por hombre.

—Sí, pueden resistir el asedio. Tienen los recursos para ello—Hermione asintió con la cabeza, de acuerdo con el caballero Mormont—. ¿Podrían resistir una nevada? —Sus labios se arquearon en una sonrisa astuta. El aire se enfrió de manera repentina como una tumba—. Podría enseñarles el frio del Norte. No lograrían sobrevivir un minuto a una de mis tormentas de nieve—apretó los labios al recordar el día que habia escapado de Invernalia—. Aún soy famosa por crear la tormenta más fría que se haya sentido nunca.

—La última vez que lo hizo casi congela los Siete Reinos—Ser Barristan se adelantó con gravedad—, y termino desmayada—no le enorgullecía recordarlo, se habia desmayado como una idiota despues de parecer una especie de diosa de la tormenta ante los ciudadanos de Desembarco del Rey—. No necesitamos Yunkai, Majestad. Tomar la ciudad no la acercara a Poniente. Lo único que deseo antes de morir es verla sentada en el Trono de Hierro.

— ¿Cuántos esclavos hay en Yunkai? —Hermione volteó hacia sus caballeros leales, apretando los labios por la verdad en las palabras de su querido abuelo por elección.

—Doscientos mil, tal vez más—Ser Jorah frunció el ceño con extrañeza, seguramente confundido por su decisión de someter Yunkai con una tormenta.

—Entonces tengo doscientas mil razones para tomar esa ciudad—La Madre de Dragones escupió con convicción, entonces volteó hacia el Comandante de los Inmaculados tras ellos—. Gusano Gris, por favor envia a un mensajero a las puertas de la ciudad. Diles a los esclavistas que los recibiré aquí y aceptare su rendición. Si se niegan, diles que la Portadora de Tormentas sumirá a Yunkai en el invierno, y recibirán el mismo destino que Astapor en un infierno congelante.


Hermione suspiró con irritación mientras veía a la caravana del noble enviado de Astapor hacerse paso entre los Inmaculados. Estaba sentada sobre una banca de seda en la parte más alta de su tienda, con las manos plantadas firmemente en su regazo para darse fuerzas para aguantar al idiota.

Habia cambiado su ropa por vestiduras más reales y majestuosas.

Se suponía que era la Reina y, por lo tanto, debía inspirar una imagen de elegancia y clase suprema. Si hubiese estado en una situación como esa hace un par de años seguramente lo habría recibido cuberita de barro y con ramas en el cabello como una salvaje, como el día que Robert Baratheon habia arribado a Invernalia. Pero ahí estaba, con un vestido y capa delicada hecha de hielo puro grabada con diseños de copos de nieve que dejaba sus hombros al descubierto, brillando de la misma manera que las escamas de Eddarion al ser tocadas por el la luz del sol.

—Ese es un hermoso vestido—Daenerys susurró a su lado, sentada un poco más abajo que ella. Su tía era su noble consejera, la única familia que permanecía con ella al otro lado del mundo. Despues de que sus hijos nacieran, esta se habia vuelto, junto con Rhaenyra, una especie de nana para ellos, como la Vieja Tata en el Norte para ella.

Suponía que lo hacía por el anhelo de haber tenido a su hijo, Rhaego, como le habia dicho que lo llamaría.

Hermione le sonrió con suavidad y movió la mano en el aire hacia el vestido blanco de su tía. Una corriente brillante se extendió por la tela, creando patrones de flores diamantinas en ella para darle más volumen y hermosura a la falda. La joven alzó las cejas hacia Missandei antes de cambiar la ropa que llevaba por un vestido tan hermoso como el de las mujeres Targaryen, esta vez verde con patrones flores rosas.

Por la expresión de la joven, la Madre de Dragones supo instantemente que nadie nunca se habia preocupado tanto por ella. Seguramente nadie le habia obsequiado un vestido decente más que para enseñarle los pechos a los hombres interesados en comprar Inmaculados a Kraznys. Ni siquiera deseaba pensar qué clase de actos asquerosos le habia hecho el desgraciado.

—Eres mi consejera, mi escriba y mi amiga. Mientras estés conmigo, no tienes que insinuarte a quienes vengan—Hermione declaró con suavidad, y la joven asintió lentamente con la cabeza, sonriendo por el vestido impresionante hecho con magia que estaba usando.

La Reina de Hielo y Fuego rodó los ojos cuando vio al noble de Yunkai detenerse a las puertas de la tienda real, siendo llevado en un carro por esclavos como si el estúpido no tuviese piernas para caminar el mismo. El tamborilero que lo acompañaba dejo de percutir y un grupo pequeño de esclavos se acercó cargando pesados cofres con esfuerzo.

—Aquí viene el noble Razdhal Mo Eraz de esa antigua y honorable Casa—Missandei declaró mientras el esclavista entraba con la vista fija en ella—. Amo de hombres y orador para salvajes, para ofrecer términos de paz—Rhaenyra, oculta detrás de su banca de seda, le gruñó al hombre alzando su gigantesca cabeza sobre la suya. Normalmente, Vhagar hubiera sido el bélico si sus hijos estuvieran alli, pero los tres ya eran demasiado grades como para caber dentro. Crecían con tanta rapidez que no se percataría cuando llegaran al tamaño del legendario Balerion—. Noble Lord, está en presencia de Daenerys de la Tormenta de la Casa Targaryen, Khaleesi del Gran Océano de Hierba—señalo con la mano grácilmente hacia su tía—. Le presento a Hermione de la Magia de las Casas Targaryen y Stark, Reina de los Ándalos y los Primeros Hombres, Portadora de Tormentas, Domadora de Bestias, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones.

—Puede acercarse—Daenerys luchaba por no reírse, viendo como el hombre estaba aterrorizado de la mirada feroz de su sobrina. Una mujer dothraki colocó una silla a los pies de ambas mujeres de cabello plateado y el noble se sentó en ella sin quitarle la mirada de encima a la joven bruja.

— ¿El noble Lord quiere algo de beber? —Missandei se acercó al hombre con una copa de vino.

