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Agridulce.

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Capítulo II: Kagura.

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Kagura estaba frente al hombre de sus sueños, sin que sus ojos pudieran ver más allá de su rostro amable. Creía que, luego de escuchar esa hermosa confesión, su cuerpo no respondería. Mientras, él continuaba sujetando con ternura sus manos y disminuía poco a poco la corta distancia que los separaba. Sus mejillas ardían, quería huir pero sus piernas no estaban de acuerdo con ella.

Kagura, te espere tanto tiempo que esto parece un sueño…

Al fin sus labios se unirían en el beso que tanto anhelaba.

No esperaba que un terremoto comenzara a sacudir todo a su alrededor. Su hombre ideal que, por cierto, era el protagonista del drama nocturno que nunca se perdía, desapareció frente a sus ojos sin dejar rastro.

—¡DESPIERTA! —Kamui, ya sin paciencia, la estaba sacudiendo con fuerza por los hombros.

—¿Por qué demonios me despertaste, imbécil? —contraatacó, histérica, arrojándole su suave y esponjosa almohada. ¡La despertó en la mejor parte! Sin importarle la furia de su hermanita, este le dio un empujón metiéndose bajo las frazadas— ¿Qué demonios crees que haces, chimpancé?

—¿Qué parece que hago? Hace frío —respondió, acomodándose como si fuera lo más obvio.

—¡Ándate a tu cama! —Tomó el celular que mantenía bajo la cabecera— ¡TODAVÍA NO SON NI LAS 6 DE LA MAÑANA! —Quiso matarlo al corroborar la hora en la pantalla del móvil, 5:34 am.

—Por eso vine, y deja de gritar. —Cubrió la boca de la chica con su mano derecha, antes de continuar con la charla—. Hoy es cumpleaños del viejo, no es que me interese pero compró todo lo que pedí en mi cumpleaños y navidad, supongo que le debo un favor, y a ti te gustan estas celebraciones tontas.

—No estás tan podrido —comentó, refregando con pereza sus ojos.

El mayor soltó un bufido antes de volver a mirarla.

—Cállate. Todavía está durmiendo, hoy tiene turno diurno, así que se irá a las 6:30. Tú y yo podríamos prepararle una cena decente para cuando llegue.

—No es un cumpleaños sin pastel —reclamó, arrugando el ceño.

—Tiene que ser de chocolate o no cuentes con mi dinero. Tsk… preferiría gastarlo en algo mejor que esto, pero…

—Kamui, ¿crees que papi extraña todavía a mami?

El chico cambió su mirada por una más aburrida de lo normal; le molestaba el tema. Realmente todo lo que tuviera sentimentalismos baratos de por medio le molestaba, aunque pensar en su difunta madre era diferente, le provocaba una sensación extraña que no podía interpretar o expresar; lo más simple era pasar de ella.

—Sabes que esas tonterías no me importan. Duérmete. Después hablamos —dijo, levantándose con la intención de regresar a su cuarto.

—¡Cretino, me viniste a despertar! ¿No podías esperar hasta el desayuno? —Creyó que no podría volver a tener el mismo sueño de nuevo. Kamui tendría que pagar, y la venganza siempre es dulce.

—Me levanté al baño y aproveché, después me podía olvidar —añadió, desde el umbral de la puerta. Sonrió con una mirada cargada de inocencia.

Si había de algo de lo que podía estar orgullosa la joven Yato, era de su increíble "don" para quedarse dormida con rapidez. De un momento a otro, estaba en brazos de su amado actor, esta vez, resolvían un crimen. No había duda el asesino era…

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Su alarma la trajo de vuelta a la realidad.

De forma mecánica, empezó su rutina diaria. Tomó una ducha rápida, se vistió el uniforme, trenzó su cabello y bajó a desayunar.

Kamui ya estaba comiendo. La miró, siendo aquello más cercano a un saludo. Aún estaba en ropa interior, si no lo conociera lo suficiente creería que se saltaría las clases.

—¿Preparaste el desayuno para los dos? —preguntó sin creerlo.

—Mn, no, el viejo lo dejó —contestó, con la boca llena.

Continuaron su mañana como cualquier otra, con la diferencia de que esa vez compartieron la comida con algo similar a una charla de por medio. Caminaron juntos a sus respectivas instituciones, platicando sobre la mejor opción para la cena. Ambos tenían gustos muy diferentes, haciéndoles difícil coincidir en algo.

Al llegar a la secundaria se detuvieron frente a la entrada. El joven suspiró.

—Te paso a buscar a la salida para comprar lo que falte. Debe sonar raro de mi parte pero, bestia, portarte bien, al menos hoy.

