DISCÍPULO TORTUGA


-¿Qué pasó?

-Termino el efecto del agua –Karin se le acercó y le quitó el vaso de la mano.

-No, no puede ser, tiene que haber más –recriminó el joven namek.

El Maestro Karin vertió sobre el vaso un tanto más de agua y dijo.

-Descuida, solo vuelve a tomar un poco y listo.

Le alcanzó el vaso ya lleno y, mientras veía su reflejo verde pálido en el agua, dijo:

-Es muy triste, todo esto.

-Lo sé, lo sé.

-Gine está embarazada ¿no es cierto?

-Eres muy bueno deduciendo cosas ¿Qué te hace pensar eso?

-Para empezar maestro –dejando a un lado el cubilete y enfocándose en la charla-, de no ser así, no me hubiera hecho ver esa aburrida escena entre Nappa y Raditz, también, considerando que me mando ahí para ver el origen del señor Goku, es raro que él no apareciera en todo este tiempo.

-Supones qué Gine ya está en cinta, esperando a Kakarotto.

-¿No es así?

-Estás en todo lo correcto Dende, bien hecho.

Meneó el cubilete en su mano, ya estaba preparado para regresar al tiempo, para volver con Gine, con Raditz.

-Aunque… -dijo- me parece… "extraño" que Bardock no este con ellos, por lo que entendí de las declaraciones de Nappa, él debió esperar unas semanas antes de ir al planeta… ¿Cold Austin?

-Cold Stone.

-¡Eso!

-Sí, puede que tengas razón, pero el deber es el deber.

-Maestro, disculpe si me paso de la raya pero… un sujeto, un maldito patán, insultó y lastimo a su… esposa, compañera, que sé yo. ¡El deber de Bardock era protegerla!

-¡Dende, tranquilízate! ¡Tú no conoces la mentalidad de Bardock para decir que es un desobligado!

-¡Entonces ¿por qué apresuro el viaje?! ¿Eh?

-Podría deberse a la reciente muerte de su padre, sucedió solo tres días antes de todo esto… ahora mejor bebe esa agua. Que esto continuara.



De un saque empapado en cólera, tragó de seco el vaso, no dejando ni huella del incoloro, saboreando el sinsabor líquido. Escurriendo por su morada lengua la deformación del tiempo y de la realidad.

Esta vez apareció bajo la luna, chocando sus harapos con el poderoso viento rojizo, en medio de la plaza vacía, donde solo dos almas buscaban consuelo en el magnífico firmamento. Él era uno de ellos, traído hasta acá por aguas misteriosas; el otro era Raditz, caminando con la cabeza sostenida sobre el cielo.

-¡Demonios! –Gritó el saiyajin- mira lo que provocas Raditz, por tu culpa Bardock se fue y ahora mamá está triste… como si no fuera suficiente con esos tres malditos años.

-¿Tres años? –A Dende se le decayeron las cejas y los labios. Joven afligido por penas, asemejando la empatía con esa familia, con esa tierna mujer, con ese muchacho de pelo largo.

-Tres años en su calendario –dijo Karin-, en el nuestro vendrían siendo algo así de siete años.

-Siete…

Iba por preguntar por esos años, pero fue interrumpido cuando el saiyajin le robó al aire el aliento y vocifero contra el mundo.

-¡Estúpido sueño!

La luna cayo frívola por la intermitente noche, los relojes se agitaron y alteraron de un sinfín de formas. Los inmensos contornos de los techos explotaron y el poder cegador del astro coronado en la cima de Root atacó con su luz contra las pupilas de Kami Sama.


En lapsus relativos su mundo deformo, la noche paso y el día –misteriosamente- llegó en tonos de azulejo amarillo, de un color rosado, y un azul por alrededor del Sol. La plaza paso de a estar ocupada por tropecientos saiyajin, yurtas y demás. Pero entre tal gente, Raditz no estaba.

No era tonto, de prisa surfeo entre las cabezas saiyajin que atiborraban el baldío y lanzando su Ki pronto dio con aquella casa cupular, de ventanas cóncavas. Sin importarle lo incomodo que era traspasar la puerta de metal, igual que lo hacen los niños traviesos con la neblina consecuente al rocío.

-Raditz, hazme ese favor ¿sí? –Gine estaba sentada en una silla, mientras Raditz caminaba hacia la puerta.

-Es que, mamá, sabes que no me gusta ir al palacio.

Dende se le acercó a la mujer, feliz de verla sonriendo una vez más a esa saiyajin con el cabello revuelto en su espalda. Lo único que fue capaz de sacudir su paz, de descuartizar el tranquilo ambiente fue "eso", aquella pequeña bandita blanca en su nariz, signo inequívoco del daño que sufrió ayer.

-Has lo por mí ¿Si? –insistió la mujer.

Raditz suspiró y dijo.

-Está bien, se lo diré a Vegeta- Raditz salió al trote.

Antes de acompañar al muchacho, miró a la madre abnegada que despido a su hijo con una sonrisa y una mano en su lastimado tabique. Deseándole toda la suerte que le cabria a ese corazón de azúcar.

-Muy bien, -dio Karin- ahora debes ir con Raditz.

