PROMESAS

Aizen.-

"Aizen-sama, acaban de arrestar a Kuchiki Kohana por su muerte." escuché la voz de Gin, acabando de entrar a la sede de la Cámara de los 46, aunque de los 46, ya no quedaba ni uno vivo. Más bien, ahora ese lugar me pertenecía.

Después de tantos años de preparar el camino, las cosas marchaban justo como quería.

Kohanase las arregló para esconder la Hogyoku por más de 50 años, era lista, pero impulsiva. Nada más saber que Kuchiki Rukia estaba en prisión, salió corriendo de la mansión Kuchiki, el lugar donde se había encerrado para que no pudiera alcanzarla. Kuchiki Byakuya era una molestia, estaba siempre vigilando a Kohana, de una manera tan sutil que ni ella misma se daba cuenta, aunque para mí "vigilar" no es lo mismo que "cuidar", Kuchiki simplemente quería saber lo que hacía Kohana cuando él no la estaba viendo, y eso dificultó que yo observara sus pasos. Gracias a eso, perdí la Hogyoku de vista, hasta que sentí su energía dentro de Kuchiki Rukia. La energía era débil, pero ahí estaba, a ratos, parpadeante como una luz débil. La visita de Kohana a la prisión y su charla con Kuchiki Rukia no había hecho más que confirmármelo.

No entendía cómo Kohana se mezcló con los Kuchiki, pero estaba claro que solo los estaba utilizando para protegerse e impedir que yo no obtenga la Hogyoku. Kuchiki era su escudo, la muchacha su caja fuerte. Al final, aunque ella quería que todos creyeran lo contrario, no era muy diferente a mí. Sabía manipular a la gente.

A pesar de ser débil como una hormiga a mi lado, Kohanaya me había causado bastantes problemas los últimos 50 años, evadiéndome, cubriéndose con otra gente e hizo desaparecer la Hogyoku de la faz de la tierra, pero ya la había encontrado de nuevo, y esta vez no iba a dejarla ir.

Lo primero fue quitármela del camino, ya me había fastidiado lo suficiente como para saber que no debía subestimarla. Para eso tuve una breve charla con ella, que ante los ojos de los demás, con ayuda de Kyoka Suigetsu, se vio como una discusión con muchos testigos alrededor cayendo en la ilusión.

"¿Dónde está ahora?" pregunté.

"La interrogaron y se la llevaron a la prisión. Ya sabes, Aizen-sama, ella no puede revelar una cosa sin revelar la otra y así sucesivamente, así que no pudo responder lo que le preguntaron."

"Bien" me levanté de la silla "Encárgate de ella, Gin."

"¿Quieres que la mate?"

"No. Solo ponle un supresor." le ordené "Con eso será suficiente."

"Como digas"

"Y ten cuidado" le advertí "No la dejes huir. Si te da muchos problemas, entonces mátala, aunque preferiría que no lo hicieras."

"¿A dónde podría huir? Está en prisión"

"Una de las habilidades especiales de Kohanaes abrir portales para trasladarse de un lugar a otro. Ella lo llama Caminos Instantáneos, así que puede salir de prisión sin necesidad de usar la puerta" le explique "Y eso no es todo. Probablemente ya sepa que iras por ella. Puede percibir cosas que otros no. De hecho…" acaricié el mango de mi espada "así logró escabullirse tanto tiempo"

"Eso es molesto."

"Es demasiado débil para ser una amenaza grande, pero ciertamente, es muy molesta"

Recordé el primer día que la había visto, a lado de Urahara, no entendía de donde la había sacado este, pero sin lugar a dudas, le sirvió muy bien. Mis planes se retrasaron bastante gracias a Kohana adivinando cada uno de mis pasos, pero por otro lado, yo también sabía que pasos daría ella. Incluso me había divertido un poco, como si todo aquello fuera una batalla entre dos personas. Ciertamente lo había sido, pero ya estaba a punto de terminar y yo saldría ganando.

