Disclaimer: El maravilloso universo de Haikyuu! sigue perteneciendo al todopoderoso Haruichi Furudate, eso hasta que dé un golpe de estado en su estudio y le obligue a añadir una tira random donde el Seijoh vaya a Disneyland y a Oikawa le vistan de princesa Disney.

Advertencias: Explicaciones cutres, autoproclamaciones unilaterales, rubia observer sospechosa, fotos de significado dudoso y colapsos no muy buenos para el corazón.


Capítulo III: La esperanza es lo último que se pierde.

Ese día, Kageyama y Hinata habían ido juntos a disfrutar de su comida de media mañana, tomando asiento en una zona alejada del patio principal donde el resto de estudiantes no solían transitar. Mientras Hinata llevaba un simple bollito de carne que muy amablemente su madre había comprado para él, Kageyama traía toda una bandeja repleta de comidas que tenían un aspecto jodidamente genial.

Lo gracioso es que el chico no tocaba nada; lo único que se había comido, si es que eso se consideraba un alimento, era un yogurt líquido que ni siquiera formaba parte de su asombroso desayuno.

Desde lo sucedido el día anterior, Hinata veía a Kageyama con diferentes ojos. Quiere pensar que algo en él le había hecho cambiar de parecer, pero lo cierto era que si seguía a su lado era por pena.

Kageyama no le había explicado mucho más sobre lo que le pasaba con el resto de personas de ese sitio, pero aún sentía curiosidad, una necesidad imperante de indagar en los secretos más oscuros del moreno; quería saber a qué se refería con lo de que le odiaban por ser como era.

―Si vamos a ser cercanos lo menos que puedes hacer por mí es decirme por qué todos se alejan de ti como si tuvieras alguna enfermedad contagiosa.

Kageyama le mira de reojo, dando un sorbo a su bebida de fresa. No parecía que la pregunta le molestara demasiado, lo demuestra con su aparente indiferencia y la manera en la que se encoge de hombros.

―Los primeros años me fue bien. Luego la gente se convirtió en una molestia, solo me quedé con los que consideraba que eran los mejores. Pero hasta ellos empezaron a rechazarme. Ha sido así por dos años.

El pelinaranja se esfuerza por entenderle, lo intenta con toda la buena voluntad del mundo. Así que el que haya puesto los ojos en blanco era un efecto reflejo inconsciente de lo estúpido y seco que sonaba el chico de ojos gélidos.

―Oye, ¿de verdad que no te apena eso? ―y no lo dice por el hecho de que Kageyama se haya quedado en completa soledad, sino por su carácter tan cerrado y egoísta. No sabe si sentir tristeza o desagrado hacia él.

Para sorpresa de Hinata, el moreno deja de lado su indiferencia (así como su yogurt líquido) y le mira con una remarcada expresión de molestia. No es que fuera la mejor reacción, pero al menos era mejor que verle como un maldito bloque de hielo sin sentimientos.

―¿Te piensas que estar solo es divertido? ―espeta―. Claro que ha sido difícil. Y no te creas que no he intentado hacer algo para remediarlo; haga lo que haga, me acaban dando la espalda. Además, está él.

―¿Él?

―Oikawa Tooru ―dice su nombre con un toque hastiado, creando cierta tensión entre ambos chicos. Tensión que destruye dando un sorbo demasiado sonoro a la pajita de su tetrabrik.

Hinata aprovecha el parón dramático para terminar de comerse su bollo de carne, observándole con los ojos muy abiertos y la boca llena de comida.

―¿Qué tiene que ver él con que seas un malhumorado al que nadie quiere?

―La tiene tomada conmigo ―suspira―. Trata de dejarme en ridículo cada vez que tiene ocasión, y siempre busca la forma de complicarme las cosas cuando trato de hacer amigos.

Un mayor, presidente del consejo además, que andaba por ahí metiéndose con un tipo como Kageyama. No se lo creería si no lo hubiera visto con sus propios ojos.

―¿Le has hecho algo para que te trate así?

―A saber.

Si ni Kageyama lo sabía no podía esperarse una buena explicación que lograra satisfacer sus dudas, así es como lo siente el pelinaranja. Al final se había metido de cabeza en algo en lo que no quería involucrarse.

