Capítulo 3
Cuando Camus se marchó, Milo se quedó muy mosqueado por su comportamiento. Su intuición le decía que su mejor amigo le estaba mintiendo. Y nunca le había fallado. Además, era obvio que el caballero de Acuario había cambiado radicalmente de actitud tras la llamada telefónica, y no era precisamente porque quisiera cambiar de compañía telefónica.
Así pues, el caballero de Escorpio no iba a darse por vencido. Dejó lo que tenía entre manos y fue tras su amigo.
No tardó en ver su silueta adentrándose en el templo de Capricornio cuando le dio alcance.
Al cruzar el décimo templo, el español frunció el ceño con disgusto.
—¿Se puede saber qué trajín os traéis los dos, que no paráis de subir y bajar?— gruñó molesto—. Me gustaría poder dormir un poco…
Milo pidió a Shura que bajara la voz.
—Estoy siguiendo a Camus, no quiero que sepa que le sigo— murmuró—. Vete a dormir, luego te veo en la fiesta.
El español sacudió la cabeza y volvió a adentrarse en la oscuridad del templo de Capricornio, mientras que el griego seguía sus andanzas.
Al salir, aguardó a que Camus subiera el tramo final de escaleras hasta Acuario, cuando repentinamente frenó en seco. Milo se ocultó tras una columna y aguantó la respiración sin mover un solo músculo.
—Coucou mon amour…je suis seul…oui, oui…dans le jardin…dans une heure, je serai là…Rodorio…parfait…à plus tard…je t'aime…
El francés colgó el teléfono y sonrió tímidamente, apurando el paso al subir las escaleras. Una vez llegó a su templo, se encerró en él.
Milo esbozó una sonrisa traviesa.
—Así que has quedado con alguien en el jardín de Rodorio en una hora, ¿eh? Muy bien…— murmuró entre risas—. "Mon amour", dice…¿quién será?
Rápidamente, el caballero de Escorpio giró sobre sus talones y descendió por los templos hasta el suyo.
Justo cuando llegaba, escuchó la voz de un compañero que iba a cruzar por Escorpio.
—¡Eh Milo!— gritó Kanon, saludando a su compatriota, quien fue hasta él, le agarró del brazo y le obligó a meterse en su templo—. ¿Qué pasa, ya quieres violarme o qué? Al menos no seas tan agresivo con los preliminares…
—Sí, ahora mismo te empotro contra la pared, no te preocupes— respondió el caballero de Escorpio a modo de broma—. Escucha, tienes que ayudarme y venir conmigo.
—Contigo al fin del mundo— prosiguió la broma Kanon—. Vale, ya basta de tonterías. ¿Qué quieres que haga, a quién tengo que matar o enviar a Otra Dimensión?
—No hay que matar a nadie, sino seguir— dijo mirando la hora—. Camus ha quedado con alguien en los jardines de Rodorio dentro de una hora.
Kanon se rascó la cabeza sin saber muy bien qué decir.
—¿Y qué tiene de especial?— preguntó extrañado—. Digo, para que tenga que acompañarte.
—Que se refiere a ella o él como "mi amor", y se ha despedido con un "te amo"— replicó su compatriota—. Verás, de hace unas semanas aquí Camus anda muy raro…
—A mí me lo vas a decir— respondió el gemelo con un bufido—. Llevo esperando a que me enseñe a cocinar una receta pero no se digna a aparecer por mi templo…y Saga no para de darme la brasa.
—Sí, está muy despistado para todo y ahora sé la razón, pero quiero saber quién es esa razón— declaró su compañero—. El otro día le pillé tarareando una canción de amor, ¿te lo puedes creer? ¡Camus! ¡Cantando! Cuando a mi me manda callar cuando hago lo mismo…
Los dos guerreros se miraron unos instantes y finalmente decidieron que era hora de seguir las andanzas de su compañero y amigo.
Aguardaron en el templo de Escorpio, espiando por la puerta entreabierta.
El caballero de Acuario no tardó en aparecer y cruzar por delante del octavo templo a toda prisa, desapareciendo como un fantasma.
Sus dos perseguidores salieron en cuanto calcularon un poco de tiempo para darle ventaja pero sin perderle de vista.
—Huele al perfume caro que le regalé por su cumpleaños— musitó Milo, olisqueando la estela de fragancia que había dejado su amigo—. Vamos.
Ajeno a la vigilancia militar que llevaban sus dos compañeros, el caballero de Acuario caminó por las calles de Rodorio, sin presar atención a nada de su alrededor.
