—¡Que me la devuelvas, estúpido! —Félix se la arrebata violentamente de las manos y la guarda con recelo entre las paginas de su libro— Eres un entrometido.

—¿Por qué mierda tienes esa foto? —frunce el ceño.

—Carajo. ¿Por qué me miras como si fuese un depravado o algo así? —espeta el inglés, defendiendo su posición con agravio.

—Porque la forma en que la veías no era normal.

—¿Normal? —carcajea en respuesta, agregando sarcasmo para quitarse la culpa de encima— No sé que estarás insinuando, pero no la veía de ninguna forma "anormal". Es mi tía, Adrien. No seas imbécil.

—Félix…—Adrien le toma de los hombros, atormentado— ¿Acaso…te gusta mi madre?

—Baja un cambio, enfermo —se suelta violentamente de su agarre— ¿Te estás escuchando? Emilie me crío de bebé. ¿Qué te pasa?

—Yo no tengo ninguna fotografía de mi tía Amelie…

—¿Y eso que? —se encoge de hombros— Mal por ti. Deberías tener una para el recuerdo —se retira— Me iré a dormir.

—¡Primo! —el joven Agreste lo ataja del brazo, solo para cerciorarse— ¿No me estás mintiendo?

—Adrien ¿Es en serio?

—Muy en serio.

—¿Pero qué te pasa? —ríe Fathom, esbozando una mueca nauseabunda— Por todos los cielos, primo. Emilie es la hermana de mi mamá. Es mi familia. ¿Cómo demonios se te puede pasar semejante idea por la cabeza? ¿En serio te sientes bien? Reacciona —esclarece, tomando su rostro con cariño— Tranquilízate. La quiero muchísimo. Me cambió los pañales, básicamente. La guardé porque la amo como una ma-…

—Ya. Pero no es tu madre.

—Bueno, sí. Es verdad —suspira, agobiado— No es mi madre. Pero la quiero como mi madre. ¿Cuál es el pecado?

—No…—desvía la mirada, avergonzado— ninguno…discúlpame. Tienes razón. Que idiota pensar eso de ti…

—Ten cuidado con lo que andas pensando por ahí, por favor —le advierte Graham de Vanily, inquieto— Imagina lo que podría cavilar la gente. Especular algo así, es gravísimo. Básicamente estás diciendo que soy un incestuoso.

—¿Incestuoso? ¿Qué es eso? —arquea una ceja, confundido.

—¿No sabes lo que es el incesto?

—No…

—Mejor para ti —asiente, regresando hacia el comedor— Es una mala palabra. Buenas noches.

—¡Félix! —le advierte Adrien Agreste, a solo escasos centímetros de la escalera. Baja la mirada, jugueteando con sus dedos— Te amo. Por favor…no olvides que cuentas conmigo para lo que necesites. No solo eres mi primo hermano, eres mi mejor amigo también.

—Y tu…—Félix se detiene en el segundo escalón, pero no se profesa digno de mirarlo de vuelta— No solo eres mi mejor amigo. Eres mi único amigo.

—Si sientes algo de lo cual no te sientas cómodo, por favor no dudes en decírmelo. Te puedo ayudar —expresa con serenidad— Somos unos niños aún, yo puedo-…

—Tu —lo interrumpe de sopetón— Puede que tu sigas siendo un niño. Pero yo ya no lo soy.

—Apenas tenemos 13 años.

—13 años —balbucea, con sarcasmo— Niños de 13 años que se masturban. No. Discúlpame, pero creo que te hace falta madurar en eso —lo observa por sobre el hombro— No es un juego, Adrien. Yo ya desperté. Te toca a ti ahora —sube las escaleras— Con permiso.

—…

Que ingenuo. Pero no lo culpo. ¿Quién soy yo para apuntar con el dedo sobre lo que es madurar o no? Puede que, en el interior, yo siga siendo un crio de mierda. Pero este crio de mierda, está hormonal y ha descubierto que no todo se trata de la mente. De seguro a las chicas les pasa lo mismo cuando les llega su periodo. A veces, siento odio por este cambio violento del cual nadie nos prepara. Nadie pidió esto. Nadie quiere esto. Se con certeza que mi alma se quedará atascada en mis 15 posiblemente. Pero eso no significa que tenga que vivir mi vida como si siempre los tenga. Estoy creciendo. Lo lamento por Adrien, pero en algún momento tendrá que verlo. Aunque le duela.

[…]

Grenwish School. Martes, 14:50.

—¿Qué está pasando? —cuestiona Félix, con actitud agria— ¿Por qué nadie está en el salón de esgrima?

—¿No te has enterado? —comenta otro estudiante— ¡Una chica nueva de intercambio! Está dando una clase de esgrima con el profesor Armand D'Argencourt privada.

—¿Quién es? —gruñe— Quiero ver.

—¡Espera, Graham! —lo intenta atajar.

¿Quién demonios cierra una aula entera solo para que una chica de una demostración de que es digna de entrar a la clase? Mis bolas. Me metí de mala gana al gimnasio para contemplan con mis propios ojos lo que allí acontecía. En efecto, supe que era una muchacha por su contextura delgada y pechos realzados en un traje de esgrima rojo. Se batía a duelo con el profesor, al cual a todas luces derrotó en dos estocadas certeras. Sin duda la muchacha era una maestra para ser tan joven. Para cuando logré entrar, la batalla se había diluido en un dialogo flojo. El bigotón de Armand le estaba dando la bienvenida a la clase y al mismo tiempo a la escuela; curiosamente integrándola a mis mismas clases. Genial. ¿Va a estudiar con nosotros? De igual forma, me pareció una falta de respeto. Ni yo, que soy hijo de los Graham de Vanily, tuve ese trato tan preferencial. ¿Quién se cree?

—¿Qué significa esto, profesor? —espeta Félix, con la mochila acuestas— La clase se ha retrasado 20 minutos. Es inaceptable.

—Se muy bien como funcionan los horarios en Inglaterra, joven Fathom —añade D'Argencourt— Y como presidente del centro de alumnos, te debo una disculpa —asiente con humildad— Pero fue una petición extra ordinaria enviada desde la dirección. Te presento a Kagami Tsurugi. Es una alumna de intercambio que viene de japón. Heredera de los Tsurugi. Es una reconocida familia de esgrimistas y pidieron que le diera la venia para ingresar. Sin duda, no ha fallado. Es estupenda. Te la presento.

Vale…no puedo hacer nada. Solo toca aplicar mis dotes de "niño de bien" y darle la bienvenida.

—Una disculpa entonces —Félix le toma la mano para besar el dorso de ella y saludarla— Un placer, Tsuru-…

—Lo siento —Kagami rechaza su gesto, apartando forzosamente su contacto— Pero preferiría que no me toques. No es bien visto.

—Perdona —expresa Fathom, anonadado con su comportamiento poco ortodoxo. Le ha sacado de onda— No tenia idea. No sé mucho de japoneses. ¿Cómo debo…?

—Una reverencia —sentencia la nipona.

—Una reverencia —Graham de Vanily le da una reverencia bastante torpe e ingenua— Mucho gusto, Tsurugi.

—Kagami —aclara, correspondiendo su reverencia de igual forma— Llámame Kagami.

—Espero se lleven bien a partir de ahora —expresa Armand, suspirando derrotado— Abriremos el salón ahora. Ve por tu equipo, Fathom. Hora de entrenar.

Monseiur D'Argencourt. Mi primo Adrien no podrá asistir hoy —revela Félix, con mirada acongojada— Sufrió un "percance" anoche como es habitual. Estará ausente un par de días. Por favor, infórmelo a la directiva.

—Todo bien, joven Graham —asiente— ¡Hora de entrenar, perros sarnosos! —alza las manos, para que abran las puertas del gimnasio— ¡Vengan!

Kagami Tsurugi. No era nadie relevante en mi mundo. Pero si para el entorno contemporáneo. No tenia la menor idea de su familia ni mucho menos de los logros de esta. Si bien nuestro primer encuentro me acobardó un poco, por el simple hecho de choques de cultura, no declinó mis ganas por fijarme en ella. Era la primera vez que una persona del sexo opuesto a parte de mi tía, llamaba tanto mi atención. Me importaba bien poco si era japonesa, en el fondo no me desagradó para nada esto del poco contacto físico. Hasta se me hizo amigable. Yo no era un muchacho que disfrutara tanto de los abrazos o las demostraciones de cariño, a menos que vinieran de parte de mi madre, mi primo o Emilie. Sobre todo, de Emilie.

Adrien había sufrido otro ataque de asma y permaneció internado en la clínica unos cuatro días, hasta que el doctor de cabecilla lo mandó a casa para continuar con el tratamiento. El determinaba que mi primo se recuperaría más rápido si permanecía rodeado de su familia o gente que lo amara. Así que eso hicimos esos días. Para mi no fue nada agradable, verlo conectado a un respirador mecánico o entubado. Sin embargo, hice mis esfuerzos como siempre para demostrar lo menos posible lo miserable que esta situación me hacia sentir. Y estaba acostumbrado a disimular lo mucho que me gustaba Emilie. Hacerlo con mi hermano no fue problema.

Los días pasaron y yo, sin querer, me encariñé demasiado con esa chica llamada Kagami. Ya que compartíamos literalmente todas las lecciones y ella resultó ser la mas inteligente de la clase, nos hicimos rápidamente amigos. Pero siempre tratándonos con cierta displicencia. De mi parte, solo había compañerismo y algo de astucia enfocada a los estudios. Yo por esas fechas, ya había madurado sexualmente, pero sentimentalmente hablando seguía siendo un romántico empedernido, embelesado de una idílica imagen de que cualquier mujer que amara tenia que parecerse a Emilie. Así que nunca la llegué a ver como una amante o algo parecido. Mas bien, como una "mujer". No obstante, a lo mucho que me resistí, Kagami llegó a ganarse un lugar prohibido en mi corazón de lo cual, no quisiera resaltar mucho. ¿La razón? Estúpidamente me sentía infiel…

Infiel a Emilie…

¿No les parece ridículo? Era ridículo, con todas sus letras. Una chica de mi edad, me había demostrado con creces que quería ser mas que mi amiga y yo, como imbécil seguía enamorado de un constructivo imaginativo de mi tonta cabeza y necio corazón.

Opté por engañarme a mi mismo, todo lo que pude o se me permitió. Hasta que cumplí 15 años. Mis 15…

Joder…

Jamás olvidaré mis 15. Fue el ultimo cumpleaños que realmente, celebré con alegría. A partir de ese día, si bien mi mundo no se vino abajo, toda esta farsa que había construido como el empírico ladrón neolítico en el mundo del amor que era, se desmoronó como un castillo de naipes sobre mi cabeza.

