Aclaración: Probablemente esta sea una historia corta más para pasar el rato.
Aquel primer día no hubo ensayo. A último momento, la señorita Bustier avisó a toda la clase que un pequeño desacuerdo con el grupo de arte iba a retrasar hasta mañana cualquier preparativo planeado. Claro que esto vino como un guante a la mayoría, pues aunque querían mucho a la docente, habían otros proyectos en puerta que también requerían de su atención. Algunos, dentro del corto plazo, donde el nombre y la firma de la señorita Mendeleiev pesaba por sobre todas las cosas.
Esto no aplicaba en lo absoluto a Chloé Bourgeois, desde luego, pues sus notas siempre eran "perfectas."
Y las de Sabrina. En realidad, las de ella casi tan perfectas.
Por eso no le preocupaba en lo más mínimo el participar o no en la obra. Una llamada de su padre debía bastar para dejar las cosas en el orden que ella deseaba. Había funcionado antes y no veía motivos para no hacerlo ahora. Sin embargo, un pequeño giro de tuerca volcó los planes de Chloé en un instante.
—¿Cómo que no se puede cancelar? —Chilló la rubia, asustando a Sabrina quien casi se cae del sillón donde reposaba con el libreto entre manos. —¡Papi!
Estaba hablando con el alcalde por teléfono. Sabrina no era capaz de escuchar la conversación al no ponerla en el altavoz, sin embargo, podía hacerse una muy buena idea de lo que estaba discutiendo la familia Bourgeois.
La primogénita, por defecto, era muy expresiva.
—¡Pero no es justo! ¡Ellas creen que yo soy la mala de la historia! ¿Puedes creerlo?
Mal encaminada no estaba... pensó Sabrina.
—¿Y qué es eso de una hija del mal? ¿No ves que están también llamando malvada a mi madre?
Entonces la pelirroja tuvo que morderse el pulgar para no reírse. Quizá Chloé debía leer el libreto antes de hacerse cualquier idea malintencionada.
Esto, claro, era imposible. Leer y Chloé no podían estar en la misma oración a menos que se tratara de una revista de modas o un mensaje de texto interesante. Bien lo sabía Sabrina y podía dar entera fe de ello, por si a alguien le quedaban dudas.
—No me importa si también fue tu idea, ¡quiero que lo canceles en este mismo instante!
¿Idea del alcalde Bourgeois? Eso era... curioso. Por decir lo menos. Y no era por pensar mal del padre de Chloé, pero aquel hombre definitivamente no era alguien con mucha iniciativa propia.
Sabrina aprovechó una pausa larga en la próxima respuesta de su amiga para leer las últimas páginas del librero. Encontró extraño que algunos personajes no tuvieran a quienes los representaran aún, pero poco después pudo entender por qué. Eran muchos... su sola clase no iba a poder llenarlos a todos si es que querían contar con algunos extras para las escenas más concurridas.
Llegó a pensar, incluso, que la señorita Bustier ambicionó más de lo que realmente podía manejar.
—¡Ridículo! ¡Totalmente ridículo!
Fue lo último que dijo, seguido de un chillido.
—Me colgó...
Oh, casi podía sentir pena por aquel hombre.
Y solo casi, porque estaba más que segura que ella sería el primer desquite de la rubia.
—¡Dame eso!
Chloé le arrebató el libreto de las manos y se dejó caer a su lado, casi llegando a expulsarla de su asiento.
Zoé no creía que la señorita Bustier tuviera motivos para integrarla a un proyecto donde poco tenía que ver, al no ser parte de su clase como el resto. Sin embargo, cuando llegó a su habitación del hotel y dedicó toda su tarde a leer el guión por completo, comprendió un poco.
¿Acaso tenía que ver con su otra participación en la película que hizo con sus amigos? ¿Se había enterado de las palabras que me había dedicado a Chloé al final de su derrota como Reina Banana?
De ser así, empezaría a tener más cuidado alrededor de la docente.
De facto no creía que sus intenciones fueran malas, pero el papel que le estaba pidiendo interpretar la ponía un poco incomoda.
De acuerdo a la obra, Allen Avadonia era el hermano gemelo de la princesa Rilliane Lucifen d'Autriche, el personaje que estaría siendo interpretado por Chloé, pero ella no lo sabía. Se hacía pasar como su sirviente más leal y eso lo demostraba en cierta parte de la obra casi al término del primer acto. Luego, en el segundo acto, él se enamoraba de una campesina del reino vecino que, para su buena o mala suerte, iba a ser interpretada por Marinette.
Esto pudo haberla hecho feliz en un primer momento. La relación entre ambos personajes parecía ser cercana a priori, incluso, con claros tintes hacia un final feliz. Y tenía muchas ganas de ver a Marinette cantando su número sobre las cebolletas. Pero, nuevamente, la lealtad de Allen hacia Rilliane se hizo patente.
En este punto ya había perdido la cuenta de cuántas veces había suspirado.
Era una obra triste, aunque las canciones parecían estar cargadas de chispa y emoción.
Al tercer y último acto, Allen...
No quiso volver a leerlo. Ya se preocuparía por ello llegando a esa parte.
Tenía muchas preguntas al respecto. Ella como aspirante a actriz no iba a rechazar esta oportunidad, y como buena actriz, empezaba a preguntarse las motivaciones de Allen para interpretar bien su papel.
