3. Emociones
Las velas blancas del barco ofrecían un contraste con el cielo azul fascinante para Alonso que jamás había navegado con anterioridad. Todo lo referente a la vida en el mar era nuevo para él y no había parado quieto en toda la travesía. El chico no podía dejar de mirar hacia arriba y hacia los lados. La novedad del trabajo de los marineros lo mantenía contento y distraído, intentando que le dejaran ayudarlos y observar sus quehaceres. Y Gonzalo estaba mucho más tranquilo, pues en el mar por fin se respiraban aires de la tan ansiada libertad. No más esconderse, no más ocultarse. De pronto, la voz de su mejor amigo le distrajo de intentar atisbar el horizonte en busca de gaviotas, señal de tierra cercana.
- Amo, por fin le encuentro, que malos recuerdos me traen las travesías en barco. Este vaivén me recuerda a cuando nos capturaron como esclavos. ¿A usté no?
El maestro se giró para mirarlo y le dio un amistoso golpecito en el hombro.
- Yo he viajado muchas veces en barco antes de esta y de la que tu acabas de mencionar, Sátur… Así que no, no me había venido esa aventura en concreto a la mente…
- Pues espabílese amo y deje sus ensoñaciones, que he venido corriendo porque su señora esposa se siente muy mareada desde hace un rato y me ha enviado a buscarlo. Me ha dicho que usted querría saber que no se encuentra bien aunque me ha insistido en que no es nada. La he dejado sentada en la popa del galeón, mirando al mar a ver si se le pasan un poco las náuseas… Pobrecilla.
Gonzalo lo miró, el semblante demudado por el pánico.
- No, Sátur y me lo dices así... ¿Margarita se encuentra mal? ¿Otra vez con mareos? Pero si había pasado unos días bastante bien… ¡Llévame con ella, anda! Y después ve a ver si encuentras a Alonso que no sé dónde se ha metido y le dices que estaremos abajo, en las hamacas. Sólo espero que no se le adelante el parto con tanto vaivén, porque es lo que nos faltaría... Que ganas tengo de pisar tierra firme.
- Calle, calle amo no tiente a nuestra suerte, que nos es esquiva… Sígame… Pobre señora embarazá y to, la de viaje que le estamos dando…-murmuró Sátur por lo bajo.
Cuando llegaron al mirador de popa, su criado le señaló a Margarita, que estaba de pié agarrada a una barandilla, la nueva falda de flores y la camisa blanca como la nieve, ondeando al viento. Viéndola de perfil era ya innegable su embarazo. Gonzalo se acercó y la estrechó entre sus brazos con sumo cariño.
- ¿Cómo está la mujer más bella de este barco?-preguntó juguetón.
- Soy la única mujer en este barco, Gonzalo.-remachó ella práctica.- Y no me encuentro bien, pero sólo estoy mareada, no te preocupes que te conozco…
- Lo siento mucho mi amor. Sabía que no era prudente hacernos a la mar pero tampoco podíamos esperar más por el bebé.- la consoló Gonzalo acariciando su abultado vientre.- No queremos que te pongas de parto navegando. Por eso vamos a la República de Florencia. Estaremos a salvo de las tropas españolas en un estado independiente y así no tenemos que recorrer océanos enteros como sería el caso de viajar a las Américas o a Oriente.
- Lo sé… El niño ha estado particularmente inquieto esta tarde.
- ¿Está dando patadas otra vez?-preguntó esperanzado.
- Ahora no, pero hace un rato si…
Gonzalo puso cara de tristeza por habérselo perdido. Le encantaba sentir al niño en el vientre de su madre.
- Estar en cubierta y respirar la brisa fresca me está haciendo mucho bien. Quédate conmigo.-pidió ella.
- Claro, precisamente ahora no encuentro nada mejor que hacer que contemplar el mar con mi maravillosa esposa y nuestro futuro hijo.-le sonrió embelesado, mientras se colocaba tras ella, dejando que se apoyara contra él y pasando los brazos protectoramente por encima de su vientre. Hizo que se mecieran suavemente con el viento.
- ¿Cómo pude pensar alguna vez que eras tan poco espontáneo, tan serio…? ¿Y cómo es que nunca sospeché que tu fueses el "Águila Roja"?-preguntó ella alzando un poco la cabeza para mirarlo.
- Porque yo ponía mucho empeño en hacértelo creer, mi amor. Va a resultar que también soy muy buen actor.-aclaró risueño.- Eres la mujer más inteligente que conozco, Margarita. Y fue muy difícil engañarte. Más de una vez estuviste a punto de pillarme, sobre todo porque yo bajaba las defensas cuando estaba junto a ti.
En momentos como aquellos, ambos no podían evitar pensar la suerte que tenían de poder estar juntos, de compartir su vida. Después de todo por lo que habían pasado, parecía casi un milagro. Pasados unos momentos de silencio en los que tan solo disfrutaron de la compañía del otro, fue Margarita, con la cabeza apoyada en su hombro, la primera en volver a hablar, se puso seria.