―Bueno ―mira hacia sus manos y se limpia algunos restos de bollito que habían quedado en ellas frotándoselas en sus pantalones―, tú intenta ignorarlo. Pero tampoco te dejes humillar de esa manera. Apréciate un poquito más, hombre.

―Y me aprecio bastante. Por ejemplo, sé que soy mejor que tú ―Hinata le responde con un alto y sonoro reproche. Kageyama lo ignora―. Pero Oikawa me supera. Haga lo que haga, él estará un paso por delante. Es inevitable ―parece que va a ponerse melodramático, pero bajo todo pronóstico, y a pesar de lo depresivo que había sonado, el moreno dibuja una sonrisa de satisfacción en su rostro―. Pero esta vez he ganado yo.

Hinata no entiende, y demuestra esa confusión poniendo los ojos en blanco una vez más.

―Se ha reído de ti como ha querido, cabeza de melón. Si no le llego a plantar cara habría seguido burlándose a saber por cuánto tiempo. ¡Y aún espero que me lo agradezcas, me he jugado el cuello enfrentándome a alguien tan poderoso como él!

―Por eso he ganado ―el pelinaranja pone una expresión aún más confusa. Kageyama se gira hacia él y clava sus ojos sobre los del chico. Ahí estaba otra vez esa expresión que le dejaba sin aliento. Los ojos fríos de Kageyama eran algo que le podía, sucumbía ante ellos―. Oikawa siempre consigue apartar a la gente de mi lado, ya sea directa o indirectamente. Ayer por la mañana, cuando nos vimos en la entrada, pude ver cómo me miraba con esa expresión desafiante que esboza antes de entrar en acción. Sabía que iría hasta ti y trataría de alejarte contándote todos mis trapos sucios ―la sonrisa de Kageyama aumenta un poco más mientras va explicándole todo eso al chico―. El objetivo de Oikawa no era humillarme, Hinata ―eleva su brazo lentamente, alzando su dedo índice, y señala al pelinaranja mientras este lo mira estupefacto―. Su objetivo era apartarte de mi lado.

El aire frío golpea contra el rostro de Hinata, acentuando sus emociones a flor de piel. La sorpresa había sido grande, pero más grande era el sentimiento que le producía haber sido parte de un complot más complicado del que él pensaba. Habían intentado manipularlo, aunque su instinto le había llevado a hacer lo correcto. Eso no evitaba que la culpabilidad aflorara en su pecho.

―Vaya… ―murmura. No sabe qué decir después de escuchar tal declaración―. Si es que… soy genial.

―No tanto. Cuando me defendiste me sorprendí un poco, lo admito, pero no te podía tomar en serio enfrentándote a un tío que mide como treinta centímetros más que tú. Y encima te temblaban las piernas. Parecías un chihuahua rabioso.

―¡¿A QUE ME LARGO Y TE DEJO SOLO, BAKAGEYAMA?!

Pensaba que Kageyama le respondería con un insulto; sin embargo, el chico le observa sin parpadear, como si de nuevo estuviera pensando en algo con mucha insistencia.

―Cuando te desafié al duelo estaba buscando alguna excusa para que te quedaras a mi lado ―de ahí que hubiera dicho que sería su esclavo si fracasaba―. Y luego de ver tu salto y ese remate tan chapuzas pensé que debías ser algún tipo de ser misterioso con alas enviado para hacerme compañía. Alguien como tú no podía ser un simple alumno. Un chico nuevo que no me conocía y que, en vez de ignorarme y apartarse de mí, me había plantado cara; me había dirigido la palabra… ―ríe por lo bajo, pero su sonrisa es tan tétrica que hace que Hinata se aparta un poco de él, pensando que estaba tramando algo raro―. Algo dentro de mí me dijo que tú eras el elegido. Y llevaba razón. Por eso te he autoproclamado mi esposa.

Autoproclamado… Hasta él mismo admite que había sido una decisión unilateral. Vale que le hubiese halagado con sus palabras, incluso se había sonrojado un poquito, pero las cosas no iban de esa manera.

