16. LAVANDA

Canción del día: 'U wear it well' de Rupaul

Marinette lanzó una mirada al reloj de su pc, mosqueada. No, hacía diez minutos estaba mosqueada. En ese momento estaba directamente enfadada.

—Será una diva, pero esperaba que al menos fuera puntual —se quejó Marinette, apoyándose en el respaldo de su silla en un intento de relajar los tensos músculos de su espalda. No sirvió demasiado. Tampoco que estirara los brazos por encima de su cabeza ni que hiciera algunos ejercicios con el cuello.

Volvió a mirar el reloj, que continuaba avanzando con ese andar imperturbable e inflexible, totalmente impasible a su malhumor. Chatte llevaba ya media hora de retraso y podría haber sido permisiva si le hubiera escrito, avisándole que llegaba tarde. Ella era la primera a la que le surgían contratiempos cada dos por tres, desde un traspies tontos hasta tener que ir a la policía por haber sido testigo de un atraco. Entendía que las circunstancias se complicaban, sin importar los planes. Pero también entendía que esas cosas podían avisarse.

—Hola, voy a llegar media hora tarde… —refunfuñó Marinette con hastío—. ¿Tan difícil es escribir un simple mensaje?

La última vez que Chatte le había escrito había sido el día anterior para pedirle su dirección. No había nada más, por mucho que revisara el chat.

Su teléfono pitó y la pantalla se iluminó sola, mostrando una notificación de la pastelería. Una nueva tanda de acababa de salir del horno. Suspiró y se preparó para bajar. No conseguía nada más que perder el tiempo allí esperando, cuando podía echar una mano.

Escuchó a sus padres hablando en el mostrador antes de entrar en la estancia, cosa que le extrañó. No era raro que su madre estuviera fuera, pero también escuchó la voz de su padre y eso sí era bastante excepcional. Más cuando acababa de terminar una hornada.

—Sí, a ella le gustaba mucho —dijo Sabine—. Y la compartía con sus amigos del cole cada vez que podía y claro, luego teníamos a esos niños y a sus padres preguntando por ellas. Fueron tan insistentes que Tom acabó metiendo la receta en la tienda.

—Y siempre se venden todas —señaló Tom con orgullo—. La gente no deja ni las migas.

— ¿Mamá? —la llamó Marinette, atravesando el umbral que separaba las escaleras de la casa con la panadería—. ¿Necesitáis ayuda?

Su pregunta no tuvo mucho peso, se evaporó en sus labios antes de que tuvieran apenas presencia. Toda su atención se fue a la persona que había apoyado los codos en el mostrador, estirado ligeramente en su dirección como un gato perezoso, y que le dio un último bocado a una galleta de caramelo salado y chispas de chocolate.

— ¿Ayuda, cielo? —repitió Sabine, perpleja.

—Estábamos aquí, hablando con tu amigo —añadió Tom.

—Es que me ha saltado la notificación de la app… —explicó Marinette, confundida.

—¡Los hornos! —exclamaron tom y Sabine a la vez.

Tom entró corriendo a la cocina, Sabine apenas le dedicó unas palabras de disculpa a Chatte antes de ir a ayudar dentro. Chatte le sonrió con glotonería mientras se lamía las migas de los dedos.

—Tenías razón, tus padres son geniales —reconoció Chatte—. Me comería una casa entera de estas galletas.

—Llegas tarde —fue lo único que dijo Marinette, cruzándose de brazos.

Estaban separadas por el mostrador y Marinette pensaba dejar que siguiera así. Chatte aprovechó que ya tenía las manos libres para apoyarse más cómodamente en la superficie de cristal. Inclinó ligeramente el rostro hacia abajo y la miró a través de sus pestañas rubias.

—En realidad, no, llevo media hora aquí —explicó Chatte—. Puedes preguntarle a tus padres.

—No me avisaste.

—Quería una galleta y tus padres tenían curiosidad —explicó Chatte—. Así que nos liamos a hablar sin darnos cuenta.

—Así que he estado arriba mirando las musarañas mientras tú estabas aquí de charleta.

— ¿Te sentías sola sin mí? —preguntó Chatte con coquetería. Sonrió de lado, mostrando ligeramente el colmillo superior. Que pudiera usar esa picardía tenía que contar como ir armado con arma blanca—. Es lo que suele pasar cuando una artista está sin su musa.

—Modelo, eres mi modelo —repitió Marinette, aunque ya lo había dicho tantas veces que las palabras apenas tuvieron fuerza.

—Sabes que soy tu musa, princesa —declaró Chatte—. Tus padres le han puesto menos pegas que tú.

— ¿Les has dicho a mis padres que eres mi musa?

—Claro, tenían curiosidad por saber por qué te estaba buscando.

—Y es por eso que ellos no me avisaron —comprendió Marinette—. Tienes una forma muy única de dejar tu huella en la gente.

—Mejor una huella que un arañazo —bromeó Chatte—. Aunque a veces pasa.

—Anda, subamos a mi habitación —se rindió Marinette—. Antes de que vaya a buscar una barra de pan.

—Si estaba tan buena como la galleta, seguro que me la comería igual.

Marinette sonrió, reticente a echarse a reír. Desbloqueó la pequeña puerta que daba acceso al interior del mostrador.

