4. Reencuentros (I)
Florencia les acogió en su magnífico esplendor y nada más llegar se reunieron con Joan, un buen amigo de Gonzalo y el librero catalán que le mandaba todos los libros que necesitaba a la villa. Joan les había buscado un local para la nueva escuela de Gonzalo y les buscó también un alojamiento cercano a la Plaza De La Señoría. La familia se instaló y a los pocos meses se habían adaptado por completo a su nueva ciudad. El nacimiento de Gonzalo, el primer hijo del matrimonio Montalvo-Hernándo fue todo un acontecimiento que sucedió sólo un mes después de haber llegado a la ciudad italiana. Gonzalo estuvo muy nervioso durante todo el parto y no se quiso separar de Margarita en todo el proceso, hasta que supo que madre e hijo estuvieron bien.
- Amo, deje de subir y bajar que va a hacer usté un agujero en el suelo…
- No puedo evitarlo Sátur, es el primer bebé para Margarita y tengo miedo de que le pueda pasar algo malo…
- No va a pasar na amo, que se lo digo yo que la señora es recia y fuerte. Sólo que dentro de un ratito tendrá usté un bebé así rechonchito entre los brazos…
Gonzalo sonrió con nerviosismo. Elena, la esposa de Joan se había ofrecido a asistir a Margarita en el parto. Era la menor de cuatro hermanas y tenía mucha experiencia por haber ayudado a traer al mundo a todos sus sobrinos, pero aun así el maestro no las tenía todas consigo.
- Voy a entrar. Prefiero acompañarla que estar aquí escuchando detrás de la puerta sin hacer nada.
- Le diría que son cosas de mujeres, pero qué más da… Vaya para dentro amo... Que después de lo que ha sufrido yo le entiendo.
El maestro entró en la alcoba como una exhalación y allí encontró a su esposa tendida en la cama, sudando y dolorida. Margarita volvió a exhalar el aire que mantenía en sus pulmones y empujó de nuevo. Poco después levantó la cabeza en dirección a su marido, compartiendo una mirada tranquilizadora con él.
- Ven aquí a mi lado, Gonzalo. Te necesito.-susurró débilmente.
Gonzalo se acercó a la cabecera de la cama, y se situó a su lado, para que pudiera verle bien. Después entrelazó una de sus manos con la suya. Y le limpió un poco la frente con un paño húmedo.
- Venga, Margarita. Cuando vuelva el dolor empuja otra vez. Ya casi está aquí.-la animó Elena con una brillante sonrisa.-Veo la cabecita.
Pasados unos minutos Margarita volvió a gritar y apretó la mano de su marido con terrible fuerza.
- ¡Ay Diosss! Gonzalo…-supiró.- Estoy agotada…
- Vamos, cariño.-la tranquilizó él.-Puedes hacerlo, ya no queda nada... Pronto podremos verle la carita a nuestro bebé, piensa en eso, mi amor.-susurró con ternura.
Pasaron varios minutos más entre empujones y gritos, durante los que las uñas de Margarita se clavaron en la mano que le había cedido Gonzalo, quien secretamente daba gracias al universo, al destino y a sus amigos por poder estar presenciando el nacimiento de su hijo.
Y entonces se oyó un llanto agudo y el bebé nació.
- ¡Ya está aquí, Margarita! ¡Es un niño!-dijo Elena envolviéndolo en una toalla limpia y poniéndolo en el regazo de su madre.
Margarita respiró hondo y después miró a su hijo con adoración. Gonzalo la besó en la frente, con lágrimas en los ojos.
- ¿Cómo vamos a llamarle?-preguntó con la voz rota por la emoción.
- Me gustaría ponerle tu nombre, Gonzalo.-dijo ella.
- De acuerdo, pues Gonzalo será.
El maestro besó la frente de Margarita y después la de su bebé.
- Hola mi pequeño, soy tu mamá. Si… tu mamá, te quiero tanto cariño…-susurró la costurera a su hijo.
Gonzalo sonrió mirándolos emocionado, su felicidad inundando la habitación.