- Ahora que tenemos un rato y estamos solos me gustaría saber algo que no te he querido preguntar en todo este tiempo, pero que no ha dejado de rondarme nunca la cabeza…
Gonzalo entornó los ojos y la miró extrañado.
- Pregunta…- la animó a hablar.
Margarita cogió aire y después respiró hondo. Cuando formuló la pregunta cogió sus manos y lo miró a los ojos.
- Gonzalo siempre fuiste muy críptico con esa mujer que vivió en casa y un día desapareció. Pero ahora me lo puedes contar… ¿Significo mucho para ti?
- ¿Quién, Mariana?
- ¿Pero qué Mariana? ¿No se llamaba Claudia? Si, esa tan echada para adelante que estuvo meses viviendo con nosotros… Tan arisca… No te pegaba nada, por cierto. Perdona mi sinceridad.
Gonzalo la miró a los ojos. Intentó a duras penas no reírse con sus últimas palabras.
- ¡No te rías! Esto es serio…-dijo dándole un golpecito en el hombro.-¿Quién es Mariana, Gonzalo?
- Lo siento, Margarita… Es que no puedo evitarlo. Te preocupas por nada.-se removió un poco inquieto.- Y son la misma. Mariana es su verdadero nombre.
- Ah, ¿que encima se cobijaba en nuestra casa con nombre falso? ¡Lo que faltaba!-después suspiró hondo.- Supongo que estoy un poco sensible y tristona estos días, nada más. Me imagino que es por el embarazo.
El maestro suspiró. Los cambios que sufría el cuerpo de la mujer las ponía más emocionales durante esos meses.
- Es que entre Mariana y yo nunca hubo nada.-aclaró de inmediato para tranquilizarla.- Ella era la mujer de Richard Blake el afamado pirata inglés. Los conocí a ambos durante mis viajes. Me salvaron la vida en una ocasión y estaba en deuda con ellos. Cuando Mariana vino a casa buscando ayuda no se la pude negar. Ella creía que su marido estaba muerto. Pero resultó que al final no lo estaba y vino a por ella. Yo lo salvé cuando estaban a punto de ajusticiarlo. Y después se fueron juntos.
- ¿Entonces nunca fue tu pareja, no tuviste nada con ella? ¡Gonzalo por Dios!- exclamó ella un poco airada, soltándose de su abrazo protector.- ¿Por qué no me lo explicaste? ¡Que me dejaste creer que era tu novia! ¡Durante meses!
Su marido la miró con cara de niño pillado en falta.
- Si te contaba todo eso, hubieses descubierto que yo era el "Águila Roja" no había manera de contártelo sin explicártelo todo y exponerte al peligro.
- ¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra, Gonzalo?-siguió ella exaltada.
- Piénsalo… Una de las piratas más buscadas de Inglaterra busca cobijo en mi casa, en la casa de un simple maestro… ¿Por qué? Habrías hecho preguntas Margarita. Una cosa habría llevado a la otra… Pensé que era mejor que pensaras que Mariana era solo una mujer que había conocido por ahí, pero la cosa se fue liando, tú asumiste mucho más… Preferí que pensaras que me había encaprichado de otra a que se destapara todo.
Margarita lo miró con asombro. Completamente conmocionada por lo que acababa de escuchar.
- ¡Pensé que te habías enamorado de otra y que me habías olvidado! Me hiciste mucho daño.
- Lo siento Margarita. Yo también me sentía igual cuando te veía con Juan. Los celos me mataban pero después pensaba en mi doble vida y reflexionaba que estabas más segura con él. Que él podía ofrecerte una buena vida llena de comodidades. Una vida que yo no podía ofrecerte, que conmigo nunca podrías tener. Y renuncié a luchar por ti.
- Dios mío Gonzalo es que no me lo puedo creer… Todo el tiempo que podríamos haber estado juntos que nos ha costado tu secreto. Es que ahora me hago a la idea de todo el sacrificio que supone entregar la vida a los demás de esa manera… El precio tan alto que hemos tenido que pagar… Has hecho mucho bien a los demás, pero tu felicidad, nuestra felicidad siempre quedaba en último lugar.
Su marido la miró apesadumbrado.
- Por eso al final me decidí a pedirte matrimonio Margarita… Porque no podía soportar más tiempo vivir sin ti. Mis sentimientos por ti son demasiado fuertes, siempre lo fueron. Tienes que saber que siempre te he querido. Que nunca dejé de hacerlo, en realidad. Que desde el mismo instante en que regresaste a mi vida, sólo he pensado en ti. Pero te quería demasiado como para condenarte a…-se queda callado un instante.-Esto. Una vida de fugitivos.
Ella lo miró a los ojos, fiera.
- Gonzalo… Ni por un minuto te paraste a pensar en lo que yo sentía, en lo que yo quería. Y me hiciste mucho daño. Entérate de una vez que prefiero mil veces ser una fugitiva maltratada por las náuseas, como lo soy ahora en este maldito barco, a vivir sin ti. Que pensé durante mucho tiempo que ya no me querías, o que te era indiferente Gonzalo. Que estaba tan aturdida por el dolor que quise meterme a monja. ¿Es que no lo entiendes? Ahora sé que lo hiciste por amor pero… ¿cómo pudiste decidir por mí de esa manera?