—Antiguo y glorioso es Yunkai. Nuestro Imperio era viejo antes de que los dragones existieran en Valyria. Muchos ejércitos han perecido ante nuestros muros. No encontrara una conquista fácil aquí, Majestad—Razdhal declaró con la vista fija en sus ojos de color purpura plateado, y ella sonrió ligeramente.

—Eso está bien por Yunkai—Hermione asintió con la cabeza burlonamente—, pero los ancestrales Reyes del Invierno pelearon contra ejércitos diez veces más grandes y los masacraron por más de ocho mil años—. Ella tambien era una Stark, y la sangre de los Primeros Hombres fluía en sus venas dándole el hielo en su alma. No olvidaría nunca que tambien era de la sangre del lobo—. Los Inmaculados deben practicar de alguna manera, ¿qué mejor que hacerlo con una ciudad como la suya?

—Si sangre es lo que quiere, sangre correrá. Pero ¿por qué? Es cierto que ha cometido atrocidades en Astapor, pero los yunkis son indulgente y generosas personas—El noble aplaudió y dos pares de esclavos se acercaron con pesados cofres llenos de lingotes de oro—. Los Sabios Amos de Yunkai han enviado un regalo para la Reina de Plata. Hay mucho más que esto esperando a bordo de su barco.

— ¿Mi barco? —Hermione alzó una ceja plateada con elegancia.

—Sí, Majestad. Como dije, somos personas generosas. Tendrá tantos barcos como requiera—El hombre respondió con rapidez.

— ¿Y que pide a cambio? —Daenerys entrecerró sus ojos azules hacia el noble, y este por fin reparó en ella. No lo culpaba, alguno de los rumores corriendo por alli sobre ella eran bastante aterradores. Era entendible que no le quitara la mirada de encima para ver que no intentara destrozarlo con hielo.

—Solo pedimos que la Reina haga uso de estos barcos, navegue hacia Poniente, a donde pertenece, y déjenos seguir con nuestros asuntos en paz—La mirada de la Portadora de Tormentas vagó por la habitación, frunciendo el ceño con tristeza al ver como los brazos de un esclavo arrodillado temblaban por sostenerse a sí mismo.

—Tengo un regalo para usted tambien—Ella declaró con una pequeña sonrisa en los labios—. Su miserable vida—escupió con grosería, disfrutando del asombro en la cara del hombre mientras se ponía de pie con lentitud—. Lo único que deja ver que haya venido aquí es que sus Sabios Amos están aterrorizados de mi porque saben que no pueden ganar esta pelea. Los dejare vivir con la única condición de que liberen a cada esclavo en Yunkai. A cada hombre, mujer y niño se les dará tanta comida, ropa y propiedades como puedan cargar como pago por sus años de servidumbre. Rechacen mi oferta, y no les mostrare piedad.

— ¡Esta demente! —El hombre se inclinó en su silla—. No somos Astapor, somos Yunkai y tenemos poderosos amigos, amigos que sentirán gran placer por destruirla a usted y a sus hijos. Puede que la hagamos esclava a usted tambien—Se puso de pie con ofensa, pero inmediatamente fue lanzado al piso con un furioso dragón de hielo sobre él. Aún le costaba trabajo saber dónde se encontraba Eddarion gracias a la capacidad de este para volverse invisible—. Me juró pasó seguro—el hombre tragó saliva con nerviosismo.

—Así es—Ella realizó un gesto con la mano y su hijo azul se posó sobre una vigas de manera puestas a su lado—, pero Eddarion no hace promesas y amenazó a su madre.

—Tomen el oro—Razdhal exigió a los esclavos que lo acompañaban, pero estos se encogieron de miedo cuando el dragón de hielo les chilló junto a Rhaenyra para que se apartaran de su madre.

—Mi oro, usted me lo dio ¿recuerda? Tenga por seguro que le daré un buen uso. Será mejor que haga lo mismo con el regalo que le di. Ahora retírese, o terminara como una estatua de hielo o convertido en cenizas dependiendo de mi humor.

El noble salió de la tienda completamente ofendido mientras murmuraba en otra lengua lo que debían ser insultos

—Los yunkis son personas orgullosas, no se doblegaran—Ser Barristan añadió con una pequeña sonrisa ante su Reina y como habia manejado la situación.

—No voy a doblegarlos, voy a romperlos en mil pedazos—Hermione declaró con convicción, dándole a su loba un trozo de carne desde la urna puesta a su lado.

—Dijo que tienen aliados poderosos, ¿de quién hablaba? —Daenerys cuestionó en voz baja, y la joven bruja asintió con tanta curiosidad como su tía.

—No lo sé—Ser Barristan declaró con la vista fija en la Reina de Hielo y Fuego, quien acariciaba a su hijo legendario con la yema de los dedos.

—Averígualo—La joven de cabello plateado le dio una mirada al oso que le decía que apartara los ojos de su sobrina antes de que la situación se tornara incomoda.

Hermione levantó la mirada convicción ante la posibilidad de una lucha. Ella ya habia dado a luz y no corría el riesgo de perder a los bebés en su vientre. Lucharía junto a sus Inmaculados como una igual en el campo de batalla y haría que su querido Caballero Dragón se sintiera orgulloso de brindarle sus conocimientos de lucha.


Hermione sopló graciosamente sobre la piel del estomagó de su hijo mayor, causando que el bebé gorgoteara feliz mientras tiraba uno de sus rizos plateados con sus manos diminutas. Daenerys y Missandei la observaban con una sonrisa, cada una meciendo a un bebé en sus brazos.

No habia esperado tener a tres bebés en su interior, pero ahora era triplemente feliz gracias a ellos. Ahora tenía dos hijos y una hija hermosos, de la sangre del dragón y el lobo, con un padre ausente que ya tenía a tres hijos con la puta rencorosa de su hermana.

Ellos sabrían quién era su padre de su propia boca. No permitiría que otros susurraran mentiras en sus oídos cuando estos comenzaran a comprender el mundo. Les diría que su padre era Jaime Lannister, pero suavizaría la historia por completo para ellos. No les mentiría jamás. Actuaría como su tío la habia criado a ella: con el honor de la Casa Stark.