- Voy a decirles a los demás que todo ha salido bien.-apuntó Elena al despedirse y dejarles solos.
Gonzalo y Margarita se miraron a los ojos y después miraron hacia abajo al unísono, admirando a su pequeño hijito, fruto de su mutuo amor, con orgullo y felicidad.
- Te quiero, Gonzalo.-ahogó la costurera una sonrisa.-Gracias por este maravilloso regalo que me has hecho. Es precioso mi amor, precioso… Tiene todos sus deditos en las manos y los pies, es perfecto…-expresó emocionada.
Su marido sonrió abiertamente, mientras las lágrimas de felicidad seguían resbalando por su rostro. Él sentía lo mismo.
- Te amo tanto Margarita. Tantísimo… Es nuestro chiquitín…
E incapaz de transformar sus abrumadores sentimientos en más palabras, se inclinó para darle a su esposa un suave beso en los labios, lleno de amor y ternura.
El bebé bostezó suavemente entre sus padres y levantó su pequeña manita, acariciando sutilmente la mejilla de su padre.
Desde entonces ya habían pasado cuatro años en los que la vida de la familia se había desarrollado de la manera más tranquila posible. Gonzalo y Alonso impartían clase en la escuela por turnos. Gonzalo se ocupaba de los más mayores y Alonso de los niños más pequeños. Padre e hijo intercambiaban nociones de enseñanza y el joven Montalvo pronto se sorprendió encontrándose maravillado por ejercer un trabajo que le satisfacía enormemente y al que jamás pensó en dedicarse con anterioridad. Después de lo que sufrió en la cárcel de Santa Cruz y de casi matar a Sátur, a Alonso se le quitaron las ganas para siempre de ser militar o de dedicarse a cualquier oficio que significase tener que infligir daño a los demás o que se lo inflingiesen a él. Y finalmente comprendió algo que su padre siempre había sabido: que él era demasiado sensible para quitar vidas, aunque fuese por justicia.
Margarita cosía e incluso diseñaba patrones de todo tipo de prendas para las señoras de la burguesía florentina. Era muy conocida entre los gremios de artesanos. Sus vestidos habían adquirido gran fama y era muy solicitada desde que corrieron los rumores de que había trabajado para la mismísima Reina de las Españas. Sátur continuaba encargándose de los quehaceres de la casa y también ayudaba a Margarita y Gonzalo con los dos niños pequeños: Gonzalo de cuatro años y Laura de dos. Todo era felicidad para la familia hasta la mañana de Febrero en que la pequeña Laura despertó con fiebre y una tos que le dificultaba la respiración.
Ambos padres de la criatura se encontraban observándola con atención en la cunita de madera.
- Estoy muy preocupada, Gonzalo. La niña tose y casi no puede respirar. Sólo lleva un día con fiebre pero… ¿Qué hacemos?
- Conozco unos remedios que la pueden aliviar.
- Alonso ya se ha ido a la escuela a dar clase a los pequeños. Vaya chasco porque es el que mejor sabe hablar el italiano.
- Ahora mismo voy a enviar a Sátur a por lo que necesitamos, no te angusties.
- Sólo espero que no sea nada grave.-dijo abrazándolo con fuerza y buscando consuelo.
Su marido la besó en el pelo y después fue en busca de su criado y amigo con una nota manuscrita en la mano.
- ¿Cómo está mi niña, amo? ¿Se ha levantado mejor?-preguntó su mejor amigo preocupado en cuanto lo vio entrar en el salón.
- Por desgracia, no Sátur por eso necesito que vayas cuatro calles más abajo, a la esquina con la Plaza de la Señoría, al mejor herbolario de la ciudad y que me consigas esto.-explicó tendiéndole el papel.- Ayudarán a Laura a respirar y con la infusión le bajará la fiebre.
