Disclaimer: El maravilloso universo de Haikyuu! sigue perteneciendo al todopoderoso Haruichi Furudate, eso hasta que dé un golpe de estado en su estudio y le obligue a dibujar a Kageyama sin camiseta en todas y cada una de las viñetas del manga.

Advertencias: Kageyama acosaneitor, Hinata y su calvario, encuentros esporádicos y Oikiwi para todos los públicos.


Capítulo II: El Gran Presidente.

Hinata Shouyou, estudiante de primero de preparatoria recientemente transferido a la prestigiosa academia Miyagi, un centro refinado que no se encontraba al alcance de cualquier persona normal. A pesar de tratarse de un chico con un estatus medio, había conseguido acceder gracias a los sospechosos contactos de su madre.

Muchos padres desean que sus hijos ocupen alguna de las plazas que ofrecía dicha escuela. Incluso había algunos que, desde que su hijo era una criatura recién nacida, pactaban con el mismísimo Satanás para vender su alma a cambio de poder asegurar el acceso de su primogénito en ese lugar.

La demanda era altísima, y los estándares para superarlos presentaban una dificultad ridículamente exagerada.

Teniendo en cuenta tal descripción, era lógico que a la madre de ese chico de cabellos anaranjados casi le diera un síncope cuando este trató de decirle que no quería volver a poner un pie en dicha escuela.

«¡Con lo que me ha costado conseguirte plaza no me salgas ahora con esas!», le había gritado. «¡Solo llevas una semana de clases! ¡Me vas a hacer llorar, Sho-chan!»

―Tengo un buen motivo para no querer ir, mamá ―susurra por lo bajo, hundiendo la cabeza en sus hombros como si quisiera ocultarse del mundo.

No, de hecho, eso era lo que pretendía. Desde el primer día de clases había tenido problemas. Su mayor preocupación en un principio era el bullying que podría recibir por parte de otros estudiantes prepotentes y altaneros. No estar a la altura de los demás también era un miedo muy presente. Pero, curiosamente, ninguna de esas dos cosas se acercaba al verdadero motivo por el que repudiaba tanto ir a la academia.

Su principal problema no era una circunstancia generalizada. Era un problema con nombre y apellido.

―Esposa idiota ―profiere el moreno al verlo entrar por la puerta principal de la escuela–, llegas tarde.

Tobio Kageyama.

―¿Podrías dejarme en paz, por favor? Me estás arruinando la vida ―no solía ser una persona que dijera ese tipo de cosas tan a la ligera, pero Hinata no podría aguantarlo mucho más.

Algo dentro de él se moría cada vez que ese tipo aparecía.

―Cállate y camina, las clases van a empezar.

Hace una semana había derrotado a ese sujeto en uno de sus duelos, lo que debería haberle librado de ser su esclavo. Se había lucido frente a todos los alumnos, consiguió su momento de gloria y llegó a pensar que, al fin, podría despachar a su nerviosismo para convertirse en el nuevo Pequeño Gigante de su generación.

Pero no, ese tipo tuvo que sorprenderlo con las tres palabras endemoniadas manchadas de un tinte raro y sumamente desagradable que darían comienzo a su calvario: «Vas a ser mi esposa».

Al principio se tomó eso como una broma de mal gusto; y es que, viniendo de un tipo que iba por ahí creyéndose un rey -con capa y corona incluidas-, supuso que tenía unos gustos y un humor extravagantes.

Pero más pronto que tarde se dio cuenta de cuán en serio iba con su afirmación.

Kageyama le acosaba. Da igual lo que estuviera haciendo, ese tipo aparecía de la nada y lo seguía con una presencia que daba muchísimo miedo. No estaban en la misma aula y, aún así, iba a su clase para sentarse en el asiento de atrás y clavar su mirada gélida sobre su nuca. Ninguno de los profesores le decía nada porque, al parecer, no solo eran los alumnos los que le tenían bastante miedo: era algo generalizado. Durante los recreos intentaba relacionarse con cualquiera, pero ninguno se acercaba porque el moreno enviaba una especie de aura de rechazo que los alejaba. Incluso al ir a los servicios ese tipo le seguía y hablaba de las ventajas e inconvenientes de tener un alma gemela o mierdas de las que no entendía ni papa.

Kageyama era como ese chicle pastoso que se te pegaba al pelo y no salía ni aún tirando con mucha fuerza.