Le hizo cosquillas en el estomagó a su hijo mayor, Aemon. No habia dudado por un segundo como llamaría a su hijo cuando se habia enterado de su embarazo. Le debía quien era a dos hombres llamados Aemon; al Caballero Dragón por enseñarle a luchar y al Maestre Aemon por darle los recursos para convertirse en la Madre de Dragones.

Los tres llevaban nombres Targaryen porque eran a quienes más admiraba en el mundo.

Le causaba diversión pensar que su hija habia nacido como la segunda, entre sus dos hermanos varones. La habia llamado Visenya como la Reina Oscura, como su mayor heroína femenina, el mismo nombre con el que su padre biológico habia deseado llamarla a ella. Y a su hijo menor, lo habia nombrado en honor a su padre, Rhaegar, para satisfacción de Ser Barristan.

—Son tan hermosos, los tres—Daenerys rio mientras Visenya sumergía sus dedos en el interior de su cabellera plateada.

Los tres lo eran. Los genes Targaryen habian prevalecido en ellos de manera más fuerte que los Lannister, pero aun asi se parecían a su padre en otras cosas como en los oídos, la nariz o la mandíbula. El trio tenía el cabello tan rubio que llegaba a verse plateado de la sangre del dragón, pero los ojos de cada uno eran diferentes. Aemon habia heredado sus ojos púrpuras, Visenya los ojos de su padre, pero Rhaegar tenía los ojos grises de la Casa Stark.

—Soy una mujer tan extraña, siempre que tengo hijos vienen en un trio—Hermione murmuró con sinceridad. Daenerys rio por la ironía mientras su hija jugueteaba con los rizos de esta entre sus manos pequeñas.

—Mi Reina—Ser Jorah inclinó la cabeza al entrar en la tienda, pero retrocedió al verla jugando con su hijo mayor—. Debe venir a ver esto—la joven bruja observó a sus bebés con gravedad, deseando quedarse con ellos un poco más para alimentarlos ella misma, pero si deseaba ser Reina debía atender la clase de asuntos a los cuales no queria asistir.

—Nos quedamos con ellos—Daenerys declaró para darle seguridad, intuyendo lo que su sobrina pensaba por instinto de madre.

—Eddarion, cuídalos por mí—La Portadora de Tormentas acarició un lugar en la mesa cercana que no parecía demasiado especial a simple vista, pero sonrió cuando el dragón de hielo habia chillado para indicarle que alli estaba.

Hermione siguió al oso estoicamente hacia unas ruinas a las afueras de Yunkai, atando trozos de tela de color arena alrededor de su cuerpo para camuflarse de la vista de posibles amenazas. Ser Barristan asintió con la cabeza ante su presencia, y ella le acaricia la mano al ver como jinetes arribaban por decenas a la Ciudad Amarilla.

—Hombres que pelean por oro no tienen honor o lealtad. No se puede confiar en ellos—Su fiel servidor susurró en voz baja.

—Se puede confiar que te maten si les pagan bien. Los yunkis le pagaran bien—El oso añadió.

— ¿Conocen a estos hombres? —Hermione preguntó mientras examinaba con la mirada el campamento de los nuevos soldados de Yunkai.

—Solo por la espada rota en su bandera. Se llaman los Segundos Hijos, una compañía dirigida por un bravoosi llamado Mero, el bastardo de un Titán. Son hombres peligrosos, Majestad, todos lo son—Ser Jorah le informó con cautela, y la joven bruja cambio su peso de pie.

—Estimo que son dos mil, armados y a caballo—Hermione declaró observando el campamento de la compañía mercenaria—. Es difícil cobrar el pago de un cadáver, y un mercenario preferiría pelear para el lado ganador. Quiero hablar con el bastardo de un Titán sobre ganar.

—Tal vez no quiera una reunión—Ser Barristan le advirtió. Ambos caballeros compartieron una mirada de gravedad. La Rompedora de Cadenas rodó los ojos por ello.

—Claro que lo hará. Un hombre que pelea por oro no puede permitir que una mujer le arranque la cabeza con sus propias manos.


Hermione observó impasiblemente a los tres hombres frente a ella, vestidos con armaduras irregulares tan diferentes a los hermosos caballeros de Poniente que le causaba ganas de reír. El hombre del medio debía ser el lider de la compañía mercenaria por la sonrisa arrogante en su rostro cicatrizado, pero el hombre a su lado le llamó más la atención por la mirada que le daba. Era la misma con la que Oberyn la habia visto en Desembarco del Rey.

—Majestad, permítame presentarle a los capitanes de los Segundos Hijos—Ser Barristan realizó las introducciones con cortesía, y ella agradeció que su tía estuviera jugando con sus bebés para ahorrarle la tortura de tener que tratar con el trio de imbéciles—. Mero de Braavos, Prendhal Na Ghezn y…

—Daario Naharis—El hombre joven de cabello oscuro interrumpió para presentarse asi mismo sin quitarle la mirada de encima en ningún momento, su voz sedosa y seductora al igual que Oberyn.

— ¿Tu eres la bruja, la Madre de Dragones? —Mero se adelantó hacia ella con una sonrisa astuta. Hermione le dio un asentimiento de cabeza burlón—. Juraría que te folle una vez en un burdel en Lys.

—Cuide su lengua—Ser Jorah gruño a su lado mientras la joven luchaba por no rodar los ojos. Se habia percatado en Volantis que algunas prostitutas habian comenzado a vestirse como ella para darle a los hombres la fantasía de dormir con una mujer única en el mundo.

— ¿Por qué? —Mero preguntó, sentándose a su lado sin invitación alguna. La joven tuvo que hacerle un gesto al oso con la mano para que no le cortara la garganta al estúpido—. Ella usó la suya. Lamio mi culo como si hubiera nacido para ello—la bruja sonrió con diversión por la actitud del estúpido, ya estaba eligiendo en su cabeza la mejor manera de matarlo—. Esclava, trae vino.

—Aquí no hay esclavos—Hermione replicó, posando su mirada en la joven de cabello rizado para ver si se habia ofendido de alguna manera.

—Todos serán esclavos despues de la batalla, a menos que yo los salve—El bastardo tenía el descaro como para decir algo así, él no podría salvarse a sí mismo cuando ella le arrancara la cabeza con sus manos desnudas—. Quítate la ropa y ven a sentarte en mis piernas, y tal vez te dé a los Segundos hijos.

