Capítulo 2
El día había amanecido plomizo, y de hecho una suave llovizna había comenzado a caer sobre el Santuario, oscureciendo el color de los templos.
Como cada mañana, Camus se había despertado temprano para poder desayunar a gusto. Desde que Hyoga escapara con sus hermanastros a Japón siguiendo a la señorita Atenea, el caballero de Acuario volvía a retomar la soledad.
Mientras se preparaba un zumo con las naranjas de la primera cosecha, el francés observó el calendario. Treinta de octubre. Al lado, rodeado en rojo, el treinta y uno.
Inmediatamente después, lanzó una rápida mirada al reloj de la cocina y dio un respingo al ver la hora.
Asustado, soltó la mitad de la naranja que estaba exprimiendo y tras secarse las manos, recogió el móvil que se hallaba encima de la mesa. Soltó un suspiro de alivio.
—Tengo que retrasar ese reloj— murmuró, tras apagar la pantalla del dispositivo—. Pensé que eran las ocho ya…
Pero no. Sólo eran las siete de la mañana, aunque la costumbre horaria pareciera que era una hora más.
Terminó de exprimir la fruta y vertió el contenido en un vaso.
Y justo cuando iba a abrir la nevera para sacar la mantequilla, escuchó unos golpes en la puerta del templo de Acuario.
Frunció el ceño con disgusto, ya que normalmente no esperaba visitas tan temprano.
—¿Quién será?— dijo acercándose hasta la puerta—. Ya voy…
Al abrirla, Camus parpadeó unos segundos, incrédulo ante tal visita.
—¿Qué haces tan pronto aquí?— preguntó al invitado, quien entró en el templo de Acuario calado de agua.
El recién llegado sacudió su espesa melena antes de contestar.
—El cambio horario me tiene frito, a ver si lo dejan quieto de una vez— bufó el caballero de Escorpio—. Me levanté hace un rato pensando que era tarde y como me desperté sobresaltado, no he podido volver a dormir. De nada me ha servido que se retrasase la hora esta madrugada…
Camus esbozó una sonrisa y pidió a su amigo que se quitara la cazadora empapada.
—No pensé que estuviera lloviendo tanto— dijo sacudiéndola—, anda ve a secarte el pelo un poco.
—Si no es tanto de la lluvia— respondió Milo, dirigiéndose al cuarto de baño—, es que me he duchado y no me he secado el pelo del todo.
Su amigo volvió a la cocina a tostar unas rebanadas de pan de molde.
—Desde que sabes que mañana tienes una misión, estás que no paras— dijo Camus—. ¿Has desayunado o no te ha dado tiempo?
Como con el ruido del secador Milo no escuchaba nada, el francés se dirigió al baño, haciéndole señas para que lo apagara unos segundos.
—Que si has desayunado, te preguntaba— volvió a decir el caballero de Acuario.
Con el sonido de las tripas del caballero de Escorpio tuvo suficiente como respuesta, por lo que regresó a la cocina a terminar de preparar el desayuno.
El griego se unió a la preparación, sacando un par de platos y dos tazas, aparte de un par de cucharillas y cuchillos.
—Pues estoy un poco nervioso por lo de mañana— comentó el caballero de Escorpio, negando con la cabeza cuando Camus le ofreció un café—. No gracias, sabes que odio el café, ¿dónde has puesto el…?— y antes de que lo pidiera, su amigo le estaba tendiendo el bote de cacao en polvo—. Esto sí…pues lo que te decía, que estoy nervioso. No por nada especial, al fin y al cabo voy con Aioria, pero es que no tenía pensado ir a ninguna misión hasta después de mi cumpleaños. Y esto me rompe los esquemas— bufó echando leche en la taza donde previamente había vertido dos cucharadas colmadas del cacao en polvo—. Pero qué le voy a hacer, no puedo cuestionar las decisiones del Patriarca…
Camus vertió un poco de leche en su café y removió la bebida caliente, mientras escuchaba a su amigo. Podía sentir su desazón y malhumor.
—¿No crees que estaréis de vuelta para tu cumpleaños?— preguntó a su compungido amigo, quién se encogió de hombros.
—Sabemos cuándo nos toca marchar, pero no cuándo vamos a volver— respondió el griego, untando una tostada con mantequilla—. Pero ya podía haber avisado antes. Es que me lo dijo ayer por la noche, en la reunión.
El caballero de Acuario sonrió abiertamente al recordar la escena acontecida en la junta urgente que el Sumo Sacerdote había ordenado después de cenar el día anterior. Especialmente la cara de estupor de Milo al verse envuelto en una misión sin quererlo ni beberlo.
—Bueno, míralo por el lado positivo, ahora Aldebarán te debe un favor— soltó el francés—. Y bien gordo…
—Es que justo tuvo que ponerse enfermo ayer— replicó el griego, sacudiendo la cabeza—. Se ha pillado un buen gripazo, por no abrigarse en este tiempo tan cambiante.
—Lo dice aquel que atraviesa dos templos con el pelo empapado de la ducha un día de lluvia— espetó Camus.
