10. POLLITO
Canción del día: 'UNO' de Little Big
— ¿Estás bien? —le preguntó André con un deje seco en la voz.
Marinette se vio obligada a desviar la mirada de la salida por la que estaban a punto de desaparecer el idiota y los seguratas y fijarse en André. El alivio porque el problema hubiera desaparecido se le había esfumado bien pronto y, con él, cualquier rastro de su personalidad bromista. La observaba con sincera preocupación y un resquemor malhumorado clavado en su entrecejo como una zarza.
—Sí, sí, estoy bien —aclaró Marinette rápidamente—. ¿Y tú? Fue una locura lo de meterte en medio.
— ¿En serio te estás quejando? —bufó André, dando un paso atrás—. No te ofendas, pero eres la menos indicada para decirme qué es una locura.
—Tampoco la he liado tanto… —dijo Marinette, aunque no se lo creía ni ella.
Poco a poco, los ánimos en el club fueron relajándose y la gente volvió a centrarse en lo suyo y a caminar libremente por la barra y los alrededores sin temor a acabar metidos en la trifulca.
—Tía, que te has liado a puñetazos con un salvaje que te sacaba dos cabezas —recordó André—. Y que ya iba contentillo, encima.
—Ese seguirá siendo un idiota aun estando sobrio —farfulló Marinette a modo de débil defensa—. ¿Ves? Estoy de una pieza, todo controlado.
Marinette estiró los brazos como si fuera el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, algo que fue un poco incómodo porque estuvo a punto de darle en la cabeza a uno que tenía justo al lado. André la miró con el ceño fruncido, igual que un juez con muy mala leche y el poder de mandar su culo a la cárcel.
—Yo estoy bien, en serio, aunque mi ropa va a necesitar algo más que hilo y anestesia para sobrevivir. Esto es lo que se llama una situación crítica —bromeó Marinette, se quitó una rodaja de lima del hombro con evidente asco.
André intentó contener la carcajada, pero el aire escapó entre sus dientes como un resoplido de un dibujo animado.
—No vayas por ahí, señorita —le advirtió André, señalándola con el dedo—. No intentes hacerme reír, no te vas a salvar tan fácil.
— ¿No estás siendo muy gruñón?
Marinette se estremeció al sentir como algo húmedo y frío se deslizaba por su cabello y empezaba a rozar la piel de su frente. El contacto frío y gelatinoso no era agradable, pero sus escalofríos procedían más de un sentimiento de repugnancia que la estaba matando. Al menos se cara de rana empanzada consiguió hacer reír a André.
—Anda, venga —suspiró André, quitándole otra rodaja de lima del pelo—. Intentemos quitarte todo este pringue de encima.
André estuvo a punto de darle unas indicaciones a Rita, la coctelera que estaba en medio de la barra, cuando Anne se les acercó. Con cada uno de sus pasos, la coleta alta azul oscuro bailaba tras ella. Marinette la reconoció de vista, era frecuente que estuviera en el escenario preparando cosas para el espectáculo y que fuera corriendo de un lado para otro. Siempre vestía con el uniforme oscuro del equipo de producción. Marinette sabía su nombre porque André lo había comentado alguna vez.
— ¿Eres tú la que la ha liado antes? —preguntó Anne, mirándola de arriba a abajo con cara de pocos amigos.
Marinette se señaló a sí misma, perpleja.
—Sí, creo que sí.
—¿Crees?
—Fui la que estuvo en la pelea.
—Entonces, sí, eres tú —respondió Anne—. Te llaman al camerino, hay alguien que quiere hablar contigo.
Marinette volvió a señalarse a sí misma, más confusa aún que antes. Miró a André, pero él se limitó a encogerse de hombros con una sonrisa tirando de sus labios. El coctelero sabía tanto del tema como ella. Antes de que Marinette pudiera preguntar nada, Anne giró en redondo y volvió sobre sus pasos camino al escenario. André le dio un ligero empujón para que se pusiera en marcha, Marinette no tuvo otra opción que seguirla.
Después de llevarla por los recovecos que se escondían tras el escenario, los pasillos llenos de cajas que parecían a punto de estallary hacerla serpentear entre otros miembros del club que caminaban en sentido contrario, Anne finalmente se detuvo delante de una puerta con una estrella dorada adherida a ella. Apretó el puño y tocó varias veces con los nudillos en un movimiento fugaz.
—Ya está aquí —anunció Anne, acercando el rostro a la puerta.
—Que pase —dijo una voz al otro lado.
Anne la miró durante un segundo antes de coger el pomo y girarlo.
—Ya la has oído —fue lo único que dijo antes de marcharse.
Marinette la vio desaparecer por una esquina mientras se llevaba el móvil a la oreja. Caminaba como si estuviera compitiendo en marcha olímpica y Marinette se preguntó qué tan trabajoso tenía que ser trabajar para sacar adelante el show desde detrás del telón.