Solo existía una manera para librarse de algo así. Y ese día, después de saber que su madre no tenía ninguna intención de dejarle escapar de esa cárcel llena de adinerados, daría el paso.

Al igual que la manera para eliminar un chicle pegado en el cabello, cortaría esa insana relación de raíz.

―Se acabó ―Hinata brama girándose hacia el moreno con un aire molesto, frunciendo levemente el ceño para dejar constancia de que lo que iba a decir iba muy en serio―. Estoy cansado de este juego. Conozco las técnicas de los abusones como tú. ¿O te crees que no me he dado cuenta? Sea lo sea que estás intentando, para.

El moreno observa al pequeño sin pestañear. A Hinata le tiembla el entrecejo. Quizá no había sonado muy imponente, así que opta por intentar poner una cara de molestia aún más intensa. Lo único que consigue con eso es que le dé un tirón en el párpado y le empiece a temblar con un tic nervioso.

―No estoy intentando nada ―responde pasados un par de segundos, contemplando hipnotizado ese espasmo en el ojo del chico―. Ya te lo he dicho, eres mi esposa.

―¡Que no soy la esposa de nadie! ―bufa― ¡Para empezar, hay dos cosas que no has tenido en cuenta, ¿sabes?! ¡Ni soy mujer ni me caes bien!

―¿Y?

¿En serio ese tipo le acababa de contestar con un «¿Y?»? ¿Pero de qué iba? Se estaba pasando su opinión por el forro, dicho muy finamente.

―Que me dejes en paz ―sentencia apretando los puños.

―¿Cómo voy a hacerlo? Eres mi esposa.

A los Tribunales iban a llegar como le volviera a nombrar esa palabra maldita. Era como hablar con un disco rayado. No sabe qué carajos se le está pasando por la cabeza. Si le gustaba, ¿por qué no lo decía directamente en vez de andar con esos comportamientos tan propios de un psicópata? Es comprensible que se haya enamorado de alguien tan maravilloso y genial como él, no se iba a enfadar por eso. Pero llegados a ese punto ya se había vuelto un completo pesado.

Ni siquiera sabía por qué decía tan convencido que era su esposa.

Kageyama parece como si hubiera escuchado su pensamiento porque, al momento, continúa fundamentando -por primera vez- sus motivos.

―Mira, no me caes bien ―señala― Eres un mindundi que no tiene ni media bofetada. Tu voz de pito me irrita y, por alguna razón, el color de tu pelo me pone de mala hostia.

¡Y todavía tiene el valor de decir todas esas cosas feas sobre él! ¿Pero de qué demonios iba este tío? ¿Le gustaba o le odiaba? ¡Que se aclare de una vez!

―¡¿Estás buscando pelea?!

―Pero… ―le detiene antes de que comience a insultarlo, extendiendo su mano hacia el chico para acariciar su mejilla con sumo cuidado―…eres el elegido. Que el mundo nos haya unido en este lugar, bajo estas circunstancias, de esta manera, es suficiente señal para mí. Tú y yo, sin importar qué, estamos destinados a estar juntos.

Hinata enmudece. Kageyama era un tipo raro y misterioso, irritante en su justa medida e intimidante a unos niveles desconocidos para él. Pero lo que acababa de decir le había dejado sin aliento. Puede que fuera por el tono tranquilo y profundo que había empleado, o por la visión tan mística que le ofrecía el moreno, mostrándose frente a él como una silueta imponente iluminada por los rayos de sol propios del amanecer.

Le daban un aspecto encantador.

Su garganta se reseca y su respiración, entrecortada, busca recobrar la normalidad sin éxito.

―Eso es… ―curioso. Sorprendente. Idílico. Fascinante. Mágico. Hipnóticamente romántico―…asqueroso.

Hinata da media vuelta en un movimiento torpe y echa a andar rápido, deseando con todas sus fuerzas que ese chico no hubiera visto el sonrojo fugaz que había reflejado en sus mejillas.

Se supone que le iba a dejar las cosas claras, pero después de eso no está en condiciones de imponerse frente a nadie. No estaba huyendo, solo se retiraría por el momento hasta que se recupere de ese ataque tan gratuito contra su persona.

Kageyama no se mueve de su sitio. Se percata de ello al llegar al recibidor de la escuela. Seguía en el mismo lugar donde le había dejado, luciendo esa estúpida capa y la ridícula corona con un porte elegante -aún cuando sus ropas no combinaban nada-, y siendo esquivado por todos para dejarle su espacio. Mucho debía imponer para que hicieran eso.