- Claro que si amo, ahora mismo. Que yo por mi Laurilla hago lo que sea…
- De acuerdo, no tardes.-lo despidió el maestro con un suave golpecito en el hombro.-Voy a volver con Margarita y con mi hija, sobre todo para tranquilizar a mi mujer. Yo creo que Laura se recuperará sin problemas, cuando Alonso era pequeño también pasó una de estas fiebres y al tercer día estaba bien.
- Lo que usté diga amo, pero por nosotros no va quedar que la chiquilla esté bien atendida… Ahora vuelvo en un periquete.
El criado llegó a la gran herboristería sin ningún contratiempo, cruzó la puerta y se puso al lado de un gran saco expuesto, sacó el trozo de pergamino y leyó de nuevo las indicaciones en la letra clara de su amo, después intentó identificar las hierbas para aliviar el pecho que le había pedido entre todo lo que allí había expuesto, bolsas y sacos de hierbas perfectamente clasificadas con trozos de pergamino encima en los que se podía leer su nombre… En perfecto Italiano.
- Ay Saturno, ¡la madre que te parió! Que tu aprendiste a leer pero en español de toda la vida y ¡esto está todo en italianino! Y ahora qué hago yo, porque si le pregunto al dueño me va a contestar en italianino también…
Tan enfrascado estaba intentando descifrar lo que ponía en los carteles, que ni siquiera vio al hombre con el que chocó de lado.
El otro hombre, corpulento y vestido de negro reaccionó de manera airada, empujándolo contra el mostrador del herbolario de muy mala manera y cuando Sátur levantó la vista y lo reconoció, quiso no haberlo hecho, quiso correr tan lejos como pudiese y no volver la vista atrás. Pero era demasiado tarde, porque Hernán Mejías también le había reconocido. Sus ojos se agrandaron y su boca se abrió en una mueca de sorpresa.
- Tú… Pequeño imbécil… Tú eres el criado de mi hermano…-dijo agarrándolo del brazo con rudeza.
Sátur intentó negarlo.
- Ma ché diche Io non conozco usté por nada…-chapurreó en un irreconocible italiano.
- Sé perfectamente que eres tú, no disimules pedazo de alcornoque.-contestó Hernán secamente.
- Que no que no… Que yo no le conozco…-intentó zafarse Sátur virando al español.
- Estás agotando mi paciencia, Bruno o Turno o como sea que te llamaba mi hermano...-contestó el ex comisario de la villa.-Además, sé que no eres tan tonto como pareces. Ayudaste al maestro a escapar de la prisión de Santa Cruz, y seguramente también le asististe en todas sus correrías como "Águila Roja" por eso resultaba tan difícil cogeros. Porque erais dos trabajando juntos ¿me equivoco?
Sátur se soltó violentamente de la garra de metal y lo miró a los ojos desafiante.
- No… No se equivoca usted, su excelencia, pero debo recordarle que estamos en la República De Florencia y usted aquí no tiene ninguna autoridad y no puede hacerle daño a mi amo. Y a mí tampoco.
Hernán no le escuchó, ni siquiera tuvo en cuenta la provocación del hombrecillo, pues una pequeña esperanza y una sola idea se abrió paso en su cabeza.
- Si tú estás aquí eso quiere decir que él también, mi hermano…
- Y si su hermano está aquí, que no le estoy diciendo que esté, qué… Usted ya no es Comisario y la Villa está muy lejos, aquí somos libres. Compre lo que necesite, váyase y déjeme en paz.
De pronto, Saturno García vió algo diferente en los ojos de su temido enemigo, algo parecido al sufrimiento y a la urgencia. Y acto seguido un atisbo de esperanza.
- Tienes que llevarle un mensaje y quiero que se lo entregues lo antes posible. Dile que me tiene que ayudar. Sé que no querrá hacerlo pero… Entrégale la nota que te voy a dar o te arrepentirás.-lo amenazó mientras sacaba un pequeño retal de pergamino del bolsillo de su chaqueta negra y cogía un carboncillo del puesto del herbolario, escribiendo rápidamente.
Sátur nunca había visto la desesperación y el miedo en los fríos ojos de Hernán Mejías. Así que por puro instinto tomó la nota manuscrita que el de negro le ofreció poco después.
