5. Reencuentros (II)
Dos horas más tarde, el maestro había terminado de proporcionarle sus cuidados a su sobrino y le había dado órdenes al servicio de lo que tenían que hacer para seguir atendiéndolo como era debido.
- Si seguís haciendo lo que os he dicho, Nuño saldrá de esta y podrá andar en tres semanas.-les dijo después a sus padres.-Mi trabajo ha terminado.
- Estaremos siempre en deuda contigo.-aportó Lucrecia zalamera.
Hernán se acercó y le ofreció su mano no metálica.
- Gracias, Gonzalo. Sólo basta con mirarle para darse cuenta de que tiene menos fiebre y ya no tirita. No olvidaré este favor.
Gonzalo lo miró escéptico, sin saber si aceptar estrecharle o no la mano. Finalmente lo hizo. Durante unos breves segundos.
- Es lo menos que podía hacer.-dijo por cortesía, pues en realidad no sabía que más decir.
No hubo muchas palabras y tampoco muchos gestos, pero los años de malentendidos entre ambos hermanos parecieron haber quedado zanjados en ese sutil apretón de manos. Después se soltaron y Hernán pasó a su lado para sentarse cerca de la cama a contemplar de cerca a su hijo.
De pronto, la puerta de la habitación se abrió y entró una niña pequeña con rizado cabello castaño de la mano de una niñera. La pequeña señaló al enfermo y empezó a decir:
- Papi, papi, papi…-sin parar.
- Es mi nieta.-aclaró Lucrecia secamente.
Gonzalo no hizo ningún comentario acerca de lo joven que le parecía Nuño para ser padre, sólo la miró con interés. Le recordaba a Laura. De pronto se acordó de que debía volver a casa.
- Tengo que irme ya. Mi familia me espera…
- Claro, Soledad acompaña a nuestro invitado a la puerta.-se apresuró a ordenar Hernán.
- No es necesario.-se apresuró a añadir Lucrecia cogiéndose de su brazo como una lapa.-Ven, yo te acompaño a la salida, Gonzalo…-dijo seductora.
Su marido se alteró inmediatamente. Y negó con la cabeza.
- Lucrecia no creo razonable que te alejes de este cuarto…
- Sólo será un minuto Hernán, no seas pesado. Enseguida estoy de vuelta. Sé que mi hijo me necesita…
- No tardes.-contesto secamente.
- Puedo salir solo.-intentó Gonzalo soltarse de ella.-Sé dónde está la puerta.
- Tonterías, a mí no me cuesta nada acompañarte.
Soledad negó con la cabeza y el ex comisario bufó enfadado.
De todas formas, el maestro se zafó de ella y empezó a andar fuera de la estancia. Una vez en el amplio vestíbulo del palacio, Lucrecia lo paró en seco y se dedicó a mirarle fijamente. Gonzalo intentó esquivar su escrutinio pero no se movió. Ahora tendría la oportunidad de enfrentarse a ella y aclarar algunas cosas que aún le reconcomían por dentro.
- Estás más delgado. Y menos musculoso. Supongo que es la falta de ejercicio. Te has casado otra vez…-señaló Lucrecia la alianza en su mano izquierda.
- Con Margarita.-contestó desafiante, mostrándole la alianza.- Y somos muy felices, sé que te alegrará saberlo.-matizó Gonzalo cada una de sus palabras.
Lucrecia se sintió de pronto desarmada y su cara se convirtió en una mueca agónica, blanca como la pared. Durante varios segundos, ninguno de los dos dijo nada más.
- Basta de teatro, entonces…-dijo al fin.- Porque supongo que en estos cuatro años de feliz matrimonio habréis hablado mucho. Y de diferentes temas…
- Largo y tendido, sí. De todo lo que hiciste para separarnos…-apostilló rápidamente el maestro.
- Ahora entiendo tanta hostilidad por tu parte, Gonzalo.
- ¿Y qué esperabas? ¿Una frase amable, un abrazo? Después de todo lo que nos hiciste. Y sobre todo a Margarita, que te consideraba una buena amiga. Heriste profundamente la persona a la que más he amado. Entérate de una vez, Lucrecia. Margarita es el amor de mi vida. Y tú nunca estarás a su altura moral. Nunca.
La Marquesa, sorprendida, no daba crédito a lo que estaba oyendo.
- Vaya, por fin el tierno maestro de escuela enseña las garras de Águila.-añadió abandonando toda esperanza que todavía pudiese albergar de volver a ganarse el favor de Gonzalo de Montalvo.