Toda su mente estaba centrada en que en unos minutos al fin se reencontraría con su pareja, y que juntos pasarían una velada especial.
Los nervios por volver a verle provocaban que emitiera un aura helada, enfriando aún más aquella noche de últimos de octubre.
Camus se arremangó la manga izquierda de la americana para comprobar la hora. Pensó que debía darse prisa, ya que seguramente su cita estaría esperándole.
Enfiló por la calle principal y después giró hacia la derecha, donde podía verse un enorme parque tras las verjas negras.
Pisándole los talones, Milo y Kanon observaron al caballero de Acuario.
—Parece que va a entrar por la parte trasera del parque— murmuró el gemelo, señalando la entrada posterior—. Hay un paseo con glicinias, que mucha gente considera romántico…cuando florece en verano, Tethys me obliga a ir con ella a pasear. Muchas parejas se citan en esa zona.
—Pues ahora será todo ramas retorcidas— susurró su compañero—, seguramente irá allí…
En cuanto vieron al caballero de Acuario meterse por la entrada trasera, los dos compañeros siguieron sus pasos con cuidado.
—Qué raro que no hayan encendido aún las farolas— dijo Kanon—, ya es casi de noche.
—Es nuestra ventaja. ¡Escóndete!— exclamó agarrando al gemelo, al ver que Camus paraba en un cruce de caminos, hasta que finalmente giró hacia la izquierda—. Menos mal…sigamos…
A miles de kilómetros de Atenas, dos jóvenes contemplaban la oscura noche sin estrellas que era cruzada por una brillante luz dorada con un matiz violeta.
— Parece que el pájaro huyó del nido. – Dijo alegremente un joven de rebeldes cabellos plateados a su compañero, que bajó la vista. – Volvamos al Inframundo.
Con un movimiento de cabeza y mientras intentaba evitar que las lágrimas cayeran sobre sus mejillas, Valentine respondió. – No, no podría volver ahora. Necesito saber qué ha pasado, dónde se ha ido mi amado señor.
— ¡Vamos, Val! — Sylphid se encogió de hombros pero, al ver abatido a su amigo, posó una mano en el hombro del espectro de la Arpía. –Tal vez ha ido a su antiguo hogar en Inglaterra. Sabes cuánto añora ver esos lugares donde vivió como humano…
Con los ojos aún llenos de lágrimas pero sintiendo que la furia lo dominaba, Valentine respondió. — ¡No se dirige a Gran Bretaña! ¡Va hacia el sur!
— No importa dónde haya ido, Val. No nos quiere esta noche con él. – El belga respondió. – Además, debemos ser prudentes para no molestarlo en su cumpleaños.
— ¿Habrá ido al Santuario? – Preguntó la Arpía mientras intentaba calcular la dirección hacia donde se dirigía el Wyvern. – ¡Tal vez fue a vengarse del estúpido hermano menor de Géminis!
Sylphid sonrió mientras alborotaba aún más los cabellos de Valentine. – No te preocupes. Nuestro señor es muy fuerte y poderoso, sin duda vencerá sin dificultad a una docena de caballeros de Atenea.
Pero la Arpía clavó sus ojos dorados en su amigo y afirmó. – No voy a dejarlo en este momento. Puede ser que esté en peligro, así que iré tras él.
El espectro de Basilisco suspiró. – Está bien, Val. Te acompañaré. Pero no vayas a molestar a nuestro señor.
Con un fuerte batir de alas, ambos espectros se alzaron rápidamente y atravesaron la oscuridad que rodeaba en castillo, siguiendo el rastro de su comandante. Cuando ellos alzaron vuelo, una joven envuelta en una capa negra de viaje salió de su escondite en la entrada de la terraza. Sus ojos brillaban en una mezcla de furia y curiosidad.
— Así que no te quedarás descansando en el castillo, Radamanthys. Veremos qué planes tienes hoy. – Dijo en voz baja mientras chasqueó los dedos y Chesire apareció de inmediato.
Con una sonrisa siniestra, le dijo. – Trae el carro, quiero dar un paseo. Iremos tras esos espectros.
El joven espectro hizo una reverencia y añadió. — ¿Por qué, señora Pandora? No es propio de usted perder el tiempo con tonterías…
Antes que pudiese continuar, la mujer sacó una bolsa de Smartbites sabor a atún que hizo salivar al chico, quien dejó de hacer comentarios y se apresuró a traer el carro tirado por fantasmales caballos negros.
