Disclaimer: La serie de HBO: Juego de Tronos no me pertenece, ni tampoco lo hace la novela "Canción de hielo y fuego" del estadounidense George R. R. Martin.


The Queen of Ice and Fire

Capitulo 3:

Una Reina Dragón


Hermione observó el océano frente a ella con tristeza, deseando estar en Invernalia junto a su familia otra vez. Estaba sentada en la parte superior de una roca con la cabeza de su hijo negro en el regazo mientras la acariciaba con suavidad. Junto a ella, se encontraba un delicado antifaz hecho de hielo que habia fabricado días antes para controlar sus poderes de verdevidencia.

Necesitaba concentrarse en algo más que en la muerte de su primo, pero no podía hacerlo. Se habia puesto como meta encontrar una forma de controlar las visiones para mantenerse consciente del mundo a su alrededor mientras estuviera en ellas, y esa era la mejor idea que habia tenido. Le habia costado perfeccionar la forma, pero finalmente lo habia logrado.

Era un antifaz sumamente delicado que abarcaba su rostro desde las mejillas hasta la frente para cubrirse únicamente los ojos, los cuales se tornaban completamente blancos aún, pero al menos mantenía consciencia de donde se encontraba físicamente. En forma, se asemejaba a delicadas plumas, pero mucho más brillantes y diamantinas.

No deseaba deprimirse al pensar en la caída de la Casa Stark, no cuando ella tenía el poder de causar la peor tormenta en la historia con solo sentir un poco de rabia. Aun así, habia visto lo que Tywin Lannister habia hecho gracias a su maldita curiosidad. Sintió más impotencia que nunca al ver al desgraciado refundir a Hielo para crear dos nuevas espadas más como regalo para los Lannister.

Un espadón de acero valyrio representaba la vida y poder de una Casa, era completamente invaluable ante el mundo. Hielo habia sido ese símbolo por siglos para los Stark, significaba lo mismo que Fuegoscuro y Hermana Oscura para los Targaryen, y ese maldito la habia destruido sin dudar un segundo para tener una espada de acero valyrio otra vez en su horrorosa Casa. Los Lannister habian perdido la suya a causa de un Rey de la Roca estúpido que habia ido a meterse donde nadie regresaba.

Desde que lo habia sentido, Rhaenyra se veía aún más feroz de lo normal, y como guardiana de sus hijos no permitía que nadie se les acercara más que ella misma, su tía y Missandei. Hermione habia perdido a su tía y primo, pero la loba habia perdido a un hermano. En cierto modo le agradaba que la loba huargo fuera tan protectora de sus bebés, así podía respirar tranquila porque que ellos estarían seguros bajo su cuidado.

Sus hijos eran lo único que impedían que marchara ella sola a Poniente y derrumbara la Fortaleza Roja con solo relámpagos, para despues sacar a Joffrey, Cersei y Tywin de las ruinas para torturarlos frente al ejercito de los leones. Sus bebés eran Lannister por sangre, pero eran Targaryen gracias a ella. Llevaban su apellido y no el de Jaime. Jamás lo llevarían.

—Lo siento, Rhaegon—Ella susurró suavemente cuando el dragón habia acercado su hocico hacia su rostro—ya no puedes dormir en mi cuello.

De los tres dragones, Rhaegon era el más cercano a su madre. Él habia sido el que jamás se separaba de ella cuando era un bebé, el que siempre estaba acurrucado en el hueco de su cuello como si fuese una cueva de protección pura. A simple vista, alguien solo podría haber pensado que solamente se trataba de un collar de metal negro en forma de dragón, pero el pequeño solo terminaba escupiendo fuego negro para demostrar que estaba vivo.

—Si no fuese por ustedes… —Ella recargó su frente contra la de su hijo mientras contenía las lágrimas. Vhagar y Eddarion aterrizaron a su lado mientras se acercaban—. Sería más fácil si alguno de ellos estuviera conmigo, pero ahora todos están muertos o desaparecidos. Tengo a Daenerys, pero me siento más sola que nunca. Si… si tan solo hubiese alguien más como yo en el mundo, me sentiría mejor… creo. No es fácil ser hielo y fuego, tener tanto poder en las manos y estar sola con él.

Hermione observó a sus tres hijos extrañamente, entrecerrando los ojos cuando estos habian compartido una mirada secreta, de la misma clase de mirada con la que alguien se veía cuando sabían algo que otro no. Eddarion inclinó la cabeza hacia la roca y empujó suavemente el antifaz mágico hacia ella mientras chillaba, como si le suplicara que se lo pusiera porque necesitaba ver algo importante.

Habia abandonado las visiones hace semanas, ya no queria seguir viendo la imagen de su primo morir una y otra vez, pero esa vez era diferente. Sus hijos eran extremadamente perceptivos y tendían a intuir el peligro antes de que algo malo sucediera, lo mismo con Rhaenyra. Con las manos temblando ligeramente, colocó el material frío contra su piel.

Hermione observó con extrañeza el bosque donde se encontraba, aún podía sentir como sus tres hijos en el plano físico formaban una pared de defensa para su madre. Era uno de los bosques del Norte, lo sabía porque ahí habia crecido y los conocía a la perfección por sus prácticas de tiro con arco en ellos.

Lograba escuchar voces masculinas a la distancia, y caminó hacia ellas escondiéndose detrás de los arboles con cautela.

— ¿Quién eres tú? —Preguntó cuándo vio a un joven con el cabello castaño dorado rizado de pie junto a un árbol, observando hacia las alturas como si estuviese esperando a alguien caer de ellas—. ¡Bran! —exclamó al borde de las lágrimas y corrió hacia él con la misma gracia de un gigante.

Quizás era tan solo un recuerdo lejano o una visión, pero al menos eso era mejor que nada.

— ¿Hermione? —Su pequeño primo preguntó con sorpresa, mortalmente quieto mientras su prima lo abrazaba con fuerza—. ¿Esta es otra visión? —preguntó hacia el joven desconocido, quien negó con la cabeza, aunque tenía la boca ligeramente abierta de sorpresa.

—No es una visión. Estás vivo, puedo sentirte—Hermione se quedó sin aliento, palpando el rostro de su cachorro con las manos. Normalmente, cuando veía cosas por medio de la verdevidencia, atravesaba a las personas como un fantasma, pero a Bran podía tocarlo perfectamente.

— ¿Cómo estás aquí? —Bran se quedó sin aliento, al igual que ella mientras el joven desconocido los observaba incómodamente.

— ¿Cómo tú estás aquí? —La joven Targaryen replicó con el ceño fruncido. Que le sucedieran cosas extrañas o tuviese visiones era algo normal en su vida, pero que Bran estuviese allí por sus propios medios era lo extraño—. Ese cuervo otra vez, el anciano en el árbol está cerca—murmuró al ver a un cuervo de tres ojos posado en una rama, observando al trio con satisfacción.

— ¿Qué dijiste? —El joven de cabello castaño preguntó con los ojos abiertos.

—Eres un verdevidente—La Portadora de Tormentas se quedó sin aliento otra vez—. Estás vivo, pero no sé dónde está tu cuerpo físico. El plano mágico de las visiones es demasiado inestable. Estás… cerca del Muro—gruñó gracias al dolor de forzar las visiones para localizar a su cachorro.

—Tu… —Bran murmuró con la vista fija en los ojos impresionantes de su prima—. ¿Tu como lo sabes?

Hermione tiró de su pequeño primo y el chico desconocido detrás de ella cuando escuchó el sonido de las ramas romperse. Permanecer tanto tiempo en un plano mágico como ese era peligroso, porque nadie podía decir con certeza qué clase de peligros habrían en él. Aun no sabía cómo estaba allí con Bran y ese joven, pero sus instintos maternales salieron a flote de manera instantánea para protegerlos a ambos.

