Un hombre entra a una cafetería rural. Coge una mesa aislada del resto, mientras se deshace de su bufanda y chaqueta. Sitúa tersamente su maletín en el asiento contiguo, mientras se prepara para arreglase con los dedos, el cabello despeinado que traía. Una de las meseras se aproxima a él esbozando una sonrisa amable. Lo reconoce y saluda con cariño.

—Bienvenido, profesor —murmura la muchacha— ¿Lo de siempre?

—Buenas tardes, Priscila —responde cordial; depositando una libreta de portada cuerina café y una pluma sobre la mesa— Como siempre. ¡Ah! Disculpa. Esa canción que suena —apunta hacia el parlante— ¿Abel Korzeniowski podría ser?

—Así es —asiente jovial— ¿Cómo lo supo?

—No hay otra cafetería igual en Glasgow que toque musica de este calibre, sin duda —halaga el inglés— Por cierto, esta vez que sea doble y la segunda porción para llevar, por favor.

—¿Tiene una cita acaso? —insinúa pueril la chica— Quien lo diría.

—No, no —se excusa, especulando una mueca infantil— Nada de eso. Es para una de las yeguas del establo. Le encanta el Cheescake de arándanos. ¿Puedes creerlo?

—Curiosos gustos tienen los caballos hoy en día —ríe la fémina— Mañana estaremos los humanos comiendo comida seca para gatos.

—¿Qué te hace pensar que ya no la consumo? —bromea.

—¡Jajaja! Usted siempre tan elocuente —carcajea risueña— Ya le traigo su pedido. Con permiso.

¿Fue eso gracioso? Porque si bien he sonreído forzosamente por fuera, por dentro no veo atisbos si quiera de mantener mi sentido del humor añejo. Mientras veo alejarse a la mesera, regreso en sí para contemplar caer la nieve por el ventanal que da hacia la calle. No sé si es culpa del cambio climático o soy yo, que me he vuelto mas viejo y arisco con los años. Pero me atrevería a especular que este año ha nevado mas que el anterior. Todo a mi alrededor cambia constantemente, moviéndose a ritmos agigantados hacia la tecnología y el futuro de nuevas generaciones. Recuerdo haber estado aquí cuando esta cafetería se inauguró. Pero la han remodelado tantas veces, que casi no distingo el madero pulido del corroído. De hecho, la mesera de ahí es nueva. Apenas lleva 8 meses trabajando aquí. La anterior, de nombre Lydia servía unos panecillos de atún increíbles. Es una lastima que ya no trabaje en la tienda de atrás. Tengo entendido que se graduó de su pasantía y se fue a vivir a irlanda del norte. O al menos, eso recuerdo.

¿Por qué sigo volviendo a este lugar? Si. Se que todo el mundo cambia. A diferencia de mi vida, que se ha quedado estancada en el mismo sitio de siempre. Es que no puedo evitar esa manía insolente de querer permanecer siempre en el pasado y vivir de él, como si fuese mi presente. ¿En que momento me detuve? Probablemente, en el preciso instante en el que acepté este trabajo y me mudé de Londres.

Últimamente me he vuelto un fehaciente admirador de la escritura clásica. No soy Dickens ni mucho menos una Agatha Christie. Sin embargo, aquí estoy, escribiendo día tras día en esta libreta que prácticamente me dobla en edad, pues no era mía. Su antiguo dueño, ya no está entre los vivos. Es quizás esa misma veracidad, la que me impulsa a rellenar sus paginas con lo que siento. Algo en mi interior, tira de mi como las riendas de un fiero corcel a galope. Siento la necesidad empírica de acabarlo por completo; buscando purgar mis culpas o mis errores. Se que al final del día, nadie la leerá realmente. No es un best-seller ni mucho menos una autobiografía que pueda ser vendida en una vitrina de grandes librerías. Nadie estaría orgulloso de leerla. Aquí no hay grandes promesas de amor idílico o la confesión de un asesino serial anónimo; buscando expiarse. Solo soy yo, un hombre que se esconde bajo un manto de mentiras. Un ser impío que tentado a los escenarios que he vivido, trata amargamente de enterrar memorias prohibidas. Al finalizar este libro, pretendo quemarlo en alguna chimenea o arrojarlo al mar, hasta que el agua salina del océano carcoma sus páginas. Si es que mi alma no se pudre primero.

21 de febrero del 2023

No hay titulo para hoy. La tinta de mi biógrafo se expande en un punto negro, que no da inicio. ¿Qué iba a poner aquí?

—Su café, profesor —la muchacha ha vuelto y deposita los alimentos en su mesilla— ¿Necesita algo más?

—No, Priscila. Estoy bien por ahora. Creo que… —la alarma de su móvil repica en su bolsillo. Hurgueteando en el interior, da a parar con el anuncio de una fecha en la pantalla. El varón frunce el ceño, girando el rostro hacia la jovencita— Vaya…que cosas.

—¿Sucede algo? —inquiere preocupada.

—Hoy es mi cumpleaños —confiesa con frialdad.

Hoy es mi cumpleaños…

Nada me desagrada más, que la fecha en la que vine a este mundo. Atrás quedaron los días en los cuales gozaba de sentirme vivo y daba gracias por las regalías del universo. Acabo de caer en un vacío existencial, en el cual sin darme cuenta enmudezco delante de la camarera. Ella toma mi mano y me anima.

—Feliz cumpleaños, señor Fathom —lo felicita, bosquejando una sonrisa cálida— Por hoy, la cuenta corre por la casa.

—Gracias…supongo —acepta Félix, desganado. Guarda el celular.

—¿Puedo preguntar qué edad cumple? Si no suena impertinente, claro…

—Treinta.

—Vaya…no se ve de treinta —le endosa, optimista— No se ofenda. A veces una barba como la suya podría desconcertar a alguien. Pero descuide, sigue siendo jovencito. Está en la flor de la vida. Disfrute su café —complace.

La flor de la vida. ¿Qué es esa flor y donde puedo encontrarla? Porque ahora mismo…en lo único que puedo pensar, es en él. El tendría la misma edad que yo, si siguiera aquí conmigo. Posiblemente estaríamos en casa, todos reunidos como familia. Y ella celebraría su cumpleaños con mucho mas animo que el mío; sin tener que fingir que aún le importo. No sé como tomarme su simpático comentario. Lo dejaré pasar e intentaré copiosamente concentrarme en mi frustrado intento fallido de escribir. ¿En dónde me quedé?

Ah. Si…

"El verano del 2007. Que calor hacía por esos días. Yo era un chico de tan solo catorce años. Solo los dioses saben la cantidad de cosas que sentí cuando ella…"

[…]

Mi nombre es Félix Fathom. Soy el único hijo y heredero de la familia Graham de Vanily. Apellido que posiblemente, muera conmigo. Ya que no tengo pensado tener hijos. Actualmente me desempeño como docente de lenguas muertas y de equitación en la facultad de filosofía y ciencias humanas de la Universidad de Glasgow, en escocia. No llevo mucho tiempo ejerciendo acá. Tomé este empleo, luego de que se abriera una vacante en el colegio de Londres en donde enseñaba literatura hace dos años aproximadamente. Vivo en una finca, en el pequeño poblado de Stewarton. Está algo apartado de la ciudad. Como a media hora de viaje. Pero es un lugar tranquilo para vivir. Algo solitario, pero no menos acogedor que lo que estaría en casa. Me gusta la vida de campo que llevo por estos días. Sobre todo, porque puedo salir a cabalgar todo lo que quiera, en compañía de mi caballo. La gente en escocia no es como en Inglaterra. Acá todos son amables, te saludan a todas horas y se la pasan bebiendo o cantando canciones acústicas a tono de nada.

Me llevo bastante bien con mis alumnos. Sobre todo, con los del curso de intercambio. Puedo practicar millones de lenguas con ellos. Desde japonés, hasta ruso. Chino, francés, castellano, árabe. Sobre todo, el castellano. Es una de mis lenguas favoritas. Aunque sigo algo confundido con ciertos modismos que no comprendo del todo.

—La lección número diez está completa. Mañana repasaremos la lengua sumeria —Félix cierra la tapa del libro— ¿Alguna pregunta?

—Yo, profesor —una muchacha levanta la mano.

—¿Si, Dupain-Cheng?

—¿Está soltero? —pregunta, gesticulando una mueca picaresca.

El alumnado se hecha a reír. Claro. Me había olvidado de ella en particular…

—No creo que mi estado civil influya en algo con los jeroglíficos de hoy ¿O sí? —rezonga Fathom, siguiéndole el juego.

—Puede ser —bromea la joven estudiante de ojos azules, ligeramente ruborizada— A veces pienso que usted es uno de esos que son imposibles de descifrar. ¿Podrá la piedra roseta ayudarnos en ese proceso?

Otra risa colectiva inunda la sala. Le resto importancia, guardando mis libros dentro del morral.

—Eso es algo que tendrás que averiguarlo por ti misma, joven exploradora —sisea Graham de Vanily— Hasta mañana, muchachos.

Es necesario contarles de esta chica en mi vida, solo porque es imperativo aclarar que no tengo ningún interés amoroso en ella. Tiene veintidós años, por el amor de dios. ¿Cómo podría si quiera replantearme algo? Además, el código de ética de mi formación académica me imposibilita tener un romance con un alumno o alumna. Es crucial que trace esta muralla invisible entre ambos, con el único propósito de mantenerla a salvo de mí. Yo jamás dije ser un candidato digno de nadie.

—Lo tienes a tus pies, chica —Alya Césaire le da un codazo, alentándola— ¿Has visto como se ha ruborizado?

Y luego está su amiga, que ha inventado una especie de leyenda o mito urbano sobre saber de mis sentimientos. El otro día la escuché diciendo que me parezco a Ewan Mcgregor de la trilogía de Star Wars. ¿Pueden creerlo? A veces creo que fue un error dejarme esta barba. Pero si no lo hacía, seguirían viéndome como un crio. Digamos que los años no pasan por mi rostro, vampíricamente hablando. Pero debo hacerme respetar por los directores. Lo peor de Marinette Dupain-Cheng, no es que sea una francesa de intercambio o los años que nos distancia. Es simplemente…porque es Marinette Dupain-Cheng. Es una muchacha jodidamente electrizante, febril, voraz, con ímpetu de conocimiento y un hambre insaciable por titularse como arqueóloga el siguiente año. Llevo dos años trabajando con ella en el club de equitación y no hay día que no intente coquetearme. Nunca la he "rechazado" oficialmente, ya que no acostumbro por crianza, hacerlo con nadie. Pero tampoco le he dado una oportunidad de al menos intentar dar un paso en falso.

Solo…está ahí. Se mantiene rondándome consta mente. Vacilándome, mutable, entre ser un ruidoso mosquito y una hermosa mariposa danzante en primavera. Mi compañero educativo y único amigo Luka Couffaine, dos años menor que yo y profesor de música de la facultad de arte, me dice:

—Yo la veo mas bien como una abeja. ¿Has visto como su zumbido genera notas musicales a tu alrededor? De seguro busca polinizarte.