- Margarita yo… Lo siento, lo siento mucho. Sé que tienes razón en esto. ¿Me perdonarás, verdad? ¿Todo ese daño que te hice? Jamás quise hacerte daño. Sólo que estuvieses a salvo.
Ella sonrió levemente ante su tono atormentado de duda. El corazón de Gonzalo siempre había sido demasiado grande para su propio bien.
- Claro, mi amor… Sólo necesito que se me pase el enfado…
- Tú también me hiciste daño a mí.-confesó Gonzalo bajito, como avergonzado.- A parte de tu compromiso con Juan… ¿Qué te traías con el tal Monseñor Adrián?
Margarita lo miró asombrada y sorprendida, esta vez.
- Solo era un amigo. Intentaba ayudarle a descubrir una conspiración. Yo también quise luchar por una causa justa. A ver si vas a ser tú el único que puede jugar a los héroes…
- No desde luego…-aseveró Gonzalo.-Pero te puso en peligro varias veces, justamente lo que yo más quería evitar. Menos mal que estaba yo allí para ayudarte.
- Claro, siempre en las sombras…-apuntó ella con ligero resquemor.-Nunca de frente, y yo quedando como una tonta.
Gonzalo suspiró hondo antes de proseguir.
- Mi vida eran las sombras. Empecé esto por una venganza personal contra los asesinos de tu hermana. Mis intenciones no fueron del todo nobles al principio, pero poco a poco, con cada persona que salvaba de un destino cruel, con cada injusticia que corregía, con cada misterio que resolvía… Mi vida fue cobrando un sentido que antes no tenía. Luchar por los demás es lo que me mantuvo a flote en los peores momentos. Eso y tu amor, Margarita. Tú siempre fuiste mi luz entre las sombras.
Las facciones de Margarita se suavizaron ante su sentida confesión. Y se dejó abrazar por él un poco más.
- El caso es que yo algo notaba. Pero no sabía discernir el qué, porque parecías tener dos personalidades. A veces eras tímido y paciente. Otras resolutivo y aguerrido. Primero me besabas y luego me pedías que lo olvidara, como si no hubiese significado nada para ti.
- Eso fue porque me drogaron en una pelea. Unos indígenas… Me pincharon algo que me desinhibió y después no recordaba nada de lo que había hecho bajo los efectos de la droga… No recordaba que te había besado, sé que lo hice porque Sátur me lo contó después pero no guardo ningún recuerdo de ese momento.
- Claro, y como eso tampoco me lo podías contar vas y me dices "olvídalo y aquí no ha pasado nada".
- Precisamente. Es que cuando te confesara mis sentimientos quería recordarlo, Margarita. Ya tenía el anillo preparado para pedirte matrimonio pero no encontraba una situación propicia…
Su esposa lo miró con ternura.
- Ay Gonzalo, si en el fondo es que eres un romántico…-le sonrió ella.- Tu doble vida nos separó. Yo siempre sentía que me estabas ocultando algo, que no eras sincero conmigo. Durante estos meses por fin he podido conocerte de verdad, reconciliarme con esos dos tús por completo. Y por fin te veo y te siento como realmente eres, amor mío, y es un alivio tan grande...
El maestro suspiró mientras acariciaba los brazos de su mujer tranquilizadoramente.
- Se acabaron los secretos. Ocultar esa parte de mí fue siempre difícil a tu alrededor, Margarita. Eres alguien con quién siempre he podido ser yo mismo desde que era un niño, pero volví de mis viajes cambiado. Ni por un momento pienses que mi doble vida, como tú la llamas, fue fácil de llevar.
De pronto, la costurera empezó a sentirse mal. Y se desplomó en sus brazos, turbada.
- ¿Qué tienes?-preguntó el maestro preocupado.
- Vuelvo a sentirme mareada.
- Será por tantas emociones.
- Es por el maldito barco. Tanto vaivén me marea… Pero no creas que esto queda aquí. Seguiremos hablando más tarde, ahora mismo necesito tumbarme y descansar. Pero me alegro de saberlo todo por fin. La que me espera cuando este Montalvo sea lo suficientemente mayor para meterse en líos…- añadió un poco más alegre acariciándose el abdomen.-Acompáñame abajo, anda.
Gonzalo sonrió abiertamente ante sus últimas palabras, mientras el viento que henchía las velas le revolvía el pelo.
- Si claro… Vamos apóyate en mí, así es.-dijo ayudándola a caminar y soportando el peso de su cuerpo.- Vamos abajo a las hamacas… Tú te tumbas y yo estaré contigo. Te daré los detalles que quieras saber. Aún no te he contado nada de mis viajes por el mundo. Tengo historias de Oriente, de Flandes, de barcos y piratas…
- Gracias, mi amor. Quiero escucharlo todo. Es importante para mí saberlo.
- Lo sé.-dijo besándola suavemente en la frente.-Tenemos toda una vida por delante para contarnos todo lo que siempre nos quisimos contar. Y eso es lo más importante.
Dos días más tarde divisaron a lo lejos el puerto de Livorno. Ya casi habían llegado a Florencia.
