Despacho de Lord Fathom, 9:20AM.
—¿Y no piensas decir nada más? —protesta Amelie, quien no logra mantener la calma por más que lo intenta.
Mi madre y mi padre están aquí. Aunque mas la primera que el ultimo. Colt se muestra impávido, ojeroso y con morriña de aburrimiento. Está claro que anoche llegaron tarde de la fiesta y preferiría estar durmiendo que confrontándome en esta especie de interrogatorio. Al parecer, la única con la energía de mil caballos de fuerza es Amelie. Porque lo que es yo…me tiemblan las rodillas. Y no precisamente de miedo.
—¡Félix! —reclama una vez mas la rubia— ¡Di algo al respecto!
—Con un demonio, mujer —inquiere Colt, frotándose la sien— ¿Quieres dejar de regañar al muchacho?
—¡¿Y tu de que lado estás, Colt?! —chilla la fémina— ¿Te parece graciosa esta situación acaso? ¡No puedo creer que lo avales!
—Arg…cuanto melodrama —Fathom se levanta de la silla y camina hacia el mini bar, sirviéndose un trago— Por supuesto que no lo avalo. ¿Pero ya viste la cara que trae? Míralo. Pareciera que consumió cocaína. De seguro todavía trae mojado el calzoncillo. No vas a conseguir nada si lo atacas así. No le importa —exhala, bebiendo un sorbo— Lo hecho, hecho está. Tu hijo pasó la noche entera revolcándose con tu hermana. No hay nada que puedas hacer al respecto.
—Me sorprende…la frivolidad con lo cual te lo tomas
—No. Pero ¿Qué quieres hacer? ¿Hacerle castración química? —gruñe el varón, con actitud agria y machista— Por favor, Amelie. Félix tiene solo 16 años. Yo a esa edad metía la verga en cualquier lado —se encoge de hombros.
—Eres increíble —farfulle Graham de Vanily, asqueada con su reacción poco formal— Esto es culpa tuya. Tu no le has enseñado valores de un hombre decente.
—¿Disculpa? —se mofa— A mi no me eches la culpa. Esta fantasía del incesto, no viene del lado de mi familia. Te recuerdo que, en el pasado, los Graham de Vanily se casaba entre primos —frunce el ceño— ¿O quieres que te recuerde a tu tío August?
—¿Entonces es eso? ¿Ya está? ¿Normalizamos la situación?
—No he dicho eso. Pero vamos a bajarle el perfil —sentencia Colt, fulminando a su hijo con la mirada— Félix. Será mejor que esto haya sido solo una cuestión de hormonas. No te quiero volver a ver cerca de Emilie. ¿Entendiste?
—Me parece…—murmura el hijo del matrimonio, apretando los labios en el proceso— que no me han entendido. Esto no se trata de una cosa de la edad. Yo estoy enamorado de Emilie.
—¡¿Ya ves?! —redunda la señora Graham— ¡Te lo dije! ¡Al chico se le metió el diablo!
—Tsk…como chillas —Colt se aproxima hasta su primogénito y le jala la oreja, con voz amenazante— Escúchame bien, pedazo de mierda. No me importa si lo disfrazas de algún sentimiento afeminado. No está bien que te folles a tu tía. Es tu tía. La hermana de tu madre. Si no quieres que te mande a un maldito conservatorio religioso, dejarás de mirarla con esos ojos. ¿Te quedó claro?
—¡Pe-pero! ¡Papá! —protesta.
—¡Cierra la boca, infeliz! —le tira mucho mas fuerte, como quien se tienta a arrancársela de cuajo— Eres un puto Graham de Vanily. No me des más problemas y compórtate a la altura de esta familia —gruñe, con los ojos inyectados en colera— No me hagas perder la paciencia, Félix. Honrarás con orgullo mi apellido y respetarás a Emilie como la viuda que es. De lo contrario, me aseguraré de que tú y ella acaben internados en un jodido manicomio. ¿He sido claro?
—Y-yo…arg…—se queja, apesadumbrado.
—¡¿Te quedó claro?!
—¡Si! ¡Si me quedó claro! —aúlla adolorido.
—Bien —lo suelta, dándose media vuelta para mirar a su esposa— Fin del tema. Ni una palabra de esto a Emilie. Ya ha pasado por mucho.
—No estoy conforme…—musita Amelie, frustrada.
—No me importa en lo más mínimo, mujer —berrea Colt, tragándose de golpe el brebaje para salir del cuarto— ¡En mi casa se comportarán! —y azota la puerta.
Mi madre no tiene ni un pelo de tonta. Por supuesto que sabía la verdad. Si bien, no me quedó de otra que acatar las ordenes de Colt, en el fondo entre ambos no habría nada que diera indicios que yo me detendría. Amelie conocía mis sentimientos a flor de piel. Tampoco me preocupaba mucho la amenaza de mi progenitor. Pero si lo hacía, el como la mujer que me dio a luz me viera.
—Mamá…
—Estás castigado —dictamina Amelie, encaminándose hacia la puerta— Lo que estás haciendo, no tiene perdón de dios.
—No necesito a Dios —balbucea Fathom, sujetándose la oreja que ahora arde con furia— No le debo nada a él. Yo solo quiero que tu-…
—Pides demasiado, Félix —agrega finalmente, observándole por sobre el hombro con decepción— Que dios te perdone, porque yo no lo haré.
Ni si quiera creo en él. ¿Cómo demonios iban a pedir algo como eso? Joder. ¿Cómo les explico a mis padres, al mundo, a mi propia existencia, que no siento culpa alguna de lo que hice? Sin remordimientos…
Lo repetiría una y otra vez de ser necesario. No me considero un ser sucio, morboso o maquiavélico. Lo que hice, lo hice por amor. Y se que Emilie sentía lo mismo por mí. De lo único que daba gracias al universo, era que me castigaran solo a mi y no a ella. Quiero cargar con su cruz. Mi tía ha sufrido demasiado por el sentimiento de la perdida y lo ultimo que deseo para su bienestar, es que me pierda a mi o a la poca familiar que le va quedando. Así que accedí al indiscreto pacto de mis papás. Ni una palabra de esto a ella.
Ahora solo me restaba…disimular. Papel que increíblemente, desempeñaría con mucha mas fuerza ahora.
¿Pero a que costo?
[…]
—Hoy hace un excelente clima ¿No le parece? —expresa el mayordomo, vertiendo té en su taza.
—Me siento bien —confiesa la viuda Agreste, bosquejando una sonrisa sincera— He dormido de maravillas.
—Lo noto —halaga el varón— Hasta se ve mas radiante y feliz. Me alegra que comience a sentirse mejor. Sin duda su tratamiento está dando frutos.
—Claro que si…el tratamiento —piensa, llevando la porcelana a sus labios— Hoy quiero ir al parque de los cisnes. Alista mi coche por favor.
—Como ordene, Lady Emilie.
—Jean-Pierre —alza la mano— Mi sobrino Félix…—pregunta, fingiendo no estar interesada del todo— ¿Sabes si ya habrá despertado?
—Mhm…creo que sí, señora —comenta dubitativo— Hoy muy temprano por la mañana le hemos preparado su baño. Aunque lo vi algo afiebrado.
—¿Estará enfermo?
—Lo desconozco. ¿Desea que lo averigüe?
—Solo dile que saldré —agrega Emilie, degustando un trozo de fresa— El sabrá qué hacer.
—En seguida —asiente, retirándose hacia la salida. Se detiene— Ah. Mire. Hablando del rey de roma…—reverencia— Buenos días, sir Félix. Ya le preparo su desayuno.
—Buen día —saluda escueto, sin prestarle mucha atención. Lo que ahora lo atrapa, es la mirada clandestina que Emilie le ha pegado. Se acomoda la corbata, para caminar hasta su lado y besar el dorso de su mano con majestuosidad— Buenos días…tía…
—Sus labios están cálidos y húmedos…—Emilie esboza una sonrisa tímida, aceptando su saludo— Buenos días…—simula regresar a su comida— Puedo sentir el aroma de su champú. ¿Por qué no me había fijado antes en esos detalles? Félix se ve muy pulcro y ordenado…
—¿Te ocurre algo? —Félix arquea una ceja, preocupado.
—No…no es nada —desvía la mirada, avergonzada de sentirse atrapada por su mirada— Estaba pensando en que hoy hace buen clima. ¿No crees?
—Lo creo —le endosa jovial, divisando los pájaros cantar por el ventanal— Me alegra que lo notes. Por lo regular nunca te fijas en el clima.
—Bueno…—la mayor lleva un par de mechones detrás de su oreja— digamos que es mi nueva "faceta". Sería bueno empezar a prestarle atención.
—Emilie se ve radiante esta mañana. Estoy seguro de que se siente bien hoy. Lo cual me alegra muchísimo —Fathom le roba una fresa y la mastica— Son del huerto de mamá.
—Hablando de Amelie —murmura la viuda— ¿Sabes si llegó bien anoche? La vi pasar a su cuarto, pero no me dirigió la palabra.
—Descuida, tenia resaca —miente el menor.
—Su desayuno, señor —Jean-Pierre lo deposita en el plato.
—Gracias —el rubio asiente cordial, casi devorándose el plato de huevos y tocino. Coge algo de pan y bebe de a sorbos extensos su té. Traga una y otra vez, con avidez— Mhm…sabe bien.
—Que gracioso —ríe furtiva la rubia— Nunca te vi comer con tanto apetito. Por lo regular comes bien poco.
—¿De verdad? —hace una pausa, regalándole una mueca amorosa— No lo había notado.
—¿No lo sabías acaso? —sisea la ojiverde, limpiándose los labios con una servilleta— Aquello da hambre.
—¿Aquello? —finge demencia.
—El sexo, Félix —declara sin tapujo ni premura. No pretende disfrazar la situación, pues se profesa cómoda con lo que han hecho— Produce hambre. De seguro te has agotado.
—¿Fue solo sexo para ti? —Félix deja de lado los cubiertos, mirándola con desasosiego— Porque lo que es yo, sé que te hice el am-…
—¡Mira la hora! —Emilie le interrumpe de sopetón. Deja la taza de lado y se levanta— Iré al parque de los cisnes. ¿Vienes?
—Voy contigo —despabila.
No soy estúpido ni mucho menos ingenuo. Emilie había iniciado un juego jocoso de hacerme ver, que era algo ordinario lo que ambos vivíamos. Pero en el fondo, el tiro le salía por la culata. Porque cada vez que yo intervenía en el tema aclarándole mis intenciones, se ponía muy nerviosa. Se ruborizaba, temblaba y de vez en cuando hasta reía sin querer hacerlo. Mi tía me dobla la edad. Sin embargo, cuando está a mi lado, rejuvenece y se comporta como una quinceañera. Dicen que cuando hay tanta diferencia de años, pueden pasar dos cosas en una pareja. O uno se envejece o simplemente te vigorizas. Emilie se fortalecía y se nutria con mi energía. Sobre todo, la viril y masculina que podía ofrecerle. Hay quienes hacen bromas de esto, indicando que con el paso de los años el colágeno de la piel se pierde. Bueno, para esos memes yo era el colágeno de mi familiar. Y preferí tomármelo con humor que amargarme por algo tan estúpido. Era gracioso. Pero cierto, ya que desbaraté todo mito o tabú respecto a lo que era posible llegar a hacer.