-Eso hago.

-¿Eh? ¿Qué?

-No soy tan predecible.

Lo acompaño flotando por el camino de "ayer", ese que tomó con Gine hasta el castillo real. Ya estando frente a los muros, conectó la afinidad de Raditz con el príncipe, un crio de al menos tres años portando una emblemática capa roja en sus hombros. Dende descendió los pies hasta el piso y observó acallado.

-Muy bien, supongo que Nappa ya te habló de nuestra próxima misión –El príncipe, figura y porte encogidos del que respondía a su tiempo. Con esa voz infantil pero penetrante y esa mirada altanera que no se atrevió a mirar a Raditz.

-Sí, es patético volver a un planeta ya conquistado.

-Lo sé, no debes alagarme –el orgulloso "principito" de brazos cruzados, rondo indiferente entre la multitud y Raditz, del doble de su altura, lo acompañaba por la retaguardia.

-Sí, sí… por cierto, no hay problema en que mi madre no se presente hoy a trabajar.

-Sabes que yo no pasó tiempo ahí.

-Sí, ya lo sé, pero no crees que le molestara a los demás.

-La reina y tu madre siempre fueron compañeras, no creo que le moleste.

-Bien… por cierto me entere que la reina esta en cinta.

-¿Seguirás parloteando tanto?

Los saiyajin seguían caminando y Dende, en su propia versión de la caminata lunar, los seguía.

-Solo quiero saber si es que acaso tendremos un nuevo miembro en el escuadrón.

-Pues para mi desgracia, así será, espero que no cause mucho problema. Ya es suficiente contigo y Nappa.

Cuando estuvieron por llegar al mercado giraron en la esquina hacía un pasaje vacío, diferente al aglomerado del comercio en esa plazuela. Este camino seco y amarillento, combine perfecto al cielo, para Dende y sus poderosos oídos, no fue sino una señal ruidosa del batallón ensangrentado, estandarte para los saiyajin.

Antes, con Gine, cruzó por un amplio pasillo custodiado de pilares guiando a un enorme portón. Esta vez, el pasillo por el que siguió a los saiyajin, era angosto y llevaba hasta un filoso cuartel de entrenamiento, uno de los cuatro estadios que mencionó Karin.

Cruzando los corredizos se llegaba hasta una plataforma a por lo menos cinco metros sobre una arena ovalada. El bullicio de gritos guerreros y la atosigantes pesadez del coliseo enmarañado de armaduras y maquinaria bélica. Guerreros y guerreras que al momento de ver entrar al infante de capa roja, apoyaron una de sus rodillas contra el suelo.

-Muy bien –dijo el príncipe- ¡Sostén mi capa! –De un tirón se arrancó el manto rojo y lo lanzó contra Raditz. En pocos instantes, el pequeño guerrero (recuerdo del gran David), ya se había puesto a pelear contra los más fuertes entre los adultos.

-¿No crees que deberías estar cuidando de Gine? –decía el eco en la voz burlona del gato.

-¿Eh?

-Muchacho, deja de ver como se agarran a puños, lo interesante está con Gine ¿recueras que ella es la embarazada?

-Ah, sí.


Dende arrancó el vuelo sobre la arena y el "pódium". Resbaló por los metales oscuros del castillo y, guiado por el mercado y el baldío, llegó hasta el hogar más amable entre esos áridos paisajes del planeta Vegeta.

Estuvo por entrar en la casa, cuando vio a la saiyajin saliendo de esta, frotándose la vendita sobre su nariz, quejándose con gestos graciosos en sus mejillas. Dende la sigue, un protector celestial en una aureola que no existe todavía, desde el cielo la cuidó sin importarle la impotencia de su estado.

La mujer, a partir de la plaza, tomó un nuevo rumbo, contrario al este de las montañas Root. Por caminos de roca, entre casas rojas y verdes, hábitat de animales gigantescos y diminutos. Ningún rastro de los saiyajin, tan solo Gine, una mujer que calurosamente saludó a críos de otras especies.

Una zona pintoresca, valía decirse, notoriamente libre de la influencia saiyajin.

-¡Oye, Krat! –cuando Kami Sama se dio cuenta, ya había llegado hasta una tranquila casa verde de dos balconeras, larga y tosca como la arquitectura en todo el planeta.

-¡Gine, que sorpresa! -de la casa salió un vetusto caballero, chaparro con la barba tan larga como su demora túnica e imponentes hombreras. Con la cabeza pelona por la edad y la mirada de ojos serenos.

-Me alegra que todavía estés en casa, es que, veras, necesito que me acompañes a hacer unos exámenes.

-¿Tienes algún problema? ¿Qué le paso a tu nariz?

-No, no es nada…

-Es por el problema que tienes con ese guardia en tu trabajo ¿verdad? –Gine asintió, cubriéndose apenada su vendita en la nariz- ¡Ay, Gine! En algún momento debes avisarle a Bardock sobre ese problema, no puedo curarte siempre que ese sujeto te golpea y no quieres que Bardock se entere.

-Sí, sí ¿Ya estás feliz? Pero bueno, ya no me sermonees. Además, no vengo por eso.

-¿Entonces?

