La clara luz de la mañana del 20 de mayo, entraba sosegada a San Mungo.
El viento leve y el sol amable iluminaban a Hermione, sentada en un sofá.
Afuera cantaban pájaros, y la luz temprana brillaba en los cabellos de la castaña, que llevaba ropa estilo muggle, limpia como ella misma, cuando miró de lado a Snape, con los ojos entrecerrados.
—Ha mejorado, profesor.
Snape entró a la habitación, recuperado y vestido como habitualmente. La última semana tuvo esta habitación para convalecer, luego de pasar ocho días inconsciente.
Hermione había dejado a Snape en el hospital, bajo la vigilancia de Tonks y de Sirius, enviados por McGonagall, y vuelto presurosa al colegio con Harry y Ron para el enfrentamiento final. Cuando todo acabó pudo usar el díctamo en los heridos, aunque no funcionó con algunos. Con Fred, por ejemplo, ni aun usando el conjuro a ocultas, y eso la acongojaba en grado sumo.
En el puente, donde Harry rompió la Varita de Saúco, lo celebró, reconociendo la grandeza de su amigo.
Pero se recordaba evitando tomar a Ron de la mano, y rehuyendo el beso que él trató de darle luego de usar el colmillo del basilisco.
La razón de actuar así con Ron, no la sabía a ciencia cierta. Lo interpretaba como necesitar una pausa interior. Y tampoco sabía muy bien por qué había esperado el despertar de Snape. Lo desconocía, pues no pensaba decirle nada. Sólo quería estar ahí.
De algo estaba al tanto. Luego de romper la varita, Harry regresó al castillo junto con Ron, pero ella se recargó en la baranda de roca, contemplando la lejanía verde y la neblina matutina en las montañas.
Era tanta la libertad, que nadie parecía creerlo. Un mundo nuevo, intempestivo, brillante. El sol la alumbraba y su calor la vitalizaba. Eso era la vida. Eso volvía a ser.
Y ella, aun con dolores en el alma por lo padecido, pensó en Snape.
Y conforme el día del mundo nuevo transcurrió, Hermione no se quitó a Snape de la cabeza... Su presencia aumentó luego de que en su delirio, Snape le acarició el mentón y pronunció su nombre, sin saber que era ella.
El mismo acariciar su mentón, como hizo el encapuchado.
Hermione estaba absorta en el peso de esa revelación. Fue una casualidad que ella estuviera presente. La de Snape fue una confesión involuntaria; por efecto de la herida y desconociendo quién estaba con él.
El solo saber que Snape sentía eso por ella, la tenía enmudecida, en un choque emocional semejante a un mareo, que duró cuando con otros alumnos y profesores colaboró en la enfermería para atender a los heridos del colegio, de Hogsmeade y de Diagon, pues San Mungo estaba saturado.
Una conmoción mezcla de alivio y pesar llenaba Hogwarts cuando la castaña dio la fórmula del díctamo mejorado a Minerva, quien además la felicitó por haber capturado a Snape. Pero la castaña dudaba que fuera una aprehensión. Más tarde, para aligerar sus pensamientos, la chica reveló a Harry cómo consiguió la fórmula y le ofreció disculpas por haberle tomado el libro.
Generoso, Harry sonrió al enterarse y también ofreció disculpas por haberse reservado el ejemplar. Agradeció a su amiga por el momento gracioso de esta revelación, luego de las penas acabadas de vivir.
No era la única explicación y no por cierto la más importante. Una noche a mediados de la primera semana de la victoria, sentado en un taburete frente a sus amigos en un sillón de la Sala Común, Harry, conmovido y sacudido, les había confiado lo que vio en el Pensadero.
Esa noche no había nadie. Por necesidad de sentirse acompañados y para recobrar el sabor de la camaradería, muchos alumnos de las cuatro casas, luego de conversar, preferían dormir en sus bolsas en el Gran Comedor. Así que en una Sala en claroscuro de pocos Lumos, al calor de la chimenea crepitante, Harry les hizo saber el papel de Snape antes y durante la guerra.
Ron se fue de espaldas, literalmente, y Hermione, levantándose, se puso de cara a la chimenea.
—Siempre estuvo con nosotros –dijo Harry, sentándose en el suelo, abatido.
—¡Y tú estabas en lo cierto al ayudarlo, Hermione! –aceptó Ron, estupefacto, con las manos en la frente, viendo al techo.