Tener un amorío con una persona mayor es todo un reto ¿Saben? La gente ingenua se centra demasiado en la idea de siempre ver al menor como una víctima y al mayor como un victimario. Hay quienes incluso consideran pedofilia las relaciones así. Normal, porque su ignorancia los ha llevado a ver abuso o manipulación en situaciones fuera de contexto. Pero generalizar es un error. No todas las personas están así de enfermas. Emilie, jamás me profanó. Por el contrario, me atrevería a esclarecer que fui yo el culpable de muchas de nuestras locuras. Yo era quien la empujaba al abismo del acantilado, a romper limites de lo aceptado. Colt me había sentenciado. Pero me las arreglé de igual forma para continuar con nuestro ilícito affaire. Y como dije, salir con una mayor era todo un logro. Los adultos son personas con vidas armadas, con creencias e ideas establecidas, gente crecida que es difícil que cambien. No son ellos quienes deben bajar a tu nivel y aceptarte. Eres tú, quien debes subir a ellos y comprender su forma de ver la vida. Ya que ellos ya pasaron por lo que tú. Por lo tanto, no les es complicado el tema. Trabajan, pagan cuentas, coexisten en el mundanal ruido. Son personas con historia, con un amplio prontuario y curriculum. Aceptar su pasado y presente te hará aceptar su futuro.
Humildemente agradecí muchas veces tener la oportunidad de salir con Emilie, aunque fuese prohibido. Ella era tan sabia en tantas cosas…pues yo iba a destiempo. Nunca me obligó a acelerar mi proceso. Simplemente tuve que adaptarme como persona joven que era. No me fue problema. Por el contrario, agradecí cada segundo estando a su lado para ser mejor persona. Para convertirme en el adulto que todo niño necesitaba o que nos hizo falta de pequeños. No era mi madre o mi hermana, pero si mi consejera y mi modelo a entender lo que NO debes hacer y lo que SI deberías hacer.
La seguí. No lo hice por capricho, egoísmo o mucho menos por avaricia. Lo hice, porque le hacía bien. Si en algún punto hubiera notado que Emilie sufría por esto, yo estaba dispuesto a abandonarlo. Pero ¿Cómo hacerlo? Mi amor le hacía tan bien…que no había forma de desligarme de él. Y fue ese privilegio, lo que me hizo ser su amante secreto. Su cómplice subrepticio. El eterno enamorado que pisaba su sombra. Una relación disfrazada, pero sublime en lo mas exquisito que se puedan imaginar.
En paralelo, viví mi romance con Kagami Tsurugi. Aunque nunca llegué a nada con ella, como lo hice con mi tía. Nos dimos un par de besos discretos de vez en cuando. Siendo siempre prudente a la hora de tener que mentirle. Por nada del mundo, debía enterarse de que estaba enamorado de otra mujer. Era mi fachada. Aunque la hermana de mi madre se profesara celosa en un par de ocasiones. Ya había aprendido a manejar sus humores. Siempre, abogando por ser sensatos y consecuentes. Razonables. Porque vamos…somos incestuosos los dos. Aunque esa fuese una mirada para el mundo.
Porque la mirada que tenemos nosotros dos…es del fuego mismo, quemándonos por dentro.
—Haa…haa…
—Sin remordimientos…
Me dijo una noche, mientras le hacía el amor como un animal salvaje, contra la puerta del auto. Esa noche nevaba. Pero estábamos tan excitados, que el vapor que emanaba de mis labios llegó a derretir el hielo de la ventana. No teníamos otra opción. Mis padres me habían prohibido llevar acabo esta clase de actos en casa. Me parece hermoso endiosar el amor como el sentimiento excelso que es. No obstante, seguimos siendo humanos. Y la carne…me consumía por dentro. Ni siquiera la película más preciosa de todas, queda exenta de ello. ¿O acaso no se vieron Titanic? Yo era un jovencito aún. Insaciable. Imparable. Y no había hora, día o fecha que no aprovechara para dar riendas sueltas a mi deseo. Si mi amante me lo permitía, yo la haría mía.
No hubo lugar que no aprovechara para ello. Si era en medio de una fiesta, yo me colaba en el baño. ¿Reunión familiar? Los establos, eran precisos. ¿Noche de fuegos artificiales? Ideal para mí. Ella podía gritar, mientras todos se ensordecían por los estallidos. No me importaba. Perdí la decencia con ella, cayendo en la vulgaridad misma de copular hasta el amanecer si era posible. Sus pechos. Sus firmes y rozados pechos, me volvían loco. Los hice parte de mí, devorándolos en cada encuentro. Nos pasamos tres años en aquella dinámica así.
Fue la primera mujer en brindarme una felación. Jamás nadie me había tocado con los labios ahí abajo. Ella envolvía su lengua alrededor de mi hombría con tanta maestría. Sentir las paredes del interior de su cavidad bucal, caliente, húmeda…
Conocí lo que era explotar en éxtasis, hasta retorcer cada musculo de mi anatomía. Muchas veces me cubrió los labios. Yo no me escuchaba. ¿Llegué a sonar muy escandaloso? Pedí disculpas por ello. Como resultado de mi desenfrenada pubertad hormonal, me tuve que memorizar sus ciclos menstruales. En varias ocasiones, usé preservativo. Aunque Emilie me privara de ellos, confesando que no los necesitaba. Estaba confiada de que yo era su único hombre y ella mi única mujer. Estaba al tanto de las enfermedades venéreas de la época. Pero no me importó. No era como que fuese un mujeriego empedernido. Solo ella…me hacía sentir de esa forma.
Hasta que un día…mi propia realidad llamó a la puerta. Pues una tarde de verano, cuando cumplí 19 años, Kagami…
—Espera…—espeta Félix, con la respiración agitada— Detente…
—¿Qué…pasa? —pregunta Tsurugi, ruborizada por completo.
Irónicamente, no lo vi venir. Experimentado y todo, no me percaté de que mi supuesta novia me había invitado a su casa cuando su madre no estaba y que ambos, nos estábamos besando con tanto fervor, que ella había decidido convertirme en su primer hombre. Si. Así como lo leen. Porque no somos nosotros quienes deciden eso. Son las chicas. Y ella, al parecer…se sentía mas que lista para dar el siguiente paso. Lo noté, cuando me di cuenta de que se había rasurado y, además, había elegido con meticulosa probidad sus prendas íntimas. Un conjunto rojo de encaje, que seguro volvería loco a cualquier otro hombre. Uno normal. No como yo…todo enfermo y cagado de la cabeza.
—¿No te ha gustado? —pregunta la japonesa, nerviosa.
—¿El que?
—Te he tocado por sobre el pantalón —confiesa con seguridad.
Es verdad. Lo dijo con todas sus letras. Ni lo adornó. Me había estado masajeando la entrepierna y yo, me espanté. ¿Por qué haría eso? Que imbécil, pensarán algunos. Pero tengo una coartada que, de verdad, define mi personalidad al pie de la letra. No pretendía ofenderla. Es solo que…se en los tiempos en los cuales nos encontramos. Y conociéndome, no pretendía ser su mayor error de toda la vida. Llevo años mintiéndole a esta chica. ¿Qué culpa tiene? Ninguna. Me arrastré hasta ella y la tomé del mentón con dulzura.
—Kagami…—murmura Félix son sobriedad— Es hora de hablar con la verdad.
—¿La verdad?
—Se que me has mentido —esclarece Fathom, con la voz aterciopelada— Me dijiste que ya tenias experiencia en esto. Pero tu y yo sabemos a todas luces, que eso no es verdad. ¿O me equivoco?
Su silencio sepulcral me otorgó todas las respuestas. No quiero sonar un maricón, pero si íbamos a hablar al desnudo, con todas las de la ley, ella debía estar al tanto de mis intenciones y, además, saber cuáles eran mis sentimientos respecto a este pequeño detalle de su vida. Mi novia desvió la mirada, rehuyendo de su vergüenza al ser descubierta. Había mentido. Kagami, era virgen.
—No te equivocas…—sentenció la nipona.
—Kagami…—Félix la obliga a observarlo, desenredando la situación— Escúchame con atención. Te amo. Muchísimo…pero no pretendo ser tu primero si no estás lista. ¿Entiendes el por qué?
—Siempre me pasa igual…—rezonga Kagami, quitándole las manos de su rostro con agonía. Se abraza así misma— Cada vez que le digo a un chico que soy virgen ellos…salen corriendo. Huyen de mí.
—Kagami…
—¿Tu vas a huir de mí también, Félix?
—No. No lo haré…—sentencia Graham de Vanily, acariciando sus cabellos azabaches— Pero no está bien que falsees con algo así. No quiero causarte dolor alguno. ¿Comprendes? Ser tu primero es…
—¡No actúes como si supieras que es lo que se siente! —exclama con dolor, temblorosa y llorosa— Estas mirándome como todos los otros anteriores a ti lo hicieron…como si yo fuera un problema.
—No hay problema alguno —redunda— Hey…mírame…—la aprieta contra sus dedos— Mírate. Mira estas mejillas rosaditas…esos labios increíbles, tu personalidad. Eres increíble… ¿Cómo puedes pensar que quiero huir de ti?
—¿Entonces qué? —rezonga la fémina— ¿Qué es?
—Yo no soy virgen, Kagami —confiesa el rubio— ¿Aun así quieres que sea yo el indicado?
—¿Crees que me importa tu pasado? —Kagami corresponde su toque, sujetando sus pómulos con dulzura— Yo quiero que seas el primero. Yo, lo he decidido. Por favor, respeta mi decisión y no te arranques. Te he elegido a ti por sobre todos, porque confío en ti —relata— Eres un chico sensible, tierno, cariñoso, con buenas intenciones. Eres el único y primero que me ha tratado con bondad, respeto y decoro. Eres honorable…y deseo que, con probidad, me hagas tuya —agrega, besando sus labios trémula— Por favor…hazme tuya…
—¿Segura?
—Segura…Félix.
Fue lo ultimo que me dijo. Sin escatimar en dolos, acepté entonces su voluntad. Si Kagami lo pedía a gritos, yo, que era un hombre hecho y derecho al servicio de complacer a las mujeres, aceptaría finalmente a hacerlo. Fue amable conmigo. Y muy responsable por lo demás. Me puso un condón por cada vez que hicimos el amor. Fueron cuatro veces. Mi misión fue hacerla llegar cuantas veces prudentemente fue posible. Otro chico hubiera intimado toda la noche. Pero eso sería traicionarme a mi mismo, pues ya tenia quien me hiciera tener relaciones sexuales así. Solo pretendía, hacerla feliz. Y esperaba de todo corazón, que fuese suficiente para ella mi muestra de amor.
Kagami y yo éramos novios oficiales. Quisiera recalcarlo ahora mismo, para que no quede duda alguna. Ojalá todo hubiera salido bien…pero no fue así…
[…]
—Vete a la verga.
—Flashback al presente—
—¿Qué pasa, Marinette? —espeta el profesor Fathom, percatándose que su alumna se levanta de golpe— ¿El whisky te ha sentado mal?
—¡Tu historia es una puta mierda! —berrea Dupain-Cheng, tambaleándose en su posición. Lo apunta con el dedo— ¡Te follabas a tu tía y también a tu novia!
—Suena horrible si lo dices así —masculla Félix, empequeñeciendo los ojos, pues nota que su camarada está ebria— Pero la vida no es solo follar ¿Sabes? —se levanta de su asiento, prendiendo la radio. Pone una música clasica de fondo— ¿Por qué te centras solo en eso? Te he contado cosas bonitas de-…
—¡¿Cosas bonitas?! —reclama Marinette, frustrada— ¡Puedes meterte tus poemas por el culo! ¡Solo te importaba coger!