- Date prisa.-lo despidió el antiguo comisario de la villa con ojos suplicantes.-Y después se dio la vuelta y echó a andar hacia uno de los Palacios próximos a la plaza sin mirarle.
Cuando se hubo perdido de vista y a Sátur le volvió la camisa al cuerpo, bajó la mirada y sopesó la nota en su mano.
- Y ¿qué querrá este hombre ahora? Y a ver… ¿Cómo le cuento yo esto al amo y a la señora? Con lo preocupados que estamos todos por mi Laurilla…
Sátur le pidió al herbolario las hierbas que necesitaba haciéndose entender a duras penas y con muchas señas. Después muy contrariado, emprendió el camino de regreso a casa, pensando en la nota que le quemaba en la mano como si estuviese ardiendo y en qué le diría su amo cuando la leyera. Cruzó la puerta de la casa como una exhalación y gritó:
- ¡Amo ya estoy aquí!
Gonzalo apareció enseguida por la puerta de la alcoba de su bebé.
- ¿Has traído lo que te pedí?
- Si amo, pero hay algo más que debo decirle…
- Después.
- Es que tiene que ser ahora.-dijo bajando la voz.-Que acabo de ver a su hermano de usté en la herboristería y me ha dado esto pa que se lo entregue...
De pronto, Margarita irrumpió en el salón. Y Sátur escondió la mano con la nota detrás de su espalda.
- Menos mal que ya has vuelto… ¿Está en ese saquito lo que necesita la niña?
- Si señora, aquí está.-dijo tendiéndoselo enseguida.
- Muchísimas gracias Sátur, eres un encanto.- dijo ella cogiendo el saquito y dándole un beso en la mejilla al mismo tiempo.-Voy a dárselo a Gianina para que empiece a preparar el agua. Gonzalo ven y dile que necesitamos y como tiene que prepararlo.
- ¿Ya ha venido Gianina?-preguntó Sátur totalmente ensimismado de repente.
Margarita miró a Gonzalo y ambos se sonrieron, comunicándose sin palabras. A Sátur le gustaba Gianina. Eso quedó claro desde que la criada y cocinera llegó a su casa hacía poco más de un año. Era una mujer viuda muy bondadosa, siempre estaba alegre. Pero Sátur no se había decidido aún a dar ningún paso con ella, en parte porque la comunicación entre ellos no era muy fluida al saber ella muy poco español y él muy poco italiano. Era muy gracioso verle cuando la regordeta mujer estaba cerca de él.
- Dile que hierva agua. Las hojas grandes y oscuras son en infusión. Las pequeñas para hacer una cataplasma y ponérsela en el pecho. Ve. Ahora mismo voy yo.
- De acuerdo, te esperamos en la cocina.
Cuando su esposa hubo abandonado la habitación, Gonzalo se volvió de nuevo hacia su criado.
- Trae eso.-dijo quitándole la nota de la mano.- Yo no le debo nada al Comisario, Sátur y mucho menos a la arpía de su mujer. Y no tengo por qué ayudarles. Y mucho menos, después de lo que Margarita me contó. No se merecen ni un minuto de mi tiempo, ninguno de los dos.
Sátur lo miró pensativo.
- A mí tampoco me gusta nada esto, amo. Pero su hermano siempre fue frío, calculador, insensible…
- Un cruel asesino, eso es lo que es…-remachó Gonzalo enfadado.
- Pero parecía realmente preocupao y como si su última esperanza fuese usté. Piénselo, amo.-terminó Sátur antes de seguir a la señora Margarita a la cocina para conversar un rato con Gianina.
Mientras la infusión hervía al fuego y Margarita le colocaba a Laurilla la cataplasma que su padre había hecho, Sátur se sentó con Gonzalo en el salón, al lado de la chimenea y le contó con más detalles todo lo que había pasado en el herbolario.
