03. APLAUDIR
Canción del día: 'AIRE' de Sharonne
Marinette paró en unos aparcamientos en diagonal que había apenas a cinco metros del club. Era de los pocos espacios libres que había en toda la calle, que era angosta y complicada para cualquier vehículo que tuviera más cuerpo que un Fiat 500.
— ¿Por qué siempre me traes a sitios a los que no llegan los taxis? —se quejó Marinette, quitándose el casco rosa.
—Porque son fabulosos y chic —aseguró Alya, soltando el firme agarre que tenía en torno a la cintura de Marinette y bajándose de la moto. Se quitó el casco y sacudió su melena para que los rizos regresaran al lugar que le correspondían. Después de toda la espuma que Alya se había aplicado en el pelo, era imposible que su cabello perdiera la forma hasta el día siguiente.
—Y porque así no puedo escaparme.
— ¡Oh, venga! Incluso si hubiéramos venido en taxi, ¿serías capaz de dejar a tu amiga, tu queridísima mejor amiga del alma, sola en un bareto en medio de la noche?
Marinette la fulminó con la mirada, indiferente al intento de Alya de tumbarle las defensas. Aunque sí logró bajárselas un poco, admitió para sí con un suspiro.
—No, no lo haría —reconoció Marinette, bajando de la moto.
Sacó del baúl su gorra militar y guardando los dos cascos. También guardó el abrigo de Alya, que solo se lo había puesto para no helarse durante el paseo por fresca noche parisina. Cerró con llave y se aseguró de que todo estuviera en orden antes de ir con Alya hacia la entrada del local.
Había cola, pero no tanta como para que fuera una espera insufrible. Marinette estaba algo cegada por las luces de neón y prefirió no prestar mucha atención hasta que el portero les puso un sello en la mano y las dejó entrar.
—Vaya…. —murmuró Marinette en cuanto atravesaron el tupido y oscuro pasillo de la entrada y vieron el salón.
—Te lo dije —afirmó Alya con una sonrisa suficiente—. Te dije que te iba a gustar.
El sitio no era enorme, pero sí tenía el espacio suficiente para ser llamativo. Desde donde estaban podían girar a la derecha y sentarse en los taburetes de la barra; de frente, bajando cuatro escalones, estaba la pista de baile; y por toda la zona izquierda había mesas, sillas y sofás. El lateral derecho de la barra comunicaba con la pista de baile a través de unas escaleras. Al fondo de todo estaba el escenario. Las paredes estaban pintadas de negro y las lámparas de neón recorrían el espacio como si se tratara del sistema sanguíneo del local. En lo alto había una bola de discoteca que no paraba de girar, creando un efecto caleidoscópico. No pegaba nada con el ambiente, pero de alguna forma tenía su encanto
—Ahora solo falta que no me atraquen a mano armada por pedir una bebida —se burló Marinette, pinchándole las castillas a Alya levemente usando el codo.
—Eres peor que un dolor —resopló Alya, riendo—. Venga, vamos, yo te invito a la primera que tú has pagado el viaje.
Se sentaron en dos taburetes de la barra y vieron como una mujer vestida con una camiseta negra y unos pantalones vaqueros oscuros pasaba una escoba rápidamente por la tarima del escenario, apartando unas cuantas plumas blancas y fucsias, y se apuraba a colocar un soporte y un micrófono en el centro de la escena.
—Yo quiero una cerveza pale ale—le pidió Alya al coctelero, un hombre de cabello rizado y rapado por ambos lados, y un increíble maquillaje blanco y azul cobalto en los ojos—. Y mi amiga un daiquiri de fresa sin alcohol.
—¿Te toca conducir? —preguntó el coctelero con una sonrisa limpia y bromista.
—Esta de aquí al lado no sabe llevar mi moto, así que sí —contestó Marinette.
—¡Oye, que sí sé! —reclamó Alya—. Solo que tú no me dejas.
—Claro, para que me la estampes contra un matorral como la otra vez.
—Eso fue un accidente.
—Sí, por supuesto.
