Dos Corazones
Summary: Cuenta la leyenda que quien sabe cómo llego, que cuando dos personas tienen dos corazones entrelazados a la luz de luna podrán tener un sentimiento correspondido sin final.
En la prestigiosa academia de escuelita para mujeres de París todo era tensión el ambiente, sobre todo por el llamado de atención que estaban teniendo las estudiantes de la misma a manos de la profesora Mendeléiev, la cual no para de decir que era inaceptable que las mujeres anduvieran dando esa clase de espectáculos en los las instalaciones del internado de Santa Sofia.
— ¡¿Qué clase de comportamiento es ese para damas de porte temple y educado?! ¡Se están formando para ser damas de sociedad, no unas libertinas!
Las mujeres del internado no decían nada, y peor aún las profesoras, que no podían decir nada ante la mujer, porque en cierta parte pensaban que tenía un punto.
Y ese punto era que una de las estudiantes del internado de estaba teniendo encuentros de amor pasional con un hombre.
¡Un hombre!
¡Eso era inaceptable!
—En verdad es intolerable esta clase de comportamientos, su señoría, profesora Mendeléiev, y creo que sería prudente de mi parte decirle quienes el responsable de esta clase de actos inmorales.
Los presentes miraron a la castaña de ojos verdes que se mostraba tan desdichada ante tal suceso, aunque claro, para los ojos azules de una azabache era más que obvio que mentía.
—Dígame señorita Rossi ¿A quién ha visto en posesión de tal carta?
El sobre que estaba magullado por el maltrato de la profesora era de color rosa pálido, sin embargo, dentro del contenido había una de las románticas y cursis relatos de embriagades de placer que todas las señoritas de ahí podrían leer, o bueno, no aquellas que tienen escondidos en sus aposentos tenían libros eróticos de placer carnal donde ni el alma queda pura para los protagonistas después de la consumación del acto.
La joven Rossi sonrió y señalo con tristeza a la chica de cabellera negra bien recogida y ojos azules ya preparados para tal acusación.
—Fue a la señorita Dupain-Cheng a quien la vi portar esa carta que se le cayó, sin embargo, al notar el remitente masculino decidí ir con usted maestra.
Las miradas se dirigieron a la joven que sin temor se levantó.
— ¿Dupain-Cheng? Ella no sería capaz de algo así, es una joven de naturaleza algo distraída, pero es sensata —dijo otra maestra la cual abogó por la azabache.
— ¡Dupain-Cheng!
La llamada joven miró a la maestra y luego a la joven que la había acusado, la cual mostraba tanta superioridad.
—Lamento decir que hubo un error en esto profesora Mendeléiev, en ningún momento he sido la dueña de esa carta.
—Por favor, Marinette, no seas descarada y diles que fuiste tu quien mancha esta institución de valores.
—Lamento decirte Lila, esa carta no es mía, ni siquiera soy la dueña.
—Si no eres tú —mencionó con pesar la castaña que empuñaba sus manos—¿Cómo puedes demostrarlo? Esa carta menciona a una joven de cabellera azabache y tú eres la única estudiante que tiene esa cabellera.
—Lo mismo podría preguntarte yo a ti, dijiste que viste que esa carta era mía, pero qué tal si se le cayó a alguien más e incluso la leíste y no encontraste mi nombre, pero no te haré tal contra, pero tú lo has dicho, única estudiante, nuestra maestra Tsurugi-san tiene una similitud con mi cabello.
Antes de que Lila inventara algo más, los murmullos de las señoritas lleno el salón mientras la presencia de tal profesora se hacía presente al frente a lado de la azabache.
Con una mirada que congelaría el lugar, la mujer se acercó a la profesora Mendeléiev y reverencio.
—Lamento tales desfortunios, madame, la dueña de esa carta es mi persona, fue mi esposo quien me la envió, en día que llego fue cuando una carta de los padres de Marinette llegó, al tener un sobre idéntico confundí las cartas y le entregué esa la cual la joven perdió, lamento causarle tales molestias.
Una exclamación ahogada lleno el salón y el rostro de una castaña hirvió de coraje que lo oculto a través de una máscara de disculpa y pena por el conflicto, a su vez, la profesora Mendeléiev con la profesora Kagami, pidió disculpas a la azabache que solo sonrió y comentó que esperaba que tales actos no volvieran a ocurrir permitiendo la salida de todas. Sin embargo, este hecho permitía que todos conocieran la naturaleza mentirosa de la joven Rossi
—Profesora Kagami, por favor, que no se vuelva a dar este tipo de situaciones.
—Así será Madame.
A pesar de la disculpa en público, las docentes y alumnas se dirigieron al despacho de la mujer Tsurugi, ahí la docente Mendeléiev y la alumna Rossi se vieron en la necesidad de disculparse, o al menos Mendeléiev, Rossi estaba muriendo de coraje ante ello y cuando apenas pudo salió del lugar seguida de la docente que al puso en la limpieza del ala sur del internado. Dejando a las dos mujeres solas en el despacho de la docente Tsurugi una comenzó a respirar mientras otra negaba sonriendo mientras sentía como unos brazos la abrazaban, uno de los pares de brazos a los que si permitía que la tocaran.
—Te debo la vida, Kagami.
—La pareja.
Marinette vio a los ojos castaños de la mujer y cedió, ella los quería desde hace tiempo y la verdad de lo que acaba de salvarla ellos lo valían.
—Está bien, esto lo vale.
Las dos mujeres se miraron y rieron suavemente, en verdad el amor había logrado sacar cosas que jamás esperarían, a una la dulzura que había ocultado por miedo a ser herida nuevamente y a la otra el cariño que alguna vez le dijeron que era una debilidad horrenda.