El francés sentía que su corazón iba a desbocarse de lo rápido que estaba latiendo. Odiaba tener que andar escondiéndose de todo el mundo respecto a su nueva relación, y que cada vez que quedaban, era una suerte de laberinto antes de llegar a encontrarse.
Leyó de nuevo el mensaje que su pareja le había mandado al teléfono, y dejó de caminar, parándose en una pequeña zona de descanso, donde había un banco de piedra blanca semicircular y una fuente que no daba agua.
A pocos metros, Valentine y Sylphid se arrastraban por las sombras y se escondían tras los arbustos ya que seguían sigilosamente a una figura alta y fornida que avanzaba a grandes pasos hacia ese oculto lugar del jardín. Muy cerca, había una fuente de mármol con una grácil estatua de cisne. Los espectros avanzaron, ignorando que Pandora y Chesire estaban detrás de ellos pues también querían saber hacia dónde iba el Juez.
Mientras tanto, Camus atisbó entre la oscuridad, pero no veía a nadie sentado en ese lugar. Suspiró y terminó tomando asiento, a la espera de su amante.
—Se ha sentado— informó Kanon, que se hallaba agachado entre unos arbustos junto a su compatriota—, frente a la fuente esa con forma de cisne… pero no veo a nadie más alrededor.
Milo escudriñó en la oscuridad y tampoco pudo distinguir a nadie, solamente a Camus aguardando impaciente en aquel solitario paraje.
—Como le de plantón a mi mejor amigo, morirá entre terribles sufrimientos— sentenció el caballero de Escorpio—, nadie osa hacerle daño…
Entonces a su derecha escucharon un ruido, hecho que provocó que ambos jóvenes se agazaparan aún más entre los matorrales.
Por su parte, Valentine y Sylphid dejaron de respirar detrás de los arbustos cuando percibieron los cosmos de guerreros de Atenea.
— ¡Enemigos! – Siseó el espectro de la Arpía mientras su compañero asintió silenciosamente. – Debemos estar preparados para ...
Antes que terminara la frase, Pandora les cayó encima, ya que el taco de uno de sus stilettos negros se había tropezado con la raíz de un arbusto. Antes que pudiese lanzar un grito o maldición, Valentine le hizo callar con un gesto mientras observaban lo que se veía delante de ellos. Chesire sonrió.
La figura avanzó sin percatarse de la presencia de los dos caballeros de oro ni de los espectros, aun cuando pasó a escasos metros de donde estaban escondidos.
La luz de la farola comenzó a titilar suavemente, a medida que el hombre se acercaba hacia donde se hallaba Camus, casi como por arte de magia, anunciando su llegada.
—¿Quién es?— preguntó inquieto Milo, tratando de averiguar el aspecto del recién llegado—. Solo le veo de espaldas…
Por su parte, Kanon se quedó unos segundos pensando.
—¿Dónde he olido yo ese perfume?— gruñó, tratando de recordar aquel aroma marcadamente masculino—. Esa colonia no la usa Saga…tiene que ser de otro…
En el otro extremo del jardín, una desesperada Pandora trataba de encaramarse sobre Sylphid y Chesire para poder observar qué sucedía, lo que hacía que el más joven de los espectros emitiera gemidos parecidos a los de un gato herido.
— ¡Se ha acercado a una persona que parece que lo está esperando! – Dijo Valentine, quien había logrado un buen lugar para ver qué pasaba. – Percibo el cosmo de otro caballero…
— ¡Cómo se atreve este perro! — La mujer siseó. — ¿Estará el Wyvern traicionando a nuestro señor Hades?
Ajeno a lo que sucedía en las sombras, Camus se levantó del banco para recibir a Radamanthys de Wyvern, quien esbozaba una sonrisa de medio lado, mientras sacaba las manos de su abrigo y se disponía a atrapar entre sus brazos al francés. A lo lejos, se escuchaban unos maullidos lastimeros.
—¿Llevas esperándome mucho tiempo?— susurró el juez, acariciando el rostro de su amado, mirándole a los ojos.
—Casi acabo de llegar— contestó con otro susurró el caballero de Acuario, tras lo cual, ambos se fundieron en un tierno beso, completamente inconscientes de estar siendo observados.
—¡No me jodas!— exclamó Milo llevándose la mano derecha a la boca—. ¡Pero si es…!
—¿Radamanthys?— preguntó Kanon, aún preguntándose por el dueño del perfume, sin haberse percatado de que su compatriota había visto al fin el rostro del espectro—. No, no creo que Camus salga con el Unicejo porque…
En ese momento el caballero de Escorpio, agarró a su compañero para que mirase en la dirección apropiada.