-Ya te enteraras, ahora ¿me llevas?

-¿Quién es él? –preguntó Dende.

-No oíste –dijo el gato- ¡Es Krat!

-No, sí, ya sé que se llama Krat, pero, que hace en la historia.

-Aunque su aspecto sea semejante al de los saiyajin o, incluso, al de los terrestres; él pertenece a una raza sideral, muy sofisticada, llamada los sharrlatan.

-¿Qué? ¿Charlatán?

-¡No juegues conmigo niño! Dije claramente los sharrlatan y son los médicos al servicio de Freezer.

Krat giro por la esquina, seguido por Gine, hasta que dieron con una aeronave pequeña de larguiruchas alas. Se subieron y así partieron más hacía el lejano este, dónde lo pintoresco se deformaba en matices de hierro. Dende se quedó corto para cruzar los aires y seguirlos, pues pronto la oscuridad lo atrapo y brincó el reloj una vez más.


Luego se encontró a sí mismo, en una habitación blanca e intrincada, pulcra y con un aroma sofocante entre lo espeso de la luz verdosa.

-Supongo que este lugar es alguna clase de hospital –Dijo Kami Sama.

-Es de hecho un Hivanda. –Le respondió el gato- En lenguaje de los sharrlatan es algo así como "donde se cura".

Indagó por el lugar con sus agudos sentidos de namek, atraído por lo complejo en la maquinaria y embelesado por el poderoso níveo que saturaba su visión. Sus ojos eran inútiles por el sacudir en el espacio blanquecino, su tacto intangible, desechado. Solo sus largas orejas pudieron encontrar a la saiyajin.

-¡Vaya! Se nota que estás muy entusiasmada –la enérgica voz era reconocible para Dende, se trataba de la misma voz de mujer que rescato a Gine del altercado en el castillo. La reina de largo cabello marrón e imponente porte.

-Si… -Dende se acercó, despejando la luz potente luz de sus ojos con su palma, encontró a la reina sosteniendo por los hombro a Gine, tensa e incómoda, quizás esperando por los resultados de esos dichosos exámenes.

-Muy bien Gine, -por un corredizo pasaje entró Krat, manteniendo en sus añejas manos un tablero metálico- supongo que debo felicitarte, estás en cinta.

Dende sonrió triunfante por acertar en un diagnostico improvisado y claro que no era el único así de contento. La reina, cubierta por una emoción pegajosa, afablemente felicitó a Gine sacudiéndole el cabello, ya de por sí, despeinado.

Especiero de dicha, fue la noticia, un nuevo niño esperando para llegar al mundo, un querubín hecho regalo esperando por nacer y vivir en el seno de su madre. Su madre, la dulce saiyajin que tenía a sus ojos tristes y a su espalda encorvada, sin el mínimo atisbo de una sonrisa en sus labios rojos.

-¿Qué paso? –Dijo la reina- ¿acaso no estás feliz de que tendrás un hijo tan fuerte como su hermano o padre?

Kami Sama no podía saberlo, no tenía manera, pero presentía que detrás de esa sonrisa forzada que Gine le dio a la reina escondía gotas saladas. Ya no existía ese brillo en sus labios ni esas arrugas chistorras en sus ojos.

-Gracias –dijo Gine-, felicidades también por tu segundo hijo.

Algo añejo circundo por sus recuerdos y electrizó sus neuronas, navegando por un lejano y desolado mayo, y también de un febril febrero.

-Esto… -sus palabras nadaron en el perdido reloj, demente minutero que sacó de sus cabales al segundero en una danza surrealista del tiempo. Solo fue el más corto, ese que señalaba la hora, quien en su cordura permitió a Dende saltar hasta los instantes cuando Raditz llegaba su casa, todo destrozado.


-Esto me parece familiar –termino Dende.

-¿Cómo un Deja Bu? –pregunto el Maestro Karin.

-Sí algo así… -Dende, con la luna cayéndole en la cabeza miró la malla de Raditz destrozada y esos pedazos de tela colgándole los hombros - Pero supongo que es algo estúpido, como el destino.

-Dende ¡no deberías sacar conclusiones tan apresuradas!

-¡Ay! Está bien, no grite.

Concorde al taciturno ámbito vacío, sin saiyajin ni otras especies rondando el silencio. Raditz llegando a su casa, saludando con la voz ronca y los brazos lánguidos. Tambaleando sus piernas, mareando el camino.

-¡Mamá! ¡Ya llegué! –ambos entraron a la propiedad.

-Raditz –Gine, a diferencia de antes, traía consigo, cual gallardete, una indeleble sonrisa contagiosa, maravilloso rastro de felicidad entre sus dientes-. Veo que estuviste entrenando con Vegeta, ya te he dicho que no me gusta que vuelvas con las ropas tan destrozadas, mira que sin tu padre aquí será muy difícil conseguir otro.

-Lo siento mamá –Raditz, en unos segundos de inanición para el namek, llevó su mano a su nuca y bajó la cabeza, con la sonrisa boba y familiar en aquel hijo regañado-, es que me emocione.

