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PARA UN MEJOR ENTENDIMIENTO:

Galeote: Soldado de las galeras, o remero.

Sarraceno: Así se les llamó en el medievo y luego del medievo a los practicantes del islam.

MUJERES DIVINAS, CAMIKO NO PUNISHMENT

Capítulo 11

Punto de vista de Syaoran

Me despertó el sonido de ratas chillando y lo primero que salió de mi boca fue un quejido.

Bonita mañana…

Inspiré para tratar de calmar el dolor en mis vertebras del cuello, había dormido sentado apoyándome en la dura pared de roca. Entonces, el crujir de la puerta de hierro que me privaba de la libertad terminó de espabilarme, un guardia me ordenó que me levantara, me quitó los grilletes que me encadenaban a la pared para ponerme otros que el sostenía , apreté la mandíbula al sentir el hierro carcomido y oxidado contra las llagas que se me habían hecho en las muñecas.

Me ataron de la muñeca a otro prisionero, todo se me hacía superficial, no reparaba en detalles, no quería que la realidad me golpeara aún, ni siquiera me di cuenta en el momento en que llegamos al muelle. De ahí nos bajaron de la carreta en la que nos habían transportado a mi y a un puñado de prisioneros de muy baja estirpe y estampa, yo no había cometido delito alguno, pero dentro de las galeras habría asesinos, violadores y traidores. Nos daban empujones bastante violentos para que camináramos de prisa por la estrecha tabla hacia la cubierta de la enorme galera, me mordía el labio hasta sangrarme porque mi orgullo y la rabia que me consumía harían que me cegara y atacara a los guardias, ¡No eran mas que abusadores de los débiles!, estaba claro que nosotros no podríamos defendernos, llevaban siempre un arma cargada.

Nos pusieron en hileras, nos contaron, luego nos desataron el mecate con el cual había permanecido unido al prisionero con el que había llegado desde la cárcel para ponernos un pesado grillete en el tobillo derecho, seguí la cadena corroída por la sal de mar que me habían puesto , estaba firmemente clavada a la madera del barco por un torno de hierro. Tragué pesado…si la embarcación naufragaba… me iría al fondo marino con todos los pobres diablos que también estaban encadenados.

-¡Quitaos la ropa!- Gritó un guardia. Dudamos mirándonos unos a los otros. El traía un largo látigo en sus manos y no reparó en descargarlo al ver que nadie acataba la orden en el primer pobre nuevo remero que encontró. Luego de eso en 3 segundos no quedó nadie con ropa.

Mientras terminaba de mis caras ropas, lo único que me distinguía de ser alguien más o menos decente, miré a mi alrededor; en el centro de la Galera había un enorme y grueso mástil marcado de tajasos hechos por espadas, miré más arriba y de inmediato clavé la mirada en el suelo contraído en una mueca mezcla de asco, sorpresa y horror. Había un cuerpo empalado en una estaca que sobresalía del mástil en avanzado estado de descomposición. Poco a poco solo iba quedando el esqueleto, los intestinos colgaban, gaviotas se peleaban por ellos, la piel estaba muy lívida a pesar de seguro llevar muchos días ahí arriba; Era una muy clara advertencia: desobedece y morirás, no remes y morirás.

Desnudos nos rociaron con cal, eso prevendría hongos y piojos. Al principio escoció y ardió pero logré acostumbrarme. Nos hicieron caminar hacia la popa y luego bajar escaleras. ¡De inmediato aguanté la respiración y quise salir corriendo a tomar aunque fuese una última bocanada de aire! Olía a cadáver, a humedad y a desperdicios humanos. También estaba un tanto más obscuro que la superficie.