El pelinaranja no llega a percatarse de ello, pero Kageyama no estaba mirando a la nada como en un principio pensaba. Observaba fijamente hacia un mismo lugar, como un lobo que busca un rastro alzando su hocico.

Curiosamente esa mañana Kageyama no aparece por su salón. Al fin una señal de que ese chico tenía clases como el resto de estudiantes normales. Sin embargo, se siente algo vacío. Después de pasar una semana notando el aliento del otro en su cogote, poder disfrutar de espacio personal se le hacía raro. Era irónico, ahora que había conseguido lo que quería va y se siente extraño.

―Bueno, es el único amigo que tengo en la escuela ―se dice a sí mismo mientras deambula por el patio interior de su edificio, mirando el lugar con más calma. Su profesor de literatura había faltado por razones que desconocía y que poco le importaban. Un chollo teniendo en cuenta que aún no había tenido la oportunidad de pasearse por toda la escuela e investigar los alrededores. Aunque está seguro de que no podría verlo en un solo día. Por haber había visto incluso un establo con caballos―. O conocido. No se siente como si ese tipo fuera nada mío, tsch.

―Olvídate de él, es una molestia.

―¡Sí, eso mismo! Es una molestia ―asiente, convencido por esas palabras―. Es decir, ¿de qué va? Aparece de la nada el primer día, se mete conmigo y, después de darle una lección, va y me suelta que soy su esposa. ¿Qué demonios le pasa? Seguro que tiene algún tipo de problema.

―Síp. Se llama «Síndrome del Mocoso Insolente».

Hinata se ríe por eso. Sonaba tan bien… Y eso que no sabía lo que significaba esa palabra tan complicada.

Espera. No puede haberla pensado él si no sabía lo que quería decir.

El pelinaranja se gira y observa, justo a su lado, a un tipo extraño que estaba paseando junto a él con total parsimonia. Si quería hacer nuevos amigos debía actuar con tranquilidad, pero no le sale quedarse tranquilo cuando se lleva ese tipo de sorpresas. Echa a correr y se esconde tras lo primero que pilla, que resulta ser una estatua muy fea de lo que parecía ser un caballo con dos cabezas.

―Yoo~ ¿Qué tal?

―¡¿Q-Q-QUIÉN ERES?! ―no puede ser que haya atraído a otro acosador. Y encima este resultaba ser un ninja o algo así, sabía cómo ocultar su presencia. También tiene algo de culpa por ir distraído hablando en alto, se evadía tanto del mundo que no prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor.

El chico frente a él sonríe de manera agradable y le extiende la mano para darle un apretón. Hinata desconfía al principio, pero luego de ver esa expresión tan fresca y natural que le dedica se siente un poco más confortado.

―Disculpa mis modales. Soy Oikawa Tooru~ Mucho gusto en conocerte al fin, chico nuevo.

Como un animalito desconfiado saliendo de su madriguera, se acerca a él y acepta el estrechón de manos.

―¿…Cómo sabes que soy el nuevo?

Ese chico parecía una buena persona, pero algo en él no le inspiraba confianzas. Puede que fuera por el hecho de que su sonrisa fuera demasiado brillante, o que su pelo fuera sospechosamente perfecto. O que su rostro pareciera el de un actor de una peli para adolescentes.

―¡Waah, sí que pareces un estudiante de secundaria, tan pequeñito y adorable! ―el castaño le ignora por completo y, por si fuera poco, recalca su escasa altura midiendo con la mano la distancia que había entre su cabeza y la de él mismo―. Los rumores eran ciertos.

―¡¿Rumores?! ―exclama― ¡¿Qué dicen de mí?! ¡Pero si nadie me conoce!

―¿Eso crees, pequeño Pulgarcito? ―le interroga, inclinándose un poco para poder verle mejor–. Eres el chico nuevo al que Tobio Kageyama, el rey de la escuela, se ha arrimado.

Hinata le mira entre sorprendido y consternado. Debió suponer que estar junto a un tipo raro le traería consecuencias, pero no había caído en ello hasta ahora.

―No es algo que yo haya elegido –trata de excusarse. No estaba diciendo ninguna mentira―. ¿Qué clase de rumores cuentan?