-Bueno no importa, ven aquí –Gine trajo un pequeño cajoncito blanco de una repisa sobre la mesa, esa a la que Raditz lanzó su rastreador. Luego la mujer se sentó en esa banqueta y Raditz se paró frente a ella. "Algo común" pensó Dende.

-Mamá eso arde.

-Soportas golpes más fuertes que eso, así que no seas un quejumbroso como tu padre –Gine sacó un pequeño frasco azul y un pedazo algodón. Empaño al fibroso con el líquido del frasco, para pronto untarlo entre los moretones del rostro de Raditz.

Repetir según sean las marcas que dejo el entrenamiento, los raspones así como también los moretones dejados en el cuerpo de saiyajin. Dende sonrió, no pudo evitarlo, es que aquella escena, de una madre cariñosa cuidando de su primer hijo; resultaba ser, hasta un extremo punto, melosa.

Se aceró más a ellos, vio los gestos de Raditz cada vez que la tela le rozaba las marcas en sus brazos. Vio la sonrisa de Gine y, más de cerca, unos pequeños cristales resbalosos colgando de las largas pestañas de la saiyajin.

-Mamá ¿qué tienes?

-Nada hijo ¿por qué?

-Es que estás llorando.

-Estrellitas –le dijo Gine, ya no pudiendo con los bálsamos que desbordaron sus ojos.

Sin avisar, sin siquiera alguna advertencia, abrazó a su hijo mayor con tal ímpetu que Dende se sobre esforzó para tampoco unirse al mismo.

Lo apegó a su pecho y entre llantos, al oído, la madre le dijo.

-Ya no estaremos solos mi niño, ya no…

-¿Qué?

-Voy a tener otro hijo, Raditz… ¡Tendrás un hermanito!

Dende, alegrado a más no poder irradiando en su pecho euforia y dicha incorruptible, socavando cada sabor amargo que se hubiera presentado. Miró a Raditz, con ese gasto transitorio de la sorpresa a la emoción.

-¡¿En serio?! ¡Wow! ¡Genial!

-Dende –dijo Karin- ¿estás llorando?

-¿Qué? Yo no estaba… es que… bueno.

-Tranquilo, no debes explicarme nada.

-¿Sabe maestro? –Dende, incoherentemente, abandonó la casa, ya no pudiendo con el potente cariño del abrazo- No sé porque, pero está escena me pareció muy tierna.

-Sí, a mí también.

-Deja Bu –dijeron ambos.

-Otra cosa… mire maestro, la mujer de la capa roja era la reina ¿no es cierto?

-Así es.

-Es que… me resultó extraña su actitud, considerando que es la madre de Vegeta es muy… muy tranquila, amable.

-¡Eso es lo más estúpido que he oído!

-¡Oiga!

-Mira, olvídalo, te diré que por los próximos ocho meses en Vegeta, no sucedió nada rescatable.


El viento retumbó sobre la realidad, sonoro eco que divulgó al infinito manto y se reacoplo en diferentes colores y paisajes, somnífero de la luna olvidada, cielo amarillo amarronado. Kami Sama notó el cambio al tiempo y al espacio, y al poco percibió al desparramo de sangre salpicar contra su cara intangible. No lo manchó, no había manera.

-¿Qué demonios?

Era un baldío arenoso, peculiar por su ambiente seco y sus ruinas, suerte de casas por toda la cercanía. Diferente al anterior, en medio de este, tres fieros saiyajin recibían y daban a golpes en un espectáculo sanguíneo. Rodeados de otros saiyajin apoyando o abucheando, un encuentro de púgiles salvajes.

-¿Qué pasa? ¿Por qué la matanza? –preguntó Dende con gestos de repudio asomándose con cada charco de sangre atestando el piso.

-Supongo que notaras que le vida en Vegeta no es la mejor –puñetazos, patadas, rodillazos; todo acompañando con la voz tranquila del gato-. Estás peleas se dan cuando se pretendo conseguir objetos de valor, tómalo como una subasta.

-Maestro –dijo Dende rondando por la muchedumbre-, he visto subastas y déjeme decirle que esto no se parece a una.

-Para los terrestres tal vez no, pero para los saiyajin esta es la única forma de obtener objetos de sumo valor que luego pueden cambiar por comida, dinero o nuevas armaduras.

-¿Qué tipo de objetos?

Ese griterío comunal, los bramidos por los golpes, la mandíbulas crujiendo, los huesos partidos. Las manchas del suelo, mezcla de sangre, sudor y fango, los retazos de piel y carne expulsados sobre los "aficionados".

-Metales preciosos, chatarra alienígena, ese tipo de cosas.

-¿Qué tengo que hacer aquí?

-Gira a tu espalda.

Así obedeció, viró y se encontró con los ojos rojos de saiyajin furiosos encarnados en la batalla frente a ellos. Pero, más hacia al fondo, esos muchachos de cabelleras inconfundibles.

-Recuérdame ¿por qué estamos aquí? –dijo el príncipe, quien no portaba su larga capa roja.

-Ya te lo dije, necesito el dinero –respondió Raditz.

-¿Y piensas conseguirlo aquí?