Se oía el crujir de la madera del navío y el movimiento del barco hacía difícil sincronizar los pasos con el encadenado de adelante. Habían ya prisioneros que nos miraban con curiosidad, como si fuéramos carne fresca, nuevos brazos jóvenes y aún no agotados ni mal nutridos que les aliviaran aunque fuese un poco a ellos la pesada tarea de remar como si no hubiera mañana. Estaban sentados y acomodados en dos hileras de más o menos 40 largas bancas en las cuales se podían sentar hasta 5 prisioneros, y un pasillo en medio por donde estábamos pasando. Frente a cada banca, un largo, grueso y a la vista pesado remo. Había una ranurita por la cual sobresalían hacia fuera del barco, donde acariciaba el mar. Me quitaron el grillete del tobillo y ni siquiera pude suspirar de alivio al pensar que así tendría oportunidad de escapar o de no morir ahogado porque ya me habían encadenado de nuevo la mitad de la espinilla a una todavía más pesada cadena atrancada a la dura banca en la cual ya estaba sentado, finalmente encorvando la espalda al cansarme de no tener respaldo en el cual reclinarme.

Punto de vista de la autora

Syaoran ya no parecía un elegante y gallardo hombre de negocios; le habían trasquilado la hermosa melena de chocolate, ahora vestía un pantalón pescador de yute que se amarraba a la cintura con una cinta de cuero barato. Se le entregó una bolsa de tela a cada nuevo prisionero con un cuenco de madera y una escudilla del mismo material, también una camisa de algodón blanca de manga larga.

¿Esto era todo? Se preguntaba al ver el contenido de la bolsa. ¿Tendría sólo un cambio de ropa, para dos años? Que condiciones infernales e infrahumanas tan más crueles, meditó. ¡Con razón enviaban tanta gente a las galeras! ¡Era sumamente barato mantenerlos! ¿Y los medicamentos? ¿ Cada cuanto comería? ¿ Que pasaría cuando tuviera ganas de ir al baño? ¡Estaba totalmente encadenado a su lugar de trabajo!

En la banca delantera a él, un galeote* inclinó su trasero hacia atrás y hacia fuera de la banca, expeliendo sus excrementos en el mero piso.

Syaoran lanzó una horcajada más que de inmediato, el olor era abrumador, seguramente que estaba enfermo ese maldito, pero entonces trató de contenerse.. nadie más se había inmutado, fue entonces cuando comprendió que a el nadie lo liberaría de sus grilletes cuando sintiera necesidad…

-No te preocupes, cuando hay marea alta se filtra el agua de mar, ella se lleva todos los desperdicios como un desinfectante, sin embargo te recomiendo que cuelgues tu bolsa en aquel perchero si no quieres que se manche de inmundicia-

Syaoran regresó de sus cavilaciones, se había olvidado de que estaba en una banca con 2 prisioneros más, miró a su derecha, de donde provenía esa voz un tanto más aguda que la que debería tener un hombre .

-¿Quién demonios eres?- Preguntó sin la mayor delicadeza el ambarino.

-Soy Jean Wallace- Syaoran rió abiertamente ante aquella declaración, el sólo había conocido un Jean Wallace en su vida, así, como aquel muchacho escuálido que alzaba una ceja hacia el como preguntando con ello ¿que era tan gracioso?, con tez pálida, casi enfermiza, el pelo color trigo maduro y esos ojos azu…

Syaoran abrió los ojos y se espantó como si hubiera visto una aparición terrible.

-¿¡Que?!, ¿¡Jean Wallace?! ¿¡El hijo del Virrey?! – A Jean no pareció gustarle el que lo reconocieran, le tapó la boca con una mano para que dejara de gritar.

-¡Callaos! ¡Aquí nadie sabe quien soy, me matarán a escudillazos los prisioneros si saben que el hijo de quien los puso aquí está también encadenado como perro y a su total merced! - Sus cuchicheos por poco y se hacen gritos, gracias a Dios, nadie había prestado atención.

