¡Y LLEGÓ LA SEGUNDA PARTE!

Había dicho que iba a ser un two-shot, pero al final voy a extenderla más.

No sé cuánto, pero un par de capítulos más seguro.

¡Espero que lo disfruten, y dejen comentarios!

Rae.

- LOS PERSONAJES NO ME PERTENECEN.

- LA HISTORIA QUE LEERÁN A CONTINUACIÓN ES DE MI AUTORÍA.

XXXXXXXXXX

NIÑEROS

(Capítulo 2)

- Sí, Bobby. Yo también pienso que se ven muy bonitos juntos.

Raven se llevó una mano al rostro, rascando sus ojos antes de atreverse a abrirlos. ¿Bobby? Necesitaba recordar. Bobby es... un oso imaginario. Amigo de Melva. Melva es... hermana de Timmy y Tommy. Los tres niños -sus niños-, viven con los monjes y...

Están aquí. En la Torre. Bajo su cuidado y el de...

Abrió sus ojos de repente, encontrándose con la barbilla de su líder que, al parecer, seguía durmiendo. Se sentó bruscamente, queriendo alejarse todo lo posible del pelinegro.

Robin sintió el abrupto movimiento y se despertó, quedando de pie con su vara-bo extendida e la mano derecha.

- ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué ocurre?

Volteó a ver a Raven, que lo observaba con incredulidad. ¿Así de paranoico se despertaba él cada vez que dormía una siesta? Eso, si es que alguna vez se había dignado a dormir siesta.

Alzó su pequeño dedo índice y señaló a los tres niños que miraban la escena con sus ojos atentos y felices. Él suspiró y guardó su arma en el cinturón para luego rascarse los ojos sobre la máscara.

- ¿Hace cuánto... están despiertos? -preguntó Raven, en lo que se ponía de pie y extendía su capa.

- Muy poco. Bobby nos trajo aquí porque teníamos hambre -explicó Melva, señalando a Tommy que mordía un extremo del sofá.

- Ugh, de acuerdo -dijo ella, tomando al bebé en brazos-. Um... Yo, sí, haré algo de...

- ¡Ya estoy en eso!

La ocultista giró su cuerpo y vio a Robin, de pie frente a las estufas, batiendo fervientemente lo que suponía, era una masa para waffles.

¿En qué momento había ido hasta la cocina?

Sentó a Tommy en el suelo y se acercó al líder titán, quedando a su izquierda, hombro con hombro. Observó entonces lo que ocurría frente a él: la wafflera se estaba calentando antes de verter ahí la masa; en una estufa, el agua hervía para tomar té -o café-, mientras otra se encargaba de calentar a fuego lento un poco de leche. Robin prestaba atención a cada cosa que hacía, mientras buscaba una cacerola y la llenaba con maíz.

- ¿Qué haces? -preguntó, mirándolo a los ojos.

- Palomitas. Podríamos ver una película o algo así, ¿qué dices? -opinó él con una sonrisa.

- Ugh, sí, supongo -la amatista devolvió su mirada a la jarra con leche-. Tú...

- ¿Eh? ¿Qué? -indagó el petirrojo, de pronto en estado de alerta, mientras miraba la leche y a su compañera una y otra vez. ¿Había hecho algo mal?

- Sólo... Evita que la leche rompa hervor.

- Oh, sí, gracias -dijo él, ahora mirando fijamente al líquido frente a ellos.

Raven lo observó. Ahora Robin prestaba toda su atención a la leche, poniendo un nudillo sobre ella cada tanto para verificar la temperatura. Su ceño fruncido y sus brazos cruzados indicaban cuán en serio se estaba tomando el asunto de no permitir que la leche hirviera.

Era algo adorable, a decir verdad. Como ver a un padre primerizo (o al menos, eso supuso; ella no tenía mucha experiencia con "padres dedicados").

- Ve con los niños -dijo él de pronto, sin quitar la vista de su objetivo.

- Pero...

- Lo tengo todo controlado -la calmó, sabiendo que ella se sentía en la necesidad de vigilar todo lo que tuviera que ver con los tres hermanos.

No era que no confiara en él, claro que no, sólo... No sabía describirlo, era simplemente más fuerte que ella. Tenía que asegurarse que todo estuviera bien, que todo fuese seguro para ellos. Algo instintivo que se le removía en el pecho al pensar que las cosas se salían de su control.

- Ve, descansa, juega con ellos. Yo me encargo aquí.