— ¿Qué haces aquí? — La joven preguntó con un gruñido de irritación al ver a Aemon Targaryen sentado despreocupadamente sobre la rama de un árbol.

—Una Reina de Hielo y Fuego, ¿no te lo dijeron? —Él replicó con una sonrisa burlona, y ella frunció el ceño por las palabras de Maggy la Rana en su niñez—. Ha pasado algún tiempo, Hermione—continuó de manera melancólica, pero aun así no liberó a su primo y al chico de su agarre. Esa vez habia algo extraño en el aire, ella podía sentirlo—. No estás sola en el mundo. Ninguno ha entendido lo que el Cuervo de Tres Ojos intenta decirles.

— ¿Quién es él? —Bran le preguntó en un susurró.

—El Caballero Dragón.

—Hay ciertas personas que aman tanto en vida que pueden trascender los límites de la muerte—Aemon se puso de pie y se acercó lentamente hacia ellos—. Ninguno ha visto lo más importante de todo. Es lo que el cuervo de Tres Ojos quiere decirles, pero el viejo es un amante del misterio, jamás se los diría sin alargar la historia.

— ¿Qué verdad? —El chico preguntó con extrañeza. El tambien debía sentir lo mismo que ella, lo cual la sorprendió.

—No eres la única persona en el mundo que es hielo y fuego—Aemon continuó, y ella le hizo una seña al joven para que lo escuchara. Él intentaba decirle algo, ella lo sabía despues de tanto tiempo de conocerlo—. Ocultarte a ti era difícil, eres demasiado parecida a un Targaryen como para mentir. El creyó que era mejor decir la verdad, Robert no te haría daño al ver cuánto te parecías a Lyanna. Pero él era perfecto, no habia nada en él que indicara quien era su padre. Aun sin saberlo ambos lo supieron con el tiempo.

— ¿De qué estás hablando? —La joven pudo sentir el cambio en el ambiente inmediatamente, como si el frío se hubiese ensañado con ellos de manera repentina.

—Daenerys es mayor que tú, ella es fuego. Él es el menor, el hielo. Pero tú estás entre ambos, eres hielo y fuego junto a él, pero tú lo eres más—El caballero murmuró mientras recargaba la cabeza contra un árbol, actuando tan melancólicamente como si fuese la última vez que veías a alguien—. Eres inteligente, ¿aún no lo comprendes? —Ella observó a los jóvenes a su lado, quienes lucían como si intentaran comprender las palabras del hombre con toda su fuerza—. Llegará el día cuando la vida y la muerte se enfrenten. Solo quien haya nacido del hielo y el fuego bajo una estrella sangrante en medio de la sal y el humo podrá detenerlo. Ese guerrero será Azor Ahai renacido, y en su mano alzará a Dueña de la Luz, la espada de fuego de los héroes.

Hermione dio un paso hacia atrás con alarma, como si le hubiesen lanzado un balde de agua a la cabeza. El frío y el calor jamás le habian hecho daño, pero en ese momento sintió el peso del mundo sobre sus hombros.

—Son solo niños aun. Desearía que no les sucediera algo como eso, pero él lo sabe y ya ha tomado la decisión—Aemon fijo la mirada en ambos jóvenes, observando especialmente al chico desconocido—. Ninguno de los dos podría hacerlo solo, Hermione. Han estado juntos desde el útero y así sera toda la vida. Aunque nadie se los haya dicho ambos lo sintieron, un tipo de conexión que nadie en el mundo puede explicar.

—Yo… —La joven susurró aturdida.

—Encuentra a tu gemelo.

Hermione gimió con fuerza y alejó el antifaz mágico de sus ojos. Respiró erráticamente para recuperar el aliento mientras Vhagar la sostenía colocando su cabeza bajo ella. Los ojos de Eddarion, como estrellas azules, la observaron con tristeza, como si él hubiese sabido lo que ella vería en esa visión y sintiera culpa por obligarla a hacerlo.

No tenía idea de que pensar ante las palabras de Aemon. Por un lado tenia esperanza gracias a Bran, por sentir que él estaba vivo en algún lugar del Norte y que estaba acompañado en su travesía. Por el otro estaba en shock.

Era imposible que tuviese un hermano gemelo. Si ella lo tuviese, su tío se lo abria dicho antes que nada en el mundo. Él jamás le habría ocultado algo tan importante en su vida, mucho menos un hermano. Aemon debía estar desvariando o eran simples ilusiones para confundirla aún más de lo que ya estaba. La única persona en el mundo que consideraba su gemelo era Jon, pero ambos eran tan distintos en apariencia que era imposible que fuesen gemelos de sangre.

No podía ser cierto que tuviese un hermano. Era completamente imposible.

Sacudió la cabeza con furia para alejar ese pensamiento de su mente. Era difícil saber las intenciones de Aemon de vez en cuando, pero estaba segura de que solo buscaba confundirla con ellas.

Se puso de pie con los puños apretados, furiosa con el Caballero Dragón mientras descendía las rocas para reunirse con su ejército. No podía permitirse pensar en delirios de un hombre muerto hace más de un siglo que habia visto en una visión mágica. Era estúpido dejarse llevar por sueños y visiones que estaban llenas de misterio e intrigas.

—Ser Barristan—Hermione saludó al anciano de pie en medio del camino formado por los Inmaculados—. ¿Dónde está Gusano Gris? —preguntó con el ceño fruncido hacia sus aliados.

—Apostando con Daario Naharis, Majestad—El anciano respondió con una sonrisa divertida, y ella siguió la mirada de su tía hasta el final del ejército de Inmaculados.

Hermione suspiró con irritación y se encaminó en búsqueda del par de idiotas, con ambas mujeres siguiéndola de manera inmediata. Definitivamente, ese era un día desastroso para ella.

La joven inclinó la cabeza hacia las agradecidas personas que gritaban "Mhysa" cuando ella pasaba a su lado. Pero pateo el suelo con impaciencia cuando vio a los dos líderes de sus fuerzas mantener sus espadas en alto en un concurso por algún motivo estúpido.

— ¿Cuánto llevan así? —La joven preguntó mientras rodaba los ojos.

—Desde la medianoche, Majestad.

—Es más fuerte de lo que parece, pero sus brazos comienzan a temblar—Daario declaró una vez que ella se habia detenido entre ambos.

— ¿Cuál es el precio de que ambos decidan comportarse como idiotas? —Tal vez, si hubiese estado de mejor ánimo, hubiese sido más gentil y educada, pero era un terrible día para ella.

—El honor de cabalgar a su lado de camino a Meereen.

—El… honor le pertenece a Ser Barristan y Missandei, ya que ninguno de los me ha hecho esperar esta mañana—Hermione respondió con irritación—. El que lo desee puede ir junto a Daenerys o cabalgar en la retaguardia junto al ganado.

— ¿No practicara el vuelo otra vez? —Daario replico de manera inocente, y ella entrecerró sus ojos, ofendida. No estaba orgullosa de caerse como una estúpida la primera vez que habia intentando utilizar el fuego para impulsarse del suelo. Habian sido unos pocos metros de altura, pero Daario habia sido el primero en llegar a socorrer a la magullada Reina, alzándola en sus brazos al estilo nupcial. Eso solo la habia hecho sentirse aún más avergonzada. No porque le atrajera, sino porque la habian visto fallar.

—Quizás practique quemar a alguien hasta los huesos—Ella añadió de manera insinuante, y acto seguido volteó para encaminarse hacia sus dragones que volaban en lo alto de las rocas otra vez.


Hermione apretó los dientes con nerviosismo mientras cruzaba sobre una serie de rocas cercanas a la bahía. Sus hijos volaban cerca de ella mientras la observaban esperando que cayera del cielo seguramente, pero ese día estaba tan molesta que su rabia alimentaba al fuego. Mantuvo sus manos apuntando hacia al suelo a cada momento mientras tenia los brazos en los costados.

