Maldita sea. No podía encontrar las llaves. Ni siquiera sabía lo que abrían, pero tenía que encontrarlas. De lo contrario…

¿Qué?

De lo contrario se acabaría el sueño.

De acuerdo, de acuerdo. Había encontrado las llaves: un niño pequeño -¿mi primo?- las tenía escondidas para jugar. Nada más tocarlas supe que me llevaban hasta una máquina muy importante, aquello que llevaba buscando durante tanto tiempo. Lo deseaba y a la vez lo temía.

Era una máquina de sueños. No fabricaba sueños. Gracias a ella, te metías en un sueño. No sé si uno cualquiera, pero el que yo tenía en mente, sí. No sabía si funcionaría. Nadie lo había probado antes y yo iba a hacerlo ahora. ¿Y si me moría? Probablemente alguien tendría que probarlo antes que yo para comprobar si se moría. Pero nadie iba a hacerlo.

Conocía la teoría al dedillo y me la repetía como un mantra. Cuando entras, tu cuerpo se queda fuera. Así de fácil. Los sueños eran productos de la mente, y ese era el precio que había que pagar. Mi cuerpo se quedaría ahí tirado junto a la máquina, en alguna pose graciosa, esperando que mi alma volviera a habitarlo.

Si es que volvía.

Ya había encontrado la máquina, y estaba frente a ella en mi habitación, no la de ahora, sino la de mi casa antigua. Estaba a oscuras pero oía las conversaciones y risas de mi familia, en el comedor. Nadie había probado si te morías. Pero iba a hacerlo igualmente.

De pronto estaba en un árbol, de noche. Supe que había funcionado porque allí, a lo lejos, sobre una montaña de roca enorme, se alzaba el castillo de Hogwarts. Todo el cielo estaba iluminado por millones de estelas de luz dorada, que daban la impresión de que el cielo estaba en llamas. Pero yo sabía lo que eran.

Magia.

Miré a mis compañeros, una especie de Ron y Hermione oníricos, sin cara, y los tres nos pusimos en marcha hacia el castillo. Volábamos sobre escobas, pero yo, que tengo más experiencia en sueños voladores sin vehículo, me impulsaba por el aire con brazos y piernas para que la escoba no cayera.

Al aterrizar me invadió una sensación de temor. Algo no iba bien. Todo estaba allí: los estandartes de Gryffindor, los alumnos, las varitas, la magia. Es lo que siempre había querido, ¿por qué va todo mal? ¿Por qué empiezo a sentirme como en una trampa?

Interferencias. Hay oscuridad y quiero salir volando como antes, como una rana, pero no puedo. Alguien acaba de decirme algo muy importante, pero ya me estoy despertando, y mi mente improvisa una continuación, pero ya no sirve, porque me la he inventado yo.

Me precipito a la realidad y abro los ojos.

Cuando me preguntan qué he soñado, digo: "pesadillas".