―Vale, vale. L-Lo he pillado. No hace falta que me hagas más la pelota, no tengo intención de alejarme de ti después de lo que ha pasado ―suspira. De hecho, seguro que nadie quería acercarse a él. No le quedaría de otra que intentar llevarse bien con Kageyama, su único compañero en todo el instituto―. ¿Pero podrías parar con eso de llamarme esposa? Me haces sentir raro.

―¿Cómo si tuvieras mariposas en el estómago?

―Como si hubiera comido un trozo de carne en mal estado y me dieran ganas de potar en tu cara.

Tras ese comentario tan ofensivo comienza una pelea entre los dos chicos, insultándose y plantándose cara para tratar de quedar por encima del otro. El flash y el posterior sonido del chasquido que emite una cámara al sacar una foto es lo que hace que se detengan en seco, aturdidos. Ambos giran su rostro hacia la procedencia del sonido, aún sujetándose por los brazos para contener al otro y no recibir ningún golpe en sus mejillas. No había sido una alucinación, los dos estaban seguros de que algo había hecho un ruido muy raro cerca de ellos.

―¿Quién está ahí? ―Kageyama es el primero en hablar―. ¡Muéstrate ante mí, te lo ordeno!

―Si sigues así entenderé por qué todos te desprecian, Kageyama. Si hay alguien no te va a hacer caso. ¿O te piensas que te va a contestar?

―¡No hay nadie aquí! ―susurra una vocecilla―. ¡S-soy un gato, miauuuu!

Provenía de unos arbustos. Hinata no puede creerse que quien quiera que estuviese ahí haya respondido, y además imitando a un animal de una forma muy cutre.

―Es un gato ―sentencia el moreno con total seguridad.

Hinata le mira, impactado.

―Estás de broma, ¿no? ―tenía que serlo, pero por la expresión que el chico le dedicaba, arrugando el entrecejo, entendía que lo había dicho muy en serio.

Si tiene que esperar por Kageyama y sus fabulosas deducciones no iban a llegar a ninguna parte. Hinata se levanta de un salto y corre hacia los arbustos para atrapar al espía, pero justo cuando va a meter la mano entre las hojas una chica rubia y de aspecto miedoso se levanta de golpe temblando como un flanecillo.

―¡L-LO SIENTO! ¡POR FAVOR, NO ME HAGÁIS DAÑO! ―grita en un tono demasiado alto, ocultándose tras su cámara de fotografías instantáneas y retrocediendo, eso hasta que pisa un matojo de hojas secas, se resbala y cae de culo al suelo.

En lo que dura ese espectáculo tan ridículo que con tanta amabilidad les había dedicado esa niña tan rara, a Kageyama le había dado tiempo de levantarse y posicionarse justo al lado de Hinata para poder ver en primera persona lo que sucedía.

La rubia los mira con auténtico pavor, en cualquier momento se le saldría el corazón del pecho de lo nerviosa que se la veía.

―¿Estás bien? ―pregunta Hinata preocupado, tratando de dejar de lado lo de que esa chica les estuviera observando y sacando fotos desde unos matorrales. Pensándolo bien, sí que era perturbador.

La chica asiente con demasiada rapidez y trata de ponerse en pie. Aunque ese movimiento de cabeza, afirmando sin parar, no ayudaba en nada a mantener su equilibrio. Cada vez que intentaba levantarse se trababa con sus piernas y tropezaba. Así por hasta tres veces, y todo bajo la presencia de los dos chicos que la miraban como si estuvieran disfrutando de una especie de función cutre de un payaso de cumpleaños.

Al final el pelinaranja termina ofreciéndole su mano para ayudarla, apenado por la pobre niña.

Ella se queda paralizada durante unos pocos segundos, sin saber si aferrarse a esa mano era buena idea, pero Hinata insiste y la agarra de la muñeca para empujarla con un pequeño impulso y ponerla en pie de una vez.

―G-G-Gracias ―responde. Se inclina hacia ellos de manera exagerada reverenciándolos y gira su cuerpo mecánicamente para irse. No puede llegar muy lejos; la misma mano que la había ayudado a levantarse sujeta su hombro, llamando su atención―. ¿S-Síiii~?

