6. Anhelos

Margarita cosía sentada sobre su silla favorita, cerca de la chimenea encendida que calentaba su hogar. Y como casi cada noche después de cenar, Gonzalo la acompañaba intentando leer un libro, acariciándole el hombro o el brazo casualmente entre página y página. El maestro ahora tenía acceso a más saberes y conocimientos que nunca, puesto que su amigo Joan siempre tenía abiertas las puertas de su librería para él y podía tomar prestados todos los volúmenes que quisiera.

Su hija más pequeña, Irene de cuatro años, jugaba con un puzzle de piezas de madera sentada en un cojín en el suelo, en el hueco entre las dos sillas de sus padres.

La palabra clave para el maestro era intentar leer uno de sus libros, cosa que no solía conseguir, porque los gritos infantiles de Gonzalito persiguiendo a su hermano mayor Alonso, proponiéndole luchas con espadas de madera, solían quebrar la paz impidiéndole concentrarse.

Los dos hermanos volvieron a pasar por delante de ellos como una exhalación y chocaron sus armas de juguete en el aire. "Pim, pam" chocaban las espadas con sonido atronador en el acogedor salón. "Pim, Pam" y de pronto, Gonzalito apuntó demasiado alto y Alonso tuvo que apartarse para que no le diese en la mano.

- ¡Cuidado, que os vais a hacer daño!-les riñó su madre a voz en grito abandonando por un momento la costura.

El niño y el muchacho la miraron compungidos y pusieron cara de pena, para evitar otra reprimenda.

- ¡Ha sido sin querer!-chilló Gonzalillo de ocho años.

- Lo siento, madre.-dijo Alonso tímidamente.-Es que nos emocionamos y los golpes vuelan.

Margarita los miró amorosamente.

- No pasa nada, pero tened cuidado, que un día de estos os vais a descalabrar…

En esas estaban, cuando Sátur hizo acto de presencia en el salón procedente de las cuadras.

- Ya están los caballos cepillaos, amo…

Gonzalo levantó la vista del libro para asentir en su dirección.

- Gracias Sátur, que raro se me hace que me sigas llamando amo después de tantos años, si tú eres uno más de la familia… Y tu mujer también.

- Ay amo pero las viejas costumbres cuesta mucho quitarlas… Yo ya me he acostumbrao a llamarle a usté así y no me sale de otra manera. Mi Gianina ya hace rato que ha recogio la cocina pero se ha ido a la alcoba directamente porque está cansada y ha preferido retirarse temprano.

- ¿Seguro que tu mujer está bien?-preguntó Margarita con dulzura.- Es que lleva días un poco indispuesta. Si mañana no se encuentra con ánimos, que siga descansando. Yo me encargo de la casa.

Sátur miró a la costurera con profunda y sincera admiración, como siempre había hecho.

- Gracias Señora, pero que buena es usté, buena buena… Como el pan. Quédese tranquila que yo se lo diré. ¡Ay Dios mío, quién me iba a decir a mí hace unos años que aprendería hasta italiano pa casarme con una italiana florentina! ¿Eh?

Ambos esposos le sonrieron.

- Nadie sabe lo que le depara el destino, Sátur.-aportó Margarita contenta.-Y yo que tú me prepararía para otra sorpresa, porque esos malestares de Gianina pueden tener una explicación muy sencilla…-dijo señalándole con la cabeza a sus hijos, que proseguían con su pelea imaginaria.

Su mejor amigo la miró sin entender hasta que el pensamiento atravesó súbitamente su cabeza como un rayo.

- Qué me dice Señora… ¿Qué mi mujer puede estar embarazá?-dijo llevándose las mano a la frente, los ojillos brillándole de la emoción. Pero si nosotros ya no somos ningunos chiquillos pa pa pa eso… ¿Será posible?

- No te hagas muchas ilusiones por si acaso, que si ella no te ha dicho nada aún, es porque no está segura.

Gonzalo se rió alegremente.

- Tu mujer todavía está en edad reproductiva, así que fácilmente te veo cambiando pañales en unos pocos meses.-aseveró Gonzalo con tono divertido.