—O picarme con su aguijón —bromea el inglés— Y no sé si esté preparado para tal veneno.

—No hay rosa sin espinas, mi amigo —murmura el peliazul, en lo que afina las cuerdas de una guitarra— Si vas a probar su perfume, asegúrate de tomarla del cáliz de sépalos primero.

—¿Sabias que las rosas tienen ovarios? —manifiesta Félix, manipulando sin mayores miramientos las cuerdas de un viejo violín.

—¿Estas de broma? —Couffaine parpadea, anonadado— No tenía la menor idea. ¿De donde has sacado eso?

—Una mujer…me lo dijo una vez —balbucea, disminuyendo el tono de voz como si le doliese mencionarlo.

Luka Couffaine hace una pausa innegable, frente al lenguaje corporal que manifiesta su camarada de labor. No suena como si realmente estuviese remembrando alguna sensación o recuerdo grato. Y la mirada apacible que en un instante se ceñía bajo aquellas cejas tupidas y rubias, ahora parece una triste pintura barroca. Para alivianar el ambiente, pasa sus dedos por las cuerdas de su instrumento, generando una melodiosa sinfonía acústica.

—¿Te has enamorado alguna vez, Félix? —pregunta el francés.

—¿Qué te hace pensar que no lo estoy ahora? —contesta; mas concentrado en la música que otra cosa.

—Conozco un par de cosas sobre el amor —confiesa el ojiazul— Y sin duda, un hombre enamorado no se ve como tú.

—¿Y cómo me veo yo?

—Como si vivieras un constante invierno interior —manifiesta su camarada, observándolo con melancolía— Digamos que el amor es mas primavera que otra cosa.

—El desamor también es parte de estarlo —revela Félix.

—Ya veo. Entonces ¿No eres correspondido?

—Lo soy…pero…—desvía la mirada, acongojado— es…complicado.

—Suenas como si hubieras cometido un delito o algo así.

No me profeso en el mejor de mis estados para seguir manteniendo esta conversación. No al menos con la envergadura con la cual, Luka intenta a como de lugar sacar a relucir para saber un poco más de mí. No me molesta y no le imputo cargo alguno por pretenderlo. No es su culpa que yo sea una roca hermética con mi vida personal. Digamos que…es mejor mantener algunos temas en la ignorancia. Por sanidad mental. El escrutinio publico es una hoja de doble filo a veces. Me despido de el como es costumbre, de un golpe sincero en el hombro y me retiro del salón de música. Es hora de mis clases de equitación.

Centro ecuestre High Grow. 15:16PM.

—Eso es, muchachas —aplaude Félix, al compás de los galopes— Uno, dos, tres y brinco. Uno, dos tres y brinco. ¡Muy bien ahí, señorita Rose!

—¡Estoy mejorando, profesor! —chilla Levillant, cabalgando sobre uno de las yeguas de entrenamiento— ¡Ya puedo seguir el ritmo!

—Como una verdadera jinete profesional, sin duda —la complace el británico, sonriente.

—Demonios —masculle Marinette, acomodando sus botas— No sé si engordé o que, pero me cuesta metérmelas ahora.

—Tienes los pies inflamados, amiga —le comenta Césaire, socorriéndola— Déjame ayudarte. Santo dios. ¿Cuánto tiempo llevas cabalgando?

—Estuve practicando todo el fin de semana —espeta Dupain-Cheng, sin perder de vista, los ojos de Félix Fathom— Necesito que note que he progresado por mi cuenta.

—No te ofendas, pero llevas dos años en lo mismo —advierte la morena, doblando la boca con desazón— Se que a veces bromeo con que lo tienes cautivado. Pero este hombre es como un roble. No da su brazo a torcer.

—No me creas tan débil por favor —sentencia, decidida— Tarde o temprano, va a ceder. Ya casi lo tengo en la palma de mi mano ¿Ok? El otro día me tomó de la cintura. Y no sabes…lo bien que se sintió eso —agrega, sonrojada— Dios…hubieras visto sus manos. Son tan varoniles y firmes. Sus dedos…

—Normal, amiga. Si no podías ni montarte en un pony de circo —carcajea divertida la muchacha de anteojos— Te tuvo que ayudar a subir.

—¡Ya cállate! Eres mi amiga y debes apoyarme en esto. No me rendiré…—la peliazul se levanta a duras penas y camina hacia su caballo— Ayúdame a subirme.

—¿Si te tomo de la cintura te excitarás pensando en Félix?

—Una broma mas de esas y te daré una cos con mi yegua —la amenaza, sin sonar seria al final.

—Creo que una patada de uno de estos jamelgos, duele menos que ser rechazada por Félix Fathom —se mofa Alya, levantándola de los pies para hacer de trampolin— ¡Upa! Ahí vas.

—Ya verás lo mucho que mejoré —reclama la francesa— Mírame —jala de las riendas.

He de admitir que, de un tiempo a esta parte, Dupain-Cheng ha mejorado muchísimo su técnica de montura. Se muestra cada día mas impetuosa y bravía a la hora de cabalgar. Salta un par de bayas y sin problema alguno, mantiene la espalda erguida como una verdadera valkiria o mujer amazónica. Sin duda ha estado practicando por su cuenta. Pues las ultimas sesiones me ha dejado boquiabierto con sus nuevas técnicas. Mismas que no aprendió del todo de mí. Me alegra y al mismo tiempo alimenta mi orgullo docente de verla progresar con tantas ganas. Se ve que le interesa mucho el tema.

En realidad, solo me interesas tu —piensa Marinette, percatándose de que tiene la atención sobre sus hombres del profesor Fathom— ¡¿Estoy mejorando?!

—¡Vas muy bien encaminada, Marinette! —berrea Félix más atrás, obnubilado con sinceridad de sus capacidades— ¡Buen enganche y raid doble! ¡Te quiero ver para las nacionales de horseball si sigues así!

—¿Una carrerita hasta el banderín de la colina? —lo reta.

—¿Un desafío? —accede Graham de Vanily— Yo acepto —se monta a su caballo con avidez y la sigue— ¡Vamos a ver quién llega primero!

—¡El ultimo es una anchoa podrida! —retoza Marinette, espoloneando a su animal— ¡Arre!

Hace muchísimo que no me divertía con frenesí, así con alguien. No sé en que momento de mi vida, dejé de sonreír por cosas que realmente me apasionaban. Enseñar, es parte de la furia de fanatismo que me envuelve día a día. Pero ahora mismo, siento un arrebato pueril, casi lozano por competir con una de mis alumnas. Inocentemente acepté el duelo, echando carrera cuesta arriba. Me exaspera con locura concebir el aire gélido por mis mejillas, a la velocidad de un derby. Ella se ríe tan pura y llanamente apasionada por lo que hace, que no encuentro palabras para describir como aviva mi llama de deseo por más sensaciones como estas. Es embriagadora. Justo cuando llegamos al a cima, se aventura a entrar al espeso bosque mas adelante. Yo la sigo, ligeramente preocupado por su seguridad.

En algún punto, la competencia se tornó una batalla de quien era mas cautivador que el otro. Llegamos a orillas de un rio en donde ella se detiene, carcajeando con las mejillas coloradas y el vapor de su boca exhalando exhausta. Eso fue increíblemente salvaje de su parte. Me encanta…

—Mi derrota me mantiene humilde —exclama Félix, galopando suave hacia ella— Has ganado. Tienes mis respetos.

—Respeto es lo que menos quiero de usted, profesor —declara a viva voz, la menor.

—Lamento decepcionarte, Dupain-Cheng —gesticula Graham de Vanily, derrotado— Pero por el momento, es lo único que puedo ofrecerte.

—¿Por qué no me amas, Félix? —pregunta Marinette, con la mirada humedecida.

—…

¿Por qué no te amo, Marinette? Porque…yo…no. No. Casi lo digo. Pero no es el momento mas adecuado para ello. Me contengo, como muchas otras veces. Suspiro malogrado.

—Será mejor volver —dicta el rubio, alzando la mirada al cielo— Está comenzando a anochecer. Y debemos regresar con los alumnos del centro —jala las riendas del caballo, girándose— Vamos.

—¡Félix Fathom! —le interrumpe la francesa, en un ultimo intento por convencerle. Ha conseguido que su mayor se detenga, aunque le de la espalda. Traga saliva, armándose de valor como nunca antes— Dirás que es por la edad…o porque me encuentras tonta. O porque no estoy a tu altura. Eres un Graham de Vanily. ¿Pensabas que no sé sobre tu cuna? Ya he estudiado todo de ti…

—Tu no sabes nada de mí, Marinette…—le interrumpe, angustiado por sobre el hombro— Por favor, no sigas. Volvamos.

—¿A que le temes? —insiste la fémina, mustia— ¿A lo que la gente pensará de nosotros? ¿Qué te detiene? ¿Es tu ética? ¿Tu moral? ¿Temes al pecado?

—Calla…—berrea Félix, con voz hosca y ahogada— ¿Tu que sabes del pecado…la moral o lo que está mal? No sabes…

—¿Estás casado acaso?

—No —veredicta.

—¿Entonces por qué no quieres admitirlo? —redunda Dupain-Cheng, cabalgando hacia él. Solo quedando a escasos centímetros de su corcel, le toma del brazo— Te voy a tutear. Estoy cansada de fingir lo contrario. Yo sé que también te gusto.

—No saques conclusiones tontas, por favor.

—No mientas más —solloza la peliazul— ¿Por qué haces esto?

—¿Por qué, que?

—¿Por qué…finges como que nada aquí pasara entre ambos? —reconoce, lastimada. Suelta su brazo finalmente— Ya he visto como me miras. Te mueres por estar conmigo. Félix…eres joven aún. No sé que es de tu vida privada. Pero yo-…

Suficiente, Dupain-Cheng —sanciona Félix, aniquilando toda expectativa de la muchacha con tan solo una mirada reprochable— No sabes cuanto me duele…que no lo entiendas —traga saliva, aclarando la voz— La clase de hoy, terminó.

—Félix…

Me veo muy mierda por fuera ¿Verdad? Un bastardo sin corazón, que no siente nada mas que asco o resentimiento por el mundo y el amor. Pero no saben, cuanto me quema por dentro no poder hacerla feliz. No puedo seguir hablando con ella ahora o acabaré diciendo cosas de las cuales luego me arrepienta terriblemente. Le doy un par de taloneadas a mi caballo y regreso por la cuesta arriba. No la había rechazado vulgarmente hablando. Pero si la finiquité, dándole un ultimátum. Independientemente de lo que sienta o no, no me gusta que insistan cuando digo que no. No, es no. Y Marinette no sabía respetar mis tiempos o espacios.

Nuestra relación debió morir ahí, junto con la charla incomoda que jamás debió pasar. De no haber sido…porque con tanto ajetreo, mi billetera se desprendió del bolsillo de mi pantalón.

—¿Qué es esto? —Marinette la recoge, guardándola para si misma— ¿La billetera de Félix…?