—Jamás —reniega Graham de Vanily, ofendido— Si piensas así, no has entendido nada de mi relato. Y entonces…—camina hacia la puerta— Te pediré que te vayas.
—¡No me iré! ¡Fathom! —protesta la ojiazul, ofuscada— ¡Eres un incestuoso con todas sus letras! ¡Yo no-…!
—¿Tu, no, que? —la detiene el rubio, apretando su muñeca con ímpetu— Vamos, dímelo. ¿Todo te parece un juego para ti? ¿Tengo cara de ello? Confiesa ahora…
—No…—recula Marinette, desviando la mirada con vergüenza— La verdad es que das las vibras de todo lo contrario. Lo que menos espero de ti es eso…
—¿Entonces? ¿Por qué me dices esas cosas tan horribles? —agrega, derrotado el mayor— Marinette…soy un hombre en busca de libertad, no de lujuria. Mírame…mira donde vivo. ¿Te das cuenta del círculo por el cual me muevo? He escogido la soledad para ser libre de amar a gusto. Si te conté mi historia es porque tú la pediste y prometiste no juzgarme. Si el whisky te hizo efecto-…
—No —niega de golpe, aclarándolo la voz. Acto seguido, baja la cabeza y se toma el brazo con pudor— Discúlpame…creo que…sin querer, me dieron celos. Es todo.
—¿Celos por una vieja historia? —chista el profesor, esbozando una mueca obnubilada— ¿Porque me acosté con dos chicas?
—¿Te parece poco? —gruñe la ojiazul, volviendo a su sofá— Que descaro.
—Me parece suficiente, Marinette —confiesa Fathom, frunciendo el ceño— Tengo 31 años. Hay gente de mi edad que lleva una lista a cuestas. Dos mujeres en mi vida, bastan. Además —suspira, encendiendo otro cigarrillo— Kagami ya no está conmigo, como puedes ver.
—Normal —Dupain-Cheng se encoge de hombros— De seguro se enteró de tu pequeña aventurita obscena y te dejó.
—Te equivocas. Kagami jamás se enteró de esto —esboza Félix, clavando la expresión ajada en sus zapatos. Sus recuerdos cobran vida con dolor, nuevamente marcándolo por la pérdida. Es amargo el suceso, pero siente la empírica necesidad de ya desahogarse con alguien o no podrá dormir— Kagami falleció.
—¿Cómo…dices? —parpadea estupefacta la menor— Pero…dijiste que tenían la misma edad. ¿Qué pudo pasar? ¿Otro accidente?
—No sé si llamarlo "accidente" realmente —aclara Graham de Vanily, frotándose la mullida barba con dos de sus dedos— Digamos que fue mas bien…la voluntad misma, de un japones promedio contra la adversidad de enfrentar la vida.
—¿No me digas que…? —Marinette se cubre la boca con ambas manos, horrorizada.
—Fin del Flashback—
Esa tarde de invierno, la llamada de un oficial de policías interrumpió abruptamente mis lecciones de equitación. Mi novia venia comportándose extraña conmigo. De un momento a otro, se volvió distante y fría sin razón aparente. Creí que nos teníamos la confianza suficiente como para contarnos nuestros problemas. Pero al parecer, ella también fue victima de un secreto que la acabó por consumir por completo.
Yo ya había tenido un encuentro cercano con la perdida en el pasado, por lo que no era de extrañarse que mi primera reacción fuese prolija. Sin embargo, no importa cuantas veces veas de cara a los ojos de la muerte. Esta siempre, termina pasándote la cuenta.
Kagami se había suicidado. Se colgó contra la rama de un árbol de cerezo que yacía en el jardín trasero de su mansión. Muchos pensarán que sin duda es una manera horrenda de partir de este mundo. Pero para su cultura, no era tan anómalo. Los japoneses son una civilización compleja, dotada de muchas creencias anticuadas y sagradas, por lo demás. A pesar de llevar una vida de servidumbre y obediencia, la deshonra y la vergüenza no eran conceptos bien vistos para ella. Cuando supe que había sido su propia madre quien la encontró, se me heló la sangre. Tomoe Tsurugi era consciente de que nosotros dos éramos novios. Y me pareció una falta de decoro tremenda no permitirme asistir a su funeral. Me había negado toda clase de más mínimo afecto de condolencia hacia ella o hacia mi pareja.
Nunca comprendí el por qué de su repudio. Tomoe me agarró cierto desprecio a partir de ese día. No contestó mis llamadas, provocando desaires de desdeño en mi que no llegué a entender. Hasta que un día, por esas casualidades del destino, recordé que con Kagami manteníamos un buzón secreto, en el correo. Un casillero solo para nosotros. Lugar que usábamos para escribirnos cosas subidas de tono o intercambiar poemas que escondía recelosa de su madre autoritaria.
Me había llegado una carta de la universidad Imperial College London, aceptando mi solicitud de ingreso. Y fue ese hecho, lo que me arrastró a mirar mas la correspondencia dentro de aquella casilla. Kagami, me había dejado un escrito que parecía mas bien un testamento de muerte. En ella, me explicaba el por qué, había tomado tal drástica decisión.
Rompí en llanto esa noche. No podía creer lo que estaba leyendo. Era una pesadilla. En ella, relató el pasaje mas oscuro de todo nuestro amor.
"Mi amado. Llevo una criatura en mi vientre. Tu semilla se ha plantado en mi útero y crece como el fruto de nuestro amor. Me hubiera gustado contártelo, pero mi madre se enteró de ello y me ha obligado a deshacerme de él. Considera que soy demasiado joven para ser madre aún y que esto, estropearía mi futuro.
Mi futuro. ¿Cómo puedo si quiera pensar en vivir a tu lado, con la deshonra tatuada en mi rostro? Es demasiada la vergüenza para mí, pues profeso por ti un amor tan grande, que me es imposible arrancarlo de mi interior. Es tu hijo, Félix. Nuestro, hijo.
No tengo el valor para mirarte a los ojos ahora. No puedo seguir respirando, sabiendo de lo que seré capaz de hacer con tal de complacer a una mujer caprichosa. Me rehúso a ello. Es por eso, que no me queda mas opción. No le daré en el gusto. Elijo la muerte a cambio.
Esperanzada de encontrarte otra vez, en otra vida. Perdona mis faltas. Espero de todo corazón que no me odies por esto. Recuérdame, con el mas hermoso anhelo de siempre.
Por toda la eternidad, siempre tuya…Kagami"
Se que me pidió que no la odiase por lo que había hecho. Pero fue inevitable hacerlo en un comienzo. Me pareció un acto totalmente cobarde y egoísta por lo demás. Si ella deseaba quitarse la vida, era libre de hacerlo a gusto. Pero ¿Por qué llevarse a mi bebé también con ella? Incluso si Kagami abortaba, me parecía mucho mas comprensible que esto. Después de todo, era su cuerpo. No obstante, ella estaba al tanto de mi personalidad rebelde y directa; por lo que sabía que me rehusaría a ello o al menos lucharía día y noche para convencerla de lo contrario. Yo quería tener a ese hijo. Aunque no haya sido deseado o planeado, estaba dispuesto a hacerme cargo con responsabilidad. ¿Por qué castigarme de esta forma? ¿Qué cosa tan mala había hecho en mi vida para merecer esto?
Fue lo que pensé una y otra vez, durante casi un mes y medio.
Hasta que un día, mientras cenaba con Emilie y la miré a los ojos, las respuestas a todas mis inquietudes se disiparon como una brisa marina en el ocaso. No había forma alguna, de haber podido sobrellevar una relación doble con un hijo a cuestas. El resultado iba a ser el mismo. Tal vez yo, hubiese cedido al final a la propuesta del aborto. Y era algo que Kagami no estaba dispuesta a hacer. Ella deseaba tenerlo.
No lo sé realmente. No me conozco tanto como quisiera confesar. Me sofoco de solo pensarlo. Y me da pavor indagar en las posibles reacciones que pueda llegar a tener a lo largo de mi vida. ¿Y si soy un monstruo sin corazón en el fondo? ¿Y si el verdadero egoísta, narcisista y pútrido hombre soy yo? He hecho cosas despreciables con tal de estar con Emilie. Incluso sabiendo que es mi tía. ¿De que otras cosas mas soy capaz? Me desconozco. Temo…ser el verdadero hijo del diablo si así fuese necesario.
Nunca se lo conté a Emilie. Ella no me lo perdonaría. Me daba pánico que me dejara. Lo guardé, como el secreto mas nauseabundo de todos y me adjudiqué la muerte de Kagami como mi responsabilidad. Prefería vivir con la culpa de considerarme a mí mismo un homicida en segundo grado, un coautor de un crimen sin nombre, que afrontar la realidad.
Es algo…que arrastré por años, hasta que algún día, descubrí que aquel hecho me había pasado la cuenta. Y ya era demasiado tarde. Algo murió en mi interior. Kagami se había llevado el otro pedazo que me quedaba por el amor de mi primo hermano.
Nuevamente estaba solo. Solo…en un romance incestuoso que ni yo comprendía ya…
[…]
—Me voy —sentencia Félix.
—¿A dónde? —pregunta Emilie, confundida.
—A clases —aclara el rubio— Hoy comienzo con mis estudios Universitarios —le enseña sus libros.
—¿Y no le das un beso de despedida a tu tía? —sugiere con picardía.
Cuando Emilie comenzaba con esas insinuaciones, era porque requería de mi atención más que otra cosa. No era afecto del todo. Ya que como comenté con anterioridad, era una chica muy voluble y antojadiza. Me acerqué a ella y deposité un beso casto en su frente a modo de adiós. Pero para mi sorpresa, estaba buscando algo mas que eso. Me jaló de la corbata y me plantó un ósculo deseoso, dotado de lujuria y codicia. La avaricia se apoderó de ella, obsequiándome un despiadado beso francés como solo ella sabía darlos. De esos, que me dejan húmedo el calzoncillo. Miré la hora sobre muñeca. Llegaría tarde el primer día y no pretendía eso.
—Tía Emilie…—sisea Félix, contra su cavidad bucal— Voy a llegar tarde…
—Mhm…está bien —añade la rubia, separándose. Un delgado y fino hilo de saliva se rompe entre ambos. Emilie suelta un suspiro. A diferencia de su compañero, quien jadea en el proceso, completamente ruborizado— Hoy en la noche quiero ir al cine. Espero vengas conmigo.
—No lo olvidaré —murmura Fathom, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de su mano— Mierda…quiero más, pero no puedo —carraspea, arreglándose los cabellos— Nos vemos más tarde.
—Que te diviertas, niño ~
Concedido. Se supone que, hasta ese momento, todo estaba en orden. Yo me fui a la universidad y todo quedo saldado para mí. Desconocía por completo…lo que ocurriría a continuación.
—Bueno —se levanta, ordenando todo— Será mejor que me dé un baño.
—Lo he visto todo —Amelie se para frente a ella, obstaculizando el paso— Tu…maldita.
—¿Her-Hermana…? —parpadea, atónita con su presencia. El rubor se instala en sus pómulos— ¿Hace cuanto estás ahí parada?
—Cállate —gruñe la británica, empuñando las manos; colérica— ¿Cómo te atreves a llamarme así después de todas las cochinadas que vienes haciendo con mi hijo?
—¡Es-espera! —Emilie levanta las manos— ¡No es lo que piensas! ¡Te lo puedo explicar!
—¡¿Qué me vas a explicar?! —chilla Amelie, con la furia salpicando de los ojos— ¡No quieras hacerme estúpida, Emilie! ¡Se de tu romance con Félix desde hace años!