El tal Oikawa revuelve su cabello y comienza a andar por el patio. Hinata, inconscientemente, echa a caminar y le sigue con la intención de obtener una respuesta por parte del otro.

―No son rumores malos, descuida ―sonríe tratando de quitarle hierro al asunto―. A decir verdad, todos te apoyan desde las sombras. Sienten pena por ti.

Eso capta toda su atención.

―¿Pena? ―frunce el ceño―. ¿Por no ser rico ni tener padres famosos?

―Por haber caído en las garras del rey ―canturrea moviendo la cabeza hacia los lados en un movimiento demasiado alegre―. ¿No te has dado cuenta de que eres su víctima?

El pelinaranja arruga el entrecejo, confuso. Y Oikawa, satisfecho, sonríe con cierta malicia.

―Me sigue a todas partes y me acosa. Pero de ahí a ser una víctima…

―Esa es exactamente la definición de víctima. ¿A qué te hace sentir incómodo? ―el pequeño asiente―. Y te molesta y no te deja vivir en paz –más de lo mismo. El castaño rodea al chico por los hombros de manera amistosa y lo atrae hacia él―. ¿Y te piensas que has sido el primero? Desde que está en secundaria, todos los años ha sido igual; ese chico trata de buscar a alguien a quien acosar, lo hunde y le hace la vida imposible. Sé que te has dado cuenta ya, hay algo en él que no va bien. También debes haber notado que la gente le evita pase lo que pase. ¿Por qué te crees que es, eh? ¿Porque le tienen miedo? ¿Porque le respetan?

Hasta ahora pensaba que era por eso, pero las palabras de ese chico le estaban cambiando su forma de ver a Kageyama.

―¿Porque le odian? ―responde al ver que Oikawa esperaba una contestación por su parte.

―¡Ding-ding-ding! ¡Premio para Pulgarcito!

Así que Tobio Kageyama, el chico del que había tenido miedo en su momento y que ahora le persigue, es odiado en la escuela.

Entendía los motivos, cualquiera que sufriera ese acoso entendería por qué era tan molesto.

El castaño le da unas palmadas amistosas en la espalda y se vuelve a inclinar hacia él para poder mostrarle un rostro de preocupación. Hinata no había estado nervioso por ese descubrimiento hasta ahora, una vez lee en las facciones del tal Oikawa esa intranquilidad.

―¿Estoy en problemas? ―era lo que el rostro del mayor le transmitía―. ¿Y qué voy a hacer?

―Esperaba que me lo preguntases~ ―susurra― Por suerte, yo, como uno de los presidentes del consejo estudiantil que soy, estoy en mi deber de ayudarte con esta situación tan peliaguda.

―¡¿PRESIDENTE?! ―exclama Hinata, realmente sorprendido. Se aparta de él y mira hacia sus zapatos muy nervioso. Había tuteado a un máximo mandatario del consejo estudiantil. Que ese tío podía decidir con un simple comentario su destino en la escuela―. ¡Lo siento, señor! ¡Aceptaré sus humildes consejos, si no le es una molestia! ¡Por favor, no me excomulgue!

―Oye, ¿siquiera sabes lo que significa excomulgar? ―Oikawa ríe ante esa reacción tan exagerada–. No me gustan las formalidades, así que todo está bien. Para ti, soy Oikawa.

―¡Señor, sí, señor!

Oikawa curva sus labios y perfila sus ojos entrecerrándolos levemente. Hinata se pone recto y le aguanta la mirada, entendiendo que ahora debía callar y escuchar lo que tenía que decir.

El pelinaranja había tenido mucha suerte al toparse con él. Resultaba ser alguien bastante amable, un tipo que, aunque le transmitía vibraciones que le hacían sentirse inferior, se había parado a escuchar sus problemas y echarle una mano sin pedirle nada a cambio.

Otro gallo iba a cantar de ahora en adelante. Después de escuchar detenidamente lo que debía hacer, Oikawa había seguido su camino y él decide volver a clases para tratar de hacer nuevos amigos. Aunque según lo que le había explicado el presidente, hacer amigos sería tarea imposible si los demás creían que aún estaba maldito por la presencia de Kageyama.

Hablando de él, el moreno seguía sin pasarse por su clase, lo que facilitaría las cosas.

El día se pasa bastante rápido hasta que llega la hora del almuerzo. Mientras recoge las cosas de su pupitre, el pelinaranja puede notar un aura maligna extendiéndose por todo el habitáculo.