De modo que, a regañadientes, Raven volvió sobre sus pasos y se sentó en el sofá. Melva hacía zapping en la televisión junto con Timmy, y Tommy estaba muy concentrado en devorar una pata de la mesa de café. La ocultista lo alzó en brazos y revisó su pañal, que por suerte estaba limpio.

Lo sentó en su pierna derecha y comenzó a moverlo de arriba a abajo, haciendo que el bebé diera pequeños saltitos y se carcajeara.

- No me vomites -pidió Raven con una vaga sonrisa mientras volvía a sacudir su pierna cada vez más rápido.

- Raven, ¿tú tienes un bebé? -preguntó de repente Melva, que en algún punto se había sentado a su lado.

Raven la miró e inclinó su cabeza en dirección a Tommy, señalándolo.

- Ugh... sí... tengo a Tommy... que es un bebé...

- ¡No Tommy! ¡Un bebé tuyo!

- Ugh... ¿No? -dijo ella casi en tono de pregunta, no comprendiendo el origen de us curiosidad.

- ¿Por qué?

Oh, no. No la etapa de los "por qué". No lo toleraría. Su paciencia tenía un límite.

- Ugh... es complicado.

- ¿Por qué?

Oh, Azar.

- Tú no... puedes... tener un bebé sin otra persona y... uh... -Raven se negaba a ser ella quien le explicara de dónde diablos venían los bebés.

- ¿Y el príncipe de tu historia?

La pierna de Raven se detuvo en seco, provocando que Tommy se quejara por la interrupción.

- Era sólo una historia -dijo escuetamente. No quería escarbar en el tema.

- Oh... ¿Y por qué no tienes un bebé?

¿No habían superado ya esa pregunta?

- Um...

- ¿Es porque no estás enamorada?

- Ugh...

- ¿O estás enamorada, pero él no está enamorado de ti?

¡¿Qué demonios le estaban enseñando a estos niños en el monasterio?!

- Um, es... complicado -nunca se había sentido tan estúpida. ¡No podía responder a una niña de siete años!

- No lo es -contradijo la niña, llevándose un dedo al mentón-. ¡Si tú le dices que lo amas, pueden tener bebés!

Una de las computadoras en el fondo del cuarto estalló.

- Ugh, no es tan sencillo... La otra persona también debería estar enamorada, y... No, espera, ¿quién dijo que yo lo estoy?

- Seguro que está enamorado de ti; eres muy bonita -opinó Melva, ignorando la pregunta de Raven.

- Sí, lo es.

Raven quedó tiesa al sentir una mano sobre su hombro, y vio por le rabillo del ojo cómo su líder se acercaba con una enorme bandeja haciendo equilibrio en su mano libre.

- Y cuando encuentre a la persona indicada, va a haber muchos, muchos bebés. Ahora, ¿qué les parece si vemos una película?

Los niños gritaron de alegría y se lanzaron en una batalla campal por el control remoto, mientras el petirrojo se sentaba junto a su compañera, dejando los aperitivos en la mesa de café.

- ¿Me permites? -dijo entonces, alzando ambas manos en dirección a Tommy.

Raven se lo entregó y él lo recostó con su cabecita en el doblez del codo, tomando el biberón con la mano desocupada.

Comenzó a alimentarlo cuidadosamente, bajo la atenta mirada de la hechicera.

- Intenta... -comenzó, para luego morderse el labio y bajar la mirada. Estaba siendo un dolor en el trasero con sus constantes consejos.

- ¿Sí? -preguntó él, mirándola atentamente.

- Ugh... intenta mantenerlo erguido. Mejora su... su digestión.

- Oh, oh, sí, de acuerdo. Veamos, amigo... Un poco... Así. ¿Así?

- Mmhm -asintió ella, mirando cómo su líder sostenía con sumo cuidado la espalda del bebé.

Era extraño ver al siempre seguro de sí mismo Robin dudando de cada movimiento, con sus manos teblando y sus ojos expandidos, temiendo hacer las cosas mal.

Era toda una nueva cara del Chico Maravilla.

Los dos mayores encontraron una película y se acomodaron. Melva con el vientre sobre el suelo, comiendo waffles junto a Bobby. Timmy, por el otro lado, se subió al sofá y recostó su cabeza en la falda de Raven, envolviéndose en su manta y llevándose un pulgar a la boca.

La hechicera, en un acto inconsciente, comenzó a dar pequeñas caricias en la melena pelirroja del niño, sintiendo cómo él se acurrucaba más y más con cada una.