—¡La ostia!— exclamó Kanon, sin poder contenerse—. ¡¿Radamanthys?!
Mientras la pareja se besaba, Pandora y Valentine se levantaron como si fueran movidos por un resorte. No podían dar crédito a lo que sucedía ante sus ojos y, movidos por una vez por un objetivo común gritaron al unísono. — ¡Radamanthys!
Sorprendido, el juez se separó de su pareja y miró a su alrededor, encontrándose con cuatro figuras conocidas. Por su parte, Camus también vio a sus compañeros de armas que se incorporaban mirándolo con sorpresa y desagrado.
Con pasos rápidos, el Wyvern se acercó a sus subordinados y con voz autoritaria exclamó. — ¿Qué hacen aquí? ¡Les dije que quería estar solo!
Valentine estaba enojado y muy triste a la vez porque la escena no admitía lugar a dudas: el Juez de Caína tenía un amante que no era él. Por ello, le respondió a su comandante como nunca se imaginó hacerlo. – Sí, señor Radamanthys. Pero nos mintió.
Los ojos color oro del Wyvern brillaron con furia bajo la tupida ceja y estuvo a punto de castigar a la insolente Arpía hasta que sintió una punta metálica que se hundía en su pecho.
— ¡Me mentiste, perro! – Gritó Pandora a la vez que acercaba su lanza al corazón del Wyvern. – ¡Te aprovechaste de la buena voluntad de mi hermano Hades para venir a pactar con este caballero!
— ¿Pactar? – Sylphid exclamó para luego añadir, tratando de justificar a su comandante. – Nuestro señor Radamanthys no es un traidor. Tal vez está obteniendo información de este caballero, que aceptó ser parte de las tropas de Hades en el pasado.
— Pues sí que sabe cómo obtenerla — dijo Pandora con la voz cargada de odio. – Primero, me encargaré de este miserable traidor de Atenea para luego dar su merecido a este perro desleal.
Antes que ella pudiese hacer algún movimiento, el Wyvern tomó la lanza de Pandora y la tiró al otro extremo del jardín, impactando el otro banco de mármol semicircular.
– Ya es suficiente. – Dijo el Juez mientras miraba con severidad a Pandora y los espectros. — Soy un guerrero leal al señor Hades y siempre lo seré. Además, soy un adulto y es a mí a quien corresponde decidir qué hacer en mi cumpleaños.
Pandora se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Luego, mirando con odio a los espectros, les gritó. – ¡Es por culpa de ustedes, perros! ¡Ustedes malograron la celebración de cumpleaños de Radamanthys! ¡Todos pagaran por ello, empezando por este miserable caballero de Atenea!
Pandora señaló al aturdido caballero de Acuario, quien permanecía en silencio para evitar males mayores a su pareja. Pero su silencio fue hecho pedazos al escuchar un grito tras él.
—¡La única despreciable aquí eres tú, tía fea!— exclamó Milo, caminando hacia ella con el dedo levantado mostrando el aguijón—. Creo que el color escarlata te sentará bien.
—¡Milo, NO!— gritó Camus para impedir que su amigo continuase, pero fue sepultado por onzas de chocolate que le mantuvieron ocupado mientras las retiraba.
—Nada de chocolate dulce, ladrón. ¡Tengo un chocolate especialmente amargo para ti!— bramó Valentine, atacando a su rival mientras lloraba—. ¡Esto por arruinar mi pastel y mi momento especial!
—¡No soy un ladrón!—respondió el francés, molesto—. Por cierto, el chocolate amargo me gusta, cuanto más cacao mejor. Pero el tuyo no tiene la calidad que espero— y a continuación, Camus arrojó un par de tabletas contra la cabeza de Valentine, envueltas en hielo.
—Cariño, no es el momento para discutir sobre chocolate— reprochó Radamanthys, mientras le ayudaba a deshacerse del ataque de su lugarteniente, quien ahora preparaba un potente ataque en contra del caballero de Acuario, liberando una ráfaga violácea para abatirle.
Pero el francés preparó un muro de hielo para protegerse del ataque, el cual repelió sin mayor problema mientras Valentine lanzaba maldiciones. Sin embargo, sintió que una mano ataviada con un terrífico anillo de serpiente se posó en su brazo.
—Ya es suficiente, perro. – Chilló Pandora mientras miraba con odio a Camus y levantaba su lanza hacia el Caballero de Acuario. —Es momento que me encargue de esta escoria de Atenea.