Jean Wallace había sido descubierto por su padre el Virrey fornicando con otro hombre. Al día siguiente amaneció colgado el pecador en la plaza pública, y se decía que el hijo había sido salvado de la santa inquisición pero llevado a un destino mucho peor. De eso ya hacía 3 años, pero al recordarlo el ambarino se sintió sumamente incómodo. Había entablado conversación y miradas con un torcido. Wallace pareció notarlo, así que se alejó todo lo que le permitió su cadena de Syaoran, quien agradeció mentalmente.

Para calmar su propio ambiente volteó a su izquierda a ver quien era su otro vecino de remo. Tenía toda la pinta de matón, éste individuo de tez morena sin llegar a ser de raza Negra le miró por debajo del hombro. Syaoran decidió que era mejor no hablar. Pero algo le llamó la atención, no estaba encadenado, y llevaba el pelo largo hasta los hombros.

Y como si Wallace hubiera leído su pensamiento, le habló.

-El es un galeote voluntario por lo que le dan doble rasión de comida y más vino que a todos, por eso no está encadenado y a manera de distintivo se ha dejado el pelo largo. No habla español, creo que es un sarraceno*. Pero en estos tiempos creo que esto es mejor a morir de hambre en las calles, o en una cárcel- Syaoran asintió, le miraba con el rabillo del ojo para denotar que escuchaba atentamente sus palabras. Estuvo de acuerdo con lo último. El vivió en las calles casi toda su niñez y adolescencia, realmente que había días en que querías cambiar un pedazo de pan por tu propio brazo.

Entonces, un tambor, el sonido provenía de a sus espaldas, un gran tambor era golpeado brutalmente en pautas de tiempos lentos por un hombre de brazos fornidos, Syaoran hizo un esfuerzo por voltear y divisarle entre toda la gente para verle mejor , pero recibió un leve manotazo en el hombro que lo hizo regresar su cabeza a su sitio de un tirón.

-¡Idiota! ¡Empezaremos a remar! ¡Empuña el remo con tus dos manos antes de que te den un latigazo!-

Antes de poder reclamarle tanta confiancita Syaoran cerró la boca fuertemente al oír el quejido lastimero de un anciano que estaba sentado unas bancas más delante de ellos. Vio con ojos incrédulos y una impotencia creciente como le dieron 10 latigazos sin tregua al pobre anciano que a duras penas pudo mantenerse erguido para remar. No se había fijado en que momento había empuñado tan duro el remo con sus dos manos, las palmas las sentía rojas y sus huesos rígidos.

-Gracias- Susurró a Wallace. Quien sólo hizo un leve asentamiento de cabeza. Intuía que pronto les darían las ordenes.

-Sigue el ritmo del tambor, ¡Por nada del mundo dejes de remar antes de que se calle! Trata de seguirnos al sarraceno y a mi el compás, si no ni vas a ver venir el latigazo- Wallace permanecía serio, con la mirada al frente. Syaoran se revolvía en si mismo de impaciencia, quería empezar y terminar tan rápido como fuera posible. Se lo imaginaba por lo que había leído algunas veces… Remar en una galera lo haría envejecer de prisa.

-¡COMIENZEN RATAS!- Gritaron al unísono los varios guardias que sostenían los látigos, paseando como leones hambrientos por el estrecho pasillito que separaba las columnas de bancas en busca del primer imbécil que se cansara de remar.

A Wallace se le hinchó una vena de la frente, lanzó un gruñido por el esfuerzo pero el remo comenzó a moverse. Inmediatamente Syaoran trató de imitarlo como si remara en un paseo por el lago, pero a duras penas y por más que se le hincharon todas las venas del brazo y sentía a explotar sus músculos de la espalda y quemar sus brazos por la descomunal fuerza que aplicaba en el remo, pudo ser apenas eficaz así como el musulmán o el escuincle. Rugidos escapaban desde los más hondo de su garganta. Una, dos, cuarenta, ¿Sesenta, quinientas remadas?

Ya no sentía su cuerpo, pero si paraba lo iban a matar a latigazos. Wallace empujaba el remo con todas sus fuerzas, el sudor le resbalaba como si se hubiera hechado un cubo de agua, perdiéndose en la cinta de cuero que amarraba su pantalón.