Hizo levitar un enorme tazón de palomitas hasta tenerlo a su lado, y comenzó a comer. Era extraño: la escena que se alzaba frente a sus ojos parecía la de una familia, aquella familia que algunas veces se había dado el permiso de imaginar. Verlos, ahí, en carne y hueso... Aunque no fuese su familia realmente, tal vez eso sería lo más cercano que ella lograría estar de tener una, y debía apreciar el momento.

Giró el rostro hacia Robin, aún concentrado en su tarea, y le señaló las palomitas, preguntando si él quería comer.

- Eh, yo, sí, pero... -el petirrojo alzó ambos codos, mostrándose imposibilitado-. Tengo las manos algo ocupadas. Tal vez luego.

Por un momento, Raven se vio tentada por la idea de darle de comer en la boca a su compañero, pero se abstuvo: su día había estado plagado de clichés, y realmente se sentía empalagada. En su lugar, envolvió un puñado de palomitas en energía oscura y las acercó hasta el rostro de Robin, que vio con curiosidad la comida antes de sonreír y abrir su boca con un sonoro "aaaah".

- Um, ¿Raven? -llamó él en cuanto tragó las botanas-. Tommy ya terminó, pero... está inquieto.

- Tiene gases -explicó ella, mientras tomaba al bebé por las axilas y lo ubicaba sobre el hombro del pelinegro-. Ahí, debes palmear su espalda hasta que eructe.

- Oh... -Robin hizo lo marcado, escuchando el burbujeo en la pancita del bebé.

- Eres todo un padre primerizo, Boy Blunder.

- ¿Eso crees? Porque los niños vuelven locas a las chicas -respondió él, con una de esas sonrisas playboy que seguramente adoptó de su mentor.

- Oh sí, el vómito en tu espalda las hará enloquecer -dijo ella con monotonía, virando los ojos.

- ¿Qué? ¿Vómito? Toma, toma, toma al niño -entregó a Tommy en los brazos de Raven mientras un tono verdoso comenzaba a asomarse en su rostro.

Robin salió corriendo de la sala, aunque no se perdió de oír la carcajada de su compañera, y sonrió.

Era lindo escucharla reír.

XXXXX

La película había terminado, y con ella, la paz en la Torre.

Robin había sido testigo de los poderes súper sónicos de Timmy, luego de que el niño le pidiera un bird-a-rang para jugar y él se negara.

El séptimo piso necesitaría ventanas nuevas. Oh, Cyborg no estaría feliz.

Hasta el momento, Tommy había comido dos sartenes, una cortina, el teclado de una computadora, los controles de la consola de juegos, una décima parte del sofá, tres zapatos, una pata de la mesa, un bocado de la puerta de entrada y un tercio de la capa de Raven.

Melva y Bobby jugaban al famoso juego "El suelo está hecho de lava". Aparentemente, hacer que un oso imaginario de quién sabe cuántas toneladas saltara sobre los muebles no era buena idea, y ahora los Titanes debían reemplazar todas sus sillas, la mesa de café y tres escritorios.

Raven se encargó de cubrir, en primera instancia, los ventanales con energía oscura, procurando que no hubiera más accidentes. Luego, los utensilios de cocina. Luego, las estufas. Luego, los electrónicos. Luego, las puertas y, por último, los muebles.

En resumen, toda la sala se veía envuelta en un manto negro que comenzaba a flaquear.

- ¡SUFICIENTE!

Los niños -y Robin- se quedaron estáticos, observando a la iracunda hechicera.

- NO MÁS gritos súper sónicos. NO MÁS muebles devorados. Y NO MÁS suelos hechos de lava -dictaminó, mirando con severidad al oso que intentaba inútilmente ocultarse tras una maceta.

- Raven... Timmy quiere ir al baño.

- Ugh... Vamos Timm-

- No -interrumpió de pronto el petirrojo, que mecía a Tommy procurando que dejara de llorar-. Melva, ¿sabes dónde está el baño? -ella asintió-. ¿Crees que puedas llevar a Timmy?

- Sí. Vamos, Timmy.

Raven quitó todo el campo de energía y la puerta se abrió, permitiendo que ambos niños salieran por el corredor.

La hechicera respiró pesadamente y cayó sobre sus rodillas, horriblemente agotada.

- Raven, ¿estás bien?

- No. ¿Y si se pierden? ¿O rompen algo? -preguntó ella, mirando hacia el pasillo-. Debería ir a...

- No. Melva es grande y sabe manejarse. Tú debes descansar... O cambiarle el pañal a Tommy. Se ensució y yo demostré que soy totalmente deficiente en esa área. Pero luego, descansarás. ¡Ah-ah! Y es una orden.

