Disclamer: Ni los personajes, ni los lugares o parte de la trama me pertenecen a mí. Este fic se escribió sin ánimo de lucro, solo para divertirme.
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●—Novilunio—
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OneShot
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Empezaba a hacer frío otra vez.
Estaba tumbada sobre su cama, amodorrándose un poco, cuando su mano buscó el borde de la sabana que había estado perdido a la altura de sus rodillas y tiró de ella hasta su pecho. El gesto la puso alerta. Frunció el ceño ante la frialdad que bajaba desde la diminuta rendija abierta sobre su cabeza. No hacía viento, ni siquiera una ligera brisa, pero la madrugada de aquel mes de Octubre se colaba por el estrecho conducto, buscándola.
Se sentó, parpadeando deprisa para liberarse del pegajoso sueño que empezaba a adueñarse de su mente. Ahora sí podía notar la temperatura, en la piel de su frente y también, en la punta de su nariz. Era el final de un verano caluroso y a ella le gustaba el otoño porque con sus tonalidades marrones, amarillas y ocres, sus olores a lluvia y a madera quemada de las primeras chimeneas encendidas y la actividad burbujeante que recorría la ciudad, no parecía del todo un final. Octubre era, en verdad, el comienzo de una nueva temporada que podía estar repleta de sorpresas.
Hoy es día 13 recordó, examinando el pequeño calendario que tenía sobre la cabecera de su cama. Viernes 13. No es un buen augurio. No obstante, no estaba preocupada. La cogió desprevenida que ya estuvieran a mediados de mes (¡Vaya, cómo pasa el tiempo!). Volvió a mirar el calendario. Algunas sorpresas ya han empezado a ocurrir.
Junto al calendario había un espejo. Marinette se miró en él e hizo una mueca, sus mejillas ya estaban un poco encendidas.
Al menos no parece que me haya quedado dormida, se consoló. Gateó hasta el borde de la cama para alcanzar sus zapatillas y aguzó el oído; en el piso inferior todo estaba en silencio porque los kwamis dormían en sus camitas, lo que significaba que no se despertarían hasta pasadas unas horas.
Cogió una sudadera de manga larga, su bolsito y subió al balcón. El primer contacto con el exterior no fue para tanto pero no tardó demasiado en encogerse azotada por un escalofrío traicionero. Se abrazó a sí misma al tiempo que apretaba los labios y miró a su alrededor.
Qué silencioso está todo.
Y tranquilo, aunque no diría esa palabra porque sospechaba que podía atraer desgracias. En cambio, la serenidad que fluía entre las luces de la ciudad y el lento transitar del tráfico le resultó reconfortante. Demasiado temprano para que la gente saliera de fiesta por las calles de París.
O les habrá ahuyentado el frío.
¿Y Sombradóctero? No le apetecía enfrentarse a ningún akuma por esa noche. Esperaba que el villano ya se hubiera ido a dormir, prevenido por el frío que empezaba a hacer.
A ella le gustaba respirar ese aire frío, tirando de las mangas de la sudadera para que le cubrieran todos los dedos. Captaba algo en ese aire cuanto más hondo respiraba. Si seguía respirando así, con los ojos cerrados, podría incluso oler la lluvia. Hacía semanas que no llovía en París y no había ni una sola nube en el cielo oscuro, pero ella ya se estaba imaginando su olor. Oh sí, ahí estaba. Si haces el esfuerzo de concentrarte de verdad, puedes imaginarte cualquier cosa.
—Buenas noches, Marinette —Sus ojos se abrieron con una sorpresa que no correspondía. Frente a ella vio mucha luz, artificial y deslumbrante—; mi princesa.
Sintió un estremecimiento que le secó la garganta. Volvió la cabeza al identificar que la voz venía de su espalda.
Esa noche no había luna en el cielo pero la figura del héroe se descubría gracias a los destellos perdidos de la ciudad. Estaba de pie, bastante erguido para lo juguetona que había sonado su voz, sobre el tejadillo del muro del edificio. A Marinette le costó distinguir sus rasgos, salvo sus ojos que refulgían con ese verde misterioso y atrayente. No podía ver su sonrisa ladeada, pero sí un brillo prendido al cascabel de su cuello.
Su corazón le dio un aviso, aún pequeño, pero ella lo tomó con cuidado.
—Buenas noches —Hizo una pausa, pasándose las manos por la cara, apartando los pelillos sueltos—; Chat Noir.