—¡¿Desde hace años, dices?! —salta la mayor, por tan solo 7 segundos. El terror se apodera de su expresión facial— Escucha…Amelie…en verdad, se lo que debes de estar pensando justo ahora.
—¡Cierra la boca! ¡Mujerzuela! —vocifera irascible la menor. Coge un abre cartas del escritorio y lo apunta hacia ella— ¡Me das asco!
—¡Hermana, baja eso! —advierte.
—¡Quiero que te largues de esta casa! ¡¿Me escuchaste?! —berrea, con las pupilas humedecidas en dolor— No puedo creer que seas tan desvergonzada. No creas que por ser viuda tienes derecho a cometer estos actos pecaminosos. ¡Mucho menos en mi propia casa!
—¡Amelie! —confiesa la señora Agreste, sin mas que la deshonra de haber sido descubierta— Está bien. Lo admito. Tengo un romance con Félix.
—¡Es tu sobrino, maldita sea!
—¡Ya lo sé, joder! —aclama la viuda, bosquejando una mueca de sufrimiento— Coño…ya lo sé. Y por lo mismo, he intentado dejarlo. Te juro que-…
—No te atrevas a jurar en mi presencia, infeliz —avanza hacia ella con el objeto punzante en su mano— Se que fuiste tu quien embaucó a mi niño. Félix…era un hombre de bien. Tu lo arrastraste a esto.
—¡No! ¡Las cosas no pasaron así! —da cuatro pasos hacia atrás— ¡Amelie! ¡Tienes que creerme! ¡Fue mutuo! ¡Nosotros-…!
—¡YA NO QUIERO ESCUCHARTE! —se abalanza con violencia— ¡ERES UNA TRAIDORA!
—¡AMELIE, ESPERA! —chilla la gemela.
—¡¿Pero qué significa este escándalo?! —interviene Colt. Se ha topado de frente con la escena de dos mujeres, forcejeando como leonas salvajes— ¡Con un demonio! ¡Las hermanitas Graham de Vanily haciendo de las suyas! —corre hacia ellas, en un intento por separarlas— ¡¿Qué hacen?!
—¡Te voy a sacar al diablo de adentro! —espeta Amelie, fallando cada estocada que le da— ¡Eres una desviada!
—¡Cariño, baja eso! ¡Es tu hermana, por todos los demonios! —exclama el señor Fathom, viéndose sobrepasado con la situación— ¡Jean-Pierre! ¡JEAN-PIERRE VEN ACÁ!
—Madre de dios —el mayordomo se muestra boquiabierto frente al acto mismo— Que la reina nos ampare. ¿Qué está pasando?
—¡Llama al inútil de mi hijo! —el varón retiene a su esposa por los brazos, siendo empujado por ambas— ¡De prisa!
—¡El-El señorito se ha ido a la-…!
—¡QUE ME IMPORTA, PEDAZO DE IMBECIL! —demanda, furibundo— ¡TRAELO!
—¡Si señor! —corre hacia la puerta. Lo alcanza a divisar saliendo de la mansión, echando carrera hacia la reja principal— ¡Joven Graham!
—¿Jean-Pierre? —Félix se voltea, confundido— ¿Qué sucede?
—Es su madre, señor…—exclama en un jadeo cansado— Está…
—Mierda…
No me costó mucho enterarme de la situación. Incluso desde esa distancia podía oír platos rotos caer, vajilla en general, algunos vidrios quebrándose, los muebles del estante tirando libros, el golpeteo de dos personas. Carajo, me lo temía. Fueron demasiados años aguantándose la mentira. Mi madre era una mujer sumamente tranquila y pacífica. Sé que siempre hubiera optado por el dialogo primero, antes de llegar a las agresiones físicas. Pero solo y cuando no se metan con su familia. Sobre todo…con su hijo. Había perdido la cabeza. Cuando llegué al living, vi como Colt estaba intentando separarlas. Amelie tenía agarrada a Emilie de las greñas. Se estaban pateando y golpeando en el momento mismo en que las divisé. Un par de intercambio de palabrotas feas y brilloso filo de un abre cartas alzado, tentado a apuñalarla. Eso fue lo que me espantó.
Colt estaba sobrepasado. Posiblemente el me llamó. Me arrojé de lleno a sujetar a mi tía, mientras el arrastraba a mi madre de las axilas. Dios santo…nunca vi a dos mujeres pelear así. Creí que eran débiles físicamente y lo digo sin ofender a nadie, pero estaban rabiosas y no había fuerza bruta masculina que las contuviera. Entre la rabia, percibí como lloraban ambas. Lo que menos quería…era que dos hermanas gemelas se pelearan por mí. Fue el culmine de todo.
—¡Emilie, por favor! —tironea Félix, hacia atrás.
—¡Esto es tu culpa, mocoso pervertido! —le endosa su padre, jalando a su mujer— ¡Te advertí que te alejaras de tu tía!
—¡Papá! ¡Este no es momento para-…!
—¡Los detesto! —gruñe Amelie, levantando el puñal.
—¡ESPERA! —expresa Colt.
La sangre salpica por la alfombra. La pelea, llega a su fin por cuanto un tajo certero en mi ceja me ha brindado. Yo me había interpuesto entre Emilie y la ira de mi progenitora, recibiendo de golpe su agravio. Como resultado, acabé sangrando yo, mientras aquel liquido carmesí resbalaba incauto por mi parpado derecho. Amelie, suelta el abre cartas y se paraliza horrorizada, dando cuatro pasos hacia atrás. Fue en ese preciso instante, en que comprendí la gravedad del asunto. Sentí la adrenalina correr por mis venas, a tal punto de adormecer el corte. Pero no hay nada que pueda anestesiar el dolor de mi madre. Me ha herido, sin quererlo. Fue un accidente, todos estábamos de testigo que así fue. Pero para ella, fue como el mundo destruyéndose a sus pies. Había lastimado a lo que más amaba en el mundo. Y todo…por mi culpa.
Se desmorona sobre sus rodillas y llora maltrecha; cubriendo la vergüenza de sus actos con sus manos. Emilie es la primera en asistirme. Preocupada, coge un pedazo de genero de su vestido y lo acerca a mi rostro. No quise ser un traidor, pero lo que menos me preocupa ahora es mi tía. Mi madre está desconsolada. Perdóname, Emilie. Pero ahora solo me importa ella. Me lanzo hacia Amelie y la abrazo en el suelo, sollozando al unísono. Colt se recompone estupefacto por el acto y aprovechando como siempre las circunstancias del momento, se inmiscuye en la bebida. Sirve cuatro vasos de whisky y los deja en la mesa. Yo lo asesino con la mirada.
—¿Te parece que es un buen momento para beber, idiota? —farfulle Félix.
—Mas te vale que lo hagas, pequeño monstruito —rezonga Colt, tragando de golpe su vaso— Lo vas a necesitar más que yo.
Veo como Emilie también cae de rodillas y llora en silencio. Se acabó. Si la verdad nos hará libres…es hora de afrontar la verdad como corresponde.
—Quiero que se vayan —determina Amelie, con la voz agrietada y la mirada furtiva— Los dos…largo de mi casa. Desaparezcan de mi vista.
—Mamá…—musita Félix, acongojado— Por favor…
—Ya escuchaste a tu madre, mocoso —sentencia el señor Fathom, fulminándolo con la mirada— Largo.
—…
Emilie me mira y asiente. Me toma del antebrazo y entre lágrimas, me levanta del suelo. Da lo mismo ya el resultado de esto, las consecuencias son una sola. Lo habíamos dilatado por demasiado tiempo ¿No creen? Todo lo que sube…tiene que caer. Y siempre por su propio peso. Es lo que entendí detrás de aquellos orbes esmeralda, pesarosos y cansados. De alguna forma, mi tía también estaba sobreasada y cansada de fingir. ¿Y siéndoles sinceros? Yo también, joder. Yo también. Además, de antaño dije que lo haría. Solo estábamos alargando la agonía de lo inevitable. Asiento y con madurez, ese día, ambos abandonamos la casa de mis padres. El universo sabrá que nos depara a futuro…
[…]
—Flashback al presente—
—¿Por qué lloras?
Marinette comienza a llorar desconsolada, como si le hubieran clavado una daga en el pecho. Se envuelve entre sus brazos a sí misma y tiembla afligida. La pena la inunda. Algo que sin duda llama mi atención con desasosiego. Se supone que esta trágica historia es mía. ¿Por qué de pronto pareciera que la hace suya? Los años me dan la potestad de saber como reaccionar frente a estos casos. Dejando de lado mi posición distante y precaria, me siento a su lado y la acompaño. La abrazo con cariño, como quien consuela a alguien por una perdida. Ella corresponde mi abrazo y se limita a musitar entre hipos.
—Es terrible…—balbucea Dupain-Cheng, fundiendo su rostro en el pecho adulto del profesor— Félix…le has causado tanto dolor a tantas personas y aun así. ¿Cómo puedes ser tan valiente de querer seguir viviendo?
—Vaya…—esboza Graham de Vanily, con una sonrisa ladina— ¿Crees que no me lo pregunto a diario? Para mí no es fácil estar aquí, ahora. Supongo que los arcontes del mal se alimentan de gente perversa como yo.
—¿Perverso? No te veo ni una pizca de perverso —sisea Marinette, levantando la mirada para mirarlo a los ojos con dulzura. Sujeta su rostro, masajeando la barba de sus mejillas— Eres un hombre maravilloso…no sé como es que nadie antes no te lo dijo. Ni siquiera tu tía…a la cual, llevas cuidando durante tantos años.
—¿Cómo sabes…que la cuido? —traga saliva, atormentado por su declaración.
—Es obvio…—sonríe fluvial, soltándose de sus brazos. Solo para recomponerse, se limpia las lagrimas de los ojos— Y después de todo lo que me has contado, se nota que ya no quieres seguir con eso. Porque…es eso ¿No? Te sientes atrapado.
—Marinette…—Félix se levanta, hastiado con su conclusión. Se pasea por el living de un lado a otro, buscando las palabras más adecuadas para expresarse. Pero no las halla. Regresa la mirada a ella y solo se topa con…comprensión. Algo que nunca vio en nadie. Ni siquiera en su propia tía— ¿Y que quieres que haga? Mírame…
—Te miro, Félix —expresa la joven estudiante— Es lo que me pediste que hiciera ¿No? Que te mirara. Lo hago ahora. Te veo. No solo te miro. Y no sé por qué sigues en esto.
—Yo…—hace una pausa, sirviéndose otro vaso de whisky en el proceso— Yo no lo sé…realmente. He perdido el rumbo. ¿Qué debería hacer?
—Primero que todo…—aclara Marinette, quitándole el vaso de la mano— Dejar de beber como un maldito alcohólico. Se lo que dijiste de Colt, tu padre. Te molestaba el hecho de que resolviera todo con alcohol. Pero inconscientemente ¿No crees que haces lo mismo?
—Lo hago…
—Y aislándote de todo y todos…—añade— ¿Crees haber encontrado la verdadera libertad?
—No…
—Porque la libertad no se haya en el lugar en donde te encuentres —manifiesta la peliazul, rodeándolo con sus brazos por el cuello— Está en ti, en donde en tu interior te sientas libre de ser tu mismo.
—Marinette…
—Y aunque no te conozca del todo y lo sigas negando…—sentencia la fémina, clavando una mirada certera en sus ojos— Se que solo conmigo has llegado a ser tu mismo. Por favor…ya no me rechaces más. Ahora mas que nunca te noto con claridad y me siento honrada de que me hayas escogido a mi para esto.
