Las autoridades de San Mungo concluyeron que la versión última del díctamo mejorado era la mejor de las estudiadas y también la más potente. Con eso más el conjuro Remóveremala que Snape enseñó a los médicos, volviéndolo digno de admiración, los heridos en la guerra estaban sanos en la mañana del 24 de diciembre.

La castaña, que nunca olvidó su solidaridad con los desposeídos, tomando en cuenta su propio papel en el logro del díctamo mejorado, estableció como requisito que éste se produjera en un laboratorio especial, donde trabajaran elfos que recibieran retribución por ello. Schacklebolt, Ministro en funciones gracias al nombramiento logrado por sus méritos previos, sumados en los juicios concluidos sin engañifas y este apoyo a la medicina, cumplió el interés de la Gryffindor.

Por la tarde, Hermione recibió en Hogwarts su certificado de graduación, lo que celebró con Snape en el aula de DCAO leyendo las cartas enviadas a ambos por parte Ron y de Harry, para después abrir los regalos que les enviaron desde el Departamento de Seguridad Mágica, donde se desempeñaban como aurores.

Con curiosidad, Snape revisó los libros que le obsequiaron los chicos y consideró las cartas, no sin asombro:

—Potter desea que mi ejemplar del libro se imprima como una versión anotada, que ayude a los alumnos con problemas en mi materia. Es decir, que se vuelva un libro de texto en Hogwarts.

Hermione asintió:

—¡Gran idea! ¡Deberías aceptar, ayudará muchísimo!

Snape asintió.

—Si ayudó tanto a Potter, que nunca fue una eminencia, debe ser bueno. Lo pensaré, creo que voy a aceptar. Y, Hermione...

—Dime -ella le sonrió, desplegando una bufanda de sus regalos.

—Celebremos esta noche -le propuso él.

A Hermione le pareció excelente idea, y en tanto él acondicionaba el colegio, ella fue de nuevo a Londres. Consideró que la fiesta ameritaba no sólo lucir algunas joyas, sino un vestido nuevo.

Es mucho lujo, pensó, viéndose al espejo en Mirror Mirror, pero me lo he ganado. Y además es una cita con Snape.

Pasó por casa de sus padres, a los que felicitó y con los que pasó la tarde, conversando animada y feliz, entregándoles regalos, para volver a Hogwarts cuando caía la noche.

Hermione encontró que Snape hermoseó el castillo con teas, banderolas y macizos de flores, desde la bajada de la Torre de Gryffindor, hasta el Gran Salón.

Al trasponer la puerta del Gran Salón, llevando un vestido de brocado, con aretes y collar, más discreto maquillaje, a la castaña le encantó encontrar los doce árboles de Navidad, luciendo llenos de color en el recinto animado con los fuegos y con las banderas colgantes de las cuatro casas.

Snape llegó con traje nuevo, y obsequió un ramo de rosas a la Gryffindor, junto con un ejemplar antiguo de Los Cuentos de Beedle el Bardo.

—Me gusta esto, Hermione -le dijo Snape-. Darte un regalo, y tu sonrisa.

Ella le obsequió una copa con el escudo de Slytherin.

Se desearon Feliz Navidad, con un beso.

La celebración de ambos fue animada, y compartieron la cena en una mesa al centro del salón.

—Me apena no haber invitado a Hagrid, ni a Filch -comentó Hermione.

Snape le dijo:

—Yo los invité -al constatar la reacción de ella, sonrió de lado-. Sí, no dudo que saberlo te pasme, pero, ¿sabes que ambos tenían citas en Hogsmeade?

—¿Han encontrado el amor? -pregunto ella, asombrada.

—Si lo encontré yo -afirmó él-, todo mundo puede.

—¿Y te gusta? -quiso saber ella.

Los ojos de Snape fueron elocuentes.

En la madrugada, caminaron de la mano por algunos pasillos del séptimo piso, acompañados por la escarcha serena, por el viento que agitaba las ramas salpicadas de nieve. El cabello de Hermione se removía por tenues soplos de viento, su sonrisa se iluminaba por los resplandores de los árboles.

Snape nada decía, pero le apretaba suavemente la mano.

A través de los vitrales cruzó la luz de la noche, encendiendo el descenso de los copos de nieve.

—El tiempo se acaba –consideró Hermione, pensativa–. Los dorados sueños de la infancia se vuelven las verdades de la madurez.

—Mas nunca se debe perder el Oro –comentó él-. Siempre se debe tener un lugar para soñar.

Los pasos de ambos sonaban en el corredor de piedra.

—Esto ha sido grande -opinó Hermione, luego de un largo silencio-, este mundo de "lo incorrecto", donde estamos.

La idea tocó especialmente a Snape, quien asintió:

—Oh, sí. Lo que no es correcto es especialmente interesante. Lo que sale de la norma es ese punto álgido, donde descubres si eres capaz de soñar.

Bajo un arco, de cara a uno de los patios, oscuro excepto por las teas a intervalos en los muros, observaron una estrella fugaz, brillante, cerca de la Luna.

—¿Nos veremos el nuevo año? -le preguntó Hermione.

—Tenlo por seguro -asintió Snape-. Pero, ¿dónde nos veremos el nuevo año?

Hermione se alejó dos pasos y giró sobre sí, varias veces, haciendo aletear un poco su falda en vals de nieve aterciopelada, tan clara como las estrellas en el cielo, sonriendo a Snape:

—¡Te veré en los sueños! ¡Te veré donde nadie cree! ¡En lo que no suponen! ¡En lo imposible!

Snape asintió.

—Ahí será -afirmó él-. En cada sitio donde hemos estado. En ellos nos veremos.

Hermione fue a él y abrazándose, se fundieron en un beso.

Y el resplandor creciente de los copos de nieve se unió al de los árboles navideños, envolviendo al Gran Salón, envolviendo a las teas en el corredor, iluminando el beso de Hermione y de Snape, que se fundieron con la nevada, en resplandor cálido... el resplandor de un tiempo secreto, en el plata del sentimiento, de un diciembre íntimo.

Fin