No se movió de inmediato y ella supo que la observaba. Gracias a sus poderes no necesitaba luz para poder verla y seguro que se estaba fijando en su pelo, aún desordenado, o en sus mejillas que iban tomando el color de sus latidos, tal vez vería el leve temblor de sus codos y podría pensar que era por el frío.
Y cuando se empapó de todos los detalles, el gato bajó al suelo. Caminó despacio y sin hacer ruido. Apareció ante ella con los ojillos un poco entornados.
—Empieza a hacer frío —Fue lo primero que dijo.
—¿Ah sí?
—¿No te habías dado cuenta?
Marinette se encogió de hombros y él adivinó la mentira.
—No quiero que acabes resfriada —declaró, alargando sus manos para tirar de los extremos de su sudadera. Abrochó la cremallera, con gran dificultad debido a sus garras, y se aseguró de que no había hueco posible por el que se colara el aire. Después sonrió, satisfecho—. Mejor así.
No debería dejar que se tomara tantas confianzas pensó ella. Sin embargo, no pudo ni regañarle por tal atrevimiento, se apretó las manos ocultas a su espalda y retiró la mirada un momento.
—¿Lista? —Chat Noir le ofreció su mano.
Marinette sí se había dado cuenta de que cada vez hacía más frío, también de que las noches eran más oscuras, y que eso implicaba el inevitable final de aquello. Volvió a pensarlo de manera fugaz antes de tomar la mano del héroe y seguirle hasta el borde de la barandilla.
¿Era posible que él no lo hubiera pensando?
De hecho, Chat Noir no pensaba en otra cosa y fue aún más consciente al apreciar lo fuerte que ella se agarró a su espalda, reposando la frente sobre su hombro solo un instante; un instante que contuvo un suspiro ahogado.
—El cielo está tan oscuro que no hará falta que me ponga la capucha —comentó ella. Apartó la cabeza—. Aunque creo que a la gente de París le interesa cada vez menos lo que hacen los héroes con su tiempo libre.
Él rio.
—Es verdad —Cargó a la chica a su espalda con una mano y con la otra agarró su bastón—. Me siento un poco ofendido por lo poco que les importa, en realidad.
—Ya no eres tan popular.
Habría querido fingir que eso le preocupaba más pero no era así.
—Es noche de novilunio —mencionó él, de pronto.
Novilunio, Marinette pensó que sonaba a algo mágico.
—La luna se ha ido.
—En verdad, sigue ahí —dijo Chat—. Es solo que el sol la oculta —Explicó—. Como una máscara.
—¿Una máscara?
—Pero lo que oculta una máscara, sigue estando ahí.
Oh, desde luego pensó ella, aunque no pudo decirlo pues el héroe saltó justo después y el vacío de luces y aire helado se tragó cualquier palabra o pensamiento.
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Novilunio pensó él, mientras saltaba por la ciudad, con la chica aferrada a su espalda y su calidez extendiéndose por su propio cuerpo, haciendo burbujear su sangre. Parece una palabra mágica.
Sin despreciar las hermosas luces de la ciudad de París, resultaba útil aquel cielo negro que derramaba sus sombras sobre las cornisas de los tejados. Hacía más fácil ocultarse de la vista de los demás mientras ellos sobrevolaban las alturas, como si fueran invisibles.
El cielo estaba despejado, pero no había luz que los delatara. Eso le parecía maravilloso.
La luz quedaba bajo sus pies, con el ruido y el trasiego de las grandes avenidas, de las carreteras que chorreaban humo de los coches. Los ojos escrutadores, las conversaciones de la gente, las preocupaciones del día. Chat Noir saltaba de un lugar a otro sin tener claro a dónde dirigirse y se sentía más contento que nunca, porque la presencia de Marinette en su espalda y sus palabras susurradas cerca de su oído era todo cuando le importaba.
Y lo tenía.
Ellos estaban arriba amparados en esa oscuridad amiga y no había nadie (salvo quizás una persona) que pudiera sorprenderle mientras él se escabullía (escabullirse, le gustó esa palabra) con Marinette. Solo una. Alguien que se enfadaría mucho si se enteraba de lo que había hecho.
¿Se lo has contado ya a Ladybug? Marinette le hacía esa pregunta cada noche y él siempre le respondía: Lo haré la próxima vez que la vea. Aunque hasta ese momento no había sido capaz, a pesar de haber tenido algunas oportunidades. Y es que sabía que era inevitable que la heroína se enterase alguna vez pero, al mismo tiempo, sentía que podía conservar su secreto un poco más.