—Dame a los Segundos Hijos y yo misma no te arrancó la verga y se la de comer a mi loba—La Portadora de Tormentas replicó con suavidad, pero su mirada era fuego puro cuando Rhaenyra cruzó a las afueras de la tienda para ir con sus hijos, enseñándole al bastardo sus enormes colmillos afilados como espadas—. La mayoría piensa que soy tan solo una mujercita jugando a ser Reina. Pero estoy bastante experimentada en el arte del asesinato, tengo… interesantes maneras de matar a alguien. Tenemos a muchos más soldados que los suyos, si se rinden ahora puede que sea misericordiosa.

—Diez mil Inmaculados—Ser Barristan añadió mientras reprimía una sonrisa ante la joven.

—Espero que el anciano sea mejor con la espada que con la mentira—Daario añadió mientras le daba un trago al vino que Missandei habia servido, y la cabeza de la joven giró hacia él con una ceja alzada—. Tienen ocho mil Inmaculados.

—Aun si es cierto las probabilidades no están a su favor. Parecen la clase de hombres a quienes les gusta ganar, pero que se acobardan cuando ven la derrota inminente—La Rompedora de Cadenas se burló suavemente, sacando a relucir un poco de la personalidad que habia tenido en su hogar—. Podrían pelear para mí.

—Tomamos el oro de los esclavistas—El bastardo replicó mientras se acercaba lujuriosamente a Missandei, quien retrocedió por instinto por el asqueroso sujeto.

—Yo les puedo pagar eso y más.

—El contrato es el compromiso, si lo rompemos, ya nadie contratara a los Segundos Hijos—Prendhal replicó.

—Peleen conmigo y no necesitara otro contrato. Tendrán el oro, castillos y títulos que escojan cuando reclame los Siete Reinos.

—No tiene barcos, ni armamento, ni caballería—Daario añadió un poco más abajo que ella de manera feroz, pero a la misma vez seductora.

—Hace dos semanas no tenía un ejército, hace un año no tenía dragones, hace diez no tenía a la tormenta misma en las manos—Hermione escupió con los ojos entrecerrados, y el joven asintió suavemente, como si estuviera muy complacido de ver cuán feroz era—. Tienes dos días para decidir que harás, o yo misma le enseño a Yunkai y a los Segundos Hijos que se siente el frio del Norte.

— No le temo a las amenazas de una niña con fama de bruja—El bastardo se burló con una risa, y Ser Barristan ahogó la suya. No tenía idea con quien estaba tratando el estúpido—. Muéstrame tu coño, quiero ver si vale la pena pelear por ti.

¿Quiere que le corte la lengua para usted, mi Reina? —Gusano Gris preguntó a su espalda, alcanzando el cuchillo en su cinto mientras Ser Jorah realizaba lo mismo por instinto.

No, Gusano Gris. Yo misma se la cortare cuando la batalla comience. Quizás se lo de cenar a Rhaenyra, aunque creo que ni ella desearía comer a un desgraciado como este—La joven añadió con suavidad mientras movía las manos sobre su regazo—. Como regalo para tomar la decisión te daré un barril de mi vino.

—Los Segundos Hijos compartimos todo, después de la batalla tal vez te compartamos—Mero se levantó junto a sus compañeros de armas, pero la sangre de la joven bruja ardió definitivamente cuando este le habia dado un golpe en el culo a su amiga.

La Rompedora de Cadenas se puso de pie y golpeó el talón contra el piso. Sonrió de sobremanera al ver como el desgraciado habia tropezado y caído sobre su trasero por el piso resbaloso cubierto de hielo. Hermione se paseó a su alrededor de manera arrogante y orgullosa.

—Quizás, cuando estemos peleando, haga que un rayo te destroce la cabeza—Chasqueó los dedos, y el sonido de un trueno ensordecedor calló al mundo—. Asi acabara tu vida arrepintiéndote de no seguir las amenazas de la niña con fama de bruja.


Hermione gimió suavemente mientras abrazaba sus rodillas en el agua caliente de la tina. No podía describir cuan relajante se sentía descansar su cuerpo ahí después el parto y darle de comer a sus tres hijos. Le habian ofrecido que otra mujer amamantara a los trillizos de la Tormenta, pero ella se habia negado rotundamente. No le importaba si sus pechos perdían firmeza por alimentarlos, eran sus bebés y eran solo suyos.

—No saben cuánto duele amamantar a tres hijos—Murmuró para ambas mujeres, siseando por el dolor en sus pechos.

—Podría dejar que alguien más lo hiciera por usted, Majestad—Missandei añadió mientras deshacía las trenzas en su cabello plateado.

Ya no le interesaba que alguien la viese sin ropa. Habia perdido por completo el pudor despues de estar casi desnuda frente a todo el ejercitó del Norte cuando sus dragones habian nacido.

—Son mis hijos y de nadie más—Hermione declaró mientras recargaba la cabeza en la tina y cerraba los ojos con placer. Daenerys y su amiga se sumieron en una conversación acerca de las lenguas que hablaban cada una. La Reina rio entre dientes cuando la joven de piel oscura habia corregido a su tía con la pronunciación del dothraki. Sin embargo, abrió los ojos con alarma al oír el grito ahogado de Missandei.

—Nada de gritos o ella muere—Un hombre vestido de Inmaculado declaró mientras presionaba un cuchillo contra la garganta de su amiga. No necesita si quiera que se quitara el casco, por el brillo en los ojos de este supo perfectamente que se trataba de Daario Naharis. Oberyn y él tenían exactamente la misma mirada para ella, una que era inolvidable.

— ¿Qué es lo que quieres? —Hermione preguntó en voz baja, alzando una mano para detener a su tía de pedir ayuda. Aun estando desnuda y mojada podía vencer al hombre joven. No por nada la llamaban la reencarnacion del Caballero Dragón.

—A usted—Daario respondió con rapidez, dando una mirada a su cuerpo en el agua.

—Déjala ir.

—No grites, joven hermosa.

—Te enviaron a matarme, ¿porque no lo has intentado? —La Portadora de Tormentas alzó una ceja con curiosidad, ignorando la mirada de hombre dirigida hacia sus pechos visibles.