―¿Qué estabas haciendo? ―Kageyama se adelanta a las palabras que estaban en boca de su compañero pelinaranja.

―¡FOTOGRAFÍAS! ―responde al instante―. ¡DE UN GATO! PERO EL GATO SE HA IDO PORQUE… SE LE ESTABA QUEMANDO LA COLA. Y SU CRÍA SE ESTABA AHOGANDO. ASÍ QUE SALTÓ AL RÍO Y AHORA ESTÁN MUERTOS. TENGO QUE BUSCAR OTRO GATO. ¡ADIÓS! –y la chica trata de irse de nuevo.

Hinata se queda estupefacto (casi asustado) por esos comentarios tan siniestros. Kageyama, a su lado, se había inclinado para recoger algo del suelo. Cuando vuelve a incorporarse, detiene a la chica agarrándola por su camiseta.

―Espera, se te ha caído esto –dice mostrándole una fotografía de colores sepia donde salían Hinata y él peleándose, lo que habían escenificado vivido hacía unos pocos minutos.

Hinata mira la foto y luego a la rubia. Era una fotografía bastante buena, tan natural y expresiva. Se notaba a simple vista que tenía maña para esas cosas, y más cuando había conseguido sacarles una foto en el momento exacto para que la imagen no se viera movida. Pero aún así…

―¿Por qué nos fotografías? ―pregunta el más pequeño con curiosidad.

La chica parece que se va a desmayar en cualquier momento. Está pálida, sudando mucho y casi convulsionándose. Acepta la fotografía después de muchos esfuerzos por elevar su mano y, sin respirar, le responde muy apurada.

―¡Es p-para un… PROYECTO! ¡Sí, un proyecto! ¡De la clase de fotografía! ¡Y… UUUM… PERDÓN! ¡NO DEBERÍA HABEROS HECHO UNA FOTO SIN VUESTRO PERMISO! ¡LO SIENTO, LO SIENTO, LO SIENTO! ¡SOY UN MALA PERSONA, DEBERÍA SUICIDARME!

Hinata trata de nno espantarse para tener alguna posibilidad de calmarla antes de que cometa una locura. Sin embargo, es la voz de Kageyama la que consigue sosegar el ataque de pánico de la chica.

―Es una foto bastante buena.

Hinata observa de soslayo al moreno y aprecia bastante impresionado cómo la chica frente a él deja de temblar.

―¿D-d-de verdad lo crees?

―Sí –responde secamente.

A veces podía dar sorpresas, incluso siendo como es.

―¡Cierto! ―el pelinaranja aprovecha el buen ambiente que Kageyama (probablemente de manera inconsciente) había creado para animar a la niña― ¡Es como muy "Gwuaaah" y el efecto queda tan "Wooh"! ¡Se te da muy bien!

El color de su piel recupera su tonalidad, hasta sus mejillas adquieren un adorable sonrojo. Ya no parecía una muerta viviente.

―Muchas gracias ―sonríe más calmada, agachando la cabeza y jugando con el borde de su camisa―. Pero lo que he hecho sigue estando mal.

La chica toma la foto y la parte por la mitad bajo la estupefacta mirada de Hinata.

―¡No! ¡No tenías por qué hacerlo! ¡Era para tu trabajo, ¿no?! ¡Mientras no fueras una espía del Gran Presidente no había problemas!

―¿El Gran Presidente? ―pregunta con curiosidad. No sabía de lo que estaba hablando.

―¿Lo ves? No tienes nada que ver ―arruga el entrecejo y mira a Kageyama de reojo―. Oye, idiota. Quiere una foto de nosotros. Tratemos de hacer lo mismo para que saque una como la de antes.

La chica mira en silencio como los dos chavales vuelven al mismo sitio de antes y tratan de adoptar una postura parecida a la de su foto. Se sorprende un poco por lo dóciles que son, y eso que no les había pedido nada.

Son completamente diferentes a los rumores extraños que se oían por ahí. Sin duda, el que más sorpresa le había transmitido es aquel al que apodaban el rey. Pensaba que después de pillarla le meterían una paliza, o le harían caminar sobre piedras candentes o clavarían clavos oxidados en sus dedos. Pero jamás pensó que se tomarían la molestia de ayudarla.