Matarla sería un favor, más bien la dejaría sufriendo, saboreando el error de su fracaso. La odiaba por haberme retrasado tanto ¿cómo una mujer tan insignificante había logrado todo aquello? Pero al mismo tiempo sentía curiosidad hacía sus poderes inusuales. Trasladarse de un lugar a otro instantáneamente usando portales era una habilidad que nunca había visto.

Esa habilidad de ella era lo que más me llamaba la atención de ella, me preguntaba si también era capaz de trasladarse entre dimensiones, probablemente sí, pero no controlaba ese poder, de lo contrario habría sido fácil que mantuviera contacto con Urahara, pero los portales interdimensionales parecía que requerían mucha energía para ella, energía que no tenía. Si yo tuviera ese poder en mis manos, no necesitaría la Oken para entrar al palacio del Rey Espiritual, aunque con todos esos sellos que tenía esa dimensión, seguramente Kohanamoriría intentándolo. No estaría mal que muriera intentándolo para mí, por eso no quería que Gin la matara.

Kohanase la pasaba regando flores y sirviendo el té para Kuchiki. El que ella estuviera jugando a la casita era un desperdicio de poder y de talento, tanto tiempo perdido sirviendo a unos nobles chocantes, tiempo en el que podría haberse entrenado para ser una shinigami y al menos tener el poder de defenderse la suficiente para hacerlo más divertido para mí.

"Cuando acabes con ella, vuelve aquí con Tousen. Es el día de la ejecución" le di una última orden a Gin antes de seguir pensando.

Fuiste muy buena rival.

Byakuya.-

"¿Se la llevaron?" me puse de pie detrás de mi escritorio cuando escuché la noticia de mi subordinado: la Segunda División había arrestado a Kohana por la muerte del Capitán Aizen.

Mi esposa.

"Sí, capitán. Apenas acabaron de interrogarla."

Afuera había un gran alboroto por los ryoka que habían logrado entrar en el Seretei. Se había armado todo un circo, prácticamente todo el Gotei 13 los estaba buscando.

Tanto escándalo no me dejaba pensar, así que caminé hasta la puerta de mi oficina y la cerré, no sin antes observar el escritorio vacío de mi teniente, que en esos momentos estaba en prisión también mientras mi hermana iba camino a su ejecución y Kohana estaba siendo acusada.

Todos se estaban marchando.

"¿Por qué se tardaron tiempo en avisarme que Kohanaestaba arrestada?"

"Parece que en todo el interrogatorio, su esposa no pidió su presencia, capitán."

"Entiendo" dije volviendo a sentarme.

¿Kohanaculpable de la muerte de Aizen? Me gustaría saber que tenía Soi Fong en la cabeza. De todas las personas en el Seretei, Kohana no le haría daño a una mosca, bueno, eso lo sabía yo que la conocía, pero igual, no había forma en la que Kohana podría intentar algo contra Aizen sin que Aizen se defendiera, siendo un capitán, acabaría con Kohana_ en unos segundos, hasta sería fácil detenerla sin matarla. Ella era un alma común con un miedo absurdo al capitán Aizen. Bastaba mencionar su nombre para que se escondiera detrás de mí. Yo había notado que Aizen tendía a acosarla, pero eso era cosa de ellos dos y paró cuando se casó conmigo. Al parecer habían sido amigos antes de que acusaran al antiguo capitán de la doceava división de alta traición. Sea como sea, Aizen nunca le hizo nada malo, lo sabía porque al principio, siempre tenía a alguien vigilando a Kohana, eso si no lo hacía yo mismo.

Probablemente debía ir en persona a decir todo esto a Soi Fong para que atraparan al verdadero culpable. Miré a mi subordinado y le di una orden. "Enciérrala"

"¿Capitán?" mi subordinado me miró sorprendido.

"Asegúrate de que no haya manera de que escape de la prisión."

Mi subordinado pareció no entenderme. No importaba, no tenía por qué explicarle nada.

Kohanahabía trabajado con el capitán traidor antes de llegar a la mansión Kuchiki, incluso seguía siendo conocida entre los miembros de la doceava división.