—Eso es lo de menos –respondió ella, sin alzar el rostro–. Lo de más, es que Snape pudo morir sin que nadie supiera la verdad sobre él.
Ron puso una mano en un hombro de Harry.
—No te culpes, amigo… –lo consoló.
—Nunca lo entendí –con un nudo en la garganta, Harry se quitó los anteojos.
Hermione seguía con la baja, pensativa.
—Es lo que él quería –comprendió, abatida–. Que nadie lo entendiera.
Y saberlo, añadió un elemento especial a su sorpresa de conocer los sentimientos de Snape. No oyó lo siguiente que dijeron, cavilando, sus facciones iluminadas por el hogar.
Se obligó a retomar la conversación y recobrándose de las portentosas impresiones, se acompañaron hasta el amanecer, y no sería la última vez que necesitaran repasar sus recuerdos.
Como eso, cada elemento de la vida buscó su equilibrio. Pero las clases no se reanudaban. Los visos de normalidad tardarían meses en reaparecer. Por lo pronto, con aprobación del colegio y del Ministerio, alumnos regresaron a sus casas, aunque otros, con permisos familiares, siguieron en Hogwarts para participar en remoción de escombros y rescate de materiales escolares. Por orden de Minerva, las actividades finalizaban a las dos de la tarde. El resto del día los alumnos se reunían para convivir y restañar sus heridas emocionales. El trío conversaba mucho, también dándose tiempo para estar solos. Una de esas veces, Ron se despidió temprano, Harry quiso ir a caminar para reflexionar y Hermione quedó en la Sala Común, con sus recuerdos.
Apoyando los codos en las rodillas, puso la cara en las manos. Los chicos desconocían qué le ocurría, su trajín de pensamientos y perplejidad. Desconocían que para Hermione no se trataba únicamente de aliviar los recuerdos pasados. Ella intentaba serenar el revuelo de sus emociones en torno de Snape.
Las experimentaba sin creerlas por completo. Sin lograr detener su vaivén.
¿Agradecimiento? Claro. Agradecimiento y respeto hacia Snape. Mayúsculo en los tres. Tanto, que no sabían cómo lo expresarían llegada la hora. Mas la experiencia secreta de Hermione la dejaba perpleja, sacudida.
Hermione caminaba por los corredores, por los largos pasillos silenciosos, sin atreverse a formular las palabras, con expresión asombrada, seria.
Años aborreciendo a Snape, siendo detestada por él, pero en la noche anónima se habían besado… Se habían besado, y de una forma... Hermione, desconociendo que era él. Y Snape, pensando que él moriría, llevándose el secreto de…
La Luna brilló bajo un arco de piedra.
… el secreto de que te ama, y el hecho de que al besarlo, me sentí enamorada, se dijo Hermione, mirando desde el castillo a la noche, como si también le sorprendiera que la Luna tuviera facciones de plata.
Pensó que yo nunca lo sabría.
Lo que sentía no era sólo gratitud. No habría dado ese beso a un desconocido por agradecimiento. No habría olvidado a Ron por cualquier persona. Fue lo que percibió en el encapuchado, sus sentimientos, visibles pese a la sombra donde se escudó; eso la hizo reaccionar de aquella forma intensa.
Y hoy, tampoco era gratitud lo que sentía. Ahora aquel hombre, cuyas facciones no identificó en la sombra, tenía un rostro, cercano, era Snape, y Hermione se sentaba en las bancas de piedra, con el fondo de la Torre y su reloj detenido, ella cerrando los ojos, reviviendo la electricidad de la cercanía, la calidez de los brazos y el ardor de aquel beso que no podía olvidar.
Snape...
La revelación descomunal de que Snape sentía algo por ella.
El no entender por completo lo que ella experimentaba.
Hermione pasó días en el asombro, en la emoción desconocida y en el recuerdo de la caricia mutua. Snape. Sus rasgos al tocar su rostro volvían a ella, sin parar.
Y aunque habría preferido retornar a clases sin trámite, necesitó estar lejos de Hogwarts. Y como no había vuelto a salir del colegio desde el 3 de mayo, ese día 20 Hermione fue a ver a Snape.
Le alegró que San Mungo estuviera velozmente recuperado. Sus convalecientes eran dados de alta y los heridos del colegio, trasladados al hospital.
Hermione se encontró con el médico a quien dio la fórmula del díctamo mejorado. Le agradeció, prometiendo nombrarla doctora honoraria por brindar tan magnífico recurso.