―¡Estamos listos! ―exclama Hinata, sujetando las muñecas de Kageyama e inclinándose un poco para dar la impresión de que se le va a saltar al cuello―. ¡Cuando quieras, dispara!

La rubia da un respingo y los mira dudosa, no muy segura de eso.

―¿Seguro que os parece bien?

―Por mí está bien. ¿Tú qué dices, Kageyama?

El moreno asiente con notoria apatía.

―Me da igual.

―¿Ves? Saca cuantas fotos quieras~

La chica mira su cámara, insegura, y observa a los chicos en silencio. Saca una foto que la cámara imprime al momento. La agita para que se revele y la observa entrecerrando sus ojos. Estaba muy bien, desde un ángulo mejor que la que había sacado antes.

Pero ya que estaban ahí… y después de que el pelinaranja le hubiera dicho que estaría bien si la ayudaban…

―Uum… este… ―susurra.

―Hinata. Me llamo Hinata.

―Ah, Hinata ―repite algo nerviosa―, ¿podrías inclinarte un poco hacia atrás?

El chico asiente y se echa hacia atrás, obedeciendo las palabras de la rubia.

―¿Así?

―Un poco más ―el pelinaranja sigue retrocediendo―. Más. Más… Un poquitín más… ¡Ahí!

Hinata se había quedado acostado en el suelo.

―Vale. Ahora tú… ¿Kageyama? ―el moreno asiente. Conocía su nombre porque todos le conocían, el rey. Además, siempre le ha parecido alguien curioso y muy fotografiable― Colócate sobre él. Tu rodilla izquierda que quede a la altura de su cintura. Sí, así… Y ahora sujétalo con una mano por las muñecas, ponlas sobre su cabeza. Inclina tu cuerpo un poco más, un poquito más… ¡Perfecto!

Hinata estaba bien con sacarse una foto. No le importaba si era para ayudar a otra persona, era un gesto inofensivo y generoso que iba mucho con su ya -problemática-naturaleza altruista. ¡Pero Kageyama estaba demasiado cerca, tan cerca que sentía su maldito aliento chocando contra sus morros! Además, ¿qué pasa con esa postura? Habían pasado de una posición de pelea a… ni sabía cómo definir eso. Era una pose típica de manga shojo, esas cuando el chico pillastre caía "accidentalmente" sobre la jovencita que le gustaba, agarraba a la chica y le susurraba con voz profunda "No escaparás de mí, porque mi amor es el lazo que nos atará por toda la eternidad" o alguna frase cursi por el estilo.

La rubia se veía entusiasmada sacando fotos. Se acercaba, tomaba una; se alejaba, tomaba otra; se ponía frente a ellos, desde atrás, por delante, hacia un lado, desde abajo, y tomaba todas las que consideraba oportunas.

Le está resultando un infierno tener que aguantar la cara enfurruñada de Kageyama tan cerca de él y su respiración impactando contra su rostro. La piel se le eriza sin querer; reza para que el moreno no se diera cuenta.

―¿Te queda mucho…? ―pregunta con voz temblorosa.

―Ya casi está ―dice, acercándose a ellos, enfocando sus rostros en la mira de su cámara―. Miraos a los ojos.

Hinata obedece a duras penas. Se sorprende al ver que Kageyama no había dejado de mirarle en ningún segundo. Era como si hubiese esperado a que le devolviera la mirada igual que un perro obediente que espera los ojos aprobatorios de su dueño. A veces le gustaría saber en qué demonios estaba pensando.

Un último flash y al fin puede ver una sonrisa amplia en el rostro de la chica. Hinata escapa del atrape de Kageyama, dándole una patada en el estómago y escurriéndose por el suelo. Su corazón latía demasiado rápido.

Malo. Eso es malo, muy malo.

―¡Muchas gracias! ¿De verdad que no os importa?

A Hinata sí le importaba, y mucho. Pero la sonrisa de la chica paliaba su malestar. Además, le había dicho que estaba bien mientras fuera para su trabajo.