—No quiero hacerlo.

— ¿Qué dicen tus capitanes sobre eso?

—Pregúntele a ellos—Daario dejó caer las cabezas de Mero y Prendhal de la bolsa atada en su espalda. Missandei y Daenerys se cubrieron la boca con horror, pero ella estaba acostumbrada a ver decapitaciones y mutilaciones por la justicia del Norte.

— ¿Por qué?

—Teníamos diferencias… filosóficas.

— ¿Sobre qué?

—Su belleza. Significaba más para mí que para ellos—Hermione alzó una ceja con extrañeza, tanto como su tía y amiga—. Mis señoras, soy el hombre más simple del mundo. Solo hago lo que quiero hacer.

—Si has venido a impresionarme con eso, no lo estás haciendo—Ella declaró con una sonrisa—. He visto cientos de hombres perder la cabeza… o peor.

—Majestad, me pidieron que la matara. Les dije que prefería no hacerlo, me dijeron que no tenía opción, les dije que soy Daario Naharis, yo siempre tengo opción. Ellos sacaron sus espadas, y yo saque la mía.

La Reina de Hielo y Fuego se puso lentamente de pie, el agua deslizándose por su cuerpo como una caricia hasta caer al piso. Missandei se acercó hacia ella mientras colocaba una bata en sus hombros para cubrir su cuerpo desnudo de la mirada del hombre que se arrastraba por cada parte de su anatomía.

— ¿Pelearías por mí? —La joven entrecerró los ojos hacia el mercenario, quien asintió con la cabeza casi de inmediato—. Júramelo.

—Los Segundos Hijos son suyos y tambien lo es Daario Naharis—El hombre declaró con tanta rapidez que logro sorprenderla. Seguramente lo hacía con la esperanza de ganar sus afectos—. Mi espada es suya, mi vida es suya—la observó directamente a sus ojos de un púrpura plateado—mi corazón es suyo.


Habia sido difícil explicarle a Ser Barristan y Ser Jorah como Daario se habia unido a su campaña, pero despues de un par de intentos de querer cortarle la cabeza al mercenario, el par de caballeros se habian calmado. Sin embargo, eso no impedía que Rhaenyra le gruñera cada vez que el joven se le acercara a la joven bruja.

—Atacar a ciudad en una declaración de guerra abierta serie una estupidez—Hermione murmuró mientras observaba el mapa de Yunkai en la mesa—. Lo mejor es enviar un grupo pequeño para que deshabilite sus defensas y abra las puertas. ¿Existe alguna entrada secundaria?

—Hay una—Daario se acercó a ella, tomando su mano para desplazarla sobre el mapa con suavidad—. Ahí, una puerta trasera. Mis hombres la usan para visitar a las esclavas. Por aquí entraremos a la ciudad, muy pocos guardias me conocen. Me dejaran entrar.

—No podemos pasar a un ejército por ahí—Ser Barristan replicó con una mala mirada hacia el joven.

—Mataré a los guardias. Llevaré a sus dos mejores hombres por los callejones, los cuales conozco bien—Daario añadió de manera sedosa, y la joven se apartó de él por instinto. Ningún hombre que no fuera Jaime tenía el derecho de tocarla de la manera en que el joven deseaba—. Como bien dijo la Reina, un grupo de asalto pequeño es mejor para abrir las puertas. Tomadas, la ciudad caerá en horas.

—O tal vez nos lleve a Gusano Gris y a mí al matadero—Era evidente que el nuevo miembro de su ejército le desagradaba al oso, especialmente por la manera en que veía a la Madre de Dragones—. Cortando la cabeza de nuestro ejército, los Sabios amos le pagaran su cuota, y ya no tendrá que repartirle en tres porque masacro a sus compañeros.

—Tiene una mente muy suspicaz—Daario replicó con la mandíbula ligeramente apretada—. En mi experiencia, solo las personas deshonestas piensan así.

Gusano Gris—La joven Reina volteó hacia el lider de los Inmaculados mientras rodaba los ojos con fastidio por la lucha de egos que habia entre ambos hombres—. Eres un lider ahora, ¿Confías en este hombre?

Confió en el—Gusano Gris le dio un asentimiento de cabeza para reforzar su punto.

—Yo los acompañare—Hermione declaró con convicción, inmediatamente, los tres hombre voltearon hacia ella como si hubiesen escuchado mal.

—Es una Reina, no una carnicera—Ser Barristan fue el primero en salir de su asombro, no porque ella fuese mujer, sino porque era una madre. Se suponía que él era miembro de su Guardia Real, y por lo tanto, debía protegerla incluso de ella misma. Eso incluía tomar decisiones que seguramente la llevarían a salir lastimada, exactamente como una de esas.

—Esta demente, seguramente no sabe cómo sostener una espada—Daario frunció el ceño hacia la joven, y su fiel abuelo dejó escapar una carcajada.

—Ella podría matarte con los ojos vendados y manos atadas, chico.

—No soy una mujer indefensa—La Rompedora de Cadenas escupió, especialmente para el resto de los hombres en la tienda—. Pueden pensar que estoy loca y me importa una mierda, pero el Caballero Dragón no me enseño a luchar para despues esconderme en una tienda como si fuese un cobarde. ¿Qué clase de Reina seria si permito que mis hombres peligren mientras yo permanezco oculta y a salvo?

—Es una hermosa convicción, pero él tiene razón—Ser Jorah señaló a Daario a regañadientes. No podía permitir que ella entrara en una lucha como esa donde seguramente la herirían—. No ha estado nunca en una batalla.

—Lo he estado desde que nací… —Hermione replicó con una mirada feroz—en medio de una guerra, entre la sal y el humo, bajo una estrella sangrante. Ser Barristan, sé que la idea no lo convence por completo, pero necesito que permanezca junto a mis hijos. A nadie más le confiaría mantenerlos seguros.

— ¿Es su decisión? —El anciano preguntó en voz baja, sabiendo que lograr que ella cambiara opinión era tan difícil como congelar el verano.

—Lo es—Ella asintió con la cabeza, compartiendo una sonrisa secreta con su querido abuelo—. Prepararé mis cosas, iremos al anochecer.