El viento soplaba su cabello hacia atrás con frescura, y ella solo cerró los ojos por la sensación deliciosa. No habia nada mejor que volar cuando ya se tenía una relativa experiencia y no caías como una idiota frente a los hombres que la seguían como a una Reina. Aún necesitaba lanzar el fuego al piso para elevarse, pero ya en vuelo solo debía mantenerse concentrada en mantenerlo ardiente.

Lanzó un par de llamaradas al suelo para mermar la caída, levantado una nube de polvo mientras alzaba los brazos con burla hacia sus hijos.

—En su cara—La Portadora de Tormentas murmuró entre dientes mientras se acercaba a Missandei. Necesitaba saber qué clase de ciudad era la que conquistaría en esa oportunidad—. ¿Has estado en Meereen?

—Muchas veces, Majestad. Con el maestro Kraznys—La joven respondió, y la bruja le hizo un gesto para que continuara—. Dicen que mil esclavos murieron construyendo la gran pirámide de Meereen.

—Una ciudad construida con la sangre y las lágrimas de su pueblo—La Madre de Dragones musitó con los ojos cerrados, suspirando con rabia ante los crímenes cometidos allí—. Ahora un ejército de antiguos esclavos marcha a sus puertas. ¿Los amos estarán preocupados?

—Si son listos, Majestad—La joven respondió con una pequeña sonrisa, y la bruja le acaricio el brazo con simpatía. Sin embargo, rodó los ojos cuando vio por el rabillo del ojo a Daario acercarse a ambas con las manos en la espalda.

—Se te dijo que cabalgaras junto a mi tía—Hermione le recordó con suficiencia.

—Sí, mi Reina Guerrera, pero la señora Daenerys está junto a sus hijos—La joven rodó los ojos por el título de "Reina Guerrera". Ella sabía cómo manejar un arma y podía defender a su pueblo. No era una gran hazaña a sus ojos—. Debo hablarle de algo importante, un asunto de estrategia—el hombre le dio una mirada a su amiga, y esta asintió con la cabeza hacia ella mientras se marchaba del lugar.

— ¿Cuál es el asunto tan importante?

—Una rosa del atardecer—Daario colocó frente a ella una rosa azul, tan parecida a una rosa de invierno que casi causó que se conmoviera ante el recuerdo de su madre—. Esta se llama lazo de dama—colocó un flor blanca a sus ojos, más pequeña y seca que la anterior—. Pensé que debía conocer la tierra antes de gobernarla; sus plantas, sus ríos, sus camino, su pueblo. El té de rosa alivia la fiebre, todos en Meereen lo saben, en especial los esclavos que deben hacer el té. Vivió toda su vida en Poniente. Si quiere que la sigan debe ser parte de su mundo—le enseño una flor naranja—. Arpidorada, hermosa, pero venenosa.

El hombre colocó las flores juntas para formar un ramo de colores irregulares, el cual colocó frente a su rostro de manera insinuante. Hermione alzó una ceja con elegancia ante ellas, y solo recibió la rosa azul en sus manos. Seguramente él deseaba seducirla con sus acciones, pero se habia jurado a sí misma que jamás volvería a permitir a otro hombre en su corazón. Ya se habia equivocado lo suficiente al amar a un hombre que prefería a su propia hermana antes que a ella.

—En Poniente existen las rosas de invierno, las favoritas de la Doncella Lobo—Hermione murmuró mientras se encaminaba hacia el frente de la caravana con la rosa entre sus dedos. Habia sucedido algo porque los Inmaculados se habian detenido de improvisto.

— ¿Quién? —Daario preguntó con curiosidad, siguiéndola de manera inmediata.

—Mi madre, Lyanna Stark—La joven respondió como si fuese obvio.

La Portadora de Tormentas tragó saliva mientras se abria paso entre los Inmaculados, su vista fija en la pequeña niña crucificada en el camino como si fuese un trofeo de guerra. Se detuvo frente a ella mortalmente quieta. Ella era una madre, y no podía imaginar el dolor que alguna mujer sentía por la pérdida de esa niña.

—Hay uno a cada kilómetro de aquí a Meereen—Ser Jorah bajó la mirada hacia el piso.

— ¿Doscientos sesenta y dos niños muertos?

—Les diré que se adelanten y los entierren—Ser Barristan ofreció, seguramente intuyendo lo que ella pensaba como una madre con tres hijos, o seis.

—No lo hará. Veré cada uno de sus rostros—La joven escupió con rabia. Esos niños habian muerto por su culpa, como una advertencia de los amos de Meereen para ella—. Quítenles los collares antes de enterrarlos.


Hermione observó las puertas de Meereen desde una colina mientras marchaba junto a su ejército. Missandei efectivamente tenía razón, al menos mil esclavos debían de haber muerto para construir la gigantesca pirámide que se alzaba en el centro de la ciudad con una gran arpía de oro sobre ella. Rhaenyra gruñó en voz baja, pero la joven le acaricio el cuello para calmarla mientras desmotaba.

Avanzó lentamente por la entrada, observando en las alturas de las puertas a esclavos y esclavistas observando a los visitantes. De pronto, las puertas se abrieron y un solo jinete emergió de ellas para indicarle que no debía preocuparse porque fuese un ataque de gran envergadura.

—El campeón de Meereen, mi Reina—Ser Barristan añadió desde su espalda, y la joven alzó una ceja por los vítores de las personas en las alturas—. Quieren que envíe a su campeón contra él.

La Portadora de Tormentas observó como el hombre desmontaba su caballo mientras comenzaba a gritar en un idioma desconocido para ella. Solo rodó los ojos con fastidio cuando el estúpido habia sacado su verga para orinar en su dirección con burla.

—Dice que somos un ejército de hombres sin… partes de hombres—Missandei tradujo torpemente las palabras del campeón de la ciudad, las cuales debían ser cientos de veces más insultantes—. Dice que usted no es una mujer, sino una puta dragón que… folla a los leones.

—Ignórelas, Majestad. Son palabras sin sentido—Ser Barristan sabía que oír eso la hería en cierto modo, porque el dragón se habia enamorado del león como una completa estúpida.

—Tienen sentido si la mitad de las personas de la ciudad que tomara las escucha—Ser Jorah observó a las alturas con una mueca, seguramente intuyendo lo mismo que su compañero de armas.

—Tengo algo que decirles a las personas de Meereen—Hermione giró sobre sus talones hacia sus aliados.

—Ese necesita callarse—Daenerys le dio una mala mirada al estúpido que seguía gritando insultos por la expresión de Missandei—. ¿Tenemos un campeón?

Permítame el honor, Madre de Dragones—Gusano Gris habló con solemnidad, sus ojos marrones seguían recordándole a su dulce Jon dolorosamente—. No la decepcionare.

—Majestad, he ganado más combates personales que ningún hombre—Ser Barristan dio un paso hacia adelante.

—Mi Reina, déjeme hacer esto para probarle mi lealtad—Ser Jorah se unió a su compañero de armas en el ruego.

—Los tres son mis buenos amigos, no arriesgare la vida de ninguno—Hermione negó con la cabeza suavemente. Meereen estaba viendo, y debía probarse ante ellos como la verdadera Reina Guerrera y Rompedora de Cadenas.

—Fui el último en unirme a su ejército—Daario se acercó a ella con lentitud—. No soy su general, ni de su Guardia Real o el Comandante de los Inmaculados. Mi madre fue una puta, vengo de la nada y pronto regresaré a la nada. Déjeme matar a este hombre por usted.

—No—La joven giró hacia la ciudad con una sonrisa astuta—. Lo hare yo misma—se quitó la delicada capa de color azul celeste de los hombros y la depositó en las manos de su amiga de piel oscura.