Robin extendió una mano que Raven tomó agradecida, y la ayudó a ponerse de pie para entregarle al más pequeño en brazos. Mientras ella lo recostaba sobre la mesa, podía ver a su líder limpiando los varios desastres que había por toda la sala.

- Tal vez necesiten algo de aire libre -opinó él, de pronto.

- ¿Aire... libre?

- Sí. Los niños y el encierro no combinan; necesitan descargar energías. Podríamos ir a pasear. ¿Tú qué dices?

- Yo... um, no lo sé...

- Raven, no puedes tenerlos siempre encerrados en un campo de fuerza. Necesitan correr, saltar, y lastimarse también -se acercó a la mesa y tomó el pañal sucio, arrojándolo al cesto-. Mis padres me criaron alimentando leones y montando elefantes, y creo que salí bastante bien.

- Muchos podrían diferir en eso -comentó la hechicera con una vaga y burlona sonrisa.

- Oh, jo, jo, eres tan condenadamente graciosa -dijo él con ironía, mientras tomaba nuevamente a Tommy de la mesa y se lo llevaba-. ¿Tú qué opinas, campeón? ¿No crees que Mamá está siendo muy sobre protectora? ¿Quieres salir a pasear? -el bebé comenzó a aplaudir y patear-. Dile, dile -señaló con un dedo a la hechicera-, "¡Mamá, queremos salir de aquí!".

- Gggghh...

- ¡Eso! Ya lo oíste, él lo dijo.

Robin se giró con una sonrisa que terminó por borrarse a ver el rostro de sus compañera. Se veía algo empañado, angustiado.

- ¿Ocurre algo? -ella negó con la cabeza-. Raven... -advirtió él, dejando en claro que no se compraba su mentira.

La ocultista abrió su boca y la cerró un par de veces, no sabiendo cómo contestar. Le había dicho "mamá", y eso era algo que ciertamente la había descolocado, pero aún no comprendía si de un modo negativo o positivo.

La puerta de la sala volvió a abrirse, salvándola de dar explicaciones que ella no quería -ni podía- brindar por el momento.

- ¡Estoy aburrido! -gritó Timmy, mientras cruzaba sus brazos y hacía un enorme mohín.

- Yo también; ¡queremos jugar!

- Bien, yo tengo una idea -dijo el petirrojo, con una sonrisa victoriosa en el rostro-. ¿Quién quiere ir a la feria?

Los niños comenzaron a saltar de alegría, mientras Raven sólo podía palidecer.

- ¡¿Feria?! Robin, apenas pudimos controlarlos aquí...

- ¡Oh, vamos! Jugarán, comerán, y terminarán tan cansados que se dormirán al pisar la Torre. Estaremos bien.

XXXXX

- Te detesto.

Parecía que los dientes de Raven desaparecerían luego de tanto rechinarlos. Melva tiraba de su muñeza izquiera y Timmy de la derecha, cada uno queriendo llevarla hacia distintos juegos.

Robin la observaba mientras tragaba duro y se mordía un labio para aguantarse la risa. En su pecho, Tommy movía sus piernitas y succionaba su chupete, totalmente hipnotizado por las luces de las atracciones.

- ¡Quiero subirme a los auto chocones!

- ¡Pues yo quiero ganar muchos premios!

- ¡Autos!

- ¡Premios!

- ¡Autos!

- ¡Premios!

- ¡AUTOS!

- ¡PREMIOS!

- ¡SI NO SE DETIENEN, NO HABRÁ AUTOS NI PREMIOS! -ambos niños se callaron, esperando que Raven decidiera adónde ir primero-. Iremos a los autos chocones, y luego buscaremos premios, ¿de acuerdo?

Timmy se puso a saltar, mientras Melva cruzaba sus brazos, ofendida.

- Pero, pero...

- Mel -le llamó Robin, sonriéndole-, tenemos que ir primero a los autos, porque no nos dejarían subir con todos los premios que ganaremos.

Los ojos de la niña se iluminaron.

- ¿Ganaremos muchos?

- Los ganaremos TODOS.

Con ambos hermanos satisfechos, el grupo se dirigió a la primera atracción. La pista era gigante, con casi una docena de autos de distintos colores. Raven y Melva optaron por uno amarillo, mientras Robin y los dos niños eligieron otro color verde.

- Hagamos esto interesante -dijo de pronto el petirrojo, mientras ajustaba el casco de Timmy.

- ¿Qué propones, Boy Blunder?

- ¿Una apuesta?

- ¿Y qué apostaremos?

- Hmm... Te lo diré cuando gane.

- La intriga me matará toda la vida -desafió la hechicera con una cínica sonrisa, antes de ajustar su propio casco y tomar la mano de Melva para ayudarla a subir a su auto.