Los alumnos se alejan, el silencio reina donde antes había sonidos normales de una clase de instituto e incluso el aire se vuelve más denso.

Kageyama había hecho su aparición.

―Esposa idiota ―le llama―, vamos.

Oikawa le advirtió de que no fallaría en aparecer a esa hora, lo que demuestra que el castaño conocía sus movimientos.

Ahora daría comienzo al plan. No tenía que hacer mucho realmente, pero era de vital importancia ignorarle y observarle con desprecio si sus miradas se cruzaban.

Hinata sigue las palabras del presidente al pie de la letra. Con calma y sin alterarse, termina de guardar su libreta de matemáticas en su cartera y se levanta, andando hacia la salida sin mirar a los ojos del sujeto que esperaba por él.

―Oye, imbécil, ¿no me has escuchado? ¿Tienes cera en los oídos o algo así?

«Tobio te seguirá y te hablará con insultos para conseguir tu atención. Es tan vulgar que recurre a esos métodos», esas habían sido las palabras de Oikawa. «Pase lo que pase, no le sigas el juego. Limítate a seguir tu camino, llega hasta este mismo lugar. Yo haré el resto».

Debía llegar al patio donde había hablado con Oikawa por la mañana.

Hinata agarra la tira de su cartera y anda un poco más rápido. Escuchaba los pasos pesados de Kageyama a su espalda, acompañado con más insultos que aumentaban de tono y se notaban más nerviosos. ¿Y si lo estaba cabreando? Oikawa no le había dicho lo que tenía que hacer en caso de que Kageyama explotara y decidiera tirarlo por la ventana.

Alterado por ese pensamiento tan ridículo pero posible, Hinata echa a correr escaleras abajo, abriéndose paso entre la muchedumbre. Kageyama también corría tras de él, llamándolo con insistencia y diciendo cosas como que le golpearía si no paraba. Al final sí que lo había cabreado.

El camino se le hace eterno, pero al fin llega hasta el patio que habían acordado. Kageyama va a alcanzarlo. Si le atrapaba le daba la sensación de que jamás escaparía de su juego.

Así que salta. Salta con todo lo que tiene, salta con todas sus fuerzas y vuela para librarse de la mano que estaba a punto de agarrar el cuello de su camiseta.

Al desaparecer el objetivo que quería alcanzar, el moreno pierde el equilibrio. No se esperaba ese salto, y entre la impresión y el bamboleo de sus piernas, se tropieza y cae de bruces contra el suelo.

―¡Tobio-chan! ―se escucha una voz resonando en todo el patio―. ¡Qué actuación tan patética!

Hinata se detiene en seco y mira la escena que había provocado sintiéndose algo culpable. Por un momento piensa en girarse para ayudar a Kageyama a levantarse, guiado por su instinto altruista, pero Oikawa le frena acercándole hacia él y usando su cabeza como mesa donde apoyar sus brazos cruzados.

Kageyama se reincorpora con los brazos temblorosos, mascullando algunas cosas inentendibles y chasqueando tan fuerte con la boca que daba la impresión de que estaba escupiendo al suelo.

―Kageyama, ¿estás bien? ―la voz de Hinata queda oculta frente las risas de la gente que había en el patio. Grupo de alumnos que se amontonaban y disfrutaban con el espectáculo.

Oikawa no podría haber sabido que eso pasaría, ¿no?

―¿Aún te crees que alguien quiere estar contigo? ―Oikawa ríe en alto, burlándose del moreno y animando al resto de alumnos a que se rían también de su desgracia―. ¡Un señorito tan increíble como tú es muy molesto para el resto, ¿lo sabías?!

Algunos acompañan las palabras de Oikawa con vítores y silbidos, como si sus comentarios inspiraran a una horda de vasallos que deseaban un cambio, la derroca de ese chico al que tanto despreciaban.

Kageyama se pone en pie lentamente y trata de limpiar sus pantalones y su capa, lo que produce una risa más fuerte por parte del castaño. Hinata no entiende qué le ve de divertido, el moreno se había hecho daño. Se había raspado sus manos y parte de sus codos, dolía solo con verlo.