—No lo hagas—Daenerys exclamó con frustración. Ya era la segunda vez que su sobrina tenía una idea como esa, y al menos esta sus aliados sabían lo que podía hacer—. No otra vez.

—Meereen está viendo. Los amos pueden enviar a un estúpido para ofenderme como cobardes, pero yo soy mi propio campeón—Hermione argumentó con suavidad, pero sus ojos eran fuego puro como cada vez que estaba cerca de una pelea—. No necesito que me protejan—rodó los ojos cuando Ser Jorah habia abierto la boca.

No era la primera vez que luchaba con alguien de esa manera. Cuando habia combatido a Gregor Clegane el desgraciado habia atacado a traición y le habia arrancado la cabeza de cuajo, y no veía impedimentos para romper la tradición con el campeón de Meereen. La joven avanzó lentamente hacia el centro del patio a las puertas de la ciudad, bufando cuando los amos habian comenzado a reírse de ella.

No titubeo un segundo de su lugar mientras el estúpido avanzaba hacia ella con su lanza al ristre, pero en el último minuto dio un salto sobre su espalda para alzarse sobre el caballo. Apoyó las manos en el lomo de este mientras envolvía sus piernas alrededor del cuello del campeón, y giró en el aire con una sonrisa final. Dio un saltó despreocupado hacia el piso y le dio una patada con toda su fuerza a la cabeza arrancada del idiota, la cual aterrizó en el regazo de un amo para su satisfacción.

Por ultimo giró para darles una mirada de suficiencia a sus aliados. Ser Barristan rio entre dientes: era la misma manera con la cual habia matado a la gigantesca Montaña. Ni se movió un centímetro cuando los arqueros dispararon contra ella.

Soy Hermione de la Magia—La joven comenzó mientras se ponía de pie estoicamente ante la ciudad, como si matar a un hombre sin ninguna arma fuese algo normal para ella—. Sus amos quizás les hayan dicho mentiras sobre mi o tal vez no les han dicho nada. Eso no importa. No tengo nada que decirles a ellos. Les hablo a ustedes—giró hacia el lugar donde se situaban lo esclavos—. Primero, fui a Astapor. Los que eran esclavos en Astapor ahora están tras de mí, libres. Luego fui a Yunkai. Los que eran esclavos en Yunkai ahora están tras de mí, libres. Ahora he venido a Meereen. No soy su enemigo. Su enemigo está a su lado. Su enemigo les roba y asesina a sus hijos. Su enemigo no tiene más para ustedes que cadenas, sufrimientos y órdenes. Yo les traigo una opción, lo que sus enemigos se merecen. ¡Adelante! —Exclamó, y los Inmaculados colocaron las catapultas llenas de collares de esclavos cortados en posición—. ¡Fuego!

Alzó la mano hacia adelante para remarcar su punto mientras veía a las cargas de collares caer en el interior de la ciudad.

Solo era cuestión de horas para que el mismo pueblo de Meereen buscara su libertad.

Ella iría personalmente a buscarla con ellos.


Hermione acomodó la ropa de color arena andrajosa sobre su cuerpo mientras se preparaba para salir a Meereen. Habian intentado convencerla incansablemente de que no se uniera a los Inmaculados para asaltar la ciudad y hablar con los esclavos, pero lograr que cambiara de opinión era tan difícil como congelar el infierno.

Mi Reina, no es seguro para usted. Déjeme hacer esto solo para honrarla—Gusano Gris pidió por última vez cuando el grupo se hallaba a las orillas de la Bahía de Esclavos.

Confió en ti, pero ¿cómo puedo esperar que se levanten a luchar cuando yo no lo hago? —Ella le acaricio el brazo con una pequeña sonrisa, para despues depositar la punta de su pie con suavidad sobre el mar.

Sentía tanto orgullo de sí misma cada vez que lograba congelar algo a la perfección sin que el frio se extendiera por todas partes. Estaba aprendiendo a controlar el invierno mismo.

Con cada paso que daba, el agua se iluminaba ligeramente con forma de un hermoso copo de nieve, creando un puente de hielo a su paso para evitarle a su grupo el suplicio de mojarse. Para entrar cautelosamente debían entrar por las alcantarillas de la ciudad para su desagrado, pero gracias a sus poderes invernales logro congelar toda el agua sucia y hedionda despues de que Gusano Gris abriese la puerta.

Pudo escuchar a los esclavos de Meereen discutir la opción que les habia dado mientras iluminaba el pasillo con las manos encendidas de fuego. Solo uno tenía los deseos de luchar por sus convicciones, pero los más ancianos solo respondían con desesperanza.

Todos los hombres deben morir—Gusano Gris se adelantó con solemnidad, y los esclavos se pusieron de pie, sorprendidos por la presencia de su grupo—. Pero les prometo, un solo día de libertad vale más que una vida en cadenas.

¿Quién eres tú? —Un anciano delgado preguntó, y la joven bruja permitió que solo la luz de las antorchas iluminara la oscuridad mientras se ocultaba para ver en que transcurría la conversación.

Me llamo Gusano Gris—El comandante de los Inmaculados respondió—. Fui tomado cuando era bebe por los Amos de Astapor, criado y entrenado como un Inmaculado. Ahora peleo para la Reina de Hielo y Fuego, la Madre de Dragones y Rompedora de Cadenas.

Soy Hermione Targaryen—La joven se acercó al centro de las catacumbas con lentitud, dándole una mirada de agradecimiento al joven—. Me llaman la Rompedora de Cadenas, pero no puedo romper las suyas. Hay tres esclavos por maestro en esta ciudad—observó a cada rostro sorprendido. Seguramente no esperaban que la misma Reina se presentara allí—. No puedo darles su libertad. Si la quieren deben luchar por ella. Pero les prometo que estaré a su lado cuando lo hagan.

No somos soldados—Un hombre sentado en el piso musitó, y sus ojos de color purpura se posaron sobre él con intensidad—. No tenemos entrenamiento ni armas.

Hermione le dio una mirada a Gusano Gris y este asintió con la cabeza mientras lanzaba al piso la bolsa llena de armas para los esclavos. El resto de Inmaculados se unió a las acciones de su líder con rapidez. Ellos se asomaron con sorpresa hacia las hojas afiladas, y voltearon a verla con esperanza.

¡Rompedora de Cadenas!


Habia cambiado la ropa andrajosa que utilizó para el asalto a las catacumbas de esclavos por un traje hecho de hielo. Consistía en una chaqueta roja con la parte trasera más larga que la delantera, la cual se movía con cada paso que daba al estar hecha con hielo más ligero. En el abdomen llevaba un corsé grueso del mismo color, con cintas en medio de los pechos para agregarle belleza y diseño. Además, de pantalones de color negro que se perdían en un par de botas con hebillas suaves para adornarles.

En cierto modo, vestida de esa manera se parecía un poco a Jaime. Casi era la misma ropa que el usaba, pero con los colores de la Casa Targaryen para marcar la diferencia.

La joven caminó estoicamente por las calles de Meereen mientras los esclavos lanzaban los collares a sus pies, rodeada de niños que ya eran libres. Su ropa podía lucir limpia y perfecta, pero su cabello estaba completamente desordenado por la lucha. Ella misma habia dirigido a los esclavos en contra de los amos para luchar como iguales, para demostrarles quien era en persona y la clase de Reina que sería para ellos.

Subió los escalones hasta un palco cercano a la gran pirámide de la ciudad, donde pudo ver a todos los esclavos aclamándola como a su madre y Reina Guerrera.

—Los amos—Daenerys declaró con la vista fija en el grupo de hombres rodeados de Inmaculados a los pies del palco—. ¿A cuántos niños crucificaron, Ser Jorah?

—Doscientos sesenta y dos, Khaleesi—El caballero respondió con la vista baja. Su tía le dio una mirada de orden a Gusano Gris, como si le estuviese pidiendo arremeter contra los amos para castigarlos por el asesinato de los niños sin piedad.

