2. Sentimientos
Pasaron varias semanas y por fin llegaron a Francia. Era la primera noche que pasaban a cubierto desde que empezaron a huir. La primera posada en la que se atrevieron a hospedarse. No por falta de dinero, pues Margarita y Sátur se habían hecho con una buena suma de sus respectivos ahorros antes de abandonar las Españas, sino porque ser reconocido por los lugareños en alguna posada hubiera podido significar su muerte y la de su familia si lo delataban como el "Águila Roja" a la guardia. Gonzalo se odiaba a si mismo por haber tenido que someter a su mujer embarazada y a su hijo a semejantes semanas de noches en cuevas o a la intemperie. Hasta ahora no habían tenido un techo donde guarecerse. Él, e incluso Sátur estaban más que acostumbrados al raso y a pasar más de una noche toledana, pero no se sentía feliz de que Margarita hubiera tenido que pasar por ello a sus seis ya, meses de embarazo. La vida de fugitivos no era vida para una familia, a pesar de que ella le repitiese constantemente que se sentía, por primera vez en su vida, en la más absoluta felicidad por compartir su vida con él. Gonzalo se había arrepentido de muchas cosas en su vida. De muchas. Pero ninguna superaba esto. Dando un profundo suspiro, entró en la habitación que iban a compartir Alonso y Sátur, contigua a la que les correspondía a él y a Margarita.
- ¿Estáis cómodos?- Preguntó dubitativo.
- ¡Padre!-gritó Alonso con alegría.- No me lo puedo creer ¡por fin una cama de verdad! Después de tantas semanas huyendo de las posadas…
Gonzalo sonrió.
- Por fin estamos a salvo, hijo. En territorio francés es difícil que se atrevan a venir a apresarnos y todavía más difícil que alguien nos reconozca. Estamos cerca de Marsella, y en ese puerto cogeremos un barco rumbo a la República de Florencia, en Italia. Os prometo que a partir de hoy las cosas serán muy diferentes y muy pronto podremos volver a hacer vida normal.
- Esto es mejor que un palacio amo.-se apresuró a añadir Sátur.-Comparado con las piedras y las rocas, el paraíso.
- Me alegro.-le sonrió Gonzalo.-Confío en que te hayas lavado ¿eh? Que la verdad es que se hace agradable tener por fin agua caliente y algo de jabón para deshacernos del polvo del camino… Lavarse en los lagos solo con agua no es lo mismo.
- La experiencia que tiene usté con los lagos jejejeje ¿Que no?-Gonzalo lo taladró con la mirada.- No me miré así… Que si amo si… No me sea desconfiao... Que después de salirse usté del barreño me metí yo enterito dentro y me froté ahí bien… Con decisión.
- Muy bien. Pues si no necesitáis nada más…
- Yo sí que quería preguntarle una cosa amo.
- Dispara…
- Es que le he estado comentando yo a su hijo que ahora que estamos en la Francia… ¿No podríamos desviarnos un poquillo e ir a ver a mi Gabi a la casa del Maestro Lully?
Gonzalo se quedó pensativo un momento.
- No me importaría si dependiese de mí. Pero no quiero arriesgarme a que Margarita tenga que dar a luz en el barco. No sabemos cuánto puede alargarse la travesía por mar. Confío en que lo entiendas, Sátur.
Su mejor amigo parpadeó varias veces y después se dio una palmada en la frente.
- Pobre señora… Si es que aún no me hago a la idea de que hay un Montalvito en camino... Tié usté toa la razón amo. Perdóneme por no haberlo tenido en cuenta…
- Podemos hacer una cosa.-siguió Gonzalo conciliador.- ¿Por qué no le escribes una carta a las señas que te dio y le cuentas todo lo que ha pasado? Una vez estemos en nuestra nueva casa, le vuelves a escribir y le das las señas nuevas, para que te pueda contestar. Así no perderéis el contacto. Y dentro de un tiempo, cuando ya estemos establecidos en nuestro nuevo hogar, puedes irte a pasar una temporada con él… ¿Qué te parece?
A Sátur le brillaron los ojillos de felicidad.
- ¡Me parece una idea cojonuda amo!-gritó efusivo.