Raditz se encogió en hombros, miró a su alrededor con los labios entreabiertos y dijo:

-No se me ocurre otra manera, además Bardock no volvió desde hace meses y necesito el dinero para unas cosas que necesitara Kakarotto cuando nazca, también un nuevo traje de batalla, este se queda pequeño.

-¿Kakarotto?

-Sí, así se llamara mi hermano…

-… ¡Ya! ¡Ya! No pedí la historia de tu vida, ve a pelar, no soporto estar entre tanto débil.

Dende observó atento la discusión. Particularmente esas versiones infantiles, de Vegeta y Raditz no atrapaban sentimientos de pavor sobre él, de hecho, hasta la voz de Vegeta –tan chillante- le daba un toque de gracia.

Raditz, con la frente firmemente en alto y los ojos sagaces se involucró en la pelea por comenzar. Una que prometía al ganador un saco de piedras azules amontonadas sobre un mesón, custodiado por una abominable y grotesca lagartija de un solo ojo.

El muchacho de larga cabellera se presentó como el más joven de todos y, así, como el más inferior. De pie y solitario contra gigantones, consiguió mantener un ritmo llevadero por los primeros instantes de la pelea. Pero pronto se dio cuenta de la desventaja abrumadora que llevaba.

En solo segundos, tras el avasallante impacto de una bota, que lo dejó con hemorragias sobre el cráneo. Raditz no tuvo más salida que soportar los golpes, manchando su pelo con sangre seca, dejándole heridas sobre un brazo hinchado y con las piernas libradas a responder.

Era una cruenta carnicería presenciada por agresivos guerreros, un "principito" indiferente y un namek de piel verde pálido. Dende no toleraba ver tal matanza, solo enfocaba su atención sobre el saiyajin más joven. Sobre sus brazos cruzados deteniendo ataques, sobre su mandíbula a presión, sobre sus ojos lanceros prueba fidedigna de la familiaridad con su hermano.

Obstinados y perseverantes resistieron sus ojos aun cuando su cuerpo daba la impresión de estar destruido.

Kami Sama ya no tolero la paliza que recibía Raditz. Cerró los ojos y desvió el rostro, maldícenos a la vez a su oído por todavía mostrarle imágenes sin color, a ondas y frecuencias graves, de bramidos de dolor.

Estuvo así por mucho, demasiado. Deseando a Karin sacarlo del sangriento ambiente penetrándole por los oídos, frunciendo el ceño. Pronto el vitoreo cesó, no escucho más golpes ni alaridos de la muchedumbre.

Abrió los ojos sobre la gente, esta se retiraba bajo balbuceos, luego vio el campo de combate vació, pintado de venas abiertas.

Luego el silencio, el llano vacío. Buscó rápidamente a los saiyajin más jóvenes del gentío y se sorprendió por ver a Vegeta sentado sobre una roca con un inconsciente Raditz a sus pies.

-Eh… -decía Raditz reanimando su cuerpo demolido- ¿Qué paso?

-Te desmayaste y tuve que sacarte de esa zanja –respondió Vegeta, indiferente.

-¡Diablos! ¿Qué voy a hacer?

Esa frase fue solo un soplo al viento, se perdió tan rápido como se comentó. Se perdió así como los saiyajin, como la sangre, como la tierra, como cada pedazo corroído de metal. Perdidos entre fraccionarios pedazos de realidad inquebrantable, suspendida en el espeso manto del infinito, de lo eterno.


Dende observó maravillado –así como antes ya lo hizo- a cada retazo del espacio y del tiempo apiñándose en una nueva escena.

-Se siente tan raro –dijo el namek-, es como cuando metes la mano en la gelatina, pero por todo el cuerpo.

Se sacudió algo incómodo y luego giro de lleno para encontrarse aroma tibio y relajante, de regreso en la casa de Gine. Miro a su interior, curioso, una de las banquetas tirada, platos sin lavar sobre la mesa.

Raro, pues recordando las pasadas veces no encontró tal alboroto. De la casa relucía lo impecable y ahora, con tal chacota, perdía esa esencia. El viento chocando contra las ventanas era la prueba y el sosiego de Kami Sama no hizo más que descentralizar el ambiente.

-Maestro -dijo Dende, con un tono bajo, gélido y desesperanzado-, ¿Cuánto avanzamos con el salto en el tiempo?

-Fueron como dos meses.

Kami Sama, completo los datos en su cabeza con el corazón brincando en desesperación. Las manos quietas y temblorosas, aterradas a más no sentir el estómago deseando escapar.

-No puede ser.

Sale corriendo exasperado, asustado por el desconcierto y ansioso de llegar hasta ese lugar, ese… ¿Cómo se llamaba?... ¿Hivanda?

Pero no pudo continuar, ¿cómo?, si a nada de salir de la casa se topó con el saiyajin de pelo largo.

-¡Mamá! –grito este asomando su cabeza por la puerta.

Solo escuchó al muchacho entrar en su casa e indagar por ahí buscando a su madre. Y por eso es que le ardió la garganta, por desear avisarle al niño de su madre, por contar sus impulsivos desenlaces y conclusiones. Gritarle a Raditz que saliera rumbo al Hivanda ahora mismo.

No hubo necesidad de eso.

