18. HORMONAS
Canción del día: 'Telepath' de Conan Gray
Aparcar por la zona de los Campos Elíseos, por muy amplia que fuera, era una locura y una pesadilla. No importaba que la moto ocupara poco, tenía que dar vueltas sin parar para encontrar un sitio. Después de sentirse como la participante de una carrera de circuito, al final se decantó por parar en doble fila. No se quitó el casco y se quedó con la moto arrancada, esperando.
Aquella podía ser una de las avenidas más caras de toda la ciudad, como bien indicaban los antiguos edificios en perfecto estado, los árboles cuidados con mimo que regalaban sombra en las aceras, y la ingente cantidad de personas que corrían de un lado para otro, entrando en las carísimas tiendas. Ella había parado justo enfrente del edificio en cuya planta baja estaba una de las tiendas MontBlanc, tal y como le había indicado Chatte. La única vez que había tenido uno de sus bolígrafos en la mano fue cuando se le cayó a su jefe en una reunión y ella fue a recogerlo.
Chatte salió del edificio al tirar de unas puertas de cristal con decoraciones en hierro forjado y pomo redondo con forma de cuerda. Eran las puertas que comunicaban con el rellano del edificio, aunque sospechaba que no había viviendas en ese nivel. Marinette la observó con extrañeza, mientras Chatte se acercaba a ella con una sonrisa de oreja a oreja. Debido al clima más fresco, Chatte había optado por un abrigo largo con diseño a cuadros blancos y un pantalón a juego. La abertura en la parte trasera del abrigo y la brisa hacía que la prenda ondeara tras sus pasos como una capa de mago.
—Pues sí que es rosa —dijo Chatte con una expresión demasiado radiante para ser tan temprano. A Marinette le pareció un rayo de sol con patas—. Buenos días.
Marinette se bajó de la moto para poder sacar el otro casco del baúl.
—¿Las drag queens cobráis bien? —preguntó Marinette de pronto.
—¿Perdona? —preguntó Chatte. Estaba totalmente desubicada, pero no había perdido la alegría.
—Que esta zona es cara de narices y… —entonces Marinette fue consciente de lo que había dicho y agradeció seguir llevando el casco—. Disculpa, ha sido una pregunta de cotilla total. Es solo que me vino a bote pronto y se me escapó.
—Porque me viste salir de ese edificio —dedujo Chatte.
—Y porque siempre llevas un estilo impecable, aunque es verdad que no hace falta tener dinero para tener buen gusto.
—Y no he dicho que yo viva ahí.
Marinette abrió la boca y volvió a cerrarla, sin ocurrírsele nada que decir.
—Ah.
Chatte se echó a reír y tomó el casco que Marinette le ofrecía.
—¿No se te había ocurrido esa posibilidad?
—La verdad es que…, no —reconoció Marinette y no supo si tomarse eso como una buena o una mala señal.
—Siempre me dices que soy una preciosidad, pero te cuesta creer que pueda tener algo por ahí.
—Quizás, no sé —se quejó Marinette, sentándose de nuevo en la moto y preparándose para arrancarla—. Supongo que he pensado en ti desde una perspectiva muy profesional y no me he puesto a darle vueltas a la idea de que tengas pareja.
—Yo no he dicho que tenga pareja —aseguró Chatte, sentándose detrás de ella—. Solo que podría tener algo por ahí.
—Ajá —fue la única respuesta de Marinette antes de arrancar—. Agárrate.
Marinette no quiso pensar en que el contacto de las manos de Chatte en torno a su cintura, aún encima de su abrigo de lana rosa y su camiseta gris de Jagged Stone. Se limitó a pensar en cómo ingresar a la carretera y seguir hacia su destino.