El juego inició y el contador de choques comenzó a marcar tantos. Robin tuvo que tragarse su orgullo al ver cuán bien Raven manejaba aquel pequeño vehículo.

Maldito Cyborg y sus estúpidas lecciones de manejo.

Sus maniobras eran bastante fluidas -dentro de lo que aquellos rústicos coches permitían-, y esquivaba casi todos los golpes, encestándoles algunos al auto verde en su lugar.

Luego de diez minutos, una chicharra informó que el juego había terminado.

Por tres miserables choques, Raven había sido consagrada campeona. Robin suspiró; no le gustaba perder.

- En serio disfrutaré esto -murmuró la ocultista, llevando ambas manos a sus caderas, que se balancearon con gracia hacia un lado.

El petirrojo se detuvo a observarla. Habían decidido ir de civil para mantener el perfil bajo y no llamar tanto la atención, y realmente estaba agradecido por aquella decisión. Su compañera portaba unos pantaloncillos de jean que caían hasta la mitad de sus muslos, de una tela celeste y gastada, y, bajo éste, un par de medias cancán color negro y unas botas militares del mismo tono. Una camiseta de mangas tres cuartos y escote en V color gris oscuro cubría su torso, sin ningún tipo de ornamento.

A su espalda, colgaba una pequeña mochila negra con distintos artículos que llevaba para los niños.

No era un atuendo que llamara la atención. No era siquiera próximo a la vestimenta que habría usado Starfire; esas que atraen todas las miradas y algún que otro comentario de admiración. Era sencillo, oscuro, y pasaría desapercibido para cualquiera. Pero no para él.

- Tierra a Boy Blunder.

Robin tragó duro y alzó la vista, su máscara oculta tras un par de gafas oscuras.

Raven sentía frustración. Ya le era bastante difícil leerlo con su antifaz, ¡y ahora le sumaba esas estúpidas gafas! No había forma de atravesar tantas murallas.

- Tu cerebro se fue lejos -comentó con monotonía, mientras pasaba junto a él y caminaba con los niños de la mano.

- ¿Eh? Oh, sí. Sólo pensaba que hiciste trampa.

- Yo no hago trampa.

- Seguro hiciste algún truco para mover tu auto con energía. No hay chance de que me vencieras.

- Hubo chance y te vencí. No seas mal perdedor; eres un mal ejemplo para los niños. Si tienes problemas para conducir, siempre puedes pedirle clases a Cyborg. A mí me funcionaron -dijo ella con una sonrisa socarrona, recibiendo un bufido a modo de respuesta-. Mientras el niño pájaro sigue llorando su humillante derrota, ¿adónde quieres ir, Melva?

- ¡Allí! Y allí, allí, allá, ¡oh, ahí! Y allá...

- De acuerdo...

Y así comenzó un interminable recorrido por cada puesto de juegos en la feria. Robin y los niños arrojaron anillos, pelotas, balines de goma, chorros de agua, caramelos y dardos al por mayor, y concluyeron la noche con quince peluches nuevos.

- Bien, ¿quién tiene hambre? Aquí hacen los mejores hot dogs de todo Jump.

El equipo se ubicó en la fila, esperando ser atendidos para recibir su cena.

- Raven... tengo que ir...

- Ugh, um... Llevaré a los niños al baño; nos vemos en la mesas.

Robin asintió mientras ajustaba su mochila porta-bebés, dentro de la cual Tommy dormía plácidamente. Recibió la comida y buscó una mesa, donde se sentó para esperar al resto.

Luego de casi diez minutos pudo ver cómo alguien se acercaba a paso rápido, chocando a todos pero sin detenerse a pedir perdón.

Finalmente, una agitada Raven estaba de pie frente a él, respirando de forma entre cortada y con sus ojos desorbitados y vidriosos.

- Los niños... No están los niños.

- ¿Qué? Rae, ¿qué ocurrió?

- Yo... yo, no lo sé, ¡no lo sé!... Entraron al baño... y los esperé afuera... y fui a buscarlos, y... ¡Y ya no estaban!

Raven se llevó una mano a la frente mientras giraba en su sitio, barriendo el terreno con su mirada.

- Rae, tranquila, los encontraremos. Tú busca por aire, y yo me encargo de recorrer la zona a pie.

La hechicera asintió y se elevó un par de metros sobre el suelo, pero sólo logró caer sobre sus rodillas sin cuidado.

- ¿Estás bien? -preguntó él mientras la ayudaba a pararse.

- No puedo... mis poderes no funcionan.