Hermione acomodó la armadura negra que habia fabricado ella misma con cristales de hielo para parecerse a las escamas de Eddarion, tan fría que el acero estallara en mil pedazos al entrar en contacto con ella. Habia trenzado su cabello sobre un hombro y colocado un circuló plateado alrededor de su cabeza para alejar de su rostro todo cabello indeseado que le cubriera la vista.

—No debió haber venido—Ser Jorah gimió en descontento a verla de pie tras Gusano Gris.

—Al oír el silbido de un pájaro entren. Mi Reina Guerrera, soy el mejor silbando—Daario le enseño los labios de manera insinuante, y la joven solo parpadeó lentamente sin sentir ninguna clase de tentación por el hombre apuesto.

Ella asomó la cabeza detrás de una carreta mientras veía al joven plantarle frente a un guardia de la puerta, el cual permitió que este entrara despues de cruzar unas pocas palabras. Al escuchar el silbido de ave, los tres entraron de manera cautelosa. No le sorprendió ver a los guardias asesinados en tan poco tiempo, ella habia visto al mismo Caballero Dragón luchar despues de todo.

—Eso fue rápido—Daario murmuró sentado sobre una carreta, limpiado su arma despreocupadamente—. ¿Impresionada, mí Reina?

—He visto mejores.

—Tal vez haya otros—Ser Jorah inspeccionó el lugar con la mirada.

—Lo dudo, los yunkios prefieren que sus esclavos peleen por ellos.

A penas hubo terminado la frase una horda de guerreros aparecieron de todas la direcciones. Los tres hombres inmediatamente tomaron una posición defensiva mientras la empujaban al centro del triángulo que había formado con sus cuerpos. Ella no necesitaba ser protegida de ninguna manera. Habia sido entrenada en combate por el caballero más grande y famoso de los Siete Reinos y era capaz de arrancarle la cabeza a un hombre tan solo con la fuerza de sus piernas.

Hermione apretó los dientes mientras daba un salto hacia atrás en el aire, lanzando cuchillos de hielo desde sus manos en un ángulo tan perfecto que giraron en círculo por toda la plaza, cortándoles el cuello a los soldados que se acercaban. Ella les dio una mirada de suficiencia al trio de hombres machistas, bufando por el asombro en el rostro de cada uno.

Tiró de sus manos hacia atrás ligeramente y cerró los ojos para concentrarse. Una espada de fuego apareció en su mano derecha, brillando con tanta fuerza que le daba la impresión de que la oscuridad huía de ella. Le habia costado perfeccionar el truco para crearla, especialmente porque estaba más familiarizada para crear hielo, pero se habia sentido orgullosa cuando lo habia hecho. La balanceó en su mano con habilidad, lista para arremeter contra los soldados que llegaran.

Ella avanzó con confianza, sonriendo cuando los hombres se habían encogido de miedo por la espada de fuego rojo, como las llamaradas de Vhagar, pero que cambiaba de color con bastante frecuencia. El mundo se desdibujó ante sus ojos impresionantes y lo único que mantuvo en mente eran las sabias palabras que Aemon le habia enseñado ante un combate.

Estaba orgullosa de él, y honraría a cada segundo los conocimientos que este le habia dado. Le enseñaría a sus hijos los movimientos en combate que el mismísimo Caballero Dragón le habia dado.

Aterrizó con la punta de la espada clavada en el piso en un giro rápido, respirando con profundidad para recuperar el aliento. Observó por el rabillo del ojo a sus acompañantes con los ojos tan abiertos como platos.

—Ríndase—Hermione se puso de pie con la espada en la mano, la cual lanzaba llamas al aire como un verdadero incendio. Aún le resultaba increíble ser fuego ademas de hielo, y que ninguno de los dos pudiese hacerle daño—. Ya—los soldados tragaron saliva con nerviosismo y lanzaron sus armas al piso mientras caían de rodillas ante ella—. Eso fue fácil—giró hacia su trio de acompañantes.

— ¿Quién…? —Ser Jorah respiró.

—El Príncipe Aemon Targaryen, el Caballero Dragón—La joven declaró con orgullo y sin titubear un momento ante su maestro. La espada de fuego en su mano despareció con lentitud, y la oscuridad de la noche pareció lanzarse sobre todos nuevamente—. Puede pensar que estoy loca, Ser Jorah. No me importa.

Alzó la mano en el aire y detuvo una flecha que iba dirigida a la cabeza de Gusano Gris cerrando su palma sobre ella a unos pocos centímetros del lider de sus Inmaculados. Le palmeó un hombro con simpatía antes de salir de la ciudad en dirección a su tienda para encontrar a sus bebés, a sus trillizos de la Tormenta.

Le causaba gracia. Al parecer, los Targaryen estaban bastante ligados a las tormentas, la primera siendo Daenerys y despues sus hijos. Ella era la única de la sangre del dragón que mantenía un título especial ademas de una tormenta. Pero la tormenta era suya para controlarla.


No sabía como describir lo que sentía, pero era la misma sensación que habia tenido en el corazón cuando su tío Ned habia muerto.

Habian pasado pocos días despues de que sus dragones habian nacido. Hermione permanecía en la tienda de Robb con su tía Catelyn discutiendo la decisión de estos de vender a Arya a los Frey como pago para cruzar los Gemelos. Estaba furiosa con ellos por entregársela a esa clase de personas. Walder Frey solo era un viejo pervertido y lujurioso que haría lo que fuese para conseguir poder, y sus hijos o nietos no debían ser mejores. De esos tenía al menos dos docenas.

Theon habia entrado en medio de la discusión con una carta sellada en las manos, y a ella solo le faltó darle una mirada a su primo para saber que habia sucedido. Su mente se habia desconectado del mundo y solo habia salido de la tienda caminando, incluso cuando llegó al borde del lago congelo el agua para continuar su caminata con cada pisada.

Y no lo pudo resistir más. Hermione gritó con todas las fuerzas que tenía mientras caía sobre sus rodillas, con cada una de sus manos emanando hielo y fuego en una explosión mil veces peor que el fuego salvaje. La habrían escuchado, de no ser porque el cielo se oscurecido con una tormenta tan negra como la noche, y un rayó que hizo temblar la tierra cayó su grito. Un remolino de nieve se habia formado a su alrededor como un tornado mientras enviaba el invierno a las planicies cercanas.