—Te colaste clandestinamente en mi casa, básicamente —ironiza.
—¿Y eso que, tonto? —murmura suspicaz la menor— Tuve que hacerlo. Eres demasiado tímido para aceptarlo.
—¿Qué es lo que supuestamente tengo que aceptar? —arquea una ceja.
—Que te gusto…—protesta Marinette, cargando su pecho contra el suyo— Tanto como yo a ti
—Marinette…—ríe, desviando la mirada— Yo no-…
—Por favor, profesor…ya no finjas mas —revela la muchacha, pasando sigilosamente su lengua contra su bigote— Se que te encanto. He visto como me miras. Me quieres…
—No es de la forma en la que piensas, Marinette —rezonga Fathom, aunque no se resiste del todo a sus encantos— No creas que estoy buscando lo que los hombres banales buscan.
—Ya sé —sonríe jovial— Ya te lo dije antes. Se que no eres esa clase de hombre. Y me lo dejaste en claro. Tienes 31 años…se lo que quieres.
—¿Y que es lo que imaginariamente quiero, según tu? —se mofa, restándole importancia.
—Una familia —aclara, sin tapujo alguno— Quieres un hogar. Una zona donde sentirte útil, servicial, importante. Un lugar donde puedas explayarte y contribuir al crecimiento, la probidad, salud y confort de una descendencia. Te miro y veo a un varón dispuesto a todo. Inteligente, lozano, fuerte, con aptitudes para ser un padre de familia y proveer de seguridad y protección —determina, ruborizada hasta las orejas— ¿O acaso me ves tan pobre sentimentalmente que no me doy cuenta?
—…
He enmudecido. Marinette me ha leído como un tablero de ajedrez de novato. Ha descubierto todas mis técnicas de combate, mis estrategias, mis debilidades. Podría derrumbar el castillo que he construido, fortificándolo con misterio y curiosidad y me ha descifrado. Casi como un puzle. Estoy en shock. ¿Cómo supo que era eso…lo que buscaba? Hasta este punto, creí ciegamente que Emilie era la mujer de mi vida. Pero no permitiré seguir engañándome más. Mi tía, se mantiene a mi lado solo por conveniencia. Pues ya no sentimos lo mismo. Yo…ya no la amo como antes creí. Abrí los ojos, maduré. Y me di cuenta, de que no teníamos futuro. Ambos transitábamos el mismo sendero, pero a destiempo. Esto no quiere decir que me arrepiento de todo lo que hice por ella, claro que no. Y jamás renegaría de ella. Pero si nos vamos al ámbito de mis ambiciones, Kagami era lo más cercano a ellas. Yo anhelé una familia con Kagami. Cosa que no pedí con Emilie. En algún punto, estuve dispuesto a llevar una doble relación. Mi esposa, la señora Tsurugi y mi clandestina amante furtiva, Emilie. ¿Suena enfermo? Si. Lo era. Pero Marinette…tiene razón. ¿Quién carajos quiere eso? No un hombre como yo. Quizás otros, mas desalmados lo anhelen. Pero yo no buscaba nada de eso.
Marinette ahora…me abre una puerta indiscreta que no quise examinar a fondo. ¿Por cuánto tiempo mas me quiero engañar a mi mismo? Es la pregunta que ahora me asalta con probidad. ¿Es esta joven estudiante…lo que siempre busqué?
—Marinette…
—Cuéntame…—murmura Dupain-Cheng, soltándolo. Se acomoda en su sofá nuevamente y estira a mano— Sírveme el ultimo. Dime, Félix. ¿Por qué acabaste aquí? En Glasgow…
—Fin del Flashback—
Nos fuimos de casa de mis padres. Pero yo nunca dejé de lamentarme la manera en como acabó todo. Habiendo tantas formas de sobrellevarlo. Mi madre había explotado y no me lo perdonaría. Mucho menos ahora. No lo pasé bien las primeras semanas.
Nos mudamos a un apartamento en Londres, que alquilábamos con la pensión de viudez millonaria que le dejó Gabriel a mi tía. Aunque nunca me sentí cómodo de que ella costeara todo. Así que hablé con Colt para buscar alguna solución. Con mucho pesar y vergüenza a cuestas, mis padres no me dejaron del todo "a mi suerte". Por demás que lo renegaran, yo seguía siendo un Graham de Vanily. El ultimo heredero de la familia. Entendí que mi posición no era fácil de abandonar, así como así, ni si quiera por un acto tan horrible como este. Mas que mal, la burguesía inglesa fluctuaba entre cinismos e hipocresías del que dirán con mucho decoro.
El acordó seguir pagándome mis estudios. Y costear con un depósito quincenal, lo que tuviese que gastar en útiles y otras menudencias. Sin embargo, las relaciones entre Emilie y Amelie se quebraron de la noche a la mañana. Los amigos que ambas compartían, se alejaron. Aunque no llegaron a enterarse del por qué. Dentro de toda la decencia que aún les quedaba a ambas, ocultaron la verdadera razón por temas obvios. Mamá solía decir siempre, que los paños sucios se lavan en casa. No había necesidad de alarmar a la sociedad, aunque ganas no le faltaban. Estaba tan dolida por lo ocurrido, que de seguro en mas de una ocasión pensó en abrir la boca. Iba a ser la ruina de mi tía.
Mas no lo hizo. Y creo que yo era la razón. Siendo joven aún y un estudiante recién ingresado, habría acabado con mi futuro en un abrir y cerrar de ojos. Pude sopesar la perdida una vez más, como si no fuese suficiente todo mi pasado sombrío.
No obstante, pedirle lo mismo a Emilie era demasiado. Ahora sí que estaba completamente sola. Ni su hermana ni su yerno la querían cerca. Le habían cerrado las puertas tanto al dialogo como a los lazos sanguíneos que mantenían. Mi tía pasó meses buscando el perdón de mi mamá. Pero sin dar frutos. Simplemente…estaba todo perdido en esa relación. Y producto de ella…finalmente le pasó factura. La mujer que amaba cayó en una profunda depresión, que a la larga solo le costó la poca sanidad mental que le quedaba.
Compartíamos un lecho matrimonial, como si fuésemos marido y mujer. Hubo noches en donde se despertaba llorando, ahogada en lágrimas, asfixiada por la culpa y la deshonra. Me pasé en vela muchas ocasiones consolándola, intentando regresarla a sus cabales. Me vi forzado a duplicar la dosis de sus pastillas. Emilie pasaba la mayor parte del día drogada, volando en delirios de Valium; un potente narcótico familia de las benzodiacepinas que actúa sobre el sistema nervioso central, con propiedades ansiolíticas, sedantes, hipnóticas y estabilizadoras del estado de ánimo. Procuré hacerle ver que la vida continuaba y que era hermosa. Por lo que nos vimos forzados a vivir nuestro romance en una montaña rusa que iba y venía. Y todo, dependía de su ánimo.
—Ya me voy a la universidad —manifiesta Félix, en el marco de la puerta.
—Que te vaya bien —murmura Emilie, sin prestarle atención alguna.
Tenia suerte si me respondía. Por lo regular, se sentaba en el living a mirar por el gran ventanal o tomaba baños de sol en primavera que la hacían dormir en la intemperie. Le daban sus arranques a veces, forzándola a quedarse horas bajo la lluvia o la nieve. En una oportunidad, la encontré semi desnuda y ebria, bailando en el tejado. O a veces se escapaba de casa y hacía reventar las tarjetas en compras inútiles de prendas que nunca llegó a usar. Pasé muchos bochornos por eso. Si íbamos a un restaurante, se negaba a pagar la cuenta y hacía escándalos por la atención. Si visitábamos el teatro, reclamaba toda la función hasta hacerme abandonar el recinto.
Sus comportamientos eran erráticos, cambiantes como el clima. De un momento estaba feliz y al otro, soplaba una brisa y lloraba a mares o simplemente enloquecía en ira. Llegó a romper la vajilla de la casa, lastimándose con los vidrios rotos. La pillé en varias oportunidades visitando el cementerio de mi tío y mi primo, a pies descalzos y con el rímel corrido hasta las mejillas. El propio cuidador del santo sepulcro me advirtió de sus aventuras a des horas. Un día me dijo:
—Quiero que las cenizas de Adrien regresen a la casa.
—Emilie —profesa Félix, angustiado— Sabes que eso no es posible. Los restos de mi primo están en un ataúd. No podemos profanar su tumba.
—¡¿Y a mi que me importa?! —chilla la rubia, azotando violentamente una copa de vino contra la pared— ¡Quiero a mi hijo conmigo, ahora!
Afortunadamente alcancé a esquivar el golpe. De no tener los reflejos tan sanos, me daba en toda la cara y seguro me dejaba ciego. Nuevamente ahí iba con ella para tranquilizarla. Le daba su medicina y la mandaba a dormir. Así mismo como era de frívola e inexpresiva, también hubo momentos en donde se encendía en un fuego femenino implacable de controlar. No puedo considerarlo abuso o violación. Pero muchas veces yo simplemente no tenia ganas y ella me obligó a cumplir con mis obligaciones.
No importaba si tenia examen temprano al día siguiente o si eran las cuatro de la mañana. Si ella se me montaba encima, no había manera de pararla hasta que llegara la cantidad de veces que quisiera. Incluso, si me llegaba a lastimar por el terrorismo de sus actos a la hora de intimar. En algún punto, me sentí un títere solamente. Esa no era la Emilie de la cual me enamoré. A todas luces, supuse que no volvería a ser la misma chica dulce que me quitaba el sueño.
¿Mi tía se estaba volviendo loca? Fue la conclusión a la que llegué un día, cuando cumplí 25 años. Puesto que, en definitiva, ya ni si quiera le importaba yo o ella. Simplemente…no le importaba nada.
[…]
—¡Fathom! —berrea el profesor, desde las gradas— ¡¿Qué sucede?!
15 de noviembre. Hipódromo real.
—Lo-Lo siento, profesor…—se queja con dolor, el rubio; mientras cabalga a duras penas hacia los establos— No me siento bien hoy…
—¿Qué pasa? ¿Tienes gripe? —el varón se arrima a él, tocando su frente— Por la reina, estás ardiendo en fiebre.
—Creo…que estoy enfermo, señor —confiesa débilmente el británico, tentado a desplomarse de la silla del corcel— ¡Uhg! Dios santo.
—¡Hey! Suficiente por hoy —el maestro lo asiste, bajándolo del animal. Lo agarra de los brazos, atajando su caída— Llevas días sin parar montando. Será mejor que vayas a la enfermería para que te examinen. No me sirves así para el examen final.
—Si…—jadea, febril— creo que iré.
Enfermería.
—¿Qué es lo que tengo, señorita? —pregunta Fathom, mientras se abotona la camisa; sentado sobre una camilla— ¿Me voy a morir?
—Que dramático, señor Graham —bufa la enfermera, examinando sus resultados. Acto seguido, gesticula una mueca preocupada— Mh…ya veo. Es la enfermedad del jinete.
—¿La qué?
—No es nada grave. Solo tiene los testículos hinchados.
—¿Disculpe? —Félix se ruboriza de golpe.
—Lleva muchos días seguidos montando, señor Graham —advierte la fémina, con seriedad— Debe dejarlo por un tiempo. Producto de esta inflamación, le ha subido una fiebre similar a la papera. Le recetaré un anti inflamatorio y reposo por diez días.
—¿Diez días? —se espanta— Perdone…pero no puedo pasar diez días en mi casa.
—¿Por qué no? —arquea una ceja, suspicaz.