―Sí, sí –dice mordiéndose la lengua–. Está bien, eem… ¿Cómo decías que te llamabas?

―¡Ah, perdón! ―la rubia se pone recta para presentarse―. Soy Yachi, mucho gusto ―con algo de vergüenza, se lleva la mano a su rostro y rasca su mejilla, apartando la mirada hacia otro lado―. Sois completamente diferentes a lo que dicen por ahí.

El pelinaranja levanta las cejas y Kageyama se incorpora también para mirarla con curiosidad.

La rubia se da cuenta de que había captado toda su atención. Eso la hace ponerse algo nerviosa, así que traga saliva y se rasca la mejilla un poco avergonzada.

―…como lo de que no sois gente de fiar, que dais miedo y que es mejor no acercarse a vosotros. Es lo que he escuchado.

―Los rumores son rumores ―Yachi levanta la vista al escuchar las palabras de Hinata. Era una aclaración muy estúpida y obvia, pero precisamente esa obviedad era ignorada por muchos―. Una persona no es lo que dicen de ella, sino cómo es en su día a día y qué es lo que te parece como persona. Si viviéramos a base de opiniones, nadie sería amigo de nadie, ¿no? Yo soy como soy, y al entrar a esta escuela me prometí que soportaría ser diferente a los demás ―sonríe―, porque ser bajito o menos rico, o ser un marginado y un don nadie, debería importarme bien poco. No necesito a gente que me juzga sin conocerme.

Esas palabras habían impresionado a la rubia, quien no decía ni una palabra. Kageyama parecía algo sorprendido también, como si sus palabras hubieran calado profundamente en él.

―Que digas que te da igual no significa que dejes de ser un retaco.

―¡Deja de buscar pelea conmigo, Bakageyama!

―Solo te estoy abriendo los ojos para que no te lo creas demasiado. Agradécemelo.

―¡Eres un imbécil!

La pelea se alargaría si no fuera por la suave risa que deja escapar la chica. Ambos la miran confusos: sonreía con alegría. A lo mejor le parecía divertido ver cómo se peleaban, igual que un dúo cómico de la tele.

―Sois impresionantes ―a Kageyama le brillan los ojos con eso y Hinata sonríe de una forma muy exagerada―. Quiero decir… Ojalá yo… tuviera amigos así.

―¡Puedes ser nuestra amiga! ―exclama Hinata, convencido― Kageyama es un soso y a veces da miedo, pero te acabarás acostumbrando. Le podrías coger hasta cariño si te empeñas.

―Oye, tú. Vuelve a decir eso y limpio el suelo con tu cara, idiota.

Hinata se levanta de golpe, ignorando el insulto de Kageyama, y agarra las manos de la chica. Ella no parece muy segura de ese contacto tan cercano, pero no hace nada por alejarse.

―¿Quieres ser nuestra amiga, Yachi?

La rubia duda. Tensa sus músculos y sonríe nerviosa. Pero al ver la sonrisa amable y sincera de Hinata se da cuenta de que todos esos malos pensamientos y cuchicheos que corrían por las malas lenguas no eran algo que debía tomar demasiado en serio.

Quería conocerlos mejor.

―¡C-claro!

Era el inicio de una bonita amistad.

Hinata no podía estar más contento. Se había hecho a la idea de que no podría hacer amigos por culpa de Kageyama y, aunque no estaba tan lejos de la realidad, podía cambiar las tornas de ese juego egoísta.

No todos en la academia eran ricachones arrogantes y caprichosos; al igual que no todos conocían a Kageyama en persona.

A los pocos que se acercaran a ellos, como había pasado con Yachi, podría demostrarles que no eran nada de lo que por ahí decían. ¿Qué mejor manera que eliminar rumores con el poder de la verdad?

Se libraría de la maldición del rey. Y, además, eliminaría ese manto negro con el que habían tapado a Kageyama; les haría ver que ese chico tan aterrador y algo bruto no era tan malo como pintaban y que, aunque pudiera ser odioso, no había que llegar al extremo de hacerle el vacío.