Se que llegó a parar a manos de Marinette. No encuentro otra explicación. Se que ella la tomó. Fue devuelta a mí, dos horas después. Estaba intacta, sin ninguna muestra de robo o asalto. Ella misma me la devolvió. Pero nunca llegué a sospechar que aquel incidente arbitrario, llegaría a marcar y matar toda mi historia de vida en Escocia. Lo que ocurrió a continuación…no lo vi venir ni por asomo…

[…]

Me llevo bien con todos. Sobre todo, con los que asisten al club de monta y doma de rocines. Algunos de ellos, son jóvenes en proceso de rehabilitación. Dedico de lunes a miércoles clases normales y de jueves a viernes, ayudo a una fundación de caridad sin fines de lucro a niños con problemas de neurodivergencia u otros inconvenientes kinesiológicos. Mi vida laboral por la semana era conocida por todos. Incluso por los que atendían bares, restaurantes y quioscos. Pero el viernes por la tarde, luego de las 18:10PM. Yo dejaba de lado toda fachada hipócrita, para dar paso a la doble vida que mantuve durante los últimos dos años en esta zona. Y que nunca nadie sospechó o al menos no se atrevió a indagar. Había montado una historia tan perfectamente armada, que la única forma de saber algún detalle o algo más de mí, era literalmente asaltar mi casa. O mi billetera…pues ahí guardaba receloso la dirección de familiares y amigos. Sobre todo, la de uno en particular…

Avenida Saint Vincent, 18:30PM.

—Disculpa —interviene Alya, escondida detrás de un basurero— ¿Me recuerdas que estamos haciendo aquí? Parecemos unas delincuentes juveniles a punto de asaltar a un adulto mayor.

—No he robado nada, si eso te tranquiliza —comenta Marinette, agazapada a su lado. Le muestra un papel corrugado— Llegó a mí, por gracia del universo. Mira esto.

—¿Qué es? —lo relee— Una dirección. Genial. ¿Pero eso que tiene que ver con el hecho de que estamos siguiendo al profesor Fathom?

—Alya…—advierte Dupain-Cheng, convencida— Creo que Félix ha estado mintiendo todo este tiempo.

—¿Miente?

—Bueno. No…más bien —esclarece— oculta información de su vida privada.

—Bueno, natural ¿No? —recalca Césaire, reprochándole su conducta de psicopata— Es su vida privada. Tiene derecho a reservarla para él. ¿Por qué te metes en ella?

—No lo entiendes —la peliazul la increpa, callándola de golpe— Es mas que eso. Creo que la razón por la cual Félix no quiere estar conmigo, es porque lleva una doble vida. ¿Ves la dirección y el nombre en ella?

—Si. Lo veo —cita— "Emilie Agreste". ¿Y que con eso?

—¿Qué no te das cuenta? —chista la francesa, instigada— Es la dirección de una mujer. De seguro Félix está casado. Debe de tener una familia, hijos, etc. Y se lo oculta a todos. ¿Por qué razón haría eso? ¿No te parece raro?

—Marinette…—suspira la morena, hastiada. No le parece correcto el actuar de su compañera— Oye…no deberías meterte en esto. Si Félix ha decidido esto, es por algo. Es un hombre adulto y maduro. ¿Por qué estás-…?

—¡Shh! ¡Silencio! —la interrumpe, cubriéndole la boca— Ya salió…

Chica…—balbucea a penas— Espera…puede que estés divagando. ¿Y si es para un familiar solamente?

—Mira —apunta con la mirada— Lleva un ramo de flores. Ha comprado 18 rosas rojas, 5 claveles y 17 azucenas. Con ramas y adorno. Incluso una rosita amarilla. Joder, te lo dije. Nadie compraría flores así para una simple familiar.

—Marinette…—insiste Césaire, convencida de su error. Niega con la cabeza, tras sujetarla del brazo— Detente.

—¿Qué te pasa? Creí que me apoyabas.

—Lo hago. Pero esto no es normal —niega con la cabeza— Acaso no conoces el dicho: "¿El que busca encuentra?"

—¿Qué insinúas? —arquea una ceja, suspicaz.

—Que si estás buscando la verdad…—advierte la chica de ojos marrones, preocupada— puede que la encuentres. Y no siempre será grata para ti.

—No me importa —dictamina Marinette, percatándose de que Félix se sube a su carro y acelera en dirección norte— Estoy preparada para todo.

—¿En serio estás preparada para lo que sea? —suplica; como un ultimo intento por detenerla— No vayas…por favor, no lo sigas. Déjalo en paz…

—Sea lo que sea que encuentre —dispone Marinette, imponiendo su voluntad— Lo resolveré hoy. Si este amor no puede ser, tengo que convencerme de ello para acabarlo. ¿No crees que merezco saber la verdad de todo?

—Si, claro que lo mereces —pronuncia su mejor amiga, dando aires de decepción— Pero Félix ya te dio su verdad. Te ha rechazado, chica. ¿De que otra forma quieres que lo haga?

—De la forma en la que yo sepa qué demonios pasa —zanja la gala, ventilando así sus inseguridades. Se levanta y pide un taxi con la mano— No me sigas. ¡Lo averiguaré yo misma!

—¡Marinette!... —Alya la ve subirse al carro y exhala, derrotada— Estas condenada…a la pena de la cruda realidad. Ojalá no sea nada malo…—junta sus manos, rezando— Que sea todo un mal entendido…por favor, tengo un mal presentimiento de esto.

[…]

Poblado de Nielston, a 12 kilómetros de Glasgow. Es un día soleado, casi primaveral.

El vehículo se detiene frente a una gran reja metálica de acabados de bronce y oro; mismos que adornan el jardín floral de la entrada. Un escudo familiar engalana su importancia y destemple del resto. No cualquiera puede pasar. La baya perimetral es de acero y alambre electrificado. Seguido de un circuito de cámaras de seguridad de última generación. Un hombre de estatura mediana, cabellera, bigote y destemple gris con actitud sumisa lo hace pasar, permitiendo que su coche entre con familiar cortesía.

—Bienvenido, señor Graham —lo saluda el guardia. Le abre la verja— Un placer verlo de nuevo por acá.

—¿Dónde está? —pregunta Félix, por el ventanal de su auto.

—En su cuarto, durmiendo —determina el anciano, esbozando una mueca jovial— Hoy ha sido un bien día para ella. Se bañó con burbujas. Y si me permite…—sugiere— Ahora sería bueno que tomara un poco de sol en la asolea. Hace buen clima ¿No cree?

—Un excelente clima —murmura Fathom, esbozando una mueca cariñosa— Después de tanta nieve y lluvia —añade— Avísale que vine. Que se asee y se vista por favor.

—A la orden, Sir —asiente— Adelante. ¡Ah! —hace hincapié a un dato— Le trajo flores. Sus favoritas. De seguro se alegrará de verlas.

—Son preciosas ¿No crees? —balbucea, ruborizado el rubio— como le gustan. Anda, ve a prepararla. ¿El cocinero?

—Tiene licencia hoy.

—Cocinaré yo —sentencia el británico— ¿Hay pato?

—Ciervo, señor —confiesa.

—Ciervo entonces —acepta, frunciendo el ceño— ¿Vino?

—Del 56.

—Dale. Ordena que preparen la cocina —demanda— Tengo una nueva receta.

—Como usted mande, Sir —asiente, reverenciándolo— Pase, por favor.

19:23PM.

Ella baja del segundo piso, dando pasos por la escalera como si la hubiera venido a ver el mismísimo rey de Inglaterra. Lleva el vestido que le regalé la semana pasada. Rojo furioso, con un toque magenta en los labios. Me complace verla de buen humor, ya que no siempre tengo el privilegio de profesarme presumido en su presencia. Por lo regular me insulta. Pero ahora mismo, está tranquila. Espero se esté tomando el medicamento del cardiólogo. Beso el dorso de su mano con indulgencia y ella me mira escueta, esperando como una niña pequeña; algo a cambio. No es para menos, vamos. Es una princesa viviendo encerrada en el castillo custodiado por el dragón de su psiquiatra. Le muestro el ramo de flores que compré hace unas horas atrás. Sonríe. Momentáneamente, pero lo hace. Con ese gesto conciso me doy por pagado.

—¿Te gustan, tía? —consulta el menor, gesticulando una sonrisa breve pero amorosa— Las he elegido especialmente para ti. Quería complacerte.

—Están bien —responde desganada la mayor, pero ligeramente conmovida por su gesto— Me gusta más el vestido, la verdad. La seda es suave y aterciopelada. Te has lucido.

—Lo traje de Praga —confiesa Félix, con sumisión— Muy pronto espero que podamos volver. Tal vez para el próximo vera-…

—Tengo hambre —interrumpe de sopetón, desviando el tema a los alimentos que consumirán— ¿Qué preparaste? —añade, caminando hasta el balcón para tomar su sombrero— Hace buen clima. Cenemos afuera.

—Claro…

He ordenado que nos preparen la mesa de la pérgola de las flores, en el patio trasero. Rosas, velas y cuchillería de plata. Yo en persona he servido los platos. Es guiso de ciervo a las finas hiervas, montado sobre una cama de salsa de frambuesa y jengibre; en compañía de unas papas rusticas al olivo y romero. Ensalada mixta y de postre, creme brulé; como tanto le gusta. Le sirvo algo de vino y me siento frente a ella a comer. No sé si me complace más el hecho de sentir la primera brisa tibia del año, remover mis cabellos. O el sencillo placer culposo de verla sonreír al degustar mi platillo. Emilie Agreste es una mujer tan refinada, que me cuesta creer que esté compartiendo conmigo esta tarde. Brindamos juntos, mientras aprovecho mi chance de vil ladrón, robándole alguna sonrisa con una que otra broma absurda.

El tiempo apremia. Y así como su humor cambia, también lo hace el clima. Es como si estuvieran en sintonía. Se ha nublado un poco.

Tras acabar los alimentos, se recuesta en una reposera de madera plegable frente a la laguna. Yo le hago compañía, acomodándome a su lado, pero a escasos centímetros nada más. Ahora su expresión facial es agria y de pocos amigos. Esa nostalgia que la corroe por dentro, inunda la escena con inquietante tensión.

—Tu ya no eres mi niño favorito ¿Sabes? —rezonga la rubia, desviando su mirada con desazón.

—Eso es porque ya no soy un niño, Emilie —responde tranquilo el británico.

Me sirvo otro poco de vino. Le he ofrecido un poco a ella, pero me ha rechazado. Ya conozco estos cambios de humor tan repentinos y no me hace agravio alguno. De un tiempo a esta parte me he acostumbrado a beber solo. Los tiempos son volátiles en la vida de ambos. Y mientras simulo contemplar el estanque de aves chapoteando y brincando, mi fémina compañía suelta una recelosa lagrima casi incauta; que define su serosidad. La tristeza se ha fundido en su ADN casi como algo diario.