—Lo mismo para ti… ¿¡A QUIÉN LE DICES BESTIA!? —gritó, viendo cómo el joven se marchaba.

No era la primera vez que observaba su espalda mientras se alejaba, no entendía muy bien qué le había pasado esa mañana pero actuaba raro, o mejor dicho, "considerado".

Perdida en sus pensamientos se dio media vuelta. Chocó de frente con un muchacho, y sus torpes pies perdieron todo el equilibrio, mandándola al suelo. Antes de levantarse, dirigió una mirada llena de odio al sujeto que no pensaba soltar una disculpa. No era nadie más ni nadie menos que su némesis, Okita Sougo, el Sádico.

—China —dijo, con monotonía—, tu verdadera personalidad al fin salió a flote, ¿eh?

Confundida, sin saber a qué se refería, trató de reincorporarse pero su muñeca le causó un leve malestar. No era nada importante pero, momentáneamente, dejó en segundo plano la idea de levantarse.

El joven sonrió. De su mochila sacó un collar de perro que, en una fracción de segundo, rodeó el cuello de la pelirroja.

Su mente entró en shock al ver la cadena que iba desde el collar hasta las sucias manos de Okita. Enfurecida a más no poder, agarró la parte de la cadena que estaba más cercana a su cuello, y la jaló. Hizo caer al chico, quien, de la impresión, soltó el extremo que sostenía. Sus sumisas no actuaban de manera agresiva o contra su amo, a esas alturas ellas suplicaban por caminar a su lado; una marcada diferencia con el monstruo chino.

Kagura, con los ojos inyectados en sangre y ya de pie, giraba la cadena como un lazo de vaquero.

—¡NO SOY UNA DE TUS PUTAS, SÁDICO DE MIERDA! ¡VAS A PAGAR! —Dicho y hecho, lo golpeó con la misma cadena.

Sougo no se quedaría de brazos cruzados, debió recibir un par de golpes para cortar distancia e intentar quitarle "el arma".

—Me equivoqué, no eres como las otras mascotas, necesitas adiestramiento. —Sonrió con malicia.

—¡Cuando te dé una lección, vas lamer el polvo de mis zapatos, maldito sádico imbécil! —Sentenció, quitándose el collar.

Antes de que pudiese hacer algo más, dos chicas sujetaron a la pelirroja impidiéndole tocar a Okita. Sayaka y Urara, ambas eran de las más populares de la secundaria, pero su personalidad fue totalmente modificada al conocer a cierto chico. Kagura, por más que intentó, no lograba zafarse del agarre.

—¿Qué quieres hacerle al maestro? — preguntó, con evidente molestia, la joven de cabello rosa.

—Sádico de mierda, cuando te agarre vas a ver…

—Kagura, Sad-Okita y… uhm, niñas, todos a dirección, ahora —interrumpió, Ginpachi, entre bostezos.

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Terada Ayano, o mejor conocida como Otose, entre los profesores, es la directora de la secundaria Gintama. Había dedicado su vida a la educación, pero el tiempo la había alcanzado y ese año jubilaría. Nunca pensó que los últimos alumnos que vería graduarse se portarían como chiquillos de primaria. Esos eran Sougo y Kagura, conocía muy bien al par de problemáticos. Desde que la joven Yato ingresó a la secundaria, la visitaba tres días a la semana por "pelear con el novio", como ella erradamente creía.

El castigo para los cuatro jóvenes: limpiar el gimnasio después de clases. Otose estaba innovando, esos críos maleducados no aprendían con nada, lo mejor sería usar esa energía en algo útil.

Kagura estaba bastante irritada, de igual manera agradecía que la anciana no llamase a su padre por culpa de su comportamiento "inapropiado para una señorita". La suerte pudo acompañarla esa vez aunque no podría contar con ella dos veces en el mismo día.

Dio inicio el penúltimo bloque de la mañana con la clase de deportes, es decir, estarían con los chicos de las clases 3° C y 3° G. Deportes era la única asignatura favorita de la pelirroja, podía distraerse sin ser obligada a estar sentada frente a una pizarra escuchando una interminable catedra sobre temas que la aburrían.

La joven corrió a encontrarse con Otae, la hermana de Shinpachi. La admiraba y quería bastante. Y, a pesar que la conocía desde hace un mes, nunca se olvidaría de ese día porque fue poco común.

