06. CABALLETE
Canción del día: 'Le dernier jour du disco' de Juliette Armanet
Marinette agradeció la caricia extrañamente cálida del sol otoñal. Frente a las brisas y corrientes cada vez más frías que prometían un invierno gélido, esos resquicios de calor eran un regalo. Apenas había nubes en el cielo, así que podía estar tranquilamente en uno de sus lugares favoritos: la azotea.
Para muchos, la azotea era un espacio pequeño sin grandes ventajas. No había tomas de corriente para nada, todas las ristras de luces y lámparas que Marinette había colocado en las paredes y las barandillas se cargaban con energía solar o enchufándolas a una batería USB. Tampoco había espacio para muchos muebles ni formas cómodas de trasladarlos hasta allí. Apenas tenía una hamaca; un armarito de IKEA que había encontrado en la basura y que había necesitado desmontar y montar de nuevo, lleno de un montón de bártulos que había ido subiendo a la azotea poco a poco; una mesa de té y un par de sillas de picnic que había pintado. Los cojines, cuadrados y acolchados, los había hecho ella misma con restos de tela que tenía en su baúl de trabajo. Su padre le había sugerido montar un sofá con pallets y almohadones rectangulares rellenos de gomaespuma, pero Marinette sabía que sería algo demasiado engorroso. Para poder meter algo en la azotea había que colarlo por las escaleras de la habitación de Marinette o traer una grúa y subirlo desde fuera. Era un espacio que se cerraba ante la idea de recibir visitas en cualquier momento, mostrando todos esos bordes y asperezas que se hacían incómodos para cualquiera. Pero ahí estaba la clave de por qué a Marinette le gustaba tanto. La privacidad. Era su rinconcito, donde podía pensar y buscar otra forma de resolver las cosas, tejer sin ningún fin concreto, esperando que el camino de la lana desenredara los líos de su cabeza o pasar las noches de verano meditando hasta ver el amanecer.
No era como si sus padres no respetaran su intimidad, pero aquel era su pequeño santuario y lo adoraba. Algunos de sus mejores diseños no habían visto la luz en su mesa de trabajo donde tenía todos sus materiales, sus herramientas y su ordenador. Habían sido en aquel modesto espacio, con las cosas que tenía guardadas en el armarito como eran las acuarelas, los lápices de colores, los pinceles y los crayones.
Tenía las manos manchadas de pintura. Notaba la humedad pegajosa en los nudillos, donde había rozado la pintura fresca sin querer, y la sequedad bajo las uñas. La sábana que había puesto en el suelo y el peto vaquero que llevaba estaban llenos de manchas, pinceladas, goteos y arañazos de pintura vieja. Aunque Marinette sabía dibujar y era un arte que había ido perfeccionando con el paso de tiempo para darle más peso y sentido a sus diseños, llegó un momento en que el carboncillo se le quedó pequeño. Había emociones e ideas que necesitaban otra vía para poder expresarse.
La primera vez que cogió un lienzo y lo colocó en un caballete como aquel fue en un retiro artístico al que acudió durante su primer año de carrera, aunque no salió demasiado bien. No volvió a acercarse a uno por su propia cuenta hasta que tuvo una crisis de identidad en segundo curso. Animada por su abuela Gina, una trotamundos que parecía no tenerle miedo a nada, compró un caballete de segundo mano y empezó a pintar. Y lo hacía cada vez que su corazón se veía turbado por demasiadas emociones. Como aquel día.
Apenas había podido dormir después de su salida con Alya, al llegar a casa. Se había pasado las pocas horas que le quedaban a la noche dando vueltas en la cama, sintiendo el violento palpitar de su corazón. Apenas amaneció, se duchó y se apuró a desayunar algo. Intentó ayudar en la panadería, pero su padre, al verle la cara, la mandó de vuelta a su habitación.
—Has encontrado algo, ¿cierto? —le había preguntado Tom, sacando una bandeja del horno y metiendo otra.
— ¿Cómo lo sabes? —había preguntado Marinette, sorprendida.
—Porque tienes cara de no haber dormido nada —aseguró Tom, riendo—. Pero aún así te brillan los ojos.
Marinette había hecho caso a su padre y había salido de la cocina, directa a su habitación. Se había cambiado con movimientos torpes y rápidos y había subido a la azotea. Había dejado de lado las sillas y la mesita de té, poniéndolas en el espacio bajo la hamaca, y había estirado la sábana en el suelo. Con cierta contención en los músculos debido a la anticipación, había preparado el caballete, el lienzo y la pintura. En cuanto pudo dar la primera pincelada, sus dedos temblaron de emoción, de energía y de exaltación.
Cuando tenía un nudo a punto de explotar, oprimiéndole el pecho, la pintura se convertía en un campo de batalla. Y ahí, bajo el lápiz rojo y las largas y sinuosas pinceladas de pintura negra, estaba ella: Chatte Noire. Como una aparición en medio de la oscuridad, devoraba todo con el mero hecho de lanzar una mirada al frente. Incluso había hecho desaparecer de dos bocados los conflictos que Marinette tenía con su propio trabajo.
En esos ojos verdes había promesas de locura, desenfreno y una vida fluorescente. Una mirada que había hecho añicos sus temores y la había envuelto en un mundo de telas azabache y obsidiana, abalorios, piedras brillantes, faldas de vértigo y taconazos imposibles.
Marinette lo había sabido la noche anterior, pero no lo había comprendido. No había entendido cómo reaccionar ante semejante revelación hasta que pudo poner en orden sus pensamientos, pincelada tras pincelada. Por el bien de su futuro, tenía que volver al club.
Martes, 7 de marzo de 2023