- Bueno, me alegro de que te parezca bien. Y ahora, me voy a retirar a ver cómo está Margarita y después todo el mundo a descansar, que mañana temprano salimos camino del puerto de Marsella.
- Creo que la posadera le ha subido a la señora agua para el baño…-comentó Sátur.- El chico también se ha bañado.
- Si padre, ya tenía ganas de lavarme.-añadió Alonso sonriente.
- Perfecto. Si necesitáis algo, lo que sea, estamos en la habitación contigua a esta ¿de acuerdo?
- Si, padre.-añadió Alonso enseguida.
Sátur se acercó y le murmuró bajito:
- Digo yo… Que antes de entrar en su habitación debería de decirle al chiquillo que llame antes, no sea que se los encuentre… Usté ya me entiende amo… Que es la primera noche que van a tener usté y su señora esposa intimidá desde el día de la boda… A solas… Ya sabe…
- Tranquilo Sátur. Te entiendo, pero no te preocupes por eso… Margarita está cansada del viaje y…
- Cansada, cansada… Ya veremos, que le ha pedido a la posadera jabón del bueno para acicalarse y eso solo puede significar una cosa...-y después se dirigió a Alonso.-Tu si tienes que llamar a la habitación de tu padre, por si acaso, llama antes. Por lo que pueda pasar.
Alonso se rió a grandes carcajadas mientras Gonzalo se ruborizaba visiblemente.
- Bueno ya está bien. Todo el mundo a la cama. Alonso. A dormir. ¡Buenas Noches!- Dijo acercándose a darle un beso en la cabeza a su hijo.
- Buenísimas noches, Amo.-se rió Sátur por lo bajito a modo de despedida.
- ¡Hasta mañana!- contestó simplemente el maestro cerrando la puerta tras de sí, sin dejar de dar vueltas a las palabras de su amigo.
Los escasos diez pasos de pasillo entre las dos habitaciones se le hicieron largos a Gonzalo. Estaba deseando volver a ver a su esposa. Era tan extraño lo que le sucedía. Pese a pasar todo el día juntos y estar casi todas las horas del día en su compañía, nunca tenía bastante de su presencia, de ella, deseaba estar cada minuto del día a su lado. Quizás para compensar todos los años que estuvieron separados. Llegó al dintel de la puerta y acarició el pomo con la mano, después suspiró hondo y entró. El olor a jabón de Marsella inundó sus sentidos cuando vio a Margarita en la bañera soplando unas pequeñas burbujas de espuma de su mano. El agua le cubría justo a la altura de los pechos, que se adivinaban bajo el agua. Estaba tan hermosa. Ella era, sin ninguna duda, lo más bello que había visto en su vida.
- ¡Buenas noches, mi amor! Lo saludó Margarita, radiante de felicidad y sonriéndole.-Ya casi he terminado de bañarme.
*Dios, ESA sonrisa* pensó Gonzalo distraídamente *Como adoro verte sonreír*
- Ya lo veo… ¿Quieres que te acerque la toalla?-le contestó cuando pudo reaccionar, la curva de sus pechos todavía tentándole desde debajo de la espuma.
- ¿Cómo están el niño y Sátur bien?-preguntó ella con visible interés.
- De maravilla. Dicen que la habitación es un palacio…
- Me alegro de que por fin tengamos unas pocas comodidades.
- Yo también.-agregó sincero.
Gonzalo tomó la toalla de encima de la cama y desplegándola se acercó de nuevo a la bañera, donde Margarita ya se había puesto de pie, su tez morena cubierta de espuma. Su marido la envolvió en la toalla con suavidad, ayudándola a salir de la bañera con sumo cuidado mientras le prodigaba unas caricias furtivas por encima de la tela de la toalla. Margarita tragó una sonrisa al sentir sus manos cálidas trazar las curvas de su cuerpo con delicadeza. Dio unos pasos fuera de la bañera y se acercó a su esposo, dejándose envolver entre sus fuertes brazos. Gonzalo la ayudó a secarse con paciencia y Margarita levantó la vista para perderse en sus ojos color miel. Ambos suspiraron hondo y Gonzalo se inclinó para besar a su esposa, mil pensamientos y deseos fundiéndose en ese momento y lugar. Fue un beso lánguido al principio pero ambos se dejaron llevar por la pasión que sentían y se exploraron mutuamente, las manos de Margarita se enredaron entre el pelo de Gonzalo al nivel de su nuca y las manos de él enlazaron con firmeza sus caderas. Sin apenas darse cuenta dieron unos pasos más, en dirección al lecho y Margarita empujó a su marido encima con decisión. Cuando cayeron sobre la cama, el beso se rompió y Gonzalo rio alborozado, la mirada brillante de amor y deseo.