Kagami estuvo ahí. Fue la única invitada que mi propia Tía había invitado. Lo cual consideré como una traición, porque, aunque ella no lo supiera o se hiciera la tonta, tenía conocimiento de lo que ya sentía por ella. Y eso, quedó demostrado con hechos por meses.

[…]

—Perdona…—murmura Marinette, bebiendo de golpe su tercero trago de Whisky con energética— No quiero sonar mierda. Pero te estás saltando mucha historia. ¿Cómo que tu tía sabía lo que sentías por ella?

Flashback del presente.

—No creo que quieras saber detalles, Marinette —revela Félix, levantándose de su sillón. Coge su vaso— ¿Otro?

—Si. Quiero otro, mierda —gruñe— Pero no me cambies el tema —lanza— Quiero detalles. Para eso vine. ¿No?

—No creo que te sientas preparada para lo que vas a oír —murmura un Félix treintañero, vaciando tres hielos y un cuarto de alcohol en su vaso— Eres valiente. Pero ¿Tienes estomago?

—Félix…

—Ah. Mira —carcajea— Has dejado de llamarme "profesor"

—Cállate, estúpido —rezonga Dupain-Cheng, hastiada— Sírveme ese trago y dime que demonios pasó entre tu y Emilie. ¿Por qué dices que ella sabía?

—Vas a vomitar.

—No lo haré —reclama la peliazul, decidida— Dame eso —coge el vaso y bebe otro sorbo— Cuéntame.

—¿Ahora si quieres fumar? —Fathom le ofrece un cigarrillo— Lo necesitarás…

—Enciéndelo tu —demanda la ojiazul— Todo, Fathom. ¿Qué pasó?

—Verás…—se sienta nuevamente, cruzando una pierna sobre otra; en lo que enciende su cigarrillo— Todo ocurrió para el día de la madre. Gabriel se había ido de viaje con mi padre a una gira de negocios. Y Emilie…se quedó sola…

Fin de Flashback.

[…]

Esa tarde, la pillé llorando en su cuarto. Se que me dio un sinfín de excusas baratas sobre lo que la acongojaba. Pero yo no era estúpido. Haber convivido con mujeres adultas me dio un vistazo bien amplio de lo que las damas en general buscaban. Fue un plus. Así lo vi yo. Nunca tomé mi diferencia de edad como una ironía para inmiscuirme en problemas de mayores. Por el contrario. Hurté ventaja de sus debilidades y las hice mis fortalezas. Todo lo que un "supuesto" mal llamado adulto debía darles, yo las absorbí como mis verdades absolutas. Emilie buscaba protección. Un hombre que la resguardara, le sirviera, le diera seguridad. Estabilidad, economía, felicidad, romanticismo, potestad, libertad, añoranza. ¿Para qué otra cosa servíamos los varones en el amor, si no era para complacer? Es lo que pensé. ¿Para qué otra cosa nos hizo los dioses? ¿Si no era proveer a la familia, proteger a la prole y dar permanencia? ¿Qué tenía Gabriel que yo no pudiera dar? Nada. Yo tenia todo y mucho más. Siendo más joven que él, incluso estaba dotado de mucha más pasión, sexo salvaje, sensiblería, afanes, sueños, riqueza, fidelidad, todo lo que una mujer como Emilie necesitaba. ¿Por qué el y yo no? Era lo que repasaba en esas fechas una y otra vez en mi cabeza. Y fue esa oportunidad de soledad, lo que me hizo aventurarme con descaro.

Era el día de la madre. Para Amelie le había regalado un ramo de flores y unos chocolates. Como haría todo hijo de bien y con un porvenir católico. Mi primo Adrien estaba internado en su cuarto, con un tubo en la boca. Poco y nada conocía de nuestras intenciones. Yo usé todas mis habilidades para conquistarla. Mi misión era hacerla entender, que la amaba. Estaba enamorado de esa mujer. Sin importar nuestro vinculo sanguíneo, me atreví con total potestad a su corazón, asaltándola con el peor artilugio que un hombre le pueda dar a una mujer; poesía.

Le mandé flores, por supuesto y un poema, diluido en una invitación que, si bien pudo rechazar, no lo hizo. Aposté todas mis cartas blancas a mis intenciones. Y fui tan temerario, que ni la firmé con mi nombre o mucho menos con el rango de "sobrino". Solo le dije…

"Hola, mujer de cabellos verano y ojos invierno.

Se que debería escribirte esto porque audazmente has decidido tomar el rol de progenitora. Pero me dirijo a ti con total humildad. Ya que no pretendo celebrarte por algo tan valiente como ser madre. Eres una luchadora por sobre todas las cosas y has pasado, por tanto. No te sientas jamás una fabrica de hijos. Eres un templo. Y si me permites visitarte, te demostraré que puedo ser tu siervo más fiel. Diosa. Te rezo todas las noches. En el altar que mereces estar, te esperaré.

Nos vemos en el Restaurant Cap de Doul. A las 22:00.

Por siempre tuyo…tu mayor placer culposo"

[…]

Restaurant Cap de Doul, 22:00.

Ahí estaba. Yo sé que vino porque sabía que esa carta no era de nadie mas que mía. Se había arreglado extraordinaria, con un vestido de escote rojo y un peinado increíble, dotado de un perfume francés que solo el universo sabe de donde salió, pues cuando la saludé nunca supe distinguir de donde venia. Su fragancia y la mía acabaron danzando en un ambiente sexual increíble. O al menos…así lo vi yo. Ya que, para mi sorpresa, esa noche comprendí que Emilie no estaba en sintonía conmigo. Hermosa y todo, no hubo ni un momento en que no dejara la tensión de lado.

Mientras yo la observaba como un bobo, ella solo se limitaba a mirarme con preocupación y recelo. Después de todo, yo apenas tenía 15 años.

—Te ves maravillosa, tía Emilie —esboza Félix, con una sonrisa febril en los labios.

—Félix —murmura Emilie, escondiendo su azaroso afán de molestia, detrás de la carta— ¿Se puede saber a qué estás jugando?

—¿Jugando? —arquea una ceja, extrañado— ¿De que hablas? ¿Acaso no leíste mi carta?

—Créeme que la leí —farfulle entre dientes, girando los ojos constantemente hacia todos lados— Y me pareció muy lindo de tu parte, pero creo que es hora de hablar del tema.

—¿Te ha gustado? —agrega jovial y mas calmado— Dios, creí que no. Te veo disgustada.

—Por supuesto que lo estoy, niño tonto —protesta, con las cejas juntas— ¿Qué significa todo esto?

—Por favor, no te alteres —expresa Fathom, estirando la mano sobre la mesa para tomar la suya— No es nada malo. Solo estamos celebrando el día de la madre.

—Ni se te ocurra —le aparta la mano— Ese poema no era conmemorativo por un simple día de la madre. No quieras verme la cara de estúpida.

—No podría verte como tal, tía…—sisea el menor, ruborizándose de golpe— creo que eres increíble y es por eso mismo que yo…bueno —redunda, tímidamente— Quería que supieras de mis sentimientos. Es que yo…te-…

—¡Estás loco! —chilla bajito la ojiverde, despabilando en cuanto el mozo llega a la mesa— Joder…—desvía la mirada.

—Bienvenidos. Es un honor para nosotros recibir a los miembros de la familia Graham de Vanily —esboza— Señora Emilie y su sobrino. ¿Ya saben que van a ordenar? —consulta el hombre con amabilidad.

—No tengo mucha hambre la verdad —protesta la señora Agreste, dejando la carta sobre la mesa— Pero imagino que mi sobrino sabrá que quiere ordenar.

—Ya lo tengo todo calculado —manifiesta el británico, observando al camarero con normalidad— Es el menú 2. Después de todo, estamos celebrando el día de la madre, a esta maravillosa mujer que me crio casi como si fuese su hijo.

—Es muy tierno de su parte, joven Fathom —murmura el hombre, asintiendo— Les traeré el mejor vino para acompañar esos mariscos. Ya vengo.

Apenas le vi alejarse, aspiraba a revelarle con total sinceridad mis sentimientos. Pero cada vez que lo intentaba, ella me interrumpía de golpe, como queriendo no escucharlo de mis labios. Aunque en el fondo estaba consciente de la verdad, Emilie se resistió hasta el ultimo momento. Si bien había aceptado quedarse para cenar sin rechazarme; producto de su buena educación, no significaba que quisiera dar su brazo a torcer.

No me importó. Yo llevaría al límite nuestro festejo, por más que me lo negara. Bebimos champaña primero, acompañado de una entrada de otras y salmón ahumado. El mejor escultor de toda Europa me había diseñado una sonrisa de oreja a oreja que no quité en ningún instante. Muy por el contrario de mi familiar, la cual parecía tentada a querer huir de la velada. Pude examinar cada uno de sus movimientos corporales. Desde el colorete de sus labios rojos, hasta la forma en como degustaba los alimentos. Sus brazos eran largos. Sus dedos, finos y relucientes como una muñeca de porcelana. A todas luces, yo me profesé en una cita romántica.

—¿Te ha gustado? —consulta Félix, dejando de lado sus cubiertos— Al menos disfruta la comida, por favor.

—No tengo problemas con la comida, Félix —esboza Emilie, limpiándose la boca con una servilleta de genero— Mi problema eres tú.

—¿Preferirías que fuese Gabriel quien te acompañe hoy? ¿Es eso?

—Gabriel es mi marido —refuta.

—Lo sé —advierte Fathom, bebiendo de su copa— Y realmente tienes mal gusto, te diré

—¿Disculpa?

—¿Te he parecido insolente? —masculle con picardía.

—Lo eres —gruñe la señora Agreste, tomando de su copa para beber algo del brebaje— Y muy mal educado por lo demás. No te conocía esa faceta.

—No me insultes de esa manera —bufa el menor— Sabes perfectamente como soy. Y me atrevería a decir que no te desagrada para nada. Por el contrario, te gusta.

—Te estás imaginando cosas, Félix —aclara la mayor— Eres mi sobrino, por todos los cielos. El hijo de mi hermana. ¿Acaso te estás volviendo loco?

—Lo estoy…—la mira con penetrante intención— pero por ti…

—Suficiente —balbucea la rubia, haciendo amago de nauseabunda expresión— Me voy.

—Espera —la detiene, sujetando su antebrazo con vehemencia— No te vayas aún…hay algo que quiero darte.

—Si es otra carta de amor, la rechazaré —suspira, agraviada. Se sienta nuevamente— No admito que sigas con esto. Tu necesitas buscar ayuda psicológica con urgencia.

—Es muy tarde. Ya has venido —revela Félix, extrayendo del interior de su chaqueta un sobre. En su interior, hay un ticket de spa. Ella lo mira con suspicacia. No comprende al principio— Se que llevas meses queriendo regresar a Paris y has pasado por mucho estrés con la enfermedad de mi primo. Pero el tonto de mi tío no quiere. Es mi regalo por este día tan especial. Quiero que vayas cuando quieras y te relajes un fin de semana entero. Mereces descansar.