—Puedes pasar, ¿eh? —repitió la voz del interior de la habitación—. Que no muerdo ni araño ni nada. Bueno, a lo mejor un poquito, pero solo por diversión.
La escuchó reír y Marinette finalmente se decidió a entrar. Aquello era un camerino, más grande de lo que esperaba. Había cuatro puestos de maquillaje, cada uno decorado de forma diferente. No le fue muy difícil saber qué reina solía usar cada uno. Había dos baldas metálicas por encima de cada tocador, cada una con cuatro maniquís para las pelucas.
Había cuatro armarios en el fondo, todos de un brillante negro metálico y con un diseño tan minimalista que resultaba chocante en ese espacio lleno de color. Solo uno de los armarios estaba abierto de par en par. Aunque el resto estaban cerrados, solo uno se mantenía bajo candado.
Había únicamente una ocupante en la habitación y la miraba con interés. La observaba cuidadosamente con esos ojos verdes tan intensos, la hizo sentir tan nerviosa como una niña que se encuentra de repente ante la profe en el colegio esperando una reprimenda.
—Hola —la saludó Chatte Noire. Se relajó contra el respaldo de la silla y echó el cuello ligeramente hacia atrás para poder verla mejor.
—H-hola —respondió Marinette, haciendo un esfuerzo por no agarrarse de las manos y jugar con los dedos, muestra clara de su nerviosismo.
— ¿Así que tú eres la que montó todo ese jaleo, estropeando mi actuación?
—¿Qué? —A Marinette se le secó la boca. En ningún momento se le ocurrió que Chatte Noire pudiera tomarse su discusión ligeramente ida de madre con una ofensa contra ella—. ¡No, no! No fue así, te lo prometo.
Chatte Noire se echó a reír. Fue un sonido alegre y relajado, inesperado teniendo en cuenta lo tensa que se sentía Marinette en ese momento.
—Princesa, no te lo tomes tan en serio —dijo Chatte Noire—. Era una broma, una broma. Aunque quizás debería llamarte mi caballero en lugar de princesa, teniendo en cuenta que montaste tu propia rumba para defender el honor de esta pobre reina.
— ¿Te enteraste? —preguntó Marinette, ruborizada.
Iba a salir de aquel local, iba a buscar una piedra y se iba a esconder bajo ella hasta el fin de los tiempos.
—Era difícil no hacerlo. La gente habla, los camareros hablan, los seguratas hablan, ¡y ya no te digo lo que hablamos las reinas! —Chatte Noire soltó una carcajada—. Somos todas unas alcahuetas. Y no siempre se ve a una mujer del tamaño de Pulgarcita tumbar de un golpe a semejante mole sin neuronas.
—Ay, madre… —suspiró Marinette, llevándose las manos al rostro—. No me parecía tanto, pero parece que sí te he liado una buena. Lo siento.
—Me gustaría saber cómo son las peleas en las que tú te metes para que esta no te haya parecido para tanto, ¿qué tal la mano, por cierto? Te la veo un poco roja.
Marinette se destapó el rostro y examinó sus nudillos. Estaban algo inflamados y había un par de cortes con lágrimas de sangre. Al día siguiente era muy posible que aquello se convirtiera en un moretón gigante.
—Me pondré algo de hielo al llegar a casa, pero no es para tanto —reconoció Marinette—. Me he llevado golpes peores.
Chatte Noire la miró con interés, enarcando una de sus maquilladas y finas cejas.
—Como esperes a llegar a casa, vas a tener un problema —comentó Chatte, levantándose.
Marinette se vio tentada a dar un paso atrás. Aunque sabía que Chatte Noire era alta y lo había vivido de cerca, pero alguna razón no la recordaba tan alta. Su altura la impresionó más de lo que admitiría en voz alta y pensó que algunos de los diseños que ya había pasado a limpio iban a tener que pasar a la etapa de borrador de nuevo.
Chatte Noire fue hacia el congelador que había en un lateral de la habitación, justo al lado de una una pequeña nevera. Encima había un botiquín anclado a la pared. Lo abrió y sacó una bolsa de hielo con un estampado rosa chillón de gatitos. Desenroscó la tapa, sacó un par de hielos del congelador y los metió en la bolsa. Cerró todo y se la tendió. Marinette se la llevó al golpe, perpleja.
—Gracias —murmuró Marinette.
—Todo sea por la defensora de mi honor.
Marinette resopló, abochornada.
—Oh, vamos, no te avergüences. Es la segunda vez que me defiendes de ese gilipollas y te lo agradezco, es bonito saber que hay gente dispuesta a meterse en líos por defender mi culo. Y qué menos que darte las gracias en persona y preguntarte cómo te llamas. Al menos esta vez debería hacerlo.