Ahora estamos en igualdad de condiciones se repetía a sí mismo. No puede decirme nada.
Solo sentía algo parecido a la culpa cuando estaba en su cuarto y Plagg se burlaba de él, el resto del tiempo no. Y en ese momento menos. Imposible.
Por una vez era demasiado feliz.
Trepó con Marinette hasta la parte más alta del museo Louvre, desde donde tenían una vista impresionante de su pirámide iluminada. Las luces atravesaban los cristales de sus muros inclinados y sobre las aguas tranquilas del estanque que había a sus pies, podía verse una torre de luz alargada. Las farolas, las lucecitas de los edificios adyacentes no eran rival para el fuego que surgía de su interior.
Se agazaparon en el borde del tejado y charlaron de tonterías mientras observaban a los tardíos visitantes, turistas que reían y hacían fotos con alegría. La noche empezaba a despertar para ellos.
Chat Noir, por el contrario, lo que contemplaba era el cristalino rostro de su amiga mientras ella miraba hacia abajo. Cuando la miraba así su cerebro era incapaz de realizar cualquier otra función y debía reconocer que ya le había causado algún que otro problema en clase. Pero le gustaba tanto mirarla: como fruncía los labios en las oes largas, como arrugaba la nariz antes de reírse, esas cosas raras que decía y que él aceptaba con diversión. Todo le gustaba y le hacía feliz.
—Es verdad que Alix ha patinado en el museo —insistía ella, divertida y decidida.
—¿Cómo iban a dejarla patinar ahí dentro? ¡Si a mí casi ni me dejan entrar!
—¿Cómo qué no?
—¿No conoces la prejuiciosa política del Louvre contra los animales?
Marinette se rio con ganas.
—¡Mira que eres…! —Se calló, aún con una sonrisa aunque Chat percibió la vacilación que cruzó por su semblante antes de que se animara a añadir—; payaso.
Cierto, eso es lo que soy pensó él. Se alegraba de que ella lo viera así y se riera de sus bromas. Y también se dijo: Es normal. Estaba dispuesto a ser un gatito paciente pero deseaba que Marinette se comportara con él como siempre. Quería que le hablara con naturalidad, que no dudara antes de mencionar ciertas cosas.
Algunos de esos gestos tenían el poder de influir sobre él, de hacer que también se contuviera y pensara sus palabras antes de decirlas. Pero en su corazón Chat Noir quería justo lo contrario; había sido tan prudente durante toda su vida que solo deseaba ser sincero para que sus sentimientos pudieran ser libres.
—¡Mira eso! —exclamó, sorprendido. Por un extremo del parque apareció el heladero André empujando su carrito y tocando la campana para anunciar su llegada—. Qué raro, con el frío que empieza a hacer ya —No obstante, muchos de los que conversaban en los bancos o contemplaban el agua del estanque se acercaron sin dudar a él y en menos de medio segundo, se había formado una cola considerable.
—Aunque haga frío —comentó Marinette más tranquila—. Nadie quiere quedarse sin un helado de los enamorados.
Chat Noir comprendió, nadie quería quedarse sin amor.
—¿Tú no quieres uno?
—¿En serio? ¿Con este frío? —Arqueó una ceja—. ¿Tú quieres?
Marinette se encogió de hombros, con la nariz roja. Sostuvo su mirada, la vacilación coloreó su piel pero al final murmuró:
—André sigue convencido de que tú y Ladybug están hechos el uno para el otro —Meneó una mano con dejadez, apenas decepcionada—. Será mejor dejarlo estar.
Marinette había estado involucrada en dos de las peores veces en que el simpático heladero había sido akumatizado y no quería arriesgarse a que eso volviera a ocurrir y les fastidiara la noche. Tampoco le apetecía que los regañara por estar juntos de nuevo, tal parecía creer André que era su derecho como experto en enamorados.
Sin embargo, las orejillas negras de Chat se habían erguido y sus hombros también, parecía estar a punto de lanzarse a una misión arriesgada pero necesaria para el bienestar del mundo entero.
—Tranquila —Saltó al borde del tejado y sonrió—. Le traeré un helado a mi princesa.