Estoy en conocimiento de lo que le aflige. Le extiendo un pañuelo blanco, con las iniciales de mi nombre bordadas en la esquina.

—He encontrado un excelente lugar en Inverness —comenta Félix— Pensé que quizás te gustaría este fin de semana…

—Estoy con el periodo —miente.

—No hace falta que acabemos en algo como eso ¿Sabes? —rezonga Fathom, ligeramente incomodo. Bebe un sorbo de su copa— Yo lo decía para que pasaras un momento de relajo.

—¿Te ha sentado mal el ciervo? —ironiza Emilie, con actitud apesadumbra— ¿Desde cuándo no te importa?

—Por favor, no pongas palabras en mi boca que no he dicho.

—¿Estás saliendo con otra?

—¿Disculpa? —la observa pasmado con su pregunta— No. Claro que no —niega tajantemente— ¿Por qué tendría que-…?

—Ni te atrevas a mentirme, Graham de Vanily —lo fulmina la ojiverde con la mirada; dotada de un rencor infundido que ni el logra captar— Por favor, mírate. Eres joven y estás en la plenitud de tu edad. Todos los hombres son iguales. Buscan lo mismo a la larga.

—Me ofendes —protesta, injuriado— ¿Cuándo yo he sido "como el resto"? ¿Ah?

—¿Y que con eso…? —musita malograda la Agreste, escondiendo sus labios detrás de la pañoleta que le ha brindado su compañero. Triste, olisquea su perfume— Hace un mes que no te dejo tocarme…es natural que te hayas buscado a otra en reemplazo.

—Me parece insólito que sigas mostrándote tan ingenua conmigo, Emilie. No existe tal reemplazo para mi —Félix hace a un lado su brebaje y se levanta hasta ella. Encuclillas, toma sus manos y la mira con ternura comprendida— Asumí que me castigarías por la decisión que tomé. Pero tienes que entender, que lo hice porque te amo.

—Entonces como aceptaste que me vengaría, tu solo…—Emilie aprieta los labios, acongojada; tentada a romper en llanto. El toque sincero en sus manos, le remueve las entrañas con alarmante ansiedad— ¿Acaso no me extrañas?

—Me duele como no tienes idea —confiesa Fathom, con penetrante mirada— Pero sé que a ti también te quema por dentro. De la misma forma en que noto como te tiemblan las manos, cuando las acaricio contra mi piel…

—Basta —la mayor le quita las manos, alteradamente ruborizada. Las lleva a su pecho, forzando controlar los latidos de su corazón— No voy a caer. Ni lo intentes.

—Pronto lo harás.

—Eres un maldito, Félix —gruñe abochornada la mujer, endosándole la culpa de sus propias desviaciones— Mereces irte al infierno.

—Lo sé.

Y yo también…de paso —musita casi inaudible, tragando saliva absorta de su propia condición— Félix —demanda la mayor, con la mirada atiborrada en angustia— Quiero volver a casa.

—Esta es tu casa, Emilie —sentencia el rubio.

Sabía que, si le decía eso, perdería el juicio. Aún así, corrí el riesgo como el bastardo que soy. Su reacción errática fue lo primero que recibí en respuesta, azotándome el pañuelo contra la cara. Acto seguido, se alzó sobre el asiento; abalanzándose hacia mi cuerpo. Su sombrero cae al suelo. Con ambos puños, golpeó mi pecho repetidas veces, sin mucha fuerza realmente. De modo que no llegué reaccionar de la misma manera violenta que ella, estalló en llanto lanzándome improperios uno tras otro.

—¡Esta no es mi casa, maldita sea! —berrea— ¡Maldito, bueno para nada! ¡Quiero volver a Londres! ¡Eres un infeliz! ¡Me tienes como tu prisionera aquí, bastardo! ¡Te odio! ¡Te odio, Félix Fathom! ¡Maldigo tu cuna! ¡Yo no-…! —solloza, derrotada.

Siempre termina cediendo. Solo me resta resistir a que se calme. La abrazo con dejo de dolo, oprimiéndola contra mis pectorales y acaricio su cabello en el proceso. ¿Cuándo será el jodido día que comprenda, que hago esto por su bien? Después de su último intento de suicidio, no me arriesgaré ni por un segundo a cometer el mismo error de perderla de vista. Lamento que no pueda entenderlo, pero su estado de salud mental y nervioso no es el más optimo. Básicamente, la he traído hasta acá por recomendación del psiquiatra. Soy su velo de cuidado diario y nocturno. Si tan solo…pudiera verse a través de mis ojos…

—Detente, por favor —la reprime, sujetando sus muñecas. Tras aguardar por un prolongado minuto eterno, logra tomarla del rostro con ambas manos y eleva su mirada, sosteniéndola— No soy tu enemigo. Soy tu servidor. Y lo único que me mantiene trabajando los engranajes de mi alma, es el placer prohibido de amarte…

—¿Por qué tienes que ser tan jodidamente perfecto…?

Emilie…—confiesa jadeante— eres una llama que no logro templar. Me robas el aliento. Soy un volcán a punto de estallar, por el simple capricho y deseo de comerte a besos. Mi corazón late vehemente, haciéndome respirar impulsivamente como un animal salvaje ¿Puedes escucharlo? Sientelo…—presiona su diestra contra su pecho— Ya no me prives de tus dotes…y déjame hacerte mi mujer una vez más.

Ella me observa, embrujada y totalmente sumisa ante mis palabras. Doblegando finalmente el ímpetu que le acomete, me atrapa del rostro y me besa. Me he perdido, como un náufrago navegando en el mar de sus labios. La pasión nos hace prisioneros por igual. Me envuelve entre sus brazos y devora mi boca, al compás de nuestras lenguas juguetonas. Un hilillo de saliva se escurre por la comisura de sus hinchados labios, sobre estimulados de lujuria. No puedo evitar frotarme contra su anatomía, estrujando sus caderas con mis dedos.

Para cuando la respiración le falta, emite en un sonoro gimoteo; claro como una nota musical.

—Mentí. No estoy con el periodo…

—Ya lo sé, joder. Ya lo sé —añade.

Ella se brinca sobre mí, como un koala aferrándose a un árbol; desesperado por escapar de un depredador furtivo y la llevo hasta el interior de la casona.

[…]

—Lo sabía —murmura Marinette, quien ha presenciado toda la escena con lujo y detalles; escondida clandestinamente detrás de unos arbustos. Un clic, acompañado de una fotografía tras otra— ¿Así que esta es la razón por la cual no me correspondes? Te gustan…las mujeres mayores…—revela, humillada. Otro clic— Maldito…yo también puedo ser atractiva ¿Sabes?

—Disculpe, señorita —le intercepta el guardia de la parcela, apostándose detrás de ella— ¿Quién es usted y que hace aquí? —advierte, sacando su radio— Si no se va ahora, tendré que llamar a la policía.

—¡Ah! —se espanta, girándose forzosamente hacia él. Le han pillado, aunque logró esconder la camara— ¡Espere! No soy ninguna criminal o algo así. ¡Mil disculpas! En realidad, yo…—su voz se opaca, diluida por una expresión facial derrotada— yo soy conocida del profesor Fathom.

—¿Conocida?

—Soy una alumna que lo admira mucho y vine por…por…—redunda, inventándose una excusa convincente que le ahorre problemas— ¡Porque me dejó una tarea que no entiendo!

—Aun así —agrega receloso el varón— le tengo que pedir que se marche, por favor. Esta es una propiedad privada y pertenece a la familia Graham de Vanily.

—¿Graham de Vanily? —inquiere Dupain-Cheng, confundida— ¿Cómo? ¿No es esta la casa del profesor Fathom?

—No —niega tajantemente— Es la casa de Emilie Agreste. Hermana de lady Amelie Graham de Vanily. Es su tía.

—¿Emilie Agreste es…? —se paraliza de golpe, completamente en shock— ¿Es la tía de Félix…?

—¿Está sorda acaso? —frunce el ceño— Es lo que he dicho. Ahora, si me permite —la jala del brazo— Por favor, la acompaño a la salida.

—…

Marinette es escoltada hasta la salida de la propiedad. Y mientras la reja se cierra detrás de si, ella echa un último vistazo ojeando con horror el paisaje de fondo. ¿Pero de que mierda se ha enterado? ¿La mujer que vio besándose con Félix es su tía? ¿Qué clase de broma es esta? ¿Cómo es posible? ¿Qué significa esto? Nada ni nadie puede quitarle la expresión cadavérica del rostro. Transparente como un papel, una sensación nauseabunda le ahoga por dentro.

—¿Esto es…? —traga saliva, asqueada— ¿Incesto…?

Pretendía batallar contra sus ganas de desaguarse. Pero no lo consigue. Tras dar cuatro pasos hacia adelante, irrefutablemente acaba vomitando contra unos matorrales. ¿Qué truco tan maquiavélico pretendía darle la vida, cuando fue Alya quien le advirtió de una cruda realidad? No logra asimilarlo. Es demasiado para ella. ¿Cómo tomarse una situación tan anormal y mórbida como esa? Se toma del vientre, entre lágrimas y sofocos espeluznados. Duele…en lo mas profundo de sus entrañas. ¿Pero que es? ¿Qué clase de sentimiento es el que la acomete con tanta criminalidad? ¿El hecho de no entender la situación o meramente el amargo sabor del engaño y el amor no correspondido?

—No puede ser verdad…tiene que haber una razón lógica para eso.

De regreso a la ciudad, la joven estudiante se reúne con su mejor amiga en casa de ella. Su azarosa investigación dio asideros de una verdad despiadada, que a todas luces necesita esclarecer. Su compañera lo escucha, pero no lo cree. El principio se muestra reticente, pues tiene mas pinta de ser el guion de una película de terror de bajo presupuesto. Pero conforme el relato avanza y la angustia se apodera del lenguaje corporal de la ojiazul, ya no queda duda a la temeraria hazaña. Es una situación comprometedora.

—Que oscuro suena…—murmura Césaire, sentándose a su lado para consolarla— Marinette. Si esto resulta ser verdad. ¿No crees que te estás arriesgando demasiado?

—¿Qué quieres decir con eso? —espeta la muchacha de cabellos azabaches— ¿Piensas que fui muy atrevida?

—La verdad es que sí. Pero a la vez, el profesor Fathom está siendo mucho mas osado con lo que hace —comenta— Es una situación muy turbulenta. No creo que sea prudente que te involucres.

—Ni de coña —niega, hastiada su camarada. Se levanta y la fulmina con la mirada— Estas fotos, son todo lo que necesito para que me diga la verdad.

—Estás jugando con fuego ¿Sabes? —le advierte la morena, con amago de incertidumbre— Félix es un adulto. El puede hacer lo que quiera con su vida. Y, además, es un académico super respetado en el mundo del profesorado británico. Si esto llegase a salir a la luz…

—Sería el fin de su carrera.