El criado puso cara de no entender nada.

- ¿Reprodu qué? ¿Ya empezamos con las palabrejas esas que usa usté siempre? Pues sabe que le digo amo, que ojalá y sea eso. Mire que si Dios nos manda ese milagro lo vamos a querer y a consentir como no se ha visto jamás. ¡Y quién nos iba a decir lo bien que íbamos a estar cuando salimos huyendo de la Villa!

- En eso te doy toda la razón.-dijo Gonzalo dándole un golpecito cariñoso en el hombro.-Si me llegan a decir que íbamos a ser tan felices no lo habría creído.

De pronto, Gonzalito cruzó por en medio de ellos dos como una exhalación y la espada de madera le propinó un golpe a Sátur en el pie.

- ¡Ay, la madre que te parió!-gritó dolorido y acto seguido rectificó hacia Margarita.- Perdóneme Señora, no iba con maldad. Tendrá fuerza el crío con lo chico que es…

Margarita esbozó un amago de sonrisa tenue pero no le dijo nada.

- ¡Se acabó!-gritó Gonzalo cerrando el libro de un golpe. Como se temía, no había conseguido avanzar nada en la lectura.- Pues si ya has terminado tus quehaceres ¿qué te parece si empiezas con la hora del cuento y nos retiramos?

Empezaba a hacerse tarde para los niños y esa era la única tradición familiar que conseguía calmarlos antes de irse a la cama.

Margarita sonrió abiertamente y dejó su labor de costura sobre el taburete bajo, después cogió a su hija Irene en brazos y se acomodó con ella, arrebujándose mejor en la silla. La niña empezó a juguetear con las flores bordadas en su corpiño y reposó su cabecita de pelo castaño sobre el hombro de su madre.

- Pues dicho y hecho, amo ¡es la hora del cuento!-gritó Sátur en dirección al granero.

Se oyó un ruido seco y después un ruido de paja desmoronándose.

- ¡Bieeeen por fin!-chilló Laura desde donde solía pasar las horas muertas persiguiendo a los gatitos, pollitos y conejitos con un candil en la mano.

- Que oído tiene mi niña…-apuntó Sátur jocoso.-Que cuando se anuncia la hora del cuento lo escucharía hasta desde el Puente Viejo.

La chiquilla, esbelta como un junco y con la melena azabache revoloteando a su alrededor, llegó corriendo y le tiró de la pierna a su querido tío.

- Tío Sátur, cuento, cuento, cuento, cuento…-suplicaba sin parar mirándolo con esos enormes ojos negros.

Saturno García miró hacia abajo y le acarició el pelo a su Montalvo-Hernándo preferida.

- Si mi niña quiere cuento, pues esta noche cuento será…


Alonso que ya era todo un hombre, recogió los juguetes que Gonzalito había dejado tirados por ahí y los llevó a su cuarto. Después reapareció y se sentó en el suelo con sus hermanos dispuesto a disfrutar del espectáculo que ofrecían cada noche Gonzalito de ocho años y Laura de seis al oír a Sátur relatarles en forma de historias y sombras chinescas todas las aventuras que había vivido con su padre cuando era el héroe de la Villa de Madrid. Para Alonso, a pesar de ser ya un adulto, era curioso oír sus chascarrillos y comentarios. Verlos emocionarse y sufrir con el suspense… Porque en parte él había vivido indirectamente todos esos hechos, había conocido de cerca al "Águila Roja" pero sus hermanos no. La pequeña Irene también solía seguir atentamente la narración en el regazo de su madre, con sus enormes ojos color miel abiertos de par en par, pero rara vez solía interrumpir las narraciones porque todavía era muy pequeña. Irene se parecía a Gonzalo y Laura era la viva imagen de Margarita.

Cuando todos estuvieron por fin bien acomodados Sátur como cada noche, empezó su representación detrás del mantel, la vela y sus recortes de pergamino para dar vida a las historias que encandilaban a su ávida audiencia.