―¿No vas a responderme? ¿Me contestas con tu indiferencia? ―el castaño, en un tono burlesco, le reprocha. El pequeño se remueve un poco, queriendo apartarse de su lado, pero no le deja ir. Lo sujeta y lo atrae hacia él, abrazándolo y disfrutando de la cara sorprendida que su junior le dedica. Señala hacia Hinata y, sonriendo alegremente, recalca con mucho desprecio―. Él tampoco quiere ser tu amigo.

Hinata no sabe lo que pasa. Las risas, las burlas, el desprecio, el rostro de Kageyama que pasaba de sorprendido a decepcionado y, por último, a mostrar una terrible desesperado. No es un experto en esos temas y tampoco conocía lo suficiente al moreno, no lo había visto en sus momentos bajos, pero está seguro de que ese no era el rostro que esbozaba una persona a la que le daba igual lo que estaba sucediendo.

Kageyama estaba sufriendo en silencio.

―Señor presidente…

―¡Y ahora, rey, haznos el favor de dejar de molestar a la gente y desaparece! ―exclama―. ¡Venga, ya estás tardando!

A decir verdad, Hinata jamás había conocido a nadie que expresara tantas emociones en el rostro sin decir ni una sola palabra. ¿Por qué no decía nada? ¿No se suponía que insultaba a cualquiera que le molestara, que era un tipo que sabía defenderse? ¿No podía porque le superaban en número?

¿No podía porque estaba en presencia del presidente?

¿O no podía porque era algo que le superaba?

Como si le hubieran dado una bofetada, Hinata abre los ojos y se da cuenta de lo que sucede a su alrededor: en ese lugar, justo ahora, la única víctima era Kageyama.

Sería un hipócrita por hacer eso después de todo lo que se había quejado, pero no permitiría que se metieran con otra persona de una forma tan descarada. Si bien lo que había hecho Kageyama con él no estaba bien, lo que esos chicos estaban haciendo con el moreno era aún peor.

Así que armado de valor, apartando al risueño Oikawa de su lado y dando un paso al frente, se planta frente a todos y espeta muy molesto:

―¡¿Queréis parar ya?!

Oikawa se sorprende al escuchar esa orden tan desvergonzada. Los demás chicos cesan sus risas y le miran igual de asombrados. Nadie esperaba que el chico nuevo, el retaco que estaba sufriendo la tiranía del rey de la escuela, fuera el primero en pararles los pies.

―Pulgarcito, ¿qué estás haciendo? ―pregunta Oikawa frunciendo un poco el ceño, pero tratando de mantener su sonrisilla de tranquilidad―. Lo estás estropeando.

―¡No, qué estás haciendo tú! ―le recrimina―. ¡Esto no era lo que esperaba cuando me dijiste que me ayudarías! ¡Me da igual a quién sea, nadie debe ser tratado así!

―Él te acosa ―le recuerda―. ¿Vas a defender al tipo que te ha estado molestando esta última semana?

Hinata saca pecho y le planta cara, cosa que hace enmudecer a más de uno en el patio.

―Voy a defender al tipo al que todo el edificio está molestando justo ahora.

Eso había sonado tan guay que Oikawa no puede contener su expresión de molestia. Intenta recomponerse, pero en verdad le había jodido que dijera eso. Muchos se iban algo avergonzados al haberlos dejado en evidencia, gente que no se quería ver envuelta en su juego egoísta.

Había perdido la batalla ante un niño de primero.

―Como quieras ―sentencia, dándose media vuelta con una seriedad fingida, intentando no verse afectado por las palabras del chico―. Disfruta cavando tu propia tumba, Pulgarcito.

Hinata le responde un con bufido.

―¡Y no me vuelvas a llamar así! ¡Mi nombre es HI-NA-TA!

Kageyama lo observaba igual o incluso más sorprendido que el resto de los estudiantes. El pequeño no espera ni un solo segundo, va hacia él y le agarra de la muñeca para llevárselo directo al baño.

La gente les abre paso para que puedan acceder a la puerta. Hinata les dedica miradas molesta, ellos eran igual de culpables que Oikawa por quedarse ahí y observar la escena sin hacer nada.

―¡¿Se puede saber qué demonios te ha pasado?! ¡Se estaban metiendo contigo! ¡¿Por qué no les has respondido?! ¡¿No eres Tobio Kageyama, el tío desagradable que insulta a cualquiera que le caiga mal?!

El moreno no responde. Si no quería hablar, allá él. Lo que no iba a permitir es que esos raspones que se había hecho por su culpa siguieran sangrando.