Dio un salto tan amplio y enérgico que cayó sobre la cúspide de la pirámide y después otro, más alocado, para acabar al final de la cola que partía del carrito. La mayoría de los que allí esperaban le saludaron, incluso hubo alguno que quiso cederle su puesto, pero Chat Noir negó con la cabeza y esperó su turno con calma.
—¡Oh, Chat Noir! ¡Bienvenido! —André le saludó con su voz cantarina y agitando sus grandes manos—. ¿Dónde está tu hermosa compañera?
Sobre el tejado, esperándome le habría gustado poder responder, pero intuía que André no se refería a eso.
—¿Ladybug? —El hombre asintió—. Supongo que estará en su casa, puede que soñando con gatitos amorosos.
—¿Has venido solo? ¡Mis helados suelen comerse en pareja!
—Ya —Se rascó la nuca. Sus ojos, traidores, se desviaron hacia lo alto del edificio y titubeó—. La verdad es que estoy con otra chica.
—¡¿Qué?! —André dejó caer la bola de helado que ya había formado en su cuchara de metal por la consternación. Su ceño se frunció y su gran bigote tembló—. Pero no puede ser…
. Ladybug y tú estáis hechos para estar juntos. Yo nunca me equivoco.
—Vamos, no se lo tome así —Chat Noir trató de animarle—. Seguro que no se ha equivocado ¡Ladybug y yo somos una súper pareja! —Torció la cabeza y añadió—. Menos en el terreno del romance.
—¡Ese es mi terreno! —Protestó el otro—. Y entonces… ¿quién es esa chica con la que estás? —Abrió más sus ojos al recordar—. ¿No será esa con la que fuiste al cine hace unas semanas?
Vaya… por lo visto todo lo que ocurrió antes de la akumatización sigue fresco en su memoria.
—Sí, con ella —admitió con cuidado—. Marinette —No pudo evitar sonreír al decir su nombre—. Es una chica muy especial, André.
—Pero ella no es para ti —Le respondió, tajante y a la vez melancólico—. ¡Te lo digo yo que también le preparé un helado a ella!
Hasta ese momento, Chat Noir había logrado mantener una actitud despreocupada y una ligera sonrisa, pero en cuanto oyó esas palabras todo cambió. Y aunque una parte de él quería animar a André le fue imposible hacerlo. Permaneció callado mientras le preparaba el helado y lo aceptó sin más cuando este se lo ofreció.
—En fin, espero que os guste.
—Seguro que sí —André estaba tan desanimado que ni siquiera quiso coger el dinero que el héroe le dio, Chat tuvo que insistir—. Gracias.
Después se alejó a toda prisa, tratando por todos los medios de no dar crédito a nada de lo que había oído. Sabía que si lo hacía empezaría a dudar de su reciente alegría y no quería que eso pasara. De ningún modo. Porque esa nueva felicidad, esa desbordante esperanza, había llegado hasta él en un momento muy oscuro de su vida y le había salvado. Era el escudo que le protegía de todos esos malos pensamientos que a veces le rondaban, estaba con él por las mañanas, podía sentirla antes incluso de abrir los ojos y por las noches, lograba quedarse dormido pensando en ella.
No quería renunciar a eso. Por supuesto que Marinette era para él, igual que él era para ella. Debía ser así.
Trepó, con cuidado para que no se le cayera el helado, hasta lo alto del edificio y ella le sonrió nada más verle aparecer.
¡Por eso sabía que tenía razón!
No renunciaré a esto.
Había esperado mucho para tener a alguien que sonriera así solo por verle llegar.
—¿De qué es? —preguntó ella, cogiendo el cucurucho.
—Ah… pues no me lo ha dicho.
—¿No? Qué raro.
—Solo espera que nos guste —La chica lo probó y se relamió al instante. Si reconoció los sabores y lo dijo, él no lo escuchó. Chat Noir sintió una punzada en su nuca, el eco de su vieja melancolía y se reprochó ser tan inseguro como para que las palabras de cualquiera le afectaran de ese modo.
Apretó los labios y se pasó la mano por el cuello.
Marinette arrugó la nariz, no solo porque ese helado estaba condenadamente frío y ya no recordaba la razón que le había impulsado a pedirlo, sino también porque reconoció el gesto del chico.
—¿Pasa algo? —preguntó y tratando de sonar divertida, añadió—. ¿André te ha echado la bronca por traicionar a Ladybug?
La sonrisa diminuta de Chat Noir fue demasiado dulce, rozando la tristeza, como para que no la preocupara.
