09. ESCALERA
Canción del día: 'Fighter' de Christina Aguilera
Marinette levantó la vista en cuanto vio desaparecer su vaso, al que ya solo le quedaba el agua de los hielos derretidos, y lo vio reemplazado por una copa.
—Yo no he pedido esto… —le dijo Marinette a André, confundida.
—Lo sé, es regalo de la casa —explicó André, guiñándole un ojo. Esa noche había optado por dibujar delineados irregulares de distintos colores en sus párpados, creando una mirada atrevida y dinámica.
— ¿Regalo de la casa? —repitió Marinette, examinando con detalle la copa—. ¿Y esto qué es?
—Es secreto —respondió André con una sonrisa ladeada y traviesa.
— ¿En serio crees que voy a beberme algo que es "secreto", así porque sí?
La sonrisa de André aumentó al ver el mohín malhumorado de Marinette.
—Es que aún no está en la carta, es una receta que estamos probando.
—¡Ah, vale! —resopló Marinette, cogiendo la copa y observándola con ojo crítico. Tenía un precioso tono rosa, algo pastel para el tipo de bebidas que servían en el club. Apoyado sobre los bordes había una varilla de madera con una nube de golosina pinchada a modo de brocheta. La habían doblado sobre sí misma para que tuviera forma de corazón.
—Te prometo que no tiene alcohol —aseguró André.
—Ya, claro, no querrás que pese sobre tu consciencia el dejarme coger la moto borracha —bromeó Marinette, oliendo la bebida con cuidado—. ¿Piña?
—Y porque sé que no te gusta —añadió André, ignorando descaradamente su pregunta—. Eso me quedó muy claro cuando te equivocaste al pedir un té helado y los chicos te dieron un Long Island.
—Un té helado es un té helado.
—Nena, que estás en un club nocturno.
—No soy la única que vuelve a casa conduciendo, ¿sabes?
—Lo sé, pero mucha gente se divierte, se despeluja la peluca y, claro, luego deciden volver en taxi.
—Si cogiera un taxi cada vez que viniera aquí…
—Al menos no pides agua del grifo, tan pobre no estás —bromeó André—. Anda, confía en mí y pruébalo.
Marinette soltó un suspiro y se llevó la copa a los labios. Enseguida registró en su paladar el regusto fresco de la piña y la suavidad de la leche de coco. Pero había algo más, un sabor agridulce y fuerte que podría haber roto el equilibrio de la bebida, pero en su lugar conseguía una armonía peculiar.
—¿Tenía razón, verdad? Tiene piña y, si no estoy equivocada, frambuesa —señaló Marinette, tomando otro pequeño sorbo—. Pero tiene algo más, algo dulce, pero no es cosa del azúcar. Tiene un regusto distinto, ¿le has puesto agave?
—Creo que le has dado una definición nueva a lo de tener un piquito de oro —comentó André, sinceramente sorprendido—. No esperaba que incluso pillaras ese.
—Son muchos años como principal testeadora de la panadería de mis padres, por favor —rio Marinette, limpiándose una pelusa imaginaria del hombro—. Tendrás que ponérmelo más difícil la próxima vez.
—No me retes, no me retes, que soy capaz —aseguró André—. Eres la primera que prueba nuestra golopiña.
— ¿Golopiña? —resopló Marinette riendo—. Que clase de nombre es ese.
—No puedo decirte más, ya lo entenderás en primavera.
—Bueno, pues si no me dices nada, me debes un premio o algo.
—Tienes una bebida gratis, ¿qué más premio quieres?
—No, no, señorito, no me vayas de listo —lo acusó Marinette, señalándole con el dedo índice—. No puedes valorar como premio algo que me querías hacer probar por tu propio beneficio. Un premio siempre es un obsequio que se brinda aparte de la prueba, que lo de "el premio fue la experiencia" no cuela.
—Pues vaya, va a resultar que también encajas en la definición clásica de piquito de oro.
—No me pasa a menudo, pero a veces tengo mis momentos —bromeó Marinette.
—¿Y qué quieres de premio? A ver, cuéntame.
—Pues me encantaría que un día me maquillaras —dijo Marinette—. Siempre llevas la cara impresionante, destacas, y trabajas en un local de reinas que ya es mucho decir.
—¿Entonces tu premio por ser mi conejillo de indias es ser mi conejillo de indias? Debería llevarte a la academia entonces, a veces nos faltan modelos.