¿Qué es esto…? Gabriel nunca me regaló algo así…—Emilie examina el contenido con sorpresa— ¿Lo ha pagado él? Pero si apenas es un mocoso…—carraspea, derrotada— Vale. Te agradezco el gesto. Pero creo que es hora de volver a casa.

—Pediré la cuenta. Permíteme llevarte —alza la mano.

—¿De donde estás sacando dinero? Solo eres un niño.

—Es una pena que pongas el precio de mi edad a mis sentimientos —dice Félix, melancólico— Para el amor no hay tal cosa.

Emilie no volvió a emitir palabra alguna luego de aquello. Por supuesto que estaba gastando los ahorros de todas mis mesadas en ella, lo cual no era menor. Si algo hizo bien Colt conmigo, fue darme sumas cuantiosas de dinero. Posiblemente para que no hinchara las bolas. Pero ahora mas que nunca, lo agradecía. Mi anhelo mas ferviente era demostrarle que si era por cuestión de economía, yo tenía siempre como arreglármelas.

Pedí un taxi; el cual costeé yo. Le abrí la puerta y la ayudé a subir. Reticente y orgullosa, abordó sola. Es una Graham de Vanily después de todo. Es la clase de mujer que quiero para mi vida. Emilie era una princesa en un cuento de hadas sin acabar. Mi, propio cuento de hadas. Esa noche, me juré a mi mismo seguir sus pasos con devoción, sin importar a donde fuese. Obviando el hecho de que era prohibido lo que estaba sintiendo por ella, continué mi travesía por hacerme notar cuanto pudiese. ¿Qué tenia que perder? A parte de ser rechazado y vivir por siempre en las sombras de un eterno enamorado. Mi tía estaba al tanto de mis sentimientos y por lo mismo, guardó silencio como una tumba. Conocía muy bien las consecuencias de revelar esto al mundo. No era solo por la posición de nuestra familiar. Si no mas bien, por las secuelas nefastas que eso provocaría a mi madre.

Y para evitarle un sufrimiento innecesario, ambos callamos. Yo por respeto. Ella por el pánico de ser juzgada de un crimen que no había cometido.

¿Qué culpa tenia de que yo me hubiese fijado así en ella? Ninguno. Pero la sociedad es cruel y cruda. El primer pensamiento pútrido de la humanidad, sería deducir que ella me sedujo, por ser mayor. Un posible abuso sexual o quizás alguna manipulación perversa para satisfacer sus días en solitario. Nada mas alejado de la realidad. Y no permitiría que ese hecho la atormentara.

Cuando llegamos a la mansión, Emilie enmudeció. No me dirigió mas la palabra, hasta que por fin se subió al segundo piso para ir a su recamara. Llevaba mi chaqueta sobre sus hombros, ya que la temperatura por esas horas había descendido drásticamente. Me devolvió la prenda y solo entonces se dignó a murmurar algo. Escueto, pero suficiente para mí.

—Gracias…Félix —susurra Emilie, ocultando su semblante en la sombría noche— Por preocuparte por mí.

—Para mi es un honor —responde Fathom, reteniendo la chaquetilla entre sus dedos— Estaré aquí siempre, por si me necesitas.

No respondió más. Vi su silueta opaca desplazarse hacia su cuarto y perderse detrás de la puerta. No sé que me habrá querido decir con eso, pero me di por pagado. Quizás no había logrado hacer que se enamorara de mí, pero al menos ahora me notaría presente en su vida. Al menos…con ojos menos banales como su simple sobrino. El siguiente paso en mis planes, era convencerla de que se quitara esa idea horrible de una posible situación "anormal" o "enferma" como catalogaría la religión o el circulo por el cual nos desplazábamos. Pero era demasiado pedir. Solo un milagro lograría acercarnos de esa forma de una vez por toda.

Esa noche, solo en mi cuarto…recé. Pedí al universo con todas mis fuerzas, que un rayo de luz la iluminara de tal manera, que no pudiera escapar de mí. Deseaba tenerla entre mis brazos. Si teníamos que huir de todos, lo haría. Sin importar mi edad. Derrotado y con lagrimas en los ojos, lo imploré.

Y en ese preciso momento, recordé una frase que me dijo mi profesor de filosofía en la escuela. "Ten cuidado con lo que manifiestas, porque el universo escucha. Y hace realidad". Si. Yo deseaba que se hiciera realidad. ¿Qué tan malo podía ser?

El 20 de julio de ese mismo año, mis plegarias dieron frutos. Emilie había firmado un contrato con una productora cinematográfica para filmar un documental. Como les había ido tan bien con él, la contrataron para grabar una película en blanco y negro. Un hombre parisino, le había contactado pagándole los pasajes, la estadía, todo para que ella pudiera desenvolverse en Francia. Era el momento que siempre esperó, para volver a casa. Adrien se había recuperado y viajó con Gabriel a Alemania en una gira, con la marca de su nombre. Aprovechando el tiempo, para presentarse a las competiciones internacionales de equitación. Y como ambos nos encontrábamos de vacaciones de verano, las puertas del cielo se me abrieron de par en par…justo delante de mí.

—¿Estás seguro de que quieres acompañarnos? —pregunta Amelie, armando su maleta— Creí que querías pasar tiempo estudiando.

—Quiero ir —sentencia Félix, con decisión— No puedo permitir que mi madre y mi tía estén solas en parís por tanto tiempo y sin la supervisión de un hombre.

—Pero que dices, tontito —ríe su madre— Si solo tienes 15 años. ¿Qué protección puedes ofrecernos?

—No deberías subestimarme así, madre —Fathom se cruza de brazos, molesto— Soy cinturón negro en Kung Fu. Se perfectamente como defenderme y protegerlas a ambas.

—Mh…no lo sé —Amelie observa a su hermana con audacia— ¿Tu que opinas hermana?

—No me parece —niega Emilie, rehuyendo de la mirada del menor. Cierra su bolso— Félix es solo un niño aún. Al final de cuentas, terminaremos ambas cuidando de él y yo no puedo hacer de niñera. Iré a trabajar, no a criarlo.

—Vaya…—su compañera se sorprende de la frialdad con la cual habla— nunca creí escucharte decir algo como eso. Antes te encantaba que Félix estuviera contigo. ¿Por qué de pronto te molesta su presencia?

—¿Qué? No…no es eso…—masculle la señora Agreste, intimidada— No me mal interpretes por favor, hermana. No lo dije en mal plan…

—¿Por qué no me quieres, tía? —incita el rubio, bosquejando una mueca suspicaz de falso berrinche— Siempre me has dicho que soy tu pequeño héroe. ¿Ahora me rechazas?

—¿Qué dices, niño? —Emilie frunce el ceño, fulminando con la mirada— ¿Qué crees que haces? No creas que no sé a que juegas…—hace una pausa. Su hermana la observa con extrañeza. Por unos momentos, se siente acorralada. Exhala derrotada— Ok…vale. Puede venir. Pero por favor, que duerma en un cuarto distinto.

—¿Pero que cosas dices, Emilie? —se mofa Amelie, con infantilismo— Obvio que Félix va a tener su propio cuarto. Muy niño será, pero ya debe dormir solito. Por algo separamos su habitación con la de Adrien. Está creciendo.

—Es verdad, tía —agrega Félix, sacando pecho con orgullo— Ya soy un hombrecito. ¿O acaso no te has dado cuenta?

Emilie se desfiguró con mi comentario. La había puesto incomoda y de cierta forma, lo que para ella era desagradable, a mi me sobre estimuló en demasía. Después de todo, había manipulado vilmente la situación a mi favor. Pobre…que inocente. No le quedó de otra que aceptar la despiadada realidad de tener que soportarme por dos meses en Paris. Tiempo suficiente para cazarla y tenerla entre mis redes.

Vamos, llámenme loco, psicópata, enfermo, me da lo mismo. No es como que estuviera en todos mis cabales de madurez para darme cuenta de lo que estaba haciendo con ella. Despiadado, salvaje, egoísta. Fui todo eso y mucho más. Y puede que para muchos les parezca cruel lo que hago. Pero yo lo disfruté a rabiar como no tienen idea. Ella era el adulto responsable ¿No? Perfectamente podría haberme puesto un alto. No sé. Amenazarme, echarme, tratarme mal. ¿Por qué no lo hizo? ¿Tanta bondad había en el corazón de mi tía? ¿Era un ser amoroso, angelical, de intenciones sanas y pensamientos puritanos? Estaba a punto de descubrirlo.

22 de Julio. Paris, Francia.

Ah…Paris. La ciudad del amor. Que cosa tan maravillosa y al mismo tiempo tan hedionda. Nada que no pueda soportar mi delicado olfato. Nos hospedamos en el Grand Palais, de la avenida de las flores. Mi madre tomó el cuarto de abajo y mi tía, la habitación del segundo piso del pent-house mas amplio. Mientras que yo, estratégicamente escogí la que daba de frente al de Emilie y que curiosamente, se conectaba por un baño de doble puerta. Por supuesto que lo hice a propósito. Mi misión sería controlar sus pasos de ida y vuelta. Cualquier cosa que ella hiciera, yo podía escucharla a través de las paredes de aquel baño.

La primera semana, me dediqué a seguirla como un lobo en plena cacería. Analizando sus pasos, sus movimientos, sus recorridos, hasta sus gustos. Amelie había tomado esta oportunidad para recorrer la ciudad. Por lo que me dejó el paso libre para perseguir a Emilie cuanto quisiera, con la excusa barata de "protegerla" de los fans. ¿Qué fans? Los que fuese que me había inventado en mi cabeza imaginaria. Los celos me corroían por dentro. Cualquier pelagato, futre que la mirara raro, yo estaba ahí. Solía acompañarla a los sets de grabación y observar a lo lejos sus escenas.

Ella estaba consciente de mi presencia y de alguna manera eso también la tranquilizaba, aunque no lo crean. Sobre todo, en los momentos en que tenia que irse al cuarto para ensayar el libreto o ser retocada con maquillaje. Me di la libertad autónoma de llevarle flores, dulces parisinos y darle ánimos. De vez en cuando, me escabullía sin tapujos hasta su camarín para hablarle de lo que fuese. Al principio y como era de esperarse, me echó, rechazando cualquier tipo de estimulo de doble sentido. Pero conforme pasaron los días, se fue acostumbrando mas y mas a mi figura. Hasta que finalmente cedió.