—Porque…—desvía la mirada, acongojado— Vivo con una loca…—recula— Porque soy hiperquinetico. No puedo pasar ni un día quieto. Descansar para mí, no es una opción.
—El descanso es primordial para la salud, jovencito —protesta la fémina, con autoridad. Lo estaba regañando básicamente— No solo por el físico. Si no también mental. Sus exámenes psicológicos están todos alterados. ¿Acaso está pasando por alguna especie de estrés?
—No…nada de eso…—miente.
—Pues entonces, le haré tomar también un tratamiento con nuestro psicólogo. Sepa que esto, no es una recomendación —frunce el ceño— Es una orden. De lo contrario, tendré que redactar un informe al decano de la facultad para que lo limite de sus clases. Y no creo, que eso le guste a solo portas de su examen de grado.
—Tsk…mierda…
¿Natural? Puede ser. Toda esta situación me había pasado la cuenta a niveles anatómicos. Si tenia los huevos morados, ni si quiera podía montar o desarrollar mi vida cotidianamente como quería. Y por nada del mundo, me echaría mi examen de título. Tuve que de mala gana aceptar sus indicaciones. Pero todo esto, a regañadientes. Pues la razón por la cual estaba mas enfocado a mis estudios y no a mi vida privada no era precisamente el esfuerzo de ser el mejor. Solapadamente estaba rehuyendo de los problemas que mi propia tía me ocasionaba ya. No llegué a darme cuenta de esto, hasta ese día que literalmente me mandaron a dormir en casa.
Esa tarde llegué al apartamento y les prometo que me tembló la mano de meter la llave por la chapa. ¿Con que escena me encontraría ahora? ¿Emilie estaría ebria, drogada, loca, furibunda, cachonda, desquiciada? ¿Me toparía con platos rotos en el piso? ¿La estantería revuelta? ¿Ella inconsciente sobre el sofá? Que la reina me ampare.
Abrí la puerta y di dos pasos al interior. Para mi sorpresa, Emilie estaba sana y cuerda. Fui recibido majestuosamente con la melodía de una balada de piano que ella misma estaba tocando. Reconocí la tonada al instante. Era mi canción favorita. "Rue des trois freres – Fabrizio Paterlini". Me desarmó. En el instante en que la puerta se cerró detrás de mí, dejé caer al piso el morral y los libros se esparcieron por la alfombra. Una profunda tristeza me inundó e indiscutiblemente comencé a llorar sin razón alguna. Era la canción que Adrien y yo solíamos practicar de niños.
Automáticamente me transporté a una escena en particular que se había grabado en mi corazón con anhelo y cariño.
—Es para ti, primo —exclama Adrien Agreste, esbozando una sonrisa afectuosa— La practiqué semanas. Espero te guste…
—Adrien…—balbucea Félix, entre lágrimas.
Juraría que lo vi a él, tecleando contra el piano de cola blanco del salón. Una silueta nívea se difumina con el calor de la noche, diluyéndose con la apariencia de Emilie quien, interpreta ahora la canción. Fue breve, pero sé que lo vi a él. Tan claro como la mañana. Inconscientemente camino hasta ella y la envuelvo entre mis brazos, abrazándola por la espalda con dulzura. Hacía tanto…que no sentía algo como esto. Es tan cálido…que me atosiga de amor y nostalgia. Pego mi mentón contra su nuca y la beso, olisqueando el perfume de Adrien en sus cabellos amarillos como el sol. Ella no dice nada, solo continua con mas fervor la melodía, mientras sus dedos danzas sobre las clavijas con avidez. Diviso una copa de vino sobre la madera y a la vez, noto una lagrima infame caer por sus pómulos anémicos.
No sé que habrá pasado. No había forma de que se enterara de que estaba enfermo del alma. Pero esta ligera muestra noble de ternura, me restituye a la vida. Me ha regresado el alma al cuerpo y toda clase de mal pensamiento o sentimiento se desvanece en el aire, creando un ambiente familiar y romántico a la vez. Cuando la melodía se acaba por disiparse en el aire, Emilie me dice…
—Perdóname…Félix…—murmura, bosquejando una sonrisa fútil en los labios— Te he hecho pasar por muchas cosas. Cosas…que no mereces…
—Emilie…mírame —pide.
—Eres un hombre tan bueno, Félix…—enuncia, sollozando en el proceso— Tan noble. Y yo una mujer tan mala. Te he robado tu niñez, tu madurez, tu crecimiento, tu honor. Tu mereces, a alguien mejor que yo. Una chica que te haga vibrar…
Emilie…nadie me hace vibrar como tú.
La siento temblar de dolor. Su dolor, se funde con el mío. Inequívocamente tomo su mentón con mis dedos y la giro hacia mí. No pretendo que me mire. Solo quiero que me vea. Y no precisamente con aquellos orbes esmeralda que tanto amo. Que lo haga con los ojos del alma, si es justo. Preciso un beso suyo. Algo, que la haga recordar lo que nos une mas allá de nuestro vinculo familiar. Solo para cuando nuestros labios se funden con dulzura, me separo escueto, removiendo sutil las gotas de agua salada que recorren infame sus pómulos de mujer atormentada. Emilie me ha visto con amor y sufrimiento. Si tan solo supiera que ambos padecemos de la misma angustia…
—Me dueles tanto…Félix —masculle la viuda Agreste, trémula. Se abraza a el— Pero me duele más, no tener a mi familia. Ayúdame…a ayudarte…
—¿Cómo te ayudo…mujer? —corresponde Félix, apretándola contra su pecho con angustia mientras llora— Como te ayudo…Emilie…dímelo por favor. Déjame…aliviarte…
—Intérname —pide la mayor— No estoy bien de la cabeza.
—Pero Emilie…—parpadea, estupefacto con su petición— ¿Cómo…?
—Hazlo, Félix…—exige la fémina, con la voz quebrajada— Ya no puedo con mi alma. No acabes con la tuya por mi culpa.
—Emilie, no…—susurra tembloroso el menor, mientras acaricia sus cabellos dorados— Mi amor, lo que me pides es horrible.
—No queda de otra —sentencia su tía, levantando la mirada para tomar sus mejillas— Mírame. Estoy rota por dentro.
—Todos estamos rotos. Está bien, no estar bien —aclara el rubio.
—No así. No es sano ya…seguir con esto —acota Emilie, limpiando las lagrimas que ahora adornan el rostro cálido del menor— ¿Me quieres ayudar? Intérname. Te lo ruego. Ya acaba con esto. ¿Por favor?
Yo había llegado esa noche con un fatídico pronóstico de mi masculinidad. Pero al ver a Emilie tan desesperada y desolada, no pude evitar nuevamente interpretar mi papel de protector contra el prójimo. La vi tan mal que…accedí finalmente. Que conste, que no lo hice por mí. Lo hice por ella. Porque una vez más, he aprovechado con cumplir mi misión en este mundo: servir a una mujer. Y lo hice con honor. Esa noche, cenamos con moderación y respetabilidad. Yo mismo me encargué de recrear una comida amena para ambos. Su plato favorito y el mío. Luego vimos una película amorosamente, como una pareja de niños. Nos besamos un par de veces con ternura, sin animosidad de caer en la lujuria. Por el contrario. Yo la traté como la reina que merecía. Acaricié su cabello y la envolví en mis brazos, hasta que en algún punto se durmió. Después, despertó. Le preparé un baño de burbujas amoroso, adornándolo de pétalos de rosas.
Todos para ti, mujer increíble. Amor de mis amores.
Te amo tanto, Emilie…que daría mi vida por ti.
—Félix —murmura Emilie, quitándose la bata en el proceso— Ven conmigo…mi niño. Te quiero hacer feliz.
Me tomó de la mano y me llevó al cuarto. Fue la última vez que recuerdo haber hecho el amor con ella, con afecto y pasión de verdad. Me trató bonito. Como nunca antes. Yo no era Gabriel ni mucho menos un remplazo. Me estaba viendo como Félix al fin, después de tantos años. Y aunque yo estaba adolorido de mis gónadas, lo hice a gusto. Soportando el dolor que eso provocara. Fue increíble hacerla mía esa noche, dado que nunca antes nadie me trató y me habló así. Es que…me dijo cosas como…
—Gracias…por tanto…—jadea Emilie.
—Emilie…—advierte Félix, sobre ella— Me voy a venir ya…
—Dentro…
Que dios me ampare si existe. Yo no…pude contenerme. Rezaba para que nadie más viera algo morboso en ello. Fue el acto más sublime de todos. Me sentí uno con ella. Hasta que llegó la mañana y todo se vino abajo. Cuando desperté, ella tenía su maleta lista para irse al internado. Me descolocó, lo admito. Pero no porque me sorprendiera que había hablado con la verdad, sino porque juzgué dentro de mi simpleza de varón estúpido, creer que se retractaría. No lo hizo. Y acabé internándola en un centro psiquiátrico, con el dolor de mi alma. Uno alejado de todos, en donde nadie nos molestara.
Emilie se había metido en esto, no para sanarse del deseo sexual que me tenía. Si no, para alivianarme la puta vida. Vida que no quería tener sin ella. ¿Ironía? Lo era. Los diez días que me dieron de descanso, los sobrellevé en solitario. Se supone que tenia que darle tregua a mis pensamientos mas turbios, pero no lo hice. Estar alejado de ella me consumía por dentro. Me gradué, me titulé con honores y todo esto a portas de que Emilie permaneciera internada en ese centro de mierda. Me había llegado una carta oferta de Glasgow. Irme a vivir a ese poblado de irlanda. ¿Podría sobrellevarlo? Si Emilie me acompañaba sí. Pero ¿A que costo?
Y fue así…como acabé viviendo en este lugar tan apartado de la vida misma.
Volvemos al presente.
Marinette ha llorado mucho mas de lo que imaginé. Tanto, que se durmió en mi regazo. Le preparé un té de limonada caliente y la tomé en brazos, recostándola en mi cuarto. La pobre se veía muy agotada. Era demasiada información para procesar tan rápido y sin embargo ella, con madurez y mucha templanza lo asumió. Era una chica muy valiente. Yo por mi parte escogí la dureza de mi sofá, cubriéndome del frio noctívago con una manta. El reloj marcaba las 5:40 de la madrugada. Algo logré dormir, mas no conciliar un sueño reparador.
Cuando desperté esa mañana, el aroma del café tostado alcanzó mi olfato. Dupain-Cheng se había levantado primero que yo. Sin vergüenza, se tomó la libertad de preparar el desayuno. Había adornado la mesa con una sartén de huevos, tocino, fruta picada y un vaso de jugo de naranja recién exprimido. Al principio no entendí el gesto. Parecía agradecida de haberle brindado el tiempo suficiente de llegar a comprender mi turbulenta vida. Me tomó de la mano y me sentó en la silla para comer con ella. Hacía mucho que no disfrutaba tanto una comida así…hogareña. Esta mujer evocaba en mí, recuerdos melosos de las comidas que tenía con mi mamá en la mansión. Por unos instantes pensé que querría retomar la conversación de lo platicado. Pero ella, solo se limitó a terminar los alimentos y a pedirme que por favor la llevara de vuelta a la ciudad. Cuando entré al cuarto a por mi chaqueta, me percaté que había dejado hecha la cama. Estaba bien estirada como a mi me gustaba. Una señal considerada y noble de su parte.
Titubeé por unos instantes. ¿Realmente me gusta Marinette? Comienzo a auto convencerme de que si…
—¿Te falta mucho? —pregunta la joven estudiante, desde el vestíbulo— Es que quisiera bañarme en casa primero antes de ir a la Universidad.