- No me provoques, Lucrecia porque saldrás perdiendo.
- No… No te preocupes Gonzalo. Sé reconocer cuando he perdido. Saluda a tu querida esposa de mi parte.-dijo como si le arrancaran cada palabra de lo más profundo de sus entrañas.
Pero Gonzalo siguió irredento. Necesitaba saberlo todo.
- Antes de irme quiero que me aclares por qué las cartas que le escribí a Margarita desde el exilio acabaron en tus manos. ¿Cómo las conseguiste?
- ¿Acaso no es obvio? Cristina me las entregó.
Gonzalo negó con la cabeza, ahora el sorprendido era él.
- No… No puede ser…- se le demudó la cara.- No puede ser… ¿Por qué querría Cristina hacer una cosa así? Ella era una buena persona ¿Por qué traicionaría a su hermana de esa manera?
La Marquesa se acercó sibilinamente a Gonzalo y se quedó muy cerca de él.
- Porque también estaba enamorada de ti. Tan guapo, tan inteligente, tan valiente y tan estúpido para otras cosas, Gonzalito. Siempre fuiste muy fácil de manipular por el sexo femenino. Por aquel entonces yo estaba casada con el Marqués y debía hacerle creer que le amaba para que no dudase de la paternidad de Nuño. Cristina y yo hicimos un trato. Ella me daría todas las cartas que tú le escribieras a su hermana Margarita y la convencería de que tú la habías olvidado para siempre. A cambio yo le di un broche de esmeraldas, mucho dinero para poder curar a su madre enferma y la promesa de que no me entrometería cuando, si alguna vez regresabas a la Villa, ella decidiera conquistarte y convencerte de que te casaras con ella. A mí no me parecía un mal trato. Sabía que nunca la querrías tanto como a Margarita y que llegado el momento propicio podría hacerte regresar a mí lado.
Gonzalo apretó los puños con fuerza hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos.
- Que más hiciste Lucrecia. Quiero oírtelo decir.
- Puede que hiciera correr rumores de que Margarita era una fresca para desprestigiarla ante ti si es que alguna vez volvías… Verás lo del noble cuándo éramos jóvenes… Yo la empujé a darte celos con él. Ella no quería, siempre ha sido tan mojigata la pobre… Como éramos amigas y yo me preocupaba tanto por su bienestar, no dudó en seguir mi buen consejo...
- Lucrecia.-dijo Gonzalo con profundo desprecio en cada sílaba.
- Quería que la odiases, que todo tu amor se transformara en odio. Para que te fijaras en mí. Aunque cuando mataste al tipo, se me fue un poco el plan de las manos. Siempre fuiste muy temperamental, Gonzalo…
El maestro apretó los puños aún con más fuerza.
- No insultes a mi mujer en mi presencia. ¿En qué más estuviste metida?
Lucrecia le ignoró y siguió hablando en tono distendido, como si le estuviera contando chismes divertidos de los vecinos.
- Todo se torció todavía más cuando esa estúpida de Cristina se interpuso en los planes de nuestra Logia secreta y Hernán no tuvo otro remedio que torturarla hasta la muerte para sacarle información, aunque después resultó que la desgraciada no sabía nada. La habría preferido viva, pues su muerte hizo que Margarita entrase de nuevo en tu vida. Que desgracia, por Dios, supongo que ni siquiera mi gran inteligencia puede con el maldito destino.
Gonzalo dio un paso atrás y tragó saliva, no daba crédito a lo que estaba oyendo.
- Espera… ¿Tú también estuviste implicada en la Logia y en la muerte de Cristina?
Lucrecia volvió a acercarse a él y lo cogió del brazo, mirándolo fijamente. El maestro medio aturdido, intentó zafarse, pero ella no le dejaba.
- Lo que yo decía, tan inteligente para unas cosas y tan ingenuo para otras… Gonzalo, yo he estado implicada en todo. Tu pequeña e insignificante vida ha girado alrededor de la mía durante todo el tiempo que yo he querido. Y tú nunca te diste cuenta de nada.
De pronto, la puerta que daba al descansillo de la entrada se abrió con un terrible estruendo, una criada salió corriendo asustada y una furiosa y muy alterada Margarita Hernando hizo acto de presencia en la pequeña estancia.
- Pues ahora NUESTRA vida ya no te pertenece. ¡Quítale tus garras de encima, golfa manipuladora!
Gonzalo apartó a la Marquesa de un manotazo e intentó acercarse a su esposa.
- Margarita, cálmate… Margarita, mi amor… ¿Cuánto has escuchado?