Sus grabaciones eran de 8 de la mañana a 16:30. Luego de ello, yo la llevaba a una cafetería cercana al set. Nos sentábamos por horas a platicar de lo que fuese. Desde su nuevo trabajo hasta sus aspiraciones como actriz. Con soltura y confianza, poco a poco me expresó sus sentimientos mas íntimos. No tenía la menor idea de que fuese tan bohemia. Me comentó de sus ganas por visitar pubs, discoteques, lugares a los cuales por mi corta edad yo no podía asistir. De igual forma, desempeñé mi papel como fiel siervo a su disposición para lo que si podía hacer.

Hubo veces en las que le acompañaba al supermercado a hacer las compras. Otras, enfermó y le llevé medicamentos a la habitación. Incluso en un momento de debilidad en la cual, se vio atacada por un golpe de cólicos catameniales, yo le compré tampones. Me sirvió para aprender un poco sobre cosas femeninas de las cuales no tenia conocimiento. Me hice experto a tal punto, de aprenderme sus ciclos menstruales. Lo había anotado en mi libreta. Emilie era muy regular. Y si algo llegase a pasar, visitaríamos un doctor sin dudarlo. Afortunadamente no fue el caso. Pero hasta para eso me di el tiempo con total normalidad.

Descubrí que a mi tía le gustaba mucho beber vino. Los fines de semana se amanecía jugando cartas con mi madre en el living, bebiendo. Una faceta que acabé amando con indómito deseo, era verla ebria. Le gustaba poner música a la hora que fuese y bailar sola, completamente borracha. Se quitaba los zapatos y danzaba en su propio eje, cual bailarina del bolshoi. Yo la espiaba como un delincuente, simulando ser el malhechor que la sacaría de su estado etílico. Pero no fue así.

—¡Baila conmigo, Félix! ¡Ven! —lo llama.

A Emilie le gusta la música de los 80. Terminé amando ese genero con la misma pasión que ella. Bailamos muchas veces juntos. Adoraba verla febril, jocosa, danzarina. Pero había un dato que sobresalía de lo normal. Cuando ella bebía…se ponía muy cachonda. Lo sé, porque en alguna oportunidad se quitó la blusa y bailó con el brasier al desnudo sin ningún tapujo de que yo estuviera ahí para comparecerlo.

Yo era consciente de que la señora Agreste despertaba en mí, bajas pasiones masculinas, al punto de hacerme esclavo de fantasías en donde le hacía el amor como un animal salvaje. Pero no se confundan. En momentos como eso, lo que menos esperaba era sufrir una erección adolescente. Por el contrario, mi amor por ella creció como una tormenta volátil de fuego ardiente. Verla como dios la trajo al mundo, no era mi alter ego. Soy un pajero, lo admito. Pero no de esa clase. Pues en mi mente, yo la había despojado de su ropa hacía mucho tiempo. Y sé que, en muchas ocasiones, llegué a desnudarla incluso solo con la mirada.

No…el éxtasis de mi deseo por ella no era ese. Si no, hacerla feliz. Emilie era mi musa en muchos aspectos. Desde que me levantaba hasta que me iba a la cama, lo único en lo que pensaba era en ella, sonriendo. Alegre, realizada y satisfecha conmigo. En mis sueños más oscuros y frustrados, mi vida descollaba en verme casado con ella. ¿Se lo imaginan? Un sobrino y su tía casados… ¿Pueden creerlo? Una idea descabellada, casi rayando en lo mas pecaminoso posible.

¿Pero ustedes creen que nunca dudé de esto? Por supuesto que lo hice. Y en mas de una ocasión, me vi atormentado por la culpa, el miedo y el asco de haber nacido con esta maldición.

Claro que sufrí. En silencio, pero lo hice. En muchas ocasiones tuve que recurrir a libros de la biblioteca de parís para poder tranquilizar mi hambre de conocimiento. Saber que demonios me estaba pasando. ¿Era normal estar enamorado de mi tía? Hasta que descubrí un día, que en la época arcaica no era tan malo. Hallé así consuelo, en los textos antiguos egipcios. En donde los mismos dioses se mezclaban entre ellos. Tíos, sobrinos, padres, hijos, hermanos. ¿Conocen la historia de Ares y Afrodita? Ares, el dios de la guerra. Afrodita, la diosa del amor. Ares era sobrino de Afrodita. Así mismo me sentía por esas calurosas fechas de verano. Amar a Emilie era un compendio de ideas paganas con comportamientos ortodoxos bien sacados de onda. Pero que tenían un fundamento sutil en la historia de la humanidad. En la creación misma.

El amor no es blanco y negro. No es rosa y azul. No para mí. Transitar el camino del amor, resultó ser una presuntuosa línea zigzagueante de pasadizos secretos, ocultos, de bosques siniestros, parajes florales, días lluviosos, días soleados; primaveras eternas y veranos efímeros. Todo esto, experimenté con ella. Pues digan lo que digan, Emilie resultó ser mi primer amor. Aunque inocentemente…no el único.

Había alguien mas en mi vida…confundiéndome, sacándome de las pistas en la carrera contra el tiempo en la cual me encontraba recorriendo. Kagami Tsurugi se mantuvo en contacto conmigo por Email. Antes de salir de Londres, Colt me había regalado un Backberry. Una especie de aparato telefónico que contaba con internet y teclas pequeñas que me permitía comunicarme con el mundo. A diario charlé con ella, ya que abiertamente me había confesado sus sentimientos por mí. Uno de sus correos decía más o menos así:

"De mi apreciación, Félix Fathom.

Invades mis pensamientos en plenas vacaciones. Temo que esta distancia haya enfriado nuestro trato. Pero mis sentimientos por ti no han cambiado. Por el contrario, crecen a medida que el sol se oculta en el ocaso y sale por el horizonte cada mañana.

Ansío verte ahora mas que nunca, por cuanto mis intenciones sean formalizar nuestra relación a un futuro prometedor. Eres un hombre digno de mi y yo una mujer dispuesta para ti.

Te espero. Kagami"

Kagami era una chica maravillosa. Sus palabras resonaron en mi con tanta soledad, que no encontré consuelo para poder corresponder sus sentimientos. Pero lo hacía. Pues ella también navegaba nebulosa en mi mente conforme mi pasión crecía por mi propio familiar. Para mantener una fluida y sana amistad, le mandé una carta escrita de puño y letra a su dirección en Londres. Mi madre estaba al tanto de mis intercambios con la heredera de los Tsurugi y fue la principal propulsora de esto. Creí que sería bueno plantearle mis intenciones con ella en medio de la cena. Pero…algo inesperado ocurrió esa tarde.

En medio de la comida, comenté.

—Kagami me sigue escribiendo.

—¡Vaya! ¡Que sorpresa! —exclama Amelie, entusiasmada con la idea— ¿Y? ¿Qué tal?

—Pretendo corresponderla —sentencia Félix, llevándose a la boca un trozo de bistec— Es una chica de bien. Además, tiene mi edad.

—¿Me perdí de algo? —expresa Emilie, anonadada con la conversación— ¿Quién es Kagami?

—¿No estabas enterada? —modula la británica, bosquejando una mueca jovial en lo que traga un pedazo de tomate— ¡Es la novia de Félix!

—¿Novia…? —el rostro de la señora Agreste se desfigura.

—No. Perdón —aclara Fathom, interfiriendo— No es mi novia. Es solo una chica que gusta de mí. Me ha pedido que formalicemos nuestra relación, es todo.

—¿Cómo? —la tía aprieta los labios.

—¿Por qué tienes esa cara, hermana? —carcajea Graham de Vanily— ¿Te ha sentado mal la carne?

—No…—Emilie masculle entre dientes— Creo que fue el vino…—mira a su sobrino— ¿Qué significa esto, Félix?

¿Qué pasa? ¿Estás celosa? —Félix le devuelve la mirada, con recelo. Le ha hablado con la mente.

Responde, mocoso —endurece el semblante.

¿Qué te importa? —sonríe ladino.

Silencio sepulcral entre los comensales. Amelie deja de lado los cubiertos y aplaca la tensión de la cual, desconoce su naturaleza.

—¡Disculpen! —Amelie alza las manos, entretenida— ¿Pero que está pasando? —se gira hacia su hermana— ¿No te gusta Kagami, Emilie?

—¿Qué dices? Ni siquiera la conozco —expresa la rubia, simulando restarle importancia. Retoma cortar las verduras de su plato— No me mal interpreten. La noticia me ha sorprendido, es todo. No sabía que Félix tenía una pretendiente.

—¿Pero no te alegra acaso? —la esposa de Colt le da un toque cariñoso en el hombro— Kagami Tsurugi es la única heredera de una reconocida familia japonesa. Su renombre se basa en que son campeones de esgrima de forma mundial. ¿No te parece que Félix merece una chica así?

—No lo sé —rezonga la francesa, asesinando a su sobrino con la mirada— ¿Lo merece?

—¿No lo hace…? —la progenitora del menor no comprende.

—No lo sé, tía —expresa Félix, clavándole una mirada lasciva en respuesta— Si no es Kagami. ¿Qué clase de mujer merezco según tu?

Nuevamente otro silencio. Y este, es tan prolongado que no lo soporta ni si quiera mi madre. Se levanta de la mesa y simula sentirse cansada. Al parecer, ha captado "algo" entre ambos, pero ni por asomo se atreve a indagar en ello. Solo para cuando nos deja a solas, Emilie me ataca con todo lo que tiene.

—Te lo tenías bien guardado.

—Ni siquiera lo oculté —Félix se encoge de hombros.

— ¿Te gusta? —redunda Emilie, con sarcasmo— Esa tal Kagami.

—Tanto como a ti te gusta Gabriel —endosa.

—Gabriel es mi marido —gruñe.

—Kagami pronto lo será también —comenta juguetón.

Basta —Emilie golpea la mesa, haciendo sonar los cubiertos sobre el plato. Félix la mira con audacia. Empequeñece los ojos— ¿Qué quieres?

—Quiero que seas mía.

Emilie se para de la mesa furibunda. Fue como si le hubiera puesto un cohete en el culo, joder. Vieran como me acabó con la mirada. Juraría que el cuchillo que sujetaba en su mano derecha fue un impulso violento de querer asesinarme, mas no lo hizo. Lo suelta de un momento a otro, controlando cualquier impulso agresivo de querer acometer sus celos en mi contra. Fue suficiente para mí. Esta mujer…está celosa. ¿De qué otra forma interpretaría esto? Aunque no llegué a comprender si era por el hecho de estar interesado en otra mujer o simplemente el motivo nefasto del miedo, apoderándose de su narcisista forma de ser.

—¿Qué pasa? —especula Fathom, con morbosa sonrisa— ¿Te da miedo que te deje de prestar atención solo a ti? Eres una egocéntrica, Tía.

—Vete a la mierda, Félix —chasquea la lengua, alejándose de la mesa— Buenas noches.

Para —sentencia Graham de Vanily, atajándola de la muñeca derecha. La gira violentamente hacia el— Cualquiera pensaría que estás celosa. ¿Es eso acaso?