—No, chica. Te equivocas —agrega la estudiante, sujetándola de los hombros. Intenta hacerla entrar en razón, aunque no lo consigue del todo— Será el fin de su vida. ¿Qué no te das cuenta? Esto no parece ser solo un caso aislado de "un sobrino con su tía". Estas fotos —se detiene a examinar una con sumo cuidado— Míralos…

—¿Qué quieres que mire? —desvía la mirada, con actitud hosca— Me da asco…

Míralos —demanda Alya, volteándole el rostro para obligarle a ver con detalle— Ese no es un beso ordinario. La forma en la que se toman. Esas dos personas…parecen estar…

—No quieras hacerme creer que Félix está enamorado de su tía.

—El tema no pasa porque Félix esté enamorado de su tía —exhala frustrada— El tema pasa porque el es correspondido. Esa mujer, siente lo mismo por él.

—Y eso solo lo hace más grave —sentencia Marinette, frunciendo el ceño. Camina hacia el perchero y se acomoda una chaqueta— Y no permitiré que siga con esto. Se ve que es mayor. ¿Y que tal si ella lo tiene atrapado en alguna mentira o algo? Quizás desde hace cuanto lo tiene embaucado.

—¿Has perdido la cabeza acaso?

—Alya —la interrumpe de sopetón, justificando sus palabras con autoridad— Félix hoy en el bosque me dio atisbos de querer sentir lo mismo por mi ¿Sabes? Pero vi algo…en sus ojos, que no podría explicártelo con palabras. Fue como si quisiera huir de algo.

—¿Y piensas que es de su tía?

—No sé si de su tía —murmura, cabizbaja. Guarda las fotografías en el bolsillo de sus prendas y se desplaza hacia la salida— Pero si de la situación en la cual se encuentra.

—¿Y qué? —arquea una ceja, cruzándose de brazos— ¿Pretendes hacer de heroína o algo así? ¿Piensas que el busca que alguien lo libere o algo así?

—Bueno… ¿Quién sabe? —finaliza, abriendo el pórtico de la puerta— No lo sabremos si no lo intentamos.

—No hables en plural —reniega Césaire, acomodándose los anteojos por el puente de su nariz— Yo no te apoyaré en esto. Creo que no tienes derecho a involucrarte en los sentimientos de un hombre de esta manera. De hecho —la increpa— Lo que hiciste hoy fue feo. Espiarlo así…

—Está bien —asiente por ultima vez— No pido que me entiendas o abogues por mí. Puedo hacerlo sola.

—¡Marinette!

Demasiado tarde. Ella no ha escuchado nada ni a nadie. Tozuda y atosigada de obstinación, Marinette Dupain-Cheng abandona la casa de su compañera en dirección a la vivienda del profesor Fathom. Su intención es encararlo. Y aunque lo niegue todo…no dará pie atrás. Que la juzgue quien quiera. Una corazonada le da el vigor y el valor para llegar hasta las últimas consecuencias. Que sea tachada de loca o psicópata poco le importa. En el fondo, no busca lastimar al chico del cual lleva dos años atada. SI el bien común así lo amerita, ella…

[…]

—¿A dónde vas?

Me pregunta Emilie, somnolienta entre sabanas. Intenté ser lo mas cuidadoso posible para no despertarla. Pero ha sentido el abandono de mi calor en el lecho matrimonial e indiscutiblemente me interroga. La veo sentarse sobre el colchón, cubriéndose con decoro el torso desnudo que hace unas horas atrás, disfruté con exquisites. Yo por mi parte, me abotono la camisa. Me he puesto los pantalones y los zapatos. Es verdad. ¿A dónde voy? No quisiera abandonarla. Pero es imperioso hacerlo, pues son las 20:13 de la noche y tengo trabajo que atender a la mañana siguiente. La observo a través del espejo de su tocador y le regalo una sonrisa sincera.

—Descansa —musita Félix, con voz templada— Te ves exhausta.

—¿No será al revés? —inquiere con suspicacia la fémina, acomodando un par de mechones rubios detrás de su oreja— Creo que te estás avejentando y no me lo quieres decir.

—¿Por qué dices eso, mujer? —sonríe afable, en lo que acomoda su corbata— ¿No te ha gustado acaso?

—Han sido solo dos rondas…—desvía la mirada, abochornada.

—No tengo 15 años, Emilie —confiesa Fathom, con tono aterciopelado— Y para ti tampoco fue fácil. Te costó muchísimo llegar…

—Son esas estúpidas pastillas para la depresión —refunfuña abatida— Me quitan el apetito…

—No te estoy culpando —aclara, acongojado.

Vale. Lo que menos quiero es que se cuestione cosas intimas tan profundas como esas. Es una mujer increíble y vigorosa por lo demás. Sería muy canalla de mi parte, echarle la culpa a la vitalidad que su tratamiento psiquiátrico le ha robado. Camino hasta ella y beso su frente con ternura. No solo le estoy agradeciendo el momento, si no también el irrefutable hecho de que siga con vida. Después de todo el dolor que ha pasado en su corta vida, lo mínimo que puedo hacer es retribuirle al universo que aún me regale el perfume de su flor, como una preciosa primavera. Le dejo un sobre gris, a cambio de sus privilegios. Antes de retirarme, ella lo abre y lee el contenido. Me regocija ver sus pómulos ruborizados como resultado. Sin duda le ha gustado. Sin embargo, de un momento a otro, percibo como sus orbes esmeralda se humedecen, tentada a llorar.

—¿Por cuánto tiempo más…pretendes costear esta relación a punta de poemas como estos?

—Antes solías decirme que te gustaban —suspira el inglés, levantándose— Perdóname.

—No…—Emilie agarra su muñeca, sin llegar a observarlo realmente— no dejes de escribir…eres increíble en ello. Félix…pero yo-…

—Ya sé lo que quieres —agrega el menor, desplazándose hacia la puerta. Solo antes de salir, manifiesta— El próximo lunes tienes la ultima sesión. Iremos juntos con el doctor Fu. Y si el determina que tus exámenes están correctos, te prometo que volverás a casa.

—¿Lo juras?

—Tienes mi palabra de caballero —asiente, dándole la espalda— ¿Cuándo te he mentido?

—Félix —solicita angustiada la señora Agreste— Habla con Amelie, por favor. Necesito reunirme con ella. Quisiera…que mi hermana pudiera perdonarme. Llevo años queriendo hacer las paces con ella. Pero se rehúsa.

—Ella ya te perdonó hace muchísimo, Tía —sentencia Fathom, con expresión malograda— Pero eso no significa que pueda entenderlo o esté dispuesta a hablarlo.

—Lo sé. Pero…

—Descuida —la observa por sobre el hombro, gesticulando una mueca afable— Tengo todo bajo control. Te prometo que todo saldrá bien. Ya lo verás…

Te amo…gracias…

Se lo que me dijo. Lo he escuchado tan claro como la mañana. Pero no puedo responderle ahora. Eso estropearía el ambiente tácito del cual, ella es consciente. Yo también la amo. Y muchísimo. Pero claramente…no de la mima forma que ella a mí.

Salgo del cuarto y bajo las escaleras, disimulando el sombrío semblante que me acomete. El mayordomo me despide entregándome el sombrero. Solo asiento y me retiro hacia el estacionamiento. Nunca fue cómodo para mí, marcharme y dejarla sola. Desde pequeño, este reconcomio me acompaña como una entidad lóbrega pegada sobre mis hombros y no me ha dejado en paz desde entonces. Un sentimiento de abandono horrible, me desgarra el alma cada vez que lo hago. Emilie es una laguna de sentimientos, lo tengo claro. Pero yo, soy un océano. Y al igual que lo que el mar calla, yo acompaño su silencio noctívago. Conduzco en dirección hacia mi finca, en medio de la oscuridad; en compañía de un cigarrillo a ventana semi abierta y una petaca de Whisky que bebo con entusiasmo. En la radio suena una melodía placida que no logro distinguir, dado que me profeso inmerso en una tormenta de pensamientos confusos y melancólicos. Cuando por fin aparco en el pórtico de mi casa, hago una pausa prolongada antes de apagar el motor o las luces. Por alguna razón que desconozco, la imagen de Marinette Dupain-Cheng se me viene a la mente. Reavivo la conversación de la tarde, como si estuviese parada delante de mi ahora mismo. ¿Qué me pasa? Marinette es una chica increíble. Solo un loco sería capaz de rechazar semejante mujer. Es joven, altanera, diligente, locuaz, seductora, enérgica y fuerte. Todo lo que un hombre como yo desearía encontrar en una pareja. ¿Por qué sigo tozudamente en esta contienda de soledad? Es un camino fosco que me cuesta entender.

Me bajo del vehículo y activo la alarma. Camino hasta la puerta y me detengo en la entrada, a punto de introducir la llave en la cerradura. Una sensación indiscreta me aborda. ¿Qué es? Cuando entro, veo todo en oscuridad. Prendo la luz y me quito los zapatos. Me deshago del sombrero, los zapatos, la chaqueta y el maletín, colgándolos en el perchero principal. Por primera vez en años, percibo que mi casa es enorme para lo pequeño que soy. Y no digo en altura, mas bien en alma.

Solo alcanzo a dar cinco pasos hacia el living, dispuesto a acabar en el mini bar para servirme un trago que aplaque mi ansiedad. Cuando una voz femenina me asalta en medio de la penumbra.

Buenas noches, Profesor.

Me paralizo unos momentos. ¿Un ladrón? No veo nada. Volteo hacia la inmensidad de la oscurecida sala y distingo la silueta renegrida de una persona sentada en uno de mis sofás. Lo siguiente que noto, es el gélido céfiro del viento elevando las cortinas de una de mis ventanas. Ya veo…se ha colado por ahí. Me veo tentado a tocar el interruptor de la luz, pero la presencia que claramente es femenina me detiene.

—¿Está seguro de que quiere hacer eso? —advierte.

—Quisiera al menos conocer el rostro de mi "indeseada visita" —comenta Félix, con normalidad.

—No se haga el estúpido. Sabe quién soy.

Si. Claro que sé quien es. Enciendo la luz y la veo. Es Marinette Dupain-Cheng. Que locura haber pensado en ella justo hace unos momentos y verla en mi casa. Descansa sobre uno de los sillones mas cómodos que tengo, si me permiten aclarar. Admito que no me incomoda su presencia. Pero me parece fuera de lugar que venga a estas horas de la noche, sin invitación y burlando mi privacidad. No niego que, si me molesta un poco la "forma" mas no, la razón. Ya veo venir el por qué está aquí. A juzgar por su expresión facial empachada y molida, está más que dicho. En un intento por bajarle el perfil al problema y apaciguar sus pasiones, agrego otro vaso a mi coctel y sirvo dos tragos de Whisky con energética. No sé si bebe o si le gusta el whisky o la jodida energética. Pero da lo mismo. Si me la rechaza, me los bebo ambos. Y ya que estamos aquí…se lo ofrezco.

