11. DIAMANTE

Canción del día: 'La grenade' de Clara Luciani

Se pasó la cara interior del antebrazo por la frente en un intento por apartar las molestas gotas de sudor que le corrían por la piel. Después haberlo lavado a mano con el mismo cuidado con el que trataría una vestimenta hecha de seda, y dejarlo secar durante unas horas en su azotea, Marinette se había propuesto poner a punto el vestido que Chatte Noire le había prestado usando una plancha de vapor. Quizás se estaba metiendo en problemas ella sola al decidir por su cuenta lavar un vestido tan complicado, pero a la vaporosa tela se le había pegado el pestazo a vodka y lima que Marinette había cargado en contra su voluntad. Se había visto incapaz de devolverlo en semejantes condiciones.

—Al menos ahora sí tengo clara la altura de Chatte Noire —suspiró Marinette, que había tenido que ajustar la altura de su maniquí para poder colgar el vestido y que no rozara el suelo—. Creo que me quedé corta en todo lo que ideé.

Sabía que su intención al ir a aquel club noche sí y trasnoche también era simplemente tomar a Chatte Noire como inspiración. Los diseños no tenían que salir a imagen y semejanza de ella, ni siquiera tenía que usar su cuerpo como molde, no era su modelo de tallaje. Pero, aún sabiendo todo eso, a Marinette le frustraba. Como si hubiera un defecto en su trabajo, como si no lo estuviera haciendo todo lo bien que podía. Como si se alejara a propósito de hacer algo perfecto.

Una voluta de vapor ascendió en el aire mientras Marinette, arrodillada en el suelo como estaba, trataba de planchar los últimos y más bajos volantes de la falda. El vapor le rozó el rostro, volviendo a sonrojarle la piel. Pese a que se había peinado una trenza amazona para que no se le escapara ni un solo pelo, usando un millar de horquillas en el proceso, pudo sentir como el calor humeante tenía la tentación de esponjarle el cabello. Y su propio sudor no la ayudaba a controlarlo. Se llevó un mechón escapista hacia atrás, hizo el intento de volver a colocarlo bajo la presión de una horquilla.

—Bueno… —suspiró Marinette, apagando la máquina y poniéndose en pie—. Creo que este ya está.

Solo necesito meterlo en el portatrajes.

Eso sería todo. Llamaría a un taxi, iría hasta el club, le devolvería el vestido y se iría con su moto de vuelta a casa.

A Marinette se le escapó la mirada hacia su otro maniquí y lo observó con un extraño cruce de ansiedad y anticipación. Aquel era el primer diseño que había plasmado en su cuaderno de bocetos que se había atrevido a traer a la vida. Lo había vuelto a poner en el maniquí al darse cuenta de los ajustes que tenía que hacer si quería tener en cuenta la altura de Chatte Noire. Había aprovechado el tiempo que había tardado el vestido amarillo en secarse para conseguirlo.

—Sería solo una forma de darle las gracias por el vestido —se dijo Marinette, engañándose a sí misma—. Solo eso.


Gracias a su recién estrenado título de lavandera express y a todos los retoques que había estado haciendo en el traje del segundo maniquí, Marinette llevaba una semana sin pisar el club. Había sido el periodo de tiempo más largo que había pasado sin asistir desde aquella primera noche, lo que de alguna forma le pareció preocupante, pero se negó a pensar en ello.

—Estoy investigando, estoy investigando… —se repetía a sí misma una y otra vez en cuanto se sentía culpable.

Bajó del taxi en el paso de peatones que abría la calle, sabiendo que el coche no podría pasar por esa vía tan estrecha. Fue caminando con los dos portatrajes doblados con cuidado, uno en cada brazo. Agradeció haberse puesto ropa cómoda. Bastante difícil era caminar cargando con esos dos sacos, se sentía como si fuera una elfa del taller de Papá Noel. No quería sumarle el miedo de pisar mal y que el tacón le diera un revés.

Era la primera vez que iba tan temprano, aún faltaban casi dos horas para que abrieran, pero Marinette supuso que el personal ya estaría dentro con los preparativos. Sobre todo el equipo de producción. Y era posible que alguna de las reinas estuviera ya en el camerino maquillándose. Marinette esperó, ansiosa, que Chatte Noire ya estuviera allí. Ya que se había armado de valor para aquello, qué menos que poder decirlo en persona.

Se acercó a la puerta del club y llamó usando la punta de goma de su zapato. Nadie le respondió, así que lo volvió a intentar, pero lo único que recibió fue silencio.