—Déjame en paz, mocoso —se suelta— Dije, buenas noches.

—Dios santo —farfulle con mirada fogosa el menor. Acto seguido, la acorrala contra la pared del pasillo— ¿A dónde vas, Tía?

—Su-Suéltame…idiota…—tiembla la mayor, ruborizada hasta las orejas— ¿Qué carajos crees que haces? Mi hermana está-…

—Uy…has dicho muchas malas palabras en menos de un minuto —sisea Félix, frotándose contra su anatomía con total descaro— Eres una vulgar.

—Tu lo eres —se resiste.

—Pero si te encanta ¿No? Esto es lo que querías —murmura cerca de su oído, con la lujuria dotada en su voz— ¿Hace cuanto Gabriel no te toca?

—¿Es eso? —protesta Emilie, abochornada y temblorosa. Sujeta sus brazos con fiereza— ¿Eso es lo que quieres? Quieres que me acueste contigo para acabar con este juego enfermo.

—¿Yo quiero eso? —musita Félix, clavándole la entrepierna— ¿O tú lo quieres? No te proyectes en mí.

—Por favor —se mofa la rubia, con actitud desafiante— Eres un pendejo virgen. Quinceañero, pajero, con fantasías enfermas en la cabeza. ¿Qué te hace pensar que una mujer como yo quisiera intimar contigo? Apártate —desvía la mirada, furibunda— Quita tu cosa de mi-…

—Me gusta Kagami —confiesa el británico, mordisqueando el lóbulo de su oreja derecha— Me gusta. Me encanta. Me fascina. Creo que la amo. ¿Te molesta?

—¿Qué estás…? —Emilie revienta— ¡¿Qué?! ¡TU!

Shhhhh…—Félix cubre su boca, aplacando su furia— Eres una dramática…

—Y tu un escandaloso hormonal —refunfuña de vuelta— Los hombres de tu edad solo buscan una cosa. No importa cuanto lo disfraces, solo quieres eso.

—¿Te molesta acaso?

Vale. No sé en que forma lo dije, porque admito que estaba ardido. Pero ella no dijo nada más. Por el contrario. Se calló de golpe y sorpresivamente me tomó del rostro con ambas manos. Creí que me iba a besar o algo así, pero no fue así. Me abofeteó. Me dio una cachetada de la puta mierda. La mano me golpeo tan fuerte, que me volteó el rostro, al punto de hincharme la carne de la mejilla; enrojecida. Iba a responderle algo feo, medio violento. Pero no tuve necesidad de hacerlo. Emilie me jaló del brazo y me empujó hasta su cuarto. Con dos puños, me espoleó hasta la cama y caí rendido sobre el colchón.

¿Les soy sincero? Yo creo que, dentro de su mente de mujer adulta, ella creía a pies juntos que lo mío era más bien algo morboso de la edad. Siento que ella juraba que si me daba sexo se me pasaría la fiebre de amarla. Pero no fue así.

A la mierda todo. En un ultimo acto culmine de pasión desenfrenada, le robé un beso. Un beso, que cambiaría para siempre nuestra historia. Emilie respondió con una bofetada certera en mi mejilla derecha. Estaba enrojecida con el hambre de asesinarme y al mismo tiempo, corresponderme. Mas no lo hizo. Se había ofuscado por el simple hecho de no pedirle permiso. Ya no puedo relatar lo que pasó. No hace falta. Pero…si de algo puedo confesarles, es que fue la experiencia mas sublime de todas.

Emilie…estás equivocada. Si bien fuiste mi primera mujer, no era esto lo que estaba buscando realmente. Espero que, al amanecer, me quieras un poco más. ¿Podemos amarnos? No…veo que no es lo tuyo…

Me empuja hacia atrás y se retira al cuarto. Solo puedo verla partir con la sensación del desprecio anidada en mi pecho. ¿Habrá entendido finalmente mis intenciones?

[…]

—¡CORTE! ¡CORTE, CORTE!

Estudio de grabación, 15:20PM.

—¿Qué demonios pasa? —se queja el camarógrafo— Es la quinta vez que grabamos esta escena. ¿Qué mierda no te gusta?

—Cállate un rato porfa —reclama André— Emilie ¿Qué pasa? ¿Por qué no puedes darle un beso al actor?

—¿De que hablas? —protesta Emilie, frustrada— Es el octavo beso que le doy. ¿Por qué no te gusta?

—Vamos, Emilie. Te conozco —protesta el director— Eres sublime. Cuando los besas, se siente la pasión, el deseo, el anhelo. ¿Por qué ahora se ve como si besaras a un muñeco inerte?

—¿Qué insinúas? —masculle la señora Agreste, preocupada— ¿No parece real?

—¡No! No lo parece —agrega— Desde que cambiamos al actor, te ves muy frígida.

—Me gustaba más el rubio…—desvía la mirada.

—¿Por qué de pronto te gustan los rubios? —espeta el varón— ¿Qué quieres que te ponga entonces? Te pongo un rubio. Pero todos son menores.

—Vale…

—¿Cómo que "vale"? —parpadea, estupefacto— ¿Eres acaso…?

—¡Señor! —interrumpe un muchacho de corta edad en medio del set— ¡Señor André! Tenemos una llamada.

—Joder. ¿Y ahora qué? —se queja el director.

—Es para la señora Emilie Agreste —aclara, aterrado— La llaman desde…—añade, en su oído— la policía…

—¿Qué? —André hace una pausa, observando a Emilie con preocupación— Emilie…es para ti…

—¿Qué es? —se paraliza de golpe, bajando del escenario. Coge el teléfono y escucha. El color se le desvanece del rostro— ¿Cómo dice…?

[…]

¿Qué mierda significa esto?

¿Por qué cojones estoy en la morgue ahora…?

—Lo siento mucho…señora Agreste…—murmura el forense— Por favor…haga un intento en reconocer los cuerpos. ¿Son…?

Cállese —rezonga Amelie con molestia, empujando al hombre con dolor— Lárguese…dejen a mi hermana sola, se los ruego.

—Señora —espeta el hombre— Yo solo-…

Largo —demanda Félix, con actitud furibunda. Lo fulmina con la mirada, al punto de matarlo con ella— Si no desapareces en los próximos 10 segundos, te juro que te mato.

—Pe-Perdón…—reverencia el varón, saliendo de la sala.

¿Pero que puta mierda pasa? ¿Por qué estoy viendo a mi primo hermano y a mi tío tiesos en una camilla de la morgue de parís? Díganme que esto es una broma. Es una pesadilla. Dios mío…despiértenme. ¿Qué coño pasó? Se supone que ellos dos estaban de gira por otro país. ¿Cómo mierda me entregan, sus cuerpos así? ¿Están de joda? Emilie se desmorona delante de mí, lloriqueando a mares delante de la camilla. Su llanto es tan enérgico y desgarrador, que mi madre se desmaya. Entre dos personales del centro médico, la asistimos. Tuvimos que sacarla e internarla en uno de los Box para cuidados intensivos. ¡¿Pero que pasó?! ¡Que alguien me explique!...

—Disculpen —interviene un hombre.

Su nombre citaba "Shihoru Brehem" en su placa de presentación en la piocha de su pecho. Era mitad japones mitad alemán. Se presenta como detective y nos habla a ambos. Aunque mi tía parece destruida y yo, intento a duras penas consolarla.

—Fue durante un atentado —explica— El señor Agreste y su hijo viajaban en un tren hacia Múnich. Unos terroristas atacaron los vagones —explica con frivolidad— Murieron todos…ninguno se salvó. Al parecer, fue un ataque terrorista de la Yihad. Pasa que-…

Intenta contarnos. Pero no escuchamos. Nada de lo que diga este pedazo de mierda me devolverá a mi primo hermano o a mi tío. Da lo mismo lo que diga. Emilie se desmembró en llanto y yo, la acompaño sollozando con ella. Adrien…Adrien Agreste…mi único consagrado, mi primo hermano, mi hermano…te has ido de este mundo. Ella no logra soportarlo y pierde el conocimiento tras varios segundos de incordio. Me parece un pecado espantoso, casi un sacrilegio, tener que obligar a una madre ver el cadáver de su hijo o su esposo. Mas, en un estado deplorable en donde sus cuerpos se laceraron producto de un estallido.

Nuestro mundo cae en una oscuridad profunda. Y no hay nada que pueda hacer al respecto…

El funeral se llevó a cabo tres días después. Mucha gente asistió. Por alguna razón que no comprendo, el cielo lloró nuestra perdida; acompañando el acto fúnebre con una lluvia torrencial. ¿Quién lo lamenta más que nosotros, si no es su dios? Aunque no creo en él, mi corto entendimiento me da la razón al permitirnos acompañar este momento doloroso. Un cura recita un pasaje de la biblia y un par de cercanos arrojan flores blancas a los ataúdes. Lo ultimo que diviso, es el lodo húmedo cubriendo el sarcófago para acabar enterrados bajo tierra, como abono fértil para el mañana.

¿Qué es la muerte? ¿Realmente existe? Me lo cuestioné desde ese día. Adrien se había criado conmigo compartiendo vivencias, sentimientos, anhelos, sueños. Tenía solo 15 años, joder. 15 cortos años. ¿Por qué tuvo que pasar esto? Me duele…me quema, en lo mas profundo del alma. Nadie nos preparó para este trágico acontecimiento. Yo estoy devastado. ¿Pero que hay de ella? Ni el monje tibetano mas sabio podría dimensionar lo que Emilie sintió. Y si a mi me lo permiten aclarar con soberbia, creo que ese día…mi tía murió en vida. Pues no volvió a sonreír o a ser la misma, por los siguientes años…

[…]

—Félix —murmura Amelie, pesarosa— ¿Cuántos días han pasado?

—Doce —revela Fathom, cabizbajo.

—Tienes que ayudarme —expresa menalcolica la mayor— Emilie se rehúsa a salir de su cuarto. Ha dejado su móvil en el vestíbulo y no para de sonar a diario. Ya no sé que hacer para consolarla…me siento a la deriva.

—Apágalo.

—Pero…—se lo muestra.

—Se acabó —sentencia Félix, quitándole de las manos el celular. Lo apaga— Olvida todo, madre. Mi tía no va a contestar. Será mejor que lo guardes —se lo devuelve, observando la planta superior de la mansión— Iré a ver como sigue.

—Necesita ayuda…—implora— ¿Crees poder lograr algo? Ella te aprecia mucho y te escucha más que a mí.

—No prometo nada —reniega.