Ella asiente, aceptando mi propuesta. Me agrada nuestro primer mal comienzo. Luego, camino hacia Marinette y me siento en frente, dejando sobre un porta vaso de madera su brebaje. No he cerrado la ventana, porque quiero que escape el humo de lo que haré. A continuación, acerco un cenicero. Está claro que voy a fumar mucho. Le ofrezco uno. Lo objeta. No pasa nada. Cruzo una pierna sobre otra con elegancia y enciendo un cigarrillo. Aguardo unos momentos, solo para que ella tire toda la caballería encima primero. Estoy expectante a lo que dirá. Me mira, con ojos penetrantes y juzgadores. ¿Saben que tan acostumbrado estoy a que me miren así? Ni se lo imaginan. Esta chica, no tiene ni la menor idea de lo que he pasado. Me da pena, su ignorancia. Pero a la vez, siento lastima por mí. Porque no estará a la altura de lo que tenga que contarle.

Esto es casi un juego de niños para mí. Como una adivinanza jovial. Sonrío satisfecho y la reto. La incito, a que juegue conmigo. Ya sé absolutamente todo. No por algo, he llegado a donde estoy. Y no me estoy jactando de mi coeficiente intelectual. Es que la vida me ha hecho ser así. Vivir…un paso adelante del mundo.

—Muéstramelas.

Marinette se congela. ¿Qué pasa? ¿Se ha aturdido con lo que dije? Pero vamos…si esto ya me lo sé. Hace amago de duda y saca desde el interior de sus ropas una serie de fotos. Son cuatro aproximadamente y las pone sobre la mesilla de centro. La veo muy confundida, asustada y compungida. ¿Acaso sabe que ya lo sé? Si, claro que lo sabe. Observo las fotografías y no muestro aversión a ellas. Por el contrario, fumo y bebo un sorbo, tranquilo.

—Antes que todo, no deberías estar aquí —advierte Félix— Esto se llama "allanamiento de morada" y si llamo a la policía ahora mismo, fingiré que me quisiste asaltar. Entraste por la ventana como una delincuente y podrían llevarte detenida. ¿Sabias?

—Lo sé —confiesa Dupain-Cheng, ligeramente amedrentada— Pero luego yo mostraré estas fotos y te acusaré.

—¿Y de que vas a acusarme, supuestamente?

—De incesto.

—Oh…vaya —finge estar sorprendido— Incesto. Que palabra tan fuerte ¿No crees? —agrega, sonriente— ¿Y en que país, excepto los musulmanes y el vaticano, está sancionado el incesto con cárcel?

—En ninguno —aclara la ojiazul— En reino unido es mas bien una falta a la moral.

—Entonces, tu idea de venir a meterte en mi casa y espiarme, sacando fotos contra mi voluntad —carcajea, con infantilismo— ¿Es acusarme de incesto con la policía? Porque creo, que lo he has hecho tú, es mucho más grave. Podría levantar cargos en tu contra como acosadora. Entre otras cosas~

—La policía no. La sociedad —manifiesta segura.

—¿Y a ti te parece que yo sea un hombre al que le importa la sociedad? —espeta.

—No lo sé, Félix —comenta con suspicacia— ¿Quieres seguir haciendo clases en Glasgow?

—No por mucho tiempo.

—¿Pretendes irte? —arquea una ceja.

—Obvio.

—¿A dónde irás?

—A donde sea —exclama, exhalando el humo de su cigarro— Estoy de paso, solamente.

—Puede que tu quieras huir por toda la vida —murmura Marinette, tomando el vaso que le ofreció anteriormente. Bebe un sorbo, haciendo amago de asco al principio. Arruga la nariz, pero simula que bebe a diario— Pero yo creo que tu tía, la buena Emilie Agreste no busca eso. ¿O me equivoco?

Silencio sepulcral.

—Ese es tu talón de Aquiles ¿Verdad? —inquiere la peliazul, revolviendo con el dedo su trago— Yo creo que-…

—Yo creo que deberías irte —la intercepta Fathom, fulminándola con la mirada— No tienes idea en donde te estás metiendo.

—No. No lo sé —sentencia la estudiante— Pero no pretendo meterme con esa mujer. Solo contigo.

—¿Por qué?

—Porque me gustas.

—¿Y haces todo esto porque te gusto?

—No —aclara, desviando la mirada con vergüenza— Hago esto, porque, aunque no quieras admitirlo, te conozco. Y se que buscabas que te descubrieran. En el fondo…se que te gusto como yo a ti.

—Estúpida niña —se mofa el ingles.

—Tal vez —agrega— Pero estúpida y todo, me dirás que mierda pasa.

—¡Jajaja! —se burla el británico, frotándose la barba en el proceso— ¿Y por qué haría semejante mierda?

—Porque estas harto.

¿Harto de que, Dupain-Cheng?

—¡De todo! —chilla, ofuscada la estudiante— ¡Harto de esto! ¡De ella! ¡De tu vida! ¡Mírate! ¡Eres miserable! ¡Dime que está pasando, Félix! ¡Yo puedo…! —aprieta los labios, atragantándose con sus propias palabras. Desvía la mirada— Yo puedo aliviarte…ayudarte…

—¿Y cómo vas a ayudarme? —pregunta, con actitud indolente.

—Cuéntamelo…—musita, entre lágrimas— Cuéntamelo todo…vamos —exige— Te prometo, que te ayudaré. No te juzgaré más. Quiero saber…tu historia. ¿Por qué acabaste en esto? ¿Qué te motivó a seguir en esta rueda sin fin?

Que imbécil. Se me acaba de consumir el cigarro entre los dedos. Tuve que apagarlo, porque estaba inmerso y anonadado con semejante calibre de conversación. Las cenizas se me cayeron en el pantalón al cabo de un rato. Chasqueo la lengua y suspiro exhausto. Está bien. No voy a negarlo. Es verdad que jamás le he contado esto a nadie. Excepto…a una sola persona. Una sola persona, que ni si quiera me acompaña ahora mismo. Y que yace en medio de un retrato familiar. Un retrato familiar que no olvido. Pues fue la ultima vez que lo vi con vida. No confío en Marinette. Pero ¿Qué diablos? No es que me considere viejo, pero…vamos. Llevo años ocultando esto. Y si les soy sincero…ya no doy más. No sé por cuanto tiempo habré observado esa foto, que mi intrusa compañera lo notó. Se paró y caminó hasta mí, tomándome del antebrazo. Entonces…hizo la pregunta prohibida. La pregunta, mas asquerosa, morbosa, acertada y desigual de todas en mi vida. La pregunta…que nadie jamás me hizo. No sin antes, mandarme al infierno. La única persona que me la había hecho fue mi propia madre, Amelie. Y jamás pude decirle realmente como me sentía. Por miedo, por pendejo, por…

¿Que te duele?

Esa era la pregunta. Rompí en llanto. Apreté el marco del retrato familiar entre mis dedos y trémulo, lloré como si me hubiesen clavado un puñal en el pecho. En la foto, estábamos todos. Solo me restaba preguntar por última vez…

—¿En verdad quieres saberlo?

Y ella musitó sincera…

—Si.

Y todos mis demonios se marcharon a casa. Dando paso así, a mi más trágica y horrible historia de vida. Un relato, digno de ser escrito, pero no escuchado. Clandestino, injusto, maldito, infeliz. Marinette me miró y me desarmó esa noche. Es hora de bajar la guardia, pensé. Con todos mis botones abajo…me abrí a ella, como una ostra a punto de ser cocinada. La agarré del antebrazo y la senté nuevamente en su lugar. Aunque con el retrato entre mis dedos. Es hora de la verdad.

—Bien. Te contaré todo —enuncia Félix, con lágrimas en los ojos— Pero te advierto, que no la vas a pasar bien. Sentirás en carne propia todo lo que viví. ¿Aun así quieres saber?

—Cuéntame…Félix.

—Todo comenzó…—musita endeble, casi al expirar— Cuando nací.

Esta es la historia de mi vida…

[…]

Londres. 1992. Hace 30 años atrás…

—Dios…—musita Amelie, acongojada— Son iguales…

Mi nombre es Félix Fathom Graham de Vanily. Soy hijo único. Mi progenitor fue Colt Fathom, un norteamericano multimillonario de la industria armamentista de estados unidos y una burguesa, de apellido de renombre pues los Graham de Vanily eran una familia acomodada de la época. Vine a este mundo en un matrimonio arreglado, en donde no había amor ni mucho menos convicciones de vida. Pero si mucho estatus, renombre e idiosincrasia. Mi madre, tenía una gemela casi idéntica que por 7 segundos nacido mayor. Su nombre era Emilie. Semejantes en anatomía, distintas en formas de ser y perspectivas de vida; ya que ambas tomaron caminos distintos. Y por esos años, yo fui concebido como una rueda del destino, menor que mi primo hermano. Mi tía Emilie había dado a luz a su primogénito por esas fechas. Su nombre era Adrien. Y coincidentemente 7 segundos después que yo. Así que eso me volvió instantáneamente en el primo menor. Mas no en conocimientos. A diferencia de mi mamá, quien se había quedado en Reino Unido para cumplir con sus tareas de mujer devota, Emilie emigró a Francia y se había enamorado de un francés que, con los años, supe se había vuelto un reconocido diseñador de modas. Aunque haya salido de la calle. Resultado de aquel amor, Adrien se volvió mi único amigo. Básicamente, mi hermano.

Lo que relataré a continuación, fueron hechos que pasaron en torno a nuestra crianza. Puede que quizás estén borrosos los recuerdos. Pero yo no olvido a nadie. Mucho menos…a mi primo. Que era básicamente mi gemelo.

—Mami —pide Adrien, entre colchas y sabanas— ¿Nos lees el cuento otra ves?

Su nombre es Emilie. Es la mujer más dulce y tierna que se puedan imaginar. Es una madre excelente. Y mis momentos favoritos son cuando me cambia el pañal. No sé que pasa en mi familia, pero mi madre jamás lo hace y mi padre me mira con asco. Han contratado a una mujer que no conozco para hacerlo. No entiendo mucho. Pero me da igual ¿Saben? Tengo 2 años y quiero que Emilie me cambie. Cada vez que puedo, ella nos asiste. Intento imitar de forma sarcástica o irónica lo que mi primo hace. Pero no me resulta fácil. Por alguna razón él sonríe y a todos les parece increíble. Cuando yo sonrió, nadie parece sonreír. ¿Qué debo hacer para llamar su atención? El mueve las manitos, los pies, carcajea y todos se complacen. Yo hago eso y nadie ríe. Las veces que Amelie sonríe son cuando yo le hago cariño en le pelo o la jalo de la blusa. No estoy juzgando a nadie. Posiblemente ella creció con otra educación y expectativas. No digo que no me ame. Pero Emilie…

—¡Dios santo, Félix! —chilla Emilie, atormentada— ¡No te orines sobre mí!

—¿Qué ha pasado? —espeta Gabriel, descontento— ¿Otra vez el mocoso ese?

—No le digas así, cariño —refuta escueta la rubia— Es un bebé. ¿Qué no ves?

—¿Qué no veo? —chasquea la lengua el peliblanco— Solo busca llamar la atención.