El Wyvern se puso delante de Camus y enfrentó a la hermana de Hades. —Señora Pandora, le pido se detenga. Esto no es de su incumbencia…
Pandora lo miró llena de furia y gritó. —¡Insolente espectro! ¡Deberías arrodillarte y suplicarme que te perdone por engañarme de esta manera tan vil!
El inglés abrió sus ojos dorados, incapaz de entender a qué se refería ella y trató de balbucear alguna respuesta pero fue interrumpido por Pandora.
—¡Me engañaste, Radamanthys! – Gritó la muchacha mientras lágrimas cubrían su pálido rostro. —¡Me hiciste que me preparara para este día tan especial y todo fue en vano!
El Juez de Caína estaba sorprendido. —Pandora, digo, señorita Pandora, ¿de qué habla?
—¡No te hagas el tonto! – Chilló con furia. —¡Compré esta ropa por ti, la lencería negra que te gustaba para disfrutar juntos tu cumpleaños! ¡Perro miserable!
En ese momento, el inglés recordó con una mezcla de disgusto y horror lo sucedido hace un mes. Una tarde, encontró a Pandora tendida lánguidamente en un sofá de Giudecca mientras hojeaba desganadamente una revista donde se mostraban los últimos diseños de la fina y sugerencia lencería de Marlies Dekkers cuya colección llevaba por nombre "Dominatrix". Al verlo, ella se incorporó con rapidez y enseñándole la portada, le preguntó.
—¿Qué te parece Radamanthys? ¿Lindo, no? – Le había preguntado Pandora con una sonrisa. – ¿No crees que merezco ser quien domine a todos los espectros y hacer que hagan lo que yo quiera, incluso los jueces?
Si bien conversar sobre lencería femenina lo ruborizaba, el rubio juez tragó saliva y le respondió para poder librarse de más preguntas de su señora. —Por supuesto, señora Pandora. Tiene toda la razón. Estamos a su servicio.
Mientras juntaba su única ceja de manera casi espasmódica y recordaba esa escena infernal, el Wyvern comprendió en ese momento el error que cometió al responder así a la muchacha. Sin quererlo, ella había inventado una fantasía de la cual él nunca quiso ser protagonista. Pero lo que no se imaginó es ver el rostro enojado de Camus.
—Camus, yo … — Atinó a decir el Juez de Caina.
—No sabía que tenías otros planes con alguien en lencería negra. — El Caballero de Acuario señaló mientras sus ojos miraban a su pareja con una mezcla de fastidio y decepción. — No tengo problemas que vayas a celebrar tu cumpleaños con quien prefieras.
—Éste es un lamentable malentendido. —Explicó Radamanthys. —Yo no…
Ofuscado, Camus respondió. – No te preocupes, Wyvern. Lo entiendo todo; no puedo esperar otra cosa de un Espectro. Ahora, tengo que irme porque hay tareas en el Santuario de la Diosa Atenea que requieren mi presencia. No estoy con tiempo para estar jugando a pasear con Espectros.
—¡Oye, eso no es justo! No vuelvas a hablarme de esa manera, Camus— terció el Wyvern, molesto en parte por la acusación de Camus y al recordar aquella horrible lencería.
Sylphid, quien estaba ocupado ayudando a Pandora del ataque que Milo le lanzó cuando Radamanthys y Camus empezaron a discutir, al escuchar la pelea entre amantes, decidió intervenir.
—¡Nadie habla de esa manera a mi señor y vive para contarlo!— gruñó, dejando a la mujer sola, mientras trataba de esquivar los aguijonazos del caballero de Escorpio.
—¡Estúpido gato! ¿Dónde estás, idiota?— exclamó la Pandora, dándose la vuelta al ver que Cheshire estaba escondido bajo su falda—. ¡Mata a ese insecto!
—Lo siento señora, pero mi misión es informar…no estoy preparado para combatir…
—¡No soy un insecto, estúpida!— bramó Milo, arrojando más aguijonazos—. ¡Los escorpiones son arácnidos, pedazo de inculta!
Entonces Pandora rebuscó en sus bolsillos las golosinas para gatos y arrojó una en dirección al griego. Eran del delicioso Smarbite sabor salmón que enloquecía al chico, quien se relamió anticipadamente.