Pero no podía ser tan débil, por su debilidad su tío habia muerto. Se habia levantado del suelo sin saber qué hacer, con los puños tan apretados que sus nudillos estaban completamente blancos. Pero, de pronto, recordó las palabras en la carta que le habia enviado el Maestre Aemon:

El amor puede descongelar incluso un corazón congelado.

Maggy, la Rana le habia dicho que sus emociones dominaban su magia, y supo que hacer para frenarlo todo. El amor era solución para aprender a descongelar lo que habia creado, porque era la emoción más cálida de todas. Alzó las manos a sus costados y el invierno frenó su poder, y todo el hielo voló hacia el cielo para formar un copo de nieve, y cuando estalló, las luces del Norte aparecieron.

El invierno no solo era frío y muerte, era una belleza pura y etérea si se sabía buscarla. Ella era hielo y fuego, quien podía dominar el invierno y el verano, y ya habia sido la hora de ser la ser la Reina de Hielo y Fuego.

Hermione observó a Rhaenyra llorar en un rincón, si se le podía decir llorar. La loba huargo gemía lastimosamente a cada segundo con la cabeza en el piso, acurrucada sobre sí misma como una larva. Ella se acercó al animal que era el emblema de la Casa Stark lentamente, y se arrodilló a su lado mientras colocaba las yemas de sus dedos en el hocico de esta. Rhaenyra era más perceptiva de lo normal, sabía cuando sucedida algo importante, bueno o malo.

Tenía el presentimiento de saber lo que pasaba, principalmente porque Eddarion chillaba sin parar, como si estuviera llorando.

— ¿Qué les pasa? —Daenerys preguntó desde una silla en la tienda. Estaban esperando que el pueblo de Yunkai se alzara el mismo en contra de los esclavistas, asi solo deberían presentarse a las puertas para reclamar la ciudad.

Era evidente que los hombres aún no podían creer que la Reina, ella misma, habia aniquilado a un escuadrón de soldados completamente sola mientras ellos solo la observaban alli, parados como idiotas. Era demasiado rápida y mortal, como el Príncipe Aemon, y aunque conocieran los legendarios movimientos del Caballero Dragón aun no podían creer como alguien que llevaba más de un siglo muerto se los habia enseñado.

—No se asusten—Hermione pidió en un susurro, sus ojos completamente vidriosos mientras luchaba por no llorar. Casi lo podía ver, pero no estaba segura, hablándose de magia, nada era seguro. Solo rezaba para que esta vez se equivocara.

Presionó la palma contra el hocico de Rhaenyra, y respiró con fuerza mientras sus ojos se tornaban completamente blancos. Le habia costado descubrirlo, pero al parecer, era un verdevidente o huargo, no estaba segura de cual aún. Habia investigado en libros antiguos en las bibliotecas de cada fortaleza que habia visitado, pero habia descubierto los ancestrales poderes de los Niños del Bosque antes de la llegada de los Primeros Hombres. Parecía que la magia la habia elegido por completo, dándole todos los poderes de su sangre: la magia ancestral de las tierras del Norte y la magia de Valyria.

Al llamarla Magicborn no podían haber acertado mejor.

Hermione gruñó de dolor mientras sujetaba su cabeza al salir de la visión horrible y completamente cruel. Cayó sobre sus rodillas con la triste mirada de Rhaenyra sobre ella. Permaneció mortalmente quieta con los labios ligeramente separados. A penas podía respirar o parpadear, estaba demasiado sorprendida para eso. Rhaegon chilló con fuerza e intentó acariciarla con la punta de su hocico mientras asomaba la cabeza por la entrada de la tienda, pero ella ni siquiera se movió un centímetro.

Ser Barristan inmediatamente supo que algo sucedía por el aura visiblemente azul alrededor de la Portadora de Tormentas, tan fría como un viento de invierno. Se arrodilló frente a ella mientras la sujetaba del rostro para obligarla a verlo.

— ¿Qué vio? —El anciano preguntó en voz baja, ignorando el frio congelante que rodeaba a su Reina. El sabía lo que ella era, la habia visto entrar en la mente de su loba antes, pero mucho más inexperta porque necesitaba dormir para hacerlo—. Hermione, mírame.

—Los mataron—Ella susurró en voz baja.

— ¿A quién?

—A Robb, a su esposa embarazada, a Catelyn—La joven susurró mientras todos los demás la observaban con extrañeza—. Walder Frey los vendió a los Lannister. Roose Bolton lo apuñalo en el pecho y despues le cortaron el cuello a mi tía, la obligaron a verlo morir primero. Despues le cortaron la cabeza al cuerpo muerto de Robb y cosieron la Viento Gris en su lugar, lo pusieron sobre un caballo para desfilar por el camino mientras gritaban: "Rey en el Norte".

Ser Barristan abrió los ojos y le dio una mirada a la loba, quien asintió con la cabeza como si confirmara las palabras de la Emperatriz de Invierno. El anciano inmediatamente la abrazó con fuerza por los hombros, y ella escondió la cabeza en el hueco de su cuello. Tenía que controlarse por sus hijos, si estallaba como cuando se habia enterado de la muerte de su tío Ned podría matar a todo su ejército, incluidos sus hijos.

— ¿Cómo puedes saberlo? —Daenerys respiró con sorpresa y extrañeza. Era imposible que ella hubiese visto algo que habia pasado al otro del mundo.

—Verdevidencia—Hermione apretó los puños mientras se ponía de pie. Seguramente esperaban que una tormenta oscureciera el cielo, pero esta no lo haría. Guardaría toda la rabia para cuando regresara a Poniente; obligaría a la perra de Cersei a ver morir a sus hijos como Catelyn, sin que pudiera hacer nada para detenerlo. Despues, la torturaría ella misma junto al desgraciado de su padre—.Vamos a las puertas de la ciudad.

—Mi Reina—Ser Barristan comenzó, sabiendo que ella estaba conteniendo el dolor.

— ¡Ya dije! —La Madre de Dragones exclamó saliendo de la tienda como un incendio.