Pronto Raditz salió de su casa y con la mirada ante él, este elevo su Ki por encima de la ciudad, perdiendo su estela contra el amarillento día. Dende, todavía estupefacto entre las arenosas pistas, soltó el aire atascado en sus pulmones y ascendió al cielo, siendo lo más veloz que pudo para alcanzar a Raditz.

Y lo siguió, lo siguió sin importarle la ciudad irregular debajo de él, sin importarle las montañas deformes a sus costados ni el cielo caramelo en su cabeza. Solo le importó seguir a Raditz y encontrar a Gine, encontrarla y, aunque no pudiera hacer nada, dejar a un lado el pavor que le susurraba al oído "corre".

"Corre" "Corre".

Se perdió en el susurró hasta que estuvo ya en el sanatorio. Persiguió a Raditz entre los laberinticos pasillos, saturando su vista con ese despreciable blanco en cada pared y mueble.

Y se le congelo el corazón en solo instantes, parándole la circulación y destruyendo su pecho, estrujándolo sin compasión. Nada lo tenía preparado para el sollozo que escuchó al cruzar una de las esquinas con ese olor a mercurio entre sus paneles.

-¡Demonios, Bardock ¿dónde estás?!

Esa voz era de Gine, gritando en suplicas, implorando al cielo por la aparición de su compañero. Angustiando los oídos al namek, destrozándole el alma viendo a un tosco enfermero arrojar fuera del pasillo a Raditz.

No tardó en responder, analizando su estado indómito sobre lo tangible de la sustancia; a travesó de un tajo la blanca pared y cada cuarto buscando a la mujer. Cruzó cinco habitaciones parpadeando su vista, alternando el color con el vacío de tintes, mientras atravesaba los muros del Hivanda.

Y finalmente llegó, pero es que el desalentado órgano vital estrujo su pecho y luego lo relajo en un suave colchón. Gine no estaba tan mal como su mente analizaba a raíz de los gritos suplicantes que arrojaba.


Pero no, ella sigue estado ahí, en lo más hondo de un sueño.

Torció las cejas extrañado de no encontrarse entre lágrimas. En lugar de aquellos cristalinos ríos salados solo había la placentera imagen de una cama, una mujer recostada en ella, una silla y un joven saiyajin descansando en la misma.

-¿Qué?

-Vaya manera de hacer saltos en el tiempo muchacho –dijo Karin.

-¿De qué hablas? ¿Cómo? ¡¿Cómo paso esto?!

-Saltaste en el tiempo ¿qué no es obvio?

-Mmm… sí, eso tiene sentido ¿cuánto tiempo saltamos?

-Cinco horas. –Dende, sigiloso y sonriente, se acercó a la cama. Con el faro sobre su cabecera, Gine dormía y en su compañía, ese saiyajin de cabello largo y despeinado. Hasta ahora que no se había dado cuenta del raspón en el brazo del joven.

Y por medio de sus colmillos, tiernamente sonrió a esos ojos, aun de mujercita, reanimando sus pupilas, extendiendo su boca y un bostezo, elevando sus brazos contra el faro colgante. Acomodo su cabeza en el almohadón y al girarla encontró a su hijo durmiendo sobre una banqueta.

-Mmm… mamá –Bueno, quizás no estaba tan dormido- ¿ya despertaste? ¿Estás mejor?

Y ella le respondió con la voz ronca.

-Sí hijo, ya estoy mejor –miró a su hijo con una sonrisa risueña en sus labios, a lo que este respondió con gestos impresos sobre algo similar a la felicidad-. ¿Acaso dormiste en esa banqueta? ¿Qué paso con ese raspón en tu brazo?

Raditz cruzó sus brazos y en el derecho observó la ausencia parcial de piel sobre el rojo flameante de su codo.

-Es solo una herida de la misión, nada más.

-mmm… -ese mohín de disgusto gracioso en la mujer- bien, espero que hayas sacado mucho provecho a la misión –y sin decir nada, levantó las sabanas y se puso de pie. Ahí Dende percató que ya no usaba su típica armadura, más bien una especie de uniforme gris- Bueno, Raditz, vayamos a ver a tu hermano.

-Espera ¿qué? Creo que sería mejor que descansaras.

-Estoy bien hijo, vamos con tu hermano -Gine se acomodó el cabello sobre sus hombros.

-Pero… -sin más repuesta su madre abandonó la sala.

A Dende no lo quedo de otra que seguirlos por el pasillo hasta una recamara de cristales grises. Con incubadoras de recién nacidos llenando la sala. Separados por el género, niños de colas grises y brillantes a un lado; y niñas de colas marrones y opacas al otro. Dormidos en perpetua sincronización de pecho, inhalando y exhalando los aires de menta.

De entre ellos resonó el lloriqueo agudo de uno especial, en la cuarta fila al centro, con las siete puntas del cabello salpicándole al aire las lágrimas berrinchudas del bonachón neonato.

Dende se acercó antes que ellos, sin preocuparse por esos reservados médicos en mantas blancas. Y ahí, más de cerca, observó esas siete puntas inconfundibles, esos gestos sin par, esa mirada familiar decidida.