Robin no se encontró sorprendido por aquella noticia. Después de todo, sus emociones estaban desbordadas. Preocupación, miedo y culpa ahogaban el lazo entre ambos, y era lógico que sus poderes se vieran afectados por tal despliegue de sentimientos.

- No importa; los buscaremos a pie. No pueden estar lejos.

Ambos comenzaron a correr, dando una vuelta por todo el perímetro de la feria. Cinco, diez, quince minutos de agonía. La voz de Raven ya no salía, su garganta cargaba con un enorme nudo que le impedía respirar.

- ¿Por qué los dejé entrar solos? ¡Idiota! ¡Idiota, idiota!

Un cesto de basura se vio envuelto en energía oscura y comprimido monumentalmente antes de estallar en mil pedazos. Robin vio a su compañera llevarse ambas manos empuñadas a su frente, castigándose por su descuido.

- Rae. Rae, mírame -dijo, tomándola por las muñecas-. No es tu culpa. Los encontraremos, te lo prometo. Pero debes calmarte, tus poderes se están descontrolando y es peligroso.

Corrió ambos puños y limpió una lágrima que amenazaba con caer por su mejilla. Raven lo miró a los ojos por un momento y asintió, tomando una gran bocanada de aire y recitando su mantra una y otra vez.

Robin enlazó su mano con la de ella y siguieron caminando, hasta completar la vuelta por el lugar.

Al llegar al puesto de comida, vieron dos pequeñas figuras de pie a un lado del la larga fila.

- ¡Ahí! -exclamó Raven, arrastrando a su líder tras ella en lo que corría para encontrarse con los hermanos.

Cuando los tuvo enfrente, se soltó del agarre del pelinegro y cayó de rodillas, abrazando a ambos en un acto impulsivo.

- Por Azar, ¡¿dónde rayos se habían metido?! -exclamó ella, aunque no había ni una pizca de enojo en su voz.

- Había otra puerta para salir del baño, y... nos confundimos -dijo Melva con una vocesilla, mirando a la mayor con culpa-. Perdón.

- Sólo... sólo no vuelvan a asustarme así -murmuró ella, mientras depositaba un beso en la frente de cada uno y se ponía de pie, tomándolos de las manos.

- De acuerdo, suficiente emoción por hoy. ¿Buscamos otros hot dogs y cenamos? No sé ustedes, pero yo muero de hambre.

Los niños asintieron y se pusieron en la fila, soltándose de la amatista, y Robin avanzó un par de pasos cuando sintió algo golpear suavemente su espalda. Volteó el rostro y vio a Raven, con su frente adherida a la espalda de él, y sus pequeñas manos sosteniendo firmemente la camisera azul que el petirrojo vestía.

- Gracias... gracias... -susurraba ella entre sollozos, totalmente superada por sus emociones.

Él extendió un brazo y giró el torso hasta poder abrazarla y la motivó a caminar, dejando algunos besos en la superficie de su cabeza.

- Sssh, cálmate. Están bien, estamos bien. Tranquila, Mamá.

Pudo sentir a la amatista tensarse por un instante ante aquel apodo, pero no le importó. Después de todo, ella no dejaba de demostrar que era toda una Mamá, cuidando de sus niños. Nada cambiaría eso.

Todos se sentaron en una mesa y cenaron, para luego decidir por una última atracción antes de volver a casa.

Se acercaron a la enorme e imponente rueda de la fortuna y subieron en una cabina, dejando que el juego empezara a girar.

Raven giró su rostro hacia la ventana, viendo las luces de la ciudad nocturna. Ella solía verlas desde la Torre, pero ahora estaban mucho más cercanas y brillantes. Un paisaje digno de admirar.

Robin, entretanto, veía su propio paisaje.

Ojos púrpura teñidos de rosado gracias a las luces de la rueda de la fortuna. Aquel cabello recogido que brillaba con la luz de la luna, y su grisácea piel que lucía increíblemente cálida con las luces amarillas de los faroles. Estaba sonrojada y sus labios, si bien no sonreían, mostraban una fina línea de relajación, que combinaba con la pesadez que sus párpados parecían tener. Un cansancio entendible y una paz totalmente merecida luego del susto que había tenido apenas minutos atrás.

Las luces se movían danzando sobre su piel, y la hechicera bajó el rostro para ver a Timmy profundamente dormido sobre su falda. Luego alzó la vista hacia su líder y sonrió sutilmente, señalando a la niña que yacía dormida contra él.

- Te lo dije: llegarán dormidos a la Torre.