—Cómo una persona tan glamurosa puede tener un sentido del humor tan pobre —suspiró Marinette, invitándole a entrar—. Wow. Hoy elegiste tu color, ¿verdad?

Ahora que la barrera del mostrador no las separaba, Marinette pudo ver a Chatte por completo. La chaqueta de doble botón, el jersey fino de cuello redondo, los pantalones de pinza…. Todo era de un poderoso rojo caramelo. Salvo los zapatos y los botones, que eran negros, Chatte le había robado un color al arcoíris por el mero hecho de que a él le quedaba mejor.

—¿A que estoy genial? —preguntó Chatte, haciendo un pequeño giro—. Hoy necesitaba fortaleza, así que lo elegí. ¿Sabes que me recuerda a mi superheroína favorita?

—¿Está en Cruz Roja? —bromeó Marinette— A lo mejor les sirves de logo.

—Era una serie que daban cuando yo era pequeña. Es que estoy segura que tú también la viste, la vio todo el mundo.

—A ver, ilumíname.

Las aventuras de Ladybug y Chat Noir, ¿te suena?

Marinette frunció el ceño, pensativa, y se mordió el labio inferior.

—Lo siento, pero no.

—¿Pero cómo es posible? ¿De adolescente vivías en una cueva y luego te mudaste aquí o qué?

—¿Por qué es tan importante que la conozca?

—Porque se supone que quieres nutrirte de mi esencia artística para sacar tus diseños, ¿no? Y Ladybug era muy importante para mí, me encantaba esa serie. Por eso me llamo Chatte Noire.

—¿Y por qué no Ladybug si ella era tu favorita?

—Tengo más en común con Chat, ya sabes, conexión gatuna.

—De ahí tus chistes malos.

—¡Oye, dijiste que no la habías visto!

Marinette se tapó los labios, sorprendida de haber sido pillada. Se echó a reír.

—Puede que tu conversación me esté recordando cosas, pero hace mucho de ello.

—Sí, bueno, la serie terminó hace un montón de años… Me pregunto qué habrá sido de la prota. Después de ese papel no volvió a actuar.

—Quién sabe —respondió Marinette, encogiéndose de hombros. Fue entonces que se fijó que Chatte había recogido algo del suelo y lo cargaba con cuidado—. Déjame que te ayude con esa maleta. Tenemos que subir unas cuantas escaleras.


—Han pasado cinco días desde que nos vimos —recordó Chatte justo después de poder dejar la maleta en el suelo y ponerse a fisgonear la habitación—. ¿Ya tenías todo esto hecho?

—Lo que está en la pared, sí —explicó Marinette, señalando el mural de trabajo que tenía anclado a la pared. En el tenía pinchados bocetos, pruebas de telas, abalorios, encajes y otros enseres que había ido completando según había ido avanzando en el proyecto—. Lo del maniquí lo he hecho estos últimos días.

Chatte se acercó y rozó la tela expuesta en el muñeco de corcho. Estiró las mangas del abrigo con cuidado, presionando la tela con la punta de los dedos y valorando su calidad con habilidad experta.

— ¿En serio? —preguntó Chatte.

—En serio —respondió Marinette, abriendo la maleta de Chatte ya que le había dado permiso para revisar sus cosas. Y es que para eso la había traído, para que pudiera comprender mejor a qué recurría Chatte cuando necesitaba hacer modificaciones a su silueta para el drag.

—Eres rápida, realmente rápida —suspiró Chatte y Marinette no supo si entre ese aliento se escapó algo de admiración y de envidia, pero a ella se lo pareció.

—Una vez tengo una idea en mente, me es más fácil seguir todo para delante.

Chatte no le quitaba ojo al conjunto. Un body verde con un gran lazo en la parte frontal del cuello, unos pantalones púrpuras de tiro alto y un abrigo color lavanda que caía tras la espalda como una capa.

—Bueno, ¿qué te parece si empezamos con esto? —preguntó Marinette, ya con la maleta abierta.

Chatte la miró sin observarla del todo, como si de repente se hubiera desubicado y no recordara dónde estaba.

—Sí, sí, claro … —murmuró Chatte—. Vamos con ello.

A Marinette le sorprendió aquella respuesta tan seca de entusiasmo y del filtreo jocoso del que había hecho gala desde que la conocía, pero prefirió guardarse las preguntas. Fue apenas un vistazo rápido, pero Marinette acababa de ver en aquellos ojos verdes, vidriosos por estar perdido en sus pensamientos, un muro que no estaba dispuesta a derribar.

Le tomó las medidas al natural, manteniendo la camiseta y los pantalones, y luego con la faja, las tres capas de medias y la gomaespuma que daba forma a las caderas y el culo.

—Tengo la impresión de que esto va a ser un gran viaje, princesa —bromeó Chatte, mucho más relajada después de haber podido quitarse la ropa y haber soltado un par de bromas respecto a su faja.

—¿y por qué esa seguridad? —preguntó Marinette.

—No necesito conocer el mapa para saber quien se maneja bien en la carretera.

—Eso solo lo dices porque nunca te he llevado en mi moto.

Domingo, 19 de marzo de 2023