—Lo hace —gruñe la ojiverde, conmovida por su gesto— Pero es un niñito solamente. No le digas así. Vamos a cambiarlo —juguetea con sus patitas— ¿O no? Mi niño precioso. Bonito, hermoso. Vamos a cambiarte…

Mi imagen progenitora era Amelie. Se que ella me había dado la vida. Pero mis convicciones de madre eran de su hermana gemela. Ella se mantuvo conmigo durante tantos años y nunca supe por qué. ¿Por qué? Si ella se había casado con un francés y tenía una vida con él. ¿Por qué seguía viviendo en Londres con nosotros? Cuando cumplí 6 años, lo comprendí. Esa tarde, estábamos jugando inocentemente con Adrien. El era un caballero y yo un dragón. Por alguna razón, yo había adoptado un papel de villano que me encantaba. Habíamos visto una película juntos. Star Wars. Yo era Darth Vader. Y el, el jedí bueno. Peleando entre sables de luz, acometí contra mi único amigo mi juguete hacia su pecho y el empezó a toser feo ese día. Como resultado, Adrien inició una travesía oscura de visitar a muchos hombres de bata blanca que no comprendía. Un día, yo estaba jugando con mis legos en mi cuarto y mi tía Emilie me dijo:

—Félix…tu primo está enfermo —murmura la rubia, acongojada— nació con una enfermedad fea y debemos apoyarlo. ¿Me ayudarías?

—Claro que sí, tía —revela el menor, preocupado— ¿Qué le pasa a mi primo hermano?

—Sufre de asma —explica la mayor— sus pulmones se contraen con fuerza, con alguna emoción fuerte o un ritmo cardiaco elevado y se ahoga. Eso podría… ¿Ya sabes?

—Lo entiendo —asiente obedientemente— Prometo hacer todo lo que esté a mi alcance para ayudarlo.

—Ese es mi pequeño "héroe" —musita, depositando un beso casto en su frente— Ahora ve a cambiarte, iremos al hipódromo.

—¿Mamá vendrá?

—Me temo que no…—agrega, jocosa— Tiene un compromiso con tu padre. Pero seguro se nos unen para la cena de la noche. Anda, ve —lo incita— Te espero abajo.

Nunca supe realmente que era lo que evitaba que mis padres fueran unos progenitores presentes. Pero con los años no me importó en lo absoluto. Yo era un chico feliz con solo estar con Emilie y Adrien. Esa fue una de las mejores tardes de mi vida. Montamos caballos por primera vez y lo gocé a rabiar. Descubrí una pasión escondida que con los años me acompañaría a tomar clases oficiales de equitación. Siempre fui un chico silencioso y solitario; rehuyendo del ruido social y la humanidad. Mis únicos soportes de desahogo eran ellos dos. Sin embargo, encontré en estos animales equinos una paz interior que me evocaban sentimientos de jubilo increíbles. Eran sinceros, puros, amables conmigo. Acariciar sus hocicos, darles de comer, peinarlos, fue mi sustento de goce hasta que cumplí los 13 años.

Como celebrábamos los cumpleaños el mismo día con Adrien, solíamos conmemorarlo el mismo día. Siempre fue igual, casi como un ritual pagano. Dos pasteles, dos montículos de regalos y doble amigos. Bueno…por su parte. Porque yo no era de muchas amistades que digamos. Por no decir, ninguno. La mayoría de sus invitados, se quedaban a festejar el mío por mera cordialidad. Yo era un apático muchacho que se cuestionaba muchas cosas por esos días. Y a diferencia de mi apasionado y desalineado primo francés quien poco y nada le tomaba el peso a la vida. Tan iguales físicamente y tan distintos en personalidad, que desconcertaba hasta a los escépticos. Nunca olvidaré ese día, en el que Adrien llegó a casa y me mostró una "carta de amor". O al menos, así la catalogó él. Era de una de las chicas del internado al cual asistíamos. Yo jamás había recibido una cosa como esa. Algo que profesara "sentimientos" de se calibre. Y como era de esperarse, me mostré reticente al principio. Que ingenuo. Curiosamente compartíamos la misma edad, pero íbamos a des tiempos en cuanto a nuestro desarrollo cognitivo y físico.

Hago hincapié con lo último, porque si fue algo…que me cambió la perspectiva de ver al sexo opuesto de sobremanera.

Lo hice anoche, primo —confiesa Adrien, solapadamente en su oído— Se sintió muy bien…

—¿Ah?

Yo no comprendía del todo al comienzo. Recuerdo que íbamos en la parte trasera del vehículo, en dirección al colegio. Nos llevaba el guardaespaldas de Adrien. Un tipo de apariencia neolítica y corpulenta. No sé realmente si fue porque estaba ensimismado leyendo un libro de técnicas de ajedrez o simplemente el hecho de que no estaba para nada interesado en explorar mi anatomía masculina. No fue si no, hasta que mi propio primo hizo un gesto elocuentemente vivido, que capté la idea. Me miró, bajó la vista hacia abajo y agitó la mano derecha de arriba hacia abajo. Me congelé. Tras un par de segundos sin saber que demonios responderle, el se aventuró a ser mucho mas osado y me lo confesó abiertamente. Jamás olvidaré la cara que tenía. La llevo clavada en mi retina. Estaba rojo como un tomate, pero orgulloso de lo que había descubierto; como un logro desbloqueado de videojuegos.

Me toqué…

—Coño, Adrien…—gruñe Félix, abochornado. Desvía la mirada— ¿Qué cosas dices?

—¿Por qué te pones así? —refuta el ojiverde, anonadado— ¿Tu no lo haces?

—No sé de qué hablas…—miente, avergonzado.

—Félix —añade, casi en un susurro— ¿No se te pone dura? Ya sabes…—aclara— Últimamente… ¿No te pasa que…?

—Bueno…—carraspea el inglés, bajándole el perfil a la conversación. Intentando sonar maduro, manifiesta— Si. Obviamente.

—¿Sí? —incursiona el galo, curioso.

—Si.

—¿Y que haces? —pregunta el Agreste, acongojado— Espera…por tu expresión. Ay no…no me digas que…—aprieta los labios, frustrado— Dios, primo. ¿Te duele?

—¡¿Qué estás diciendo, estúpido?! —chilla Fathom. El conductor los observa por el espejo retrovisor con suspicacia. Acto que inhibe la ira del británico y recula. Enuncia con serenidad, bajando la voz tal cual el hace— Últimamente si…amanezco así todas las mañanas. No sé que demonios me está pasando. Pero cuando despierto, está…ya sabes…

Demonios…pensé que solo era yo —exhala mas aliviado su compañero— ¿Y qué haces?

—¿Qué hago? —redunda Félix, girando los ojos. Cierra su libro y lo guarda en su morral— Nada realmente.

—¿Cómo que nada?

—Nada, Adrien —aclara— Es un acto reflejo. Debe de ser algo de la edad. Creo que debes dejarlo pasar. Es lo que hago yo —espeta, muy cauto con sus palabras— Se decente por favor. Deja que se baje solo.

—¿Entonces nunca te has…? —hace una pausa, dubitativo si confesarlo. Pero tras ver su nula reacción, le endosa en su rostro el acto mismo— ¿No te masturbas?

—¡ADRIEN! —vocifera Graham de Vanily, espantado.

Nghr…—gruñe el chofer.

—No pasa nada, gorilón —protesta Félix, con actitud agria a él. Se regresa a su primo y lo jala de la oreja. Solo para dejarle en claro su punto de vista— Ten cuidado con lo que haces. Dios nos está mirando. No seas inmoral.

—¿Dios…?

¿Me pueden creer que esa fue la estúpida respuesta que le di? Hasta el día de hoy, me arrepiento de ella. Y, de hecho, fue una frase sacada del culo de mi abuela, porque, aunque quisiera engañarlo, por supuesto que venia hace meses siendo traicionado burdamente por mi propio cuerpo. Si. Porque al maldito infeliz, se le ocurrió nada mejor que hacerme despertar desde los 12 con una jodida erección que yo jamás pedí. Me sentí ultrajado de la peor manera. Nunca asumí con madurez los cambios de mi cuerpo. El sí. Yo no. Y no sé si fue porque tenia una crianza distinta o una comunicación desigual con los adultos, pero yo no tenia a quien demonios preguntarle por qué mierda, se inyectaba de sangre el mecanismo urinario que tenía. Porque hasta ese día, así lo vi. Mi madre era católica y me obligó a hacer la primera comunión. Hasta fui bautizado bajo una iglesia que no era mía. Nadie me preguntó, joder. El cura decía, que el sexo era malo. Que las mujeres eran malas. Pura basura. Pura basura que no era mía, porque siempre amé a las chicas. Sobre todo, si se veían como mi tía Emilie. Una mierda pegada a mi anatomía que vi inservible y poco cómoda a la hora de usar pantalones apretados, calzoncillos, o el bañador de la piscina olímpica que visitaba ahora tenía mente propia. El maricón decidía solo cuando levantarse. Y yo, víctima de su felonía. Maldito…lo había odiado hasta ese día. Hasta que mi propio primo hermano, con el cual vivía y dormía, me dijo que lo tomaba con una normalidad anómala que me daba náuseas. ¿Y si todo lo que pensaba o sentía era erróneo? Me corroía por dentro.

Una mañana, amanecí como de costumbre "duro". Pero haciendo amago de los consejos de mi familiar, quise incursionar un poco más. Dotado de una inquisición endógena y poco ortodoxa, lo toqué en su estado mas febril. Solo fue un simple roce con la yema de los dedos. Fue entonces cuando comprendí, que Adrien no exageraba al decir que se sentía sublime. No lo estimulé mucho, pero me mantuve hidalgo a ello. Y batallé contra mi propia naturaleza. Hasta que…fui asaltado por el recuerdo más pútrido y placentero de todos…

—¿Qué sucede, Félix? —consulta Emilie, sentada sobre su tocador— Te ves pálido. ¿Tienes fiebre?

Regresé en sí. ¿Había sido un sueño? No…era mas bien…una fantasía.

—Ah…no…no es nada —desvía la mirada, destruido por la vergüenza— Yo solo vine a ver si necesitabas que te hiciera una trenza.

Mi tía Emilie estaba peinando su largo cabello esa tarde. Todo a mi alrededor despedía un perfume embriagador, concedido de una luz cegadora como si una bruma flotara en el ambiente. Ella se había levantado hasta mi y con dulzura, cogió mis manos. La nube que a mi alrededor rondaba ahora se teñía de una coloración rosada. Juraría que le vi brotar corazones y flores por cada centímetro de su anatomía. Santo dios... ¿Qué me está pasando?

—Todo va a salir bien, ya lo verás —musitó la mayor, acariciando su mentón con cariño— No temas…

—Tía Emilie…—respondió, compungido— ¿Qué haces…?

—¿No es esto lo que querías de mí? —sugiere con lascivia, depositando un beso terso sobre sus labios— Eso es…te morías por besarme ¿No es así?

Q-que…demonios…está pasando…—tiembla, estupefacto— Y-yo no…

—Anda, hazlo.

