02. MEDICAMENTO
Canción del día: 'Stardust' de MIKA
Una persona normal habría caído escaleras abajo llevando unos tacones de plataforma de doce centímetros, pero Alya había pasado demasiadas veces por ese tramo tramposo a la torre de Marinette como para no subirlo casi que por instinto. Si tuviera algo de tiempo libre, aprendería a subirlas con la mente. Tenía esa clase de determinación.
—Marinette… —la llamó Alya con voz dulce, descorriendo la trampilla que daba acceso a la habitación—. ¿Estás lista?
Lo único que la recibió fue el silencio.
— ¿Marinette? —la llamó de nuevo. Dejó su bolso en el diván rosa y echó un vistazo a la habitación—. ¿Estás en el baño.
Lo único que se escuchaba en aquel espacio era su respiración. Alya frunció el ceño, molesta.
—Sé que estás aquí, tu madre me lo ha chivado —advirtió Alya, caminando por el cuarto con mirada de halcón. Subió las escaleras que daban a la cama de Marinette y allí vio cómo su amiga se había hecho una bola bajo el edredón.
—Marinette, puedo verte —le dijo Alya, sentándose a su lado en el colchón. La pinchó con la punta del dedo índice, logrando que Marinette se sobresaltase—. Te veo.
—No estoy —rezongó Marinette, apretando aún más la bola de sábanas y edredón que tenía a su alrededor.
Alya, sin verse afectada lo más mínimo, cogió el borde de la tela y tiró con fuerza, dejando a Marinette despeinada y al descubierto. Marinette la miró igual que un cervatillo asustado, con esos enormes ojos azules abiertos de par en par.
—Sí, sí que estás.
—Estoy mala.
—Te estás quedando sin excusas, señorita —dijo Alya, poniéndose en pie—. Venga, arriba.
—Pero en serio, me duele la garganta —se quejó Marinette.
—Será de estar tanto tiempo aquí encerrada —aseguró Alya, sin retroceder—. Venga, arriba. Te levantas o o misma te quito la ropa y te lanzo a la ducha.
—Te odio.
—Sí, sí, lo que digas—respondió Alya—, pero eso no me va ha hacer desaparecer.
—Ojalá —suspiró Marinette, intentando agarrar de nuevo el borde del edredón, pero Alya terminó de apartarlo y lo tiró al suelo, lejos del alcance de Marinette.
—Venga, arriba, se nos van a hacer las tantas aquí.
—Te odio —repitió Marinette en un gruñido infantil, pero finalmente se levantó.
— ¿Te he dicho ya lo mucho que te odio? —preguntó Marinette desde el baño.
—Solo unas cinco veces desde que te saqué de la cama —rio Alya. Estaba sentada en el diván, esperando y echándole un vistazo a su Instagram.
—Pues lo hago —aseguró Marinette, saliendo del cuarto de baño, ya vestida y maquillada.
Se había dejado el cabello suelto, peinado hacia un lado. Era mucho más cómodo hacerse un recogido, pero Marinette temía que le entrara frío en las orejas. Se había puesto un jersey de cuello vuelto negro, grueso y holgado, y unos pantalones cortos de cuero de tiro alto. Aunque ya llevaba unas medias oscuras, fue hasta el armario para sacar unos botines de tacón ancho y su gorra militar de lana con hebilla y visera de cuero sintético.
—¡Venga, no seas tan amargada! —se quejó Alya, palmeando el espacio libre en el diván para que se sentara a su lado—. No salimos juntas por ahí desde que empezaron las clases.
—Tú también has estado ocupada.
— ¡Lo sé! Por eso es aún más importante que aprovechemos para salir en cuanto hay un hueco.
— ¿Y que había de malo en ir a tomar un café?
—En que me regalaste este maravilloso top en mi cumpleaños y aún no he podido estrenarlo, ¿no te parece injusto?
Alya sacudió los hombros, haciendo que la holgada tela de lentejuelas dorada bailara a la luz, al igual que su melena rizada. El top con escote en uve dejaba ver una generosa muestra de la piel del pecho de Alya, que brillaba gracias a la loción de manzana que se había aplicado, y aún más de su espalda. Se había puesto unos pantalones largos de cuero y una cadena dorada a modo de cinturón.
— ¿Ahora intentas atacar a mi ego? ¿Después de confabular con mi madre?
—Venga, Mari, vamos —le pidió Alya, juntando las manos y dedicándole una mirada cabizbaja—. Es una salidita nada más, a la próxima vamos al Café de Lulú, ese que hace dibujos de unicornios en los lattes.
—Pero es que no puedo estar de acá para allá —se quejó Marinette—. Estoy mala, ¿recuerdas?
—A ver, ¿cuál ha sido ese mal tan horrible, terrible y espantoso que te ha dado de ayer para hoy? —preguntó Alya con el mismo tono que había usado siempre con sus hermanas cuando eran unas pequeñas traviesas que querían faltar al cole.
—Yo que sé, es una época rara —apuró Marinette—. Me duele la garganta.
—Nada que algo con lidocaína no alivie —aseguró Alya, acercándose al baño para poder indagar en su botiquín.
—Hay algo llamado privacidad, ¿sabes?
—Como si no me hubieras dejado coger más de un paracetamol para el dolor de regla cuando venía aquí a estudiar —resopló Alya—. Puedes inventarte las excusas para discutir que quieras, no voy a picar. ¡Hoy salimos y no vamos a volver hasta que amanezca!
Marinette se hundió en el asiento y así estuvo hasta que Alya le trajo una pastilla pálida y brillante, aunque no tanto como la sonrisa resplandeciente de su traicionera amiga. Con un gruñido derrotado, Marinette se irguió y se llevó el medicamento a la boca, dejando que el sabor a fresa le recorriera el paladar.
—Ya me pongo las botas, ya voy —suspiró Marinette, cogiendo el calzado que había dejado junto a las patas de madera del mueble—. Pero que sepas que no me olvidaré de esta emboscada.
—Vale, vale, lo que tú digas —rio Alya, tan satisfecha que era incapaz de esconder su sonrisa gatuna—. Te voy a llevar a un club que te va a encantar, ¡pero tenemos que ir en tu moto!
Jueves, 2 de marzo de 2023