—Algo así —respondió, tras pensarlo un poco—. Dice que no eres para mí.
De pronto, el sabor del helado se volvió ácido en su boca y notó que sus dedos estaban demasiado congelados como para seguir sosteniéndolo. ¿Por qué lo había querido? Hacía demasiado frío, deseó tirarlo lejos de ella.
—Ya veo —comentó.
Ella también sintió que una cierta melancolía la invadía e impedía que hablara. Podía hablar, claro, pero se quedó sin pensamientos. O al menos tuvo la impresión de que todo lo que pensaba era algo inútil.
Su mirada resbaló sobre la pirámide una vez más y, sin saber por qué, se puso a pensar en que Chat Noir no la llevaba a los mismos sitios donde solía quedar con Ladybug antes de sus patrullas. Bueno, cuando aún patrullaban juntos. Ahora cada uno iba por su lado y apenas se veían un par de minutos para organizarse e intercambiar información. Ella iba acompañada de Rena Furtiva y había intentado que él también llevara consigo un refuerzo, el portador que él prefiriera, por si necesitaba ayuda, pero todas las veces él se negó.
Si no podemos patrullar juntos, prefiero ir por mi cuenta.
Aquello la sorprendió, por lo general Chat era muy sociable.
Marinette se cruzó de brazos lamentando lo rápido que se había deteriorado la relación entre los héroes. Notó entonces que Chat Noir alargaba el brazo para rodear su espalda y sin querer, dio un respingo.
—¡Lo siento! —exclamó cuando él también se sorprendió.
—Creí que tenías frío, solo quería… —Pegó su brazo al torso y calló. Ella hizo lo mismo, colorada. Pasaron un par de segundos hasta que le oyó suspirar y después, por el rabillo del ojo, le vio moverse de nuevo. Chat Noir la abrazó contra su torso con suavidad—. Estás helada, princesa —confirmó.
Ella se quedó sin respiración porque entonces recordó, recordó de golpe como si alguna vez pudiera olvidarlo por completo. Intentó no moverse, intentó no respirar hondo, intentó encontrar algo que decir.
—El frío estaba más helado que… ¡Digo, el helado! —tragó salida, avergonzada—. El helado estaba más frío de lo que creía.
Chat consiguió contener su risa con una sonrisa que nadie vio.
—¿Por eso tiemblas?
—Supongo —respondió, ni siquiera se había dado cuenta de que lo hacía. Sí que sentía las manos congeladas y la piel que estaba en contacto por el aire tirante y fina. Le picaban los ojos por la frialdad instalada en el ambiente
Debía admitir que el abrazo del héroe era agradable. Cálido. Y quiso calmarse para disfrutarlo, pero el oxígeno se le atascaba en el pecho, haciéndola respirar con algo de dificultad. Y él se dio cuenta, por supuesto; sabía que solo tenía que esperar unos minutos pero esa noche se sentía demasiado inquieto como para eso.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Chat, muy cerca de su cabeza. Entonces sí, Marinette notó que el temblor aumentaba en su cuerpo y él, por supuesto, la estrechó un poco más—. ¿Debería hacer más chistes malos?
—¡No, por favor!
Se le escapó al instante, y esta vez, a él también se le escapó una carcajada.
—Debería poner todavía más… ¿cómo lo llamaste? —Fingió no acordarse sin demasiado acierto—. Mi voz de gato.
¿Por qué le dije eso? Se preguntó ella.
—No hace falta —contestó. Respiró hondo y su voz sonó más relajada—. Tonto.
—¡Oye!
Ella quería reírse como él y entregarse a esa ligereza, esa que parecía convertirlo todo en una simple broma para alegrarles pero ocurría una cosa. Y es que ahora conocía más de Chat Noir: podía distinguir qué bromas tenían la misión de hacerla reír y cuáles expresaban algo oculto en la mente del chico, algo que no solía ser tan divertido. Había aprendido a leer la temblorosa oscuridad tras el brillo de su mirada gatuna, lo torpes que eran en realidad sus intentos de acercarse a ella porque estaban alimentados de una más que sólida inseguridad.
Él mismo lo había dicho; lo que oculta una máscara, sigue estando ahí.
—Tal vez deba llevarte a casa —dijo él, con su voz más clara—. Hace demasiado frío, cada vez está más oscuro.
—Lo sé.