—¡MIAU! ¡Pobre de mí!— exclamó Chesire, tentado por la golosina a pesar de lo que supondría para él. Sin pensarlo, se arrojó para capturar la comida que Pandora había lanzado, recibiendo de lleno todo el ataque de Milo. A pesar de ello, todo ese dolor fue compensado por el delicioso sabor de las golosinas de salmón. Al menos los gatos tienen siete vidas.
Camus y Radamanthys habían callado porque el ruido alrededor de ellos era ensordecedor y este momento fue aprovechado por el Juez de Caína para tomar las manos de Camus en las suyas y apretarlas suavemente mientras susurraba las palabras que derritieron el hielo que había cubierto el corazón del Caballero de Acuario en los últimos momentos. —I love you, mon cher.
—¡Y tú, Unicejo, no te atrevas a volver a seducir otro caballero de oro!— Kanon lanzó su Triángulo Dorado contra el juez, pero Camus trató de bloquear el ataque.
—¡Para ya, Kanon!— pidió Camus, empezando a enfadarse de verdad por el cariz que estaba tomando todo aquello.
—¿Tienes celos, copia burda? ¡Jamás seduciría a una babosa marina que se disfraza con la armadura de Géminis!— gruñó Radamanthys, esquivando el ataque—. No te preocupes, dragón de pacotilla, tengo buen gusto.
Tanto Pandora como Valentine estallaron de rabia al escuchar aquellas declaraciones del juez, por lo que lanzaron sus ataques en todas direcciones, sorprendiendo a todos los presentes. Cheshire y Sylphid se abrazaron y fueron a refugiarse tras el caballero de Escorpio, que permaneció impasible mientras veía los ataques pasando a su lado sin acertarle.
La situación cada vez era más caótica, con todo el mundo gritándose y lanzándose ataques, además de esquivarlos.
—¿Cómo puedes preferir a un insulso helado en lugar de mi dulce chocolate, mi señor?— lloró el chipriota.
—¡Si te empeñas en seguir viéndote con ese caballero de oro, te consideraré traidor!— amenazó Pandora, perdiendo los estribos.
Sylphid frunció el ceño disgustado. —Nuestro señor Wyvern no es un traidor, señorita Pandora.
—¡Que no soy un traidor!— rugió Radamanthys, enfadado por aquella acusación. —¡Estoy harto que desconfíen de mí!
—¡Camus por favor!— exclamó Milo, agachándose para esquivar una onza de chocolate que el espectro de Arpía seguía arrojando sin parar—. ¡No vuelvas a besar a ese Unicejo!
—¡Pero si es que yo le quiero!— respondió Camus, mientras trataba de impedir que su amante y Kanon se agarrasen de los pelos—. ¡Por todos los dioses, esto es demencial!
—¡Al menos podrías haberme dicho algo, que eres mi mejor amigo! Me dejaste tirado en mi fiesta— contestó el griego, agarrando a Chesire del pescuezo y arrojándolo lejos de sí—. Quita de aquí, saco de pulgas…
Radamanthys fijó su atención en el caballero de Escorpio.
—¡Deja de quejarte, insecto!— respondió el Wyvern—. ¡Si nos hubiérais dejado celebrar mi cumpleaños juntos, Camus hubiera vuelto a tu fiesta tras celebrarlo conmigo! ¡Y habéis arruinado todo!
—¡Y dale con lo de insecto!— replicó Milo, al tiempo que Kanon intervenía en la conversación.
—Camus, podría haberte presentado a cualquier otro hombre con finas y bonitas cejas…como las mías— insinuó el gemelo, esbozando una sonrisa muy pícara, que provocó que el caballero de Acuario se ruborizase ligeramente, recordando cómo se había encaprichado con Saga cuando era adolescente.
El francés sacudió la cabeza y frunció el ceño.
—Que no quiero salir con nadie, excepto con él— dijo señalando a Radamanthys—. ¿Por qué os cuesta tanto entenderlo?
—¡Deja de meterte con mi ceja, babosa marina!— bramó el juez—. ¿Hablo de lo que tienes en la entrepierna, idiota?
—Yo te amo por tu ceja— murmuró Valentine, quien había dejado de lanzar ataques y ahora estaba abatido en el suelo, llorando desconsoladamente, mientras Sylphid trataba de animarle sin éxito.
No lejos de allí, Pandora también había calmado un poco su ira. Agotada por el esfuerzo, miró al grupo de hombres y señaló a todos con su tridente.
—¡De eso nada!— exclamó, con lágrimas en los ojos—. ¡Radamanthys es mío y sólo mío! ¡De nadie más!
Al ver que la mujer empezaba a preparar otro ataque, Kanon miró a la pareja.