Pero la incomodidad seguía ahí. Quizá por el hecho de que Rilliane era, a grandes rasgos, una versión ultra dramática de lo que era Chloé en la vida real. Quizá porque ella en verdad se estaba cuestionando las palabras que le dedicó al final del embrollo de Reina Banana.
¿Amor? ¿Lealtad? ¿Qué mantenía a Allen al lado de su gemela malvada?
Tendiéndose sobre su cama con el librero en mano, susurró algo con voz grave, intentando sonar como un chico.
—Sin importar qué todo el mundo te odie, yo te amaré, hermana...
Adrien tenía muchas ganas de participar de la obra. De hecho, quizá la misma excusa que usó para que lo dejaran participar en la película serviría en esta ocasión.
Además de ser un proyecto con calificación al final del año.
Por todos lados, tenía las de ganar. Pero solo para estar completamente seguro, primero se acercó a Nathalie para preguntar si en la semana tenía suficiente tiempo para dedicarle una hora diaria a la producción de la obra.
—¿Nathalie? —Adrien llamó a la puerta primero, antes de entrar.
La asistente de su padre estaba en su habitación, descansando con la tableta en su regazo.
Últimamente se veía un poco mejor, quizá el reposo y la medicina que su padre había traído del extranjero estaba haciendo efecto en su sistema. Y eso calentaba el pecho del muchacho.
—¿Qué ocurre, Adrien? —La mujer de incorporó un poco, dedicándole una expresión cariñosa.
—Verás, en la escuela harán un musical para fin de año. La señorita Bustier nos pondrá una calificación en base a las actividades de todo el grupo así que quería saber si es posible que pueda estar en todos los ensayos.
Nathalie asintió. Tomó su tableta y revisó la agenda del chico. La misma estaba bastante despejada desde que renunció a su carrera de modelo, por lo que encontrar espacios no fue difícil.
—¿A qué hora tienen programados los ensayos?
—Justo después de la escuela, —respondió el rubio con ánimo.
Nathalie tomó la pluma táctil y rellenó los espacios vacíos con un nuevo código de color.
—Solo avisa a tu padre, —dijo al fin.
Esa era su labor, pero desde algún tiempo notaba a su padre y a su asistente un tanto distanciados. Quizá ellos creían que no se daba cuenta, pero lo hacía.
De todos modos, no se creía con el derecho a intervenir más allá de darles ánimos a ambos para que arreglaran sus diferencias. Sea cuáles fuesen.
Adrian asintió tras agradecerle y preguntarle si quería algo de comer, a lo que la mayor negó, pero agradeciendo su consideración.
Ahora quedaba un último paso.
Sabía que su padre estaba en su oficina a esa hora. Por lo que respiró profundo y golpeó la puerta.
—Adelante.
Adrien asomó su cabeza de forma tímida. Cómo de costumbre, vio a su padre trabajando de pie delante de su monitor.
—¿Qué ocurre, hijo? —No miraba, pero le habló con un deje de cariño que hizo sentir confiado al muchacho.
—Veras, padre.
—Papá, —corrigió, ahora sí, mirandole a los ojos.
Adrien respiró profundo.
—Papá. Quería pedirte permiso para participar en un musical en la escuela. Es con calificación para fin de año, y los ensayos van a contar para la nota.
—¿Tendrás el principal? —La mirada de Gabriel volvió a la pantalla.
—Eh... no. Pero igual es un personaje importante. Mueve todo a partir del segundo acto.
Hubo un minuto de tenso silencio entre ambos.
Gabriel movía y pintaba cosas usando el lápiz táctil de su monitor. Parecía estar arreglando algunos detalles a algún nuevo diseño. Aunque Adrien notó que su brazo izquierdo se movía de forma un poco torpe.
—¿Tienes el libreto?
—Sí.
No necesitó que le ordenara enseñarlo. Simplemente lo dejó en la mesa para que lo revisara.
En eso concedía que su padre fuese un poco estricto. De hecho, sería conveniente. Así la producción alcanzaría una nota perfecta, si le dejaban modificar el guión. Incluso, salvaría de forma indirecta a Marinette.
—¿Lila también está en la obra?
—Sí... —respondió sin muchas ganas.
Su personaje le quedaba perfecto, de hecho.
—Está bien. Acabo de recibir la actualización de tu horario por parte de Nathalie. Revisaré el guión más tarde. ¿Hay algo más que querías decirme?
Adrien negó.
—Entiendo. Nos vemos para cenar.
La promesa hizo que el chico sonriera y agradeciera de forma animada, antes de dejarlo trabajar nuevamente.
Cuando la puerta se cerró, Gabriel se acercó había la mesa donde el libreto fue dejado. Y una ceja alzó al leer el título de la obra.
—La hija del mal...
Dentro de sí, pensaba, que quizá iba a poder sacar un poco de provecho de ello para volver a mover los hilos tras las sombras.
Sus ideas se afirmaron al momento de leer el nombre de Chloé Bourgeois con el papel protagónico y el texto al lado de su ficha de personaje.
—Quizá tengas la oportunidad de demostrar lo mala que puedes llegar a ser en realidad, Chloé Bourgeois.~
Notas finales: Dirían dos cantantes famosos... está claro que en este cuento va a salir algo mal.
La cosa es... ¿cómo?~