—Ten —el mismo sobre magullado que madame Mendeléiev—, por favor sean más cuidadosos a la próxima.
Marinette tomo el sobre y lo llevo a su pecho abrazándolo como una madre a su hijo.
—Y este —mostrando un sobre de color negro—, para que pueda ser más factible de ocultar.
Las mejillas de Marinette se sonrojaron ante lo que le dio su amiga, la cual se dirigió hacia la ventana de aquel despacho y observó como todo volvía a la normalidad, o bueno algo, cerca del árbol de mandarinas vio a la directora del internado; la cual por cierto era su madre, dándole una mirada que la hacía prever lo que debía hacer.
Por su parte, la joven no pudo evitar que sus mejillas se volvieran de color carmín, en esta, venia anotada un punto de encuentro con hora y lugar, a su vez, esta venia firmada con dos corazones enlazados con sus iniciales.
—Gracias, Kagami.
—Vete, debes prepárate y sal por el ala norte, dejare una ventana lista para ti.
Dándole el ultimo abrazo a la mujer para luego salir corriendo mientras ocultaba; ahora de mejor manera; las cartas.
[…]
En la noche reinante de la ciudad parisina, una joven de cabellera azabache salto de una alta venta hasta un montón de hojas otoñales vueltas en montaña que amortiguo un poco su caída.
Sacudiendo un poco su vestimenta la joven siguió en sigilo hasta un pequeño jardín cercano en al ala norte, especialmente del bosque que estaba cercano del lugar, este jardín estaba cubierto por grandes arboles de frondoso follaje que aún no caía por la brisa de octubre.
En esa penumbra vio a una silueta envuelta en una capa negra gigantesca que llevaba algo en las manos, la joven sonrió y siguió caminando con cuidado tomando una parte de su falda, mirando alrededor y corriendo en dirección al ser dueño de aquella sombra.
Recibida por los brazos fuertes de un hombre que la hicieron elevar del suelo y darle una vuelta en el aire, quizás Lila tenía razón, por primera vez aquella mentirosa no se equivocaba y estaba siendo algo indecente para su institución, pero…
¿Quién no ha hecho locuras por amor?
Con un beso suave en la frente y en cada una de sus mejillas, Marinette pudo ver los ojos verdes del hombre con el cual se iba escribiendo desde la primavera anterior, un profesor de la academia masculina Santo Emilio que se encargaba de la instrucción de jóvenes de milicia y otros prospectos para la sociedad.
La historia de cómo se conocieron era mágica, por lo mismo era algo secreto saber, sin embargo, por ese inhóspito encuentro ellos se fueron enamorando a través de tinta y versos escritos y ahora, con la bendición de la Luna para los amantes se veían en medio de aquel jardín, aunque claro, ese no era su destino.
—Pensé que hoy no podría verte, Félix me contó lo que paso —mencionó el joven mientras pegaba su frente a la de la joven.
—Tranquilo, Adrien —expresó riendo la joven—, yo también lo creí, pero Kagami me ayudo, aunque debo darles a Dussu y Long por tiempo indefinido.
—Idea de Félix, él se enamoró de Dussu a penas lo vio —dijo con una sonrisa el hombre rubio.
—Como tu con Plagg —el hombre sonrió y beso las manos de la damisela.
—Hablando de él, nos espera —tomándola de la mano y guiándola suavemente hasta unos metros más adelante, un hermoso pura sangre los esperaba.
—Hola Plagg —el bufido del animal respondió al saludo de la azabache— ¿Adrien te trata bien?
—Claro que lo trato bien.
La pareja subió al animal que se arrodillo ante ellos para su mejor montura, con la dueña de ojos azules y el barón de ojos verdes tras de ella arriaron al ser hasta lo profundo de aquel bosque mientras las risas y sonrojas se hacían presentes en la pareja.
Su destino final fue una hermosa fuente de agua naciente de una vertiente natural que permitió al caballo hidratarse mientras el joven tenía preparado unas farolas de luz y una manta con almohadones y comida y bebida.
El jadeo ahogado de la joven ante la belleza de la escena la cautivaron, en verdad el hombre era asombroso, inmersa en su mente, los cálidos brazos de su pareja la hicieron notar un hermoso arreglo floral de corazones entrelazados, mismos con los que había firmado.
Dándose la vuelta, Marinette miro con anhelo a Adrien, mientras que este colocaba entre los dos aquella delicadeza natural.
—Adrien…
—Dicen que si dos personas tienen dos corazones entrelazados a la luz de luna podrán tener un sentimiento correspondido sin final —mostrando aquellos dos corazones a la dama, Adrien continuo—. No sé qué será de mi vida luego de la academia, mi lady, pero de algo estoy seguro, te quiero en ella, Marinette. ¿Me permites formalizar este gran amor que te tengo en la cena de navidad que vendrá en el asombroso invierno?
Los corazones de ambos estaban en una sinfonía total, sinfonía que estaba en mismo tiempo y aspiración. Unas pequeñas pero delicadas manos tomaron también los corazones enlazados mirando al hombre que abrió sus ojos atentamente.
—Al jurarme tu amor mi corazón ha dejado de ser mío y ahora te pertenece.
Adrien sonrió enternecido ante aquellas apalabras, tenía tanta entrega como los romances que había leído y compartido en sus otras aventuras de estaciones.
Acercándose a la joven, pidiendo permiso al mar que lo miraba el cual le regalo una ola de consentimiento este náufrago en los labios de la doncella mientras ella respondía a la fuerza de la flama candente de amor que profesaba los besos suaves pero certeros.
Logrando que, en medio de la noche, con una Luna resplandeciente atestiguando, el lazo entre aquellos dos corazones los uniera para siempre.