Marinette y Chatte pasaron toda la mañana de boutique en boutique, tratando de profundizar en el concepto de Chatte y lo que Marinette quería despertar con su proyecto de fin de carrera. Y le ponía nerviosa sentir las miradas de todo el mundo pendientes de ellos. Los clientes y los transeúntes en la calle también se les quedaban mirando. Marinette le lanzó una mirada de soslayo a Chatte y suspiró. Incluso con ropa oscura y sin purpurina, Chatte llamaba endemoniadamente la atención. No solo por ser alta y con la cabellera dorada de Afrodita, es que tenía un porte elegante y una expresión carismática tatuada en la cara. Aunque Marinette sabía que la mitad de la gente que la observaba con fascinación no estaría tan encantada si tuviera que escuchar todos los chistes malos que ella se había comido durante esas cuatro horas. El personal de las tiendas se deshacía con Chatte Noire como si se hubieran convertido en un cóctel de hormonas, comprara algo o no. No era solo una cuestión de dinero.
—Ya estamos terminando —comentó Marinette, observando su reloj.
—¿Te ha servido de algo la excursión de hoy? —preguntó Chatte—. Te he visto tomando notas.
—Pues sí, de mucho. Aunque esa bolsa que llevas en la mano me dice que te ha servido más a ti que a mí.
—Vamos, tú misma reconociste que esta blusa me quedaba de escándalo, y estaba rebajada —recordó Chatte, guiñándole un ojo con picardía.
—Y creo que ese dependiente te la habría rebajado aún más si hubieras pasado apenas otro minutito en la tienda —rio Marinette, recordando la mirada embobada del dependiente. Aunque tampoco era que le extrañara. Aquella blusa roja y transparente, de enormes mangas abullonadas, era un espejismo de formas y creaba una silueta preciosa.
Marinette no se dio cuenta de que Chatte no le había contestado hasta que dio un par de pasos y vio que estaba caminando sola.
—¿Chatte? —la llamó, confundida.
Se dio la vuelta y la vio observando detenidamente el escaparate de GABRIEL. Aunque, a diferencia del resto de tiendas, Chatte no observaba la exposición con demasiado entusiasmo.
—¿Quieres entrar? —le preguntó Marinette.
Su pregunta logró captar la atención de Chatte, que la observó como si se hubiera olvidado de que ella estaba ahí.
—No, no… No hace falta, el estilo de esta marca no me gusta.
Sin embargo, Chatte no se movió del sitio.
—¿En serio? Tienes una opinión tan plantada sobre moda que me sorprende… Hice las prácticas con ellos y fue una experiencia increíble, aún si no conseguí cumplir con todo lo que me había propuesto ni, bueno, todas las expectativas que tenía.
—¿Y qué expectativas eran esas?
—Llevo siendo fan de la marca desde que estaba en el instituto, ya sabes, desde que empecé a interesarme en serio por la industria y eso. Había un modelo que salía en todas sus campañas que me encantaba, ¡tenía tanto arte! —recordó Marinette con un suspiro soñador—. Me preocupaba que tuviera mi edad, pero me pregunté si quizás eso le hacía feliz…
—¿Y por qué tus expectativas fracasaron?
—Supongo que me habría gustado conocerle, saber cómo fue vivir todo ese proceso, saber si realmente le gustó, preguntarle qué le inspiró todo ese tiempo… Pero hace años que no hace nada para la marca, bueno, para ellos ni para nadie más; y me confirmaron en la empresa que era mejor que no sacara su nombre a colación si no quería verme en la calle y sin prácticas. Así que supongo que no le fue bien.
—¿Prohíben hablar sobre él?
—Al parecer es un tema sensible, no pude indagar mucho, pero siempre me he preguntado… —Marinette dio un paso atrás, desviando la mirada de la expresión agria de Chatte y regresándola a la vitrina, pero fue incapaz de concentrarse en el vestido blanco impoluto que estaba expuesto. Marinette solo pudo ver cómo el rostro de Chatte se reflejaba en la vitrina y encajaba a la perfección con el cuerpo del maniquí, con el sobrio conjunto de camisa negra, la corbata gris metálico y los pantalones de pinza—, qué habría sido de él… Mierda.
Marinette dio un paso atrás y se giró para volver a observar a Chatte de arriba a abajo, estupefacta y sintiéndose como una idiota.