Poco despues, todo el ejército de Inmaculados estaba de pie tras ella a las puertas de Yunkai. Estaba situada en lo alto de una roca para tener una mejor vista de la ciudad, con sus aliados un poco más abajo. Daenerys y Missandei la observaban con tristeza, pero con admiración de ver que ella no se habia roto al saber lo de su familia. Estaba decidida a hacer pagar a los Lannister, ya tenía otra razón para ello.

Primero la Casa Targaryen, despues su tío, y ahora la Casa Stark.

Aniquilaría a cada uno de ellos, y después marcharía a Roca Casterly para derretirla con fuego de dragón. No quedaría nada de los leones, se encargaría de borrarlos de la historia para siempre. Sus hijos llevaban la sangre de Jaime Lannister, pero como el estúpido seguramente estaba follando a su hermana en ese mismo momento estos llevaban el apellido Targaryen.

Alzó la cabeza estoicamente cuando las puertas se abrieron y los esclavos emergieron desde Yunkai. Los Inmaculados tomaron posiciones de defensa de manera inmediata frente a ella, con sus hijos situados a sus pies chillándoles.

Ella es Hermione Targaryen—Missandei dio un paso hacia adelante, alzando la cabeza con orgullo hacia su amiga por mantenerse tan fuerte despues de ver lo que le habia sucedido a su familia—. La nacida de la magia, la Que no Arde, Reina de los Siete Reinos de Poniente, la Portadora de Tormentas, la Madre de Dragones. Es a ella a quien le deben su libertad, quien lucho personalmente por ella.

—No—Hermione dio un paso hacia adelante, colocando una mano en el brazo de su amiga de piel oscura para detenerla—. No me deben su libertad. No se las puedo dar. Su libertad no es mía para entregárselas. Les pertenece solo a ustedes. Si la desean, deben luchar por ella ustedes mismos. Todos y cada uno, yo solo puedo prometerles luchar a su lado cuando decidan reclamarla.

Ella alzó la cabeza esperando algún tipo de acto, pero todos los esclavos la observaban mortalmente callados. Sin embargo, abrió los ojos cuando un hombre con una niña en brazos comenzó a gritar una palabra en un idioma extraño para ella. Poco despues, todos los esclavos a sus pies se unieron a la exclamación.

— ¿Qué significa? —Preguntó hacia Missandei con curiosidad.

—Es antiguo Ghiscari, Majestad—La joven respondió con una pequeña sonrisa—significa… Madre.

Los esclavos avanzaron hacia los Inmaculados con la intención de acercarse a ella, pero estos levantaron sus lanzas para detenerlos.

—Está bien. Ellos no me harán daño—Hermione levantó una mano hacia sus aliados mientras descendía los escalones de la roca con lentitud.

Avanzó lentamente mientras los esclavos abrían un camino hacia el centro, extendiendo sus manos hacia ella para tocarla como si fuese su salvadora, gritando la palabra en antiguo Ghiscari sin parar. Por la Casa Stark y por sus hijos se convertiría en la verdadera Reina de Hielo y Fuego, y cambiaría el mundo a su paso. Ya no sería el mismo despues de su muerte, sería su regalo para sus nietos y descendencia.

Hermione sujetó el cuello de dos esclavos hombres cuando estos la habian alzado sobre sus brazos para sentarla sobre sus hombros. Todos exclamaron Mhysa mientras la hacían girar para ser alabada por los esclavos sonrientes, con esperanza y fe en ella. Alzó los brazos para rozar las manos de cada uno con una sonrisa triste en su rostro, prometiéndose a sí misma recuperar lo que le pertenecía por sus Casas: Targaryen y Stark.

Alzó la vista al cielo cuando sus dragones cruzaron sobre ella, danzando en el aire para su madre. Una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla al recordar a Robb y Catelyn, a toda su familia.

Los Targaryen eran el fuego y los Stark el hielo, esa era su vida. Ella era hielo y fuego gracias a ellos, a su sangre.

Abrió los ojos con sorpresa cuando Vhagar y Eddarion escupieron sus respectivos elementos en la dirección del otro. En una primera instancia pensó que estaban luchando, pero cuando el hielo y fuego chocaron entre sí estallaron en una explosión de color purpura en medio de ambos dragones.

Una neblina de color índigo se formó en el cielo, crepitando como relámpagos. Ella alzó las manos con ante la mirada de sus hijos, y supo que era un regalo para ella, intentaban decirle algo. Cerró los ojos con un suspiro para darse fuerzas. Quizás no las tenía ella sola, pero las tendría por sus hijos, por su familia, por su tío Ned.

Al abrir los ojos, sus iris brillaban poderosamente de color purpura. Levantó las manos con los labios ligeramente separados, y sonrió cuando el aliento de sus hijos formó dos remolinos en el aire.

El emblema de sus Casas apareció en el cielo. Un lobo huargo gruñendo hecho de hielo aulló con todas sus fuerzas mientras que el dragón tricéfalo de los Targaryen abria todas sus fauces con un poderoso rugido.

Le dio una mirada a su tía, quien observaba maravillada su acto de magia al igual que todos en Yunkai. Le prometió con la mirada recuperar los que les pertenecía por su familia. Hermione alzó una pierna mientras se elevaba en el aire sobre los esclavos de Yunkai por sus propios medios, a un par de centímetros de ellos. Sus hijos chillaron con orgullo de su madre, y todos la observaron como si fuese una verdadera Reina Dragón, más que todos los reyes antes que ella.

Ella era un legítimo dragón, y los dragones volaban.

Era quien era.

Era hielo y fuego.

Era una Targaryen y una Stark.

Por ambos lo haría.


¡Espero sus comentarios!

Bueno, algunos deberán haber intuido cuantos hijos tendría. Di una pista en el primer capitulo de mi historia anterior. Aemon, Visenya y Rhaegar, un dragón de tres cabezas.

Hermione comienza a tomar el lema de la Casa Targaryen con mas fuerza, pero con hielo y magia añadido. Ella piensa que no tiene la fuerza, pero la tendrá para devolverle a su familia la gloria.

Cuídense Lannisters porque es de la Reina de Hielo y Fuego a quien deben temerle.