Camus estaba refugiado en los brazos del Wyvern, con la cabeza escondida en su pecho, mientras el inglés lo apretaba con fuerza contra su cuerpo, con la cabeza alta y desafiante, dispuesto a defender a su amante costase lo que costase.
A su alrededor, todos los demás no paraban de reprochar su amor, incluido él.
Tomando la decisión que sería más sensata, el gemelo miró al Wyvern.
—¡Nadie me llama babosa marina! ¿Lo has entendido?— murmuró, alzando los brazos—. ¡Explosión Galáctica!
De repente una fuerte ráfaga empujó a todos hacia atrás, alzándose una densa nube oscura, que dejó a todos tosiendo y confundidos.
Al despejarse el área, Kanon tendió la mano a Milo y le ayudó a incorporarse.
—¿Qué has hecho, Kanon? ¿Dónde…?— preguntó el caballero de Escorpio, pero al ver a su amigo llevándose el dedo índice a los labios, se tranquilizó—. Ya veo…
Los espectros junto a Pandora se percataron de la ausencia de los dos amantes en cuanto las nubes se disiparon.
—¿Dónde está nuestro señor Radamanthys?— murmuró Sylphid, mirando en todas direcciones.
—Han aprovechado para huir— siseó cabreada Pandora—. ¡Vamos a buscarles!
Pero los espectros no hicieron ningún movimiento por seguirla. Incluso Chesire se escondió detrás de Sylphid.
—Déjalo ya, Pandora— replicó Kanon—. Se han ido y no es momento de que nos den explicaciones ni de seguir esta pelea de patio de colegio. Nosotros nos vamos, que tengo mucha hambre y una fiesta que atender.
—¡Ellos no pueden estar juntos!— exclamó la mujer, agarrando a Chesire para ponerle de pie—. ¡Haré lo que haga falta para impedirlo!
—¿Por qué no pueden?— contestó el gemelo—. Si nuestros dioses no han dicho nada al respecto, entonces nosotros tampoco. Que hagan lo que quieran— dijo lanzando una golosina de gato a Cheshire, que la capturó al vuelo y le regaló una juguetona sonrisa mientras se relamía.
—¿Cómo te atreves?— siseó Pandora, al ver que su bolsa con golosinas para gatos la tenía el caballero de oro.
Chesire terminó de masticar y señaló al gemelo.
—Tiene razón, mi señora…
—Yo también estoy de acuerdo— terció Sylphid, apoyando las palabras de Kanon—. Por mucho que nos joda que nuestro señor Radamanthys esté saliendo con un caballero de oro, no es de nuestra incumbencia— dijo, mientras ayudaba a Valentine a levantarse del suelo—. Radamanthys nunca ha sido y nunca será traidor a Hades, ha probado su lealtad siempre. Él sabrá lo que hace, pero no es nuestra misión fastidiarle en algo que es tan importante para él. Además— siguió, al sentir sus tripas rugir—, yo también tengo hambre y quiero poder comer el pastel que hizo Valentine esta mañana…
A continuación, sujetó de los hombros a su compañero, que seguía en estado de shock, murmurando cosas ininteligibles sobre todo lo que había pasado. Como si fuese un niño pequeño, Sylphid encaminó a Valentine hacia la salida del jardín de Rodorio.
A pesar de que la mujer deseaba seguir la búsqueda, al ver el abatimiento de los espectros y que ella misma estaba cansada de todo, claudicó en su empeño.
—En cuanto regrese al castillo, le espera una buena…— musitó, golpeando el suelo con su lanza, mientras se agarraba al caballero de Basilisco y Arpía, quienes agitaron sus alas y se batieron en retirada. Chesire clavó sus uñas en el vestido de Pandora, colgado, y el grupo desapareció en la oscuridad de la noche.
—Bueno— suspiró Kanon, mirando a Milo—, nosotros también deberíamos regresar al Santuario, que estarán todos invadiendo tu templo…y quiero tomarme una buena cerveza antes de que Aldebarán acabe con todas…
El caballero de Escorpio cerró los ojos unos segundos y suspiró, mientras asentía.
—Solo espero que Camus se una a la fiesta en algún momento, aunque sea tarde.
—Entonces tendrás que alargar la fiesta hasta el amanecer— dijo Kanon, aguantando la risa.
Milo abrió los ojos asustado y compuso una cara de asco.
Finalmente, ambos caballeros regresaron por donde vinieron y se alejaron del parque.