— ¡No! —Hermione exclamó con los puños apretados. Ella tambien deseaba venganza por la muerte de esos pequeños inocentes, pero no podía dejarse llevar por la rabia. Para ella, eso significaba crear una tormenta capaz de asolar la ciudad en unos cuantos minutos—. Voy a juzgarlos yo misma, uno por uno. Decidiré quienes fueron los culpables o inocentes de la crucifixión de los niños.

—Asesinaron inocentes—Su tía argumento con el ceño fruncido. Sus leales caballeros la observaron con los ojos brillantes, como si no pudiese creer que ella buscara ser diplomática en una situación como esa—es justicia.

—Es rabia ciega—La joven replicó con audacia—. Algunos de ellos deben ser culpables, pero otros no. No siempre se gana cuando te superan en número. Si deseamos cambiar algo no podemos suponer que existe maldad en cada uno esos hombres. Al menos uno debió votar en contra, y aunque me tome un mes voy a encontrarlo. No seré una carnicera injusta como todos los demas—escupió con convicción. Se habia prometido a sí misma que si alguna vez llegaba a ser Reina mantendría un firme y honorable liderazgo del Norte, como su tío le habia enseñado—. Llévenlos a las prisiones—volteó hacia Gusano Gris, quien asintió con la cabeza ante sus órdenes.

— ¿Respondes a la crueldad con misericordia? —Daenerys preguntó con sorpresa, y la joven le dio la espalda mientras se detenía en dirección a la gran pirámide de Meereen—. ¿Qué harás cuando sepas que son culpables?

—Quien dicta sentencia debe blandir la espada—La Portadora de Tormentas pronuncio con orgullo, la fuerte voz de mando del Norte filtrándose en su voz.

Ser Jorah la observó irse con los ojos abiertos. Él conocía esa voz a la perfección, era una que aun causaba que se estremeciera por el recuerdo de su exilio.

Era la voz de Ned Stark.

Hermione suspiró suavemente, observando la Bahía de Esclavos y la ciudad desde el balcón más alto de la gran pirámide de Meereen. A sus espaldas, ondeaba gracias al viento la bandera de sus Casas; un dragón de tres cabezas unido a un lobo huargo gruñendo.


—El Rey Joffrey Baratheon está muerto. Asesinado en su boda.

Hermione inclinó la cabeza hacia un lado por las palabras de Ser Jorah, un remolino de emociones encontradas luchando en su pecho.

Por un lado sintió decepción, ya no podría quemar hasta los huesos al pequeño bastardo para escuchar sus gritos de agonía. Tampoco podría obligar a Cersei a ver morir a su pequeño engendro sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Por el otro, sintió un enorme placer al saber que ese diabólico idiota estaba muerto y enterrado. Su tío Ned habia sido vengado por alguien, y solo se arrepentía de no haberlo hecho ella misma con sus propias manos.

Hermione rio suavemente mientras cerraba los ojos. Desearía haber estado alli para ver morir al maldito. Desearía estar alli para ver a la puta de Cersei llorar por su pequeño engendro nacido del incesto.

Ella sabía que el padre de los tres hijos de la leona dorada era su esposo, y nadie podría hacerla cambiar de opinión acerca de ello. Habia estado presente en la reunión de los Señores del Norte cuando el cuervo proveniente de Stannis Baratheon habia llegado para proclamar su pretensión al trono, sosteniendo que Joffrey no tenía ninguna porque no era hijo de su hermano, sino del Matarreyes. Habia acompañado a Robb para confrontar a Jaime en su celda, y al preguntarle solo le basto darle una mirada a los ojos para saber que era cierto.

Hermione le habia dado una patada en la cara con todas sus fuerzas, furiosa con él y por ella misma, porque al verlo en tales condiciones supo que estaba enamorada de él como la mayor estúpida del mundo.

—El mundo es mejor ahora, ¿no lo cree, Ser Barristan? —Ella preguntó hacia su querido abuelo con una sonrisa. Definitivamente, era una de las mejores noticias que pudiese recibir nunca.

—Hemos tomado la marina de Meereen, Majestad—El caballero evadió su pregunta, aunque el mismo tenía un pequeña sonrisa en el rostro. Ella sabía que la humillación que Joffrey le habia dado lo habia impulsado a viajar al Norte para servirla. El pequeño engendro era un idiota, Ser Barristan podía ser un anciano, pero siempre seria uno de los caballeros legendarios en Poniente. Eso era algo que el bastardo jamás podría ser.

—Los Segundos Hijos tomaron la marina—Daario replicó mientras se sentaba junto al caballero mayor—. Oí que le gustan los barcos—añadió ante la mirada curiosa de su Reina.

— ¿Cuántos barcos?

—Noventa y tres—Ser Barristan informó.

—Unos nueve mil trescientos, sin contar a los marineros—Hermione murmuró pensativamente.

— ¿Suficientes para tomar Desembarco del Rey? —Daenerys volteó hacia Ser Jorah.

—No—La joven bruja negó con la cabeza, y su tía le dio una mirada extrañada— Stannis Baratheon tenía cien mil y tuvo que huir con la cola entre las piernas.

—Los Lannister han peleado la guerra de Joffrey por años: están cansados, dispersos. Ahora su Rey está muerto—Su querido abuelo añadió con un asentimiento de cabeza en su dirección, orgulloso de sus conocimientos de guerra—. Ocho mil Inmaculados, dos mil Segundos Hijos navegando a la Bahía de Aguasnegras.

—No peleamos para hacerla Reina de Desembarco del Rey—Ser Jorah replicó—. Diez mil hombres no conquistarían Poniente.

—La Tierra de los Ríos, el Norte, las Casas leales a los Targaryen se unirán a nuestra Reina cuando cruce el Mar Angosto.

—Las viejas casas se unirán a quienes crean que ganaran como siempre lo han hecho—Ser Jorah se puso de pie con gravedad, y la Portadora de Tormentas alzó una ceja. Era divertido verla usando el mismo traje con el que habia entrado a la gran pirámide hace semanas en una reunión de su Consejo Pequeño cuando su tía y Missandei usaban vestidos tan elegantes. A ella no le interesaba la belleza, para ella lo importante era verse como una guerrera respetada ante su pueblo—. Hay otras noticias, de Yunkai. Sin los Inmaculados para aplicar sus reglas los maestros están retomando el control de la ciudad. Han vuelto a esclavizar a los hombres libres que se quedaron y han jurado tomar venganza en contra suya. En Astapor el consejo que creo para gobernar la ciudad ha sido derrocado por un carnicero que se ha declarado Majestad Imperial.

—No es la primera vez que alguien intentaría matarme si es lo que le preocupa—Hermione dijo en voz baja. Intuía que el oso estaba más preocupado por ella que por las ciudades—. Si el fuego, el hielo o el acero no pueden matarme no hay nada que lo hará—debía agradecerle a la magia estar viva, porque el fuego no pudo quemarla cuando quedó atrapada en el campamento Lannister. Jamás habia sentido frio porque su alma estaba más congelada que todo lo demás, y habia descubierto que al igual que Eddarion, el acero se destruía contra su piel—. Me llamaban el dragón de hielo, y solo el tiempo mata a un dragón de hielo—observó al oso—. Por favor, déjenme. Quiero hablar con Ser Jorah.

—Mi Reina—El hombre inclinó la cabeza mientras todos los demas salían de su habitación ante la orden que les habia dado. Aun debía acostumbrarse a ser una Reina.

—Fue criado en el Norte como yo. Nadie aquí conoce mejor sus maneras. La Casa Mormont tiene fama de ser honorable y fuerte. ¿Qué opina hacer acerca de esto? Al perecer mi liberación de los esclavos no va tan bien como pensaba.