Cuando llegó a la mansión Kuchiki, me pregunté acerca del misterio que la rodeaba. Mi abuelo parecía confiar plenamente en ella, a él le bastaba con que la Cámara de los 46 la hubiera declarado inocente, según él, yo solo tenía que acostumbrarme a ella, pero Kohana no hacía más que quedarse callada y encerrada en su habitación. En parte, creo que fue culpa mía por mi poco entusiasmo para tratarla, pero estaba siempre alerta, como esperando que entraran a matarla, eso me hizo pensar que Aizen la estaba amenazado, pero después de que yo interviniera en una de sus peleas, no volvió a acercarse a ella. Esa opción quedó descartada.

Yo aún seguía creyendo que escondía algo, por eso me puse a hablar con algunos científicos de la Doceava División, según ellos, Kohanaera hábil cuando se trataba de la investigar y construir, la describían como una persona sumamente inteligente. La inteligencia podía ser peligrosa si las personas equivocadas lo eran.

Kohana guardaba todo tipo de artilugios en su ropa diaria, no sabía lo que eran, me había tomado un tiempo darme cuenta hasta que observé con cuidado sus anillos, pulseras y aretes seguramente modificados por ella misma, y dudosamente tenían la función de adornar o despedir perfume. Nunca pude hacerme con uno de ellos, Kohana era precavida.

Así que ella era tan frágil como podía llegar a ser peligrosa.

¿Qué escondía Kohana?

"S-sí, capitán. Me encargaré de reforzar la vigilancia."

"Sea como sea, asegúrate de que no vaya a la ejecución de mi hermana" no necesitaba que ella se apareciera por allá para causar más problemas por salvar a Rukia.

"A la orden, mi capitán" el shinigami desapareció.

Una vez se fue, yo desaparecí también con un shunpo para llegar a mi mansión, vacía, sin contar a mis sirvientes. Arata me preguntó si se me ofrecía algo, le respondí que no y fui directo a mi habitación para ver a mi esposa.

Hisana.

Su foto estaba en un pequeño armario de mi habitación, me gustaba mirarla cuando atravesaba por momentos difíciles, como ahora. Hisana siempre había sabido entenderme, casi como me leyera la mente. Me imaginaba que es lo que ella me diría.

Esta vez, no pude imaginarme nada. No paraba de pensar en que Kohana se preocupaba más por la hermana de Hisana que yo. Tal vez Hisana me recriminaría que estuviera rompiendo esa promesa, su última voluntad. No, ella no haría algo como eso, porque si ella estuviera viva, quizá nada de esto estaría pasando. Quizá yo no sería como soy ahora, porque cuando murió Hisana, una parte de mí también lo hizo.

Era demasiadas promesas desde que Hisana murió, sentía que me ahogaban.

Me percaté de que las flores secas que había visto la última vez que contemplé el retrato de Hisana, ahora estaban frescas. Al mismo tiempo, pise algo en el suelo al momento de avanzar un poco para tomar la fotografía de Hisana. Era una pulsera de piedras azules, una de las muchas que Kohanaposeía, pero al poner mi pie sobre ella la había destrozado por completo.

"Volveré pronto, Hisana" le hablé a la fotografía antes de ponerla de vuelta en su lugar.

Es una promesa.

Kohana.-

Me sujeté el pecho, donde tenía el supresor que el capitán Ichimaru Gin me había colocado. Los supresores los utilizaban los shinigamis para disminuir su reiatsu, pero para mí que casi no tenía nada, era como si me impidieran respirar.

Entonces esto era cosa de Aizen desde un principio, ya me había noqueado a mí, ahora seguramente iría por Rukia. Quizá Abarai Renji o el ryoka, Kurosaki Ichigo podrían hacer algo para defenderla, pero aun trabajando juntos, no eran rivales para Aizen. Solo yo podía sacarlos de ahí, pero no podía moverme.

Todo aquello era mi culpa.

Durante mucho tiempo, la sola presencia de Byakuya-sama en la mansión, impedía que Aizen entrara y me arrebatara la Hogyoku con sus propias manos. Sin saberlo, Byakuya-sama impedía que Aizen se acercara a mí, pero un día fue enviado a una misión en el Mundo de los Vivos, a un lugar donde extrañamente se habían reunido varios Hollows, tardaría más de una semana en exterminarlos a todos.