No sé en que momento, mis manos acabaron sobre su busto. Sus dedos apretujaron los míos, obligándome irremediablemente a tocarlos por sobre la prenda. Y fue en ese instante, en que algo en mi interior estalló como un cumulo de felicidad indescriptible. Sentí que me iba a desmayar. Mis rodillas trémulas, me atosigaron de una sensación exquisita que jamás antes profesé. Cerré los parpados, en un intento absurdo por negar lo que estaba pasándome a nivel anatómico. Pero fue en vano. Mi pulso cardiaco yacía por los aires del mismísimo paraíso y solo alcancé a abrir la boca, soltando un sonoro quejido hosco en respuesta. Iba a decirle algo, si embargo ni una sola palabra coherente escapó de mis cuerdas bucales. Completamente enmudecido y dominado por la desconexión total de mi cerebro, mis calzoncillos se humedecieron al instante.

El bochorno me comió por dentro.

—No puede ser —gruñe Fathom, espantado— Creo que me acabo de orinar…

—Mira de nuevo —sisea Emilie con actitud divertida— Creo que es otra cosa…

—¡Yo-…!

[…]

—¡Primo Félix!

—¡Con una mierda, Adrien! —vocifera el británico.

En un abrir y cerrar de ojos, me cubrí con las sábanas hasta la boca. Hubiera demorado un segundo más y el estúpido me pillaba con los pantalones abajo. Mi primo había entrado al cuarto sin tocar la puerta. Quise sacarlo a patadas de una buena vez, pero iba a ser demasiado sospechoso por dos cosas. La primera, es que Adrien nunca llamaba antes de entrar ya que compartíamos habitación. Y la segunda, porque jamás me molestó que no lo hiciera. ¿Por qué hacerlo ahora? O bueno…estar creciendo creo que era motivo suficiente.

Intenté disimular lo que estaba haciendo, pero me fue imposible. Tenía los ojos saltones y opacos de lujuria. Las mejillas rojas, la respiración errática y si mi lenguaje corporal no me delataba de seguro el olor si lo hacía. Sin contar el hecho de que había algunos pañuelos desechables tirados en el velador. Fue como mirar dentro de un espejo. Lo supo al instante.

—Madre mía…no puedo creerlo, Félix —manifiesta con picardía el francés— ¿Acaso tu estás…?

—¡Ni se te ocurra decir algo al respecto, tarado! —chilla Félix, humillado— No es lo que piensas. Estoy…con gripe. ¡Cof! —finge toser.

—Ajá…si…claro —Adrien rueda los ojos con obviedad— Vamos, somos varones ambos. No nos guardemos secretos. Lo estabas haciendo ¿Verdad? ¡Al fin! Y dime. ¿Qué tal fue? ¿Llegaste? ¿Con quién estabas fantaseando? ¿Con alguna chica en particular?

Con tu vieja…—pensó. Obviamente no lo dijo, pero joder que si lo pensó. Hizo una pausa, apretando los labios y reculó— Con nadie en particular. Solo estaba…practicando. Ni sé realmente como se hace…

—¡Si quieres yo-…! —da un paso hacia adelante.

—¡Atrás, idiota! —Félix lo detiene en la puerta— Vete por favor…necesito mi espacio ¿Quieres? Me…—se cubre el rostro— me ahogas…

—Bueeeeno…te dejo tranquilo —carcajea burlesco el rubio— Pero será mejor que te des prisa. Debemos ir al hipódromo. Papá nos va a llevar. Hoy es la selección para el campeonato.

—Ah…si…esa mierda —expresa hastiado el inglés— Bueno, largo de mi vista. Quiero tiempo a solas.

—Límpiate bien, cochino —bromea.

—¡QUE TE LARGUES! —le lanza una almohada.

Maldita sea, Adrien. Te amo tanto, pero eres tan irritante a veces que me dan ganas de que te vayas a la mierda un rato.

Uff…para cuando me hallé a solas nuevamente, pude respirar profundo. Qué vergüenza. Con tan solo levantar las sabanas y vislumbrar el desmadre que había dejado ahí abajo, se me removieron las vísceras. Realmente no sé que demonios hice. ¿Estará bien esto? Sobre todo…si lo hice pensando en…

Hipódromo real, 13:20AM.

Desconozco como funciona mi cuerpo. De lo único que estaba 100% seguro, era de que, a partir de ese día, había activado una parte de mi que desconocía tenía. Un sentimiento barbárico de mi propio ser que hasta a mi me daba tirria explorar. Aquel acto pecaminoso de corpórea expresión me había robado la poca cordura e inocencia que me acaecía, para darle paso al hombre neolítico que dormía en lo profundo de mi alma. Y es que desde que lo hice, ya no pude volver a ver a mi tía con los mismos ojos de pueril ingenuidad. Pero eso no era lo que me preocupaba realmente, por muy delicado que fuese. Era el hecho de que, de un tiempo a esta parte, la presencia de Gabriel me enfermaba. Le había agarrado un odio irracional de la puta mierda. Me tomó semanas descubrir que era lo que me estaba pasando. Por qué cada vez que lo veía al lado de ella, me asaltaban las ganas de hacerlo desaparecer de su vida. Los primeros atisbos de este irascible rechazo se suscitaron en el Derby de ese día.

Yo siempre me caractericé por ser demasiado expresivo a la hora de demostrar algo. Si estaba feliz, triste, enojado, mi rostro te lo haría saber y no tenías que tomar un curso para verlo. Gabriel era mi némesis. La mirada desfigurada, mis palabras siendo cuchillas en su presencia, mi falta de empatía con él, el asco, todo eso reflotaron conforme pasaron las horas. Me molestaba. Si le daba la mano, si la miraba mucho, si la tomaba de la cintura, si la besaba en los labios. Que el diablo se ampare de mi y de estos celos enfermizos que me acometen.

Santo dios, él era su marido. Su esposo. Mi tío. El padre de mi primo. ¿Qué me está pasando? ¿Acaso yo…estoy sintiendo alguna clase de interés romántico por mi propia tía? ¿La hermana gemela de mi madre? ¿La mujer que me crío prácticamente y me vio crecer? Esto no puede ser normal. Yo…soy un psicópata. Necesito…

—¡Foto! —exclama jovial Emilie Agreste— ¡Félix, querido! ¡Ven! —lo llama con la manito en alto.

A duras penas me bajé de mi rocín, porque nuevamente estaba molesto de que Gabriel Agreste estuviera todo meloso a su lado. El fotógrafo de la familia se nos acercó, dándonos las directrices para que nos juntáramos todos a conmemorar el momento. Mi propia madre estaba presente cuando se percató inequívocamente de mi comportamiento huraño.

—¿Qué te pasa, hijo? —consulta su progenitora, jalándolo del hombro para acercarlo— ¿Le pasó algo a la montura de tu caballo?

—No, madre —gruñe Fathom, chasqueando la lengua de mala gana. Todo esto, sin quitarle la vista al peliblanco— Estoy bien.

—¿Qué te sorprende? —comenta Colt, con expresión apática en el rostro— Este niño siempre anda enojado.

—Me pregunto a quien habrá salido —se mofa Amelie, ironizando— ¡Vamos a sonreír! Es un retrato familiar.

—Eh…disculpen —el fotógrafo hace una pausa, nervioso— ¿Habrá alguna posibilidad de que el Sir Graham pueda sonreír?

—¿Habrá alguna posibilidad de cambiar al fotógrafo? —gruñe Félix, fulminándolo con la mirada— Claramente podemos pagarle a otro más competente.

—¡Félix! —protesta Amelie, regañándolo— ¡Tus modales!

—¡Jajaja! —carcajea Colt Fathom— Déjalo, mujer. Está mostrando carácter como debe ser. ¡Adelante! ¡Toma ya la foto, idiota!

—¡Di-disculpeme…! —se excusa el hombre— ¡Yo solo-…!

—Yo sé por qué está molesto —agrega Emilie, con una sonrisa sincera— Vamos. Son los dos campeones regionales y deben estar juntos —se gira a su marido— ¿Te molesta cariño? Deja que los chicos se saquen la foto juntos.

—Si tú lo dices —expresa Gabriel, cambiándose de lugar con el rubio— Adelante.

—¿Ya ven? Solo quería estar con su primo —añade la señora Agreste, depositando un beso en el casco de su sobrino— Uno en cada lado. ¿Todo bien ahora, Félix?

—Bien —musita Graham de Vanily, con una sonrisa febril dibujada en los labios— Mucho mejor, tía. Ahora sí.

Ese niño es un caprichoso. Típico de burgueses —redunda el varón, acercándose a la cámara— ¡Digan Whisky!

Fue sin duda una excelente foto. Todos la mandaron a enmarcar como era debido y acabó colgada en la sala principal de la mansión. Aunque yo por mi parte, me robé una copia y recorté la fotografía, logrando así un retrato propio del icónico momento. Uno, que atesoraría en el fondo de mi corazón. Emilie y yo. ¿Qué mejor…?

20 de octubre del mismo año.

—Cielos…—expone Adrien, angustiado mientras mira por el ventanal— No ha parado de llover. Me pregunto si las caballerizas estarán seguras.

—Puede que no lo sepas, pero este país está muy bien preparado para los aluviones como estos —le explica Félix, sentado al lado de la chimenea. Lee un libro de astronomía— Ya pronto pasará.

—No sé como te puede gustar tanto este clima —suspira su familiar— Yo soy todo lo contrario a ti. Me gusta la primavera, el sol, los días bonitos.

—Este es un día bonito, Adrien —farfulle el británico, pasando la página— Debes cambiar tu perspectiva.

—Estoy pensando seriamente en ir a los internacionales —se gira su compañero— Papá dice que debería dedicarme a hacer lo que realmente me gusta.

—Depende de si quedas seleccionado —agrega de manera floja el rubio. Acto seguido, desliza la fotografía de su tía desde el interior de unas hojas. Sonríe fugaz— Debes ir a donde tu corazón vaya…

—Quedé, de hecho —murmura el Agreste, con suspicacia. Ha notado que su primo esboza una mueca embobada de la nada. Simulando continuar con el tema, se aproxima a el— Las preliminares son en Alemania. Creo que viajaré el próximo verano…y…—le quita la foto— ¡EPA!

—¡Oye! —Félix se levanta de sopetón, reclamando sentirse asaltado— ¡Dame eso, idiota!

—¡Jajaja! ¡¿Qué es?! —bromea incauto el galo— La miras como si te gustara. ¿Acaso alguna chica? —voltea la imagen— ¿No me digas que estás enamorado de-…?

Silencio sepulcral entre ambos. El ambiente se vuelve denso de respirar. Adrien se paraliza, tras examinar el contenido de la fotografía. Indiscutiblemente, debe hacer la pregunta del millón de dólares. Pues no halla pies ni cabeza a su comportamiento.

—Félix…—Adrien traga saliva.

Mierda…

—¿Por qué guardabas esta fotografía de mi madre contigo…?