—Podría partir hacia Poniente, dejarlo todo atrás—El hombre respondió, y ella observó la mesa con la mirada revoloteando—. Un niño se sienta en el Trono de Hierro que muchos creen que es un bastardo. Nunca han estado más vulnerables.

—Claro que es un bastardo. Es el hijo de Jaime. Lo sé—Ella giró hacia el balcón con dolor—. ¿Cómo puedo gobernar Siete Reinos cuando no puedo mantener el orden en una sola ciudad? ¿Por qué alguien debería confiar en mí? ¿Por qué deberían seguirme?

—Es una Targaryen. La Madre de Dragones, la Reina de Hielo y Fuego y la Portadora de Tormentas—Ser Jorah respondió inmediatamente, y ella lo observó por el rabillo del ojo—. Es una buena mujer. No está dispuesta a dejarse llevar por la rabia y el dolor como los demas. Inspiraría respeto y admiración en su pueblo como nadie antes que usted. No solo sería temida, seria amada. Puede intentar ocultarlo, pero tiene un corazón gentil bajo toda su fuerza. La veo y no puedo creer que sea real.

—Necesito ser más que eso—Hermione huyó de la mirada del caballero con incomodidad—. No puedo permitir que las personas a las que libere vuelvan a ser esclavos. No regresaré a Poniente, no hasta sentir que en verdad soy digna de ser la Reina Dragón.


Le costaba trabajo dejar a sus hijos para atender sus labores como Reina, pero debía hacerlo por más doloroso que fuese. Tenía deseos de llorar cada vez que alguno de sus dragoncitos la llamaba "mamá" o corrían hacia ella con sus pequeños pies. Aún no podría creer que hubiese pasado tanto tiempo desde que habia dado a luz a sus trillizos de la Tormenta, pero el hecho de que ya hablaran era una de las pocas cosas que lograban hacerla sonreír genuinamente.

Ella suspiró suavemente desde el asiento de piedra en lo alto de las escalinatas del salón, lo que funcionaba como el Trono de Hierro para ella. Aun tenía escalofríos al recordar la sensación que la habia recorrido cuando habia tocado el trono antes de su matrimonio con Jaime, como si ese fuese el lugar a donde pertenecía como ninguno otro en el mundo.

Esta ante Hermione de la Magia de las Casas Targaryen y Stark—Missandei enuncio para el pobre hombre a la entrada de la sala—. La Primera con el Nombre, Quien no Arde, Reina de Meereen, Reina de los Ándalos y los Primeros Hombres, Portadora de Tormentas, Domadora de Bestias y Madre de Dragones—la joven bruja suspiró en voz baja por los títulos, asi que solo realizó una seña para que el hombre se acercara—. La Reina dice que puede acercarse y hablar.

El pobre hombre avanzó un poco más cerca con un paquete en los brazos. Ella solo alzó una ceja con curiosidad.

—Es un cabrero, reza por su victoria contra los traficantes de esclavos.

—Por favor dile que agradezco su fe en mi—La joven observo a su amiga, quien asintió con una pequeña sonrisa.

—Fueron sus dragones según el—Missandei tradujo mientras la bruja inclinaba la cabeza ante el esqueleto calcinado de la cabra—. Dice que una Pesadilla Monstruosa fue por su rebaño, una que escupía fuego tan rojo como la sangre y que parecía un segundo sol en el cielo. Espera no haberla ofendido, pero ahora no tiene nada.

—Por favor dile que lamento su perdida—Hermione suspiró. Indudablemente habia sido Vhagar por la descripción, ya que él tenía la mala costumbre de prenderse fuego asi mismo, y cuando lo hacía, lograba verse como un segundo sol—. No puedo devolverle sus cabras, pero veré que le paguen su valor. Tres veces lo que valían.

Ella rio entre dientes cuando el pobre hombre habia salido corriendo de la sala con felicidad.

—El siguiente—Alzó una mano para continuar con la sesión de concesiones a los ciudadanos de Meereen. Un par de hombres entraron, pero ella rodo los ojos cuando el que parecía un sirviente comenzó a hablar por su señor como si este no tuviese boca—. El noble Hizdahr zo Loraq puede hablar por sí mismo.

—Mi padre, uno de los más respetados y queridos ciudadanos de Meereen supervisó la mantención y restauramiento de sus más grandes monumentos, esta pirámide incluida—El hombre comenzó con educación, pero era evidente que algo habia sucedido con su progenitor por la expresión en su rostro—. Ahora el yace en una oscura celda a la espera de un juicio por un crimen que no cometió.

—Hay demasiados amos en Meereen—Hermione replicó inmediatamente—. Solo soy una, no puedo multiplicarme. Hago lo que puedo con el tiempo que me queda entre mis labores. Al menos agradezca que no soy una sádica que se deja llevar por la rabia, porque de serlo, los hubiera mandado a crucificar como castigo.

—Mi padre se opuso a la crucifixión de los niños—Hizdahr añadió con las manos en el regazo, observándola intensamente con sus ojos oscuros que brillaban con una furia tranquila.

—Entonces no tengo objeción alguna para dejarlo ir, si es lo que ha venido a pedirme—Ella inclinó la cabeza para alzar las cejas hacia él con audacia—. Ser Barristan, por favor acompañe a este hombre a buscar a su padre—hizo un gesto con la cabeza hacia el noble a los pies del trono.

—Se lo agradezco mucho, mi Reina—El hombre inclinó la cabeza en gratitud, y Ser Barristan se posicionó junto a él cuando hubo bajado los escalones para seguir la orden de su Reina.

—Por favor, acepte mis disculpas por el tiempo que él debió pasar preso—Hermione pidió con suavidad. Ella tambien era culpable en cierto sentido, pero hasta no juzgar hasta el último de los amos no podría estar segura de quienes eran culpables o inocentes—. ¿Cuántos más?

—Hay doscientos doce suplicantes esperando, Majestad—Missandei bajó la mirada hacia el piso, pero Hermione solo rio con diversión.

—Bueno, que pase el siguiente.

Estaba acostumbrada a eso, a ver como una interminable fila de norteños viajaba a Invernalia para pedir dones al Guardian del Norte. Habia heredado la paciencia de su tío Ned para tratar esos asuntos.

Como lo agradecía.


La luz del sol se filtraba débilmente por una ventana pequeña para iluminar el lugar. Parecía ser una celda por la apariencia lúgubre, pero le llamaba la atención que Tyrion estuviese allí. Sin embargo, toda la simpatía que sintió al ver al pequeño león otra vez se esfumó cuando se percató que Jaime se encontraba frente a su hermano menor.

—Al menos Armory Lorch no es Gregor Clegane—Tyrion murmuró junto a su hermano con un suspiro—. Debo agradecerle a tu esposa, si vuelvo a verla, que le haya arrancado la cabeza de cuajo—hizo un gesto con la mano, como si estuviese destapando una botella con toda su fuerza—. Me da tanta envidia ¿Cómo alguien tan pequeña tiene la fuerza para haber hecho algo asi? Si estuviera aquí la llamaría como mi campeona sin dudarlo un segundo.

—No hables de ella—Jaime gruño, y su semblante se oscureció de manera instantánea.

— ¿Es inmencionable para ti?—El enano frunció el ceño, extrañado—. Tú estás aquí con Cersei—señaló al piso con un dedo—. Hermione Targaryen está al otro lado del Mar Angosto, siendo la… Rompedora de Cadenas, la Madre de Dragones y la Reina de Hielo y Fuego.

—Tyrion—Jaime murmuró peligrosamente—. Soy el ultimo amigo que te queda, pero si sigues hablando de ella puedes olvidarte de mí.

—Eres un idiota—El enano declaró sin inmutarse por la amenaza del Matarreyes—. Elegiste quedarte con Cersei antes de ir con ella.

— ¿Qué esperas que haga? —Jaime preguntó, quizás con demasiado ímpetu—. ¿Ir a Meereen y suplicarle estar entre sus brazos?