Mentí con descaro como era habitual. Esos doce días, intenté llegar a ella. Pero se rehusaba a recibir a cualquiera. Ni si quiera salía para cenar o dialogar con nosotros. Temí lo peor. Como era de esperarse, su perdida marcó el fin de su carrera como actriz. Luego del funeral, nos regresamos a Londres para soslayar su estado anímico. De un tiempo a esta parte, ella simplemente dejó de hablarnos. Enmudeció. Y se volvió un caos poder leer sus expresiones fáciles, que básicamente eran nulas. Cuando la desesperanza me atosigó de miedo, entré en pánico total. Tuve una pesadilla un día, en donde ella acababa con su vida. Atentar contra su propia voluntad me removió las entrañas. Y fue eso mismo lo que me impulsó a indagar como un ladrón en su cuarto. Me escabullí por la ventaba de este. Solo para comprobar, que estaba drogada en pastillas e intoxicada en alcohol. La hallé casi muerta en medio de la cama.

Di gracias al universo de haber sido tan inquisitivo. De no haber sido por mi intervención, mi Emilie ahora estaría…acompañando a mi primo y mi tío. Llamé a una ambulancia de emergencia. En un abrir y cerrar de ojos, fue internada en un centro psiquiátrico. El especialista de salud mental nos dio su fatídico pronostico con pocas esperanzas. Mi tía…había enloquecido de dolor. El malestar, el desasosiego, el disgusto de haber perdido a su familia la trastornó. Y su sinsabor de vida, se había transformado en una pena sin escrúpulos.

Logré que pudiera tomar tratamiento. ¿Pero a que costo? Incluso con un millón de drogas encima, estaba intoxicada de aflicción. Pues no hay cura para la perdida. Es mucho mas intenso que un amor no correspondido o una mueca de desaire. La vida misma, le había dado la espalda. Era natural que quisiera dejar de existir. Y yo, empíricamente ilustre, tomé mi posesión de papel más severo: Hacerla volver en sí. Misión, que incluso mi propia madre me encomendó a mis cortos lozanos años.

Algo…logré. No fue mucho, pero fue un avance…

Hospital Psiquiatrico de Londres, Vespurry, 16:50PM.

—No puedes seguir así, Emilie —murmura Félix, sentado a su lado— Debes ser fuerte…

—¿A que has venido? —farfulle la rubia, con voz fantasmal— Pierdes tu tiempo, niño. No es algo que esté en tus manos.

—Tampoco está en las tuyas —responde, cabizbajo— El universo nos ha jugado una mala pasada.

—Déjenme vivir mi duelo en paz, joder —balbucea endeble— Ya olvídense de mí.

—No creas que eres la única viviéndolo —masculle Fathom, con desazón— ¿Qué piensas? ¿Qué lo estamos pasando bien en casa, haciendo fiestas y eso? Te equivocas. Mi madre está tan devastada como tú.

—El enfermero me lo contó todo —revela la viuda Agreste, observándolo de reojo— Vienes a diario. Como un psicópata.

—¿Es lo que soy para ti? —pregunta al aire.

—Si.

Besos y versos…

—¿Qué? —se voltea a verle.

—Es todo lo que te puedo ofrecer —manifiesta Graham de Vanily, extendiéndole una carta— No has leído ni una de mis cartas.

—Métetelas por-…—la rechaza.

—Tía Emilie —interrumpe de golpe, clavándole una mirada penetrante— Antes de que la tires, será mejor que la leas. No pretendas fingir que estás sola en este mundo. He llorado lagrimas de sangre por Adrien…por favor…—implora, angustiado— no lo hagas por ti o por mí. Hazlo por el…

—¿Qué cosa…?

—Dale paz…—balbucea el rubio menor, bosquejando una mueca derrotada y húmeda mirada— Ellos…siguen aquí. Aunque quizás no lo veas ahora —alza la mirada hacia el cielo— La muerte no existe realmente. La gente sucumbe solo cuando los olvidamos. Y ellos, están atormentados por su recuerdo o paso en este mundo. Haceles un favor…—añade, desviando la mirada entre lágrimas— Y déjalos ir…

Yo había hablado desde el alma, poblando así la mirada ajena de mi familiar. No me sentía ebrio o drogado, pero juraría que mis palabras por fin dieron sus frutos. El semblante de Emilie mutó a partir de esa platica. Sé que al final de día, leería mis versos. Era cuestión de tiempo. La conozco. Siente parecido a mí. Somos dos almas gemelas. No es que me esté aprovechando de este momento de vulnerabilidad, pero era idóneo para demostrarle que mi amor por ella era sincero y real. No una cosa enfermiza que por tantas lunas renegó con repugnancia. La mirada de aversión que en algún punto me regaló, ahora era de amor laxo. Leyó mis escritos y se doblegó con el tiempo a aceptarlas con madurez. Después de todo, era una mujer adulta. Su edad, era mi mayor artilugio a la hora de cortejarla.

Aunque consiguió regresar a sus cávales tras dos largos meses, siempre sentí que el corazón de la mujer que amaba era tan frágil como el cristal. La perdida había marcado un antes y un después en nuestra relación. Pero sobre todo en el porvenir de sus próximos movimientos. Quizás ya no sería actriz. No obstante, eso no la limitaba a perseguir otros sueños. Y No importaba cuantos años tardara en sanarse…yo estaría ahí para cuidar de ella.

Emilie volvió a casa un sábado. Y ya para el lunes se encontraba en el cuarto de mi primo, extrañándolo mas que olvidándolo. No interferí. Por el contrario, me había convertido en un sonámbulo nocturno velando su sueño, recorriendo los amplios pasillos de la mansión; siempre precavido, siempre en alerta. Ella respetó los horarios para tomar su medicina y trató de recobrar la dieta estricta que le habían obligado a tomar. Se que estaba haciendo un esfuerzo sobre humano para salir adelante. Mi madre la incitaba a salir de su cuarto para acompañarla a eventos sociales. De vez en cuando fingió sonrisas acabadas. Sobre todo, cuando veía a sus amigas de siempre, acompañadas de sus maridos. Gabriel ya no estaba en este mundo, por lo que le resultó incomodo al comienzo. Pero yo estaba ahí. No me iría a ningún lado.

Y procuré seguirla a donde fuese, para que no se sintiera sola. Para que el vació de la viudez, no la atrapara en sus redes de añoranza.

Pasó así un año. Yo no había dejado de lado la pena por Adrien. Mi humor menguaba algunos días. Más cuando debía asistir a clases que ambos compartíamos con fraternidad. Su pupitre se mantuvo aislado del resto, con una fotografía suya. La directiva escolar acordó no usarlo en conmemorativa memoria. Se que todos se esforzaba por animarme. Pero yo había caído en una especie de limbo depresivo que iba y venía a su antojo, sobre todo a la hora de ir a Equitación. Mi primo hermano siempre quiso ser jinete profesional. Y el hecho de saber que aquel sueño le había arrebatado la vida, me dolía muchísimo. Quise desistir de practicar aquel arte.

Cada vez que entraba a las caballerizas y veía su caballo sin ser montado por nadie, una pena infame me atosigaba por dentro y comenzaba a llorar sin justificación alguna.

La única forma de hallar consuelo, era abrazar al animal. Más no llegaba a sacarlo. Incluso le hablaba para desahogarme. Aunque sé qué no me entendía. Soy patético… ¿Que hubiera pensado mi primo al saber que yo estaba enamorado de su madre? Era lo que venía a mi mente una y otra vez, lacerándome con la culpa de mi desenfrenado amor. Tal vez debí haberle dicho ese día la verdad. Si tan solo hubiera sabido…

Debí confiar en él.

Ya no quiero estar aquí, pensé. Esa tarde de otoño iba a volver a casa como un vil desahuciado, hasta que la persona menos inesperada de todas…me rescató. Yo como de costumbre estaba llorando. Pero logré disimular mis lagrimas raudo, pues la vergüenza de mostrarme endeble no era aceptable para mí.

—Perdóname. ¿Interrumpo algo? —murmura una voz femenina, a su espalda.

—¿Kagami? —bosqueja Félix, desviando la mirada— ¿Qué haces aquí?

—Lo siento. No quiero parecer una sociópata —expresa Tsurugi, con determinación y a la vez inquietud— Estaba preocupada por ti. Te estuve llamando, pero no contestabas. Ni si quiera mis mensajes. Tampoco has estado yendo a clases de esgrima. Así que…—añade, mostrándole su equipo de practica— pregunté y me dijeron que te encontraría aquí. Supe que te gusta mucho la Equitación.

—Gracias, que amable —balbucea Fathom, con la mirada derrotada— Pero creo que lo dejaré. Me cuesta ver este noble arte con la misma pasión que antes.

—Se que sientes que ya nada es igual en la escuela —añade la japonesa.

—Ojalá solo fuese la escuela, Kagami —revela Graham de Vanily, cabizbajo. Observa al corcel con nostalgia— Digamos que mi primo se llevó una parte de mi corazón con el…

—Por la forma en la que hablas de él, se ve que lo admirabas mucho.

—Yo lo amaba —sentencia, forzando una sonrisa penumbrosa— Tanto como el a los caballos.

—¿Y no crees que sería una forma muy bonita de honrarlo, continuando con su pasión por ellos?

—¿Eh…?

Kagami Tsurugi, quien hasta el momento se había mostrado interesada en formar una relación mas intima conmigo, jamás se me había acercado de esta manera tan profunda. Dejando de lado toda la parafernalia de cortejo y honoríficos, me buscó entre el bosque de mi ausencia para encontrarme en un claro otoñal. Esa tarde, me hallé por primera vez en la vida, acompañado en las sombras. Ella, fue como un farol en medio de un mar de neblinas e incertidumbres. A juzgar por sus cartas y escritos, siempre supe que estaba enamorada de mí. Pero hasta ese día, creí que solo eran sentimientos banales de una quinceañera, escudriñando una zona importante en la sociedad. Después de todo, yo era un Graham de Vanily. El ultimo que iba quedando. Y si bien yo tenia mala fama con las mujeres, al rechazar la más mínima expresión de afecto femenino, con ella no me pasaba igual. Su voz serena, dotada de palabras maduras y reconfortantes me hicieron entrar en razón. Ella tenía razón.

¿Por qué dejarlo? Adrien Agreste era un excelente montador. ¿Por qué no seguir sus pasos? Y de esa forma, ennoblecer su nombre con la distinción que no llegó a obtener, pero que sin duda merecía.

—Gracias, Kagami…

Fue lo ultimo que alcancé a decir. Saltándome todos los protocolos educados de nuestra cuna, la abracé. Y no fue un simple abrazo. Procuré que fuese intenso, duradero, transmitido con la fe del cariño que en mi corazón crecía por ella. Sin temor alguno, ella no me rechazó. Por el contrario, y ajeno a todas sus creencias o costumbres correspondió. A partir de ese momento, mi corazón se dividió en dos. Pude ver claramente como en el altar en donde solo permanecía Emilie, ahora Kagami se sentaba a su lado.