—Tienes más altura y ahora te haces un peinado más informal, eres más expresivo que en los eventos publicitarios, pero aún así… —suspiró Marinette, sintiéndose tan estúpida por no haberse dado cuenta antes—. Tendría que haberme dado cuenta. Por todo lo… He visto tu trabajo durante años. Eres Adrien Agreste.
—¿Te importa si lo hablamos en otro sitio? —pidió Chatte con una mueca tensa—. Sospecho que el protocolo de censurar mi nombre también llega a las tiendas y no quiero llamar la atención de esta gente.
—Sí, claro…
Se alejaron bastante, caminando en un tenso silencio, hasta que llegaron a un banco de metal que estaba vacío.
—¿Qué quieres saber?
—Primero lo primero, ¿cómo quieres que me refiera a ti?
—¿A qué te refieres?
—¿Quieres que siga llamándote Chatte? Y te he estado tratando todo este rato en femenino porque solo conocía tu nombre y tu identidad como drag, pese a que ahora no estés actuando, pero si prefieres que sigamos así y te trate como a Chatte y use pronombres femeninos eso es lo que haré.
Chatte la observó con sorpresa, la suficiente para lograr romper la amargura y el hastío que se había adueñado de su rostro después de observar el escaparate. Finalmente, recuperó la sonrisa, pero no era una sonrisa que Marinette le hubiera visto jamás. Era dulce y tímida, le recordó a la sencillez cálida y agradable de una galleta de vainilla.
—Puedes llamarme Adrien, es mi nombre y es con el que me identifico. Y puedes tratarme en masculino, solo que no lo hagas en el club, menos delante de las otras reinas. Ahí soy Chatte y soy solo una reina.
—De acuerdo… —aceptó Marinette—, Adrien. Se me hace un poco raro llamarte así ahora.
Adrien soltó una carcajada.
—Nos acostumbraremos —confió él—. ¿Qué más quieres saber?
—¿Qué pasó? —preguntó Marinette—. Para que incluso tu nombre sea innombrable y que desaparecieras así.
—Me he pasado toda la vida trabajando como modelo, no solo en mi adolescencia, también durante mi infancia. Al principio era divertido, algo que hacía de vez en cuando… Pero cuando falleció mi madre, creí que ese era el único método para poder acercarme a mi padre. Ya sabes, Gabriel Agreste es el creador de la marca y es, eso, mi padre. Durante ese tiempo yo solo quería recuperar mi familia, dejar de sentirme solo, así que sólo me limité a cumplir con lo que me decían y ha reprimir todo a lo bestia.
—Pero esas cosas pasan factura.
—Sí, sí que lo hacen —reconoció Adrien—. A los diecisiete años empezaron mis crisis. En ese momento no lo entendía, pero ahora puedo ver que las costuras de mi mente no daban más de sí. Me estaba desgarrando como un abrigo viejo. Y mi padre no hacía otra cosa que presionarme, quería controlarlo todo, toda mi vida. Así que una noche en que pensé que me iba a volver loco…, me escapé. Es un cliché, pero corrí a un bar. Como si fuera el protagonista de una peli adolescente. Pero después de mucho deambular me encontré con algo increíble, encontré a las drag queens.
—Sospecho que no fue la última vez que te escapaste.
—No, para nada —admitió Adrien, riendo entre dientes—. Aquello ocurrió en la Semana de la Moda de Nueva York y fue algo que se repitió muchas veces cuando iba de país en país para hacer sesiones de fotos o participar en desfiles. Por alguna razón me era más fácil quebrantar las normas cuando estaba fuera de casa.
—¿Tu padre viajaba contigo?
—Para los desfiles, sí, pero porque era su desfile, era él quien tenía que asistir sí o sí. Para los reportajes y cosas así solía mandar a su ayudante —recordó Adrien—. Y creo que las escapadas me cambiaron, ¿sabes? Me costaba más contenerme, seguir las órdenes al pie de la letra, y eso ponía morado de la rabia a mi padre. Las cosas empezaron a ir bastante mal, peor de lo que ya estaban. Empecé a escaparme de casa, a ir a locales y clubs aquí en París, sin importarme ya si me reconocían o no. Y una noche en la que yo estaba muy mal me reconocieron.