-¡Rema rata marica!- 3 latigazos en la espalda. A Wallace se le llenaron los ojos de lágrimas y parecía que se le desfiguraría el rostro permanentemente por el esfuerzo de no lanzar un justo alarido .

Syaoran quería remar más fuerte, por ése pobre muchacho que apenas tendría 15 años y ya había sufrido todos estos martirios tanto tiempo. Nació en Syaoran por él, el respeto que se tendría hacía un veterano de guerra.

Su corazón palpitaba por cada empujón al remo que daba , sus manos dolían como el infierno, las tenía todas ampolladas. La única petición que tenía por si Dios existía era que no le hicieran remar de nuevo en las horas siguientes.

-Esas ampollas se convertirán en cayos, manos fuertes para remar- Le alentó el ojizaul a Syaoran quien respiraba sin control, apoyando su cabeza mojada por el sudor en el remo, que agotado se sentía, pero la adrenalina del momento y lo sano que era le habían salvado de la paliza por ahora.

-¿Vaya experiencia huh?- Levantó un poco su cabeza, desganado encontró la mirada del chico Wallace. Sonreía. ¿¡Cómo infiernos es que sonreía?!

-Y que lo digas…¿Por qué te han golpeado si remabas con tanta enjundia?- La sonrisa de Wallace se cayó.

-Tu lo oíste, por marica- Wallace alzó los hombros quitándole importancia. Estaba totalmente acostumbrado.

-Eso no justifica el que te golpeen, estamos moviendo tres personas un pesado remo para cinco- Syaoran se incorporó de nuevo, la indignación le estaba recobrando las fuerzas.

-Sólo les importa el ritmo, ir iguales, no seas iluso. Aquí no hay justicia, solo perros galeotes que sirven de alimento de gaviotas al morir y personas sin escrúpulos que están enfermos por el poder, y lo usan en forma de violencia-

Pronto vivió las flagelaciones en carne propia. El súbito cambio de alimentación y la falta de descanso propio hacían mella en el ambarino. Fue entonces cuando reparó en las espaldas de sus iguales, todos, todos tenían cicatrices de latigazos, unas supurando, otras ya curadas. Wallace casi ni tenía piel sin inmutar ya. El sarraceno jamás dejo escapar ni una mueca cada vez que le tocaba. Syaoran le admiraba por eso, la primera vez que le toco a él, le dolió hasta el tuétano y gritó como debía gritarse si le arrancaran con pinzas calientes pedazos de piel. Conforme pasaban los días de rema y como Jean había prometido, sus manos poco a poco adquirían fuerza y callosidad. Así le era menos molesto empujar el remo.

Ya habían pasado varias lunas, esta era una de tantas. Comenzaba a hacer frío , no había ni mantas, ni un lugar para descansar propiamente después de la refriega; en la noche se dormitaba echados arriba de la banca, o apoyando la frente en el remo, los más afortunados podían descansar la espalda pegándola a la pared de madera de la galera si la cadena les alcanzaba. Syaoran, aunque podía, prefería no hacerlo, se mancharía de desperdicios humanos completamente, otros, como el sarraceno, ya estaban acostumbrados. Wallace dormía boca a bajo en la banca, les daba un gran espacio el tener dos puestos disponibles.

Mecido por el roce de las cadenas, por el mar lamiendo la embarcación y el aire fresco que a veces se filtraba, por fin estaba llegándole a Syaoran el sueño. Oh Sakura… como pensaba en Sakura. Cada vez que podía, y que dejaba de interesarle la plática de Jean Wallace, se perdía en el recuerdo de sus ojos…

-¿Estáis pensando en alguna chica?- Wallace era tan perspicaz…

-Cómo tengo su imagen nítida en la cabeza Wallace, como la extraño. Lo único que me hace remar más fuerte, más que los latigazos, es la imploración desesperada que le hago al cielo en mi mente de que ella este en mejores condiciones que yo…-

Esa noche todos intentaban dormir con un humor más animado de lo normal, y de lo que permitía una situación en la que estaban. Aunque más de uno susurraba sus propios rezos. La única, pero única razón por la cual una galera permanecía varada en alta mar, era porque se acercaba una gran tempestad.