- Ya me había avisado Sátur de que tratarías de seducirme con tus mejores artes, mi amor… De verdad que podemos esperar si prefieres reponer fuerzas y…
Margarita le miró con expresión asombrada.
- ¿Esperar más Gonzalo? No… No quiero esperar, ya hemos esperado mucho… Hace semanas que nos casamos y aún no hemos tenido nuestra noche de bodas y quiero sentirte mi amor que hace mucho tiempo que no…
Gonzalo se había inclinado hacia delante y la había callado con un beso. Un beso apasionado en el que intentó decirle sin palabras cuanto la amaba y cuanto la deseaba.
Después suspiró entrecortadamente antes de volver a besarla. ¡Cuántas veces había deseado tener a Margarita de nuevo entre sus brazos! Cuantas noches en soledad recordando las curvas de su cuerpo. Cada beso, cada caricia, quemaban en su piel como el puro fuego.
La besó una vez más, besos que rápidamente se hacían más y más urgentes, profundos y apasionados.
Inspiró profundamente en busca de aire, hambriento. Y sin poder evitarlo, dejó escapar un suspiro de deseo que hizo removerse todas las fibras de su cuerpo. Margarita lo miró amorosa, satisfecha y sorprendida al mismo tiempo, del efecto que ejercía sobre él. Ella sentía lo mismo y se mordió el labio inferior acallando un suspiro de deseo y le quitó la camisa, dejándola caer sobre el suelo y admirando su pecho desnudo.
Gonzalo la idolatraba, total e irremediablemente. No podía haber otra explicación racional al hecho de que tenerla desnuda sobre su cama le produjera un estremecimiento tal que recorría la totalidad de sus nervios, desde la espalda a la punta de sus dedos del pie. Observó como ella lo miraba, con esos enormes ojos oscuros abiertos de par en par. Esos ojos que le atravesaban, que le conocían tan bien y desde hacía tanto tiempo. Expectantes, intentando adivinar su próximo movimiento. Deleitándose en la observación de su musculatura pectoral. Preciosa, etérea, totalmente entregada a él en cuerpo y alma de nuevo. No se pudo contener, volvió a besarla lenta, inexorable, apasionadamente, saboreándola mientras sus manos recorrían territorios familiares y largamente añorados. Las voluptuosas curvas de sus pechos, suaves y firmes, jugueteó con sus pezones con la punta de sus dedos, notando como su tacto sutil la hacía removerse gustosa, prosiguió bajando una de sus manos hasta sus caderas, suaves, firmes, trazó el recorrido del hueso con sus dedos.
Notó como ella también correspondía a sus avances proporcionándole caricias a lo largo de su cabeza, entretejiendo sus dedos sobre su pelo, después su nuca, sus hombros, su espalda, atrayéndolo contra sí, como si intentara fundirse con él.
Esparció pequeños besos a lo largo de su barbilla y su cuello, bajando delicadamente en dirección a su pecho, mientras que su mano derecha se deslizaba por abajo trazando círculos alrededor de su cintura, más abajo...
Se movió en busca de un mejor ángulo y rodaron entrelazados sobre la cama. La toalla quedó debajo de ambos. Su pelo mojado haciéndole cosquillas en el cuello y en los hombros. Él sobre ella, dejando caer su peso sobre el colchón, para no aplastarla. Seguía besándola depositando besos cortos y húmedos en su cuello, hasta que su boca tropezó con uno de sus pechos y Margarita gimió de placer.
Y él sonrió satisfecho, con una sonrisa lujuriosa que su esposa no pudo ver porque permanecía tumbada con los ojos cerrados disfrutando de las atenciones que él le prodigaba, estremeciéndose deliciosamente entre sus brazos. Y cada vez que ella murmuraba "Gonzalo" entre susurros y jadeos de excitación, el maestro creía que iba a estallar de puro deseo. Deseaba volver a amarla con ternura más que nada de lo que jamás hubiese deseado en su vida. Sentía las manos suaves de Margarita deslizarse con reverencia por su espalda y él la besaba y la acariciaba como jamás creía que lo volvería a hacer. Con esa sed de ella, de amarla, de quererla, de adorarla, para siempre.