Kakarotto, un recién nacido que mancho de humedad sus cabellos, llorándole al cielo raso, machacando los tímpanos. Aquel extraño niño que iba bamboleándose de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha.

Y ese movimiento insoportable y, a la vez, atrapante no cesó hasta que un par de brazos lo cargaron, ronroneándole dulces al oído, dando comodidad a los gestos de llanto.

-Ya, ya mi niño –le decía Gine tratando de calmarlo- ¿Sabes Raditz? –Y le acomodó el peinado mientras su hijo mayor se acercaba- tú eras igual a tu hermano, claro que no llorabas tanto pero igual te calmabas solo cuando te cargaba.

-¿Uh? Ah, ya veo –Raditz se acercó curioso a su hermano.

-¿Quieres cargarlo?

-Este… ¡Claro!

Raditz, para Dende, no era muy apagable a las descripciones vagas que un día le dieron de él. Era más calmo y jovial. Así lo comprobó cuando vio lo contento en sus ojos al cargar a su nuevo hermano, Kakarotto.

-Jejeje, Kakarotto yo soy nada menos que tu hermano mayor: ¡Soy Raditz!

Dende sonrió, Raditz sonrió, Kakarotto sonrió, Gine sonrió. Festival gris de sonrisas.

-Raditz… -dijo Gine bajando tonos a su voz- prométeme una cosa.

-¿A qué te refieres mamá?

-Prométeme que cuidaras el bien de tu hermano, en todo momento.

-Mamá, yo…

Gine se agachó a la altura de su hijo mayor, lo tomo de los hombros y, mirándole fijo a los orbes de carbón, le dijo.

-Promételo ¿sí?

-Está bien mamá.

-Ufff –Dijo Gine, cansada, irguiéndose nuevamente- Ya no estoy en forma, creo que será mejor tener un poco entrenamiento cuando vuelva tu padre.

Dende miró a Raditz y encontró ese ceño fruncido, al mismo que llevaba a su hermano de regreso a la cuna.

-Madre… Bardock se fue por diez meses, tomando misión tras misión y no volvió, no supimos más de él todo este tiempo… ¿Qué te hace pensar que ahora volverá?

Entonces Raditz se salió sin oír los susurros que Gine daba como respuesta, caminando con el rencor guardado en sus puños, crujiéndole los incisivos. Dende lo siguió, claro está, afligido en el descaro de la malvada terquedad saiyajin. Lo persiguió hasta quedar afuera y a muchos metros del Hivanda.

-¡Maldito! –gritó el saiyajin con toda su ira atentando contra una piedra.

Dende maldijo haber girado su vista después de la destrucción, maldijo como nunca seria de alguien como él. Maldijo a Karin, maldijo al cielo y -¡Con mil demonios!- maldijo al saiyajin de armadura verde y cicatriz en la mejilla que apareció a espaldas del joven.


Y el espacio se convirtió en solo gritos con eco en un abismal fondo. "¡Maldito!" "¡Maldito!"; solo aquello retumbaba en el salto de regreso al palacio de Karin. Y en nada ya tenía al gato frente a él.

-Maldita sea –susurró apretujando el vaso contras sus garras.

-Dende, tranquilo, aún falta cosas por ver –Karin le quito el cubilete y lo volvió a llenar de agua.

-No, no pienso seguir viendo.

-Tranquilo, saltaremos todo ese eufemismo del reencuentro, suficiente ya tenemos con nuestro tiempo. Bebe el agua, faltas cositas por ver.

-Está bien, pero que sea rápido.


Y de un trago regreso a la infinita bóveda azul sobre la que flotaba observando la magnífica singularidad en las estrellas. Antes de que lo atrapara esa onda de perdición sostenidos en un irónico tono de La al ritmo frenético de risas. Su último espejismo no era más que la visión del juicio final para el planeta Vegeta.

Freezer, ese perverso y sádico gobernante había dado ya por finalizada la supervivencia en ese rojo planeta y así, Dende, no pudo evitar redundar al mar en sus ojos.

-Eres un buen muchacho Dende -Karin, misteriosamente apareció junto a él-, solo pasaste unas cuantas horas en este planeta y ya te encariñaste con él.

-Paso lo mismo con la tierra. Es una lástima, me hubiera encantado conocer más de los saiyajin.

-Lo harás Dende.

-… El planeta explotó, Gine está muerta, también la Reina, el Rey. Todos han muerto.

-Dende, pero mira, él aún vive… -Con sus cortas garras señalo una estela brillante en movimiento lineal. Una nave y su tripulante rumbo a la tierra-. Nunca te rindas, porque cuando crees que todo ha terminado, es el momento donde todo comienza. Recuerda eso, alguna vez lo oí de un poeta atormentado.

Y la perturbadora escena se disipó, solo un granulado de medio tazón rebosando sobre las aguas del tiempo y el salto en el espacio. A nada y ya se encontraba de regreso en la tierra, rodeado entre árboles y montañas, acompañados al tranquilo sonido de aves y del agua cayendo.


Pronto Dende se ubicó a sí mismo y a Karin en mitad de los bosques de Paoz ¿cómo no darse cuenta? era tan inconfundible. Y entonces, un espejismo cruzó frente a él, un ente corriendo y brincado por el sendero de matas.