Eso me puso en alerta roja, sin Byakuya-sama cerca, Aizen vendría por mí y me quitaría la Hogyoku, de modo que solo me quedó una opción: tenía que esconderla dentro de un alma para que la energía de esa alma cubriera la Hogyoku. Primero decidí que la escondería en mi propia alma, pero al tratar de hacerlo, el poder era demasiado para que pudiera contenerlo dentro de mí, así que probé sellando para que se inactivara, pero aún en ese estado, la Hogyoku me quemaba el alma a penas la tocaba. Yo no era fuerte como para cubrirla con mi reiatsu.

Necesitaba alguien que fuera lo suficientemente fuerte y que al mismo tiempo estuviera cerca de mí para que yo no perdiera de vista la Hogyoku. La única persona que cumplía esos requisitos era Rukia, quien apenas había llegado a la mansión Kuchiki. Rukia en aquellos tiempos era como un polluelo asustado, sin saber cómo comportarse, que hacer, que no hacer, como hablar y como no. Los nobles siempre habían sido muy estrictos y cuando el resto del clan se percató de su parecido con Hisana, no tardaron en buscar cualquier motivo para deshacerse de ella, incluso me cuestionaron como yo podía aceptar algo como aquello, pero a mí no me importaba. Antes de que llegara Rukia, en la mansión reinaba un silencio que me enloquecía. No podía salir y tampoco hablar con nadie, porque la única persona con la que podía hablar me ignoraba por completo, y no sabía si me dolía más su indiferencia o la soledad. En aquellos tiempos, Ginrei-sama estaba algo enfermo, así que no lo molestábamos para nada.

Pero cuando llegó Rukia, se ganó mi cariño de inmediato. Tan solo era una muchacha en un lugar desconocido, alguien que había pasado duros momentos en el Rukonagi. Me contó acerca de sus amigos y su vida, yo no la desprecié, la cuidé, la protegí de los nobles que estaban atentos de cualquier error para echarla, la tomé bajo mi tutela y ella confiaba en mí. Se pegó a mí como yo me encariñé con ella.

Y yo me aproveché de su confianza en mí. Cuando le ofrecí una taza de té con sedante en el, se lo bebió de inmediato, incluso dándome las gracias y pidiéndome que le enseñara a hacer un té tan bueno como ese para su nii-sama. En cuanto estuvo dormida, le puse la Hogyoku dentro de su alma y ella jamás se dio cuenta. Yo sabía que tarde o temprano correría peligro, pero me prometí a mí misma que la protegería, pero las cosas eran más fáciles decirlas que hacerlas.

Apreté los puños y salieron lágrimas de mis ojos.

No podía dejarla morir sin luchar, aunque fuera con mis últimas fuerzas. Quiza usar mis poderes con el supresor me mataría.

A mi alrededor ya había suficientes muertos. El capitán Ichimaru había acabado con los guardias que cuidaban la mansión, incluyendo un subordinado de Byakuya-sama.

Byakuya-sama. Mi única esperanza era que él se apiadara de su hermana menor, rogaba porque su cariño pudiera más que su orgullo y la protegiera al menos hasta que yo llegara. La única de nosotros que merecía morir era yo.

Por favor, Byakuya-sama…

Pensé, poniéndome de pie a penas, agarrándome a la pared para hacerlo, pero mis piernas temblaban.

Ya no era tan débil como antes, como le dije a Aizen, ahora estaba preparada. Me había entrenado y había perfeccionado mis poderes, ahora podía ir más lejos usando mis Caminos Instantáneos. Quizá no fuera suficiente, pero no fracasaría como cuando Urahara y los demás tuvieron que abandonar la Sociedad de Almas.

Me concentré y puse mucho esfuerzo en abrir un portal a la Montaña del Sokyoku, donde seguramente ya estaría desarrollándose una batalla.

Al intentar caminar, me caí al suelo, no podía caminar, pero continué hacia adelante, arrastrándome a penas.

Ya casi, ya casi.

Jajajajaj Doble actualización por mi ausencia