Raven decidió abrir un portal y llevar a todos a su hogar antes que el juego terminara. Unos segundos después todo el equipo se hallaba en el cuarto de Robin. Ambos adultos recostaron a los niños, los cobijaron y apagaron las luces, saliendo de la habitación.

- Iré a cambiarme -dijo Raven, dando una vuelta al corredor para ir a su propio cuarto.

- Bien; te espero en la sala.

Robin reingresó en la habitación y con sumo cuidado tomó un pantalón deportivo que usaba para dormir. Luego volvió a la sala común y se vistió, dejando la ropa sucia sobre la única silla que había quedado en pie esa tarde.

Se acercó a las estufas y colocó una jarra con agua para hacer algo de té y café, cuando oyó el WHOOSH de las puertas abriéndose a sus espaldas. Se giró y vio a Raven, caminando con sus pies descalzos y una enorme camiseta negra, que en algún momento fue de Cyborg, con las letras NYC en amarillo.

Su pelo estaba suelto y desordenado, y venía con sus ojos cerrados y soltando un enorme bostezo mientras extendía sus brazos al cielo.

- Alguien está cansada -dijo el petirrojo, caminando hacia el sofá con dos humeantes tazas en sus manos.

- Mmhm -balbuceó ella, sentándose a su lado y recibiendo una taza de té de vainilla y miel.

- Ven aquí, Mamá.

Raven vio de reojo cómo su líder extendía un brazo, invitándola a descansar sobre su pecho. Dudó unos instantes antes de aceptar, y sintió la calidez del brazo masculino rodeándola una vez se acomodó.

- ¿Por qué sigues llamándome así?

- Porque sigues mostrándote como una mamá cuidando de sus hijos -respondió encogiéndose de hombros, jugando con un mechón de pelo violeta entre sus dedos-. Serías una gran madre, ¿sabes?

- Pf, sí. Perder a los niños en la feria fue un claro indicador de mis habilidades.

- Eso no fue nada; a cualquiera puede pasarle -Robin bebió un sorbo de su taza y comenzó a reír solo, rememorando algo-. Cuando yo tenía como seis años, mis padres me dejaron sobre la plataforma de trapecistas y fueron a prepararse para una función. ¡Me olvidaron ahí, por casi una hora! Haly pasó de casualidad y me escuchó gritando maldiciones porque debía ir al baño. Dijo que nunca había escuchado a un niño tan pequeño con una boca tan sucia... y un diccionario tan rico en insultos.

Raven soltó una breve carcajada que terminó en su nariz, sonando como el ronquido de un pequeño cerdito.

- ¿Esa es tu risa? -preguntó Robin, bajando su rostro para verla-. ¡Que me parta un rayo, Raven acaba de hacer algo adorable!

- ¡Shhh! Deja de gritar. Y cállate, Grayson. No te burles, si sabes lo que te conviene... Aún tengo que cobrarme nuestra apuesta.

- Oh, demonios. Tenía la ilusión de que lo olvidaras -dijo él, dejando caer su cabeza con una sonrisa derrotada-. De acuerdo, ¿qué tienes planeado para mí?

Una mano apareció frente a él, extendida, con su palma mirando al techo.

- Tus gafas.

Robin miró la pequeña mano, luego el rostro de la ocultista, que de pronto se hallaba serio y nervioso, mordiendo compulsivamente la mitad de su labio inferior.

Él dudó por un instante. ¿Era capaz de develar su identidad? Es decir, ya lo había hecho. Raven fue la primera -y única- persona fuera de la Batifamilia que sabía sobre la identidad de Robin. Pero la máscara...

De nuevo, se trataba de ella. Si quería saber cómo era su rostro, sólo le bastaba con escribir "Richard Grayson" en el buscador de una computadora. No, lo que ella quería era acercarlos, saber qué tanto él confiaba en ella, o demostrarle que podía confiar ciegamente en ella, en todo caso.

De modo que se quitó los lentes, depositándolos sobre la pálida mano, y luego llevó sus dedos a un extremo de su máscara, despegándola con cuidado. Al terminar, sus ojos seguían cerrados, como un acto reflejo para defender su identidad de los intrusos. Fueron cinco segundos hasta que logró convencer a su cerebro de que era la decisión correcta.

Al abrirlos, no obstante, vio todo oscuro. Tardó un poco en comprender que las gafas estaban de nuevo cubriendo su rostro, y, frente a él, Raven había volteado su cabeza ciento ochenta grados.

- ¡Eres un idiota! ¡Las gafas! ¡No la máscara!

- ¿Eh? -preguntó el petirrojo, totalmente confundido.