Tres pares de ojos infantiles abiertos como platos miraban sin pestañear.

- "Y entonces, con un magistral floreo de su catana, el Águila Roja lo dejó tendido de muerte en el suelo y salvó a su amada Flor del funesto destino que le esperaba al casarse con el malvado Capitán Inglés. Que era mal bicho, pero mal bicho mis niños, nada de medias tintas. Que quiso asesinar al postillón del héroe y estuvo a punto de conseguirlo el muy..."

Gonzalo carraspeó fuertemente y Sátur se tragó la última palabra, seguramente no apta para su entregada audiencia.

- ¡La bella Flor, el gran amor del Águila Roja!-chilló Gonzalito emocionado.- ¡Pues mira que se metía en líos esa mujer! Muy buena y todo eso pero siempre la estaban secuestrando, envenenando y torturando…

- ¿Y cuando la va a besar? Porque llevamos un montón de cuentos y nada.-apostilló Laura muy seria.-Es que en tus cuentos nunca hay besos…

Margarita miró a Gonzalo con conocimiento de causa y se sonrieron mutuamente. Sátur salió de detrás del mantel y miró a sus ahijados fijamente.

- ¿Me dejáis seguir con el cuento? O tienen sus señorías más apuntes que hacerme. Ya llegaremos a los besos… Ya… Todo a su debido tiempo.

- Sigue tío Sátur. Ya me callo.-pidió Laura mirándole con ojillos de cachorrillo suplicante. Esa mirada que derretía el corazón del criado.

- "Pero el héroe recordó que debía salvar también a la guardiana del grial, la aguerrida anciana Laura de Montignac. Así que salió corriendo y no pudo besar a su amada, aunque no por falta de ganas porque con el traje de novia estaba para quitar el sentío…"

Sátur hizo una pausa para el suspense que Laurilla aprovechó para proclamar con orgullo:

- ¡Yo tengo su mismo nombre, el de la protectora del Santo Grial!

Una lágrima furtiva se deslizó por la mejilla de Gonzalo y Margarita lo apretó contra ella en el medio abrazo que le permitía el cuerpo de Irene enroscada sobre ella, para reconfortarlo. Mientras Sátur proseguía.

- "El corazón del héroe quedó destrozado en mil pedazos cuando descubrió que había llegado tarde para salvarla y la protectora del grial murió en sus brazos sin que él pudiese hacer nada".

- Oh no… Qué triste.-apuntó Laura apenada.-Pero al menos fue valiente hasta el final. Es que el Águila Roja no podía estar en dos sitios a la vez. Y todos sabemos que la Flor es su vida…-terminó convencida.

Gonzalo y Margarita volvieron a intercambiar otra de esas miradas de amor que lo decían todo sin palabras.

- ¿Nunca os cansáis de escuchar esta historia?-les preguntó su padre de repente. Totalmente emocionado.

- Es nuestra preferida, padre.-aportó Laura sin dudarlo.

- Es la que tu prefieres, Laura.-protestó Gonzalito blandiendo en el aire su espada de madera.- A mí me gusta más la de cuando el Águila Roja impidió que vendieran a su amada como esclava… O cuando peleó con miles de guardias en la torre… O cuando descubrió el ejército de autómatas con el bandolero ese…

- ¡No! Cuando el Águila Roja se enfrentó por su honor al malvado e injusto Rey de las Españas y ¡no pudo matarle porque era mil veces mejor que su vil enemigo!-gritó Laura eufórica.

- Bueno, es que esa historia es la única en la que hay besos al final, por eso te gusta tanto...-se burló de ella su hermanito.

- ¡Cállate, Gonzalooooooooo! ¡Qué sabrás tú de contar una buena historia!-gritó la niña tirándose encima de él.- ¡Te vas a enterar!

- Haya paz, haya paz.-dijo Sátur saliendo de detrás del mantel y cogiendo a Laura en brazos para alejarla de su hermano. Casi siempre se estaban peleando últimamente.

La niña pataleó y braceó al aire incansable.