—¿Eres maquillador?
—En proceso, estoy estudiando.
—¿Y trabajas aquí mientras tanto?
—La academia no es barata.
Marinette resopló.
—Y que lo digas —dijo Marinette antes de comerse la nube de la golopiña—. Quién sabe, quizás algún día acabemos trabajando juntos. Tú como maquillador y yo como diseñadora.
—Quién sabe —repitió él—. Este mundo es muy pequeño.
Cada vez que Chatte Noire salía a escena, a Marinette se le paralizaba durante un segundo el corazón. Como si se saltara un latido. El tiempo se detenía al verla avanzar por el escenario. Quizás era su seguridad, su desparpajo o su presencia, no estaba segura del todo, pero era algo cautivador. Después de ese ínfimo espacio de tiempo en el que el planeta parecía dejar de girar, un corrientazo la recorría por entero y era incapaz de soltar el lápiz. Era una sensación intoxicante, tanto que temía estar volviéndose adicta, pero que la entusiasmaba. Había agotado ya un cuaderno de bocetos desde que había comenzado a visitar el Yas Queen.
—Ha llegado el turno de tu amada —se mofó André mientras secaba una ristra de vasos de chupito con un trapo.
Chatte Noire se plantó en el centro del escenario como si aquel fuera su hábitat natural, su reino y su paraíso. Llevaba una peluca rubia, como siempre, de corte irregular y lacia. El marcado maquillaje negro la hacía lucir como una guerrera. Su traje era más simple que de costumbre, un vestido de cuello alto y manga larga con una ilustración grafiti en el torso. Pero las botas negras, tan altas que le llegaban a medio muslo, eran puro poderío.
—Ay, cállate, déjame ser una fan feliz —le chistó Marinette, abochornada, pero de buen humor. Admiraba el poder que reflejaba Chatte Noire y eso no le avergonzaba, pero sí lo hacía ser tan condenadamente transparente.
En cuanto las primeras notas de Fighter de Christina Aguilera empezaron a sonar, Chatte Noire se llevó el micrófono a los labios.
—Ya podría hacer algo nuevo por una vez.
Había algo ácido en el comentario y Marinette, antes de darse cuenta, desvió la mirada a quién lo había dicho. En el lateral de la barra que daba a la pista de baile, muy cerca de ella, se había sentado aquel hombre de pelo gris. Marinette lo observó, frunciendo el ceño. Después de la bronca que había tenido con él frente a los baños no lo había vuelto a ver, pensaba que había dejado de venir, pero era obvio que se equivocaba. Hablaba con un amigo que se reía de sus comentarios como si fueran lo más divertido del mundo.
—Siempre está con el mismo repertorio, supongo que es lo que tiene saberte cuatro canciones y ya —siguió él, hablando en voz bien alta.
Había hinchado el pecho como un pavo, muy orgulloso de escucharse por encima de la música.
—Si es que la solo sabe hacer cuatro mierdas, se queda en esas cuatro mierdas —se burló él, riendo—. No sé por qué la idolatran tanto si es más basta que unas bragas de esparto.
—Pues si tan poco te gusta, ¿por qué no te largas?
Las palabras escaparon de la boca de Marinette antes de que se diera cuenta y mucho más alto de lo que habría esperado. Llamó la atención del hombre de pelo gris y de su amigo. Marinette podría haberse acobardado ante la mirada fiera de aquellos ojos marrones, tan bonitos como fríos. Marinette lanzó una mirada fugaz a Chatte Noire, que estaba dándolo todo con la coreografía mientras no le temblaba ni por un segundo la voz. Se comía el escenario con arrojo y Marinette tomó prestado un poco de esa fuerza.
—Fue a hablar la ratona —bufó él—. Tú no eres nadie para decirme a dónde puedo ir.
Marinette cuadró los hombros y se negó a dejarse intimidar.
—Tengo tanto derecho como la que más, nos estás amargando la fiesta a los demás con tus gilipolleces —respondió Marinette con acritud—. Si tan poco te gusta el show, lárgate.
—¿Me llamas a mí amargado? —preguntó él. La señaló acusatoriamente con el dedo índice y se lo clavó repetidas veces en el hombro, cada vez con más fuerza—. No soy yo la que está aquí plantada y sola, ratona de mierda.
—No me toques —ordenó Marinette, dándole un manotazo—. No quiero acabar apestando a mono de feria.