La diferencia era abismal. Partiendo por la base de que Tsurugi tenia mi edad y era lo políticamente correcto. Tal vez no la llegaría nunca a amar como a mi tía. Tampoco pretendía engañarla. Sin embargo, eso no me limitaba a intentarlo con ella. Yo había tomado una decisión. Pero no podía tan solo llevarla a cabo sin antes transmitírselo a Emilie. Después de todo, si bien no éramos nada…había algo oculto entre ambos. Antes de verme a mi mismo como un infiel o ingrato traidor, se lo conté. Pensé que le importaría una mierda. Mas que mal, me viene rechazando hace años. Pero no fue así…

—Esto tiene que ser una broma —rezonga Emilie, con actitud agria— ¿Aún sigues con esa idea tonta de salir con la japonesa?

—Mi madre ya me ha dicho que me apoya. Y Colt dice que le hará bien a la familia —explica Félix, con ambos brazos detrás de su espalda— Pero no puedo hacerlo…si tu no me das tu bendición, Tía.

—¿Yo? —se mofa, bebiendo un sorbo de su taza de té— ¿Y por qué te importaría tanto lo que yo diga?

—Porque sabes muy bien lo que hay entre nosotros.

—¿Y que se supone que hay entre nosotros? —gruñe la rubia, sarcásticamente— Por favor, no me hagas reír. Tienes que dejar de leer tantos cuentos de fantasía.

—Es tu culpa —esboza Fathom— Tu me los lees desde que tengo memoria.

—¿Ahora resulta que es mi culpa que te hayas enamorado de mí?

—¿Cómo no hacerlo? —manifiesta, sin tapujo alguno y con total descaro— Eres la mujer mas hermosa y perfecta que estos incautos ojos hayan visto.

—Cállate…—chista, indiscutiblemente ruborizada.

Te amo, Emilie.

—¡Ya te dije que te callaras! —se abalanza hacia el menor, cubriéndole la boca con la mano— ¡¿Estás demente?! ¡Baja la voz! Mi hermana está en casa.

—Comprendo —masculle Félix, examinando la piel desnuda de sus dedos— Y supongo que no quieres que ella se entere de esto.

—Ni se te ocurra…estúpido —le advierte en voz baja— Es lo ultimo que necesito.

—Entonces, aceptarás estar de acuerdo conmigo —arquea una ceja, suspicaz— Piénsalo. Si me comprometo con Kagami, nadie sospechará de nada. Es la excusa perfecta.

—¿Perfecta? ¿Perfecta para qué?

—Para seguir cortejándote —expresa el varón, sujetando aquella mano dócil que permanecía inmóvil en sus labios. Acto seguido, la acerca a su mejilla; simulando una caricia febril— Y que estas tersas y suaves manos…me hagan suyo e-…

—Ya basta —Emilie le quita la mano de encima, abochornada hasta las orejas— Y que sepas que me tiene sin cuidado con quien sales. No me interesas en lo mas mínimo. Ahora, si me disculpas —se retira hacia el pasillo— Me duele la cabeza.

—Lo tomaré como un si —finaliza Graham de Vanily, bosquejando una sonrisa pueril.

Eso dijo ella. Recuerdo sus palabras, grabadas a fuego en mis oídos. Pero su lenguaje corporal demostraba todo lo contrario. Estaba furiosa con la simple idea de verme con otra mujer. En el fondo, se había acostumbrado a tenerme solo para ella. Por mas que me negara una y otra vez, la tensión que desprendía su mirada al verme cumplir todos sus caprichos saltaba como chispas en plena fragua.

Tras aquella platica, Emilie no volvió a dirigirme la palabra por varios dias. Estaba dolida conmigo. De seguro sentía que yo era un traidor. Una mujer que te hace la ley del hielo de esa forma tan copiosa, dice mas que mil palabras. Acepté mi castigo con hidalguía, ya que era mi culpa también. Me comprometí con Kagami un miércoles por la tarde, dándole el papel de novia oficial como correspondía. Y para el viernes de la misma semana, llegando yo de mis clases de equitación, nuestra historia dio un giro inesperado que cambiaría para siempre el desenlace de esta.

—¿En donde están todos? —consulta Félix, extrañado por tanto silencio.

—Sus padres fueron al teatro, joven Graham —expone el mayordomo, recibiendo su abrigo— No volverán hasta entrada la noche.

—¿Y Emilie? —deja el paraguas colgado— ¿En dónde está?

—En su cuarto —agrega el hombre, arqueando ambas cejas con desazón— Pero le advierto, que no está de humor. Se ha encerrado con una botella de Whisky. Ha pedido que nadie la moleste. Y luego encendió música.

—¿Qué está haciendo? —Fathom alza la mirada hacia el segundo piso— Gracias. Yo me encargo.

—¡Señorito! —advierte— ¡La señora Agreste-…!

—Tranquilo —le habla con voz serena, desde el peldaño— Se tratar con mi tía. Ve a que me preparen el baño.

—Si…señor.

[…]

—Imagino que ya te has tomado tu medicina —interrumpe Félix, parado en el marco de la puerta.

—¿No te enseñaron a tocar la puerta antes de entrar al cuarto de una dama? —protesta la rubia, danzando sobre la alfombra.

—Toqué cuatro veces —rezonga— Responde.

Estaba ebria a mas no poder. Tenía los pómulos teñidos de un notorio rojo furioso y sus palabras eran frases etílicas al aire. Mas de la mitad de la botella faltaba. ¿Por qué estaba tan feliz? Con esa música setentera y esas pilchas a mal vestir. No es que me extrañara verla así. En parís también tuvo esos comportamientos infantiles. Eché una ojeada rápida al cuarto. Su cama estaba sin hacer y el ropero se encontraba con ambas puertas abiertas. Me percaté de un detalle en particular, toda la ropa de Gabriel Agreste estaba ultrajada, como si hubiese indagado en ella. Cerré la puerta y le eché llave. Nada mas para asegurarme de que no saliera corriendo por la casa o algo así. Me arrimé al armario y ordené un poco el desmadre que había ocasionado.

—Me sorprende que aún conserves su ropa —farfulle receloso el rubio. Se detiene en una chaqueta en particular. Tiene marcas de labial en el cuello— ¿Cuándo te vas a deshacer de ella?

—Jamás —masculle errática la viuda, corriendo hacia el para apartarlo— ¡Ni se te ocurra sacarla! Mi marido era un diseñador prestigioso y reconocido en el mundo. Sus creaciones, son lo que me mantienen con vida aún.

—Lo sé, Emilie. Todos conocíamos el talento de Gabriel —Fathom aprieta los labios, frunciendo el ceño— Pero debes entender que ya no está con nosotros. ¿Por qué sigues atada a cosas materiales como estas?

—Porque hoy…era nuestro aniversario de matrimonio —expresa jocosa la ojiverde, acariciando con añoranza las prendas. Extrae una tenida y la abraza, estrujándola contra su pecho— Aun mantienen su perfume…

—"Era" —esclarece el menor, suspirando de manera nauseabunda— Gabriel está muerto.

—No mientras viva en mi recuerdo —reclama.

—¿Sigues enamorada de él, acaso? —desvía la mirada.

—¿Te molesta?

—Si.

—Supongo entonces que somos dos —insinúa Emilie, con sugerente mirada esmeralda— A mi también me molesta que estés con Kagami.

—Pero no estoy enamorado de ella.

—No te creo —niega la señora Agreste, de forma desafiante— Solo usas esa excusa para cumplir tus fantasías de adolescente hormonal. En el fondo solo quieres cogértela.

—Si quisiera "coger" con alguien, Emilie —Félix le retiene de la muñeca, fulminándola con la mirada— No sería precisamente con Kagami. Y si fuese por fantasías, las de ella son mucho mas profundas que esa.

—¿Y que hay de las mías? ¿Mh? —Emilie lo empuja hacia atrás, furibunda— ¿Vas a cumplir las mías también?

—Es la única mierda que he estado haciendo durante años, contigo —espeta ofendido— ¿Acaso no te ha bastado conmigo? —aprieta los puños— ¡¿Qué no ves todo lo que hago por ti?! ¡¿Ah?! ¡Pero claro! ¡Sigues ciega! ¡Atada a un difunto! ¡Mientras yo, sigo aquí mas vivo que nunca!

—¿Me estás reclamando?

—¡Lo estoy haciendo! —Félix la agarra de los hombros— ¿Qué no te das cuenta que solo vivo para ti? ¡Eres una-…!

—Póntelo.

—¿Ah…? —parpadea, anonadado.

—¿No dijiste que querías cumplir mis fantasías? —inquiere la mayor, estirándole el traje— Hazlo ahora.

—¿Quieres que me ponga…la ropa de mi tío? —repite, mas pasmado que antes.

—Bueno…—exhala frustrada— Supongo que es demasiado para un niño como t-…

—Deja —la detiene con firmeza, tomando la mano que sujeta el colgador— de tratarme como si fuese un niño, Emilie. No soy un crio. Soy un hombre.

—Te estoy dando la oportunidad de demostrármelo… ¿A ver? —su familiar se encoge de hombros, retirándose hacia la cama. Se sienta en el borde de esta y se sirve otro trago de whisky, cruzando elegantemente una pierna sobre la otra— Adelante.

—¿Quieres que me cambie delante tuyo?

—¿Qué pasa? —bebe un sorbo, alzando una ceja con picardía— ¿Temes que vea lo pequeño que eres?

—Tsk…pequeño tienes el cerebro —gruñe hastiado el menor, removiéndose la camisa y los pantalones— Me lo pondré.

—Si…—musita con lascivia la rubia, bajando la mirada sutilmente hasta sus calzoncillos— Ya veo que estás bien dotado.

No sé que mierda estoy haciendo. Pero si eso la hacía feliz y lograba convencerla al fin de mis intenciones, lo haría sin chistar. Convenientemente la ropa de Gabriel me quedó a la medida. Y eso que el era mucho mas alto que yo. Emilie me había obligado a ponerme el traje blanco que usó para su matrimonio. Aunque realmente no sé para qué me hizo vestirme, si al final de la noche ella…

—¿Contenta?

—Mucho —sonríe ladina. Le ofrece un vaso de alcohol también— Bebe conmigo. Y bailemos…

Acepté el trago. Ella sabe que soy menor de edad y yo también estoy consciente de eso. Pero digamos que la cultura del brebaje en mi familia no era mal vista, siempre y cuando se llevara a cabo dentro de estas cuatro paredes. Al principio me quemó la tráquea. Pero después del segundo, pasó como agua. Bailamos, simulando un vals nupcial por un par de minutos. Luego, danzamos al compás de unas canciones bastante indies. Para mi tercer vaso, yo ya estaba ebrio. Por supuesto que no tenía la misma resistencia que ella, que llevaba años en el mundo de la bebida. Pero no me importó en lo absoluto. Aquel liquido embriagador que recorría por mis venas, me encendió como una fumarola sacando humo por las fosas nasales. En algún punto de la velada, comenzó a llover torrencial por el ventanal del cuarto. Yo estaba satisfecho con el resultado. Mi tía era feliz. Flotaba a mi lado entre risas y toques cariñosos.