-¿A dónde va? –preguntó Dende.

-Es que alguien lo está llamando –le respondió el Maestro Karin.

Dos mundos se han chocado, al acercarse tan solo un poco vio a ese hombre mayor de frondoso bigote cargando contra el cielo a un niño con cola de mono. Y ahí se quedó, observando el inicio de la travesía más alarmante y épica vivida en ese universo.


Hasta que el mundo volvió a ser el mismo y ambos llegaron de regreso a la Torre de Karin.

-¡Wow! –dijo Dende.

-Sí es muy impresionante.

Kami Sama, con la respiración pausada y la frente excretada en sudor, dijo.

-Pero no comprendo muy bien como ayudara con mis preguntas.

-El ayer define nuestro presente, y lo que hagamos con él definirá nuestro futuro.

-¿Eh? –Karin guardó dos vaso, uno suyo, el otro de Dende; dentro de un cajón.

-Piensa Garu ¿De dónde viene Goku? -¿Cómo acababa de llamarle?

-¿Garu?

-Lo siento, continua –se atrapó la cabeza entre sus patas.

-Bueno pues…

-¿Quién era su madre?

-Pues una saiyajin cocinera, inocente y tierna, aunque con actitud de guerrera. Casi como una niña caprichosa.

-Muy bien Dende sigue ¿En dónde nació?

-En un planeta guerrero: hostil, rodeado de agresividad, de barba…

-… Agresivo, ahí está el detalle. Te diré algo, mira ni siquiera respetaban la autoridad del Rey, se estaba por desatar una guerra civil.

-Todos los saiyajin eran así, excepto Gine.

-Solo vimos un pedazo de lo que es Gine. Toda luz produce sombras, Dende.

-¿Quieres decir que…

-… no te desvíes del tema.

-Es que no sé cómo continuarlo. Sé que Goku, por instinto era salvaje y que cambio cuando se golpeó la cabeza, heredo un carácter como el de su madre.

-Vas bien, continua.

-No sé con qué seguir.

-¿No sabes? ¿No sabes lo que paso esa tarde cuando la científica de cabello azul se encontró con el muchacho de cola de mono? ¿No sabes que paso después? Esa es la manera de explicar nuestro presente Dende. No somos seres que viven el día, nuestra realidad lleva la contabilidad de tres mil años antes y tres mil años después.

-Somos lo que fuimos.

-Exacto. Goku no es un ángel caído del cielo, nació en medio del caos y fue por no preocuparnos de ese origen tormentosos que dejamos nacer ese… ese… monstruo.

-¡Esto es increíble! –No pudo ya sostenerse, se tiró al suelo, sentado agarrados la cabeza, sopesando el análisis- Es como ver una realidad metódica y caótica a la vez. Nuestras acciones en el pasado delimitan nuestro presente, y lo que hagamos con él, nuestro futuro.

-Así es… mira, no te pareció extraño que Goku se bamboleara en la cuna.

-No, me pareció algo normal que se calmara cuando llegó su madre.

El gato se sentó junto a él

-Dende, los saiyajin y los terrestres son muy identicos, demasiado. Incluso nuestra psicología responde a la suya. Y así como pasa con nosotros, cuando no recibimos afecto maternal de pequeños, nuestra conducta se hace agresiva, expresada en un principio solo con bamboleos.

-Quiere decir que Goku a veces es agresivo porque no tuvo afecto materno.

-Son Gohan se encargó de suplir eso, hasta que murió. Y a partir de ese día, sin que nos diéramos cuenta, nacía un monstruo, que no pudo ser calmado… no hasta que cumplió dieciocho años… –Un ambiente nostálgico, nacido a partir de la voz del gato llenó al palacio con rizos de un caprichoso pasado.

»Yo estuve ahí ¿sabes? Escondido entre las ramas de un árbol, mientras veía al joven de traje blanco desposando a la princesa fuego –y el gato se puso de pie, Dende también lo hizo y ambos miraron por el balcón- Pronto será San Valentín, quizás debas poner en práctica todo lo que has aprendido.

-Así lo hare.

-Pero como faltan dos días para esa fecha, vuelve mañana y te enseñare el origen de alguien más.

-¿De quién?

-Del príncipe.

-¿De Vegeta? ¿En serio?

-Sí, pero será mañana ahora vete.

-Pero…

-… ¡Vuelve mañana Dende! y te prometo que te hablare de todos. Te hablare del príncipe, de la científica, del tricople, del ladrón del desierto, de la princesa fuego, del monje. Solo vuelve mañana ¡Vuelve!

Dende se arrojó por el balconcillo y se elevó mandándole un grito al cielo con la euforia más potente del mundo.

Karin baja por las escaleras, entro a la habitación, ahí donde dormía Yajirobe. Y se asomó a otro jarrón al cual lo abrió y dirigiéndose a aquel que leyó esto, a aquella o aquel que se tomó su tiempo el leer el relato.

-Y ustedes ¿volverán?


Y hasta aqui la rola

Dejan sus follow and favortie ademas de su review que se agradece, me llenan el kora, sobretodo para Marcy.

Te ha habado tu amigo y vecino.
NightMare