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Cuando aterrizaron sobre el balcón resultó que los dos temblaban por el frío. Las temperaturas habían seguido bajando a medida que la noche avanzaba. Era imposible no pensar en ello; pronto haría demasiado frío como para salir.
—No más helados hasta el verano que viene —dijo él frotándose los brazos y Marinette asintió, procurando que los dientes no le castañearan. Vaya, necesitaba pasar a su cuarto y entrar en calor cuanto antes.
El héroe, solemne y un poco burlón, le hizo un gesto reverencial para cederle el paso y ella aprovechó para asomar la cabeza por la trampilla y asegurarse de que todo seguía tranquilo.
Ella cayó antes sobre la cama desecha y se hizo a un lado. Su amigo la siguió y Marinette le hizo un gesto para que guardara silencio. Se oía el zumbido de los electrodomésticos de la planta inferior y el eco de los ronquidos de su padre, debía haberse dejado la trampilla de abajo abierta antes de irse a la cama.
Tomó al héroe de la muñeca y le guio escaleras abajo. Volvió a repetirle el gesto de silencio y se dio la vuelta; efectivamente, la trampilla que conectaba su dormitorio con el resto de la casa estaba abierta. La cerró con cuidado y el silencio fue absorbido por las paredes que tan bien conocía.
—Garras dentro —Escuchó algo parecido a un burbujeo, pero más potente y su corazón vibró al unísono. Se giró, ya con el rostro sofocado y se encontró con Adrien de pie, en el centro de su cuarto, rebuscando en el bolsillo del pijama mientras Plagg revoloteaba en torno a su cabeza.
—¡Ya era hora! —murmuró el Kwami—. ¡Me moría de hambre! —Se lanzó como un desquiciado a abrazar el trozo de queso que el chico le ofreció—. ¡Mi adorado Camembert, ven a mí!
—Nos marcharemos enseguida, así que no te entretengas hablándole al queso —Le advirtió el chico.
—Sí, sí… —Plagg se retiró a algún rincón para comer a gusto pero al pasar frente a la chica le guiñó un ojo—. Hola… ¿Marinette?
Ella le devolvió una sonrisa burlona.
—Sí, Marinette —respondió—. Plagg, ¿verdad?
—Eso es.
Tenía que admitir que eso era gracioso.
Después regresó toda su atención al chico que la miraba, sonriente y tranquilo y volvió a respirar hondo para que los nervios que le hormigueaban en la piel no la desconcentraran como, era innegable, le ocurría cada noche cuando ambos se veían las caras, sin máscaras y sin (casi ningún) secreto.
Llegó hasta él y aguantó sin bajar la mirada.
—Estás roja —señaló él—. ¿Aún tienes frío?
Alargó las manos hacia el rostro de la chica y lo rozó con los dedos, cosa que solo hizo que ella se echara a temblar.
—¿Tienes escalofríos?
—No, no… —respondió. Colocó las manos sobre las de él pero no las apartó—. Aunque pronto será imposible salir a pasear de noche.
El chico asintió, a todas luces abatido por esa idea. Sabía que en su día a día estaría tan ocupado como siempre y no podrían verse más de lo que ya lo hacían y tampoco podía presentarse cada noche en su cuarto y arriesgarse a que los padres de ella se despertaran y los descubrieran.
Pensar en ello le entristeció casi tanto como las palabras de André, pero al mismo tiempo, la suavidad de la piel de la chica y su mirada brillante, puesta en él, le sanaban y no dejaban que ese sentimiento le inundara del todo.
Y se le ocurrió una idea absurda.
—Podría convencer a Ladybug para que te prestara de nuevo el prodigio del ratón —Marinette dio un respingo—. A menudo me dice que debería ir con otro portador a patrullar… ¡Podría pedirle que fueras tú y así podríamos ir juntos!
—Ah… —Marinette torció la cabeza, dando un paso atrás. ¡Aquella era una pésima idea pues no podía ser Ladybug y Multimouse a la vez! La única posibilidad sería pedirle a Rena que la ayudara con una ilusión, pero entonces le pediría explicaciones y no podía revelarle que ahora sabía la identidad de Chat Noir—. Si haces eso, Ladybug querrá saber por qué quieres que sea yo.
. ¿Le has contado ya la verdad?
—Pues…
—¿Sabe ya que me revelaste tu identidad?