-¿Tú eres aquel Lee verdad? ¿El pariente de Fan Ren Lee propietaria de un casino- Con " Aquel Lee" Wallace se refería a aquel joven personaje podrido en dinero que toda la corte quería para sus hijas. Aquella persona a la cual el le tenía tanta envidia… por no ser torcido, por tener la aprobación de todos…

Lee no contestó, su mirada se tornó obscura, y asintió. Realmente su aspecto desnutrido y desaliñado de ese momento no ayudaba a crear esa imagen de rico bien parecido.

-Me inculparon deliberadamente, Sakura… ella me salvó de la orca. La mandaron a trabajos forzados en una hacienda azucarera-

-¿En qué hacienda?-

-Flowright…¡ Las condiciones en las que viven son marginales!, ya están todos rígidos y lívidos en una caja a los 5 meses de haber llegado- Syaoran apretó la mandíbula hasta hacer crujir sus dientes. Le pegó tan fuerte a la banca que seguro le propinarían buenos latigazos a la remada siguiente por ni poder sostener el remo.- ¡Y yo! ¡Y yo estoy aquí maldita sea! ¡Dos años en este purgatorio flotante! ¡Aunque me revuelque de ganas no puedo hacer nada por salvarla! –

Wallace le miraba con ojos compasivos… el no tenía a nadie a quien extrañar, nada que perder por estar ahí y sin embargo esa persona que tenía enfrente… se lo estaba consumiendo el gusano de la amargura, de la agobiante incertidumbre en el futuro… Decidió decirle… podría inclusive por milagro llegar nadando, aunque de todas maneras no había manera de salir del barco…

-Lee, acerca de la hacienda… -

Iba a terminar de abrir la boca pero al instante su voz fue callada por una estruendosa campana del mástil central y principal. ¿Estaban siendo atacados?

De inmediato el tambor que clamaba su deber de galeotes remeros comenzó a sonar con gran prisa, se pusieron todos manos a la obra, pero no había azotes para los que estaban al borde de la histeria pero intentando remar propiamente; los guardias estaban igual o más alterados. ¡Estaban siendo atacados!

Syaoran, mientras remaba, hacia cálculos mentales. Estaba consiente que las galeras, no sabía si esta, tenían cofres con mucho oro almacenado, si los estaban atacando piratas y lanzaban un cañonazo sería su fin. Si de milagro conseguía salvarse de la explosión también sería su fin, moriría ahogado en cuanto obtuvieran el oro y dejaran hundir la embarcación.

¡PUM! Ni para estresarse más tuvo tiempo. El primer cañonazo había dado en cubierta. Arriba, se oían gritos de soldados lastimados, los corsos abordaban la nave y acribillaban gente sin el menor escrúpulo.

¡Si tuviera una jodida espada y no estuviera amarrado como perro! Pensó con desesperación Syaoran al no ver salida más que remar y esperar a que llegara su fin.

¡PUM! Otro cañonazo. El mástil cayó, rompiendo el techo, cayendo casi en las cabezas de Wallace y Syaoran. Los guardias huyeron despavoridos cubierta arriba, sacando sus espadas y pistolas más por protección propia que para defender el barco.

-¡A la mierda! ¡¿Nos planean dejar aquí?!- Gritó Syaoran, dejando de remar.

Muchos intentaban hasta romperse el pie o morderlo para perderlo y zafarse de los grilletes. El sarraceno, quien no tenía cadena, permanecía inmutable viendo la histeria de la gente. Syaoran se obligó a respirar y tranquilizarse, mente fría, ¿Cómo zafarse la cadena efectivamente?