—N-no…disculpa —despabila el rubio, cerrando la puerta del cuarto. Coge las llaves del carro y la acompaña— Vamos…
Dejé a Marinette en la puerta de su casa. Su padre, Tom, quien era un humilde panadero se encontraba en el ante jardín barriendo la nieve que la noche anterior cayó. Me observó y me levantó la mano. Yo lo saludé por el parabrisas y dejé que la muchacha se marchara. No volvió a tocar el tema. ¿Y yo? Tampoco. Solo recuerdo sus ultimas palabras al bajarse del automóvil.
—Gracias, Félix. Y discúlpame por haber entrado de esta forma a tu vida —murmura la ojiazul, esbozando una sonrisa cálida— Espero de todo corazón, que puedas resolverlo pronto. Si me necesitas…ya sabes donde vivo.
—Marinette…
Iba a decirle algo. Pero preferí callar. La dejé irse. El tiempo que compartimos ambos fue suficiente por un día. Ahora mismo, tenía una cita con Emilie. Algo que esperaba, concluyera con su calvario de auto castigo.
[…]
—Los exámenes han salido favorables, señora Agreste —comenta el psiquiatra a cargo. Le entrega una carpeta con el ultimo informe— Creo que ya no hay nada que pueda hacer por usted. La veo en óptimas condiciones. ¿Cree poder reintegrarse nuevamente a la vida cotidiana?
Clínica Saint-Michell, 10:20AM.
—Yo me he sentido muy bien últimamente, doctor —asiente la fémina, jubilosa con el diagnostico— Y en verdad le estoy infinitamente agradecida por todo.
—El tratamiento fue todo un éxito. Agradezco su fuerza de voluntad y también…—mira a Félix, sentado a su lado— Al joven que la acompañó en este proceso. Se que fue duro, pero sin duda que fue un aporte crucial para su desarrollo.
—Le debo todo a mi sobrino, sin duda —aclara Emilie, acariciando con cariño el dorso de la mano de su camarada— Si no fuera por él, tal vez hubiera desistido de esto.
—Cualquier cosa, puede llamarme si me necesita en un futuro no muy lejano —el especialista le entrega una tarjeta— Fue un honor para mí, servir a la familia Graham de Vanily —les estrecha la mano a ambos— Buena suerte.
Salimos del recinto medico y antes de encender el carro, Emilie me ataja la mano sobre la llave de este. Se perfectamente lo que me va a decir. Lo viene pidiendo hace tanto tiempo, que negárselo ahora es ridículo. No hace falta que emita sonido alguno, su mirada me ha transmitido sus anhelos y deseos.
—Está bien —asiente Fathom, sereno— Puedes regresar a Londres, tía.
—Félix…se que ya lo hemos hablado antes, pero con respecto a lo que te pedí…
—He hablado con ella esta mañana —confiesa el ojiverde, con la mirada templada— Está dispuesta a recibirte para que conversen. No fue fácil…pero digamos que Colt intervino de cierto modo. Al fin hizo algo útil por la vida.
—Que alivio…—exhala más tranquila la mujer— No seas así con tu padre —le da un golpecito suave en el hombro— Hizo lo que pudo dentro de su pequeña cabeza. En estos momentos —regresa la mirada hacia el frente, con esperanzadora voz— Lo único que quiero es hacer las paces con mi hermana.
—Ambas se lo merecen —agrega el británico, echando a andar el motor— Te llevaré a casa para que armes tus maletas. Me encargaré de todo.
Tomé la avenida principal en dirección a la finca como era de costumbre. Un recorrido que suelo hacer seguido y que he memorizado como un mapa en mi cabeza. Emilie estaba de muy buen humor. Tanto, que se dio el lujo de poner algo de música en la radio. El clima también acompañaba. Le bajé el vidrio para que la brisa otoñal se colara por el pequeño espacio. Sus cabellos danzaron al compás de los movimientos que daba en el asiento, incluso si llevaba el cinturón. Que felicidad. Mi corazón solo puede llenarse de aire caliente, atosigado por saber que después de tantas tormentas, sale el sol. O al menos…eso creí. Hasta que ella, me regresó a la tierra.
La vi inclinarse hacia la goma del auto y coger algo del suelo. Era un aro femenino. Lo reconocí. Era de Marinette. La sonrisa que traía esculpida en el rostro se esfumó como su volátil y cambiante humor. Bien dicen que la felicidad no existe. Solo son estados de animo periódicos y efímeros. Y este, fue sin duda el caso.
—Este arete no es mío…—espeta Emilie, fulminándolo con la mirada— Félix…
—Emilie, no es lo que estás pensando —advierte Félix, tomando una curva mientras habla— Posiblemente se le cayó a una de mis alumnas.
—¿Qué alumna? —rezonga agraviada la mujer— No tenía idea de que transportabas alumnas tuyas en tu auto.
—Bueno ¿Qué tiene de malo, mujer? —esboza con tranquilidad el varón— A veces me toca hacer de chofer.
—Para el auto.
—Emilie, vamos —murmura, carcajeando— No puedo hacerlo. Estoy en la pista rápida.
—¡Que pares el auto, joder! —chilla la viuda Agreste, tentada a abrir la puerta— ¡O me bajo!
—¿Qué crees que haces? —Graham de Vanily se aterra, atemorizado por la reacción errática de su actitud— Ni se te ocurra. ¡Voy a 100 KM!
—¿Quieres apostar? —interviene la rubia, quitando el seguro de la puerta— Hazlo, pruébame.
—¡Ya basta! ¡Espera! —Félix se ve forzado a frenar, haciéndose a un lado de la carretera. Enciende las balizas y la mira perplejo— ¿Pero que te sucede? Acabamos recién de salir de la clínica y tu-…
—No me quieras tratar como una loca, porque ya no lo estoy —rezonga su familiar, con las pupilas inyectadas de frustración— ¿De quien demonios es este arete y por qué está en tu auto? ¿Acaso tu…?
¿Por qué? ¿Por qué la imagen de Marinette Dupain-Cheng se me viene a la mente justo ahora? Sus palabras, resuenan con más fuerza aún en mi interior. Puedo escuchar su voz, como si estuviera dentro de la cabina del vehículo. Y su mirada…
—Te mereces ser feliz, Félix. No quieras engañarme. Se que te gusto también…
Emilie me ha apuñalado con los ojos. Pero ya no tiene caso seguir engañándome. Ella tenía razón. Esta relación, al igual que el perdón, merece ser redimida de raíz. Nunca le mentí a mi tía. Podré haber engañado a medio mundo, incluso a mi mismo. Pero jamás a ella. Esta no sería la excepción. Con valentía, afronté la realidad. Apagué el motor, las luces y me volteé hacia ella; observándola con frialdad.
—¿Me has estado engañando, niño?
—Nunca —niega Félix, ofendido— Jamás haría algo como eso. Sabes perfectamente que primero moriría, antes de cometer tal acto de cobardía. Si realmente quieres que te diga la verdad, espero de tu parte un mínimo de comprensión.
—¿Crees que te voy a juzgar? —Emilie le devuelve el aro y se cruza de brazos, mirando por el ventanal— Eres muy ingenuo, Félix. Llevamos años juntos. ¿Por quién me tomas? ¿Creíste que nunca pensé en este escenario?
—¿Qué escenario…? —parpadea, atónito con su respuesta.
—Por favor…—suspira derrotada la ojiverde— Mírate. Eres un hombre guapo, educado, inteligente, joven. ¿Quién podría pensar que pasarías la vida entera detrás de una vieja loca como yo?
—Emilie, las cosas no son a-…
—Silencio —lo interrumpe de sopetón— Ya no digas más. No quiero excusas. Son solo palabrerías. Solo quiero que seas sincero. ¿Puede ser? ¿O es mucho pedir?
—Lo soy, lo fui y siempre lo seré —determina.
—Adelante…dime…—esboza, con cierto dejo de melancolía en sus palabras— No temas…no te diré nada malo…
Aproveché el momento para apagar la radio y quitarme el cinturón. Solo para sentirme más a gusto y libre de ataduras. Nada que me pudiera frenar a confesarle finalmente, lo que me estaba pasando. Tomé sus manos, inclusive si ella se rehusaba. Traté, de ser lo mas certero, conciso y preciso con ella. Las mujeres aman la claridad. Y mientras mas tranquilo sea, mejor para mi será.
—Su nombre es Marinette Dupain-Cheng. Es menor que yo, estudiante de intercambio. Es una alumna mía —confiesa— Que lleva años enamorada de mí. Pero yo siempre la rechacé.
—¿Te acostaste con ella?
—No.
—¿Te gusta?
—…si —titubeó.
—¿Mucho? —inquiere Emilie.
—Mucho…
—¿Quieres salir con ella?
—No lo sé, Emilie. Yo no-…
—¿Quieres salir con ella, si o no?
Me desarmó. Abandonando mi escudo, mi espada, la pesada armadura que me ataba a nuestro amor, como el caballero fiel sirviendo a su reina, admití.
—Si. Quisiera…intentarlo con ella.
—Bien —asiente finalmente la señora Agreste, soltando sus manos— Ya no hay nada que hablar al respecto. Ahora ¿Serias tan amable de llevarme a casa?
—Emilie, por todos los cielos —redunda Félix, insistente— Yo no-…
—Félix —lo retiene de sopetón, esbozando un mohín grácil en los labios— Por favor, ya no sigas. Es suficiente. Lo he comprendido y lo entiendo.
—¿Vas a renunciar a mí?
—Jamás renunciaría a ti. Y lo sabes —admite con pesadez su tía— Pero después de toda la bondad que me has regalado a lo largo de estos años, lo mínimo que puedo hacer es retribuírtela a ti. Siempre me pregunté —se observa las manos, atormentada— ¿De que forma podía pagarte por tanto amor, tiempo y dedicación que me habías brindado? No tienes idea, de la cantidad de noches que pasé en vela por ello. Y me lo cuestionaba a diario. Hoy…con mas fiereza que nunca, tengo la respuesta justo delante de mis ojos.
—¿Y esa es…?
—Me haré a un lado —manifiesta Emilie, regresando la visual a su camarada para tomar su rubia barba entre sus dedos— Félix. Has llevado una vida de esclavitud que no es digna de ti. Mereces ser feliz y libre de construir tu propio camino. Después de todo…yo jamás podré darte lo que buscas —agrega, besando su frente con fraternidad— A todas luces, anhelas formar una familia propia. Es algo que en mi calidad de tía no puedo ofrecerte. Así que lo mínimo que te entregaré, en compensación por todo lo que te hice pasar —sus orbes esmeralda se humedecen, inundándose de pena— Es acabar tus días siendo dichoso, bienaventurado. Esa chica, Marinette. ¿Te corresponde?
—Si, lo hace…—masculle, sollozante entre lagrimas endebles— Tía Emilie…dios, yo…
—Shhh…mi niño precioso. Mi héroe…—murmura, jocosa y aliviada de por fin poder expresarse contenta con su decisión— Si tu eres feliz, yo también lo seré. Por favor, ahora es tu turno. Vive, por mí. No es justo esto. Yo tuve mi romance, mi marido, mi hijo, mi familia. Te toca a ti ahora.
—¿Tengo tu bendición entonces…? —proclama Fathom, sujetando sus mejillas con el mismo ímpetu que su compañera— ¿Puedo…?
—No sabes cuanto lamento, no habértela dado con Kagami —revela Emilie, atormentada por su propio pasado— Claro que puedes. Ojalá algún día puedas perdonar mis faltas y mis errores…niño.