- ¿Y qué dice la nota de su hermano, amo? Que casi me da algo cuando lo vi ahí a mi lao…
El pequeño Gonzalillo pasó por delante de ellos corriendo y se metió a su cuarto cargando una pesada espada de madera y moviéndola en el aire. Gonzalo suspiró hondo y habló bajito cuando estuvo seguro que no estaban en el rango de alcance del oído de su hijo.
- Dice que Nuño, el hijo de la Marquesa… ¿Lo recuerdas?
- Si amo sí, el niño ese impresentable que le tenía ojeriza a nuestro Alonsillo…
- Bueno, pues salió a cazar y le mordió un jabalí en la pierna. Ahora lleva dos días con fiebre muy alta y está en peligro de muerte. Los médicos no saben cómo curarlo… Y Hernán me pide que le ayude con mis conocimientos.
Sátur se rascó la cabeza pensativo.
- No es una petición tan extraña, amo. Usted ya le salvó el brazo a ese zagal en una ocasión, si no recuerdo mal…
- Hay más.-siguió el maestro taciturno.- En la nota me pide que me apiade de ellos porque resulta que Nuño es su hijo. Mi sobrino, que lleva nuestra sangre.
- Ayyyy Diosssssss que el malcriado del marquesito es su sobrino, amo. ¡Y el primo de Alonsillo! Con lo mal que se han llevado desde chiquitinos…
- También me pide que guarde el secreto. Algo por otra parte lógico, porque de saberse esto, ellos perderían todas las propiedades del Marquesado de Santillana, que le pertenece al chico. Ahora son proscritos de la Corona como nosotros. El Rey habrá desposeído a Hernán y Lucrecia de todas sus posesiones por traición y daría la orden de que todas pasasen a su legítimo heredero, Nuño que a ojos de todos es hijo del difunto Marqués.-continuó el maestro.
- Una muestra de confianza por parte de su hermano, amo… Si se lo ha contao es porque confía en que usté no lo delate...
- Lo ha hecho para remorderme la conciencia. Es un miserable. Pero es que además, eso no es todo. Es que ahora resulta que tenemos lazos de sangre con Lucrecia.-aportó sombrío.
- ¡Ay Dios, que no había caío en eso! ¡Después de todo el daño que les ha hecho a usté y a la señora, amoooo! Es que esto es el acabose, pero hasta cuando saldrán ramificaciones nuevas del embrollo que es su familia de sangre... Que esto tiene más ramas que un roble milenario… Discúlpeme pero a mí ya el cocris se me queda corto…
Gonzalo rio abiertamente ante las palabras de su mejor amigo.
- Siempre consigues hacerme reír Sátur, hasta en los peores momentos. Que sería de mi vida sin ti. En fin, me parece que tendré que ir. Al fin y al cabo el muchacho no tiene la culpa de tener los padres que tiene. Y quizá pueda salvarle la vida. Me acercaré dentro de un rato y estaré de vuelta antes de la hora de comer, pero no le digas nada ni a Margarita ni a Alonso.
- Tiene mi palabra, amo.
La mañana se había vuelto más y más plomiza a medida que Gonzalo se adentraba en las calles hasta llegar delante del enorme palacio cuya dirección constaba en el papel que le había dado Sátur, era como si reflejara su estado de ánimo. En el camino se detuvo para conseguir lo que necesitaba para ayudar a su recién descubierto "sobrino". Desde luego su vida no podía tener más sorpresas, pensó cansado. Se quedó delante de las enormes puertas durante unos minutos, preguntándose qué desagradables experiencias le aguardaban en este retorno a un pasado que ya creía enterrado. Gonzalo se armó de paciencia, respiró hondo y llamó. Un criado solícito le preguntó quién era y acto seguido le hizo seguirle por varias estancias enormes, hasta que llegaron frente a una puerta en la que se oían voces discutir. El criado abrió la puerta y lo anunció.
- Señor, Gonzalo de Montalvo está aquí.
- ¡Lárguese de una vez, matasanos!-se oyó la inconfundible voz de Hernán Mejías mientras un hombre abandonaba la sala con muchas prisas y pasaba por delante de Gonzalo como una exhalación.