- Bueno, pues se han acabado los cuentos por hoy.-aseveró Gonzalo autoritario.- ¡Ale, a la cama todo el mundo!

- ¡Pero padreeeeeeeee!-chilló incombustible la cría.

Sátur muchas veces se preguntaba de dónde le salía tanta energía.

- Ni padre ni nada.-cortó seco el maestro.- ¡A dormir que mañana hay que ir a la escuela!

- Hacedle caso a vuestro padre, Laura por favor.-pidió también Margarita.

Irene ya hacía rato que dormía en el regazo de su madre, así que la depositaron en su camita, al lado de la de Laurita en el cuarto de las niñas. Gonzalo cogió al niño en brazos y Sátur se llevó a Laura al caballito hasta la habitación de cada uno. Una vez allí los metieron en sus camas y los arroparon. Después Margarita fue a ver a Gonzalito y Gonzalo a darle las buenas noches a su hijita.

El maestro se sentó sobre la cama de Laura y la miró seriamente.

- ¿Qué ha sido ese comportamiento, Laura? Tú no eres así. ¿Por qué querías pegarle a tu hermano?

Su hija lo miró compungida.

- Siento la algarabía que he formado padre, pero es que Gonzalo siempre se está metiendo conmigo… ¡Y estoy harta!-soltó enfurruñada cruzándose de brazos.

- Te gusta mucho la historia de amor del Águila Roja y su Flor…-intentó ganársela para ver si era capaz de llegar a la raíz del problema de su princesa.

- Sí…-confesó Laura de buen ánimo.-A veces me gusta imaginar que tú eres el Águila Roja y que la hermosa Flor es madre. Ya sé que es imposible…-dijo la niña bajando la cabeza y mirándose los pies.-Pero Gonzalo dice que eso es una tontería y que tengo la cabeza llena de pájaros.

Gonzalo suspiró hondo y se mesó la barbilla pensativo.

- Ya… Mira, Laura utilizar la imaginación no tiene nada de malo. Es la imaginación la que nos hace soñar, la que nos impulsa a crear y la que hace avanzar a la humanidad.

La niña asintió con la cabeza, mirándolo a los ojos. Esos preciosos ojos negros iguales a los de su madre. Y de pronto, a Gonzalo se le ocurrió algo.

- Espérame aquí un momento.-le pidió.

Y se levantó de la cama para salir de la habitación. Laura se quedó allí esperándolo expectante. No tardó mucho, enseguida estaba de vuelta, pero llevaba algo en la mano.

- Esto les perteneció.-dijo enseñándole el colgante de madera con una flor de lis perfectamente tallada en medio.- Es la prenda de amor del Águila Roja y su Flor.

Su hija abrió unos enormes ojos como platos y contemplo la pieza con fijeza.

- Es precioso.-lo tocó con reverencia.-Pónmelo, por favor...-le pidió retirándose el cabello negro a un lado.

Gonzalo se inclinó y le ató el colgante al cuello con sumo cariño. Cuando hubo terminado de ponerle bien el cuello del camisón y se retiró de nuevo, Laura cogió el colgante en sus manos y lo observó detenidamente, emocionada.

- Gracias, padre.

Y le abrazó con entusiasmo, uno de esos abrazos puros y cristalinos que sólo son capaces de dar los niños pequeños.

- Cuídalo bien, es una joya de la familia.-le pidió Gonzalo cuando se separaron.

- Oye… ¿Y cómo es que lo tenías tú? Porque seguro que para el Águila Roja y su amada era importante…-preguntó curiosa mientras bostezaba y luchaba por mantener los ojillos abiertos.

Su padre suspiró hondo y le revolvió el pelo con cariño.

- Esa historia es muy larga y te la contaré otro día. Ahora estás muy cansada.

- No estoy.-bostezó.-Cansada.-bostezó otra vez dejándose caer sobre la cama y apoyando la cabeza en la almohada.

- No, claro que no…-rio su padre mirándola con dulzura.-Buenas noches, mi vida.-dijo inclinándose para besarla en la frente.-Que tengas dulces sueños.