—Pero yo estoy acostumbrado al frío— respondió Milo, tocando la punta de la nariz de su compañero—; él no. Por cierto, antes de que se me olvide, esta noche he planeado una fiesta, que era a lo que venía inicialmente.
El galo terminó de masticar la tostada y tragó.
—¿Una fiesta dices?— preguntó dando un sorbo al café—. ¿Esta noche? ¿Por?
—Pues porque mañana es treinta y uno de octubre y quería ir a la fiesta de Halloween del bar Atlantis, pero como no voy a estar y me temo que para mi cumpleaños tampoco, quiero poder hacer una fiestecilla antes de irme— informó el caballero de Escorpio—. Sé que una fiesta en domingo es extraña, pero será algo ameno por la tarde, sobre las siete y media…más o menos hasta las once o por ahí, no quiero irme a dormir muy tarde. Además, los domingos por la tarde casi todo el mundo está en el Santuario, así que más fácil. ¿Qué te parece?
—Pues me parece bien— respondió Camus—, ¿a qué hora dices que empieza?
Milo miró el reloj y comenzó a contar con los dedos unos segundos.
—Sí, creo que a las cinco habré terminado de preparar todo lo necesario para el viaje con Aioria y luego ya podré dedicarme a colocar todo lo de la fiesta— murmuró—. Te agradecería que avisaras a los que pasen por tu templo, ¿vale? Ahora iré a terminar de colocar la armadura en la caja y haré la maleta…más tarde bajaré al supermercado de Rodorio a comprar comida.
—De acuerdo— dijo Camus bebiendo más café—. Cuando quieras, mándame un mensaje al móvil y te ayudo con los preparativos de la comida.
El caballero de Escorpio terminó de beberse la leche con cacao y se levantó de la mesa, recogiendo la chaqueta que el francés había dejado en el respaldo de una de las sillas.
—Te veo luego entonces— dijo Milo, despidiéndose de su amigo—. ¡Gracias!
Horas más tarde, tras avisar a otros compañeros de la inminente fiesta tal y como le había pedido su amigo, Camus decidió regresar a su templo a la espera de que Milo le llamase para ir a preparar la comida.
Al pasar por delante del calendario de nuevo y ver el lunes rodeado de rojo, sonrió para sí mismo.
Aquel día no estaba destacado porque fuera Halloween. No. La respuesta a esa sonrisa tenía que ver con un aniversario especial.
Igual era por contagio de Milo o quizás la nueva ilusión que guardaba celosamente, pero el nerviosismo por lo que sucedería al día siguiente le hacía temblar como nunca antes.
Camus decidió darse una buena ducha para templar esas emociones que sentía dentro.
Porque desde hacía apenas unas contadas semanas, aquella nueva ilusión tenía nombre.
Y no es que hubiera sido algo rápido, sino que el hecho de saber quiénes eran, les había precavido de ir aireándolo por todos lados.
Una relación clandestina, donde hasta ahora, habían podido ir llevándola sin levantar sospechas de sus compañeros. Y quizás ese secretismo provocaba, al menos en el caballero de Acuario, una ansiedad morbosa. Pero también cierta dosis de inquietud…
Nunca antes se había dado una relación entre dos enemigos naturales ente sí: un caballero de oro al servicio de Atenea y un espectro dedicado a Hades.
El temor a un "qué dirán" o incluso la desconfianza de ambas partes a veces hacía tambalear sus propios principios.
Por ello, aún no se había atrevido a comentar, ni tan siquiera a Milo o Hyoga, su relación.
Pero en esos instantes de incertidumbre, ambos guerreros lograban derribar aquellos gruesos muros, y estando a solas, su amor era lo único que realmente importaba. Nada más.
El caballero de Acuario suspiró al pensar en aquel hombre, y en la inminencia de su reencuentro.
Sumido en sus propios pensamientos, su móvil emitió un aviso sonoro con un silbido. Despertando de la ensoñación, Camus recogió el aparato para leer el mensaje que Milo le mandaba, invitándole a pasarse por su templo.
Aún no se había secado el pelo, pero a él sí que no le importaba permanecer frío como un témpano de hielo.
Se vistió a toda prisa y salió de su templo, descendiendo hacia Capricornio.
Dentro de Escorpio, Milo corría de un lado a otro, parándose en seco de vez en cuando y murmuraba algo, antes de volver sobre sus pies y recoger algo que se le había olvidado.
—Ya estoy aquí— anunció el francés a modo de saludo—. El móvil se me está quedando sin batería, lo pongo a cargar aquí, ¿de acuerdo?— dijo enchufando el dispositivo a la corriente y dejándolo sobre una mesa.
Su amigo se puso a rebuscar una cubitera y alzó el brazo para corresponder a sus palabras, antes de levantar la vista y fijar sus ojos turquesas en Camus.
—No hace falta que hagas la tarta— dijo sonriente el caballero de Escorpio—, ya la compré. El resto de ingredientes están sobre la mesa de la cocina. Mira a ver si hace falta algo más.