—La amas—Tyrion declaró como si una enorme revelación lo hubiese golpeado de repente—. Te enamoraste de ella, pero elegiste quedarte aquí con Cersei para mantener seguros a sus hijos. Ahora entiendo porque nuestra querida hermana ha estado más odiosa de lo normal. Ella debió intuir la razón por la cual no quieres acostarte con ella—el caballero abrió los ojos con ofensa, pero el enano no estaba de humor para ser interrumpido—. Papá seguramente ya ha contratado a todos los bandidos de Essos para que le traigan a sus nietos.

—Mis hijos… —Jaime murmuró con la vista miserablemente en el piso.

—Los trillizos de la Tormenta. Aemon, Visenya y Rhaegar: un dragón de tres cabezas. Me preguntó qué tan poderoso sera el rugido de ese dragón.

Hermione alejó el delicado antifaz de su rostro al sentir que uno de sus hijos jalaba de su brazo para sacarla de la visión. Rhaegar estaba situado frente a ella, observándola con preocupación ante su expresión entristecida. Ella solo cargó a su primogénito en brazos y le dio un beso en la cabellera plateada.

—Mamá, no me gusta cuando haces eso—El pequeño murmuró en voz baja, aún se le dificultaba pronunciar algunas palabras.

—Desearía hacerlo—Visenya murmuró mientras balanceaba las piernas en el borde de la cama—. Tener magia como tú.

—Mamá es única—Aemon tenía los brazos cruzados sobre el pecho mientras alzaba la nariz con orgullo de su madre; ella era lo que más amaba en el mundo.

Hermione los observó con el ceño fruncido, pensando en lo que habia visto hace unos segundos. Le importaba un demonio oír que Jaime la amaba, ella jamás lo creería, especialmente porque él prefería revolcarse con Cersei antes de dedicarle una mirada de aprecio a ella o a sus hijos. Él era el responsable de la caída de Bran, lo habia visto con sus propios ojos por medio de la magia. Habia visto como lo habia empujado de la Torre Rota cuando su pequeño primo lo habia visto follar por detrás a la puta de su hermana.

Habia confirmado todas las dudas que tenía acerca de él y de lo que habia hecho. Y a pesar de eso no podía dejar de amarlo.

Alejó todos esos pensamientos de su mente cuando recordó lo que Tyrion habia dicho; que Tywin Lannister queria a sus hijos para que pudiesen convertirse en los herederos de Roca Casterly.

Ella no permitiría que se los arrebataran, tendrían que pasar sobre su cadáver para ello.

Y solo el tiempo mataba a un dragón de hielo.

—Vengan, mis niños. Rhaenyra los cuidara siempre de ahora en adelante—Sujetó la mano de Rhaegar mientras Visenya se le unía con la otra. Aemon caminó a su lado con más lentitud, pero ella sabía que su niño era demasiado orgulloso como para permitir que alguien le ayudara en algo.

Como se parecía a Jaime.


Hermione frunció el ceño cuando vio a Daario de pie en medio de sus cámaras personales con un ramo de flores en las manos. Habia dejado a sus hijos con Daenerys, advirtiéndole lo que habia visto; que vendrían por ellos tarde o temprano y que ya no podía permitir que estuviesen solos nunca más. Su tía habia insistido que esa noche se quedaran con ella, y ella a regañadientes habia aceptado. Sinceramente, habia olvidado cuando habia sido el último día en que hubo dormido completamente.

Necesitaba descansar al menos una noche. Pero sabía que podía respirar tranquila, porque Rhaenyra estaba montando guardia para sus hijos.

— ¿Cómo entraste aquí? —Alzó una ceja con curiosidad, volteando a ver a los Inmaculados en las puertas.

—La puerta esta resguardada, la ventana no—Daario respondió con una sonrisa audaz mientras ella suspiraba con irritación al entrar a su habitación—. Nade a una isla a más de un kilómetro por ellas—le enseñó un ramo de rosas azules, tan parecida a las rosas de invierno que supo que era una trampa para convencerla.

—No lo vuelvas a hacer—Hermione empujó las flores hacia el pecho del hombre con indiferencia.

—Pensé que amaba las rosas de invierno.

—Esta es mi habitación privada, si te quiero aquí, yo te llamare.

—Perdóneme, mi Reina Guerrera. Vivo para servirla—Se arrodilló hasta que ella alzó una ceja en su dirección.

— ¿Qué es lo que quieres?

—Vine a pedir un favor—Daario respondió, y ella frunció el ceño al intuir que clase de favor queria. Era uno que jamás le podría dar—. Solo tengo dos talentos en este mundo: guerra y mujeres. Se quedara aquí en Meereen para gobernar, es una decisión sabia, la respeto. Pero aquí en Meereen no puedo practicar mis talentos.

—Ordene que los Segundos Hijos patrullaran las calles para detener los asesinatos por venganza. En cuanto a mujeres, hay miles a las cuales puedes buscar.

—Solo hay una, y ella no me quiere.

Hermione suspiró mientras se servía una copa de vino. Normalmente no bebería, pero debía darse fuerzas de alguna manera como cuando habia debido asistir a esa estúpida fiesta para recibir a Robert Baratheon en Invernalia. Obviamente, Daario le estaba pidiendo la oportunidad de acostarse con ella, pero no podría hacerlo. Habia abandonado el sexo despues de su última vez con Jaime, y habian pasado años desde eso.

Él podía dormir con cuantas mujeres deseara, pero ella tenía el honor de la Casa Stark fluyendo en las venas.

—Envíeme a matar a sus enemigos. Cualquier enemigo, donde sea. Pero déjeme hacer lo que sé hacer mejor.

Hermione le dio un sorbo a su copa de vino mientras se sentaba en el banco frente a Daario, cruzando una pierna sobre la otra con aire ausente. Podía sentir la mirada ardiente del mercenario sobre ella, deseando su cuerpo de la misma forma en la que Oberyn lo habia hecho hace tantos años. Le recordaba al Príncipe de Dorne en cierto modo, pero este era mucho más mordaz y lujurioso.

—Ella es una estúpida—La joven declaró finalmente. Definitivamente no podía arrancarse a ese idiota ni del corazón ni del cuerpo. Las únicas manos que podía pensar recorriéndola eran las de Jaime, aunque no permitiría que este se atreviera a tocarle un cabello con lujuria nunca más—. Ella ama a un hombre que en este mismo momento podría estar follándose a su hermana.

Daario se arrodilló a sus pies con rapidez, acercando su rostro al suyo tanto que pudo sentir el aliento de este contra su piel.

—Yo podría lograr que ella lo olvidara—Él susurró sedosamente, acercándose aún más para rozarle los labios.

—Ella tambien es una Stark del Norte—Hermione declaró mientras se ponía de pie para dejar la copa de vino vacía en la mesa, encaminándose para dormir en la habitación de su tía junto a sus hijos. No podría dormir allí con el recuerdo de Daario intentando llevarla a la cama—. Y el Norte nunca olvida.


Le resultaba incomodó permanecer en la misma habitación que Daario cuando la noche anterior, prácticamente, le habia suplicado el permiso para acostarse con ella. Pero se habia visto obligada a hacerlo para resolver el problema en las ciudades que habia liberado. No podía permitir que los hombres que habian creído en ella y en sus ideales volvieran a ser esclavizados por codiciosos estúpidos que no tomaban en cuenta cuan insignificantes en el mundo eran para los dioses.

—Ser Jorah, puede entrar. No tiene por qué quedarse en las sombras—La joven alzó la mirada hacia la entrada mientras permanecía inclinada sobre el mapa de guerra. No sabía como alguien podía llegar a desearla tanto cuando seguía vistiéndose como un hombre, tan diferente a los elegantes y hermosos vestidos de su tía.