Entonces el musulmán se paró, Syaoran hizo un esfuerzo para no parecer intimidado, el tipo medía más de dos metros, y era tremendamente corpulento. Sin más expresión que la serenidad arrancó de la madera las cadenas de Syaoran, y las de Wallace.

-Me llamo Magdad Arabí, y ese estruendo maravilloso de cañones, es de mi Galeote-

¿¡Así que el muy cabrón era pirata?! ¿¡Lo habían venido a rescatar?! ¿¡A costa de tantas vidas?!

Syaoran se paró con todo su cuerpo entumido y acalambrado, tenía tanto que no podía moverse con libertad. Enrabiado le dio vuelo a un puño para asestarlo en la cara del maldito. Pero el musulmán enorme lo aventó al suelo con una sola mano antes de si quiera tocarle.

-Te he observado, se que sabes usar espadas, por la manera en que empuñas el remo, buen corazón, pero en esta vida, y más aquí y ahora, es sálvese quien pueda. Tu más que muchos no puedes permitirte morir aquí-

Dicho esto corrió hacia la superficie. Como un toro en estampida.

-Lee estamos por las playas de las islas de Fye Flowright, nadando a crol es imposible, pero encuentra algo de lo que atenerte para no ahogarte y conseguirás llegar-

-¿¡Qué?! ¿¡Cómo sabes?! ¿¡Cómo es que no me lo habías dicho?! ¡¿Qué pasaríamos por aquí?! – A Syaoran se le encogió el corazón, quizá el que ahora estuviera al borde de la muerte a manos de sanguinarios sarracenos era un hecho fortuito después de todo.

-Es la ruta habitual, pasar por aqui. Siempre que salimos del puerto de nuestra ciudad, llegamos hasta Nápoles en algunos meses, de ahí de regreso, ¡No tenía caso decirte! ¡Jamás habrías podido escapar de la galera! ¡Te habrías matado de frustración al saberte tan cerca y tan inútil!-

Demonios el chico tenía razón, pensó el ambarino, no habría podido hacer nada, pero ahora sí que podía… Si que lo intentaría. Por Sakura.

-Vámonos de aquí- Syaoran se obligó a suprimir, a callar las voces de todos los hombres que alguna vez fueron feroces y sanguinarios matones atados a sus cadenas, ellas serían el puente a su tumba marina . Tomó el brazo de Wallace, tan en los huesos y sin ninguna preparación para la lucha. Por lo menos le salvaría a el.

Todo en la superficie estaba abarrotado de cuerpos inertes y sangrantes. Syaoran agradeció mentalmente la brisa refrescante del mar embravecido, pero de inmediato se concentró en conseguir armas. Le quitó las espadas de las morteas manos a dos distintos cadáveres, desenfundándoles igual las pistolas. Éstas se las dio a Wallace, quien le miró horrorizado, el nunca había matado a nadie. Pero era ahora de a todo o nada.

-Mantente vivo, si te disparan o te dan una estocada, cáete, tírate, hazte el muerto y no volverán a rematarte, sólo les interesa los cofres con oro- Le aconsejó Syaoran al joven Wallace como primera y única lección, y quizá como palabras de despedida.

Syaoran más que de inmediato lanzó su primer espadazo, luego, al herido, Wallace le atestó un balazo que dejó al corsario tieso en el piso, ambos se miraron y sonrieron, harían así un buen equipo.

Pero entonces hubo otro cañonazo que destrozó en definitiva y por completo la cubierta, que selló el destino de la gran e imponente Galera ahora a pique y que sería la tumba de tantas almas perdidas.

Syaoran sólo oyó la explosión, y de repente se sintió ligero, volando, seguido del duro golpe contra el agua, como rebotar la cabeza contra roca.