El francés se dirigió donde le había indicado y revisó todos los alimentos.
—Está todo bien— contestó el caballero de Acuario, que se ató un delantal y agarrando el paquete de harina, unos huevos y un bol, comenzó a verter el contenido, además de añadir otros ingredientes.
Mientras amasaba todos los ingredientes para hacer una masa quebrada, escuchó el sonido de su teléfono móvil, que lo había dejado cargando en la sala principal del templo, precisamente donde estaba Milo preparando todo.
Camus murmuró una maldición en su lengua natal.
—En buen momento…—gruñó, mientras sacudía sus manos enharinadas y las ponía bajo el grifo para lavarse.
—¡Camus! ¡Tu móvil está sonando!— escuchó a Milo gritar desde la sala.
—¡Ya voy, que tengo que limpiarme!— gritó de vuelta el francés—. ¡Dime quién está llamando, por favor!
El caballero de Escorpio retiró el cargador del móvil de Camus y observó la pantalla.
—Pone número privado— respondió, cuando vio que su amigo llegaba a recogerlo—. Será de publicidad de otro teleoperador…
El francés miró nerviosamente a su amigo, quien enseguida volvió a enfrascarse en los preparativos de la fiesta.
Con las manos temblorosas, Camus deslizó el símbolo para descolgar la llamada.
—Disculpe no le oigo bien, espere que busque cobertura…— respondió rápidamente el francés, antes de que su interlocutor pudiera siquiera saludar.
El caballero de Acuario salió precipitadamente del templo de Escorpio y se alejó unos metros, antes de poder llevarse el móvil a la oreja.
—Sí, es que me pillaste en el templo de Escorpio, perdona amor…sí…estaba Milo, sí…no, aún no…bien, es que quiere preparar una fiesta esta tarde y estoy ayudándole con la comida…¿cómo?...¿pero no era mañana?...mon dieu!…pues tenía apuntado el treinta y uno, creía que tu cumpleaños caía con Halloween…lo sé, lo sé, culpa mía…pues no lo sé…es que mañana se marcha de misión con Aioria y no sabe si volverá para su cumpleaños y además él suele acudir a la fiesta de Halloween del bar Atlantis, y ha decidido improvisar una fiesta hoy…bueno, dice que sobre las once terminará, pero nunca se sabe…lo sé amor, lo sé…bueno, a ver cómo me las apaño entonces…sé que es tu cumpleaños y que mañana hay sobrecarga de trabajo en el Inframundo y a saber hasta cuando…vale, no te preocupes…le diré que no puedo, qué remedio, pobre…sí…yo también te quiero…hasta luego.
Camus emitió un suspiro y miró en dirección al templo de Escorpio con cara de preocupación.
Dentro, Milo se afanaba en colocar todo en su correspondiente lugar.
—¿Quién era, que has tardado tanto?— preguntó el griego, poniendo los vasos de cristal sobre una mesa, en fila, junto a las bebidas.
El caballero de Acuario se quedó unos segundos pensando.
—Una encuesta, me daba pena colgar a la chica, que seguro que van a comisión por encuesta finalizada y les pagan muy poco— espetó rápidamente—. Por cierto…estaba pensando que…creo que no voy a poder quedarme mucho tiempo en la fiesta.
En ese momento se hizo el silencio.
Camus aguardó nervioso la reacción de su mejor amigo, quien había dejado de colocar los vasos y se había quedado mirando al francés.
—¿Por qué?— preguntó—. ¿Qué ha pasado? ¿Urgencia de Hyoga?
Aquella frase fue la pista perfecta.
—Bueno, sí y no— respondió Camus—. Es que me ha pedido que vaya a un sitio…hoy sin falta…me lo dijo y se me había olvidado…me mandó un mensaje para recordármelo mientras hablaba con el chico de Panafon.
—¿El chico de Panafon?— preguntó extrañado Milo— ¿Quién es ese? ¿No me habías dicho que habías hecho una encuesta con una chica?
La piel del francés comenzó a tornarse rojiza por momentos, cuando vio la mirada interrogativa y extrañada del griego.
—Sí…es que la encuesta…era de Panafon…y…lo de Hyoga tengo que ir a por ello…lo siento mucho Milo, pero tengo que irme. Termino de preparar la masa quebrada y me marcho.
El caballero de Escorpio se quedó estupefacto, sin entender a su mejor amigo. Toda su explicación había sido muy rápida y confusa. Lo único que ahora podía ver es a Camus estirando la masa sobre la encimera, darle una serie de explicaciones a su amigo de cómo debía hornearla, y tras un beso en la mejilla y una nueva sarta de disculpas, el caballero de Acuario desapareció del templo de Escorpio.
No sabía si sentirse triste o enfadado. El humor del griego variaba por segundos. Pero el enfado empezaba a cobrar fuerza porque sentía que Camus le estaba mintiendo a la cara.
—¿Qué estás ocultando?— se preguntó Milo, frunciendo el ceño.