Después se inclinó reverentemente sobre su abdomen abultado que podía distinguirse perfectamente ante su total desnudez y besó el lugar donde crecía su hijo repetidas veces. Margarita sonrió enternecida por el gesto.
- Lo sois todo para mi…-susurró incorporándose y mirándola a los ojos.
- Mi amor…-le devolvió en otro susurro ahogado por la emoción antes de atraerlo de nuevo sobre ella y besarlo con pasión.
Margarita deslizó sus manos hasta sus caderas y le quitó la última prenda de ropa que llevaba puesta su marido, los calzones, deslizándoselos muslos abajo. Con ese único movimiento consiguió liberar su masculinidad, deslizando la punta de sus dedos sobre su miembro con caricias lentas y suaves. Gonzalo volvió a besarla con pasión, entrelazando su lengua con la de ella en el interior de su boca. Con la certeza de que ella era la única mujer que le hacía sentir tan completo, tan especial, tan amado. El amor de su vida, Margarita.
La voz de ella, lenta, densa, entrecortada por el placer interrumpió su monólogo interior.
- Gonzalo, hazme el amor… Mi vida…
- Margarita…-susurró él entrecortadamente en su cuello…
Se miraron a los ojos, todo el amor entre ellos más presente que nunca, y entonces ella deslizó sus manos hacia abajo, guiándole hasta la abertura de su centro. Y en el momento en que ambos se fundieron en una sola alma y corazón, su mundo pareció de nuevo en orden. Movimiento y besos, embestidas y caricias. Deseo. Pasión. Amor. Entrega. Se sintieron de nuevo completos.
Primero colapsó de placer ella, que se agarró con fuerza a las sábanas de la cama, sus labios se cerraron en una o y Gonzalo le dio un beso rápido antes de dejarse llevar a su propio éxtasis. Sus brazos se tensaron, sus músculos se volvieron de mantequilla y después se dejó caer pesadamente en la cama, al lado de su esposa.
Ella le rodeó con sus brazos y repartió por su cuello, cerca de la nuca, pequeños besos cortos y tiernos, mientras le acariciaba el pelo con una mano y la espalda con la otra, con movimientos suaves y relajantes.
Siguieron así entrelazados durante unos minutos, sin decir nada, disfrutando del calor del cuerpo del otro en silencio. De su mutuo amor. Al cabo, Margarita fue la primera en hablar…
- Tal y como lo recordaba...-le susurró quedamente en el oído.- Si supieras cuántas noches solitarias viví de los recuerdos de nuestra primera noche juntos… Y ahora te tengo, todo para mí, de nuevo.- Y sonrió quedamente, complacida.
Gonzalo esbozó un amago de sonrisa cansada mientras la apretaba contra sí dejándola caer sobre su pecho, a la altura del corazón, respirando entrecortadamente.
- Ya no tendremos que vivir de recuerdos nunca más, Margarita. Te quiero más que a mi vida.-contestó él en un susurro apenas audible.
La costurera notó como depositaba un suave beso sobre su cabeza, en el nacimiento del pelo negro azabache.
- Yo también Gonzalo.-afirmó ella relajada y tranquila, apretándose un poco más contra él.- Y te prometo que siempre pondré ese amor por encima de todo.
- Yo también mi amor, tienes mi palabra.-le prometió solemne.
Finalmente ambos se dejaron vencer por el sueño, uno en brazos del otro.