—Está planeando que hacer con Yunkai—El hombre se acercó lentamente hacia la mesa, cruzando una mirada agreste con el mercenario. Seguramente algún chismoso le habia dicho lo que este habia intentado. Quizás habia sido Daenerys despues de que practicamente hubiese llorado en los brazos de esta, pidiéndole perdón entre sollozos por amar a un hombre como Jaime. Su tía probablemente culpaba a Daario por hacerla sufrir, ya que él con sus intentos de seducirla habia abierto la herida en su corazón.

—Ya lo hice en realidad, solo lo estaba esperando.

—Sin usted ahí para gobernar sera imposible mantener el control, Majestad—Ser Jorah le sonrió ligeramente. Al parecer estaba orgulloso de que despues de pasar tanto tiempo juntos ella habia comenzado a verlo como un verdadero consejero y un leal amigo. Se habia ganado su confianza con creces, especialmente despues de saber lo que este habia hecho para proteger a su tía en el pasado.

—Enviare a Hizdahr zo Loraq como embajador a Yunkai junto a los Segundos Hijos—Le dio una mirada a Daario, quien aún lucia herido por su rechazo completo. Era evidente para ella cuando podía ver en la profundidad de sus ojos oscuros el orgullo masculino en él cayéndose a pedazos—. Mi mensaje para ellos es un ultimátum.

— ¿Un ultimátum para qué?

—El invierno—Hermione respondió como si fuese obvio, jugueteando con el cuero negro de sus guantes que dejaban al descubierto la punta de sus dedos—. Pueden vivir en mi nuevo mundo o morir de frio en el antiguo, ese es mi mensaje para los esclavistas.

—No es bueno que lo haga.

—Ser Barristan le dijo lo que le hice a Desembarco del Rey—Ella dedujo instantáneamente, dándole una mirada a Daario para que los dejara solos. Al fin pudo respirar en paz, la tensión sexual proveniente de él era palpable—. No puedo vivir con miedo de ser quien soy, solo empeoraría las cosas.

—No puedo darle consejos acerca de cómo ser…

—La Emperatriz del Invierno, la Regente del Verano me llaman—La joven se mofó de sí misma, de los títulos que le habia dado el pueblo de Poniente despues de revelar quién era y lo que podía hacer en la capital—. Nadie tiene una idea de cómo se siente o cuan difícil es mantenerse controlada.

Habia vivido toda su niñez temerosa de sí misma, de matar a alguien si llegaba a quitarse los guantes para liberar a la Reina de Hielo, pero ahora ya no lo tenía. Debía ser fuerte por sus trillizos de la Tormenta, para que cuando muriera ellos pudiesen vivir en un mundo seguro y justo. Ese sería su regalo para ellos.

Si debía convertirse en una Reina Dragón lo haría, por ellos. Si debía convertirse en la Portadora de Tormentas lo haría, por ellos. Ya nadie volvería a intimidarla nunca, no despues de ver un pequeño atisbo de su poder en Desembarco del Rey. No tenía idea de cómo lo habia hecho, pero la tormenta habia respondido a sus órdenes como si fuese su legitima dueña.

Joffrey creía que por ser Rey tenía el poder de tener a todos bajo su yugo, pero el bastardo no tenía ni la más mínima idea de lo que se sentía tener verdadero poder. Era un desgraciado cobarde que no era capaz de levantar una espada ni para salvar su miserable vida. Su muerte era la mejor noticia que le habian dado en meses, y el sufrimiento que debía estar pasando Cersei la deleitaba más que nada en el mundo.

Aún tenía deseos de reír por el recuerdo del mocoso idiota mandando a secuestrar a sus pequeños hijos alados, quien habia creído que tenía el derecho de llamarse el dueño de un dragón. Le divertía el recuerdo de Joffrey paseándose por las escaleras del Septo de Baelor, con sus hijos detrás de él en jaulas de metal, exigiéndole al pueblo entregarla si no deseaban ver a ciudadanos inocentes morir al azar.

Ella misma se habia entregado como respuesta. Habia caminado solemnemente por las calles de la ciudad mientras las personas se apartaban de ella por instinto. Se habia presentado como el bastardo lo pidió, pero no sola, la tormenta la habia acompañado.

Nubes oscuras habian cubierto el cielo de un segundo a otro, y relámpagos tan brillantes que iluminaban al mundo caían a tierra, estremeciéndola como si un millón de gigantes estuviesen jugando a saltar la cuerda. Habia vaporizado a decenas de soldados Lannister en menos de un segundo, tan solo moviendo la mano para ello. Una sensación de regocijo inexplicable le habia recorrido el cuerpo cuando hubo alzado por el cuello al pequeño bastardo sádico, prometiéndole regresar para tomar lo que le pertenecía: el Trono de Hierro.

No lo habia matado en esa ocasión, ni a Cersei ni a Tywin. Queria verlos cuando ella les arrebatara todo lo que amaban en el mundo, solo despues de hacerlo los mataría lenta y dolorosamente, de manera que le suplicaran la muerte en medio de gritos.

—Usted es mi Reina, sea lo que sea—Ser Jorah respondió con solemnidad, lo cual la sorprendió mientras salía de sus pensamientos vengativos. No habia muchos hombres en el mundo que estarían dispuestos a poner en un trono a una bruja.

—Me temen porque no ha habido nadie como yo. No intente negarlo, lo he visto en sus ojos—Hermione comenzó con los brazos cruzados sobre el pecho—. Cuando era una niña mi tío me llevó a ver a una mujer, se decía que ella podía ver el futuro. Fue pocos días despues de que esto… —flexionó los dedos mientras un copo de nieve se situaba en la punta de su dedo anular para enseñarle la magia del invierno—apareciera. Ella me dijo que mis poderes ocultan una enorme belleza, pero que el miedo seria mi perdición. Por el mundo se extenderían para arrasar con todo a su paso.

—No ve lo que yo veo en usted—El oso logró que ella abriera ligeramente la boca por la mirada de esperanza en sus ojos, una que iba dirigida a ella en específico—. Veo una mujer que tiene el poder para cambiar al mundo, y no hablo solo de poder político, sino el verdadero poder. ¿Cuántos matarían por hacer algo de lo que usted hace? La tormenta es suya para reinarla. Es una Reina Dragón, más que nadie antes, más que Aegon incluso.

—A veces creo no poder tener la fuerza de reclamar los Siete Reinos. Toda mi familia murió a manos de los Lannister, ahora, Tywin Lannister quiere llevarse a mis hijos para que puedan ser sus herederos. En el fondo sabía que el momento llegaría, y estoy lista para protegerlos.

—Eso es lo que veo en usted, Majestad. En todas esas ciudades pudo elegir permanecer en una tienda a esperar los resultados de la batalla, pero prefirió luchar como un igual junto a su pueblo. No permitió que la rabia la dominara, juzgó con justicia a cada uno de los amos. Ve el mundo de una manera diferente, ve la bondad donde alguien cree no poseerla.

—Deseaba ser justa. Todos en esas ciudades solo conocían brutalidad y crueldad, queria enseñarles que existe algo más que eso: compasión y misericordia—Hermione se abrazó a sí misma, incomoda por el brillo en los ojos del oso. Casi era de la misma forma en que Oberyn y Daario la habian visto—. Crecí con grandes hombres y mujeres incluso en mis sueños. El mismo Príncipe Aemon me enseñó a luchar desde ahí, por más demente que suene.

—Desearía ver el mundo con sus ojos, Majestad.

—Mi ultimátum sigue en pie—La joven alzó la vista con ferocidad para alejar de una patada el sentimentalismo—. De no rendir la ciudad ante mi gobierno otra vez, yo enviaré al invierno mismo por ellos. El invierno se acerca, Ser Jorah. Y yo soy quien lo controla.


¡Espero sus comentarios!

Vamos Hermione, eres una verdadera Reina Dragón.