—Qué raro… —murmuró Marinette—. A esta hora debería haber alguien…

Marinette se alejó de la entrada y dio la vuelta al edificio hasta ir al callejón que había anexo. Por la noche solía haber alguna que otra pareja apoyada contra aquellas rugosas paredes, demasiado concentrados en comerse a besos como para espantarse por el terrible olor de los cubos de basura. Al final solo había un altísimo muro, no tenía salida. Al fondo había una puerta de servicio. Apoyada contra el marco había una mujer con cara de haber mordido un cable y haberse quedado con toda esa energía pegada y muchísima mala leche. La reconoció de haberla visto arreglando cosas en el escenario para las actuaciones, era otro miembro de producción.

Marinette notó cómo clavaba una mirada fría y desinteresada en ella desde que la vio acercarse. Marinette se aclaró la garganta, nerviosa.

—Hola —la saludó tímidamente, sin recibir respuesta—. Vengo a traerle un vestido a Chatte Noire.

— ¿A Chatte? —repitió ella—. ¿De qué boutique vienes?

—De la de Marinette Dupa…, ¡no, espera, no es así! —corrigió Marinette rápidamente—. Chatte Noire me prestó este vestido hace una semana, es uno amarillo de tul. Tiene hasta una etiqueta con su nombre.

— ¿Chatte? —repitió ella, inclinando el rostro para poder observarla mejor. El movimiento hizo que algunos mechones rizados de su cabello pelirrojo se salieran del recogido que se había hecho en la nuca con un bolígrafo. La observó con esos penetrantes ojos marrones, tan oscuros que parecía estar dándose de bruces con un muro—. Me cuesta creer que esa reinona te haya prestado algo. ¿Eres su hija secreta o algo?

— ¿Su hija? —repitió Marinette sin entender.

—Ya tiene años suficientes aquí metida como para adoptar a una hija drag queen, para instruirla y todas esas cosas que tanto les gusta decir, aunque no me esperaba que aceptara en su familia a una tía cis. Aunque, en fin —suspiró ella, encogiéndose de hombros con desinterés—, no serías la primera.

—No, en serio, te equivocas. Hubo un incidente la semana pasada con un tío y Chatte me prestó su vestido para no volver sucia a casa.

—¡Ah, coño, claro! —exclamó ella, parándose derecha de repente—. Tú eres la que se metió en una pelea.

—No fue para tanto… —suspiró Marinette, avergonzada.

—Ya, claro, y por eso incluso André intervino —comentó ella—. ¿Venías a devolverle el vestido, dices?

—Y a darle las gracias —se apuró a decir Marinette antes de que ella intentara coger el vestido por su cuenta y dejarla plantada en la puerta—. Si es que está.

Ella la miró durante un momento con detenimiento. Tenía una determinación en la mirada que hacía que Marinette deseara poder girarse y escapar de su escrutinio, pero haciendo apaño de su fuerza de voluntad logró aguantar. Finalmente, ella sacó su móvil y se puso a escribir.

Estuvo varios minutos así, sin prestarle la más mínima atención, hasta que volvió a guardar el teléfono en su bolsillo.

—Anne dice que puedes pasar.


—Chicas, tenéis visita —exclamó la técnico, abriendo la puerta.

Marinette se quedó parada junto a la pared sin atreverse a entrar.

—¡CHARLOTTE! —gritó alguien a quien Marinette no pudo ver desde donde estaba—. ¿Cuántas veces te he dicho que llames a la puerta?

—Te haré caso cando dejes de abrir la puerta del baño sin llamar primero—señaló Charlotte con voz seca.

—Que ya me disculpé por eso, pesada, fue un accidente.

—Lo que tú digas.

—Puede que a esa otra no le importe enseñar cacho, pero conmigo tienes que mantener unas normas.

—¿Por qué no hacerlo si tengo un CUER-PA-ZO? —dijo Chatte Noire.

—Sí, claro, tanto como una escoba.

—Pero qué falta de corazón —exclamó Chatte con ademán dramático, empujando a Marinette a sonreír—. Espera, que me había olvidado que a las momias como tú les sacan el corazón.

—Vuestras peleas son lo peor —resopló Charlotte.

—Anda que las vuestras —bromeó Chatte Noire—. ¿Quién dices que ha venido?

—Una chica, viene a traerte algo.

—Pues será un fantasma, porque ahí no veo a nadie —señaló la otra voz con ademán burlón.

—¿Pero qué…? —preguntó Charlotte desconcertada. Volvió a salir de la habitación y se encontró con Marinette tan quieta como una estatua—. ¿Pero qué haces ahí parada como un cervatillo? Entra.

—Estaba esperando a que me invitaran a entrar —explicó Marinette.

—Mira, ¡una chica educada! —exclamó la otra persona.