Marinette ni se imaginó que Chatte Noire fuera a recordar el primer incidente. Por alguna razón que no terminaba de comprender, aquello la hizo sentirse poderosa y memorable. Orgullosa. Chatte Noire apoyó el muslo derecho en la superficie del tocador más cercano a la puerta, justo donde estaba Marinette, y le dedicó una sonrisa de un millón de quilates.
Chatte Noire tenía la clase de encanto dulce y travieso que hacía que la gente dijera estupideces sin darse cuenta. Y Marinette tendía a decir lo que se le pasaba por la cabeza cuando estaba nerviosa, lo que hacía que aquella situación le tuviera el corazón a mil por hora.
—Marinette —dijo al fin, haciendo un esfuerzo por sonar normal—. Me llamo Marinette.
—Encantada, Marinette —respondió Chatte—. Yo soy Chatte Noire, aunque creo que eso ya lo sabías —bromeó ella con una risa ligera—. Muchas gracias y, ¡felicidades! Fue una buena pelea.
—No hay que darlas —respondió Marinette. Seguía abochornada y notaba el peso de ese sentimiento en el creciente calor de sus mejillas y su cuello, pero pudo reírse.
—Claro que sí, y ya que tú me ayudaste a mí, creo que es mi turno de ayudarte. Quitándote de encima esa ropa que apesta a vodka y el pringue verde ese que tanto le gusta a Pharaon.
—No es necesario…
—No creo que muchos taxis acepten llevarte si pareces una babosa verde.
—He venido en moto.
—Pero me lo pones. Como te pare la poli y te pillen oliendo así, es que ni te van a acercar el alcoholímetro ni nada. Va a ser multa al canto. Y ya te puedes despedir de cuatro puntos del carnet, facilito.
—Bueno, vale, ¿y qué se te ocurre?
Chatte Noire la miró de arriba a abajo con detenimiento, valorando su top oscuro, su blusa trasparente y sus pantalones vaqueros.
—La verdad es que tengo mis dudas de que tenga algo que te valga. Con mi altura… —murmuró Chatte—. Wishmaker también es demasiado alta y Chouette muy gorda. La que podría quedarte bien sería la ropa de Pharaon ya que le gusta ir cinco tallas por debajo de la suya, pero la muy condenada tiene sus cosas bajo llave. Aunque quizás…
Chatte se puso en pie y fue hacia el armario que estaba abierto, empezó a remover perchas como una loca y Marinette pudo reconocer algunas de las prendas que estaban ahí guardadas de shows anteriores.
—Quizás esto —murmuró Chatte—. Sí, esto podría valer.
Sacó un voluminoso vestido amarillo con volantes. La falda se movía con el mero soplo del aire gracias a las transparentes capas de tul.
—A mí me queda por debajo de la rodilla, pero debería valerte —meditó Chatte—. Y es elástico, así que debería quedársete pegado al cuerpo. Si no, podemos apañar con esparadrapo, que siempre salva un outfit.
—Ay, madre… —se le escapó a Marinette, observando el vestido con los ojos abiertos de par en par—. Definitivamente hoy voy a tener que pillar un taxi.
— ¿Y esa revelación de repente?
—Porque si ese vestido me vale, no me puedo montar en mi moto sin parecer un pollito intentando volar.
Chatte Noire se atragantó con la carcajada.
—Una esponjosa bola amarilla corriendo a toda velocidad por París en medio de la noche, ¡Piolín ha llegado a la ciudad!
—Eso si no acabo teniendo un accidente—murmuró Marinette imaginando, trágicamente, a una de las capas de tul enrollándose en las ruedas de la moto y haciéndola derrapar y caer.
—No, no, espera, ¡que llevas zapatos planos! Más que un pollito, serías un patito —se burló Chatte, sin haber escuchado el comentario anterior de Marinette—. Pero mira el lado bueno, los patitos vuelan.
—Los patos vuelan —la corrigió Marinette—. Los patitos nadan y de milagro.
—Pues ya sabes, ¡siempre puedes volver a casa cruzando el Sena! —siguió riéndose Chatte Noire—. ¡Ay, ay, ay! ¡Que me ahogo, me quedo sin aire!
—Eso te pasa por ser una gata malvada —se le escapó a Marinette.
—Mira que no es la primera vez que me lo dicen, pero nunca por algo así.
Aun cuando Marinette accedió a probarse el vestido, Chatte no pudo disimular las lágrimas que habían escapado de sus ojos después de tanto reír ni la sonrisa que parecía grabada en sus labios. Tampoco es que le dedicara mucho esfuerzo a ello. Aunque al menos le pagó el taxi de vuelta a casa, era algo.
Sábado, 11 de marzo de 2023