- Todo, lo he escuchado todo.-dijo enfurecida y con los ojos llenos de lágrimas.-Como esta maldita víbora te confesaba lo que le hizo a mi familia, lo que nos hizo a nosotros...
- Ah, Margarita… Que desagradable sorpresa, ¿será que nunca podré librarme de ti?-preguntó desdeñosa.
- Ahora entiendo muchas cosas. Pero no me contaste que fue ella quién te metió la idea de darme celos con otro en la cabeza.
- ¿Para qué?-seguía llorando su esposa.- Al principio creí que lo que pasó con el noble fue accidental. Cuando empecé a sospechar que lo planeó ella tu secreto ya nos estaba separando. Era una simple corazonada. No habría cambiado nada, quizá no me hubieras creído… Y después de lo que pasó…
El maestro tragó saliva ruidosamente, en el fondo de su corazón sabía que era verdad. Que quizá no la hubiese creído. Y eso era lo que más le dolía. Lo engañado que había estado tanto tiempo. Lo indigno que fue sucumbir a Lucrecia después de eso. Por qué Margarita huyó humillada de su segundo intento de boda. Todas las piezas por fin se unieron en su cabeza.
- ¿Cómo pude ser tan tonto?-preguntó alterado.
- Supongo que tenías demasiadas cosas en la cabeza, Gonzalo…-después dirigió una dura mirada a Lucrecia.- ¿Corrompiste a mi hermana Cristina y después la mataste? Sabía que eras despreciable Lucrecia, pero estás enferma. Enferma de maldad y de odio.
- ¡Tu hermana no era ninguna santa! Hizo lo que hizo porque quiso.
Gonzalo miró a Lucrecia con un profundo odio, después la ignoró y se centró en conseguir el bienestar de su alterada esposa.
- ¿Qué haces aquí?-le preguntó su marido, de pronto sumamente inquieto por la salud de su hijita… Si ella había venido hasta aquí podía ser que hubiese empeorado y si algo le pasaba no se lo perdonaría nunca… El maestro intentó prepararse para lo peor y la cogió amorosamente de las manos.
- Conseguí sacarle a Sátur dónde estabas… Y durante un rato no di crédito… Temía por tí. Esta bruja es capaz de todo.-sollozó su esposa mirándole a los ojos.-Venía a contarte que a Laura le ha bajado la fiebre y que ya respira con normalidad, para que estuvieses tranquilo, sé lo preocupado que estabas.
Lucrecia, muerta de celos y sumamente contrariada por haber dejado de ser el centro de atención de la conversación, espetó de muy malos modos:
- ¿Y quién demonios es esa Laura de la que tanto habláis?
Gonzalo se dio media vuelta iracundo, sus ojos marrones echando chispas de ira.
- ¡Es nuestra hija de dos años! A la que he dejado sola con su madre por venir aquí a salvar la vida de tu hijo, lo cual no te mereces. Pero es el último favor que te hago a ti o a Hernán, aunque sea de mi sangre. No quiero volver a verte jamás, Lucrecia.
Entonces la Marquesa contempló a la costurera con detenimiento y se dio cuenta de algo.
- Y otra vez estás embarazada, por lo que veo… Parece que no perdéis el tiempo. Claro, unos pobres desgraciados como vosotros no tenéis otra distracción, y venga, ¡a criar más pobres como conejos!-soltó destilando toda su rabia contra ellos.
La temible bofetada surcó el aire antes de que Gonzalo pudiera detener a Margarita y Lucrecia se tambaleó como un tentetieso por la fuerza del golpe. Después clavó sus ojos en su antigua criada y rival. Estaba furiosa, asustada y sorprendida llevándose la mano a la mejilla dolorida, su expresión peligrosa como la de una rata herida. Temeroso de que pudiera hacer daño a Margarita, el maestro se interpuso entre ambas, protegiendo a su mujer.
- Puede que seamos gente humilde, pero también somos inmensamente felices.-aclaró Gonzalo calmadamente.-Algo que tú nunca serás porque estás llena de odio. Me das pena, Lucrecia. No quiero que tu ni tu marido os acerquéis a nosotros nunca más, porque lo lamentaréis.-la amenazó Gonzalo con la voz llena de ira.-Por defender a mi familia soy capaz de cualquier cosa.-enfatizó las palabras.- Y no me veréis venir…-dijo apretando fuertemente el puño con el que antaño blandía la catana.