A la mañana siguiente un tímido rayo de sol bañó sus cuerpos desnudos y todavía entrelazados. Gonzalo despertó primero y observó dormir plácidamente a su amada. La dulzura de sus párpados cerrados, la insondable belleza de sus curvas y su precioso pelo negro que le caía en cascada enredado. Sin poderse contener y decidido a despertarla de la manera más agradable que le vino a la mente, la besó suavemente en el hombro y el cuello. Margarita se movió un poquito, gustosa ante sus avances, así que su esposo siguió besándola y acariciándola por todo el cuerpo, hasta que ella empezó a suspirar debido a sus atenciones, y justo entonces abrió los ojos entrecerrados y le miró fijamente con una mezcla de sorpresa y un sentimiento que Gonzalo no supo interpretar del todo, pero que era como si ella siempre hubiese soñado en despertar así con él, en sentirlo junto a ella de esa manera tan íntima y especial y que de alguna manera, no pudiese creer del todo que lo que estaba sucediendo era real. Y esa magia le llegó tan hondo que no se pudo contener y la besó abriéndose paso entre sus labios, explorando cada mágico rincón de su boca, acrecentando poco a poco la pasión que volvían a sentir después de pasar toda la noche amándose: fuerte, turbadora, inabarcable… Se devoraron uno en brazos del otro…
Y entonces se abrió la puerta, se oyeron pasos en la habitación y la voz de Alonso.
- ¡Buenos días! vamos a bajar a desayunar… Pero… ¿¡Padre, tía Margarita?! Esto… Lo siento, perdón.
Gonzalo y Margarita se separaron enseguida, como movidos por un resorte. Y se quedaron mudos mirando a Alonso, Margarita buscó la sábana más cercana para taparse hasta el cuello y se removió inquieta.
- Pero hijo…-empezó el maestro acongojado.
En esas estaban cuando Sátur irrumpió también en el cuarto.
- Alonsillo que te he dicho… Que ¿Pero Amo, Señora?
- Alonso… Sátur… ¿Tú también?-exclamó Margarita entre asombrada y avergonzada.
Sátur se apresuró a taparle los ojos con la mano a Alonsillo.
- Estooo si ya decía yo que teníamos que haber llamado. Que digo yo que nos bajamos a desayunar Amo, sigan sigan ustedes con lo suyo. Venga tiraaaa… -dijo sacando a Alonso de la manga y cerrando la puerta de la habitación de un golpe seco.
Desde dentro, Gonzalo y Margarita todavía les escucharon hablar.
- Se me olvidó lo de llamar.-susurró Alonso avergonzado.- Como en casa no estoy acostumbrado a llamar a la puerta de la habitación de padre…
Sátur agitó la cabeza a un lado y a otro, en señal de negación.
- Ya lo he visto ya… ¿Será posible? Vamos Alonsillo… Si ya lo sabía yo que la noche de bodas después de haber pasado tanta hambre se tenía que alargar… Si es que es lo normal…
- Pero… Yo no creía que estarían durmiendo aún... Porque ya es bastante entrada la mañana… Y padre dijo que saldríamos temprano...
- Claro, pero es que a tu padre en el transcurso de la noche se le ha olvidao tó. Tó lo que no tenga que ver con su señora esposa.
- Y ha sido muy raro… Verlos así besándose tan enroscados y…-continuaba Alonso aturdido.
- Mientras no te traumes, que aún eres chiquillo para ver ciertas cosas… Venga vamos a escribir la carta para Gabi...-continuó Sátur intentando cambiar de tema para que a Alonso se le pasara la vergüenza.
Gonzalo se tapó la cara con la almohada y Margarita se rio a su lado dejándose caer sobre él, todavía un poco turbada por la vergüenza de haberse visto descubiertos por su familia.
- Será mejor que nos levantemos…-dijo quitándole el cojín a Gonzalo.
- Visto lo visto, eso parece… Ni un segundo de tranquilidad.-la miró travieso.
- Pronto tendremos una nueva casa y una alcoba propia...
- Y mucha más intimidad.-añadió él mientras se levantaba y buscaba la ropa para vestirse.
Una vez se hubo vestido se inclinó sobre la cama y le dio a su esposa un beso breve en los labios.
- Tú descansa un poco más y cuando te sientas con fuerzas baja, yo voy a poner orden en la tropa.
Cuando estaba cerca de la puerta se volvió sonriente a mirar a Margarita una vez más, y le dijo bajito:
- Te quiero.
- Y yo a ti.-contestó ella alborozada y radiante.
El día no podía empezar mejor para el matrimonio Montalvo-Hernándo. Y Gonzalo confiaba en que todos los días de su vida a partir de este empezaran y terminaran así. Con Margarita radiante y sonrojada a su lado en la cama.
Para Josepa con cariño. Porque tus ilusiones sobre ellos, son también mis ilusiones...