- Buenas… Noches… Padre…-consiguió contestarle la niña antes de quedarse profundamente dormida.

Gonzalo se levantó de la cama, la arropó bien y después de echarle un vistacito también a Irene, comprobando que durmiera a gusto, apagó la vela del cuarto de las niñas antes de salir de la habitación.

Por el camino a su alcoba se encontró con Alonso y también le dio las buenas noches, después de comentar como programar algunas clases para la mañana siguiente.

Mientras tanto, en la habitación de los niños, Margarita trataba de consolar a Gonzalito.

- Gonzalo, cariño ¿se puede saber por qué enrabietas tanto a tu hermana? Es que parece que te guste sacarla de quicio. Llevas varios días metiéndote con ella, no te creas que no te he visto…

Gonzalillo miró a su madre con carita de haber sido pillado en falta. Un poco tristón.

- Laura es una pesada. Siempre tenemos que escuchar las mismas historias porque son las que a ella le gustan.-apuntó el niño abrazándose a su espada de madera, su juguete preferido. Hasta dormía con ella.

Margarita lo miró con preocupación.

- Bueno cariño, creía que a ti también te gustaba la hora del cuento… El tío Sátur ya os ha contado todas las historias que se sabe… Es normal que las repita, si no quieres escucharlas puedes hacer otras cosas… No pasa nada, cielo.

- No es eso. Me gusta volver a escucharlas.-hizo una pausa como armándose de valor y después continuó.-Es sólo que el tío Sátur siempre hace lo que Laura quiere.

Su madre sonrió levemente al reconocer una punzada de celos en el motivo del enfado de su hijo. Por fin la raíz del problema.

- Claro.-empezó con dulzura.- Y a ti te gustaría que de vez en cuando también te hiciera caso a ti ¿no, mi amor?

El niño asintió con la cabeza, mirándola a los ojos. Los mismos ojos de su marido, honestos e insondables.

- Yo hablaré con el tío para que tenga más en cuenta tus peticiones a la hora de las historias. E intentaré que todos tengamos un rato para ti ¿vale?

- No madre.-pidió el niño preocupado.-No le digas nada. Que voy a quedar como un tonto. Yo sé que el tío Sátur nos quiere a todos. Igual que tú y padre. Que nos queréis a todos por igual. Pero a veces pienso que quiere más a mi hermana.

Margarita le acarició el pelito castaño y suspiró.

- Laura fue la primera niña de la familia, cariño. Tu tío Sátur no sabía lo que era tener una niña en la casa hasta que ella nació. Durante mucho tiempo os tuvo a Alonso y a ti correteando por ahí y metiéndoos en líos…-sonrió al recordar ciertas cosas.- Pero adoró a la chiquilla desde que nació. No es nada personal, cielo. ¿Lo entiendes?

- Si, madre. Es que es eso. Yo siempre estoy entre Alonso y Laura, y siempre me siento un poco… Menos que ellos.

Su madre lo miró asombrada y lo atrajo hacia su regazo para abrazarlo muy fuerte e intentar aliviarlo. Después lo miró con fijeza.

- Pues no deberías, porque tú también eres muy especial, mi vida.

- ¡Pero es que Alonso es muy listo y le gusta aprender de los libros, como padre. Y Laura tiene esa fuerza que le sale de dentro, como tu madre! Y yo no me parezco tanto a vosotros...

Margarita lo miró asombrada.

- ¿Pero qué dices Gonzalito? ¡Si tú eres la viva imagen de tu padre! Te pareces a él mucho más que Alonso.

- Igual por fuera somos iguales.-dijo el chiquillo.-Pero yo digo por dentro. Él es tranquilo y pacífico y a mí lo que me gusta es la acción y dar saltos y pelear con Alonso…-evocó emocionado.-Oye madre ¿tú crees que padre sabrá algo de lucha? ¿Habrá algo de eso en sus libros? Porque me gustaría aprender para poder ser militar o guerrero algún día. Pero igual si se lo digo le parece mal.-terminó su confesión compungido.