—El profesor Severus Snape tiene el mérito –aclaró Hermione–. El honor es de él. Yo sólo uní piezas de sus estudios. Él enseña incluso la forma de cortar las hojas y de macerar en el mortero.
—Pero Snape… -el médico señaló hacia la habitación.
Hermione saludó de lejos a dos sonrientes Tonks y Remus, en el pasillo, montando guardia para que Snape no escapara.
La Gryffindor se preguntó, a la luz de las pérdidas, si este haber destacado a esos aurores para vigilar a Snape, les salvó la vida. Se dijo que nunca lo sabría.
Se enteró que el doctor Abbott había cuidado a Snape hasta que éste superó la etapa crítica. Agradecida, Hermione se despidió del médico que la recibió, y entró a la habitación del convaleciente.
Encontró con sorpresa que Snape no estaba en el lecho, por lo que se sentó en el sofá de visitas, hasta que lo oyó entrar. A su pesar, su corazón aceleró un poco.
Hermione, a la luz de la mañana clara, había imaginado el cuadro de otra manera, pero no fue así, por lo que se recargó en el sofá y miró a Snape de lado, seria, pensativa. Quizá no se trataba de pensar.
—Ha mejorado, profesor.
Snape entró sin verla y soltó una risa sarcástica:
—Con usted aquí, lo dudo.
Era él, de pie, retomando su carácter sin ninguna consideración.
Está fingiendo, pensó Hermione.
Con mala cara, Snape caminó un poco por la habitación, acomodando libros que le llevaran, más dos vasos del buró. Se le veía recuperado por completo. Y a todas luces esperaba que Hermione se marchara.
Hermione lo miraba, de lado, pensativa.
¿Snape me ama?
Él dejó de consumir tiempo y girando a Hermione, se puso los puños en la cintura. Alzó una ceja y soltó con voz grave, como si fuera hora de aceptar las verdades de la vida:
—De entre todos los seres del mundo –consideró–, ¿por qué viene usted, señorita Granger? Preferiría que me visitara Filch. Usted no me traga, yo la trago menos. Créame que si usted me desprecia, yo la abomino. Déjese de tanta maldita falsedad.
Ella asintió.
—¿No recuerda que lo traje aquí?
Snape no recordaba nada.
—¿Viene por mi agradecimiento? –Snape se encogió de hombros, haciendo gesto teatral de desdén– ¡Le agradezco! ¡A usted y a sus fantoches colegas! ¿Contenta, feliz?
Hermione, observándolo, no tenía respuestas, sino preguntas.
Snape volvió a ponerse los puños en la cintura. No apartaba la mirada de los ojos de Hermione, con absoluto fastidio.
—¿En cuál idioma se lo digo, Granger? Márchese.
¿Él la amaba?
Y lo más impactante, inaudito: ¿Por qué saberlo no la incomodaba? ¿Por qué no le molestaba haberlo besado?
Ella suspiró, alzando las cejas con tristeza. No era tristeza por la exigencia de que se marchara. Era tristeza de no saber cómo decir. De no saber cómo entender. De no saber cómo preguntar. Por eso dijo a manera de reproche secreto, personal:
—No tengo nada mejor que hacer, sabe.
Aquello sonó a Snape como "me da lo mismo estar aquí."
—Eso está mejor –sonrió.
Él se sentó en un sofá, frente al de ella.
—Cree que estoy en deuda con usted por salvarme –le espetó.
Hermione denegó con la cabeza.
—No. De hecho, no quiero que me diga nada al respecto. Es un tema muy difícil de manejar por ahora.
Snape asintió.
—Es justo. De todas maneras creo que quiere la satisfacción de oír de mí, que tuvo razón al interpretar mis actos –apoyó una mano en un puño, entrecerrando un ojo en fastidio hacia la castaña-. Se equivocó en todo. Soy un traidor a Hogwarts. Pregunte a sus amigos ahí afuera –señaló con la cara hacia la puerta.
Hermione no le creía.
—No, profesor. Y Harry se está encargando de limpiar su nombre en el colegio. Se lo digo ahora.
Snape suspiró con sonrisa cansina, con gesto de quien no cree en el altruismo de nadie.
—El heroísmo la vuelve noble.
Hermione respondió con falta de entusiasmo. Con la necesidad perpetua de quien intenta hallar verdades:
—No soy heroína, profesor. Harry. Ron. Ellos son héroes. Yo velaba por ambos. Usted es un héroe.
Snape entrecruzó los dedos, analizándola.