—Estás perdonada…
Ambos estábamos llorando. Jamás olvidaré este pasaje en mi vida. Fue el clímax de nuestra tortuosa pero increíble historia prohibida de amor. Nos abrazamos y nos dimos un ultimo beso, dotado de mucha alegría y a la vez, congoja. Pero no me arrepiento de nada. Viví mis años, con sus soles y lunas a su lado con dignidad. Contra la adversidad, contra el mundo entero, siempre con honor. Con la frente en alto. Que la gente diga lo que quiera. Ellos jamás sabrán lo que sentimos nosotros dos. Esa tarde sellamos nuestro futuro. La despedida es amarga…pero dulce a la vez. Así que diré que fue agridulce. Como una pizza con piña ¡Jajaja!
Que goce…sentirme liberado.
La dejé en su casa con el ocaso en lo alto. El invierno muere lento, incinerándose como nuestro amor furtivo. Emilie…no importa cuantos años pasen entre nosotros. Jamás te olvidaré. Y se que tu tampoco lo harás. Como dije en algún momento, todas buscan al hombre indicado, pero nadie disfruta al equivocado. Nosotros si nos disfrutamos a rabiar. Equivocados y todos, lo hicimos. La observo, desvanecerse por el pórtico de la casa. En un ultimo intento por rememorar nuestro cuento de hadas.
Félix…fuiste y siempre serás, mi mayor error. Recuérdame con cariño y fúndete en mi pecho con el dulce dolor de la despedida.
Emilie…fuiste y siempre serás, mi mayor acierto. Recuérdame con dolor y fúndete en mi pecho con la amarga felicidad de la despedida.
—Adiós, Félix Fathom…
—Adiós, Emilie Agreste…
PD: Te amo.
[…]
—¡Marinette! ¡Marinette Dupain-Cheng!
—¡¿Pero qué significa este escándalo?! —salta Tom, desde el interior de su morada. Coge una pala de hornear y sale a la puerta, activando su modo supervivencia— ¡¿Quién hoza venir a estas horas?!
—¡Cariño! —Sabine lo intercepta, calmándolo de su ira— ¡Tranquilo! ¡Es el profesor Fathom!
—¡¿Cómo dices?! —protesta el bigotón— ¡No me importa! ¡Esta es una casa decente!
—¡Papá! ¡Apenas con las 22:00! —advierte Marinette, asomándose por la puerta principal. Se detiene, obnubilada por la presencia del rubio— ¿Félix…?
—¡Marinette! —exclama Félix, en medio de la nieve.
—¿Qué ha pasado? —piensa la fémina, ruborizada hasta las orejas— ¿Félix en mi casa? Trae un ramo de flores enorme y además…se ha afeitado —recula— ¡Félix! ¡Te afeitaste!
—¡Si! ¡Lo hice! —declara, con una sonrisa de mejilla a mejilla— ¡¿Te parezco bien?!
—¡¿Qué demonios?! —rezonga Tom, frunciendo el ceño; muy receloso.
—Amor…—la señora Dupain lo calma, captando de inmediato la escena que allí se suscita. Lo toma del brazo— Vamos a dentro…déjalos hablar…
Gracias…señora Dupain-Cheng. Ella me guiñe el ojo y regresa al interior de la casa con su marido. Nos han dado el espacio perfecto para hablar. Hace frio. Mis rodillas tiemblan, pero no de cansancio o de angustia. Estoy ansioso. Extasiado de autonomía y la liberación misma de confesar todos mis sentimientos a flor de piel. No tengo miedo. Estoy vigoroso como un jodido toro en plena época de celo. Quiero que me vea y se entere, de lo que soy capaz de hacer por ella. Ya basta de fingir.
Marinette se abriga y sale de su casa, recibiéndome en la entrada de su domicilio. Me abre la reja y recibe el ramo, encantada con los copos de nieve bajando dóciles por sus cabellos azabache. Olfatea las flores y me brinda una cálida sonrisa amorosa. Se ve increíble. La dulzura que brota por sus azulados orbes resalta chispas y me vela el pecho. El vapor caliente se escapa de mis fosas nasales. Estoy febril. Inquieto de amor por esta mujer.
—Son preciosas…profesor.
—No me llames mas así, Marinette —confiesa Félix, intranquilo. La toma de los brazos y la mira fijamente al os ojos— Para ti, soy Félix ahora. Un simple y común mortal.
—Félix —corrige Marinette, correspondiendo a sus orbes esmeralda, ratificando sus sentimientos mas puros por el muchacho— ¿Qué significa esto?
—Te amo…Marinette —transmuta Graham de Vanily, disfrazando su perdida por una alterada confesión de amor que a todas luces desprende el calor de su juventud— Perdóname por haber sido cobarde y no ver tus sentimientos antes. Tenias razón. He resuelto mis problemas. Y ahora mas que nunca, he venido a estas horas para verte. No podía…—la estruja con los dedos, temblorosos— dormir esta noche sin decírtelo. Ya no me es posible vivir sin ti.
—Dios mío…Félix…—la lozana estudiante se minimiza entre su toque, gesticulando una mueca abochornada como la suya— ¿Eso quiere decir que tu…?
—Si, Marinette —revela el decano, sin premuras— ¿Quieres ser mi novia?
—Si…—acepta, trémula producto del frio, pero a la vez, víctima de su nerviosismo neófito— Claro que quiero. Quiero ser tu novia…
—Vamos a casarnos. Marinette —confiesa con avidez, tomando sus manitos con afecto— No perdamos mas tiempo. Me abriste los ojos y créeme…no hallo la hora para tener una oportunidad contigo. ¿Me aceptarías…como tu esposo?
Pobre. Sentí que se iba a desmayar de lo sonrojada que estaba. La noté sofocada. Pero mas que atormentada estaba atiborrada de amor. Se reconocer cuando una mujer se siente cómoda y ferviente a una sugerencia como esta. Años…de experiencia. Ella deja caer el ramo de flores al gélido suelo y se abalanza a mí, brindándome el beso más delicioso, sabroso y rico que puedan imaginar. Imaginen…tan solo por un segundo como me sentí. Todo mi ser vuelve a vibrar, como el niño quinceañero que alguna vez fui. Nos abrazamos, nos devoramos la boca y nuestros cuerpos se funden con la blanquecina nieve que nos rodea esa noche de invierno. Marinette me eleve a las nubes mismas del nirvana.
Y con el cándido ardor de su ternura, ese día nos comprometimos. Todo esto, con la venia de sus padres, obvio.
Yo esperé paciente a que mi prometida se titulara de su carrera. Y cuando finalmente esto ocurrió, nos casamos en Londres. En la misma iglesia que mi madre y mi tía Emilie lo habían hecho. Sus familiares asistieron. Y los míos…más unidos que nunca también lo hicieron. Emilie en persona fue mi madrina de bodas. Con mucho honor, me asistió y me ayudó con los preparativos. Para esas fechas, ya no había ojos de lujuria ni mucho menos apego. Solo el amor de antaño que alguna vez nos tuvimos. Era mi tía, la hermana de mi madre. Por primera vez, la pude ver así. Aunque siempre, con el dejo incauto de mantener una distancia prudente con ella. Solo para no levantar malos augurios en la gente, mi familia y mucho menos en la que ahora era mi esposa.
Marinette entendió a la perfección mis sentimientos y nunca mas volvimos a hablar de ellos. La noche del casamiento baile con todas. Con mi madre, que por fin nos habíamos reconciliado, con mi tía…y con mi mujer. Fue una conmemoración hermosa. Mas para mí, que pude ver a mi mamá y a su hermana juntas, abrazadas, bailando, tomando alcohol, comiendo, echándose para la risa, todo lo que una persona esperaría de una casta sólida. No hablaré de Colt porque como siempre estaba ebrio en un rincón. A la mierda Colt.
Con Marinette nos dimos una luna de miel en Paris. Todo, a petición de ella. Ya que era su ciudad natal y su país, lo recorrimos durante meses. Sonará mierda lo que diré, pero no lo hice tanto por ella. En realidad…estaba buscando el consuelo de alguien más. Si…leen bien. De alguien mucho más cercano…
—Te felicito, primo. Estoy orgulloso de ti…
Lo vi un par de veces. En mi matrimonio, en mi luna de miel, en mis días. Adrien seguía prendido a mi como una melodía triste que resuena en el corazón. Pero que añoro con los años. Y que poco a poco tomaba fuerza en mi interior. Con mi esposa vivimos cosas increíbles. Es que Marinette es maravillosa. Y día a día, como la flor perfumada que es, me brinda su primavera constante. Para el segundo año, yo recibí la noticia mas espectacular que a un hombre le pueden dar. Y los que no piensan así, coman cola pendejos.
—Estoy embarazada…
—Marinette…—Félix estalla en jubilo— ¡Que maravilloso!
Fue varón. ¿Y el nombre? Es obvio que nombre le di…
—Adrien —confiesa Fathom— Su nombre será…Adrien.
—Me parece perfecto —endosa Marinette.
[…]
Rondo los cuarenta años en estos momentos. No me siento viejo ni mucho menos joven. Pero para finalizar esta historia, quiero relatar los acontecimientos venideros de mi proeza. Mi esposa, a la cual amo con el alma y respeto con la cordialidad de un hombre beato, me brindó todo lo que siempre busqué. Un hogar, un sitio en donde me vi a mí mismo útil y servicial y por, sobre todo, resultó ser una chica amante de los libros y la poesía clásica que tanto amaba. Esta fábula acaba como un relato inequívoco de amor propio, en donde no importa cuantas desavenencias tengas. Al final del día, solo importa una cosa: ¿Qué es lo que te hace vibrar realmente? Eran las ultimas paginas del cuadernillo de mi primo hermano. La libreta que nunca llenó pero que yo, con potestad hice mía como si fuera un diario de vida que ambos compartíamos.
Adrien…si aun me observas desde el cielo mismo, porque no me cabe duda alguna que ahí estas, espero estés observando lo bien que he adjudicado tus enseñanzas en mi vida. ¿O será que reencarnaste en mi primogénito? Cada día que crece, pasan los años y se asemeja más a ti, que a mí. Tiene mis ojos, pero tu mirada amorosa. Tu sonrisa fluvial poco inquisitiva, pero aguda como la mía. Adrien, es tan enérgico como tú. ¿Qué quieres de mí, primo favorito? ¿Deseas que continue tu legado con esta chica? ¿Ella estaba destinada para ti acaso? Marinette me ha dado dos hijas gemelas preciosas ahora. Y está embarazada de una cuarta. Tendremos tantos bebés como me lo permitas. Pero primo… ¿Dónde estás? A veces…te lloro y te necesito. No me abandones nunca…
[…]
—¿Cómo sigue mi madre, primo?
—Ella está bien —confiesa Félix— Fuerte como un roble. Pero primo…yo no-…
—Gracias por todo, Félix. Te amo.
—Adrien —declara Félix— Yo también te amo…
—¿Cariño? —inquiere Marinette, con un coche de bebés a su lado— ¿A quién le hablas?
—A nadie, amor —se levanta Fathom, besando su frente— Al viento…
—¡Mis niños lindos! —chilla Emilie, tomando a una de las gemelas entre sus brazos— ¡Miren esta cosita!
—La otra es mía —berrea Amelie, cogiendo en brazos a la segunda gemela— ¡Mi pequeña princesa! Me pregunto… ¿Qué será el cuarto?
Les sonrió a ambas. Miro al cielo, nebuloso y cándido. Y confieso finalmente.
—Lo que sea que mi primo quiera…—manifiesta Félix— Sin remordimientos…
