01. Horno
Canción del día: 'I wanna dance with somebody' de Whitney Houston
Escuchó el chasquido del papel rasgándose antes de ser consciente de lo que había ocurrido. La página estaba desgastada y llena de los trazos sin carbón que había hecho con el lápiz una y otra vez sin conseguir que nada se quedara en el papel de forma permanente. Había borrado cada una de las ideas que había intentado dar vida ahí. Y lo había hecho con tanta fuerza, tanta frustración, que había acabado rompiendo la página por la mitad al pasar la goma.
Marinette soltó los materiales sobre la mesa en un gesto hastiado y se llevó las manos sucias de carboncillo al rostro. Quería llorar. Quería gritar. Quería lanzar ese cuaderno por el váter y empujarlo con la escobilla hasta que las cañerías se lo tragaran por completo. Su trabajo parecía una basura, ¿por qué no deshacerse de él como tal?
El vestido que había intentado diseñar estaba dividido en dos. Marinette pasó los dedos por encima de aquellos caminos que aún conservaban el carbón del lápiz y por aquellos que ya había eliminado.
— ¿Qué es lo que se me escapa? —se preguntó Marinette, confusa y con la ilusión herida.
No era la primera vez que se enfrentaba a un bloqueo creativo, pero nunca había vivido una experiencia tan seca, tan asfixiante y tan hambrienta. Se sentía morir ante aquella página desmembrada y llena de cicatrices.
Marinette dejó caer la frente contra el escritorio en un suspiro agotado y se golpeó la frente varias veces con la superficie de la mesa, igual que se golpea un mando cuando la pila está a punto de agotarse, esperando que sus neuronas dieran un corrientazo de luz a sus oscuras ideas. Sabía que parte de su bloqueo se debía al miedo. Quería entregar su proyecto de fin de carrera a tiempo, pero a la vez le atemorizaba y la reducía a un mero conjunto de huesos tintineantes y nerviosos. Porque esa sería la prueba de fuego. A partir de ahí, por muy duras que se pusieran las cosas, sabría que su lucha había sido la correcta. Que tenía lo necesario para cumplir su sueño.
Su teléfono vibró y Marinette suspiró. Lo cogió y desbloqueó la pantalla, sin levantarse de la mesa. La app de la panadería de sus padres acababa de anunciar que una nueva tandada de pan recién hecho estaba lista para salir del horno. Sabía lo que eso significaría. Durante, al menos, media hora, la panadería sería una competición loca por conseguir baguettes humeantes y de corteza crujiente, los pain de campagne llenos de aroma y con su densa miga, o por los esponjosos y dulces brioches.
Se dio prisa en bajar y en entrar en la cocina, donde su padre ya estaba sacando las bandejas del horno.
—Hola, cariño, ¿no estabas trabajando? —preguntó su padre mientras afanosamente retiraba una de ellas, murmurando entre dientes que tenía que engrasar las rejillas verticales otra vez—. Te hacía en tu habitación.
—En eso estaba, pero me saltó la alerta de la app —explicó Marinette, lavándose las manos y poniéndose el delantal—. Y creo que ya era momento de que saliera de mi torre.
—Lo dices como si estuvieras presa.
—No es eso, es solo que… Papá, ¿qué haces para inventar tus recetas?
— ¿Que qué hago?
—Sí, ¿qué haces?
Tom soltó una risa baja.
—Pero si me lo has visto hacer toda la vida —explicó Tom—. Hago lo mismo que tú, experimentar.
—¿Y qué haces cuando ninguno de tus experimentos funciona?
—Intento cambiar de aires, probar cosas nuevas —meditó Tom—. A veces necesitamos comprender el trabajo de los demás para que el nuestro propio pueda crecer, no estamos solos, Marinette.
—Eso ha sonado a película de monstruos cutre —bromeó Marinette.
—¿Existe una película de monstruos que sea cutre? —preguntó Tom, dramáticamente indignado.