El reloj marcaba las 2:12 de la madrugada y el sueño me abrumó de un momento a otro. El juego para mi estaba a punto de acabar.

—Espero haya sido de tu agrado —murmuró Félix, quitándose la chaqueta.

—¿A dónde crees que vas, Gabriel? —lo retiene del antebrazo.

—Emilie…—advierte— Yo no soy-…

—Es nuestra noche de bodas —musita la viuda, masajeando sus labios con la yema de sus dedos— Hay que acabar como corresponde…

No puede ser. ¿A que limites quería llevar esto? Por unos instantes, me asusté. Pero salir corriendo en un momento así sería lo mas cobarde de mi parte. Si trataba de hacerla entrar en razón, seguro no cometería ningún error. Pero en el momento en que la tomé de los brazos, ella…ella me besó. Y fue ese ósculo, diluido entre el whisky y el olor a cigarrillo costoso en su boca, lo que me hizo perder la poca cordura que me quedaba. Me encendí, exacerbando todos mis bajos instintos. Nunca llegué a creer que Emilie por fin pudiera besarme y corresponder mis sentimientos. ¿Lo había logrado? ¿Se había enamorado de mi como tanto soñé? Enloquecí. Ni si quiera con Kagami podría haber anhelado algo similar.

Puedo echarle la culpa al alcohol, al calor, a la noche, a la pasión…pero nada de eso hará que regrese en el tiempo de lo que viví con ella. Emilie apagó la radio, la luz y me arrastró a gatas por la cama desecha. Misma, en la que acabamos ambos desnudos y con el silencio sepulcral de toda la gran casona, culminamos el acto mismo.

Mi primera vez…pecaminosamente con mi propia tía.

No hace falta que relate los detalles. De lo único que puedo dar testigo de fe, es del hecho de haber descargado todo el deseo que acumulaba por años, en su interior. Se que muchas veces me jacté con soberbia de mi edad y el familiarizado concepto de ser "un hombre". Pero con humildad aclaro, que no fue sino hasta aquel acontecimiento, que verdaderamente me sentí uno por completo. Uno…con ella. ¿Mi mayor placer culposo? Fue que, al cabo de varias horas, dejó de llamarme Gabriel y escuchar gemir mi nombre con todas sus letras, me llevó al paraíso mismo.

Era lo que siempre desee. Pues era yo, Félix, quien le había brindado semejante placer. Adoctrinado, no desentoné. Ella se mostró complacida y satisfecha con mi desempeño. Que, a pesar de ser novato en esto, la hice mía como dios manda. Me aseguré, que no le quedara duda alguna, de que para hacer el amor no se hace falta tener experiencia. Solo dejarte llevar y lograr estimular la mayor cantidad de veces a tu amante. Su felicidad, sería la mía. No conté las veces. Solo sé que para cuando acabé la ultima vez, el sol ya daba por el ventanal.

La habitación se había abrumado de jadeos exhaustos y gimoteos sublimes, tanto de ella como míos. Me abrazó entre sus anémicos brazos delgados, acariciando mi nuca empapada en sudor. Sus dedos se fundieron con mis cabellos y un ultimo beso intenso, me derrotó en la batalla; dejándome descansar en su regazo. Cerré los parpados cansado, sabiendo que había dado lo mejor de mí.

Dichoso…

—Estás temblando, niño…—murmura Emilie, con voz aterciopelada.

—No me sueltes por favor…—implora Félix, abrazándola con dulzura— Estoy bien, tranquila. Se me va a pasar…

—Félix…esto…—añade, con la mirada humedecida— es un error. Un grave error…

—Ustedes las mujeres…son tan incoherentes —sisea Fathom, con los parpados entrecerrados; en lo que regula su respiración— Todas buscando al indicado y nadie disfrutando al equivocado. Solo les gusta sufrir.

—¿Qué cosas dices en un momento como este? —le regaña, con delicadeza.

—Perdón, estoy post-orgasmico —aclara, manso.

—No se trata de que seas el equivocado —aclara la señora Agreste, esbozando una mueca grácil— Es que eres mi sobrino y yo…

—Eres una mujer extraordinaria, Emilie…—declara sin premuras, besando la piel expuesta entre sus firmes pechos— Ya deja los títulos…solo quiero que seas feliz.

—Mucha gente se opondrá a esto. No —recula, angustiada— Mas bien, el mundo entero.

—No me importa. Eres mi primera mujer —sentencia— Y nadie cambiará eso.

—¿Eras virgen?

—Si…

—Dios mío…—traga saliva— no lo parecías…

—No menciones a dios. Dios no tiene la culpa ni participe de esto —esclarece Félix, levantándose para tomar su rostro con ambas manos. La observa con cariño— Muchos dirán que nos iremos al infierno. Pero yo he visitado el paraíso a tu lado. Y solo espero…haber estado a tu altura.

—Félix…—Emilie solloza con dejo de culpa, apartándole el rostro— será mejor que te vayas…

—Emilie…no…

—Por favor…—implora.

No había palabra alguna para consolarla. Ella comenzó a llorar en silencio. No soy quien para culparla o juzgarla. Era natural que se sintiera así. Después del ardor nocturno, el alcohol y el éxtasis, la sobriedad tocaba nuestra puerta; dándonos un baldazo de agua fría de realidad. Yo hubiera dado mi vida por quedarme a dormir con ella. Pero no fue posible. De la misma manera clandestina como llevábamos nuestro amor, tuve que marcharme. Como el ladrón que asalta una caja fuerte, me vestí y me fui de su cuarto. Aunque no sin antes, asegurarme de al menos haberla dejado serenada al confesarle que no le contaría de nadie respecto a nuestro "pequeño" secreto.

Eso pensé, hasta que salí de su recamara y caminé por el pasillo en dirección al baño. Tenía pensado darme una ducha para quitarme el olor a sexo del cuerpo. Pero mi crimen perfecto se vería estropeado por la presencia de quien, ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado.

Mi madre…

Ella estaba de pie, con su bata negra puesta y la mirada ajada. Era absurdo intentar adivinar lo que pasaba por su mente por esas horas de la mañana. Mi lenguaje corporal me delató. El mismo, que me hacía sentir orgulloso de mis actos. Me vi traicionado por mis sentimientos. El rostro turbado, la ropa a medio vestir, una ligera erección resaltando por el pantalón. Todo, me delató. A todas luces, era un hombre que recién había tenido relaciones sexuales. Verla a ella, fue como verme a mi mismo sobre un espejo. Pero enfrentarme a la adversidad de la verdad no se asemejaba para nada a lo que pudiera haber ideado en mi mente. Fue mas bien, un juicio de tribunales. De esos en donde Amelie era el juez y yo, el acusado delante del podio. Sin testigos, mas que nosotros dos.

—Madre…—murmura Félix, tragando saliva en el proceso— No es lo que piens-…

Una cachetada. Eso fue lo que recibí en respuesta. Ni si quiera me dejó terminar la frase. Su mano se plasmó en mi mejilla, con el dolor de la decepción, el asco y la repugnancia mas grande que se puedan imaginar. Era mi fin. Le podré mentir a medio mundo. A mis compañeros, a mi padre, a la servidumbre, incluso a mi tía. A mi mismo. Pero no a ella. No a ella…

—Mamá…

—¿Qué has hecho, Félix Fathom? —rezonga Amelie, con lagrimas en los ojos— ¿Qué mierda acabas de hacer? —lo toma de la ropa por el pecho, apretándolo con fiereza. Entre el pánico y el dolor, lo fulmina con la mirada— Y ni te atrevas a mentirme, niño. ¿Acaso tu…?

—Estoy enamorado de mi tía Emilie.

Confesar aquello, la hizo desmoronarse delante de mis ojos. Me soltó y se dejó caer en sus rodillas, aterrada. Ya no supe que más hacer. La vi llorar desconsolada y abrazarse a sí misma. No podía encontrar otra reacción a tal revelación. Natural. Se que fue asqueroso lo que dije, pero fue mi desahogo. Ella tenia todo el derecho del mundo a saber la verdad. Y también a odiarme. Intenté tocarla, pero me apartó la mano con aversión. Su mirada repulsiva, me hizo volver en sí. Me bajé del pedestal en el cual me encontraba, solo para regresar a la tierra de la realidad.

Amelie, quien me había traído al mundo con dolor y me apoyó en todas mis locuras, reaccionó con obviedad a esto. Yo no esperaba menos de ella. Y no le atribuyo nada malo por ello. En algún punto, no llegué a esclarecer si lo que le había dolido era enterarse de mis sentimientos incestuosos o el hecho de que haya pasado delante de sus narices, sin que lo supiera. Adrien tenía razón. Si tan solo hubiese sido sincero, probablemente no hubiese llegado a este punto. Soy como el agua. Cuando el agua se ve acorralada, busca senderos o surcos nuevos. Me vi tentado a explicárselo, antes de que tomara una decisión drástica y apresurada. Pero ¿Qué más podía pedir? Era muy avaricioso de mi parte hacerlo.

—Amelie —dice Félix, con melancolía— Yo-…

—Quiero que te vayas —sentencia la mujer, entre lagrimas acongojadas— O te vas tu o se va Emilie. Elije…

Fue su ultimátum. Y un puñal en mi pecho como no tienen idea. Por supuesto que no permitiría que mi tía se fuera de casa. Pero permanecer ambos en la mansión, era casi suicidio. Mi madre me dio opción A y B. Yo opté por la C.

—Nos iremos los dos —declara Fathom, abatido— Pero antes de hacerlo, tengo derecho a explicar lo que me pasa y siento. Después de todo, sigo siendo tu hijo. Tu único hijo. Y ella, tu única hermana gemela.

—¡No quiero saberlo!

Me arrodillé a su altura y sujeté su rostro, sin importarme ya como me miraba. Si estábamos en modo sinceridad, tenia que escuchar la versión completa. Y no como su mente maquinaba.

—No —rezonga Félix, entre lagrimones endebles que corren por su rostro— No así. Independientemente de lo que sientas, necesitas saber la verdad. Solo luego de escuchar ambas versiones, nos vamos. ¿De acuerdo?

—De acuerdo…

Y entonces le expliqué a mi madre todo lo que pasaba entre Emilie y yo. No quería convencerla de nada o cambiarla de idea, aclaro. Pero merecía saber la verdad. Solo eso…

La cruel y despiadada verdad…de lo que vengo sintiendo casi desde que nací.