Al entrar al baño, dos chicos que se encontraban en el interior los miran y salen apresurados. Los ignora por completo, su objetivo ahora era limpiar las heridas del moreno con un poco de agua.

―Eres el primero que hace eso ―al fin Kageyama abría la boca―. Defenderme y esas mierdas.

―¿Esas mierdas? ―repite, ofendido―. Te he defendido con uñas y dientes. ¿Me vas a decir de una vez qué te ha pasado ahí afuera?

―Si les planto cara, la gente me odiará más de lo que ya lo hacen.

Kageyama lo sabía. Eso era lo que Oikawa le había dicho, que le odiaban.

―¿Qué les has hecho para que se porten así contigo, imbécil?

El moreno mira el agua cayendo sobre su brazo y limpiando la tierra que había sobre su raspón. Suelta un quejido suave y luego suspira. Observa a Hinata de reojo, clavando su mirada gélida sobre los ojos vivos del pelinaranja.

Hinata siente su mirada sobre él. Aún no había oído un agradecimiento por parte del otro, pero sus ojos, de alguna forma, le gritaban "Gracias" una y otra vez.

―Ser como soy ―contesta.

Y eso, por alguna razón, entristece a Hinata más de lo que podría haber esperado.


-RESPUESTAS-

Shinju3: Kageyama el pobrecito solo quería que Hinata le noticeara. Por ahora a Hinata no parece hacerle mucha gracia (?) Ah, respecto a eso te puedo decir que no es algo que solo Hinata pueda ver. Vamos, que Kageyama sí que va con capa y corona por ahí como si fuera lo más normal del mundo xD Otra cosa es que tenga sus razones, pero eso ya se explicará mas adelante uwu

Muchísimas gracias por leer ^^ Un saludo~

-RESPUESTAS-

A día de hoy he visto Haikyuu! un total de 3 veces -sí, porque mira que hay un porrón de animes para verse y yo me quedo estancada en el mismo xD-. Dos de esas veces ha sido en japonés; y la tercera ocasión surgió de imprevisto cuando, haciendo zapping en la tele, descubrí que lo habían traído a España doblado a castellano ("Haikyu, los ases del vóley" lo llamaron. Qué manía con rellenar los títulos con palabras que no pintan nada xD).

Mi primera reacción al verlo fue de plena satisfacción, pensando que si lo habían traído había sido por el enorme potencial que el anime tiene. Luego tuve que acostumbrarme a las voces de todos; eso sí, la gran mayoría de los personajes tienen unas voces PERFECTAS. Por ejemplo, la de Hinata se escucha aguda y llena de energía. La de Nishinoya es sencillamente genial, y la del entrenador Ukai me enamora por el simple hecho de que el actor de voz le dio un tono de macarra dejado xD Lo único con lo que no me logro acostumbrar es con la voz de aquellos que tienen un tono más grave (Kageyama tiene una voz mucho menos grave que en japonés, igual le pasa a Sawamura y -a quien más se le nota- a Asahi). Ignorando eso (lo cual no es un contra, sino algo a lo que hay que acostumbrarse), la adaptación es muy buena, dando una entonación efusiva a cada pelea o cada momento de felicidad o rabia que me hizo disfrutarlo bastante.

Y he aquí a donde quería llegar (después de echar el rollo porque me siento con ganas de escribir (?)). Muchas palabras o frases que están en japonés no se pueden trasladar al español exactamente, y hay algunas que se pierden con el contexto de la frase. Kouhai y senpai son el claro ejemplo de ello, donde estas palabras se traducen como "senior" o "junior" en la adaptación (que las empleo mucho porque me parecen muy correctas). Pero hay una en concreto de la cual me enamoré desde el primer momento en el que la escuché: el chibi-chan de Oikawa fue cambiado por el cariñoso pero malicioso insulto Pulgarcito. Es decir, podían perfectamente haberlo transcrito como "pequeñajo" o "chiquitito"; pero fueron más allá y lo nombraron Pulgarcito XD Me parece tan, pero tan adorable que ya me da igual lo demás, siempre que Oikawa aparezca en mis historias y le hable a Hinata, ese va a ser el mote que use.

Y nada, tres párrafos enteros para esa aclaración tan sencilla, que no se note que me sentía inspirada (?).

Un saludito a todos y muchas gracias por leer *luvluv*

Hasta la próxima ocasión~