Cuando Marinette pudo entrar, empujada por Charlotte, se dio cuenta que quien había dicho eso era Pharaon. Se estaba preparando en su tocador, uno totalmente opuesto al de Chatte Noire. Las dos reinas estaban sentadas en sus sillas, de espaldas a la otra. Las dos estaban en pleno proceso de maquillaje, con las medias del pelo colocadas y pegadas con cinta. Pharaon llevaba una bata que la hacía parecer Nefertiti, mientras que Chatte llevaba un caftán negro con capucha.

—¡Pero si eres tú! —exclamó Chatte Noire—. Anda, ¡hola!

—Hola —saludó Marinette con nerviosismo, acercándose a la silla que Chatte le tendía.

—Bueno, ya aquí os ocupáis vosotros —dijo Charlotte—. Tengo cosas que hacer.

—Como cerrar la puerta después de salir —reclamó Pharaon, haciendo a Charlotte bufar.

—No te esperaba aquí, ¿qué tal te encuentras? —preguntó Chatte—. ¿Tienes mejor la mano?

—Sí, sin problema, seguro que en una semana ya no queda ni el recuerdo —aseguró Marinette, que dejó los portatrajes en el respaldo de la silla y se mantuvo en pie. Pasó su peso de un pie a otro, nerviosa, haciendo que Chatte la mirara con interés—. Quería darte las gracias, ya sabes, por ayudarme.

—Solo te estaba devolviendo el favor —dijo Chatte afablemente, quitándole hierro al asunto—. Ya sabes, por salvar el honor de esta reina, princesa.

—Aún si era por devolver el favor, quería darte las gracias. Me ayudó mucho —explicó Marinette—. Te que traído tu vestido, lavado y planchado.

—No hacía falta que lo lavaras.

—Olía a vodka.

—Menuda novedad —murmuró Pharaon, que estaba intentando pegarse una pestaña postiza.

—Ah, claro… —aceptó Chatte, riendo. Ignoró flagrantemente a Pharaon sin que le temblara ni por un momento la sonrisa—. Entonces, gracias.

—¿Y qué has hecho, dividir el vestido como aquel que divide los panes? —preguntó Pharaon con acidez—. Porque ahí veo dos paquetes, no uno.

—Sí, ya, bueno, eso es porque te he preparado un regalo.

— ¿Para mí? —preguntó Chatte, señalándose a sí mismo con un pincel.

—Sí, quería darte las gracias.

—No tenías que complicarte tanto la vida, cielo, en serio —comentó Chatte, poniéndose en pie.

—Quería hacerlo —insistió Marinette.

—¿Puedo? —preguntó Chatte, cogiendo los dos portatrajes.

—Sí, claro.

Los dos escucharon a Pharaon resoplar, pero no le hicieron caso. Chatte llevó las bolsas a las puertas de su armario y usó las perchas para anclarlos al borde superior. Abrió la cremallera del primero, descubriendo el vestido amarillo.

—¿Suavizante de cereza? —preguntó Chatte con curiosidad.

—De flor de cerezo, en realidad.

Entonces Chatte abrió la otra bolsa, desvelando un vestido corto de lentejuelas. Se caracterizaba por un escote cuadrado y sin mangas, con tirantes gruesos. La falda iba fruncida a la altura de los muslos, creando una cola de lentejuelas.

—¿De donde has sacado esto? —preguntó Chatte Noire.

—Lo hice yo —explicó Marinette.

—¿Y en serio es para mí?

Marinette asintió con firmeza, pero Chatte Noire no la vio. Estaba perdida en el vestido.

—Sí, es para ti.

Con una pequeña sonrisa de fascinación, Chatte sacó el vestido de la bolsa oscura y, ante la luz, cada lentejuela refulgió como si se tratara de un diminuto diamante.

Domingo, 12 de marzo de 2023


¡Hola a todos, lindas flores!

Espero que estén disfrutando la historia. Me encantan los pequeños encuentros que han tenido Mari y Chatte para que la historia evolucione hasta donde estamos. Estoy muy contenta de poder meter tanta pulla en los diálogos, también te digo.

Muchas gracias por los reviews aarianne luna, Riko Rojas y Cerimonia Rossa. ¡Me llenan de fuerza!

Riko Rojas, voy a intentar meter en este fanfic todos los memes habidos y por haber. No cabrán todos, pero se hará el intento jajajajaja.

Cerimonia Rossa, tu review me ha hecho muy feliz porque sé lo indecisa que estabas respecto a esta historia, al principio. Saber que te está gustando, que te está divirtiendo, es maravilloso. Respecto al fanart... No hay ninguno de MariPollito, pero Toli me hizo uno precioso de MariPattito. Lo puedes ver en mis twitter, por ejemplo.

Con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!