—No —confesó el chico, aunque por supuesto ella ya lo sabía—. Se enfadará… aunque no debería, a fin de cuentas, ella también le ha revelado su identidad a la tal Scarabella…
—¿Por eso me contaste quién eras? —preguntó Marinette—. ¿Por qué estabas enfadado con Ladybug por revelarle su identidad a otro?
—Claro que no —respondió Adrien sin dudarlo un momento—. Si Ladybug lo hizo tendría una buena razón, sé que ella tampoco lo está pasando bien y me alegra que tenga al menos a alguien con quien desahogarse como no podía hacerlo conmigo —Tal vez le había molestado al principio, nada más enterarse, pero ahora estaba siendo sincero. Levantó sus ojos hacia Marinette y volvió a sonreír—. Te lo conté a ti porque me di cuenta de que yo también necesitaba a alguien con quien hablar, con quien poder ser… yo mismo.
—Pero… ¿Por qué me escogiste a mí? —quiso saber ella, nerviosa—. Nino es tu mejor amigo…
—He comprobado que no se le da bien guardar secretos.
—¿Y Kagami? —probó otra vez—. O incluso tu padre…
Adrien frunció un poco el ceño y vaciló antes de hablar, pero se recompuso. En realidad, no había nada que no pudiera decirle a Marinette.
—Tienen una idea demasiado perfecta de mí, creo que les habría decepcionado descubrir mi otro lado…
—¿Tu lado payaso?
El chico alargó su sonrisa y también sus manos, para coger las de ella, la acercó a él de un suave tirón y se inclinó un poco para no tener que alzar la voz.
—No sé bien por qué pero sabía que tú serías la única que lo entendería —reveló y apareció un pequeño, casi tímido, rubor en sus mejillas—. Y que aceptaría cómo soy de verdad.
Marinette sentía el corazón a punto de estallarle en el pecho, la respiración atrapada en algún punto de su garganta, fue casi milagroso que pudiera decir:
—A mí me gusta cómo eres de verdad, Adrien —Y con inusitada valentía añadió—. Gatito.
Mi princesa pensó él.
Recordó aquel lejano día en que bailaron juntos en la fiesta de Chloe y la melodía volvió a sonar en sus oídos, escuchó los sonidos interminables de la gran avenida de Nueva York sobre la que bailaron en el aire y casi sin pensarlo, llevó las manos de la chica hasta sus hombros y acopló las suyas en su pequeña cintura de bailarina. Marinette, más roja que un tomate al sol, le interrogó con la mirada, no le salían las palabras y la respiración fluía trabajosa a través de su garganta.
Las otras veces, cuando hizo aquellos patéticos intentos por besar a Ladybug apenas se puso nervioso; emocionado, tal vez o puede que estuviera demasiado seguro de que sería rechazado como para alterarse. Se lanzó sin pensar, sin apreciar realmente la importancia de un momento como ese.
Cuando estas a punto de besar a la chica que amas.
Adrien descubrió que cuando tienes la verdadera intención de hacerlo y la esperanza de que ella también quiere besarte a ti, todo se ralentiza a tu alrededor, incluso los latidos de tu corazón. El aire y sus partículas de luz, la respiración de la casa… pero era bonito que así fuera porque recordaría esos instantes. Al menos eso dijo mientras inclinaba la cabeza, justo antes de cerrar los ojos y sentir la respiración de ella.
Y pensar que él siempre había creído en el poder romántico de la luna llena… A partir de ahora Adrien solo pensaría en la magia del Novilunio.
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Fin
¡Hola!
Aquí vengo con un pequeño Oneshot que escribí el año pasado y que, por unas cosas y otras, no había publicado en esta plataforma.
La verdad es que desde que se estrenó la T5 he estado falta de inspiración para escribir sobre este fandom, no tanto por lo que está pasando en la serie, sino por todos los spoilers, filtraciones y demás Hasta este fin de semana que ¡por fin! Estrenaron en Disney Chanel "La Elección de los Kwamis" doblado, ni siquiera me había animado a verlo. Estoy harta de ver capítulos desordenados en portugués o en alemán, así que a pesar de los spoilers, voy a esperar a que los vayan emitiendo en orden en este canal.
Por cierto que el especial me encantó ^^ y por eso me he animado a publicar algunos oneshots de miraculous que tengo escritos desde hace tiempo y guardados por ahí.
Espero que os guste
Si es así escribirme un comentario para que sepa vuestra opinión y nos vemos pronto, miraculers.
¡Besotes!