Gonzalo se adelantó y se acercó a la imponente figura de su hermano, parecía furioso y desesperado, pero no había cambiado nada. La misma expresión dura y los mismos ojos fríos como la hiel. Y seguía vistiendo de negro, aunque el atuendo era de terciopelo, no de cuero.
- Sátur me dio tu recado.-dijo Gonzalo sin rodeos.- Me pediste que viniera y aquí estoy. Intentaré curar al muchacho, pero no quiero impedimentos. Has sido tú quien ha pedido mi ayuda.-terminó cortante.
- Lo he hecho porque aún recuerdo cuando evitaste que le cortaran el brazo con esas larvas de mosca. Todos pensamos que era una locura, pero resultó que sabías lo que hacías. Necesitamos de tu buen hacer. Eres la única persona que conozco con los conocimientos suficientes. No te lo pediría si no fuese importante. No deseaba volver a verte nunca más.-aclaró su hermano cortante.
- Pues ya somos dos.-aseveró el maestro secamente.-Creo recordar que si escapaste del patíbulo y aún conservas la cabeza sobre los hombros también fue gracias a mí. De nada.
Hernán lo observó durante unos minutos, como intentando desentrañar el misterio que Gonzalo representaba para él.
- Debo reconocer que no esperaba que movieras un músculo por mí y sin embargo detuviste el hacha antes de que me alcanzara. ¿Por qué?-lo miró con genuina curiosidad.-Al fin y al cabo siempre fuiste mi mayor enemigo. El "héroe del pueblo" seguro que te lo pasabas muy bien trazando planes con tu criado y burlándote de mí.
- Ejercías el poder como un tirano y alguien debía detenerte. Sé que tú no habrías hecho lo mismo por mí, pero al fin y al cabo somos familia, nos guste o no. No quería llevar tu muerte sobre mi conciencia.-aclaró Gonzalo.-De todas formas no estoy aquí para recordar el pasado.
- No, claro que no…
Hernán no dijo nada más pero pareció sopesar varios pensamientos en su cabeza.
- Vamos, te llevaré a la habitación de Nuño. Pero debo advertirte que Lucrecia está con él, no se separa de su lado desde que cayó enfermo. Sé que mi esposa no es santo de tu devoción, aunque ambos sabemos que ella en cambio, te admira mucho. Por decirlo suavemente.
Gonzalo suspiró hondo. No le apetecía nada estar en la misma habitación que esa mujer.
- Cuanto antes empecemos, mejor será para Nuño. No perdamos más el tiempo.-dijo empezando a caminar detrás de su hermano.
En la enorme habitación se encontraba Nuño de Santillana postrado en la cama y delirando por la fiebre, a su lado estaba Lucrecia, acompañada de cuatro criadas que revoloteaban a su alrededor alcanzándole paños y una figura que vestía rigurosamente de negro, que debía ser su ama de llaves, le sostenía una palangana con agua al alcance de la mano. Gonzalo se dio cuenta de que el ama de llaves le había reconocido, porque de pronto, se le demudó el semblante y miró a su señora con aprensión mal disimulada.
- Lucrecia, espero que sepas comportarte con nuestro invitado como es debido…-empezó el ex comisario.-Ha venido para examinar a Nuño.
La Marquesa de Santillana ni siquiera los miró. Sólo retiró otro paño de la frente del muchacho.
- ¡Hernán! Mi hijo se debate entre la vida y la muerte… Sea quien sea que haga algo y que lo haga ya.
Gonzalo se acercó al enfermo por el lado de la cama opuesto a donde se encontraba Lucrecia y empezó a examinar al muchacho con gran cuidado. Observó que la herida estaba en la pierna y tenía muy mala pinta. Fue entonces cuando la Marquesa se dio cuenta de quién era el recién llegado, y se levantó de la silla de un salto.
- ¡Gonzalo!-exclamó alterada, llevándose una mano a la cabeza.- Que alegría, verte…
- Lucrecia…-saludó el maestro con poco entusiasmo.
Para Lorena, con cariño.