La Marquesa de Santillana parpadeó dentro de su incredulidad. Jamás había escuchado tanto odio en la voz de Gonzalo de Montalvo. Y descubrir esa parte de su personalidad le produjo esa clase de miedo oscuro, penetrante, del que calaba hasta los huesos, que hacía años que no sentía. Margarita también notó el cambio en su marido y tiró de él con efusividad hacia la puerta de salida del palacio, antes de que cometiese una locura.
- Ya nos ha causado bastante daño, no vale la pena… Vámonos de aquí, Gonzalo. ¡Vámonos!-dijo atrayéndolo hacia ella y mirándolo a los ojos suplicante.-Tu hija te necesita, yo te necesito…
Al mirar a Margarita, su ánimo se templó y su expresión volvió a ser la misma relajada de siempre.
- Tienes razón, no merece la pena. ¡Nos vamos!-dijo dejándose llevar por ella.
Y juntos de la mano, Margarita y Gonzalo abandonaron el Palacio del Marqués de Santillana en Florencia sin mirar atrás. Lucrecia se quedó clavada donde estaba como una estatua de sal, dolida, desarmada y rabiosa. De pronto, Hernán apareció a su lado.
- ¿Qué ha pasado? He escuchado gritos…-preguntó alterado.-Habéis despertado a Nuño.
- ¡La miserable de Margarita ha entrado en mi casa a insultarme y me ha dado un bofetón!-gritó desencajada por el odio.
- Seguro que te lo merecías…-apostilló convencido y casi sonriendo.
- Hernán tienes que hacer algo…-siguió rabiosa.
- ¿Yo? Por qué… Es normal que una mujer honrada se defienda de la golfa que pretende robarle el marido.
- ¡A mi ese desgraciado maestrucho ya no me interesa!-gritó la Marquesa airada.- El tarado de tu hermano es un miserable, Hernán. Es escoria… No me extraña que tengáis la misma sangre… ¡Y trátame con más respeto!
Hernán Mejías sonrió para sí mismo, sumamente complacido.
- Vaya, parece que Gonzalo por fin se ha dado cuenta de la clase de persona que eres, querida… Lo cual no me sorprende para nada, pues es sumamente inteligente. Vamos dentro, Nuño ha preguntado por ti.
Su marido la cogió del brazo y tiró de ella de mala manera, casi arrastrándola. Lucrecia echó un último vistazo a la puerta por la que Gonzalo y Margarita salieron de su vida para siempre. Y después empezó a caminar hacia el interior de su enorme palacio con ánimo sombrío y derrotado.
A la mañana siguiente, Laura de Montalvo Hernándo, con las mejillas sonrosadas y un bello tono de piel, tomaba su biberón con gran glotonería en el regazo de su madre y toda su familia respiraba con inmenso alivio. La niña estaba bien y todo había sido un susto.
Gonzalo le explicó a Margarita con todo detalle el por qué había acudido a socorrer a Nuño y le enseñó la nota manuscrita por su hermano. Y ella, después de leerla detenidamente, le dijo que lo entendía perfectamente pero que seguía enfadada con él por haberle ocultado otro pequeño secreto de sus orígenes. El enfado no le duró mucho y Gonzalo sólo tuvo que dormir en el pajar un par de noches.
Un mes después de los hechos, Sátur llegó del mercado con dos noticias importantes.
La primera era que el padre de Gonzalo, Felipe IV Rey De Las Españas, había fallecido y el infante Carlos había subido al trono con cuatro años de edad. Su madre, Mariana de Austria ejercería la Regencia hasta su mayoría de edad. Aquello significaba que su orden de busca y captura por traición a la Corona, quedaba anulada de facto y que si algún día así lo deseaban, podrían volver a España con total tranquilidad.
La segunda, era que nada más saberse esta nueva, el Marqués de Santillana y su familia habían abandonado su palacio florentino para regresar a la Villa de Madrid. Las crónicas decían que volvieron para hacerse de nuevo fuertes entre la nobleza española y prosperar en esta nueva corte que ya no les era hostil, pero a Gonzalo siempre le quedó la duda de si en realidad huyeron por miedo. Por el miedo que le pudieran tener a él. Sobretodo Lucrecia. Sea como fuere, respiró aliviado.
Gonzalo de Montalvo no volvió a ver a su hermano de sangre nunca más. Pero a cambio, tuvo la oportunidad de cerrar ese doloroso capítulo de su vida con un buen final.
La vida de Gonzalo y su familia estaba ahora en la República de Florencia, donde habían forjado un bello proyecto de vida y donde su felicidad no conocía límites.
Para Lorena, con cariño. Espero que te haya gustado el cierre de los hermanos ;)