¿Seguía vivo? Entonces el frío del agua rodeándole por completo y la sal inundando su garganta y su nariz lo hicieron volver a la dura realidad. Nadó a la superficie, aspirando una sonora bocanada de aire al por fin ver sin agua de por medio las estrellas y el barco en llamas. Volteó hacia todos lados en un intento por orientarse, luchando por mantenerse a flote entre las aguas, entonces vio, entre el humo y las cenizas de la madera y la carne chamuscada , una playa, a lo lejos. El chico amanerado tenía razón. Existía la posibilidad de llegar a Sakura. Y entones fue que se acordó de el.

-¡Wallace!- gritaba todo lo que sus pulmones y el esfuerzo por sacar el agua de sus pulmones cada vez que tragaba agua le permitían. - ¡WALLACE!-

No muy lejos de ahí pudo divisarlo en su propia lucha; peleando sin éxito por sujetarse a un tablón de madera flotante. Nado hacia él.

-¡Wallace!- Volvió a gritarle. Mientras el chico aparecía y re aparecía entre las olas. Syaoran logró llegar y sujetarse de la madera, proporcionándole un leve descanso, pero no veía más al chico. Se llenó de pánico. Infló a más no poder de preciado oxígeno sus pulmones y se hundió.

Segundos de espera…

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Wallace vomitando agua de mar, Syaoran adhiriéndose a la madera casi sin fuerza, respirando hondamente, aunque fuese esa horrible mezcla a humo denso con cenizas humanas en su composición.

-¡Wallace imbécil sujétate a la madera ya!- Entre sonoras aspiraciones por que los húmedos pulmones de Syaoran se llenaran de aire, éste aún podía regañarle. Pero en cuanto miró a Wallace a los ojos, en un intento por infundirle coraje y fuerza, vio en el la pura redención.

Enseguida empezó a forcejear con Syaoran para que lo soltara, él lo sostenía en mancuerna por la axila para que no volviera a hundirse.

-Sálvate- Le espetó. Casi como una queja por haberle devuelto a la superficie mientras se hundía en la obscuridad y frialdad del mar.- De todas maneras yo iba a morir aquí pronto – Volvió a toser, tomó aire y continuó, cansado de vivir. – Tu tienes una misión que cumplir, alguien que espera que llegues sano y salvo. A mi no me espera más que reprobación y un boleto de vuelta a las galeras, Lee-

Acto seguido hizo que Syaoran lo soltara abruptamente al propinarle una patada en el estómago que le dio segundos de ventaja como para que Syaoran no pudiera inmediatamente seguirle y alcanzarle. Nadaba lejos de el, lejos de la embarcación y de cualquier cosa que pudiera usar como flotador.

-¡No! ¡No! ¡Wallace!- Escocía, como quemaba el agua de mar en la garganta, pero Syaoran seguía gritando con todas sus fuerzas.- ¡Vendrás conmigo, usaré todo mi poder, todo mi dinero para que te dejen tranquilo!-

Quería nadar hacia el, pero todo en Wallace le prohibía siquiera intentarlo. Entre el mar picado, lo podía ver sonreír. Mientras Syaoran deshecho confundía lo salado de sus lágrimas con la sal del océano.

-Suena bastante bien… suena como al cielo. ¿Crees que me deje Dios entrar al cielo? ¿Oh que me lo niegue por ser un desviado? ¿Por haberme rendido?- Entonces se hundió. Se dejó llevar por las corrientes. Syaoran nadó con toda su energía, con toda su enjundia, poniéndose el en peligro de ahogarse - ¡ Por favor no te rindas! ¡No te atrevas a dejar de nadar!- Gritaba, insistía. Pero conforme se acercaba al área a la que Wallace había escogido como sepulcro, sabía que no podría encontrarlo ya… el mar estaba más obscuro, más profundo que un agujero negro. Syaoran lanzó un lastimero aullido de impotencia.

-¡JEAN WALLACE! ¡NO TE ATREVAS A DEJAR DE NADAR!-

Pero ya habían pasado varios minutos… ya hace mucho que Jean Wallace había dado su última expiración bajo el agua.