- Es difícil leerte con tus estúpidos lentes sobre la máscara. Sólo quería que te quitaras las gafas.

- ¿Nunca viste mi rostro, Rae?

- Eh... ¿no? Jamás te quitas esa máscara. Apuesto que la usas en la ducha.

- Gracias por imaginarme en la ducha, me halaga -dijo él con una sonrisa-. Pero sólo tenías que buscar mi rostro en Internet.

- ¿Crees que sería capaz de hacerlo?

- Touché -dijo él. Claro que ella respetaba su identidad; se lo hubiese esperado de los demás, pero no de ella-. ¿Y no te dio curiosidad? ¿Nunca? -preguntó con un tono ligero a la nuca de su compañera.

- No...

- Qué mala mentirosa que eres. Pues... -se quitó las gafas y las arrojó sobre la falda de la ocultista-, tienes una oportunidad única frente a ti, o, bueno, detrás de ti.

- No.

- ¿No?

- No. ¿Y si te arrepientes?

- No me arrepentiré.

- Pero, ¿si lo haces?

- No lo haré. Voltea, anda.

Raven respiró profundamente y se volteó, manteniendo sus ojos fuertemente cerrados.

- Oh por todos los... Abre los ojos, Rae -dijo él aguantándose las carcajadas.

- Dick, piénsalo. Si no quieres, no deberías...

- Pero quiero.

- ... No deberías apresurarte; podrías arrepentirte...

- No me arrepentiré.

- ... Es tu identidad, y...

- ¡Son sólo ojos, Raven! -exclamó con una enorme sonrisa.

- ... y no quiero que...

- Oh, tú te lo buscaste.

Tiempos desesperados, requieren medidas desesperadas. Interrumpió su torrente de palabras (nunca había oído a la hechicera hablando tanto), poniendo ambas manos sobre sus costillas y moviendo los dedos rápidamente, generando un cosquilleo infernal en le cuerpo de la hechicera.

- No ¡No! No, no ¡Agh! ¡Suelta! ¡Suelta, Grayson! -chillaba ella mientras intentaba contener sus carcajadas y los ronquidos que amenazaban con salir por su nariz.

- Mírame, mírame, mírame, mírame -repetía él con un tonito melódico.

- Mierda, ¡mierda! ¡Fuera, Grayson! ¡Basta!

- Oh no, ¿tú acabas de decir "mierda"?

- ¡Demonios, Grayson! ¡Ya, ya, ya!

Raven cayó de espaldas sobre el sofá y se sorprendió de sentir un peso sobre ella. Detuvo su risa y, con los párpados aún cerrados, pudo detectar la cálida respiración del petirrojo en su rostro. Cuando su líder finalmente dejó de atacarla y ubicó ambas manos a los lados de su cabeza, la sorpresa invadió a la amatista, que abrió sus ojos, chocando con Rob... No.

Con Richard Grayson.

Se encontró con dos lagunas azules. Un azul eléctrico, con rayos celestes y grises e incluso verdes. Era como obsevar un mar tropical, lleno de colores y vida.

El primer azul cálido que había visto en su vida.

- Las chicas suelen decir que mis ojos son hermosos, pero quedarse sin habla también es una buena reacción, supongo -comentó Robin, con una media sonrisa que dejaba ver un tentador colmillo.

- Me hiciste cosquillas.

- Parece que sí.

- Estás jugando con fuego, Boy Blunder.

- Qué bueno.

Una brisa interrumpió su pequeña charla, y voltearon para ver una parte del ventanal de la sala destruído.

- Ugh, um, yo...

Raven hizo su mejor esfuerzo por salir de aquella pequeña prisión que el cuerpo de su compañero representaba, rodando para caer en el suelo y finalmente ponerse de pie.

- Tal vez deberíamos ir a dormir -opinó la hechicera, extrañando horriblemente su capucha.

- Sí, claro -dijo él en lo que se levantaba y comenzaba a caminar hacia la puerta.

Recorrieron los pasillos en silencio hasta llegar al cuarto del petirrojo.

- Dormiré con ellos hoy.

- De acuerdo. Yo pasaré a buscar algo de ropa y me iré al cuarto de huéspedes.

La puerta se abrió lentamente y Robin entró con el sigilo digno del hijo de Batman. Tomó un uniforme limpio y volvió al corredor, donde le esperaba la hechicera.

- Bien... Buenas noches, Rae.

- Buenas noches... Dick.

El pelinegro depositó un beso veloz en sus labios y la observó un momento antes de irse, con una sonrisa triunfante decorándole el rostro.

Diablos, qué hermosa se veía al sonrojarse.