Desde la cocina pudieron escuchar el repetido sonido de la campanilla de la puerta de la entrada. La pobre acabaría mareada de tanto movimiento.
—Como no empecemos a sacar el pan, puede que acabemos teniendo una ahí fuera —dijo Marinette—. Se acerca la hora de la cena, la gente va a asaltar el mostrador como pirañas.
Tom se echó a reír y empezó a retirar las baguettes humeantes de la bandeja y a colocarlas en la superficie enharinada de la mesa.
—Podemos apañárnoslas —aseguró Tom, ante lo que Marinette puso los ojos en blanco.
—Si esta panadería tuviera peor fama, quizás, pero, ¿qué vamos a hacer si casi todos nuestros vecinos vienen aquí a por pan?
—Y no tan vecinos —apuntó Sabine, su madre, al entrar en la cocina—. No te esperaba aquí abajo, Marinette, ¿no estabas trabajando?
—Vengo a hacer mi parte —repitió Marinette, tomando una de las tandas de baguettes para llevarlas al mostrador—. Los dos solos no pueden alimentar al pueblo de París.
Tom y Sabine cruzaron una mirada preocupada y se hablaron durante un momento usando solo gestos con las manos para que Marinette no los escuchara. Sabine cerró la conversación con un mudo, pero claro, 'no', haciendo a Tom suspirar.
—Bueno, vamos allá —dijo Sabine en señal de ánimo, palmeándole el hombro a su marido—. Todo tiene solución.
—Sí, y la solución es vender todo esto —señaló Marinette, ignorante de la conversación que habían mantenido sus padres.
—Sí, cariño, allá vamos.
—Vaya, aquí se ha armado una buena, ¿eh? —preguntó Alya al entrar en la panadería—. Dime que me has guardado lo que te pedí, Mari, por favor te lo pido.
— ¿Cuándo no te hemos guardado un encargo, Alya? —la reprendió Sabine—. Si vienes aquí desde que Marinette y tú eran un par de niñas que venían corriendo del colegio a comer galletas.
—Lo sé, pero tengo demasiada hambre y llego tarde —reconoció Alya—. Podría comerme la panadería entera del hambre que tengo.
—Las paredes no están hechas de galleta, Alya —le recordó Marinette—. Por muchas veces que lo sueñes. Y no estamos en navidad como para hacerte una casa de jengibre.
—Ja, ja, qué simpática—se quejó Alya, haciendo un mohín.
Marinette le tendió una galleta enorme, del tamaño de su mano extendida, con chispas de chocolate y zanahoria. Alya se lo agradeció con un mordisco apurado y hambriento.
— ¿Cómo vas con las prácticas, Alya? ¿Te tratan bien en la tele?
—Sí, es genial, me dejan hacer más cosas de las que esperaba, pero es tanto trabajo que cuando al fin terminamos me siento igual que un saco de harina.
—Ten cuidado, no vaya mi padre a usarte para cocinar.
—En serio, estás muy graciosita tú hoy, ¿no? —se quejó Alya—. ¿Has podido avanzar con tu proyecto?
Marinette se limitó a suspirar, apesadumbrada, y a tenderle las dos baguettes que había encargado.
—Entiendo…
—Alya, ¿estás tomando descansos durante las prácticas? —le preguntó Sabine—. No es bueno solo trabajar —señaló, mirando significativamente a Marinette.
—No, claro que no, de vez en cuando salgo para despejarme —respondió Alya, entendiendo fácilmente las miradas que le lanzaba Sabine y haciendo un esfuerzo porque su rostro no la delatara—. Este finde estoy libre.
— ¿Y por qué no sales por ahí con Marinette? Hace tiempo que no tenéis una noche de chicas.
— ¡Mamá!
—Será un placer sacar a la reclusa de casa —bromeó Alya, armando rápidamente un plan.
Miércoles, 1 de marzo de 2023