—Eres una guarra.
—¿Hay algún problema? —preguntó André desde el otro lado de la barra.
—Y tú un gilipollas, pero no por eso tengo que aguantarte —dijo Marinette a su vez.
Pese a la oscuridad del local, Marinette pudo ver con claridad cómo le habían ido subiendo los colores y no precisamente de la vergüenza. Si seguía así, se le colorearía hasta la raíz del pelo.
—Bueno, vamos a tener la fiesta en paz —solicitó André con ademán conciliador, pero no valió de mucho.
Antes de ser consciente de lo que pasaba, el hombre le tiró su copa directa a la cara. Marinette apenas tuvo tiempo de cerrar los ojos.
— ¡OYE! —exclamó André—. No toleramos esa clase de comportamiento en el club, puedes ir pirándote.
—¿Y me vas a echar tú? —se burló él.
Antes de que André pudiera responderle, Marinette tomó una copa al azar de la barra y se la lanzó a él.
— ¡Pero serás guarra! Esto es de marca.
— ¡Pues ahora vale lo mismo que tú! —gritó Marinette, cada vez más enfadada—. Que es cero, imbécil.
—Ay, mierda… —suspiró André. Se llevó una mano a la sien, previendo el dolor de cabeza que se le venía encima.
El hombre de pelo gris no esperó ni una excusa ni un argumento más. Apretó el puño y lo dirigió con rabia hacia el rostro de Marinette. Ella desvió el golpe con el antebrazo, tal y como le había enseñado su madre, y empujó con fuerza.
—¡EY, EY, EY! —exclamó André con rapidez. Apoyó la mano sobre la superficie de la barra para poder saltarla con agilidad, pero no llegó a tiempo.
Marinette agarró todas sus fuerzas y le dio un puñetazo en la nariz. No pudo escuchar el crujido, pero pudo sentirlo en los nudillos. Como si necesitara más pruebas, él empezó a sangrar rápidamente por la nariz.
— ¡ZORRA ASQUEROSA! —gritó él con un estrangulado sonido nasal, tratando de contener la hemorragia con las manos.
Marinette no se dio cuenta de que todos a su alrededor se habían apartado de la pelea hasta que escuchó las exclamaciones y los gritos difusos del resto de los clientes.
— ¡TE VOY A REVENTAR LA PUTA CABEZA CONTRA LA BARRA, RATA!
— ¡SEGURIDAD, SEGURIDAD! —exclamó André. Se puso en medio, tratando de apartarle de Marinette—. ¡Sacad a este imbécil de aquí! ¡YA!
El hombre de pelo gris iba a zafarse de André y coger carrerilla para cumplir su promesa, pero se olvido de las escaleras que estaban a sus espaldas. Trastabilló y cayó al suelo de la pista del baile. Perdió un zapato en el proceso, haciéndole lucir aún más ridículo. Dos miembros de seguridad, grandes como armarios, finalmente se acercaron y lo arrinconaron. La mujer le obligó a poner las manos atrás y se las esposó con una brida. Entre los dos lo levantaron y lo obligaron a salir fuera.
Marinette vio el recorrido de esos tres en dirección a la salida como quien observa desde un lado de la carretera cómo la ambulancia se abre camino por el mar de asfalto. Se olvidó de todo, concentrada en esa impresión, hasta que André le palmeó el hombro.
—Y yo que pensaba que tú eras de las tranquilitas.
Viernes, 9 de marzo de 2023
¡Hola a todos, lindas flores!
Voy a reconocer que en este capítulo me lo pasé muy, muy, muy bien. No soy de escribir diálogos con muchas palabrotas, pero me encanta que Mari mande a los idiotas al carajo jajajaja.
Muchísimas gracias por los reviews a arianne luna, HeatherMino, genesis y Cerimonia Rossa. Me animan a seguir imaginando, escribiendo y creando mucho más de lo que ustedes piensan.
Cerimonia Rossa, llevaba mucho tiempo queriendo escribir alguna historia con drag queens en el foco, pero nunca encontraba el momento adecuado ni una historia apropiada. Como bien dices, no quería que mis drags fueran simplemente una muñeca a la que mirar. Quería que cada una tuviera su carácter, historia y estilo. Que fueran personajes propiamente dichos, vaya jajajajaja. Me alegra mucho que te hayas decidido por darle una oportunidad y espero que te esté gustando.