—Sospecho que eso no salió muy bien.
—Fue horrible —bufó Adrien—. Mi padre puso a todo su equipo de relaciones públicas y a los abogados a trabajar para conseguir quitar esas imágenes de la web.
—No tengo recuerdo de esas fotos, así que supongo que lograron eliminarlas.
—Sí, sí que lo consiguieron. En un tiempo record, la verdad. Aunque con lo que cobran los abogados de mi padre, tampoco me sorprende —explicó Adrien—. Me cayó una bronca de mil demonios, pero ahí me di cuenta de algo.
—¿De qué?
—De que, por mucho que me gritara y muchas palabrotas que dijera, en realidad su discurso no era muy diferente de todas las veces que me había reprendido en el pasado. Lo único que le había dolido a mi padre de todo aquello era que yo pudiera usar el nombre de su marca como una fregona. No importaba lo que hiciera o lo mucho que quisiera a mi padre, para él jamás sería suficiente. Yo nunca sería suficiente ni merecería atención porque lo poco que hacía era lo mínimo que podía hacer como hijo del gran Gabriel Agreste. Tengo dudas de que incluso me quisiera.
Ese reconocimiento dejó a Marinette con la piel fría. Siempre había admirado a Gabriel Agreste como profesional, como gran aspiración artística. Nunca se había centrado mucho en su vida privada, que de todas formas era tan hermética como una pieza envasada al vacío. Pero aquello era espantoso. Marinette no podía si no recordar a sus padres, el cariño con el que la habían rodeado incluso en los peores momentos, y el dolor le retorció las entrañas. De forma instintiva, llevó la mano al antebrazo de Adrien y apretó en un gesto afectuoso y tranquilizador. Sin nada que decir. No podía. Adrien suspiró y puso su mano sobre la de ella.
—Ahí fue cuando renuncié a todo y me fugué de casa. Y como aún era menor, estuve dependiendo de amigos para poder sobrevivir hasta tener la mayoría de edad. Incluso estuve unos meses viviendo con un novio antes de que se fuera de gira.
—¿Tuviste un ex músico?
—De los pocos ex oficialmente hablando que he tenido.
—¿Te invitó a ir con él de gira?
—Quiso ayudarme, pero aquello… Ir con él de gira habría sido una locura, por mucho que me gustara ese desastre de tinte suyo azul celeste y esa manía de cantarme canciones ñoñas —recordó Adrien—. Ninguno estaba preparado para algo así y temía que eso fuera pasar de una jaula a otra, aunque Luka jamás tuviera esa intención.
—Espera, ¿tu ex se llama Luka? —preguntó Marinette con el ceño fruncido—. ¿El Luka de Kitty Section?
—¿Eres una de sus fans?
—Peor, soy una de sus ex.
—Estás de broma.
—Para nada.
Adrien se echó a reír con fuerza, algo que le alegró el corazón a Marinette porque, hasta el momento, Adrien parecía haber estado a punto de llorar.
—¡Cuántas cosas tenemos en común! —exclamó Adrien, echándose hacia atrás para poder apoyar la espalda en el respaldo del banco y mirar al cielo—. Hemos trabajado en el mismo sitio, salido con el mismo tío…
Lo sabía, pensó Marinette, intentando obviar el sabor acre que vino con ese pensamiento, sabía que era gay.
—La verdad es que no sé por qué te he contado todo esto…
—Necesitabas soltarlo, ¿quizás? Y después de haberme revelado tus medidas, con y sin faja, ¿qué más secretos puede haber?
Martes, 21 de marzo de 2023
¡Hola a todos, lindas flores!
Viendo cómo vamos, es posible que termine este reto a principio de abril, pero la espalda no me da para más jajajajaja. Muchísimas gracias por los reviews a Cerimonia Rossa, arianne luna y Riko Rojas. ¡Me animan y motivan muchísimo!
Con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!