En una galaxia, muy, muy lejana, dos cuerpos cayeron del cielo estrellado y aterrizaron sobre una playa de arena suave.
—¡Joder!— gruñó Radamanthys, limpiándose la arena de su camisa y pantalones—. ¡Mataré a ese geminiano! ¡Con o sin Guerra Santa mediante!— dijo dándose la vuelta para comprobar el estado de su pareja—. ¿Estás bien, amor? ¿Dónde estamos?
Camus se levantó del suelo y se sacudió la ropa, mirando alrededor.
—Creo que estamos en algún lugar de la isla de Kanon— musitó— pero no estoy seguro en qué dimensión…
—¿Así que esa babosa marina quiere que perdamos el tiempo buscando el camino a casa? Maldito capullo…— espetó furioso Radamanthys, pero enseguida fue cortado por Camus.
—Calla un momento….escucha, Rada— murmuró el francés, ladeando su cabeza, escuchando.
Radamanthys obedeció por un minuto.
—No escucho nada más que el viento y el mar.
Camus sonrió.
—Exacto— dijo cogiendo de la mano a su amante—. Al menos tenemos un poco de tranquilidad para celebrar tu cumpleaños, mon coeur. Kanon nunca sería cruel conmigo. Creo que tendrá que buscarnos una salida, o tendrá que decirle a Saga que por qué no estoy a la hora de comer en su templo.
—¿Tienes comidas privadas con Saga?— preguntó molesto el Wyvern.
—Solo para revisar el gasto mensual y los salarios de mis compañeros, pero ese no es el tema— replicó Camus, retirando la arena que aún permanecía en el entrecejo del juez—. Feliz cumpleaños, Radamanthys— dijo suavemente.
El caballero de Acuario buscó en sus bolsillos y sacó una caja de bombones , antes de que el inglés le agarrase para besarle—. Sólo he podido traer esto…
Radamanthys recogió uno de los bombones y sonrió de medio lado.
—¿Truco o trato, eh?— musitó divertido—. Tienen crema de whiskey…esto es perfecto para la noche, amor.
Con un sutil movimiento, la mano libre del espectro rodeó la cintura de su amante y lo acercó a su cuerpo, sellando los labios de Camus con los suyos en un apasionado beso.
...
...
Unas horas después de medianoche, Radamanthys estaba preparándose para abandonar Rodorio, tras despedirse de su amante.
Entonces escuchó una risa maléfica.
—Me debes un favor muy grande, Unicejo…
El inglés se giró y apretó los dientes.
—No te debo nada, Kanon— gruñó—, excepto un pasaje directo al Cocytos para tu alma.
El gemelo sonrió de medio lado, a pesar de la oscuridad que ocultaba su rostro.
—Eso es cruel, tras lo que he hecho por ti y Camus…
—¿De qué narices hablas?— preguntó molesto el juez.
Acortando la distancia, Kanon se acercó hasta ponerse a la altura del espectro.
—¿De veras piensas que hubieras podido salir indemne de la trifulca y pasar una noche agradable en brazos de mi compañero, si no hubiérais sido arrojados a otra dimensión?
—¿A otra dimensión? ¿De qué hablas? —El inglés miró furioso al gemelo. —¿Nos has estado espiando?
El Dragón de Mar comenzó a reírse.
—Solo hay una manera de saberlo…como contárselo a la mandona de tu jefa— siseó el gemelo—. Nunca hubiérais sido capaces de encontrar la manera de salir ilesos si no hubiera intervenido desde el principio…
Radamanthys gruñó.
—Maldito Kanon…— pero luego de meditar unos segundos, aceptó el truco salvador del gemelo menor y la derrota de su posición—. Está bien, ¿qué quieres a cambio?
—No me vuelvas a llamar babosa marina— dijo alzando el dedo índice.
—De acuerdo, aunque te lo mereces— respondió el juez frunciendo su única ceja. A la larga, no era mucho pedir que dejara de llamarle así. Además, tenía otros nombres en su repertorio que con gusto utilizaría para llamar a Kanon en el futuro. La venganza es un plato que tiene mejor sabor cuando se sirve frío. Resopló, mientras pensaba con alivio: At the end, no tricks, just treats.
Kanon alzó otro dedo.
—No he terminado— murmuró, aún con una sonrisa en los labios—. Quiero esto.
A continuación, el gemelo tendió un papel al inglés, quien lo leyó de arriba abajo, parpadeó un par de veces y comenzó a proferir una sarta de insultos en todas las lenguas que conocía, mientras Kanon reía complacido.
FIN?
