Suenan campanas en flor
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
Esta historia participa en el Reto #14: "Amortentia al azar" del Foro "Hogwarts a través de los años".
2
Tierra mojada
Merlín está soñando con el pasado cuando los cascos de los caballos resuenan en la distancia.
Morgana reclinada sobre el postigo de la ventana mientras sus ojos no divisan otra cosa que al galante Arturo Pendragón, llegado de la batalla con su armadura plateada con incrustaciones de rubíes y a lomos de su corcel lozano. Morgana tímidamente enamorada en las alturas pero manteniendo un porte regio.
«De haber permanecido en Camelot, se hubieran comprometido —piensa Merlín. Una amarga sensación le inunda el paladar—. Un banquete digno de los futuros reyes de Camelot. Y yo solamente un sirviente.»
Pero Morgana elige priorizar su poder por sobre todas las cosas; sobre Arturo Pendragón, príncipe de Camelot, y los lujos y condecoraciones que él significa. Enfundada en un traje de campesina, adopta su papel y se pone en marcha en busca de un quizás.
Y Merlín sonríe porque en el camino son iguales. Son un mago y una bruja que juegan una búsqueda del tesoro, intentando adiestrar su magia tanto como pueden.
—Merlín, despierta —susurra Morgana, el aliento fresco rozando el lóbulo de su oreja—. Los soldados de Uther se están acercando.
Las últimas palabras bastan para que él se incorpore de un salto y comience a analizar las posibilidades que tienen de escapar con vida de allí.
El bosque ofrece lugares recónditos en los cuales ocultarse, pero deben contar con el factor de la ignorancia, es decir, que los soldados pasen en sus caballos y no observan detenidamente. También pueden echar a correr tanto como sus piernas le permitan, pero el rostro agotado de Morgana —incluso después de dormir toda una noche— le advierte que no es una buena idea.
Por lo que les resta una alternativa.
—Podríamos usar magia.
—Si usamos nuestra magia contra los soldados de Uther, lo cual nos coloca en una posición riesgosa a nosotros mismos por su creciente inestabilidad, provocaremos atraer la atención del Rey a este bosque y camino —responde Merlín.
Morgana le brinda la razón.
Avanzan por el bosque cada vez más indómito, los espinos enmarañados ocultan barrancos traicioneros. Las colinas de tierra mojada se vuelven más y más abruptas, provocando que un paso en falso se convierta en caída.
Los cascos de los caballos se divisan con más insistencia dentro del bosque, la distancia que los separa se va acortando y sus respiraciones acelerando. Merlín y Morgana llegan a una ciénaga, donde el olor terroso inunda por doquier. Atravesar el cieno le dificulta los pasos, lentos y torpes, hasta que Morgana llega a la conclusión que deben ocultarse en aquel lodo pegajoso.
Lo último que siente Merlín antes de sumergir la cabeza es el aroma a tierra mojada, flotando por encima de la superficie amarronada y chocando contra su nariz, natural y avasallador.
—¡En nombre de Uther Pendragón, Rey de Camelot, salgan de dondequiera que estén! —la voz del soldado llega lejana, pero llega.
Los caballos quedan apostados en la orilla de la ciénaga mientras que los soldados se sumergen en el lodo, doblemente dificultados por sus brillantes armaduras y las pesadas espadas.
Merlín trata de contener la respiración tanto como sus pulmones le permiten, pero su cuerpo aflora en la superficie y sus vías respiratorias luchan por conseguir el tan ansiado aire.
Es entonces cuando observa a Morgana acercándose a los solados.
—¡Gracias al cielo que me hallaron! —exclama con alivio en su voz y agrega con desprecio—: Este sirviente me secuestró y me arrastró fuera de la seguridad de Camelot.
El soldado al cual se dirige es Sir Lancelot, uno de los vasallos más fieles de la corona, dispuesto a entregar su espada y su vida por sus ideales y los del rey.
—En el nombre de Uther Pendragón, Rey de Camelot, quedas arrestado Merlín —pronuncia mordiendo cada palabra con rabia—. Bajo los cargos de haber secuestrado a la noble Morgana, quien se encuentra bajo el cuidado de la corona, y por haber puesto su vida en constante peligro.
El mundo parece derrumbarse a su alrededor mientras dos soldados avanzan en su dirección.
Merlín no intenta escapar, víctima de la conmoción que le causa la traición de Morgana. Ahora comienza a sospechar de las circunstancias que le llevan a encontrarse en tal aprieto: la insistencia de Morgana en descansar durante la noche, el momento más idóneo para seguir avanzando sin ser descubiertos, adentrarse cada vez más en el bosque y ocultarse en la ciénaga.
Todos los factores son utilizados cuidadosamente para entretejer una trampa, a la cual Merlín se conduce directamente.
—Al llegar a Camelot, serás ejecutado —anuncia Sir Lancelot.
Lo que más le duele a Merlín no es saber que al arribar a las murallas de Camelot será ejecutado por secuestrar a una muchacha noble; sino el hecho de saber que Morgana se va de Camelot por su libre y espontánea voluntad, acompañándolo en busca de un futuro ideal donde no deban ocultarse por ser diferentes, por ser mágicos.
Le duele la traición. ¿En qué momento cambia de decisión?
«Yo debería traicionarla, del mismo modo que ella lo hizo conmigo —piensa lleno de impotencia al ser apresado—. Debería dejar su magia en evidencia.»
Pero todo queda resumido en un debería, en una remota posibilidad que nunca llega a concretarse. Los soldados lo arrastran fuera de la ciénaga y le atan las manos, eliminando cualquier posibilidad de escape.
—¡Pensé que creías en esto! —le grita Merlín a Morgana. Ella se muestra impasible con la mirada en alto—. ¡Pensé que querías volar, ser libre por primera vez!
Los instantes vividos se agolpan frente a sus ojos. Morgana confiándole el instante en el cual siente la magia por primera vez; Morgana sanando a una lechuza que no puede emprender vuelo; Morgana haciendo danzar las aguas a su alrededor.
Siempre Morgana.
—Y tú fuiste el iluso que creyó en mis palabras. Solamente dije lo que querías escuchar, de ese modo conseguí un poco de tiempo para que nos encuentren.
Después, todo se vuelve negro a su alrededor.