En su primer día, luego de perder la dignidad frente a su hermano, las cosas solo empeoraron. Estaba perdida. En el segundo descanso de la escalera se detuvo a mirar el papel donde estaba escrito el número de su salón, y, mientras decidía si ir al siguiente piso o regresar al anterior, un asqueroso pote de mayonesa —que para su mala suerte estaba abierto—, aterrizó en su cabeza sin poder evitar que el líquido viscoso se esparciera por toda su roja cabellera. En ese instante conoció a Mayora y al Sádico, quienes estaban en medio de una pelea sin ningún sentido. En medio la guerra, porque el raro chico dueño de la mayonesa reclamaba que no podría almorzar, el Sádico fingía una voz suave tratando de hacerse el desentendido. Entonces Otae apareció en el momento preciso, convirtiéndose en su salvadora: obligó a los idiotas a disculparse, la ayudó a limpiar su cabello y, finalmente, la acompañó a su salón, explicándole el problema a Ginpachi.

—Otae —gritó al verla, y corrió a saludarla.

—Kagura, ¿es verdad que castigaron de nuevo? —preguntó, algo apenada. También conocía a Okita por ser miembro del comité de estudiantes y sabía que, si alguien entraba en la mira de "Sougo Súper Sádico", era muy difícil salir ileso; era cosa de ver a Hijikata y darse cuenta.

—Ese sádico bastardo ya verá cuando le dé su merecido. Tae, después hablamos, iré con mi grupo o me pondrán ausente.

Matsudaira era el maestro de deportes de la clase 3° Z. Era estricto y, por su forma de hablar, daba la impresión de que pertenecía a alguna mafia. Kagura se sentó en medio de Shinpachi y Katsura, hasta ahora sus mejores amigos.

—Líder, cúbreme, iré a dormir a los vestidores —habló el de cabello oscuro.

—Zura, la semana pasada también te saltaste la clase —le reclamó "la líder".

—¡No es Zura, es Katsura! No tengo ganas de hacer ejercicio y estoy ocupado —dijo, sin despegar su mirada del móvil mientras respondía mensajes.

—¿Es la mujer del puesto de ramen? —preguntó, curiosa. No entendía por qué su amigo tenía preferencia por las mujeres mayores y casadas—. ¿Quieres hacerle de "esa" compañía?

—¡No es eso! —contestó, ruborizado—. Es solo que se ha sentido sola últimamente, va casi un año desde que su marido murió y yo soy un buen amigo que se preocupa por ella.

—Cállense —susurraron las Gafas—. El mafioso nos está mirando.

—Bien, atención. Hoy harán equipos y jugarán béisbol. —La resaca lo estaba matando, por suerte su hija estaba en la clase 3° C y no se daría cuenta de nada. La mirada del hombre se quedó en Hijikata, uno de sus chicos estrella del equipo de béisbol, lo sabía pues era su entrenador—. Divídanse en hombres y mujeres. Toushi será árbitro o lo que sea, pero jueguen bien.

—Oye, ¿qué significa eso? —reclamó, el chico del flequillo en V, siendo garrafalmente ignorado por el maestro, quien descaradamente tomó asiento en las gradas.

—El viejo parece tener resaca, me voy —anunció, Katsura.

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La clase continúo bien exceptuando que Hijikata siempre se llevaba la peor parte. Sougo, las tres veces que bateó, soltó la pieza de madera que lograba golpear con toda precisión al vicepresidente del comité. Todos notaban que lo hacía apropósito pero nadie quería entrometerse en el camino del Sádico.

Al finalizar con las actividades, Kagura debió quedarse tiempo extra, ayudando a guardar las pelotas, guantes y bates utilizados. Como de costumbre, Sougo la irritó y ella no se midió en actuar, agregando otro castigo a su lista del día.

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Siendo la última chica en los vestidores no alcanzó a cambiarse antes de que tocara la campana, avisando el inicio del próximo bloque. Con el cabello hecho un desastre, se quitó la camiseta deportiva, colocándose la parte superior de su uniforme escolar y la falda sobre el pantalón para ganar tiempo. No ponía en duda lo ridícula que se veía pero no podía llegar tarde o ganaría otro castigo. No era justo que todo lo malo tuviera que pasarle a ella, siendo que el de pelo castaño era quien empezaba todo. ¿Qué clase de Karma era ese? ¿No debería ser al revés?

Tomó el bolso con sus cosas encontrándose con la sorpresa de que la habían dejado encerrada. Gritó una, dos, tres y algunas veces más, pero nadie venía ayudarla. Su móvil no tenía cobertura. Su única opción: la pequeña ventanilla que estaba sobre la puerta, se mordió los labios al ver la considerable altura. Dos metros era demasiado alto para una chica de catorce años de estura promedio. Apiló un par de sillas, una sobre otra, y ni así era suficiente. No era una experta en matemáticas pero, calculaba que si se subía a las sillas y elevaba el móvil obtendría algo de señal, y acertó. Llamó a Shinpachi pero nada. Zura tampoco contestaba. Otae menos. Y, por último, siguió gritando hasta que alguien que pasaba por fuera la escuchó.