Hinata lo cree de corazón. Es como si una luz cálida hubiera iluminado el pozo oscuro en el que había caído al comenzar las clases, mostrándole una enredadera oculta en la pared de piedra que podía usar para alcanzar el exterior.

¡Era el momento de brillar!

O eso es lo que había gritado internamente durante el resto del día, pensando en la manera que sería aceptado por los demás y en la buena acción que haría con ello. Recobraría la normalidad y sus preocupaciones se reducirían a atender en clases e intentar no ser atropellado por las limusinas que traían a algunos alumnos por las mañanas.

Esa noche, después de mucho tiempo, pudo dormir a pierna suelta, sin ninguna preocupación rondando su cabeza.

Eso hasta que el nuevo mañana, caprichosa como el destino mismo, le mete una patada en el trasero y le pone en su sitio y le recuerda por qué había perdido todas sus esperanzas.

Al día siguiente, en el edificio más grande de la academia, luciéndose frente a todos los estudiantes que entraban al patio principal, hondeaba un cartel de tela de por lo menos siete metros de altura donde algún gracioso había estampado una de las fotografías que la chica de ayer les había hecho a él y Kageyama.

En una postura provocativa, uno encima del otro, con el moreno mirándole intensamente y él con una expresión estúpida de pasivo indefenso. Igualito que una de esas imágenes que a las chicas de ahora tanto le gustaban.

Todas las miradas se dirigen hacia su temblorosa persona, y no precisamente porque se hubieran dado cuenta de que el color de su piel se había derretido y estuviera a punto de sufrir un colapso.

―Le pedí a Yachi-san que me pasara una de las fotos ―escucha la voz monótona del moreno tras su espalda―, para que todos puedan ver lo unidos que estamos. ¡¿ME OÍS, ESCORIA?! ¡HINATA Y YO ESTAMOS ASÍ DE UNIDOS! ¡POR ALGO ES MI ESPOSA, CAPULLOS!

―Kageyama.

El moreno se pone las manos a cada lado de su cintura y eleva un poco la vista, contemplando embelesado su obra maestra.

―¿Qué?

―¿Has hecho tú esto?

―Sí. También tengo panfletos ―dice mostrando una montaña de papeles guardadas en su mochila―. ¿Por?

Pero Kageyama no recibe ninguna contestación. A sus oídos solo llega el sonido seco del cuerpo inconsciente del pelinaranja desplomándose contra el suelo.

Hinata, el bajito y pobretón destinado a ser un marginado desde el primer día de clases, había pasado de ser "el chico sobre el que había recaído la maldición del rey" a "el chico protagonista de una imagen de orientación sexual dudosa".

Mirándolo por el lado positivo, ya no sería un don nadie. Ahora todos le conocerían. Sí, todos. Absolutamente todos.

Y pensar que se había hecho ilusiones…

Maldita y caprichosa realidad.


-RESPUESTAS-

Shinju3: Cuando Kageyama se empeña en algo, rara vez desiste. Si se ha hecho a la idea de que es su esposa, no usará estrategias para conseguir su atención; le golpeará hasta que admita su matrimonio (?)

Kageyama es solo una víctima más del sistema, al menos Hinata se ha dado cuenta y ha tratado de hacer algo por remediarlo. Está hecho todo un hombrecito uwu

¡Gracias por leer y dejar tu comentario! Un saludo~

Nily: No sabes cuánto me alegra oir eso ;w; Me llena de orgullo que te estrenes con una de mis historias [qué mal suena (?)] Kageyama no es que se lo haya buscado del todo, pero tampoco te digo que no lleve algo de culpa xD Es demasiado tonto para hacer las cosas normal.

Muchas gracias por leer y comentar. ¡Hasta pronto!

-RESPUESTAS-

Lo siento, Hinata. Eres muy ingenuo pensando que tu infortunio acabaría aquí. Al fin y al cabo, es del rey de quien hablamos, y todo lo que haga tiene que ser a lo grande.

¿Hinata se recuperará de su infarto? ¿Kageyama repartirá esos panfletos tan homoeróticamente fabulosos? ¿Esto era lo que Yachi pretendía? Todo esto y mucho más en un futuro próximo, amigos y amigas.

¡Un saludo y hasta pronto~ !