Margarita lo miró detenidamente y suspiró hondo. Era algo que ya se veía venir. Le acarició el pelo al niño con amor.

- Creo que ha llegado la hora de que tu padre y tú tengáis una conversación muy importante, Gonzalo. Voy a pedirle que hable contigo mañana. Ahora ya es muy tarde. Pero no te preocupes, cariño. Todo se arreglará y a tu padre le parecerá bien. Intenta descansar. Todos te queremos, recuérdalo, mi sol.

Gonzalillo la miró esperanzado.

- Si madre. Te quiero mucho.-dijo levantándose y dándole un sonoro beso en la mejilla.

- ¿Y esto?-preguntó su madre completamente enternecida por el gesto.

- Por ser la mejor madre del mundo.-respondió su niño con esa sinceridad desarmante de los chiquillos.

- Buenas noches, cariño.-le dijo ella ayudándolo a recostarse en la cama y tapándolo con cuidado.

- Buenas noches, madre.-contestó él preparándose para dormir.

Margarita le echó un último vistazo y salió al pasillo, donde se encontró con su marido y Alonso que se despedían para acostarse.


Mucho más tarde, cuando toda la casa respiraba tranquilidad y los niños dormían seguros en sus camas, Gonzalo y Margarita se hacían confidencias arrebujados en el lecho.

- Así que eso te ha dicho. Pues voy a tener que contárselo todo. Y si Gonzalo quiere aprender a pelear, le enseñaré artes marciales. Son las más seguras para empezar a esta edad. De todas formas, Laura ya sospecha que las historias que Sátur les cuenta son sobre nosotros…

- ¿Te lo ha dicho ella?-preguntó Margarita sorprendida de la intuición de su hija.

- Algo así. Me ha dicho que se imagina que el Águila y la Flor somos nosotros. ¿Tú crees que habremos hecho bien dejando que Sátur les contara la historia de nuestra vida de esa manera? ¿Cómo si fuesen cuentos de hadas y aventuras?

La costurera miró a su marido con aire soñador.

- Ya viste como se divertían cada noche. Creo que a ellos les encantaban. Una vez, Laura me dijo que eran su parte favorita del día.- le aseguró Margarita amorosa.- Pero se hacen mayores, aunque no queramos. Pienso que quizá ya pueden empezar a entender lo que fue nuestra vida y todo lo que hiciste. Como ya saben algo, podremos contárselo con más facilidad y de forma que lo puedan comprender del todo. Las historias de Sátur les han estado preparando para saber quién fue su padre y por qué hizo lo que hizo.

- Sabes por qué empecé con esto de los cuentos. Siempre he querido que lo sepan todo sobre mí. No quiero cometer con ellos el error que cometí contigo durante años…-explicó Gonzalo a su esposa.-Son mis hijos, necesito que tengan plena confianza en mí.

- Lo sé mi amor.-le tranquilizó ella con dulzura.-Por eso estuve de acuerdo contigo.

- Es sólo que cuando escucho a Sátur contar esas historias es como si le hubiesen sucedido a otra persona. Ahora que ha pasado tanto tiempo no me vería saltando por los tejados y buscando tesoros por las noches…

- ¿Así que no lo echas de menos…?-preguntó su mujer con interés.

- Para nada.-le aseguró él mirándola a los ojos.- Tengo todo lo que siempre quise. Mi familia y tu amor, Margarita. Ahora mi trabajo consiste en protegeros y ver crecer a nuestros hijos sanos y fuertes. Mi felicidad es completa.

- Y la mía también. No sabes cuánto, Gonzalo.

Su esposa se inclinó para besarle largamente. Y cuando se separaron, se apretó más contra él, a salvo en sus brazos, esperando porque el sueño viniera a mecerlos cálidamente.


Durante todo el tiempo que estuvo en emisión la serie y la seguí con entusiasmo, siempre me imaginé que un flashback como este sería lo último que veríamos antes de que se cerrara el telón. Como no lo tuvimos, he tenido que imaginarlo.