La pelirroja gritó apenas un "gracias" antes de salir corriendo a toda velocidad hasta el cuarto piso. Por suerte, Ginpachi no había llegado aún. Katsura estaba en su lugar mientras hablaba con Shinpachi (el de Kagura estaba detrás del fanático del rap). Se sentó sobre su propia mesa y comenzó a trenzar su cabello con una mano, mientras intentaba quitarse el pantalón con la otra ¡Le faltaba un par de manos extra!

—¡Zura, idiota, ayúdame! No pueden castigarme otra vez, hoy es el cumpleaños de papi… —Su mente hizo clic, al recordar que debía quedarse después de clases.

Katsura, sin ganas de reclamar y aún algo adormilado, se dio media vuelta, y le quitó el pantalón con la mano izquierda, sin dejar de mirar su móvil, esperando la respuesta de Ikumatsu.

Tres asientos más atrás, la mente maestra tras el encierro (que algún inoportuno arruinó) miraba con atención lo descuidada que era la China, y que el intento de rapero no tenía ninguna una clase de problema en ayudarla —y tocarla en el proceso—

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Cuando por fin las clases de la tarde acabaron, intentó eludir la sentencia que Otose dictó en la mañana e irse sin más reparo. Kamui no tenía paciencia, era un hecho que si no la veía cuando llegara se iría, y el cumpleaños quedaría en nada.

—China, ¿adónde crees que vas? —Sougo se interpuso en la puerta del salón, impidiéndole el paso.

—¿Quién te crees, imbécil? —se hizo la desentendida, empujándolo a un lado.

—No puedes irte —reclamó, devolviéndole el empujón.

—Te estás saltando el castigo también, no molestes. —Tratando de evitar que la discusión pasara a mayores, optó por darle la espalda y, orgullosa como ella sola, siguió caminando de frente.

—No, mis chicas están limpiando por mí y dirán que estuve con ellas, pero no te cubrirán a ti. —Sonrió con malicia, tras recibir una mirada cargada de rabia.

—No me interesa, tengo cosas importantes que hacer.

Sougo no se lo dejaría tan fácil y mucho menos luego de recibir un puñetazo en plena mejilla. Corrió detrás de ella para ajustar cuentas. Entre empujones y golpes llegaron a la entrada de la secundaria, atrayendo algunas miradas curiosas de quienes estaban cerca.

Kagura divisó a su hermano con facilidad, el único problema era deshacerse del Sádico lo más rápido posible. Al darle una inesperada patada en la entrepierna, él cayó de rodillas.

—China, me las vas a apagar —gruño, entre dientes.

Sougo observó cómo la China tomó la mano de un extraño, obligándolo a correr. La poca consciencia que no estaba enfocada en el dolor, captó que el sujeto pertenecía a la preparatoria, no a cualquiera, sino a la reconocida preparatoria Harusame, donde se graduaban los delincuentes que arruinaban la ciudad.

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Los hermanos llegaron a su casa luego de pasar por el supermercado, obviando el hecho de que el mayor no estaba interesado en nada más que no fuera llenar su estómago vacío.

Dejó las bolsas sobre la mesa y comenzó a ordenar las compras. Al verse desocupado, intentó quitarle una de las fresas decorativas al pastel pero un tenedor asesino aterrizó junto a su mano, entonces decidió que ir a su cuarto y hacer algunos deberes era una buena idea.

Kagura estaba cansadísima luego de haber cocinado por una hora. Kamui había prometido ayudarla si cocinaba su platillo favorito pero su único apoyo fue servirle un vaso de jugo, que tampoco fue una prioridad ya que él bebió el primer vaso y, en el mismo envase, sirvió un poco más para ella. La muchacha no entendía esa actitud, si miraba al pasado Kamui siempre había sido de la misma manera, nunca se preocupaba por nadie que no fuese él mismo.

—¿Por qué es así? —se preguntó, mientras tomaba una ducha.

Podía recordar los días en que miraban la lucha libre, era el programa favorito de Kamui y este se adueñaba del televisor, escondía el control remoto en muebles altos donde ella no pudiera alcanzarlo. A veces peleaban con golpes pero si lo pensaba bien, él se medía, nunca la lastimó como lo hacía con los niños de la escuela, se limitaba a jalarle el cabello o contarle historias de miedo que la asustarían. Cada noche, luego de alguno de esos relatos, se escabullía en el cuarto de su hermano buscando algo de protección. "La pequeña llorona", como solía llamarla, era testaruda y la única forma de hacerla callar era permitiéndole quedarse. En definitiva, Kamui no era tan malo como su papi creía.