El coctelero escuchó la conversación sin esconder la sonrisa en ningún momento. Tampoco es que a Marinette le fuera a entrar la timidez. Después de haber tenido a Alya metiéndose con ella todo el día, era refrescante poder marcar un punto.
De repente, todo el mundo en el club se volvió loco, sobresaltando a Marinette.
—Mira, ya sale, ya sale —le indicó Alya.
— ¿Pero qué pasa? —preguntó Marinette sin entender.
—El motivo por el que te he traído aquí —explicó Alya tras guiñarle un ojo—. Arte y entretenimiento, todo en uno para que puedas divertirte sin sentirte culpable.
Los focos se movieron sobre el escenario hasta caer en torno a la figura de la persona que estaba en medio. Solo se podía apreciar su silueta, tan inmóvil y perfecta que parecía una estatua. Pese a la distancia, Marinette estuvo segura de que era una artista altísima, y no era solo cosa de los tacones. Marinette se vio contagiada por ese entusiasmo electrizante y sobrecogedor que parecía recorrer toda la sala. Le sirvieron el daiquiri y ella lo tomó en la mano sin ser apenas consciente de ello, no podía apartar la mirada.
— ¡Chatte Noire! —gritó una persona al fondo.
Ella se mantuvo inmóvil, con la cabeza baja y las manos colocadas estratégicamente en su cintura y su cadera.
— ¡Eres una diosa! —gritó una mujer desde la pista de baile.
Marinette juró que podía ver el amago de sonrisa en sus labios pese la distancia y al juego de luces, pero no pudo estar segura. El publico comenzó a corear su nombre, cada vez más rápido y con más fuerza y entonces, de repente, la luz se fue. Durante unos segundos, se hizo el silencio, pero Marinette fue incapaz de apartar la mirada de donde ella había estado hasta hacía unos segundos. Esperó, con el corazón latiéndole tan fuerte que podía escucharlo. No sabía por qué su corazón se había vuelto loco, pero tampoco era capaz de dedicarle un minuto a ese pensamiento. Entonces, el sonido estalló y todas las luces invadieron el escenario. Chatte Noire agarró el micrófono y pegó sus labios a la estructura metálica para ponerse a cantar en vivo.
—Mierda… —soltó Marinette sin darse cuenta—. ¿Fue por ella que descubriste este sitio?
A Marinette estuvo a punto de desencajársele la mandíbula. Aquella debía ser, sin lugar a dudas, la drag queen más hermosa que había visto jamás en su vida, y como diseñadora se había cruzado con muches artistes del arte drag. Tenía unos rasgos perfectos, más allá del maquillaje. El rostro que esperaría ver en una pasarela de las grandes marcas o liderando la gran pantalla de algún festival.
—La vi actuar en un Tik Rock y me explotó la cabeza —explicó Alya, pegándose a la oreja de Marinette para hacerse oír encima de la música—. Es una pasada.
—Es una pasada —repitió Marinette, totalmente absorta.
Más allá de los taconazos que llevaba, la drag queen era aún más alta de lo que pensó en un primer momento. Lo suficiente para que no necesitara que hubiera nadie más a su alrededor, ella sola se comía la escena. Llevaba una enorme peluca rubia con unas ondas hollywood de ensueño, un corsé negro lleno de pedrería verde, unos pantalones largos y una chaqueta de cuero. Los focos le daban de lleno y refulgía como una estrella en medio de la noche. Cuando terminó la actuación, a Marinette le dolieron las manos de tanto aplaudir.
—Que sepas que no me pienso olvidar de esto —apuntó Alya con una sonrisa socarrona.
—¿Olvidar qué?
—Que mi "pésima, horrible y terrible" idea te ha tenido dando brincos y aplaudiendo como una loca —explicó Alya, dando un sorbo de su botellín de cerveza—. A la próxima, no quiero quejas.
—Puede que me haya emocionado un pelín.
—¿Un pelín? —se burló Alya—. Si casi me dejas sorda, y nunca te había visto beber un cóctel tan rápido, aunque sea sin alcohol.
Entonces fue cuando Marinette prestó atención a la copa vacía entre sus manos.
—Ay, porras… ¿Puedo pedir otra?
Viernes, 3 de marzo de 2023