—Esas palabras no significan nada para mí.
En una palma, Hermione apoyó una sien, observándolo abiertamente, con extraña serenidad. Repasó las facciones de Snape, que volteó a la ventana. Merlín, se dijo la castaña, un poco perdida en sus sensaciones, en mirar los labios de él y revivir aquel beso, es como si apenas lo estuviera conociendo y por otra parte lo conociera mejor que nadie.
Snape miraba hacia afuera, sin presiones, pero sin paz interior. Hermione recordó el abrazo y pensó: Me pregunto cómo sería besarnos de nuevo.
Él volvió a mirarla.
—Mis motivos en la guerra son enteramente míos. En ningún sitio hablaré de ello. Si la enviaron a eso, deles mi mensaje.
—No imagine conspiraciones. Esos tiempos ya pasaron.
—Y no quiero saber a qué vino, Granger, pero aprovecho su visita para resolver una interrogante. Sé que me dio una versión de díctamo y estoy al tanto de cómo se usó en este hospital. Dígame, ¿de dónde sacó la fórmula?
Ella se lo dijo, sin titubeos:
—Del libro anotado por usted en su época de estudiante. No la describe, pero está ahí, a lo largo de las páginas, en piezas sueltas.
Snape soltó una risa sin ganas, de labios torcidos:
—Increíble, que don para husmear donde no la llaman –alzó un índice, en fugaz enojo-. También aprovecho para decirle, Granger: supe que usted entró a mi despacho. No quiero que conserve la creencia de que logró burlarme. Invariablemente conocí los actos de usted.
No lo dudo, pensó Hermione.
Se hizo un silencio.
—¿Todavía me odia? –soltó ella, con curiosidad.
Snape se puso un índice frente a la boca, analizándola.
—¿No lo sabe? Cuando usted era una niña marisabidilla, me exasperaba. Nada más. Pero cuando se convirtió en una señorita, también se convirtió en una prepotente. Una sobrada de sí misma. No me gustan a las personas como usted, que actúan como si fueran infalibles, cuya palabra consideran la última, que hablan como si lo supieran todo, incluso con respecto a los demás.
—¿Así me ve? –se extrañó ella, sin ofenderse- ¿Y por qué no le gustan a las personas como yo, profesor?
Él miró de lado.
—Me recuerdan al Señor Tenebroso.
Hermione quedó sin habla.
Remus asomó por la puerta, anunciando en tono amable:
—Es tiempo, Severus.
Snape asintió, sin ver a Lupin. Y con la sinceridad de quien está harto de mentir, incluso para bien, dijo a Hermione:
—A mi pesar, he de reconocer su inteligencia. Ni los peores mortífagos lograron descubrirme. Pese a ello, no le agradezco que me salvara. Usted fue donde no la llamaron, a hacer lo que no le pedí.
Ella asintió:
—Respeto lo que siente, profesor.
—Dejando de lado mis críticas personales –él dio un leve golpe al descansabrazos–, veo que usted ha madurado, por fin.
Hermione lo vio levantarse y tuvo el deseo súbito de que él no se fuera, pero no se movió del asiento.
—Bien, Granger –asintió Snape-. Deseo que ésta sea la única vez que hayamos conversado.
Fue a la puerta. Para el Ministerio, era uno de los peores cómplices de Voldemort, pese a los dichos de Harry, e iba a juicio. De entrada, a ser encarcelado. Muy probablemente con cadenas.
Hermione lo decidió y se puso de pie, girando hacia Snape.
—No, profesor –anunció-, no lo olvidaré.
Él volteó hacia ella, con extrañeza.
—¿Es una amenaza?
—Una promesa –respondió Hermione, ruborizándose imperceptiblemente.
Snape abrió los brazos, incrédulo, sin comprender nada.
—¿Por qué hace esto? -puso cara de fastidio- Olvide sus ideas altruistas, Granger, yo no soy el indicado para nada de eso.
—Usted sabe que viene una hora difícil.
Snape dio un paso de espaldas a la puerta. Al cruzarla, Tonks y Lupin lo llevarían ante el Tribunal.
—Esto terminará mal, Granger, no se busque más dolores.
—No soy yo quien ha sufrido más –respondió, melancólica.
Snape hizo otro intento. Hermione recordó sus palabras cerca del lago:
"¡Yo no nací para estar contigo en ninguna hora!"
—No quiero verla –le espetó él, desde el umbral.
—Discúlpeme –dijo Hermione-. Yo a usted, sí.