Al terminar con su largo y relajante baño regresó al salón principal encontrándose con un sonriente pelirrojo hablando por teléfono. Forzaba un poco la voz para que se oyera parecida a la del "viejo".

—¿Peleó con unos compañeros y se escapó del castigo? Yo hablaré con ella… Sí, no se preocupe, adiós.

—K-Kamui. ¿Qué haces, idiota? —preguntó, espantada. Hasta ahora ella iba mucho que peor que él en todo sentido. Tenía malas notas y se la pasaba castigada por pelear con el Sádico. Eran pequeños detalles, pequeños detalles que su padre desconocía por completo.

—No te has salvado todavía, ahora me debes un gran favor. —Su típica sonrisa se hizo presente, aguándole el relajo que había ganado.

—¿Qué quieres? —preguntó con hostilidad. Nunca sabía qué esperar de su hermano, era un tipo difícil de leer, incluso más que el idiota que la fastidiaba a diario.

—Por ahora nada.

Mientras se miraban con recelo, un cansado hombre entró a la casa rompiendo la tensión. La chica corrió a saludarlo con emoción guiándolo, hasta la mesa. Kamui los miró inexpresivo siguiéndolos de todos modos; necesitaba saciar su creciente hambre. Las cosas estaban saliendo bien para los Yato: la cena estaba deliciosa, Umibozu estaba feliz pero Kagura no estaba tranquila. Con disimulo, vigilaba a su hermano, él no actuaba de forma amable ni hacia favores por gusto, algo se traía entre manos.

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A la mañana siguiente las cosas parecían estar de nuevo en su orden natural, excepto que llovía a cantaros. Kagura preferiría bailar bajo la lluvia antes que llevar el horrible paraguas, aunque, por el momento, no tenía deseos de enfermarse. Se propuso un par de metas. Una era mejorar sus calificaciones, y la otra ignorar a Okita. Él era el catalizador de sus mala suerte, y la única manera de volver a los viejos días, donde solía ser una chica ejemplar, era sacándolo del camino.

En la entrada a la secundaria se había formado un enorme charco de lodo por las reparaciones que se estaban llevando a cabo. Uno de los profesores supervisaba la llegada de los alumnos, indicándoles que pasaran por el improvisado puente, evitando así cualquier tipo de imprevisto.

—China, sal del camino. —La muchacha se mordió la parte interna de la mejilla. Si no respondía no pelearían y de seguro la dejaría en paz—. ¿Estás sorda, estúpida?

—¡Zura! — gritó, aliviada al verlo, a pesar de que su amigo estaba a casi media cuadra de distancia.

Sougo no soportaría ser ignorado y mucho menos por esa patética niña. Debía provocarla, hacerla enojar tanto que la suspendieran un par de días. Aprovechando que estaba delante de él, simplemente levantó su falda.

—China, yo pensaba que eras hombre, como eres tan plana, pero me equivoqué —dijo con falsa sorpresa, dejando al descubierto los corazones en las bragas blancas de su rival.

La rabia no le dejó lugar para soltar ni una sola palabra, simplemente se abalanzó contra él. Rodaron por el suelo hasta el charco donde el profesor Sakamoto —mejor conocido como el tipo ruidoso—, intentaba inútilmente detener la riña.

—Jajaja, chicos deténganse, esto no es una lucha en barro... Oh, esperen, sí es.

—¡Maestro! —gritaban horrorizadas las sumisas que acababan de llegar.

—¡Kagura! ¡Souichiro! Denme un maldito respiro —gritó con frustración su maestro titular. Estaba seguro de que lo despedirían si no llegaba a controlar a esos monstruos.

—¡Hagan sus apuestas! —gritó Hasegawa, viendo el espectáculo de primer nivel.

—¡Sougo! —lo llamó espantado, el presidente del comité estudiantil—. No puedes pegarle a una mujer.

—Sougo no hagas el tonto, te ves ridículo —agregó cierto fanático de la mayonesa, impregnado con el aroma del tabaco.

—Está prohibido fumar —lo agarró Ginpachi de un brazo—. ¡A dirección, ahora!

—Oye, acabo de llegar, no he hecho nada malo —intentó excusarse—. Tú y tu dudoso dulce deberían ir hablar con la directora.

Así empezaba otro día común y corriente para cierto maestro y sus alumnos que eran realmente un dolor de cabeza para cualquiera que los conociera.


[EDITADO] Gracias especiales a mi Beta Kyosha012 :D